LOS REBELDES AL AMOR
COMPOSICIÓN Y MENSAJE DE
LA MUERTE DE MARTÍN FIERRO
I – UNA PROPUESTA INSÓLITA
A fines de 1948 o principios del año siguiente Castellani recibió en Manresa una carta enviada desde Rosario (creemos por el Neurólogo Luis Diez) con una invitación peregrina: escribir la tercera parte del Martín Fierro y de ese modo completar el poema que la muerte impidió concluir a Hernández.
En la carpeta que contiene la copia mecanografiada de este libro y varios anexos, se encuentra “La Carta Suscitaria” (Rosario, 1-I-1949), que pensamos fue escrita por Castellani para razonar la proposición del hernandista santafesino y exponer su plan con respecto al poema:
Sr. D. L.C.C.P.
Manresa (España)
Estimado Sr. y paisano:
Le extrañará a Ud. que le escriba, siendo un desconocido. Lo conozco por algunos de sus libros, que he leído con mucho interés, especialmente unos versos Payada a la Virgen de Luján, si es que son suyos; y por el diario Cabildo.
Soy un modesto “hernandista” de esta hermosa Capital, que tengo de hace mucho la afición del estudio de nuestro inmortal poema; y he coleccionado sobre él no pocas ediciones y libros pertinentes, con algunos objetos del medio y la época del gran Hernández, que humildemente pongo a su disposición. Mi oficio es librero y tipógrafo.
Soy autor de algunos modestos trabajos sobre el gran Hernández, que han visto la luz en órganos locales, principalmente La Capital y el San Lorenzo, de donde soy oriundo.
No sé cuál es su situación actual, que me dicen es mala. Si en algo puedo servirla, me pongo a su disposición en lo que pueda, incluso dinero, como amigo, y admirador suyo. No creo en Dios, pero no soy antirreligioso.
Le escribo para proponerle una sugestión que espero no considere indiscreta. Ud. debería escribirnos la Tercera Parte del Martín Fierro, que como Ud. sabe Hernández dejó prometida y en suspenso; y nunca dio. Es idea mía y de varios amigos.
Eso ha sido ensayado por varios autores, aunque sin éxito total a nuestro parecer. La mejor que tengo aquí es ésta de un mozo uruguayo, Bartolomé Aprile[1], que no es despreciable porque conoce mucho el campo de ambas bandas y tiene inspiración moral; pero me parece francamente que imita demasiado a Hernández sin propio aporte, y no trae contenido nuevo. –Ruégole acepte el librito como expresión de mi sincera amistad: le llegará dentro de algún tiempo, lo envío por vapor.
He obtenido su dirección por un Padre Salesiano que lo aprecia mucho. Espero de Ud. unas líneas de respuesta.
Me parece que Ud. debería tomar el personaje del Hijo Mayor, el de la Penitenciaría. Es un personaje descolorido e incompleto en la Obra Inmortal, que no hace más que quejarse, y del cual no sabemos nada, fuera del haber sufrido, inocentemente según él. Algunos críticos opinan que si se suprimiese su “canto” del Libro, él no sufriría nada, quizás al contrario. ¿Qué opina Ud. de esto?
He hablado hace poco de esto con un gran amigo suyo, el Dr. A. B., el cual opina que, muerto Lugones, Ud. sería el hombre indicado para esta interesante empresa. Me parece se podría hacer una buena obra, Ud. que tiene tanta facilidad para el verso, haciendo contar al ex presidiario su vida y la de sus hermanos, así como los últimos años del padre. Hasta que no acaba no se conoce bien a un hombre. Fine coronat opum[2]. ¿Por qué se dispersaron a los cuatro vientos cambiándose los nombres? ¿Qué hicieron después?
Ud. no debería imitar servilmente a Hernández, sino tomar sus temas generales en nuestro tiempo y al modo de Ud. Así como él tomó el problema social y moral del hombre de campo en 1870, Ud. debería tomar un problema central del argentino de hoy como base –que sea al mismo tiempo autobiográfico, para seguir a Hernández: Ud. sabrá cuál es él, habiendo sido periodistas y habiendo estudiado tanto y conociendo el país como lo conoce.
En cualquier caso, no deje de poner algún cuento jocoso, como el del “papolitano”, unos consejos morales al final, y una Payada paralela a la del Moreno, que sea la última payada en la Argentina, y la más definitiva. Imite la de Obligado en Santos Vega, si le parece.
Las payadas son una cosa desaparecida hoy; pero no crea Ud. que del todo, ni hace mucho tiempo. Cuando yo era niño (y no soy muy viejo) presencié una, y conocí al payador moreno Higinio N. Cazón[3]. En un teatro de esta Capital, creo que el “Español”, escuché un contrapunto de este negro guitarrero, que se daba como santafesino, aunque creo era oriental, con el retinto Gabino Ezeiza, el que actuaba en el teatro de José Podestá y su hermano, el famoso Pepino el 88.
Recuerdo el pasmo y asombro con que veía yo surgir al fin de la cuarteta o décima, como traída milagrosamente por la rima, los nombres de personas conocidas o presente, como el Intendente, el Comisario, el Empresario y otros vecinos, hazaña nada difícil, que era celebrada sin embargo con risotadas y aplausos del sencillo auditorio.
He conservado en la memoria, que tengo fiel, una cosa extraordinaria, gran parte si no toda aquella payada del paisano Cazón con el negro Gabino, que mi padre, gallego de nación, solía recitar a veces. La he intentado reconstruir para Ud. y se la acompaño, Ud. corregirá o completará los versos que están mal, que en eso no estoy muy fuerte. Las líneas en blanco significan versos o palabras que no recuerdo ya[4].
Es muy posible que los dos payadores de circo se hubieran concertado de antemano, porque me parece que es demasiado perfecta la payada para ser improvisación íntegra de dos negros analfabetos.
Esta idea del Martín Fierro Tercera Parte me sonríe en tal forma que lo ayudaría a Ud. en toda forma, en caso se decida a poner manos a la obra; guardándome Ud. por descontado (y esto es condición sinecuale non–) la mayor reserva.
No le dé a Ud. grima si ve que su libro le sale inferior al de Hernández, como tiene que salir; basta que llegue a mostrarse un honesto discípulo, sucesor o heredero: como el Quijote de Avellaneda o el de Montalvo. Comprendo que debe ser desesperante querer imitar a Hernández; pero inténtelo Ud. en culto de la tradición nacional.
Le estoy dando consejos y planes, sin saber si anda Ud. enfermo o quizá en terrible condición en la Madre Patria; aquí han corrido voces muy raras. Dispénseme si he sido impertinente, mande en lo que guste a su consecuente
Servidor y amigo
- A. R. I….
S/c San Martín 679
Rosario
La idea quedó flotando en la mente de nuestro autor, mas no tomó entonces decisión alguna al respecto, porque el horno no estaba para bollos: el destierro se le había vuelto insoportable y pronto comenzó a preparar la huida.
Tras su novelesca fuga de España y posterior expulsión de la Compañía de Jesús, Castellani fue admitido en la Diócesis de Salta por Mons. Tavella. Allí recibió el Unamuno del P. Hernán Benítez, cuya lectura lo llenó de asombro, como refiere en carta al autor de esta obra:
“El «Paréntesis sobre el Destierro» y el capítulo siguiente son páginas estupendas de psicología. Le diré que si leyera Ud. los papeles que escribí en Manresa (inservibles la mayor parte), encontraría Ud. un doble, no sólo en las ideas (o realidades), sino, lo que es más fantástico, dicho con frases iguales a veces literalmente. No hay hombre capaz de entender y sentir mejor que yo esos capítulos y su sólida y maciza verdad”[5].
Esto lo decidió a escribir el presente libro[6], que en un primer momento pensó titular El Testamento de Martín Fierro[7] o La Manda de Martín Fierro[8]: así como Hernández había plasmado en las peripecias del héroe una imagen de su vida política[9], así también Castellani contaría su historia, especialmente los discutidos sucesos de los últimos años, transponiéndola al Hijo Mayor de Fierro, quien es llamado Desiderio Fierro y Cruz y ha recibido las sagradas órdenes.
II – LA APUESTA
La aceptación de la sugerencia del Dr. Diez lo llevaba una vez más a despuntar el vicio “de viejo jugador de gana-pierde”[10]:
“José Hernández:
«Yo renuncio a ser un escritor mundial por escribir para mi tierra.
Yo renuncio a ser un genio oficial para que me lea la plebe».
Fue leído por la plebe, y acabó por ser un escritor mundial.
“Otra apuesta más difícil:
«Renuncio a ser un escritor mundial por escribir para esta tierra: igual.
Renuncio a ser leído por las multitudes con tal de llegar a algunos elegidos.
Renuncio al éxito inmediato y aun al remoto, con tal de sembrar una verdad –«sed qui incrementum dat, Deus»[11].
“El resultado de esta apuesta está por verse todavía”[12].
Aunque escritas tres años después de la publicación del poema, estas palabras expresan el quijotismo de la fe que inspiró toda la obra literaria de Castellani: “Pongo mi obra en manos de Dios y veremos qué pasa”[13]. Lo que dijo de Quevedo se aplica también a él: “Escribió para la eternidad, para la cual escriben todos los grandes escritores”[14].
Sin embargo, “el término incierto cantaba en su corazón”: así como la confesión de Hernández se había convertido en la verdadera “radiografía de la Pampa”, también la versión de Castellani sobre los hechos en que se había visto implicado aspiraba a trascender lo meramente individual para cobrar un valor simbólico, y mostrar que lo que había sucedido a algunos maltratados por la Iglesia y la Patria y finalmente sucedería a todos:
“Les voy a contar mi vida
Toda no, mas lo que cabe
Por si en ella hay una llave
De verle el pelo a este tiempo–
No canto por dar ejemplo
Canto como canta el ave”[15].
III – ¿UN GAUCHO “PAPOLITANO”?
Aun así, ¿podría un “pueblero sangregringa, tinterón, tragalibros”[16] completar nuestro poema nacional? ¿No era, más que riesgoso, imprudente tomar la guitarra de Hernández para: “cantar invocando a Cristo – «cosas que muchos han visto – pero que nadies cantó»”[17]?
Castellani mismo contesta a este reparo: aunque se sonrojara al manosear la guitarra de Hernández, conocía las cartas que legitimaban su empresa: un mismo bautizo de sangre y tierra y agua y aire y sol lo hermanaba con el gran poeta, de quien había heredado el verbo y los paisajes del alma, en los cuales la existencia más profunda se expresa y se hace oír el verbo de las cosas calladas[18].
En El Ruiseñor Fusilado explica el sentido de esto:
“La concreción robusta de lo imaginario en función de la realidad actual es el milagro del gran arte. […] El paisaje del alma humana, sus mutaciones y sus tormentas, y el tope de unas con otras en los rudos ajedreces del destino, es el objeto principal de la poesía; y no propiamente el paisaje de la naturaleza o el de la historia. […] [En la obra poética] el paisaje ha devenido al máximo, por transparencia anímica, lo que debe ser siempre al transponerse en objeto artístico, espejo simbólico de un estado del alma. […] En la poesía religiosa de San Juan de Yepes, las imágenes sensibles, las de la amatoria profana más osadas, se han vuelto como cristal, metal y esmalte para labrar símbolos de realidades espirituales de una profundidad inefable sometidas a un proceso de alquimia integral”[19].
Además, ambos tenían la voluntad de dar sangre cantando y edificar patria[20].
IV – LA COMPOSICIÓN DEL POEMA
Comenzó a escribir en julio de 1950[21] y el 21 de agosto comunicó al P. Benítez que había terminado el Canto Séptimo. Sin embargo, no pudo concluir la obra en Salta, donde su situación se volvió dificultosa porque la penurias económicas lo obligaban por momentos a vivir al borde de la mendicidad, Monseñor Tavella estaba enfadado por la negativa de Castellani a escribir sobre la concordia entre el Cristianismo y el Justicialismo[22] y principalmente porque el Obispo se negó a defenderlo cuando una denuncia del entonces P. Mejía hizo que Roma condenara un artículo de Castellani publicado en la revista Humanidades y amenazase excomulgarlo si no se retractaba, prohibiéndole además escribir de temas religiosos[23].
A este cúmulo de obstáculos se sumaba su floja salud:
“No sé si son los nervios, el hígado o el alma lo que está enfermo, pero tengo continuos accesos de depresión, irritación y abatimiento, que me vuelven difícil todo”[24].
Su médico opinaba que la altura de Salta hacía más difícil la curación del insomnio[25], que vuelto crónico, acabaría por inutilizarlo y aun matarlo[26]. Decidió entonces buscar refugio en su Reconquista natal, y los representantes o “secuaces” de la Santa Sede, que necesitaban calumniarlo periódicamente para poder justificarse, se valieron una vez más de la maledicencia y echaron a volar la versión de que “se había escapado de Salta” y “había hablado contra el dogma”[27].
En Reconquista buscó ganarse la vida como camionero y vendedor de leche[28]. Aunque a los seis meses el intento había fracasado, pudo completar en noviembre de 1951 el libro sobre Jacinto Verdaguer, que había comenzado en Manresa[29], y poco después La Muerte de Martín Fierro.
V – UN ACTO SUICIDA
Castellani dejó dormir el escrito hasta fin de año, y tras pensarlo largamente resolvió publicarlo sin más:
“Anoche, después de una última deliberación angustiosa, he decidido publicar no más el Martín Fierro, un libro que terminé hace un año. La razón de dudar es que provocará irritación, ira y escándalo farisaico en algunos, y por otra parte dará pábulo a la maledicencia que ya corre infatigablemente acerca de mí; –y yo no soy ni insensible ni invulnerable a los chismes y calumnias, sino muy al contrario, de modo que su publicación parecería un acto suicida, o por lo menos la temeridad de apedrear el avispero.
“La razón para publicarlo es que tengo que ganarme la vida; estoy amenazado por la miseria y no tengo más recurso que mis libros; y el libro no es malo en sí mismo, procede del sentimiento religioso («Todo lo que no procede de la fe es pecado», San Pablo), está calcado sobre la verdad; y, como obra de arte, es pasable. En suma, esa misteriosa «voluntad de Dios» de que tanto hablamos los religiosos, parece que nunca está más clara y sencilla que cuando interviene una «necesidad»”[30].
“Yo digo que hice el Martín Fierro para ganarme el pan; y no miento ‒poco pan por cierto. Mas si quisiera ponerme en místico, diría que «sacudí el polvo de mis zapatos en testimonio a ellos», como mandó Cristo, después de haber repetido sin ser oído las palabras de Él. ¿Esto es soberbia? Puede que sea simplemente esperanza”[31].
El 5 de enero de1953 escribió a Ignacio Arnalot, de Barcelona:
“He mandado a la imprenta mi Martín Fierro, Tercera Parte. Es un largo poema autobiográfico en parte, como lo es el de Hernández. Es inferior al de Hernández artísticamente, pero tiene mayor contenido filosófico y religioso. Es el libro que puede «inmortalizarme» (si existe todavía tal superstición) o también traerme disgustos graves. Mas ése es un riesgo que debe afrontar todo buen escritor y todo hombre religioso”.
El poema apareció el 5 de mayo de ese año[32], editada por CINTRA, y Don Florencio Gamallo, gran amigo y benefactor de Castellani, predijo que saldría como pan bendito[33]. Y en efecto, según los libreros, la obra se vendió “con inusitada rapidez”[34]; sin embargo, las reacciones fueron disímiles.
VI – PARECERES
El poeta Horacio Caillet-Bois escribió a Castellani que había leído el libro sintiendo que por sus manos y su entendimiento pasaba el aliento de un gran poeta, que se movía en todas las direcciones del espíritu agitado por las dos alas del amor a la patria y a la verdad. No dudaba que ese libro quedaría; y quizá fuera el único que quedase de la hora y de los tiempos que vivían[35].
Un juicio similar dio Ernesto Palacio en la reseña publicada por Dinámica Social:
“Si de algún libro argentino actual puede afirmarse con seguridad que lo leerán nuestros hijos y nuestros nietos (dado que se mantengan, como esperamos, las condiciones que hacen posible la vida intelectual), es de este poema singular en el que, bajo el velo de una aventura romanceada, un alma herida se yergue sobre su propio dolor para enjuiciar las circunstancias de su drama y extraer de sus experiencias un mensaje de esperanza y de fe”[36].
También el eminente crítico colombiano Feliciano Restrepo hizo un categórico elogio del poema en carta que escribió a Castellani:
“Ese libro quedará, como ha quedado en el ámbito mundial Mis Prisiones de Silvio Pellico; porque además de la buena factura literaria trae –fundidos en uno– tres cosas a que la humanidad siempre ha tenido oídos abiertos: un grito de dolor, un problema y un cántico”[37].
Otros se quedaron a mitad camino: Manuel Gálvez aprobó la “literatura” del libro, pero desaprobó tácitamente el asunto[38], mientras que el Pastor Ureta alabó el anticlericalismo de la obra, pero rechazó el fondo, porque era católico[39].
Por último, hubo quienes rechazaron el poema, como Ernesto Palacio había anticipado a nuestro autor:
“Es alta poesía religiosa la que Usted ha hecho; y naturalmente siendo poesía religiosa viva, será contradicha y aun quizá perseguida”[40].
