Carta a la Señorita Lucy

Carta a la Señorita Lucy[1]

Señorita Lucy[2]:

Me escribe Ud. Que ha pasado días horribles porque su fe se ha evaporado, a causa de las conversaciones con su hermano incrédulo; que los libros espirituales y la predicación no la mueven más, y los sacramentos la dejan fría e indiferente.

Su carta respira sinceridad y no es literatura. No es el caso de una doncellita que vino días pasados con el cuentito de “la pérdida de la fe” para los efectos ilusorios y grandemente disparatados de conseguir un “puesto de maestra”.

Termina Ud. Diciendo: “Yo no sé qué fundamentos tiene mi fe, ni cuáles debe tener. No sé si son sentimentales o intelectuales. Soy intelectualmente incapaz de un raciocinio convincente. ¿Qué debo hacer? ¿Rezar o estudiar? Las dos cosas juntas me resulta muy difícil”.

Lea la Sagrada Escritura; ésas son las dos cosas juntas, y es fácil. Y haga obras de misericordia.

La fe no se base en el sentimiento ni en el conocimiento, sino en la angustia: en una especie de angustia; quizás en esa misma en que ha caído Ud. ahora.

“Angustia” llaman hoy día a la indigencia metafísica, al sentimiento de deficiencia que está en el hombre y es quizá el más profundo y primitivo de todos los sentimientos.

“Es instintivo al hombre someterse a Algo superior por las deficiencias que en sí mismo siente, en las cuales deficiencias necesita («índiget») ser ayudado y salvado; y Eso Superior, sea lo que fuere, es lo que todos llamamos Dios” –dice Sto. Tomás de Aquino.

La fe supone algún conocimiento, naturalmente; pero no se basa en el conocimiento, anoser que digamos que se basa en el conocimiento de la Nada. ¿De qué nada? De la mía y de todas las cosas. Y la nada es el objeto de la Angustia.

Angustia religiosa (o sentido de lo sacro) es sentirse angosto, sentirse solo, sentirse impotente a salvarse y necesitado de salvación; es decir, sentirse perdido.

Sentirse perdido es sentirse solo en una barca averiada sobre 3.000 metros de agua en un esquife que necesariamente tendrá que hundirse. Sólo el hombre siente esto, esto es sentirse “criatura”; mas sentirse criatura es sentir oscuramente la necesidad, la exigencia y la existencia de un Creador. Esto tiene que ser angustioso; pues ante el Creador la criatura es nada.

Los cinco argumentos de Santo Tomás pro existencia de Dios se basan en la “contingencia”; ninguna fuerza tienen para quien nunca se ha sentido contingente: es decir una cosa que es y que no es.

¿Hay hombres que no se sienten contingentes? No los hay en realidad, si son hombres. ¿Hay hombres que no perciben la necesidad de la existencia de Dios? Los hay hoy día innumerables. ¿Cómo puede ser?

Puede ser porque desplazan la angustia metafísica de su lugar y la convierten en angustia mundana o en angustia demoníaca; es decir, en Solicitud o en Perversidad.

Sin angustia, sólo vive el idiota. Pero con angustia se puede ser santo o mundano o demoníaco; o un comienzo o una mezcla de esas cosas. Mas todo hombre vive encarado a la Muerte; es decir, a la Nada. Y para no morir del todo, el hombre debe abrazar su propia nada.

Por esta razón, dicen los Santos, reveló Dios los “misterios”; para anonadar nuestro entendimiento, para reducirnos al no saber, que es la inocencia. ¿No recuerda que el primer Pecado –el Pecado eterno– vino del Mal saber, o Ciencia del Bien y del Mal? ¿Qué querrá decir eso?

El mundo moderno se irrita ante los misterios y está trabajando angustiosamente, con angustia demoníaca, en la plasmación de una religión sin misterios, que consiste simplemente en la adoración del hombre y de la obra de sus manos; la obra de su saber y de su poder: el Estado, que es la obra maestra de su razón práctica; la Ciencia, que es la obra maestra de su razón pura; la “ciencia de dominio”, la técnica, independizada de la “ciencia de salvación”, la mística.

La mística para el hombre es un no-saber, porque consiste en el anonadamiento del entendimiento y en la entrada en las tinieblas, en donde está Dios. Dios es como el sol, que ciega la vista del hombre. El que comienza a conocerlo, queda repentinamente en lo oscuro.

