Carta a Manuel Villada Achával[1]
Buenos Aires, 22 de septiembre de 1955
Querido Manolo:
Se acabó la pesadilla.
Cuando se acaba la pesadilla, uno se levanta, se lava y se pone a trabajar.
Ahora hay que trabajar porque la Revolución Argentina, que tengo por uno de los sucesos más admirables de la Historia Argentina, no se vuelva “revolución uruguaya”; es decir, no se vaya en vicio, como dicen en Córdoba[2].
No es probable. La proclama y los primeros decretos del hidalgo Presidente Provisional son algo definitorio y sumamente promisorio: perfectos de dignidad, discreción y nobleza. El lenguaje digno de un Jefe y de un Estadista hace tiempo que no lo oíamos.
Cuando hace una semana supe el “levantamiento de Córdoba” –para el cual había estado trabajando– me entró una admirable tranquilidad –al contrario de mucha gente, pues pensé: “Triunfen o caigan, hay patria”. Gracias a Dios, triunfaron y de una manera admirable, superior a toda expectativa. Dios ha hecho bien las cosas.
Que crezca y se haga adulta la consciencia del país con esta experiencia.
Que se refuerce y madure su estructura política, ahora débil e informe, como lo prueba el mismo “fenómeno Perón”; cuyas condiciones de posibilidad están en esa misma estructura.
*
Hace un mes publiqué un artículo en Dinámica Social considerando la conveniencia del traslado de la Capital del país al interior, empresa fundamental y difícil, “digna de un estadista de garra” (“estadística de garra”, corrigieron en la redacción, temerosos de Perón), el cual resultó un poco profético. Quisiera Dios que resultara profético del todo.
Hablando de profecías, en mi poema La Muerte de Martín Fierro, escrito bajo la impresión de que el régimen peronista se volvía literalmente “tiranía” (1950), hay no pocos pasajes que se han vuelto sucedidos actuales. Por ejemplo, allí dice:
Y esto no se lava más
Si no se lava con sangre,
y en el Canto XI, donde se considera (poéticamente y en la forma cauta que entonces era posible) la situación penosa del país, se intima al militar el deber de usar su espada pro la justicia, se reconoce la exigencia de libertad de información al otro hermano, al artista; en tanto que el hermano sacerdote dice:
Yo ya juré: “Desta tierra
Ya no vuelvo a salir yo”.
Si el militar se casó
Y el escultor alzó el vuelo,
Que les quede de consuelo
Que el cura no resertó…
*
Desde febrero de 1950 –cuando rehusé respetuosa pero firmemente escribir para la revista episcopal de Salta un artículo alabando el bodrio de Raúl Mendé[3] El Justicialismo y el Cristianismo (lleno de errores filosóficos y teológicos y de una ignorancia rayana en la estupidez) incurrí en el disfavor del Arzobispo[4]– y desde enero de 1951, en que califiqué al gobierno de Perón en un artículo de la revista Continente de “tiranía templada por la corrupción”, no cesé de hacer lo que estaba en mi mano, poco o mucho, para defender el procomún, que veía con horror hundiéndose línea a línea bajo una reacción más y más ciega. A principios de este año difundí un escrito afirmando y probando que el gobierno de Perón era, técnicamente hablando, una tiranía; y había por ende caducado en su legitimidad. Después del golpe del 16 de junio redacté y difundí a mi costo y con mis propios medios diez volantes, titulados “Recuperación Nacional”, abundando en la misma verdad, y otras igualmente necesarias de decir.
Estuve dos veces por ser encarcelado, contingencia temible de la que me salvé escondiéndome la solicitud de un amigo. Morir o ser herido en una batalla es una cosa que se teme; en cambio confieso que temí la cárcel (adonde fue a parar una temporada mi sobrino Jorge), que para mí significaba la tortura; pues dada la precariedad de mi salud, cualquier maltrato hubiese significado su pérdida y quizá la invalidez definitiva, o poco menos. Sin embargo, afronté también ese peligro, del cual la Providencia me salvó por suerte.
*
No me salvé de la mendicidad: el 4 de enero de este año firmó el profesor hebreo Groslebin en nombre del Rector Cassani en nombre del Pte. Perón (“decreto 99”, que no pude hallar) mi cesantía, sin motivo declarado, como profesor; y al mismo tiempo, el hebreo César Tiempo (Israel Zeitlin) hacía ya cuatro meses que no publicaba mis colaboraciones en el “Suplemento” de La Prensa, y me había destituido sin una palabra de aviso, destitución de la que me enteré por un linotipista[5]. Alberto Graffigna[6] me empleó generosamente en su diario Tribuna de San Juan; y otros amigos me ayudaron con dinero.
No me afrento de recibir limosna de cualquier cristiano, porque he sido y soy religioso con voto de pobreza, más ahora que cuando era jesuita religioso “mendicante”. Pero es una afrenta a la Patria que pudiendo yo trabajar tenga que vivir de limosna. He aprendido bien tres oficios: sacerdote, escritor y maestro; y actualmente no me dejan ejercitar ninguno; de modo que valiendo potencialmente por tres hombres y trabajando de hecho como tres hombres, no gano para comer. A esto se llamó “justicia social”.
Para hablar exacto, he ejercitado mis tres oficios (en malas condiciones) a pesar de Perón y del Arzobispo; porque el Arzobispo podrá privarme de decir Misa, pero sacarme del alma el sacerdocio, no puede. Pero quería decir que el provecho público que rindo ahora, no es ni la 10ª parte del que fuera, puesto yo en condiciones decentes.
*
Dejando aparte la oración, cuyo valor no se puede calcular y cuyos efectos son invisibles, todo lo demás que he podido hacer se puede tener acaso de poco valor. Así que no seré yo a ostentarlo, aunque tampoco tengo obligación de ocultarlo; lo menos a los amigos verdaderos,
como te tengo y soy tuyo
L. Castellani[7].
[1] Compañero de Castellani en el Colegio de la Inmaculada (Santa Fe) y cuñado de Lonardi.
[2] En estos momentos estoy oyendo la entrada de Lonardi en el Aeropuerto. El locutor LRA hace una orgía de palabrería con la misma “retórica peronista” de ayer, hinchada, adulona y heretical, cambiado solamente el nombre de Perón por Lonardi. La hidropesía argentina no se va a curar de golpe. Me aguarda un trabajo largo y penoso (L.C.)
[3] Ministro de Perón.
[4] Monseñor Tavella.
[5] Más tarde Castellani supo que César Tiempo no había sido el responsable de esa medida.
[6] Compañero de Castellani en el colegio “La Inmaculada” de Santa Fe.
[7] En nota manuscrita a la copia de la carta leemos: “No me respondió nada. Perdió el documento de mi «exoneración» por Perón, que le mandé”.