¿Por qué la literatura religiosa viva levanta polvareda, aun entre quienes pasan por ser “muy religiosos”? Lo mismo había sucedido a principios del siglo XX con “la novela religiosa más grande de la lengua inglesa”: Señor del Mundo, de Robert Hugh Benson:
“A su aparición suscitó una gran resistencia en muchos católicos, que lo acusaron de «sombrío» y aun de «desesperado», estimando que «la Iglesia no podía ser derrotada (es decir perseguida) en tal forma, pues poseía las promesas de Cristo, etc.» Eso oí declamar con mucho énfasis cuando era mozuelo al P. Irribaren, un sacerdote vasco. El escándalo ante el Apocalipsis y la Segunda Venida de Cristo (que son dogmas de la Fe) es común en el Catolicismo actual; y creo que se ha acentuado desde Benson acá. Viene quizá de que se adhiere a la Iglesia como a un partido político; y además, los que están muy enfermos no aman oír hablar de la muerte; y así el mundo actual. Como se ve por la correspondencia de Benson (publicada por Martindale S.J.) la resistencia en Inglaterra fue enorme”[41].
Los críticos adversos tuvieron el poema por una explosión de resentimiento; o una nueva muestra del maniático hablar de sí mismo que llevaba a Castellani a “la complacencia y adoración de su propio drama”; o una gran imprudencia que haría imposible cualquier arreglo con la Jerarquía.
Castellani no se defendió ni intervino en la controversia suscitada por el libro, pues a él le tocaba “poetar bien”; la discusión era asunto de otros, pues “no discute el que narra”, como dice Desiderio Fierro[42].
Cuando Monseñor Tavella, a quien había escrito le era forzoso publicar la obra para comer, le respondió que lamentaba lo hubiera editado, Castellani se limitó a concluir:
“Parecería ser que lamenta que yo coma. Pero con lamentarnos ¿qué ganamos? Mi gusto sería no publicar ningún libro más. Pero
A la guerra me lleva
Mi necesidad.
Si tuviera dineros,
No fuera en verdad”[43].
VII – RESPUESTA A LAS OBJECIONES
Consideremos las críticas de los “adversos”.
La primera acusación es falsa porque Castellani escribió el poema no sólo para ganarse la vida, sino también por otra necesidad: la de “sangrar hacia arriba” y librarse así de una intoxicación psíquica que le habría provocado un encono permanente, como él mismo lo dice en la dedicatoria del ejemplar que entregó a Leónidas Barletta el 21 de mayo de 1953:
“¿Qué le diré de este libro, que me parece hermoso y a veces horroroso, sino que me liberé con él de una pesadilla que tenía en el corazón –tratando de devanar el mensaje que para mí y para otros había quizá en esa pesadilla?”.
Tiempo después volvió sobre esto en la sexta conferencia del curso sobre Psicología Humana que dio ese año en el “Teatro del Pueblo”:
“Yo sublimé una tremenda pasión de resentimiento escribiendo mi Martín Fierro y tres libros más, aún inéditos[44]. No se pueden imaginar los retorcijones, los dolores de parto, las convulsiones que produce en el corazón el resentimiento”[45].
No quiso transmitir a sus escritos en forma de defensa (que podía ser ofensa), el escozor de la incesante hostilidad clerical[46], porque “ninguna obra de arte nace del resentimiento. Pero algunas nacen de una emoción que, de no volverse obra de arte, se volvería resentimiento. Digamos que nacen, algunas de las más grandes, de resentimiento dominado –o «sublimado», como se dice ahora–; como en el Dante, en Tirso de Molina, en Goethe”[47].
… yo escribía
Mis diarias meditaciones
Por olvidar mis pasiones
Las puse en verso en Manresa–
El que sufre, canta y reza
Hace a los cielos tres dones.
El que logró una obra de arte
Hace un gozo para siempre
Y así triunfa eternamente
De la Muerte y la Maldá–
En el nombre de Jeová
La planta un tope a la Muerte[48].
Por lo que hace a la segunda tacha que los detractores atribuían al poema, ellos confundían –y persisten en tal error– “hablar de sí mismo” con tomar los sucesos de la propia vida como materia de creación artística y contemplación religiosa.
“No es lo mismo lo subjetivo que lo autobiográfico. Lo subjetivo es expresar la propia existencia en «estilo indirecto»; eso hacen Kirkegord (y lo teoriza), San Juan de Yepes, Santa Teresa… y Jesucristo.
“Jesucristo no hace más que hablar de sí mismo; pero no hace su autobiografía. Jesús no dice: «Yo nací en Belén. Nací de un modo maravilloso, mi madre quedando virgen. Un ángel anunció mi nacimiento, y una estrella, etc.» Él decía: «Semejante es el Reino de los Cielos a un hombre Rey que hizo un Convite»… etc. Puso su subjetividad en parábolas… «Semejante es el Reino a un granito de mostaza…» «Semejante a una mujeruca…», y Él era el Reino y el Rey y la Mostaza y la Mujeruca”[49].
La Muerte de Martín Fierro y otros libros de Castellani son parcialmente autobiográficros:
“Autobiografías yo no escribiré; justamente dos editores me invitaron a hacerlo, empecé una, y la abandoné. Eso no sirve. […]
“Los personajes que he creado en estos últimos tiempos: Benjamín Benavides, Desiderio Fierro y Cruz, el «místico» Narciso Belveder, Martha Guevara Castellanos, y últimamente Mariano Exsinagogis y Ashaverus, no son yo mismo, Leonardo Castellani (Dios me libre), de ningún modo; aunque naturalmente están plasmados de la substancia de mi subjetividad, como en toda creación artística”[50].
Nuestro Autor se valía de la experiencia, “un modo de conocer que se refiere a uno mismo por un lado y por otro a las cosas; pero a las cosas que han pasado por uno; de modo que es un conocimiento enteramente cierto, indubitable; porque no es conocimiento de oídas; y eso es lo que significa esa frase aparentemente disparatada del filósofo Kirkegor: «La subjetividad es la verdad»”[51].
“Los libros «subjetivos» son necesarios al psicólogo, al poeta lírico y al místico, los cuales no trabajan sino sobre sus propias experiencias –que se “despersonalizan” al pasar por la inteligencia, si el escritor es digno de ese nombre”[52].
A quienes consideraban imprudente la publicación del poema, replicaba que “si la Iglesia ha llegado hasta nosotros, a lo mejor es porque siempre ha habido en ella hombres que han resistido los abusos y que no han querido aceptar la «mundanización» del Evangelio”[53]. La Iglesia era una potencia tremenda, la que había quemado a Savonarola y a Juana de Arco, pero Castellani mantenía la confianza en Dios[54]: algún día sus acusadores conocerían que Dios pega muchísimo más fuerte que un chivo expiatorio de los fariseos[55].
El P. Elpidio Orellano, elegido como censor amical del libro, se preguntaba qué bien podían hacer a las almas esas sinceridades excesivas, y Castellani respondió que la experiencia le había mostrado la eficacia de la sinceridad absoluta y el puro amor a la verdad para lograr la conversión de quienes estaban fuera de la Iglesia. En su Diario escribió: “No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de esta colonia hispánica”. Su libro, pues, era una defensa de la verdad, aunque a la Jerarquía pareciera un ataque feroz.
VIII – UN SUEÑO “COSMIRREVELADOR”
Aunque, como hemos visto, la intención de Castellani al componer el poema fue referir su historia para mostrar que podía ser un anticipo de lo que sucedería a muchos, en nuestro escrito no centramos el interés en esos incidentes, sino en el contenido de lo que inspiró la obra: uno de esos sueños, “cosmirreveladores” según Klages, sobre el fariseísmo[56]. Efectivamente, en el comienzo de la composición Castellani se declara portador de un secreto crucificante:
Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vihuela
Que al hombre que lo desvela
Un secreto extraordinario
Para aliviar su calvario
Dios le ha dado la espinela.
Y poco después, tras exponer lo visto en Europa en sus años de estudiante, dice:
Ahora vi mucho más
Sin ver gentes ni naciones–
He visto internas visiones
Que valen mucho quizás. […]
Les he dicho que yo escondo
Un secreto extraordinario–
Yo soy tuyango al diario
Mas de noche soy zorzal–
Y me va a entender muy mal
El santulón y el otario.
Envuelto en este secreto
No me muevo como quiero
Secreto que el mundo entero
Está envuelto y no lo ha visto,
Porque nubla la fe en Cristo
El gran poder del dinero.
Y con la incredulidá
Surgió un sutil embolismo–
Se ha destapao el abismo
Surgió una humareda recia
Y hasta dentro de la Iglesia
Se metió el fariseísmo. […]
Vi como una grande víbora
Que al mundo entero mordió–
Vi que el mundo se pudrió
Y allí me retuerzo y peno
Viendo que lanza el veneno
Lo que más amaba yo.
¿Quién va a retratar de un golpe
Y no siendo un gran poeta
Esa ponzoña secreta
Raíz de infinito llanto?
Habría que ser un santo
Con la boca de un profeta.
Pero yo puedo trazarles
Con pincel tosco y veraz
Brea, oro y aguarrás
Lo que dentro de mí vi–
A un pintor que pinta así
No se le puede pedir más[57].
La falsificación religiosa no es el único mal que aflige al mundo, pero es lo que más incide en el desorden de la sociedad. Atendamos al razonamiento de nuestro autor:
En el capítulo introductorio (“Panorama”) del Curso de Filosofía Contemporánea (1952), vuelve sobre el objeto del sueño “cosmirrevelador”:
“Para decirlo todo, tres cosas a cual más feas, comparables a las tres Ranas del Apocalipsis, ateísmo, fariseísmo y culto del «Grand Être» (Comte) o sea adoración sacrílega del Hombre –se están hoy día acercando y fusionando para envolver al mundo como una gran serpiente”.
En el comienzo mismo de la Suma contra Gentiles Santo Tomás afirma rotundamente que el fin del universo es la Verdad[58]. Si esto es exacto, como lo es, entonces se justifica la visión sombría de Castellani:
“Siempre la Verdad ha sido difícil, su patria no parece ser la tierra, pero en nuestros días han surgido fenómenos nuevos, obstáculos enormes, grandes maquinarias de obstrucción y de falsificación: el Estado que se vuelve totalitario, la educación monopolizada, las propagandas de guerra o de paz, la irrupción de los mediocres engreídos y de los ignorantes y de los estultos en los púlpitos; es decir, en los lugares desde donde puede uno hacerse oír de muchos; y los que llama el Evangelio «falsos cristos y falsos profetas». La obstrucción a la difusión de la Verdad es uno de los crímenes más grandes que se pueden cometer: es uno de los pecados contra el Espíritu Santo.
“Este crimen está tan vigente hoy día que la existencia de medios maravillosos de propagar la palabra humana, de que nos ha dotado la técnica moderna, no se sabe ya si es un bien o es un mal; y para muchísimos es ciertamente un mal. Para mí, la imprenta es un mal; eso no quita que yo comprara una si tuviera dinero. Dice Harnack que a los seis meses de escribir San Agustín las Confesiones había tres mil copias de ellas en el Imperio Romano. Pregúntenle a Barletta, a Marechal o a mí si en seis meses vendemos tres mil ejemplares de nuestros libros ¡Es que no son las Confesiones! –Si lo fueran, sería mucho peor. Hoy día la difusión de un libro está en razón inversa de su aproximación a la verdad, salvo algunas excepciones”[59].
Cuando se encontraba confinado en Manresa escribió:
“En el mundo fuera de la Iglesia la apostasía se ha consumado y ha pasado a estado habitual, es decir, a ser como una segunda naturaleza: no es sólo la Iglesia la que ha dejado de reagir ante la «desolación abominable»[60], es la misma naturaleza, la razón, la honradez natural. El premio Nobel de Literatura ha sido dado a Gide, un demoníaco. Está de moda Sartre, peor que Gide si cabe; y hasta católicos (Eugenia Serrano en Semana) proponen «adaptaciones católicas» del Existencialismo”[61].
“Las masas hoy día quieren que las engañen; o por lo menos quieren que las diviertan, aunque sea engañándolas. Pagan a los que las divierten o deslumbran, aunque sea con malabarismos de conceptos; engañosos, fútiles o vanos. Pero no todos podemos ser García Sánchez; algunos tenemos que contentarnos con la verdad dura e impaga; o mejor dicho dura y bien pagada, porque la verdad tiene también su buena paga: en esta vida, la persecución”[62].
Si se mantenía esta rebelión contra Dios y el orden natural, nuestra civilización se precipitaría en la crisis postrera:
“El mundo moderno se encamina hacia el pecado supremo de Luzbel. Quiere hacer la torre que llega al cielo y violar el Paraíso custodiado por la Espada de Fuego. Quiere sin Dios o contra Dios fabricar la felicidad personal o colectiva. Habiendo negado primero a Dios como Primer Principio, naturalmente quiere apartarlo como Último Fin. Quiere endiosarse por sus propias fuerzas. Fue la tentación de la Serpiente a Eva, la cual, lo mismo que Luzbel, «maldeseó aquello que alcanzara si no desobedeciera»”[63].
Por lo que hace a la Iglesia, que nuestro autor conocía por estar introducido en lo más hondo de la vida de ella a la manera de un reactivo o carnada: “autosuero”, que dicen hoy[64], padecía un mal inédito en su bimilenaria peregrinación:
“El fenómeno más temeroso para los curas de hoy día debería ser (si los curas fuesen capaces de temor) el ver cómo los hombres se van de la Iglesia sin hacer ruido. Se apartan de ella sin ira. La dejan estar allí y se van a la vereda de enfrente (a la tremenda «vereda de enfrente» de Macedonio Fernández) sin imprecaciones y aun sin palabras.
“Cuando subió el Santo Papa Sarto al sagrado trono pontificio (que sería más sagrado si fuera menos trono), notó el fenómeno y exclamó: «¡El gran escándalo del siglo XIX es que por primera vez en la historia los pobres se han ido de la Iglesia!» Un gran publicista italiano califica a este suceso de «la derrota más grande que ha sufrido la Iglesia en toda su historia»
“La dolorosa palabra del Papa santo fue recogida por los charlatanes a sueldo, bautizada con el nombre de apostasía de las masas y hecha objeto de profundos análisis y muchos libros por parte de los sociólogos belgas; los cuales, para evitar ese indeseable fenómeno o ponerle contingente remedio inventaron varios artefactos y movimientos, como la JOC, la JAC, la JIC; y cosas por el estilo.
“El inventor de la JAC o bien el de la JOC (no estoy bien seguro) viajó conmigo por caso una vez en Francia: quiero decir que yo viajé con él. Había sido hijo de un pobre obrero y le había dado por «darse a los obreros». Siendo un hombre práctico y muy movido (de hecho es un hombre que lo llaman los psicólogos «excitoide»), consiguió fundar una gran cantidad de sociedades de muchachos (entre club y congregación mariana) y hacer una reunión de mozos de toda Europa en París, en un estadio, que llegó a unas 270.000 «jocistas». Después de lo cual, lo mandaron por el mundo a dar conferencias, a explicar su «idea», y a reforzar el ánimo de las extenuadas «huestes católicas». A mí me explicó la «idea»
“Todo esto es excelente, y no seremos nosotros quien le ponga óbices ni en sueños; menos el extremo de que la JOC fundada por Cardin[65] pueda salvar al mundo, o por lo menos evitar el receso de los pobres de desde la Iglesia; que es el foco inflamado de la «idea». Por lo demás, la «idea» de Cardin hubiese hecho las delicias de Marx: reconocer la división en clases sociales y evangelizar a los obreros aparte de los no-obreros, empezando por los jóvenes y no por los adultos. ¡Mardokai de Maguncia exulta! Es reconocerle el teorema principal (y el más discutible) de su Das Kapital: la existencia de la clase proletaria como sustancia y no como accidente.
“Evidentemente, debe haber sido algo conmovedor, y de haber esta allí nosotros nos hubiéramos conmovido –no menos que doña Josefina Molina y Anchorena–, al ver aquel espectáculo de un mar de cabezas juveniles inclinadas delante de la sangre de Cristo etcétera –consagrada sobre un altar hecho de dos yunques y en un cáliz de oro en forma de martillo, y sobre todo, hecho en París, ¡en París! Pero París continuó sin hijos y Francia cada vez más indiferente y escéptica. Creció el Partido Comunista.
“Lo que llaman la «apostasía de las masas» (que no es de las masas solamente) no se cura con «propaganda fide». Es un fenómeno profundo y canceroso.
“A los que me preguntan a mí qué remedio hay, no los digo el remedio; a los que me preguntan la causa, no les digo la causa.
“Solamente digo: ¿Podría haber apostasía en el mundo, si no hubiese porquería en la Iglesia? Si la Iglesia fuera hermosa, atraería necesariamente y no repelería. Y sería hermosa si estuviese limpia. Eso no tiene vuelta de hoja. […]
“La Iglesia ha perdido su hermosura interior, que era el entendimiento, la justicia y la caridad, y por eso ha sido despojada ignominiosamente de sus vestidos de oro y seda. Sus catedrales de antaño están vacías y han sido reemplazadas por galpones, casi siempre de un mal gusto horroroso.
“–¡Es que no hay plata! –dicen los devotos.
“–Es que no hay espíritu, querido.
“La cridad es la sangre y la respiración de la Iglesia”[66].
Para frenar la hemorragia la Jerarquía intentó un cambio de rumbo. Castellani vio con alarma que, en la Iglesia, “pareciera estarse verificando algo más pavoroso: un deslizamiento hacia el mundo mundano que amenaza dejar a grandes masas de la Iglesia, insensiblemente y casi sin darse cuenta, hasta la cintura o más arriba en la heterodoxia mientras la cabeza cree seguir respirando ortodoxia. Quiero decir, sin metáforas, que se está falsificando y adulterando sutilmente la religión por dentro, amenazada hoy del morbo más terrible de todos, el fariseísmo. Aunque quizá se trate de un fenómeno común a todos los tiempos, que a mí, por el estado en que estoy, me aparece desmesurado”[67].