“Sólo sé que no sé nada”, dijo Sócrates; –sólo sé mi profunda nada, dice el cristiano; si es que queda alguno hoy día.

El ateísmo es hoy día un pecado colectivo, en el cual se puede incurrir incluso sin culpa, aunque no sin pecado, como en el Pecado Original. El saber de hoy día trae implicado el ateísmo; y todas las naciones del mundo han organizado “la educación”, no se puede escapar al saber. Y, además, encima de ellas, ahora ha venido la UNESCO.

Los más grandes sabios de hoy y el mundo entero con ellos están trabajando ciclópeamente en la organización definitiva y obligatoria del Saber de Perdición, contrario al fruto del Árbol de la Vida. ¿Quién podrá resistir a esa organización? El mundo ha hecho la experiencia del ateísmo práctico, el cual dispone hoy de la organización, las riquezas, los ejércitos del Imperio más grande del mundo; y está trabajando convergentemente en la organización del ateísmo teórico: en la construcción babélica de la Catedral del Hombre, donde será adorado aquél que debe aparecer, en el cual Dios no tiene parte alguna.

No se extrañe Ud. pues de haber caído en la angustia; es el clima de la época. Quiera Dios que haya caído de la angustia de la vida pueril a la angustia salvadora de la vida religiosa.

Kirkegor habla así. Kirkegor es un teólogo danés… ¡qué teólogo! Kirkegor es un fenómeno danés, un mensaje de Dios contra el ateísmo contemporáneo. No dio un mensaje, sino que fue él mismo un mensaje: una especie de bólido meteórico, compuesto de lava y metales raros.

Él divide la vida del hombre en el estadio estético, el estadio ético y el estadio religioso. Por supuesto que no todos los hombres llegan al tercero en esta vida, aunque los tres estén en todos germinalmente: es decir, en ese sentimiento que es el fondo del alma humana.

En los dos primeros estadios, la angustia es Solicitud mundana; en el último, la angustia es o pena de amor de Dios o angustia demoníaca, angustia ante el bien. No vive sin angustia nadie; aunque los que parecen más tranquilos la lleven como una víbora en la alforja.

“Dichoso el bruto que es apenas sensitivo,

Y más dichoso el árbol, porque ése ya no siente,

Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

Ni tormento más duro que la vida consciente.

Ser, y no ser del todo; y ser sin rumbo cierto,

Y la angustia del caos y un tremendo pavor

Y la certeza horrible de estar mañana muerto

Y luchar por las cosas, y por la vida y por

“Lo que no conocemos y apenas sospechamos,

Y la carne que tienta con sus frescos racimos,

Y la muerte que aguardo con sus fúnebres ramos.

“Y no saber adónde vamos

Ni de dónde venimos”.

*

“Un dardo fatal–

En un tiempo muda–

Mi pobre conciencia.

Mi sendero elijo”.

*

La Angustia Mundana es la solicitud por las cosas temporales. Cristo nos mandó vencerla, incluso acerca de las cosas más necesarias. “No andéis solícitos de lo que habéis de comer o habéis de vestir: vuestro Padre ya sabe que tenéis necesidad de esas cosas”.

Por la ironía se sale de esta Angustia –enseña Kirkegor. No sé bien qué quiere decir, aunque lo vislumbro.

Un ejemplo más bien cómico es la solicitud actual por la política, la lectura de los diarios, las noticias, los rumores, las conjeturas y comentarios; y después van al cine a olvidar un momento la solicitud, y se encuentran con el Noticiario. ¡Cómo leen los cables del extranjero, preocupación fútil y vana! ¡Cómo discuten la política del país, inútil e ineficazmente! Conozco un señor amigo, que sabiendo que él no puede nada, ni siquiera llegar a saber la verdad, se ha propuesto no hablar ni escuchar nada de política; y sin embargo, cada día cae en hablar, discutir, buscar noticias –y afligirse y alegrarse por cosas que después no son.

La política actualmente no puede remediar absolutamente nada.