En Los Papeles de Benjamín Benavides señala la doctrina heterodoxa de dos curas politiqueros, Don Sturzo y Milanesi (el jesuita Lombardi), quienes, apoyados por los Jerarcas, buscaban aliarse con la burguesía liberal, un remedio peor que la enfermedad.
Un año antes del Concilio escribió:
“La Iglesia está actualmente en una crisis peor de la que precedió al estallido del Protestantismo”[68].
Estos hechos lo llevaron a especular que el mundo se hallaba abocado a su crisis final:
“Ésta sería la teología y la profecía de esta época; cuyo nombre, también demasiado estrecho, es la Última Desintegración de la Cristiandad, y el Drama de la Fe Solitaria. Todo esto parece algo lóbrego y de no mucho consuelo; pero hay que presuponer que la Verdad desconsoladora vale mucho más que los consuelos de la mentira”[69].
Sin embargo, hizo esta afirmación “en forma conjetural y condicional (Su Majestad Dulcinea)”[70]. “Alguien me hizo notar que en Los Papeles de Benjamín Benavides yo había optado por esta segunda línea pesimista… No yo, propiamente, sino un personaje novelesco que, por situación y carácter no podía tener la opinión optimista ni las dos a la vez. Pero en mi comentario del Apokalypsis dejé abierta la posibilidad de que la primera tenga lugar, es decir, que suceda antes de la Parusía un período breve, una o dos generaciones, de prosperidad temporal de la Iglesia, que podrá estar marcada en la profecía de San Juan, en el Apokalypsis, en dos lugares paralelos: la Signación de los Elegidos y el Silencio de Media Hora”[71].
Sea como fuere, lo cierto es que “la última corrupción de la Iglesia (es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado) traerá consigo lo que San Pablo llamó la Gran Apostasía y la Gran Tribulación”[72].
“Sólo el fariseísmo puede devastar a la Iglesia por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella, como vemos por su historia, pues «la sangre de los mártires es semilla de cristianos». […] Por culpa del fariseísmo […] las Puertas del Infierno casi prevalecerán contra Ella, y sobre ese casi de desesperación, volverá Cristo”[73].
IX – LA IMPOSTURA
Aunque el fariseísmo sea un misterio, no es totalmente inaccesible a la inteligencia roborada por la fe; por ello intentaremos mostrar cómo el fermento farisaico se introduce y obra en el alma.
El pecado es el desorden voluntario con respecto al Último Fin, Dios, “el desplazamiento del punto de gravedad del amor en el hombre hacia el Simismo, cuerpo o alma, en lugar de lo que está arriba del hombre. Cualquiera que sea su causa, eso existe manifiestamente, esa torción en la naturaleza humana que no escapó ni a los ojos de los paganos Platón o Aristóteles”[74].
La rectificación del amor sólo es posible por la aceptación de la fe, que anuncia a Cristo crucificado [I Cor. 2, 2] como único camino a la vida eterna [Jn. 14, 6]:
“La religión es un riesgo. No se puede ser profundamente religioso sin apostar. ¿Qué cosa? La vida nada menos. Esto lo dijo también Jesucristo [Mt. 16, 24-25]”[75].
El consentimiento a la tentación de “sentarse” y evadir la aventura la fe se explica por el debilitamiento de la caridad, sin la cual es imposible dar la propia vida por Cristo: “El resultado inevitable del amor es la encarnación, y el resultado inevitable de la encarnación es la crucifixión”[76].
Aunque es sobrenatural, el nuevo nacimiento, que nos da la vida de la gracia, respeta la ley establecida por la naturaleza para el parto y la agonía:
“Nada comienza ni acaba
Que no se pague en gemido:
Nacemos en grito ajeno,
Y en llanto propio morimos”[77].
“Creo que la «conversión» consiste en la aceptación del sufrimiento; cosa que en cierta manera ha de renovarse continuamente, porque siempre permanece el rechazo del sufrimiento por parte de la naturaleza; de manera que la «conversión» es una cosa dialéctica, compuesta de dos cosas contradictorias, que se mantienen unidas por la presión de la fe. Todo lo que pertenece a la fe es dialéctico, es decir, compuesto de dos piezas contradictorias –es decir, pugnantes entre sí, re-pugnantes–. De modo que la fe es un continuo dinamismo, y no una cosa puesta de una vez por todas. […]
“Claro es que también se puede marcar (en cierto modo) el «momento» de la conversión, que es el momento en que uno cae del burro y se da cuenta que la vida es sufrimiento –y que la fe es esfuerzo–, no esfuerzo muscular. Ese momento es «infinito»; es decir, no es un momento histórico (exterior), sino espiritual (interior), o sea que en cierto modo contiene eternidad.
“Mas no vaya a creer que es esfuerzo muscular o nervioso o sentimental o psicológico: es esfuerzo espiritual, que puede producirse y se produce en medio de la más perfecta calma de las facultades”[78].
Por ello decían los antiguos que la fe es “debitura martyrii”, deudora del martirio, no sólo porque “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” [II Tim. 3, 12], sino también porque exige la renuncia a la vida del hombre viejo, tan arraigada en nosotros, que la Cruz parece “la enfermedad de muerte”[79].
Quien no consiente en soportar la purificación que la oscuridad divina obra en el fiel “para convertirlo en una señal en la noche”[80], mas insiste en manifestarse religioso, se expone a una pésima evolución espiritual (al principio, tal vez, sin plena conciencia, pero lúcidamente en sus fases posteriores).
“Es un complejo proceso, tiene muchas formas y grados: desde la imperceptible desecación y vuelta a lo exterior que es su comienzo, ese sobrepeso del cuerpo (social) sobre el alma (mística) de la Iglesia que llaman «religión estática» o «traspaso de una mística en política» (Péguy) hasta la odiosa y criminosa hipocresía –mezcla de orgullo, ambición, avaricia, mentira, impiedad, dureza– contra quien tuvo que luchar Cristo y ha quedado burilada en acero para siempre en las páginas del Evangelio. Entre aquello y esto hay infinidad de grados medios: aulicismo, curialismo, clericalismo o pretensión del clero a regir lo civil, eclesiasticismo rutinario, fanatismo ciego, estoicismo, ritualismo, fachadismo o religión de aparato, ambicioncilla, intriguilla eclesiástica, beatería, frailonería o repugnancia al trabajo y al riesgo, etc.”[81].
El desarrollo de este espíritu hace que la religión se transforme en superchería:
“Si Bertrand Russell dice que la fe es un acto de voluntad o de sentimiento y no un saber, está un poco justificado: en muchos que profesan tener fe, puede no haber verdadera fe. Yo estoy convencido que hay mucha gente que practica una religión, incluso sacerdotes, que no tienen fe verdadera. Es terrible en el sacerdote ese proceso por el cual la afirmación vital que es la fe se transforma en oficio, se va convirtiendo insensiblemente en hojarasca, palabrería y conceptos. […] Bernanos ha descrito ese proceso en su novela La Impostura, los místicos le llaman «tibieza» y el Apóstol le llamó «fe muerta»21 –fe sin martirio, sin sufrimiento, sin incomodidad”[82].
Señalaremos las principales etapas de este proceso degenerativo. La primera es el desplazamiento de la religión a lo exterior; entonces ella consiste en ritos – “los ritos no son lo esencial de la religión; son los medios, son los instrumentos que Dios nos da para llegar a Su realidad”[83]– y en ceremonias, en la profesión de fe y en oraciones vocales dichas automáticamente[84].
La naturaleza aborrece el vacío, por tanto, la reducción de la fe a pura cáscara, convierte la religión en medio para satisfacer un apetito desordenado. En primer lugar, el provecho económico: “Los fariseos eran amigos del dinero” [Lc. 16, 14]; el Señor les enrostra devorar las casas de las viudas [Mt. 23, 14] y San Pablo condena a aquéllos cuya religión es granjería [I Tim. 6, 5]. En el traficante religioso “habla la boca, el corazón está ausente; orador profesional, sacerdote profesional, «empresario de un santuario»”[85].
Así como el mercader tiende a ver a los demás no como prójimos, sino como fuente de beneficio, lo mismo sucede con el vendedor de religión:
“Ver a los demás como cosas y no como personas es la negación radical del amor, y del respeto y la simpatía que él trae consigo. Es notable ceguera. Es la actitud fundamental del fariseo”[86]. “Tiene un soberano instinto de explotar al prójimo, que para él son todos «minas». Querría atar la vida de los otros a la suya, vacua y estéril; para lo cual le sirve la religión como instrumento, sin darse cuenta, por supuesto, por razón del soberano instinto. Necesita llenar su espíritu con sangre fresca, como un vampiro: abrevar su vanidad, afianzar su autoridad… y también necesita dinero, por supuesto”[87].
Su hipocresía lo lleva a poner la “Iglesia” por encima del Evangelio[88], y a exhortar con vehemencia a trabajar por ella:
“¿Qué cosa más santa? Pero no decían: «¡Trabajad para la Iglesia de Dios!» La Iglesia eran ellos.
“Nos hemos confundido: no decían: «para la Iglesia», sino «para la Ley». Pero es lo mismo. No decían: «para la Ley de Dios». Ellos eran los representantes de Dios: con eso era bastante. Trabajad para nosotros.
“La fórmula sana es: «Trabajad para la Ley de Dios, porque es de Dios, en cuanto es de Dios y hasta donde es de Dios; y nada más. No trabajéis para las excrecencias que el hombre introduce siempre en la Ley».
“Esas excrecencias habían crecido tanto en tiempo de Cristo que devoraban la Ley. Había pues que decir simplemente: «Trabajad para Dios. Basta»”[89].
La religión del rebaño, desvirtuada, se convierte en “cristianismo mistongo” o “reposo en el paganismo”[90], productor de “«católicos gubernativos»; o sea, los que arbolan y ostentan el Catolicismo para sacar provecho”[91]. Son los que pescan al vuelo que quien dice “Monseñor, Monseñor” se “salva”[92].
“La gente de aquel país –un país de Asia– tenía por norma que donde uno viera la etiqueta católico, había que disparar; norma no muy piadosa que digamos: era gente del Asia”[93].
“Dinero tengo de sobra, lo que ahora quiero es el poder”, dijo a un asesor político David Graiver, banquero de la guerrilla y financista de Monseñor Plaza, Arzobispo de La Plata…
Como el ansia del corazón es infinita y el dinero no la colma, el aprovechador religioso codicia honores y dignidades, y así se convierte en atleta olímpico en la carrera de los puestos[94].
En una de las “Fábulas Capitales”, Castellani explica el origen de esta idolatría: todo hombre siente que es hombre, y por tanto se siente indeciblemente pequeño. Pero el orgulloso domina en falso ese sentimiento, que resucita constantemente en el alma y la aguija en su carrera desatentada de superioridades. Así huye de su debilidad como del tábano un corcel enloquecido. Quiere ser cada vez más alto porque lo atormenta el sentirse bajo, y en el fondo se percibe más bajo que los demás[95].
Si obtiene el mando, el fariseo piensa que Dios lo ha elegido para que se siente a su derecha[96] y convierte la obediencia en la virtud suprema.
“Algunos con el «he aquí que estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos; las puertas del Infierno no prevalecerán; y yo he rogado a Dios, oh Pedro, para que no falle tu fe»… se extienden a sí mismos y a sus paniaguados diplomas de intocables; porque la Iglesia es santa, ellos deben ser respetados como santos, hagan lo que hagan; porque las puertas del Infierno no prevalecerán, ellos se inventan futuros triunfos temporales y aun mundanales de la Iglesia; y porque el Papa es infalible cuando (una vez por siglo) habla ex cátedra, surgen una multitud de Papitas que son infalibles y que cada y cuando abren la boca, hablan ex cátedra. Es un grave abuso, abuso de hacer temblar: es el mismo abuso de la palabra de Dios de los fariseos”[97].
Cuando las cosas llegan a este punto, el fariseísmo muestra la hilacha: es “la peor soberbia que existe, la soberbia religiosa”[98]. Al adjudicarse los valores religiosos, se ve a sí mismo como divino, todas sus acciones y mandatos quedan para él divinizadas[99] y, en consecuencia, “exige el súbdito conserve la filiación cuando él abdica de la paternidad, y aprovecha la religión de los fieles no dando muestras de fe, «como si no creyera en Cristo»”[100].
En realidad, aspira a ser un Superpadreeterno[101], pues “todo soberbio se hace superior a Dios. Dios quiere que se haga su voluntad, y el soberbio quiere que se haga la suya propia”[102].
Los curas son necesarios
Aunque nadie sabe cuándo–
Lástima el gusto del mando
A muchos les hace mal–
Pior que el deleite carnal
Les hace un daño nefando[103].
Esta corruptela no sólo puede afectar a los particulares, sino también a las comunidades; y entonces, quienes se llenan la boca con la humildad, alimentan un orgullo colectivo que lleva al endiosamiento de su facción.
“Me da miedo leer el lugar del Apocalipsis antes de los Dos Testigos, donde el Profeta mide con un bastón el Templo de Dios (que no puede ser sino la Iglesia) y «echa fuera el atrio», que es lo de fuera del santuario y lo que allí adoran y lo entrega a los paganos para que sea pisoteado. Me pregunto cómo se puede verificar eso; y si no será lo que vemos comenzado ahora, a saber, que muchos bautizados y que llevan nombre de católicos, y aun insignias de Congregantes o Acción Católica, no tienen verdadera religión interna, que es adoración del Dios vivo, sino una idolatría larvada, el culto de las obras del hombre («opera manuum suarum», Ap. 9, 20), que el Profeta da como el pecado específico de los últimos tiempos: es decir, la adoración de una institución cualquiera, la Nación, la Hispanidad, la Democracia, la Anglosaxonidad, el Progreso Humano, la ONU, la AIAPE, la Compañía de Jesús incluso, en cuanto es obra humana; a las cuales se rinde honores de Absoluto y se les pide la salvación del mundo y del alma”[104].
“En lo religioso, cuando una asociación se cierra sobre sí misma se vuelve una secta: puede mantenerse enteramente ortodoxa y protestar de una perfecta fidelidad a la cabeza de la Iglesia; pero ha dejado de ser «católica». Sus lazos con la cabeza se vuelven puramente externos. Cuando un organismo empieza a crecer «para adentro», eso se llama cáncer… Es mala seña para un cuerpo social que la preocupación por la «unión» se sobreponga a la preocupación por la «finalidad»”[105].
Además de la envidia, la soberbia colectiva jugó un papel clave en la persecución de la Compañía a Castellani:
“En la S.J. actualmente hay una sola persona, que es justamente la S.J. En obsequio y holocausto a esa personificación idolátrica y monstruosa, todos sus miembros humanos han renunciado a su propia personalidad o si no han renunciado, no se les reconoce al menos”[106].
“[Cristo] predicó hasta con su sangre el respeto a la autoridad con el superrespeto a Dios: «No tendrías autoridad sobre mí si no te viniera de arriba» [Jn. 19, 11].
“El respeto a la autoridad que predicó severamente San Pablo no le impidió al Apóstol predicar la verdad: la prueba es que estuvo preso muchísimo tiempo y acabó decapitado.
“El respeto a la autoridad ha sido convertido hoy día para muchísimos fieles y clérigos (y en los fieles por causa de los clérigos) en «oportunismo político»: hay que respetar a cualquiera que vence; hay que apoyar al partido que da dinero a la Iglesia –a veces el caso es todavía más grave, la autoridad convertida en ídolo y justificada incluso cuando comete injusticias–. «Decid a ese zorro que me venga a buscar», dijo Cristo. Cristo no respetó los crímenes de Herodes”[107].
La idolatría del Yo conduce a la perversidad, “una cosa total y su asiento está en el espíritu, no en la psiquis ni en el cuerpo”[108]. En efecto, Santo Tomás dice que “la crueldad es [no sólo hija de la lujuria, sino] también hija de la soberbia”[109].
No murmuro de mi gremio
Se lo´s he dicho ya–
De tener autoridá
Yo diría al de mi oficio:
“Guárdese de todo vicio
Pero más de la crueldá.
La historia de los antiguos
Lo tiene bien comprobao
Por eso el que está encumbrao
Debe tener este norte:
Siempre es peligroso y torpe
Hacer sufrir demasiado[110].
“El perverso mental [es un] hombre fríamente destructor, calculadamente malhechor”[111]. “El perverso […] hace el mal no solamente sabiendo que es mal, sino queriéndolo porque es mal, «por el gusto de hacer mal» (como dicen), puesto que existe ese tremendo gusto en las virtualidades de la natura humana (Ver Edgard Poe, The Imp of Perversity). […] El perverso hace lo que sabe que es mal, porque se le aparece como bien para sí: como una superafirmciaón de su yo, como una satisfacción de su voluntad resentida o desesperada”[112].
¿Cómo explicarlo? Aunque es misterioso y emana de profundis, dos autores nos permiten entender hasta cierto punto esta aberración:
“El psicólogo español Oliver Brachfeld explica diciendo que es el «resentimiento» llevado al extremo del crimen gratuito; el famoso «complejo de inferioridad» llevado al paroxismo y a la locura. Eso es demoníaco. […]
“Esa «angustia ante el Bien», calzada en una soberbia infinita, se manifiesta en las siguientes formas:
1º- el demoníaco no hace crímenes groseros: los hace hacer por otros, los inspira.
2º- el demoníaco vierte continuamente un veneno invisible; donde él está se producen perturbaciones, incluso sociales.
3º- el demoníaco atrae a la gente y la repele a la vez; tiene un misterioso poder de fascinación[113].
4º- el demoníaco hace acciones enteramente incomprensibles, cuya motivación escapa a todos. […]
[Más abajo damos la 5ª forma de manifestación de lo demoníaco].
6º- el demoníaco odia gratuitamente: ésta es la gran señal, pero su odio es frío, contenido y calculador por lo mismo que es infinito y espiritual. […]
“He aquí cómo hace Klages la caracterología del «perverso» –siguiendo a su maestro Aristóteles: «El perverso carece de móviles de liberación»; así llama al mutismo, a esa cerrazón y concentración en sí mismo, a ese continuo retraimiento y mentira continua; a ese no poder darse.
“«El perverso está mutilado de toda la región media del psiquismo, o sea de la afectividad y la fantasía creadora»: de ahí su crueldad impasible y casi inconsciente. «Sine affectione, absque foedere, sine misericordia»[114] –dice San Pablo, describiendo la perversidad del mundo pagano; y crueles, inconsiderados e impiadosos describió Cristo a los fariseos, que cuando Él estuvo en la Cruz se dieron sobre él una verdadera orgía de crueldad”[115].
“Abrimos la Caractología de Klages y vemos en diez líneas una caractopeya del perverso que reuniendo los elementos de las otras soluciones [Freud, Adler, Jung] da una fórmula sintética de lo que puede haber sido el interior de un Nerón, un Calígula, un Jean-Sans-Peur, un Ricardo III, un Jack-the-Ripper, un Bela Kiss, un asesino de Martita Ofelia. Dice así:
«Cuando el Yo se enfrenta, aislado e inmutable, con un mundo en eterna revolución, su voluntad de existir se convierte respecto al mundo en voluntad de asimilárselo, y como no le es dado ‘incorporarse’ algo, en voluntad de destruir. Pero la existencia de una voluntad que destruye para afirmarse a sí misma, requiere por fuerza tres condiciones muy excepcionales: la atrofia general de todos los impulsos liberadores; la falta completa o casi completa de ataduras vitales; y finalmente una actividad ilimitada que a su vez supone instintos robustos pero desnudos de cualidad. Llamamos egoísmo puro o general al que no se puede especificar más. Cuando él se produce, tenemos el hombre esencialmente malvado, tal como Shakespeare lo pintó en Ricardo III, y este perverso no es otra cosa sino el sujeto de una suerte de ‘voluntad en sí’ que se sirve de las energías incesantes que le proporciona una vitalidad instintiva potente pero absolutamente privada de alma. La historia nos lo muestra de tiempo en tiempo entre los políticos, tanto eclesiásticos lo mismo que civiles, entre los capitanes, los conquistadores, los césares, los déspotas (por ejemplo, Iván el Terrible), otrosí entre los incendiarios (como el coronel Trenck) y los criminales de gran estilo; entre quienes no hay que olvidar a las envenenadoras, como Madame Brinvilliers. A dosis más débil, está desparramado no solamente entre los delincuentes, sino también entre los respetabilísimos usureros de la alta burguesía…»[116].
“Una confirmación del acierto de Klages es lo que dice el pueblo al calificar al perverso: «es una fiera» (instintos robustos indiferenciados); «sin corazón» (amputación de la región media); «un demonio» (intelecto poderoso y frío). Otra confirmación es la descripción que hace el teólogo Luis Billot en su Tratado De Novíssimis del alma del condenado. Describe exactamente el egoísmo puro de Klages, asignándole su razón teológica” (Castellani, “Klages”, en Filosofía Contemporánea)”[117].
“Hoy día se cree en general que lo demoníaco es cosa de tiempos idos. La mentalidad liberal (el racionalismo, el modernismo religioso) cree que todos los hombres son naturalmente buenos; pero no tampoco demasiado buenos, una cosa así más o menos: el misterio de la santidad y el misterio de la perversidad, no tienen ojos para verlos. Sin embargo, nunca ha campado lo demoníaco tanto como en nuestra época, aunque sus manifestaciones sean más bien espirituales que corporales”[118].
“Pero concretándonos a lo demoníaco espiritual sus características son las siguientes:
1ª- el mutismo, la reserva absoluta, el encierro del alma. El Evangelio habla de hombres que tienen un demonio mudo. El demoníaco no puede abrir su interior a los demás, y lo que es más curioso, ni siquiera a sí mismo: no puede examinarse, no puede juzgarse, no puede mirarse siquiera, corre una cortina de humo entre su mente y su corazón. […]
“2ª- la proyección malvada de sí mismo: el demoníaco acusa a los demás de sus propios pecados, se descarga de ellos en el prójimo, a veces por medio de las calumnias más inverosímiles. Ese refrán español: «Dijo la sartén a la caldera: quítate allá, culinegra» se cumple aquí de la siguiente manera paradojal: «Dijo el cuervo a la azucena: quítate allá, negra!» Sus pecados gravísimos, que él no puede ver, los ve en el vecino; y cuanto más santo sea el vecino, con más facilidad. […]
“3ª (y que las comprende a todas)- la angustia ante el Bien. […] Los psicólogos alemanes llaman «Lebensrache» o rabia contra la vida a un fenómeno que, aunque raro, es bien conocido y no ha escapado a los grandes novelistas, como Poe, Dickens y Dostoiewski”[119].
El 4 de septiembre de 1953 escribió al P. Ferrari:
“Me parece que Ud. no ha tenido experiencias de lo que la Escritura llama «altitudines Satanae» [las profundidades de Satán, Ap. 2, 24], o sea, de la maldad, sobre todo de la maldad espiritual. Yo creo que Dios para enseñarme ha permitido que yo pasara cosas atroces; y para mostrarme el sentido de muchos lugares de las Escrituras; porque si no ¿cuál sería el provecho de la tribulación? El fariseísmo, y lo que sobre él dice Cristo en el Evangelio, que no es lo mismo leerlo que conocerlo”.
Esto nos permite resolver una aparente incoherencia de San Juan, cuyo Evangelio ha sido llamado “el de la caridad”: por un lado, declara que “Dios es amor” [I Jn. 4, 8.16], y que “todo aquél que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” [I Jn. 4, 7]; mas por otra parte avisa que “hay un pecado para muerte, por el cual yo no digo que se pida” [I Jn. 5, 16].
“¿Cuál es este pecado? –«Quizás la apostasía», dice Nácar-Colunga. –«Es el fariseísmo», dicen otros con más acierto. Pero el mismo Juan lo dice en la misma Epístola 1ª: es el odio gratuito, y más cuando está escondido detrás de ese mutismo espiritual que es la hipocresía:
«El que no ama permanece en la muerte» [3, 14].
«El que odia a su hermano es homicida» [3, 15].
«El que dice que ama a Dios y odia a su hermano, miente… » [4, 20]”[120].
Un botón de muestra es el caso de Mazzolo, sacerdote que con conocimiento de su Obispo[121] vivía amancebado con una mujer a la que mató[122]:
“Durante mi gobierno, tuve la desgracia que el crimen más horrendo cometido en los últimos veinte años, lo fuera por un sacerdote católico apostólico romano, llamado Mazzolo, secretario del Arzobispo de Santa Fe, Señoría Ilustrísima y Reverendísima Monseñor Fasolino. Este cura se había casado en Rosario (Santa Fe) ocultando su condición de sacerdote. Luego se instaló en una pequeña propiedad en un pueblo suburbano[123]. Con su mujer tuvo dos hijos. Un día la mató, la descuartizó, la llevó en el cajón de su automóvil y arrojó sus fragmentos en diversos lugares del Río de la Plata, después de destruir los posibles elementos de identificación”[124].
La policía descubrió el crimen el 22 de abril de 1950, y la noticia se propaló causando un revuelo descomunal.
El diario Hoy da el perfil psicológico del homicida:
“Los estudios periciales psicológicos efectuados sobre el sacerdote Domingo Mazzolo en 1959 revelaron, entre otras cosas, que «en la esfera afectiva, de la ponderación de todos los antecedentes con que se cuenta resulta que en el terreno de sus sentimientos hay primacía de los egoístas sobre los altruistas, que es un hombre capaz de pasiones fuertes. Nunca le vimos una expresión de piedad para su víctima». Más adelante destacan que «construye su vida sirviendo a sus pasiones, individuo ambicioso, con aspiraciones de poder y de notoriedad, llega a una especie de autodivinización, y hace un sistema de vida de cinismo y de la simulación, ultrajando y liquidando cuanto se opone a sus designios. Liquida a Dios, llevando una vida sacrílega, liquida a su mujer, cuando el odio había suplantado al amor y cuando había perdido el manejo de la situación con respecto a ella, infiere a sus hijos un daño sin medida eliminando a su madre y, finalmente vive continuo fraude con respecto a quienes debían confiar en su condición sacerdotal»”[125].
Los redactores del análisis psicológico parecen haber leído a Castellani, quien anotó en su Diario:
“Secretario del Arzobispo. A cuántos curas habrá aplastado aplicándoles el Derecho Canónico”[126].
El 16 de junio –exactamente cinco años antes de la quema de las iglesias–, escribió una carta sobre el hecho al Cardenal Copello:
“Creo que el caso Mazzolo es un castigo de Dios a la Iglesia Argentina por la iniquidad que ha hallado entrada en ella: por obligación tengo el decirle esto, por mucho que me cueste. Dios no ha hecho más que destapar uno de los pozos de basura”.
Finalmente Castellani decidió no enviar la carta porque consideró que a Copello, víctima del “mal de la piedra”, le interesaba más edificar iglesias que limpiar la basura… y las iglesias fueron quemadas[127].
X – EL CONFLICTO
Otra característica que Brachfeld atribuye al demoníaco es que “distingue al santo, y lo señala con su desprecio infinito y su odio gratuito. […] A los demoníacos antiguos los conocían poniéndole cerca una reliquia de un santo muerto; pues muchísimo más se irritan poniéndoles cerca un santo vivo”[128].
“Como el santo se angustia instintivamente ante la maldad, el demoníaco se angustia instintivamente ante lo santo, lo huele desde lejos con ese instinto que se llama «hierognosia». El Evangelio narra que, cuando Cristo pasaba, los demoníacos gritaban: «¡Vete de aquí! ¿Por qué nos molestas? ¿Qué tenemos que ver contigo? ¡Sabemos quién eres, oh Santo del Señor!»”[129].
El resentimiento contra la vida lo lleva a odiar no sólo al santo, sino también lo virtuoso o lo natural excelente que hay en una persona[130]; aborrece especialmente la luz:
“He estado cinco días enfermo, muy enfermo y he aprendido una cosa; que la luz hace mal, la luz puede hacer mal, pero para eso hay que estar enfermo”[131]. El fariseísmo es la máxima enfermedad, y quien la padece “odia la luz y no se acerca a ella para que sus obras no sean descubiertas” [Jn. 3, 20].
Por consiguiente, busca poner la lámpara bajo el celemín y cerrar el paso a la Verdad que haría patente su engaño. Fue dicho que el mundo de hoy pone trabas casi insuperables a la difusión de la verdad, y por desgracia esto también sucede en la Iglesia:
“El signo fatal de la Religión Cerrada o la Iglesia Establecida [Mundanizada] es el odio a la inteligencia; o al menos el desprecio de la inteligencia o la no percepción de la inteligencia. A la Iglesia rutinada o rutinaria lo que le interesa es la propaganda; y a la inteligencia lo que le interesa es la verdad; de modo que la Iglesia la deja a un lado, si es que no la maltrata o persigue”[132].
El Antiguo Testamento muestra la oposición del sacerdote corrompido al profeta:
“Amasías dijo a Amós: «Vete, vidente, y huye a la tierra de Judá; come allí tu pan, y allí podrás profetizar; pero no vuelvas a profetizar en Betel; porque es un santuario del rey y una casa real»” [Am. 7, 12-13].
En su discurso ante el Sanedrín, San Esteban enrostra a sus jueces que el Deicidio ha sido la culminación de la ceguera voluntaria manifestada por Israel a lo largo de su historia:
“Hombres de dura cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros siempre habéis resistido al Espíritu Santo; como vuestros padres, así vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?; y dieron muerte a los que vaticinaban acerca de la venida del Justo, a quien vosotros ahora habéis entregado y matado; vosotros, que recibisteis la Ley por disposición de los ángeles, mas no la habéis guardado” [Act. 7, 51-54].
“Los que asesinaron a Jesucristo, no eran asesinos vulgares: ellos «creían hacer obsequio a Dios» [Jn. 16, 2]. ¿Cómo cayeron en tal aberración? San Juan lo explica: «Porque Él era la Luz, y la Luz vino al mundo, y ellos, a la Luz no la recibieron» [Jn. 1, 11].
“Se trata al principio de un simple acto negativo, de un pecado de omisión. Después vino todo lo demás”[133].
El 21-X-48 Castellani escribió a José Luis Torres:
“La causa de mis castigos son «líos internos» de mi Orden mezclados con malevolencias externas: «política», en suma. La política eclesiástica, cuando es mala, es muy mala. Sabía demasiadas verdades y las dije: «Andad a decir verdades, moriréis en los hospitales». La Compañía de Jesús (según mi opinión, que ojalá sea disparate) pasa actualmente por una crisis seria, tal vez la más seria de su historia. Yo ignoraba su profundidad cuando me lancé a luchar contra ella, tal vez más por instinto de conservación que por puro amor divino; de otro modo, quizá no me hubiese atrevido. Ahora le tengo miedo.
“Esta crisis se caracteriza por defecto de selección, decadencia grave en la vida intelectual y mediocridad en el gobierno; caracteres que la aparentan a la crisis general del mundo de hoy, definida por Nietzsche en el fenómeno de «la raza inferior que lo ha invadido todo». La crisis representa una violación sorda de los principios sobre los que San Ignacio asentó su Instituto.
“La falta de selección, la angurria de amontonar adeptos sin fijarse más que en la cantidad, ha llenado la Orden de espurios, por lo menos en algunas Provincias; la decadencia de los estudios y el haberlos encerrado en invernáculos lejos del aire libre hace que aquí en Cataluña, por ejemplo, muchos jesuitas sean payeses con sotana, y valgan intelectualmente lo que un cura rural o quizá menos; y como consecuencia de ello, la mediocridad en el gobierno, en el cual predominan los hombres de «acción» (a veces de mera agitación) sobre los inteligentes; los mediocres y santulones sobre los hombres de estudio o de visión; los ambiciosos sobre los espirituales. […]
“Uno de los efectos psicológicos secundarios del poner zotes al gobierno (fuera del principal político que es hacer derivar el trique) consiste en que se vuelven instintivamente enemigos de toda excelencia intelectual, porque presienten que todo el que ve los cala, y (almenos interiormente) los mide y juzga; de modo que se vuelven prodigiosos fautores de la oscuridad, agricultores del tapujo y fabricantes de tinieblas; y algunos de ellos, pura y simplemente bichos dañinos, que llegan a tener gusto en hacer daño.
“En suma, la mística que desciende a política, la política a politiquería”.
El 5 de enero de 1949 anotó en su Diario:
“Yo soy un hombre peligroso para los fariseos. A los fariseos no se les oculta que a mí no se me ocultan ellos”.
Y ante el hombre que habla claro
Por ver claro hay pajarones
Que sienten retorcijones–
Y usté no les hace mal
Pero piensan: “Ese tal
Puede vernos sin calzones”[134].
El fariseo comienza por mirar con desconfianza al portador de la religiosidad genuina, porque no encaja en el molde que él ha establecido para cuantos se mueven en su universo ideológico. No tolera que alguien se aparte de la regla y haga lo que un don particular o la gracia le inspiran, pues el ególatra “medida de todas las cosas” es incapaz de advertir que existen hombres comunes –a los que Chesterton se pasó la vida defendiendo– y “singulares”, a quienes Dios hizo distintos para que se sacrificaran por los demás[135]:
“La Oveja y el Carnero miraban el Perro Pastor. Dijo la Oveja:
–¡Qué lindo tipo!
–Es un poco raro –dijo el Carnero.
–¿Qué cosa es ser raro? –preguntó ella.
–Ser raro es no ser como yo –dijo el Carnero”[136].
Santa Margarita María de Alacoque fue martirizada en el convento por una religiosa que siempre llevaba consigo un librito con las reglas de la comunidad. En el Libro de la Vida Santa Teresa truena contra el abuso de imponer a todos el mismo método de oración:
“A los que vuelan como águilas con las mercedes que les hace Dios, [los quieren] hacer andar como pollo trabado. […] Fíanse ellos mismos de Dios, que esto les aprovecha la verdad que conocen de la fe, ¿y no los fiaremos nosotros, sino que queremos medirlos por nuestra medida conforme a nuestros bajos ánimos?”[137].
“«Tienes mal espíritu, tienes mal espíritu» –dijeron a Cristo.
«Todo el que no tiene espíritu como el mío, tiene mal espíritu», es el pensamiento recóndito del fariseo.
“Y lo contrario justamente es lo verdadero”[138].
Como dijimos, la levadura de los fariseos hace que la sociedad religiosa caiga en “la «socialización», un proceso de arterioesclerosis que amenaza a toda sociedad humana: cuando lo social oprime a lo personal, lo formal a lo carismático, la simple conservación al crecimiento y elevación, «la letra al espíritu»; proceso que se dio al máximo en el cuerpo de los «Pherizim» o fariseos”[139].
Si la persona a quien fariseo tiene ojeriza se mantiene en sus trece, comienza la persecución, en la que juega un papel importante “il venticello” de la calumnia:
“Jesucristo trató de demoníacos a los fariseos; los cuales lo trataron de demoníaco a él, desde luego, en virtud del principio de la proyección malvada de sí mismos”[140].