El mundo de hoy (o esta gran ciudad por lo menos) está llena de hombres tan agitados como monos en jaula: la jaula no se ve, la llevan adentro: como monos nuevos, inhabituados, recién metidos. Tome Ud. el tren de las 20 horas a Eva Perón[3] y verá este fenómeno: gente que pasa continuamente por el vagón, dando portazos brutales en cada extremo, imitando en esto (eso sí) al guarda y al revisor, sobresaltando a la señora enferma o al niño dormido, molestando al sabio que en la otra punta lee pacientemente el Álgebra de Bleuler, la Ética de Spinoza, Mister Reeder y la Fiera Humana, o cualquier otra obra maestra por el estilo.

¿Qué les pasa? ¿Es gusto de molestar?

No lo es. El pueblo argentino es educado, delicado y de buenas maneras, reza el cartelito.

Corren de punta a cabo del tren como si el tren no se moviese solo. Pasan sin mirar a nadie, cejijuntos y atareados como corredores de seguros o carteros. Algunos llevan pipas, las cuales de regla demandan asientos. ¿Buscan viajeras bonitas? No. Éstos se agitan simplemente por son agitados.

Famosas bestias somos los hombres.

La Inquietud Demoníaca es naturalmente mucho peor. Hay muchísimo de eso suelto, y la gente no lo sabe, muy contentos de que no pase hoy lo que pasaba en tiempo de Cristo, que había “endemoniados”: muy tranquilos porque sus manifestaciones son ahora más espirituales que corporales –o si son corporales, no se ven.

Señal que “lo santo” escasea. Lo demoníaco reacciona visiblemente ante lo santo; y viceversa. Cuando Cristo pasaba, gritaban los endemoniados: “¡Déjanos en paz! ¿Qué tenemos que ver contigo?” Y los fariseos también mostraban lo que eran, crueles, violentos e injustos, ante el reactivo Cristo; que de otro modo, santos varones parecían y eran… en su concepto y en el de los tontos. Hijos del Satanás, del que fue homicida desde el principio, los llamó el Señor. La angustia demoníaca es la angustia ante el Bien. Nada extraño que Cristo angustiara a Caifás.

La inquietud demoníaca forma los gigantes, aquellos de que habla el Génesis y la Sabiduría y los Números y otros libros de la Escritura.

“Había entonces gigantes sobre la tierra –y después también– cuando se unieron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y engendraron hijos. Éstos son héroes famosos, los antiguos”.

Dice la gente que Stalin “es un gigante”. Así es, lo mismo que todos los que hicieron y hacen a Stalin posible: el profeta Marx, el político Lenín, el dios Hugo, el rey Voltaire. Fueron hombres poderosos y triunfantes en presa de una inquietud arrolladora. Fueron superhombres, en cuya alma el lógos spermatikós[4] fue el demonio y el óvulo fue la razón, hija del hombre, que les dio hijos gigantescos y próceres, sus obras.

Pero lo demoníaco y su angustia pertenece al estadio religioso. No se llega allí de golpe, ordinariamente; aunque tampoco es imposible la perversión repentina.

El estadio ético es el que está en medio de los dos, y es la posición espiritual de la “gente buena”.

De la vida ética no se pasa gradualmente al estadio religioso, sino solamente por un salto, rompiendo con la ética, aunque no de modo absoluto; mas es el humor el que termina con la vida ética: marca, señala y causa en parte su maduración y muerte. El humor es algo mucho más penetrante y profundo que la ironía. Al Señor Don Juan de Robres no le hace mella alguna el epigrama que le dedicaron con nombre y todo:

El Señor Don Juan de Robres,

Con caridad sin igual,

Hizo este santo hospital

Para curar a los pobres.

Mas primero hizo los pobres…

Ni siquiera se dio por ofendido. Vio que eso era simplemente un ataque injusto a su respetada y respetable persona: inconmovible persona. Pero el humor es otra cosa. El honorable mercader Juan de Robres conocía personas que lo respetaban ciertamente y no se permitían burlas acerca de él; pero cuyo trato turbábalo: quizá lo respetaban demasiado, quizá marcaban demasiado las señales de respeto, quizá había una sonrisa interna inexplicable en esa manera de respeto. Y después decían muchas frases que él no comprendía del todo. No se ponían por cima de él, oh no, eran personas sencillas y humildes; pero de un modo sutil se ponían fuera de su alcance; y había algo muy fino en ellos que se le escapaba, que lo rehuía, que lo dejaba solo.