Por último, el aprovechador de la religión busca dar muerte al que “no coordina”, como dice el clero uruguayo:
“Vosotros os llamáis hijos de Abrahán, y sois hijos del demonio; el cual es homicida desde el principio; y por eso queréis matarme…” [Jn. 8, 39.40.44].
Aunque esto ha sido común a los fariseos de todas las épocas, el paso del tiempo ha enseñado a los modernos procedimientos igualmente eficaces pero más pulcros, pues no dejan huellas:
“Hoy basta procesar a un hombre, privarle de casa, empleo, reputación para desembarazarse de él sin rastros de sangre. El médico que comprueba el deceso dice: «Crisis cardíaca» [o «Diabetes nerviosa»[141]]. Ningún psicólogo es nombrado para buscar los orígenes de la diabetes nerviosa… Esta víctima no lleva el piyama de los reclusos; pero muere una tarde como ellos, en el interior de una prisión invisible que la injusticia ha construido alrededor de él (Fabre-Luce, p 148)”[142].
Castellani comenzó a padecer el “tratamiento” cuando volvió al país tras haber completado sus estudios europeos:
Por no poder sufrir el ser mediocre
Y el delito de no tener dos caras
Al volver a mi tierra color ocre
Fui castigado con torturas raras[143].
Copello lo cesanteó del Seminario, porque con la victoria de los Aliados en la Segunda Guerra, Castellani se había vuelto “políticamente incorrecto”. El Provincial amenazó expulsarlo de la Compañía y sus “hermanos” lo tiroteaban a insulto seco… y anónimo con una lluvia de “censuras”, que llegó un momento se hicieron del todo intolerables, no ya sólo a la dignidad humana, pero aún a las fuerzas físicas[144].
Aunque escribí con cuidao
Alcé contra mí venenos–
Aunque anduve entre los buenos
Y me mostré no incapaz
Unos me echaban de más
Y otros me echaban de menos.
No lo creía al principio
Y ahora lo dudo y lo siento
Pero es un hecho y no miento:
Algunos que se cruzaban
Todo me lo perdonaban
Menos el tener talento.
No es cosa del otro mundo
Lo común que calza y viste–
Yo a Dios en mi vida triste
Le he pedido sin cesar
“Gracia para soportar
El talento que me diste”.
Que “es la roña de los claustros
La Envidia” –enseñó un Dotor
Nunca fí caluñiador
Y de averiguar desisto–
Mas si te odian gratis ¡Cristo!
¿Qué es eso? ¿Jazmín de olor?
Si me hicieron escritor
Tiene su ley ese oficio
¿Cómo iba a prestar servicio
Maniado con un pegual
Si el escribir no tan mal
Lo empiezan a hacer vicio?[145].
Cuando fue a Roma para exponer no sólo su caso, sino el de la Provincia Argentina al General S.J. Juan Bautista Janssens, éste le concedió una audiencia de tres minutos, y en lugar de escucharlo lo cubrió de insultos, alegó que en treinta años de vida religiosa “no había escrito ningún libro digno de la Compañía”[146], lo desterró a Manresa, y prometió hacerle la vida “dura, inhumana, intolerable” si no dejaba la Sociedad de Jesús[147]. Janssens no amenazaba en vano, porque allí Castellani se encontró en una situación que debía llevarlo al suicidio, o la locura, o al menos a su incapacitación como persona.
El odio rabioso de sus cofrades se manifestó en un hecho relatado al Doctor Luis Farré en carta que resumimos: cuando volvió a la Patria, después de estudios que se habían llevado su juventud, fue formando una biblioteca de Filosofía –que no había en el Seminario Metropolitano– y disponiendo su cuarto como “atelier” de escritor; y al mismo tiempo probando en ensayos todas las técnicas del oficio. Ninguna ayuda especial para eso, más bien al contrario. Una orden religiosa que simplemente sintiera su propia conveniencia debería haberlo puesto de rondón en las condiciones a que él había llegado jadeando en once años: su producción hubiera sido otra, superior en calidad. Al revés sucedió: al llegar el momento en que podía producir con madurez vino un golpe de ciego que destruyó insensatamente todo eso, y casi lo destruyó a él literalmente. A tanto llegó el vandalismo que se quemó en Villa Devoto la estantería de sus libros que él había conseguido poco a poco con trabajo, y “ahorrando sobre el hambre y la sed”.
Tiemblo al decir lo que digo
Porque siento aquí un abismo–
Pero yo he de hablar lo mismo–
De la verdá siervo soy–
¡Qué bichitos se crían hoy
Adentro del cristianismo…! […]
Todos hacen aspavientos
Todos a quejarse son
Del burdel y confusión
Que reina en el mundo entero–
Les diré que el mal primero
Viene de la religión.
¿De la falta o de la sobra
De religión? De las dos–
Falta religión en vos
Por sobrar religión chuya
En el que a Cristo embarulla
Y mal representa a Dios.
Son cuestiones peliagudas
Que más quisiera rehuir–
Pero ¿dónde voy a dir,
Buey, sin llevar este arao
De mi fe y deste pecao
Que es el arte de decir?
De ver que en la religión
Hay política y falsía
Nos dentra una duda impía
Y aun de la Patria dudamos
Y al final nos estraviamos
Porque nos faltó la guía[148].
XI – LA RELIGIÓN DEL ANTICRISTO
La eliminación del vidente deja el campo libre para los falsos profetas, ciegos guías de ciegos, que devastan la Viña del Señor. Este resultado es necesario, porque “la comunidad o la nación que peca contra la Verdad, que pierde la reverencia a la Verdad y el horror a la mentira, está perdida, dejada de la mano de Dios. ¿Y qué castigo más grande que éste, que el que se va de la Verdad, ella se queda y no lo sigue y él se va? ¿Adónde se va? «A las tinieblas de allá afuera» –dice Cristo. La Verdad no puede imponerse a sí misma por fuerza. Si no la aceptan, se retira. ¡Temed a la Verdad que se retira!”[149].
En efecto, el Sabio dice que “allí donde no hay visión el hombre perece”[150]; y también los antiguos sabían esto: en Critias[151] y Timeo[152] Platón expone el mito de la Atlántida, una civilización situada más allá de las Columnas de Hércules (Gibraltar, el límite del mundo conocido), que idolatraba el saber de dominio, la técnica, y luchó contra Atenas, cuya patrona era Atenea, la diosa de la Sabiduría.
Siendo el hombre religioso en razón de su espíritu, el desvío del apetito que lo lanza hacia Dios lo conduce en definitiva a dar culto a sí mismo. Pero su racionalidad le exige justificar lo que cree, y la doctrina que fundamenta esta apostasía es el Idealismo, que, como veremos en el próximo capítulo, el fraile apóstata Juan con Ropa esgrime para mistificar la palabra de Cristo. Dicha filosofía yerra en el mismo punto de partida, pues invierte “el eje de la especulación filosófica del ser hacia el conocer”[153].
El conocimiento se cimenta sobre el ser: “quien conoce es, conoce algo que es [aunque en un segundo momento la inteligencia pueda construir universos de razón, estudiados por la lógica y las matemáticas], y el mismo acto de conocer es”. Al contrario, Fichte, el pionero del Idealismo sostiene que:
“«Pensar una cosa que esté fuera del pensamiento es contradictorio: sería pensar y no pensar a la vez».
“Y después añade:
«El que una vez ha comprendido este principio, no lo soltará jamás: es el principio de la sabiduría»”[154].
Esta escuela, cuyo sumo representante es Hegel, reduce todo al Espíritu Absoluto, “el espíritu del hombre y el de Dios mezclados en mezcla sacrílega”[155]: “No [es] el Dios transcendente del Cristianismo por cierto, sino una divinización del espíritu humano”[156].
El Espíritu no es substancia inerte, sino sujeto, esto es, impulso, conato que le permite recorrer un largo camino hasta descubrir, en la conciencia humana, que sólo él es real e incluye en sí el mundo que al principio era percibido como exterior al pensar, el No-Yo. El inicio de este desarrollo es el conocimiento del ser, el género supremo y absolutamente indeterminado para Hegel: “No hay nada que ver en el puro ser”[157]; si intentamos pensarlo, pasa a su contradictorio: la nada. Castellani advirtió que tal despropósito sería uno de los puntales del Neocatolicismo o Catolicismo Vital:
“La voz melancólica y dulce del Tanguista Oficial […] proclamó que «la Divinidad misma, esa mezcla de Ser y de Nada, era la que se había difundido sobre los hombres»”[158].
Esta disolución de cada uno en su contradictorio da origen al perpetuo devenir del Espíritu:
“¿Entonces no hay realidad? Sí, hay; la realidad es el devenir. ¿Pero eso es contradictorio? No es contradictorio, porque yo he comenzado por invalidar el principio de contradicción: el Ser y la Nada son la misma cosa. Lo que tú llamas contradicción, dice Hegel, es la Tesis, la Antítesis y la Síntesis –el triádico y eterno Devenir. Dios es la Idea Total, el Espíritu Absoluto, que comprende mi Yo, mi No-Yo, mi Súper-Yo, mi portero, la cocinera, Perón, el P. Travi, el Papa, toda Europa, todos los hombres, y el Universo entero creado con todo lo que se está todavía por crear, que no existe y sin embargo, ya existe. Porque Dios es una especie de nebulosa que comprende todas las cosas, incluso el tarro de la basura, y que evoluciona constantemente en tal forma que no pierde nada ni adquiere nada; lo único que le pasa es que «adquiere conciencia de sí mismo como Sujeto Universal y todo el devenir cósmico se hace claro y transparente» –dice Hegel”[159].
Dijimos que el Absoluto adquiere conciencia en el hombre; para ser más exactos, en Hegel:
“Como dijo Nietzsche, toda la Evolución del Espíritu Absoluto va a parar a Prusia y a la existencia de Hegel sentado en su cátedra de Berlín. Ahí acaba todo”[160].
Modestia aparte, el filósofo de Jena se creyó superior no sólo a Napoleón, al que llamó “alma universal”, sino al mismo Cristo, porque el Señor había revelado la Verdad por medio de símbolos, mientras que él lo había hecho por el Concepto, que manifiesta el despliegue del Espíritu en la historia y el pensamiento.
Pero, a gran subida, gran caída, quien pensó ser el supermístico no fue más que un falso místico:
“«Por medio de lo visible llegamos a lo invisible», […] dice San Pablo; pero en este caso, por medio de un «raccourci» enérgico, un atajo, un sendero de montaña: ¿No es ésta la doctrina de los grandes místicos? Sí. Los grandes místicos dicen que tienen la experiencia de Dios en sí mismos y que ven todas las cosas en Dios:
Mi Amado, las montañas,
Los valles solitarios nemorosos,
Las ínsulas extrañas,
Los ríos sonorosos,
El silbo de los aires amorosos.
La noche sosegada
En par de los levantes de la aurora,
La música callada,.
La soledad sonora,
La cena, que recrea y enamora…
es Dios para Juan de Yepes: estos místicos han conocido primero a Dios por la razón como todo hijo de vecino; después han hecho un largo camino, muy duro, un sendero de montaña, un atajo de desapego de todas las cosas creadas, «la subida del monte Carmelo», –que se puede comparar al Purgatorio, o mejor dicho lo es, literalmente; y después han recibido una especie de participación del conocimiento divino. Pero esto es sobrenatural, es un milagro. Hegel suprimió lo sobrenatural.
“El caso de los filósofos idealistas es enteramente diferente: padecen de una irrupción clandestina de la mística dentro de la filosofía, podemos decirlo así; y la mística fuera de su lugar es una cosa explosiva. El idealismo actual es como una corrupción de la teología mística; lo cual es un fenómeno gravísimo. Han encontrado el principio de la sabiduría, el mismo que encontró Adán, aquél por el cual Adán quiso ser como Dios: la filosofía moderna ha hecho el pecado del primer hombre”[161].
La transgresión del mandato divino introduce a la Pelona en nuestra complicada historia: la divinización del Hombre, con mayúscula, conduce a la muerte del hombre concreto:
“Hoy hay sacrificios humanos hipócritas: el hombre sacrifica a su prójimo, no a un ídolo, sino en el altar de sí mismo, al ídolo del orgullo humano: por ejemplo, el Comunismo de Rusia, el Capitalismo mundial.
“Como en el Perú o en Egipto, el Estado había sacrificado a sí mismo el alma del hombre, reduciendo la sociedad a un próspero hormiguero; así la sociedad occidental actual con su confort y progreso técnico ha sacrificado la persona humana: lo que es abominable a los ojos de Dios[162].
La pésima doctrina que desde fines del siglo XIX devasta a la Iglesia es el Modernismo, que Newman denunció en mayo de 1879, cuando acudió a Roma para recibir la dignidad cardenalicia:
“Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro, espero que no se juzgará fuera de lugar si renuevo la protesta que hecho tan a menudo.
“El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y está en el derecho de cada individuo hacerle decir tan sólo lo que impresiona a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe. Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y católicas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en común, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religión es una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre sí. Si alguien sostiene una nueva religión cada mañana, ¿a ti qué te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religión en ningún sentido es el vínculo de la sociedad. […]
“Debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teoría liberal. Por ejemplo, y para no decir más, están entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios está propuesta para sustituir o bloquear la religión. Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito. Y ya ha respondido a las expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante”.
El Modernismo fue llamado por San Pío X “la sentina de todas las herejías” en su encíclica Pascendi Dominici Gregis (8-IX-1907). Su principio es la “inmanencia vital” (idealismo), según la cual el hombre no afirma la existencia de Dios por el testimonio del mundo y, sobre todo, por la revelación de Cristo, sino por un movimiento del corazón que lo lleva a abrazar lo Absoluto. Como el fundamento está puesto en la conciencia, ésta resulta ser “la regla universal a la que todos deben someterse, incluso la autoridad suprema de la Iglesia, ya sea en su capacidad docente o legislativa”.
Y puesto que la conciencia cambia en las distintas épocas, no hay verdades permanentes, sino continuas adaptaciones a la mentalidad y aspiraciones de cada tiempo: lejos de ser definitivos, los dogmas evolucionan, y así la Revelación es sustituida por la Historia.
A quienes afirman que la verdad cambia con el paso del tiempo, Chesterton responde:
“Si un hombre sólo creyera que la tierra es redonda porque su abuela le dijo que era plana, entonces le bastaría a otro hombre decir que ella es espiral para ser un imbécil más avanzado que los otros dos. […] ¿Nunca han visto a alguien que falla en el salto en alto porque no ha retrocedido lo bastante para tomar carrera? Tal es el pensamiento moderno: tiene tanta confianza en su orientación que no sabe de dónde viene”[163].
Castellani atribuye al Modernismo la capacidad de fusionar otras dos herejías en apariencia contradictorias, mas en realidad contrarias, y por ello capaces de unirse:
“Prometían en tiempo del Santo [Tomás] la felicidad en esta vida los begardos y beguinas, así como en todo tiempo la falsa mística, y en los nuestros las herejías máximas del liberalismo, modernismo y comunismo; que son, como las famosas hijas de Elena, tres macanas distintas y un solo error verdadero. […]
“En cuanto a ese Paraíso en la tierra, sin guerras, sin pestes, sin hambres, sin opresión, sin tiranos y hasta sin vejez y creo que sin muerte, no estaba lejos para los creyentes, de acuerdo con aquellos versos de Victor Hugo, que dicen:
«Ya llegó el tiempo núbil de las naciones,
Va el Progreso pisándole los talones».
“En lo cual quizá profetizó, sin saberlo, como la burra de Balaán, porque el tiempo de las naciones designa en la Sagrada Escritura la proximidad del fin del mundo.
“El modernismo es la última evolución del protestantismo liberal y es la herejía más sutil y completa que ha existido y puede existir, de modo que sin duda será la religión del Anticristo; porque concilia en sí las dos notas antagónicas con que San Pablo describe misteriosamente al Hombre de Pecado, y que hasta hoy parecían incompatibles: 1°, será adversario de toda religión y culto; 2°, se sentará en el templo haciéndose adorar como Dios. El modernismo deshace toda religión existente, apropiándose empero de sus formas exteriores, a las cuales vacía de contenido para rellenarlas con la idolatría del Hombre. Promete también la felicidad en esta vida, y quien quiera ver de qué delirante modo, puede leer el apocalipsis de H. G. Wells titulado The Shape of Things to Come.
“El comunismo, que es una forma del modernismo y está llamado un día a fundirse con él, sabemos cómo está impregnado de un mesianismo de raíz judía, que promete la Edad de Oro, en el día en que disponga de la Dictadura de la Clase Elegida, a saber, el Proletariado. El comunismo ruso ha hecho suyos en uno de sus himnos los versos de E. Heine […]. Que dicen más o menos:
«A la tierra conquistaremos,
A la tierra y todos sus dones,
El cielo se lo dejaremos
A los ángeles y gorriones»”[164].
Castellani descubrió (el primero en nuestro país) la adulteración teológica puesta desembozadamente al servicio del culto al Hombre en los escritos de un jesuita francés, con aires de gran científico, a quien el General de la Orden dio permiso para que continuara escribiendo, al mismo tiempo que impuso el destierro a nuestro autor[165].
“Cito actualmente a Teilhard de Chardin con todas las reservas. Este ensayo, escrito en 1944, ignoraba la evolución posterior del pensamiento del naturalista francés, la cual ha sido pésima, a nuestro parecer. Ha caído en la peor de las herejías, el modernismo, y, según creemos, es un heresiarca virtual. Éste no es aún, en el año 1951, el dictamen de la Iglesia, sino el de un doctor privado. Doctor en Teología”[166].
“Telar Cardón”, cuya aptitud filosófica era nula, cubrió de palabrería religiosa y neologismos extravagantes la doctrina de Bergson:
“Ambos se llena la boca con el amor de Dios. ¿De qué Dios? De la Evolución Creadora, un invento de Bergson. –¿Qué es la Evolución Creadora? –Es un chorro de energía espiritual que atraviesa la materia, haciendo en ella todo cuanto puede –palabras textuales de Bergson. –¿Y todo cuanto quiere? –No, no puede hacer de golpe todo cuanto querría; y eso explica la existencia del mal. –¿No es pues omnipotente? –No”, pero llegará a serlo, pues es un Dios haciéndose, lo mismo que el Universo, que es un Universo haciéndose –evolucionando–, donde la Evolución Creadora va sacando siempre más de lo menos, por eso es Creadora. –¿Y eso es Dios? –O es Dios o es una cosa de Dios –responde Bergson. –Yo no puedo amar un chorro, querido Bergson.
“Telar Chardín tomó esta idea chuya como base, la cual idea tiene sus raíces en Spencer, el doctor del Evolucionismo o Darwinismo; y en Hegel, el doctor del Panteísmo emanatista. No hay una sola idea original en Telar Chardín, hay sólo una terminología nueva, bastante pedante: «la biósfera», «la antropósfera», «la noósfera», «el Punto Omega» –que es el fin de la Evolución y es Dios”[167].
“La Humanidad no es sino «el Cristo Colectivo». La doctrina enseña que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo; pero si toda la Humanidad lo es, huelga el Juicio Final; el cual en efecto, según el paleontólogo nombrado, no es sino «el final de la Evolución»; donde de necesidad algunos tienen que llegar cola; y eso es el Infierno –según él… Pone una solución infrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos «progresistas», como Condorcet, Augusto Comte y Kant; lo cual equivale a negar la intervención de Dios en la Historia”[168].
Aunque quizá el más perverso, Teilhard es sólo uno del “infinito número de los necios”[169] que hoy tijeretean la palabra de Cristo, hacen mangas y capirotes con ella y pretenden “reconfigurarla”. Entre ellos se destaca otro jesuita, éste sí de gran potencia intelectual y conocedor de la Teología y la Filosofía, pero también él ganado por la mentalidad del siglo: Karl Rahner.
“En el ensayo «La Cristología en una Concepción Evolutiva del Mundo», Rahner contiende probar que […] Dios creó al mundo para darse y se dio (infinitamente) en la Unión Hipostática de Cristo. […] Dios es quien impulsa desde adentro esta inmensa y «effrayante» elevación del átomo de hidrógeno al Absoluto. Ésta es la manera como la Cristología y el dogma cristiano pueden conciliarse con la Cccccciencia Mmmmmmoderna.
“La natura humana tiene en sí la raíz de su elevación a la gracia y a la gloria; y la de Cristo a la Unión Hipostática, a la cual por ende deviene por evolución. […]
“Rahner, el alemán pronuncia «Rahna»; y lo mismo la lengua castellana, (con perdón de la chocarrería)”[170].
La ocurrencia de Castellani viene a cuento, porque la Cristología “desde abajo” enseñada por el batracio alemán se apoya en un absurdo que anula la Creación y Redención como actos gratuitos del extremado amor divino –aunque hable de ellos como “gracia inmerecida”, de sus principios se siguen conclusiones que niegan tal afirmación–, y los convierte en fases de un proceso por el que Dios alcanza su autorrealización o autocomunicación, como lo explica el P. Meinvielle:
“Esta trascendencia haría que el hombre, y en general la creatura, por un esfuerzo propio –por eso dice autotrascendencia o trascendencia activa– iría ascendiendo en la escala de los seres […] hasta alcanzar lo infinito. Este escalamiento a posiciones superiores se verifica en la entidad misma de los seres y por eso se llama entitativa […]
“La autotrascendencia que movería a todos los seres internamente, y al hombre de modo particular, los llevaría, en un proceso irreprimible, a dejar de ser lo que son para llegar a ser los de la escala superior, y así en un proceso infinito, en que al final todo se resuelve en una masa homogénea del ser”[171].
La escritora alemana Luise Rinser editó parte de la correspondencia que mantuvo con el autotranscendente teólogo desde febrero de 1962 hasta la muerte de Rahner (marzo de 1984)[172]. Durante este lapso el máximo “influencer” en el Concilio escribió a la Rinser 1.847 cartas, cuya publicación fue prohibida por la Compañía de Jesús, pero el contenido de ellas se refleja en las de la escritora.
A los dos meses de haber trabado amistad con él, le hizo pegar un salto evolutivo, pues comenzó a llamar “pescadito” al hasta entonces rana; y este lenguaje confianzudo no lo incomodó; al contrario, porque la creciente familiaridad con la escritora le hacía sentirse como pez en el agua.
La Rinser resume con estas palabras el “camino de cornisa”[173] que ambos hicieron: “Él fue mi «Gurú» […] y me condujo a una religión universal en la que también hay lugar para el cristianismo”[174]. El tránsito a la Religión y Santidad de la “Nueva Era”[175] resultó sencillo para el Mahatma Rahner, porque entendía las afirmaciones dogmáticas como “frases hechas” (Klischees) de un lenguaje simbólico[176].
Como fue dicho, la religión de la Nueva Era prescinde no sólo de la gracia, sustituida por el ascenso evolutivo, sino también de otras menudencias que la antigua Teología consideraba fundamentales:
“Al salir de los intrincadísimos análisis y los intrincadísimos remedios de la última palabra de la Nueva Teología […], lo que se nota más fuerte que un dedo en un ojo es que:
1°- No recuerdan nunca la Gran Apostasía.
2°- No tienen en cuenta la Segunda Venida.
3°- Tienen como dogma inconcuso que la Iglesia y el Mundo tienen que ir adelante, ir adelante, ir adelante siempre, lo menos durante 17 millones de años; y eso no solamente es un error en la fe, sino un disparate ante la razón. No valía la pena sustituir la esperanza en la Parusía, que es un dogma de fe, por semejante macanazo”[177].
Bergson logró condensar en una fórmula toda esta especulación gnóstica: “No hay cosas, sino acciones”[178]. El dios evolucionista es “una continuidad de surgencia, emanación [jaillissement]”[179], y por tanto, está metido hasta la coronilla en el movimiento y encerrado en el tiempo, medida del movimiento.
“San Pablo en su Carta Primera a Timoteo ya calificó todo al llamarlo «cuentos de viejas». «El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe entregándose a espíritus engañadores y a doctrinas diabólicas, por la hipocresía de embaucadores que tienen marcada a fuego su propia conciencia… Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas»[180], fábulas nunca tan falaces y tan hueras como hoy”[181].
Cuando el Creador es exorcizado de su obra, aparece “el dios de este mundo”[182], que al Ser inmutable y trascendente de Dios opone su perpetuo cambio, devenir, inquietud con los nombres mágicos de “evolución” y “progreso”:
“Así como Dios tiende a reunir todas las cosas en la unidad, a «recapitular», Satán tiende a diferenciar. Es el ser del cambio, el dueño del tiempo, el motor de la «evolución», el «élan vital», el pregonero de las modas, el patrón del Progreso Indefinido. Evolución, revolución, contrarrevolución, recontrarrevolución, destrucción, reedificación… ¡Cambiad, mortales, cambiad; porque yo no tengo reposo sino en el cambio, en el Devenir! Todo está en todo, y Todo es todo”[183].
En resumen, el evolucionismo generalizado concibe el mundo como un proceso viviente que alcanza su culmen en el hombre, en cuya conciencia se manifiesta la Divinidad. Esto parece ponerlo por las nubes, pero tal doctrina exige una pequeña renuncia: arrojar por la borda la esperanza de vida personal más allá de la muerte, porque todo es engullido por el fondo indeterminado universal. Ésta es la afirmación última de la gnosis que envenenó el alma de Asia y ahora cubre al Occidente como una nube letal. La existencia de las cosas es una marcha imparable hacia la aniquilación, por lo tanto, la beatitud del hombre consiste en dejar de ser yo, tú, él para convertirse en “eso”; y los novadore adhieren a tal doctrina porque el cuño burgués de sus almas hace que encuentren satisfactorio el más allá entendido como una Sociedad Anónima. A la gnosis que hoy triunfa en la Teología se aplican las palabras de Chesterton: “Ellos llaman felicidad a lo que nosotros consideramos desesperación”.
XII – LA PAYADA
El choque de la Fe con la Herejía se concreta en la payada de Martín Fierro, que ha adoptado el nombre de Juan de los Tiempos Postreros, con un fraile “de mano helada y ojos de cóndor rapaz”[184]:
Juan con Ropa lo llamaba
El paisanaje bravío
Porque siempre andaba el tío
Como gañote de sapo
Tembleque y cargao de trapo
Como si tuviera frío.
Y cómo no iba a temblar
Con ese invierno tan crudo–
Mas notó un paisano agudo
Que andaba igual en verano
Con el doble hábito ruano
Mesmo color del peludo.
Saber ninguno sabía
De dónde había venido–
Pero él fue el mal comedido
Que trajo la gran noticia
Del viejo ser perseguido
En tiempos por la justicia.
Éste todo lo sabía
No sé diánde lo sacaba–
Le dijeron si payaba
Y él dijo que cómo no–
Allí el paisanaje abrió
Ojos como culo de taba.
Sacó una guitarra negra
De marfil y guayacán
Con seis cuerdas de alquitrán
Y en seis clavijas doradas
Seis estrellas coloradas
Con seis puntas de azafrán.
Vieran qué joya de lujo
Era aquel brujo istrumento–
Me caiga muerto si miento
Voz tenía de zorzal
Voz de mujer y cristal
Voz de trompeta en el viento. […]
Después de darse la mano
Templaron el istrumento
Y un rugido y un lamento
Fue el temple y dentre del flaire–
Parecía que hasta el aire
Quedó en suspenso un momento.
Y comenzó a preguntar
Desdeñoso y altanero–
Iluminaba el brasero
La faz linda de una ñata–
Cada copla que remata
Reía el rostro hechicero[185].
Martín responde con gracia y buena filosofía cada una de las preguntas del forastero:
Progreso es dir adelante
Sin ver si vas bien o mal–
Es progreso material
El déstos politicastros–
¡Progreso es borrar los rastros
Del pecao original! […]
Civilización deriva
De cives, civis, civil
Pero en este tiempo vil
Civilizao es el gringo–
Bárbaro llamó Domingo
Al que es criollo mil por mil.
Bárbaro era el extranjero
En el Lacio y en el Ática
Mas hoy día esa premática
La volvieron al revés–
Y bárbaro el criollo es
Con esta nueva gramática[186].
Cuando le llega el turno de preguntar, en lugar de las siete convenidas, Fierro sólo propone una cuestión al fraile advenedizo:
Diga usté corto y profundo
Si yo he sido playo y largo
Después déste tiempo amargo
Cómo va a acabar el mundo[187].
Juan con Ropa contesta exponiendo el credo modernista:
Este cantor jesudita
Que se esconde a lo peludo
Me hace el chumbo campanudo
De una pregunta mulita.
La Creación es infinita
Como del hombre el magín–
El Espíritu Sin Fin
Las cosas conoce y crea–
Veo que ignora en su idea
Que el mundo no tiene fin.
Ignora a tendida pierna
Su ingenua mitología
La historia, la geología
Y en fin, la ciencia moderna–
El mundo es creación eterna
Del Espíritu Absoluto
Que en círculo irresoluto
Pone el Yo y pone el No-Yo–
El que este axioma ignoró
Hoy puede darse por bruto. […]
Esta luz de este fogón
Que temblequeando ilumina
Crea en toda esta cocina
Sombras que, al ser vistas, son–
Así en viva evolución
Toda la naturaleza es grito
Del Espíritu Infinito
Luz y Sombra, Todo y Cero
Que yo viéndolo lo quiero
Lo construyo y lo suscito.
Vean la pampa tupida
De mansas olas de oro
El ombú y abajo un toro
Y allí la hacienda tendida–
La polvorosa y torcida
Senda en la luna de plata
Y el arroyo que retrata
En su vivo vidrio y cauce
El cielo, la luna, el sauce
Y en reguero de escarlata.
Todo eso al verlo lo creo
Y al crearlo soy creado
Y en un abrazo sagrado
Soy en mí cuanto en mí veo–
Hago a Dios cuando lo ideo
Y al asimilarse en mí
El Yo y el No-Yo, de allí
Surge Dios en su Triada
Dios que es el Ser y la Nada,
Devenir, Seré, Soy, Fui.
Eso es lo que en su candor
Llama usté Espíritu Santo,
Viento, fuego, amor; y encanto
Del Verbo y del Creador–
De mi alma eterno fulgor
Vida me da y vida toma
Lengua de fuego y paloma
Que es murciélago a la vez–
Bien, Mal, Derecho y Revés
Jerusalén y Sodoma.
Dios es Póstumo y Abstracto
Y el Universo es Monólogo
Que el Siempre-Haciéndose-Ideólogo
Impende en su mismo impacto–
La Creación es un acto
Sexual continuado y bruto
Dios es el Irresoluto
Devenir, puro Camino–
María es lo femenino
Y Cristo, el Hombre Absoluto.
Cristo cuando padeció
Encarnó a la Humanidá–
En ese hombre puro está
Todo mi Yo y mi No-Yo–
Y con él resucitó
El hombre a vida sublime
Continuamente lo exime
Ese mito y ese nombre–
Ni puede pecar ya el hombre
Pues Cristo siempre redime.
El Bien y el Mal en su fondo
Son uno en eterno abismo–
El Ser y No-Ser lo mismo
Son uno en abismo hondo–
El Universo es redondo
No hay en él cruce ni cruz–
Alma del mundo es Jesús
Que un cuerpo etéreo evidencia–
Y todo eso es mi conciencia
Que es inextinguible Luz. […]
El Mundo es Vida y es Muerte
Es el Cielo y el Infierno
Es el Devenir Eterno
Y es Dios que en Sí se revierte–
En él triunfa el más fuerte
Porque así tiene que ser–
Que el mundo ha de fenecer
Y que ha de fenecer pronto
Eso queda para un tonto
Como usté… debe saber.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Así iba cantando el flaire
Con voz cada vez más fuerte–
Se hizo un gran silencio inerte
Que ni el fogón crepitaba
Y una oscuridá bajaba
Pesada como la muerte.
Caiba en el que allí escuchaba
Como un langor sin medida–
Como usté ve que una víbora
Mira a un chingolo y lo atrae
Siente el oyente que cae
En parálisi su vida.
Sería aire de tormenta
O de magia, pienso yo–
Mi padre se levantó
Con su facón empuñao
Y de un tajo al encordao
Todas las cuerdas cortó.
Dice que un momento más
Ya él se rendía al encanto–
–“Brujería es este canto”–
Gritó mi padre en su apuro–
“Que acabés este conjuro
Te mando por Cristo Santo”.
Lo que siguió que lo crean
Yo mucho lo dificulto–
Ovilló el cantor el bulto
Y con cara de veneno
Metiendo el puño en el seno
Sacó un crucifijo oculto.
Era un crucifijo mezcla
De martillo y media luna
Con una T grande y una
Guadaña corva cruzada–
Para mí era magia ¡ahijuna!
Porque eso no es cruz ni es nada![188]
Con el martillo en la mano
Con su hoz de agudo acero
Saltó el fraile forastero
Cual yarará correntino
Y a mi padre se le vino
Retandoló en brasilero.
Mi padre al verse atacar
Volvió el facón de cruz reta
Y paró la cruz sotreta
Tomandoló de la hoja–
Culebrió una chispa roja
Enorme en forma de Z.
–“¡Ah maula, trais escondida
Eletricidá de Uropa!”
Grita mi padre, y lo topa
Con su cruz al de las faldas
Y el otro se va de espaldas
Porque se enriedó en su ropa.
Con aquél que está en el suelo
Hay que ser inofensivo
Pero mi padre fue vivo
Para terminar el duelo–
Tomó la ocasión del pelo
Y puso su cruz cristiana
Sobre el hábito a aquel rana–
Y aquel flaire putativo
Patalió patas de chivo
Debajo de la sotana.
Ay empezó a retorcerse
Y a pedir misericordia–
Terriblemente lo incordia
La cruz, ni alcanza a moverse.
Fue cosa de no creerse
Lo que allí se descubrió–
Pues mi padre nos juró
Fielmente que aquél Uropa
Era el propio Juan sin Ropa
Que de flaire se vistió.
El que venció a Santos Vega
Y lo llevó a triste fin
Cayó porque San Martín
A cada chancho le llega–
Lloriqueando pide y ruega
Que se le dé la evasión–
Aprovechó la ocasión
El viejo y me lo comina
Que por esa cruz divina
Haga una declaración.
Confesó ronco el Maldito
Que era el de atrás del altar
Venido para tentar
Al hombre en modo inaudito–
Permite el Dios infinito
Hoy día désa manera–
Es la Tentación Postrera
Y es la Gran Tribulación–
¡Vieran! Se echó en el fogón
Y se hizo pura humareda.
Y confesó mi padre, vea
Nunca tanto susto tuvo
Como al verlo entrando en tubo
Salir por la chimenea–
Ningún peón se menea
La vieja se desmayó–
El Juez la puerta ganó
Piel de gallina el pellejo
Y salió como conejo
Y hasta el pueblo no paró…[189]
XIII – LOS CONSEJOS
Al borde de la muerte Juan de los Tiempos Postreros da a sus hijos los consejos para orientarse en un tiempo en que el crimen imperdonable es mantener la verdadera fe:
Y el cristiano ha de sufrir
Hoy lo que nunca ha sufrido–
Que no se achiquen les pido
Mas no se hagan ilusiones–
El mundo va a trompezones
Y el ateísmo ha vencido.