El Evangelio tomado en serio comanda la superación de la ética. Hay humor en esa exageración y en esa paradoja que son los “consejos” de Cristo, ciertas proposiciones desaforadas que Cristo dejaba caer con un aire despegado y distante, como la del camello que ha de pasar por el ojo de una aguja; que es si se quiere hasta irrespetuosa para los ricos. ¿Es cosa justa amar a sus enemigos? ¿Es justo morir por un amigo? ¿Es justo no poner pleito al que nos hace una iniquidad? Eso pugna con la ética. Y esas cosas ya enteramente líricas y “humorísticas” acerca del odio a los padres (claro que en hebreo “odio” no significa odio), a la mujer y a los hijos, eso no puede ser sino puro estilo “figurado”, como dicen. El que tomara en serio todo eso, evidentemente rompería con la ética –que exige que el bien tenga su inmediata recompensa, y el mal su castigo, que es justamente el mal nombre y el buen nombre entre las gentes honradas. Y sin la ética ¿cómo podría caminar la pobre humanidad?

Dios está fuera de las categorías éticas. Lo que hizo Dios con Job, lo que hizo Dios con Abraham, lo que hizo con su Hijo (o hicieron los dos en colaboración exactamente como si fuesen Uno, si Ud. quiere) francamente son cosas espantosas. Si las categorías éticas son el supremo tribunal, el Padre de todos los Creyentes, Abraham, está perdido: es un criminal evidentemente. Un ángel le habrá parado la mano, prescindo; pero el gesto parricida él lo hizo. Claro que fue un caso único que no puede repetirse, por lo cual yo no puedo entender por qué diablos ha de narrársenos; pero empiece Ud. a poner excepciones en la moral, ¿adónde diablos se va la moral? Kant probó rigurosamente que la moral no puede tener excepciones.

San Juan de la Cruz era un hombre de Dios; pero si Ud. se fija bien, verá que los Carmelitas Calzados tuvieron razón en meterlo preso; o bien yo no entiendo nada de nada. Su actitud perturbaba, desagregaba, desunificaba toda una sociedad religiosa; y la sociedad tiene instinto de conservación, tiene derecho a defenderse. Era un hombre de Dios, allá él; era también un hombre social, todo hombre es animal social. ¡Preso! Nadie le impide que haga sus versitos y tenga su “oración de quietud” adentro; al contrario. Pero que no muestre eso.

En el empujón del salto al estadio religioso desde la ética, la iniciativa es de Dios siempre; y ese empujón hoy día es un salto en el abismo.

Usted, cara Lucy, ha sido derribada con un empujoncito de la Providencia del estadio estético (que corresponde a la “vía purgativa” de los místicos) al estadio ético, que corresponde a la vía iluminativa –o quizá del estadio ético al estadio religioso, no lo sé.

El estadio estético (que dicen hoy) corresponde a lo que llamó Aristóteles vida pueril; y es la vida que resbala sobre la superficie móvil de las cosas, hecha más de impresiones que de otra cosa, casi comparable a la del animal, que vive en el instante fugitivo y no conoce la muerte. Esta vida está centrada en el placer, en las diversiones y las ganancias como último fin, aunque no sea de hecho, sino sólo idealmente y de deseo; es la vida, por ejemplo, de los donjuanes y de los harpagones[5], aunque el Don Juan sea tan grande (en arte) como Lord Byron, y el Harpagón sea tan grande (en poder) como Craso o Creso. De esta vida se sale no por el hastío,

“En todas partes, implacable y frío

Fue detrás de mis pasos el hastío”[6],

el cual puede ponerle término pero no remedio; de esta vida se sale por la Ironía, cuando es capaz de ella el casquivano, o bien otros lo hacen capaz con sus burlas; porque es vida propiamente de burlería; que excita la sonrisa de la razón. Mal andamos en nuestro país de periódicos, espectáculos o lecturas de verdadera “ironía” (no hay nada, hay dos revistas que se llaman “humorísticas” siendo en realidad apenas jocosas); y mucho peor andamos de innumerables gozadores y alocaduelas que revolotean en la vida pueril (y salen retratados como sumos tipos humanos en El Hogar y Atlántida) sin ninguna esperanza próxima de curativa “eironeía”.