Sospecho que hay ateísmo
Hasta dentro el Vaticano–
Hoy Mandinga tiene mano
Como jamás ha tenido–
Yo sé por lo que he sufrido
Que no es broma ser cristiano.
Hoy día muchos prenuncian
No sé qué triunfo inaudito
Del Hombre ateo y ahíto–
Todo el que esto les prometa
Sepan que es seudoprofeta
Y enviado del Maldito.
De la Ciencia los prodigios
Del Arte y la Educación
De la Gran Federación
Que unirá a los pueblos todos
Oirán himnos de beodos–
Tengan mucha precaución.
Ojo al Cristo que es de cobre
Le conozco la receta
Hoy día el falso profeta
Que el mundo loa y acata–
Para hacerlo hablar en plata
Les enseñaré una treta.
Al que venga con grandezas
Terrenales discursiando
Y los venga emborrachando
Con un silbo de serpiente
Pregúntelén solamente
Si volverá Cristo –y cuándo.
Les dirá que Cristo es Dios
Y el Credo y la Letanía–
Hay un punto todavía
Que a un hereje lo resuelve–
Pregunten si Cristo vuelva–
“¡Qué va a volver! ¡Volvería!”
No pretende saber cuándo
Porque eso sólo es de Dios–
Ni el ángel tiene aquí voz
Pero al ver de hoy los vestiglos
Yo digo ¿faltan diez siglos?
No faltan ni tres ni dos.
Los signos se van cumpliendo
Que puso el Apóstol Juan–
Pidan luz y los verán
Y aunque los tengan por locos
Mejor es ser désos pocos
Que al fin perseverarán.
El Gran Libro ha sido abierto
El Sesto Sello está roto–
Los pueblos en alboroto
Gimen en espetativa
Y en la gran tiñebla viva
Es diario el terremoto.
La muerte es fin del nacido
Sea hombre, mundo o nación–
No le tengan aprensión–
Yo les vengo el baile a aguar
Pues Dios me manda a invitar
Al último pericón. […]
Y la consina es sencilla:
Poner el pecho al pior mal
En su puesto cada cual
Tieso aunque le tiemble el suelo–
Y todos con el pañuelo
El pabellón nacional.
Ésta es lucha del espíritu
Mártires los tres serán–
Y mucho más pasarán
Que los que en tiempos lejanos
Lucharon con los Romanos–
Y ustedes contra Satán.
Pues el antiguo cristiano
Con leones combatía–
Mas los fieles hoy en día
Lucharán contra el infierno–
Martirio interno y externo
Y cruda y doble agonía.
Pero no le tengan miedo
Encomiéndese a Jesús–
Abracen fuerte la Cruz
Denúdense de ilusiones–
Para que yo les dé luz
Dios me dio grandes visiones[190].
La credibilidad de sus vaticinios es respaldada por el cumplimiento manifiesto del signo que anuncia la Segunda Venida:
“La abominación de la desolación es cuando la religión interviene en el proceso [que sacrifica a las personas], y por los bienes exteriores, o los triunfos exteriores o las pompas exteriores olvida el alma del hombre, su libertad, su dignidad, su respiro”[191].
Tendrán que sufrir les dije
Como nunca se ha sufrido–
Siempre ha sido perseguido
Quien cree y vive en la luz–
Pero hoy le caen sin ruido
Y en el nombre de Jesús.
Tal vez este sacerdocio
Corrompido, y el asedio
Deste cáncer sin remedio–
Es, de la desolación
Colmo y abominación,
Como dice el Evangelio.
Porque si la sal que sala
Pierde su sabor salino
Y se hace vinagre el vino
De la misma religión–
Éste es un pecado fino
Que no tiene solución.
Pues ¿qué pena será ver
La que debe ser fanal
De la Verdá contra el Mal
Que en algún tiempo aparezca
De odio y codicia gresca
De iniquidá manantial?
¿Lamiendo la religión
Al poderoso malvado?
¿Hiriendo al desamparado
Sobreentristeciendo al triste?
¿Poniendo en la cumbre al quiste
Y abajo al sabio y letrado?
¿Odiando a la inteligencia
Buscando apagar sus teas–
Despreciando sus preseas
Desnuda y con mataduras
Y en vez de parir linduras
Procreando cosas feas?
¿Imitando usos y trucos
Del Mundo y su imperialismo
En maña y maquiavelismo
La sinceridá mudada–
No envuelta ya en luz dorada
Sino en humo olor a abismo? […]
Y esto es lo que Jesucristo
Lo llamó abominación
Cuando contra la razón
Y contra naturaleza
Sobre esa inmundicia reza
Una mala religión.
Éste es el mal de los males
Abominación de abismo–
Quizá todo el paludismo
Del mundo de Oeste a Este
Viene todo de la peste
Que se entró en el templo mismo.
Y sólo podrá curarla
Cristo si vuelve a venir–
Les debo de prevenir
No la intenten reformar–
Queda sólo por venir
El fuego, si es sangre el mar[192].
Por eso me ha consolao
Ver que este mozo en talar
Que sirvió un tiempo al altar
Y lo echaron sin camisa
No comerció con la Misa
Ni cobró por predicar.
Y volviéndose hacia mí:
–“No te aflijás demasiao
Por tu propio y triste estao
Y deshonrar que te han hecho–
Tu amor dentro de tu pecho
Fue mayor que tu pecao…
“Te han tratao de rebelde
Los rebeldes al amor–
Te han llamado subversor
Los que estaban subvertidos–
De su lugar inferior
Levantados y engreídos.
“Tuviste encima la mano
Del Juez de toda criatura–
Sufriste la mordedura
Del diente más viperino–
Y esto lo quiso el Destino
Para darte la cordura…
“Bueno es sentirse culpao
Pues siempre en algo lo somos–
Bueno es agachar los lomos
Y esagerar la paciencia–
Mas no hasta falsear los plomos
De sonde de la conciencia.
“Conozco todas tus faltas–
No te han pegao por ellas–
Conozco tus malas huellas
Pero nunca fueron babas
Las polvaredas que alzabas
Cuando ibas a las estrellas.
“En vos quisieron romper
El resorte del vivir–
Eso es puro destruir
Que es marca cierta del diablo–
Ahora yo sé lo que te hablo–
HIJO, DIOS TE HIZO SERVIR”…[193].
Juan de los Tiempos Postreros entrega su alma a Dios, y Desiderio Fierro y Cruz cierra el poema con estos versos:
Triste mi voz se desata
Triste se desata el llanto
Triste solloza, no tanto
Por la pérdida sufrida
Sino porque de su vida
No salió digno mi canto.
Porque él mandó que su vida
Fuese puesta en rima y arte
Como un hito y un baluarte
En medio de esta Nación
Y en esta gran confusión
Indestructible estandarte.
Y puesta su imagen grande
Viva en medio de esta inmunda
Atmósfera nauseabunda
Que sea a la patria escudo–
Y también dicterio mudo
En el caso que se hunda.
Yo he de romper mi istrumento
Y que nadie alegue nada–
Nadie cambie esta payada
Porque es mía en buena ley
Porque esta empresa, buen rey,
Para mí estaba guardada…
Porque soy como un pejerrey
Que se robó la carnada[194].
Yo cumplí. Aplausos ni críticas
Ni busco ni reverencio
Ni juicios de Don Fulgencio
De si hay mucha o poca garra
Hoy rompo yo la guitarra
Para hundirme en el silencio…
Pues es de mi padre… y mío
Este testamento cierto
Que grabo en piedra, y oferto
A Dios en gesto solemne–
Voz inmortal y perenne
Por ser voz de uno que ha muerto[195].
XIV – EL CURA NO RESERTÓ
Castellani supo que el cumplimiento de la “Manda” le exigiría abrazarse a la Cruz hasta el fin, como claramente se ve en las advertencias que le hace el fantasma de Don Leopoldo Lugones en el Canto III:
“Serví a este país con toda
Mi fibra fuerte y señora–
Puse mi mano cada hora
En todo trance y apremio–
Sepan que esto ha sido el premio
Desta tierra destructora.
“Y dándome todo así,
Un día quedé sin nada–
En vano blandí mi espada,
La Nada clavó su chuzo–
Venga y sepa todo iluso
Dónde irá a dar su jornada…”[196].
Después de la expulsión de la Compañía quedó convertido en “morto civile”[197]:
“La Patria me ha puesto al margen de sus movimientos, me ha hecho ciudadano de segundo orden, me ha cargado como escritor con la conspiración del silencio, me ha exonerado de mi trabajo cinco veces, y en algunos lapsos no me ha dejado ejercitar ninguno de los tres oficios que sé, o sea: sacerdote, profesor y escritor. Son oficios que estudié bien; y ha habido trechos en mi vida en que no podía ejercitar ninguno”[198].
Para colmo de males, la fama de “Cura Loco” que le hicieron los necios y los perversos pareció confirmada cuando comenzó a publicar estudios sobre el Apocalipsis. Los que tenían sumo empeño en no aplicar la Revelación de San Juan a nuestros tiempos llamaron “profeta de calamidades” a quien escribió “a los fieles de los países del Plata, previniéndolos de la próxima Gran Tribulación, desde mi destierro, ignominia y noche oscura”[199], porque la fe lo llevaba a concluir que “cuando la Iglesia deja de cumplir el Evangelio, comienza a cumplirse el Apokalypsis”[200].
“Mi posición está llenas de espinas; y por mi poca virtud, es dificultosa y penosa. […] ¿Cree Usted que es posible estar más unido a la Iglesia que soportar durante siete años castigos y sanciones que a todos los hombres honrados aparecen como iniquidades de la que se llama Madre, sin perder la paciencia y sin cesar de trabajar por ella?”[201].
Mas aunque el Diablo lo incitara a dar de mano a su inaguantable misión e imitar a Borges que despreciaba y se burlaba del pueblo[202], permaneció en la brecha gracias a la voluntad absoluta de no pecar “ni contra Dios ni contra Martín Fierro”[203].
Dios algunos hombres hizo
Para andar corriendo el mundo
A otros para hundir profundo
En su tierra su raíz–
Yo en este asioma me fundo:
Me hace falta mi país…
–¿Qué me habrá dao la patria
Bronce en forma de mujer? –
No me supo defender
Y no me ha sabido honrar–
–La preciso para dar
Y no para pretender[204].
“Podía haberme agregado a la «emigración de los técnicos»; pero no lo hice”[205]:
Yo ya juré: “Desta tierra
Ya no vuelvo a salir yo–
Si el militar se casó
Y el escultor alzó el vuelo
Que les quede de consuelo
Que el cura no resertó”.
Y porque la “fe no se movió un jeme”[206], siguió creyendo en la divinidad de la Iglesia Católica:
Porque han de saber ustedes
Que la Iglesia no desprecia–
Hoy pasa una crisis recia
Pero en ella hay siempre elástico–
Fallar puede un eclesiástico
Mas nunca falla la Iglesia[207].
Aunque dijo que no había hecho milagros ni esperaba hacerlos después de muerto[208], sin embargo, la obra de Castellani es milagrosa. Cuando fue publicada Su Majestad Dulcinea, José Assaf escribió en El Diario de Cuyo: “Este libro me parece que es la novela católica más importante que se ha escrito en el país; y si hablamos de novelas teológicas, la única”. El primer comentario serio al Evangelio hecho en nuestra Patria, bautizado cuatro siglos antes, fue El Evangelio de Jesucristo.
Como las rosas que San Juan Diego encontró florecidas en el yermo y helado Tepeyac, la obra de nuestro autor fue plasmada en un ambiente hostil:
“Aquí la tierra no florece mucho…
Los lirios no resisten esta tierra”[209].
Entre nosotros, la religión pasa en unos por las vísceras, en otros por el bolsillo, pero rara vez por la inteligencia[210]. Y los pocos que se obstinan en pensar la fe lo pagan caro. El refrán dice que quien no tiene cabeza para pensar debe tener espaldas para aguantar; pero en nuestro país sucede al revés. Los cuatro sacerdotes argentinos intelectualmente más idóneos del siglo XX: Castellani, Meinvielle, Petit de Murat y Garcia Vieyra fueron marginados, pues los “empresarios de Jauja” prescinden tranquilamente de los sabios[211]. Y también la Argentina lo paga caro: la proyección estadística indica que en el próximo censo más de la mitad de los argentinos se manifestará no católico.
“¡Ay del pueblo que no acepta los maestros que Dios le manda! ¡Dichoso el pueblo que sabe conocer los profetas antes de que mueran! Hacerles después de muertos grandes sepulcros blanqueados no sirve más que de acrecentar la culpa”[212].
Es milagrosa porque superó la obstinada conjura del del silencio:
“Mis libros progresan poco. Para su edición, estoy sitiado por la «lista negra». Todos los resortes de difusión están ahora en manos del izquierdismo o «Revolución». Por no crear la Jerarquía –que gastó 80 millones en la inútil «misión de Buenos Aires»– una editorial católica, si un Obispo escribe un libro religioso bueno (caso del Obispo de San Juan) no puede publicarlo; y si lo publica a su costa, no puede venderlo”[213].
Pero Castellani es uno de los “muertos que vuelven”; su obra resucitó. Chesterton dijo que toda resurrección comienza por el espíritu, y este milagro sobreviene cuando el corazón abrumado se enciende con “la luz de los ojos que ven lejos”[214]. Los aciertos, y la vigencia de sus libros y artículos, algunos escritos casi un siglo atrás, prueban que su obra es fruto de la Sabiduría.
Cuando fue descubierto en España a principios de este siglo, Juan Manuel De Prado dijo que, en la literatura universal, no conocía otro caso en que hubiera tal desproporción entre el mérito de un autor y lo exiguo de su fama: un síntoma del gusano que roe las entrañas de la Iglesia y la Patria.
Es milagrosa porque cumplió cabalmente la primera obra que el Señor encomendó a sus Apóstoles: iluminar a los que “yacen en las tinieblas y sombras de la muerte”:
“«Los ciegos ven… los pobres son iluminados». Ése es el milagro fundamental de Cristo y de su Iglesia: iluminar. ¡Y ay de la Iglesia cuando los pobres no son iluminados!”[215].
Por amor a la Iglesia aceptó la tarea de máximo riesgo: “incordiar como un tábano a un clero remolón, que tenía miedo a salir de la exterioridad, porque no aceptaba el riesgo y compromiso de ser cristiano”[216]. Y Sucedió lo que tenía que suceder.
Pero las suyas fueron “penas que valen la pena”, porque su renuncia al éxito inmediato y aun al remoto, con tal de sembrar la verdad le permitió recibir el ciento por uno, la “reduplicación”: hizo llegar a los fieles de los países del Plata un “mensaje cristiano-patriota”[217] que no tiene igual en cinco siglos de historia americana:
Dios no me ha dado pan a repartir
Templo que hacer ni enfermo que vendar…
Tan sólo la misión de hacer salir
El sol cada mañana sobre el mar.
No me mandó enseñar a bien vivir
Sino a saber morir –y me hizo dar
El verbo inteligible que formar
Y el bien decir sabiéndolo decir.
Los que hacen templos y reparten pan
(Con su ración quedándose, es de ley)
Me han puesto fuera de su ley. Así…
Me quedé fuera de donde ellos van
Y devolví coraza y casco al rey…
Y espada se hizo y fuego el verbo en mí[218].
P. Carlos Biestro
24-III-2026.
* * *
ANEXOS
I – PAYADA DE HIGINIO N. CAZÓN CON GABINO EZEIZA
Higinio
Nos invitan a puntearnos
Aquí con el gran Gabino
Mucho he deseado verlo
A este mozo color vino.
Y si le digo “puntearnos”
No me le saquen la “ene”
Me refiero al contrapunto
Que parece que se viene.
Gabino
Celebro de conocerlo
Mi estimado Don Higinio
Que le conozco de fama
Como gran santafesi…nio.
Yo represento al porteño
Tierra de las pampas grandes
Donde reinó Juan Manuel
Y anduvo cantando Hernández.
Higinio
Aquí nos han convocado
Ante esta reunión que aterra
Por causa de este gran mozo
Que es Don Indalecio Sierra.
No se ufane de sus pampas
Que eso aquí ya es cosa vieja
En esta gran Capital
Que a la otra moja la oreja.
Gabino
Por nacer aquí o allá
No tiene mérito el hombre
Cuando digo Buenos Aires
Es cosa grande ese nombre.
No aludo a la Capital
Que está agringada y confusa
Yo nací en esa campaña
Del ñandú y de la lechuza.
Higinio
Algo de eso maliciaba
De lechuza y de ñandú…
Dende que le vi esa cara
De mozo de caracú.
Afuera personalismos
Y vamos a la pregunta:
Dígame usted quién es Dios
Si quiere largada en yunta.
Gabino
Se descolgó lo más grande
Para meterme en el brete.
Se rompe al primer corcovo
Cuando se avalanza un flete.
A veces la mayor furia
Es más fácil de vistear:
Si digo “el Criador de Todo”
Creo que no hay más que hablar.
Higinio
Más esperaba de un hombre
De tanta disposición
Tendremos que ir a la escuela
Pa entender su gran noción.
Si se zafa de esa forma
Ya nos damos por vencidos
Y alabaremos sus cantos:
Sus cantos son sos…tenidos.
Gabino
No tan sonsos como usté
Hermano, se ha imaginado.–
Ecediendo a toda cosa
Dios no puede ser contado.
Me debo de hacer chiquito
Con cantores tan baquianos
Yo soy solo un güerfanito
Usté es com…padre y hermano
Higinio
Más compadre será el negro
Que dando su procedencia
“Con perdón de la palabra
–Dijo– soy de Resistencia”
Sepa que Dios es amor
Y siendo amor es querencia
Y siendo eso es el Origen
De toda vida y nacencia.