La vida ética es la de los hombres de bien, que aceptan y practican mal o bien una moral, aunque sea la de Mahoma: cuyo centro ideal es el buen nombre y la honra. Éstas son personas casadas, correctas y campanudas; y a veces incluso de campanillas: cumplen todos los mandamientos del Decálogo más o menos regularmente, excepto uno o dos en contadas ocasiones; y cuando no los cumplen, se arrepienten, más por las malas consecuencias que podrían derivárseles que por otra cosa. Son hombres morales, que odian la injusticia, por lo menos cuando la ven en otros. Si son religiosos, quiero decir, frailes, cumplen todas las reglas pequeñas y también las grandes hasta un cierto punto; pero no ven lo que está detrás y debajo de las reglas, lo que no se puede reducir a regla, que no es otra cosa que el amor, o sea, la caridad.

No me extraña pues que los “libros espirituales” no eliminen su angustia, y aun “le arranquen sonrisas desdeñosas”. Los libros espirituales hoy día son muchos y malos; y muchas veces, lo que es peor, tontos. El único libro espiritual escrito totalmente por el Espíritu es la Sagrada Escritura; y después de ella, por luz refleja, los que la explican o reflejan sin adulterarla ni puerilizarla; de los cuales en nuestros tiempos hay poquísimos.

¿Cómo pues me pongo yo a escribirle otro “libro espiritual”? Porque esta carta se va volviendo libro. Es para invitarla a leer el Libro, que es una carta de Dios a los hombres, “viva, penetrante y eficaz como espada de dos filos”. El un filo corta la falsa ciencia, y el otro introduce el saber oscuro de la fe. El un filo quita la solicitud mundana y el otro introduce el celo angustioso del espíritu. El un filo presenta a Jesucristo y el otro hace creer en él. El un filo habla de Dios; y el otro crea en nosotros la exigencia de que Dios exista. Después vienen, si quieren, las pruebas de la existencia de Dios.

¿Qué debo hacer, orar o estudiar? Leer la Escritura es hacer ambas cosas juntas.

Si la predicación no la impresiona, es porque la predicación en la Argentina ha ido abandonando de más en más la Escritura.

De modo que, hija Lucy, no quiera responder a las “objeciones” de su hermano; o responda cualquier cosa, por mera cortesía. El que hace objeciones no está en disposición de oír las respuestas a las objeciones. Carece de la angustia, que es el calce de la fe. Está lleno de saber, y no cabe en él la fe, ni siquiera como un grano de mostaza. O sí cabrá, si Dios quiere. Pero no responda las objeciones, no estudie “apologética”, no cavile acerca de las pruebas de la existencia de Dios, y menos acerca de Galileo y la Inquisición.

Dios está aquí, ¿para qué ir a buscarlo a la Historia y a la Filosofía? Lo cual no quita que estudien Filosofía los que deban estudiarla, que son pocos; y que estudien Historia y Prehistoria los que no conocen su vida pasada y tienen miedo a la vida futura, como Toynbee y Spengler.

Suyo en Jesucristo

[1]  1952. NOTA: Aunque tratamos de seguir un orden cronológico en la publicación de estos escritos, los últimos de los cuales eran de fines de 1957 o principios de 1958, hemos encontrado por casualidad ésta y otras cartas y la breve reseña de La Oligarquía Maléfica, que incluimos en esta página en razón de su importancia.

[2]  Las Srtas. Lucy Gangli y Juana Garat, concordienses, Blanca Vich, de Córdoba, y el P. Emilio Ferrari, cordimariano de La Tablada (Córdoba), mantuvieron correspondencia con el P Castellani y lo ayudaron no sólo con dinero, sino también acompañándolo en la soledad con “obras que son amores” (Tiraboschi, Victorio, Leonardo Castellani ‒ 24 Cartas, Córdoba, Edición del Autor). Esta carta resume otra mucho más extensa que se encuentra en el Capítulo “Existencialismo” de Filosofía Contemporánea.

[3]  La Plata.

[4]  Razón seminal, principio de desarrollo.

[5]  Harpagón es un personaje de El Avaro de Moliére.

[6]  De “El Lebrel del Cielo”, de Francis Thompson. Castellani da la traducción castellana de Carlos Sáenz en El Evangelio de Jesucristo, Domingo Tercero después de Pentecostés.