Gabino
Me gusta, con su i…nacencia
Y su gran fiso…lomía
¿Cómo es que dijo al comienzo
Que usté puntear no sabía?
Yo fisólofo no siendo
Mi preguntar es más llano:
Dígame qué es el amor
Si es pa bo-liar tan liviano.
Higinio
Pavo será el que pregunta
Lo que ya se contestó:
De Dios el amor deciende
Y no siempre a Dios volvió.
Es la afición que el viviente
Lleva como oculta perla
Y es la atración que nos lleva
A dar la vida o perderla.
Gabino
Vuela como caranchillo
Y se pierde por lo alto
No sé qué dirán los jueces
De esta liebre puro salto.
Yo le hablaba del amor
Del hombre y de la mujer –
Sepa que ésa es la cadena
Que nadie puede romper.
Higinio
Cuando uno ha dicho una cosa
Que el otro ha dicho primero
Será dicho de otro modo
Mas no es dicho, compañero,
Y así yo apelo a los jueces
Que nos juzgan a los dos
Que del amor poco sabe
Y no ha dicho quién es Dios.
Gabino
No cimbre que el lazo es doble
Ni cornée a lo toruno
Lo desafío a esos temas
De a diez coplas cada uno…
Pero se puede hablar corto
Y diciendo lo especial; –
Yo alego que así lo he hecho
Y que él se zafó del pial.
* * *
II – OTRA PAYADA BONAERENSE[219]
Aquí me pongo a cantar
Con cualquiera que se ponga
La mejor, la gran milonga
Que se habrá de perpetuar,
Entre la Pampa y el mar
Y el que es mayor de los dos
Cielo estrellao de Dios
Donde sus plantas están,
Canto a la Flor de Luján
Canto a la Madre de Dios.
Dios hizo el cielo y el rayo
Hizo el mar, hizo la estrella
Hizo la pampa sin hueya
Hizo el toro y el cabayo
Hizo al hombre y aquí cayo
Dicen que es su obra mejor.
Será, pero el Creador
Sabemos lo hizo de barro…
Faltó el hombre, torció el carro
Y se le enojó el Señor.
Y lo echaron de la estancia
Pa la tierra del infiel
A tragar miseria y yel
El que nació en la abundancia.
Pero su misma inorancia
Le dio compasión al juez;
Pensó un momento y después
Pronunció con suma ciencia:
“Se ha de cumplir mi sentencia
Pero vuelta del revés”.
“La muerte que al hombre aterra
Yo a mí mismo me la aplico:
Yo soy grande y me hago chico
Y siendo Dios me hago tierra.
Yo he de vencer esta guerra
Con las armas que me dan
Porque vencer de jayán
No es cosa que a un noble cuadre…”
Y eligió para su madre
A la Virgen de Luján.
Aquí está una vizcachera
Y aquí hay un pozo muy hondo
Yo mi inorancia no escondo
Pero mi fe es verdadera.
Aquí la ciencia matrera
Boleada quedará
Y jamás lo entenderá
Siendo esto ciencia infinita–
Que eligió madre bendita
Mujer y de por acá.
Miren qué humildá y qué ingeño
El del Hijo de Dios Padre
Ir a elegir para madre
En un pago tan pequeño
El que es deste mundo el dueño
No se paga de las ropas –
Podía ir por las Uropas
A elegir las potentadas…
Pudo tirar as de espadas
Y jugó cuatro de copas.
Y de que Dios la encontró
Buena madre y cariñosa
Sabia hermosa habilidosa
Y su corazón probó
Al tiempo que le dejó
Quiso hacer algo que asombre
Y le dijo: “Por mi nombre
Y estando en esta cruz triste
Madre de Dios buena fuiste
Yo te hago madre del hombre”.
Gaucho pampa, dónde irías
Cuando no tuvieras madre
Vos que sos duro de encuadre
Y de pocas teologías,
Vos que te hayás estos días
Guacho en la tierra que hiciste –
Te han quitao hasta el alpiste
Para darte la istrución –
Te han quitao el corazón
Para darte un libro triste.
Reina del Plata, Señora
Del pobre criollo olvidao
Techo que nos ha quedao
Contra esta lluvia invasora,
Estrella para la hora
De la tormenta feroz –
Mirá que se vuelve a Vos
Mi alma que no desconfía
Porque si sos madre mía
Sos también madre de Dios.
Madre de Dios, madre mía
Y no quiero saber más
Mandáme vivir en paz
Y morir en paz, María –
Al filo de mi agonía
No recuerdes mis reveses
Recuerda en vez cuántas veces
Y ya desde gurisito
Yo te he rezao el Bendito
La Salve y los Cinco Dieces.
Jerónimo del Rey
* * *
III – CARTA A A. C. C.
Señor Dr. A. C. C.
Bs. As.
Querido hermano:
Cedo a tu petición, y envío la relación escrita de los sucesos que (más o menos) conoces. ¿Por qué no? Hablan los que no saben, ¿no voy a hablar yo?
Despreciar la calumnia, la mentira y la chismería vana, está bien. Ya lo he hecho. Pero también es bueno decir de vez en cuando alguna verdad. Dicha con rima y ritmo es mejor.
Nuestro nombre no nos pertenece del todo. Algunas veces hay hasta obligación de defenderlo.
No hay derecho a engañar a la gente como la han engañado o querido engañar acerca de mi pobre persona. El error es el peor mal del hombre. Dondequiera se lo encuentre, deshacerlo en lo posible es obra de caridad, “la caridad de la verdad”, que es la mayor de todas.
Pero no era propio de mí escribir un panfleto vulgar, acusando, quejándome o defendiéndome; ni tampoco una relación seca y cronológica de sucesos bastante comunes, que en el fondo no pueden interesar mucho al mundo; eso sería el caso de una apelación ante un tribunal justo. No es el caso aquí.
Es conocido en la historia un folleto de Rousseau titulado Relación Histórica Exacta de la Diferencia Que Pasó entre el Sr. David Hume y el Sr. Juan Jácomo Rousseau… Es él soberanamente ridículo. Rousseau en su megalomanía daba caracteres transcendentales a todo lo que le pasaba y hasta a lo que se figuraba que le pasaba; y quería hacer al mundo entero tribunal de sus intrincadas rencillas personales, que desembocaron al final en el delirio paranoide.
Para mí, era lo mejor y lo más digno tratar de hacer una obra literaria despersonalizada, y transformar, si es posible, en música de eternidad la prosa de la vida: hacer una narración que pudiera servir de novela (es decir, de pasatiempo lícito y humano) a los que no tienen interés por la verdad –por esta verdad, se entiende; y a los que se interesan por esta verdad, de información y documento.
Yo tengo más confianza a la fantasía que a la cronología, por lo menos en este caso. En suma, servir al arte, a la belleza y “ojalá” a la Patria; y no sólo a mí y a ti.
De manera que he escrito en verso mi prometida carta. Puedes hacer de ella lo que quieras.
¡Que José Hernández me perdone! No sé cómo me he atrevido a despertar sus manes. Pero si a Hilario Ascasubi, versificador prosaico, soso, pedestre, con mente pueril y colonial, carente de toda chispa de inspiración, centella de arte o fuego de inteligencia, lo ponemos aquí a falta de cosa mejor al lado del viril autor del Martín Fierro… –a uno se le puede volver el campo orégano…– sin que importe esto negar el valor del vasco Ascasubi como documento de la vida colonial rioplatense al filo de la independencia.
Todo lo demás que pudiera añadirte ya lo dice el librito; el cual me parece una mala defensa; pero puede que sea una buena narración… Salga pato o gallardete, como decía el gringo Muchut, tiremos adelante y sea lo que Dios quiera…
“Allá pande el sol se esconde
Campo afuera hay que tirar
Y un día hemos de llegar
Y después sabremos dónde…”
* * *
–“Sí, pero ¿por qué contarlo todo?” – pregunta el amigo Orellana, mi crítico.
–Será, por pereza quizá: es más fácil al poeta contarlo todo que contar con retaceos; hay que ver cómo estorba el retaceo a la rima.
Fuera de broma, yo he tratado de expresar acerca de la religión y sus cosas actuales lo que siente muy en lo hondo el pueblo argentino, al cual pertenezco y con el cual estoy en contacto: lo que diría Martín Fierro. Eso es el cómpito[220] de todo poeta. No expresa exclusivamente su propio sentir personal… ¿Acaso Lugones cree todas las cosas que dice en Romances del Río Seco, –acerca del “tigre capiango”, por ejemplo”? Las cree en tanto impersona en ese momento al pueblo que las cree. Díganme qué quedaría de la poesía si se le prohibiera esa especie de “objetividad subjetiva” –por decirlo así– convirtiéndola en una predicación o propaganda, como se pretende hoy, la “verdad” poética es su ley suma; y ella es, a su modo, la más alta predicación.
–“Bien; pero su libro, no es un libro puro”.
–Yo tampoco soy muy puro. Es verdad y lo siento mucho. Envidio la pureza de las grandes obras que nos han dejado los maestros, sabedores de alquimiar el barro de la vida en oro puro de arte: un Cervantes, un Hernández. Mas para escribir en total y casta objetividad, hay que ser uno mismo de ese modo: el escritor escribe como él es. De lo contrario, sería pureza ficticia, afectación y fingimiento; lo cual es mucho peor que la parcial impureza que puede acarrear consigo la sinceridad artística. La sinceridad profunda es la primera ley de la gran poesía. El poeta logra producirse como él es, aunque sea feo, acaba una obra artísticamente más valiosa que el que se alinda con afeites y postizos. Me acuerdo de Sanz y Aldaz, que escribió poesías como las de San Juan de la Cruz, sin ser él nada de San Juan de la Cruz –que nacieron muertas, ¡velay!, como él mismo lo dice:
“Haciéndome fecundo en hijos muertos”,
Y de Carlos Baudelaire por otro lado, que retrató su hórrido cementerio “de muertos bien relleno” con toda honradez artística; y se levantó más alto que las estrellas –y… se puede esperar que salvó su alma; –por obra de la fidelidad a su alto oficio.
El oficio de poeta es más alto que el oficio de hombre.
De modo y manera que –cuando yo sea del todo puro, escribiré libros puros; aunque para entonces probablemente no escribiré más libros. No lo necesitaré.
* * *
Después de componer el borrador de mis cantos, leí la edición crítica del Martín Fierro hecha por D. Carlos Alberto Leumann, obra de gran honradez, muy valiosa e insustituible. Su “Resumen de la Vida de Hernández” es áureo fragmento de historia argentina; y su trabajo de filología, escrupulosa e inteligente obra científica.
El importante prólogo del mismo Hernández a su “Segunda Parte”, pieza poco conocida y omitida en muchas ediciones, me dejó con envidia. El poeta “conversa con sus lectores” con sencillez de niño, pero con plena conciencia del valor moral y artístico de su obra. Allí están ya rechazadas de antemano las objeciones de matrerismo o vulgarismo, o digamos “moreirismo” del genial poema; conocidas desde su aparición, y recogidas hoy por Martínez Estrada en su comentario, por ejemplo; o por “Suárez Sanabria”[221] en su ensayo Los Otros Gauchos.
Pero más envidia deja el mismo poema. El intento de imitar a los grandes es el mejor método para llegar a valorar su grandeza. Bien lo sabían las escuelas de humanidades, que lo practicaban con Cicerón y Virgilio; no con la intención de formar a todos los alumnos oradores o poetas (y “pasticheros” no digamos), sino para introducirlos al conocimiento cabal y a la comprensión de las grandes obras.
Tratando de emular al primero de nuestros poetas, saltan mejor a la vista sus cualidades geniales: su rapidez de concepción y poder de síntesis, su gusto robusto e infalible, su prodigioso conocimiento, que es una compenetración, con los temas que trata; la importancia y profundidad humana de esta su temática; el hondo sentido moral y religioso, la “mímesis” infalible de la psicología del paisano; y su “inspiración” en fin, su verdad profunda, esa “fidelidad al objeto”, que es la regla suprema de la obra de arte.
La imitación literal o servil de Hernández, claro está, que no puede conducir sino al pastiche y al fracaso artístico. Se han dado ejemplos. Pero es dable otra imitación noble, de todos los poetas conocida y practicada, que no es sino situarse en su propia tradición literaria. “La creación es tradición, y la tradición es imitación” –decía Charles Maurras, exagerando por cierto; pero aludiendo a esta noble imitación arquetípica.
* * *
Y con esto creo que basta de explicaciones, y aun sobran; porque si la obrita no se explica ella mesma por sí mesma… adiós.
Con fraterna devoción
Desiderio Fierro y Cruz
(Salta-Reconquista, 1950-1951)
* * *
IV – CARTA A SANTILLANA Y CARRODILLA[222]
R. P. J. S. y C.
Amado en Xto. Padre:
Le agradezco mucho su carta del 10 de diciembre de 1951.
Como le digo, le agradezco sus elogios que son sinceros y muy finos; –decirme que Ud. reza algunas de mis pobres oraciones en verso es canela fina, y no se me podría decir cosa mejor; pero más que sus elogios le agradezco su censura y su pregunta: son muy discretas.
Su pregunta me ha obligado a un examen de conciencia:
–¿Por qué ha publicado Ud. todo?
No publiqué todo: suprimí las pocas piezas que encerraban acusaciones, personales alusiones o desahogos del resentimiento, dejando tan solo las que me parecieron “objetivas” –si eso cabe en la poesía lírica– por duras y “sinceras” que fuesen… “Nunca hay que dar puñaladas –le dijo Tata Martín a su hijo– pero si das alguna, ¡de cerca y de arriba abajo!”
Publiqué todo eso que parece duro (y lo es) por un impulso de sinceridad, según creo; no de rencor o de estrangurria. El libro refleja el “itinerarium mentis” de un cristiano durante tres años que fueron de violentas luchas externas e internas y de grandes sufrimientos; no puede ser muy dulce por todo. Esto no es el Journal Spirituel d’une Religieuse Visitandine.
No estoy muy seguro (nunca podemos estarlo del todo en esta vida) de haber sido simplemente sincero, y no más bien temerario; dada la conocida mala idea que aún todavía me vigila, escudriña y persigue. “No irritar al ciervo” –me dicen.
Mas la experiencia me enseña que esa mala voluntad no desarma con ninguna mansedumbre, obediencia o delicadeza, por extremada o quier heroica que sea. Cuanto más sumiso me mostré, más sañudamente me golpearon.
He resuelto pues al fin “in nomine Jesu” proceder con libertad conforme a mi conciencia; y “temer a los hombres menos que a Dios”, conforme recomendó Jesucristo.
Dice Ud. que tengo “una vocación terrible”. Más que vocación yo la llamaría “destino”, y más que terrible, “raro”. ¿Y qué vocación es ésa, en puridad? Pues “la vocación de escritor”, que dice el bueno de Hugo Wast… Mas esta humilde y poco lucrativa vocación es tal vez hoy día “debitura martirii” en el cristiano. O en mí al menos.
Me consuela considerar la vida de Charles Baudelaire (que fue un pobre pecador) más quizá que la de muchos santos canonizados o canonistas, lo confieso con cierto rubor. Fue enteramente fiel a su vocación de gran escritor y excelso artista… Fue condenado de “inmoral” por un tribunal burgués, y esa condena se prolonga hasta hoy día en boca de infinitos tontos almidonados. Su vida fue pobrísima y dolorosísima: fue un varón de dolores –más parecido a Cristo por tanto (al menos exteriormente) que los que lo juzgaron.
–Pero Ud. es un Doctor Sacro y no un poeta. ¿Qué bien pueden hacer a las almas esas sinceridades excesivas?
Tengo experiencia que la sinceridad absoluta, y el puro amor a la verdad sobre todas las cosas, toca a algunas almas “de afuera”: de las que están afuera de la Iglesia. Las que están adentro no me necesitan a mí. Y aun por eso mismo quizás me han puesto ellas a mí mismo quasi afuera; o sin quasi. “Absque synagogis facient vos”[223]. Por algo Dios la habrá permitido.
Una vez escribí un artículo supersincero, “La Iglesita Nueva” para el diario Cabildo, que el gordo Durañona no se atrevió a publicar: creo es una de mis piezas mejor hechas, que por desgracia he perdido. El artículo en cuestión se leyó en rueda de redactores; y uno de ellos, Roberto de Laferrere, se convirtió a su lectura, como le decíamos después bromeando. Me preguntó: –Eso que Ud. escribió allí, ¿es catolicismo? ¿No es alguna herejía o heterodoxia?… Le aseguré que era catolicismo. –Entonces, yo soy católico– dijo Roberto; –y desde este domingo comienzo a ir a misa.
Monseñor Franceschi me dijo una vez que la Iglesia Argentina no tiene “actividad de conquista” –y sí solamente “de conservación” (¡de conservación de prebendas! –dirá algún malpensado). La “actividad de conquista”, que se dirige a los prosélitos del atrio, debe ser un poco audaz: ésos no son tocados por los ordinarios sermones, misas, novenarios y funerales “de conservación”; muy lejos de eso. A muchos les dan en rostro, como a Don Roberto. La Iglesia Católica no debe ser puros funerales.
Cronin dice que Jesucristo careció del sentido del humor; se equivoca Don Archibaldo.
Me atreveré a corregir a Monseñor Franceschi; o mejor dicho, a añadir a su experiencia… “La actividad (o falta de actividad) de conservación de la Iglesia, en la Argentina, está en contra de la actividad de conquista”… El sacerdote mata al profeta, como en los tiempos de Cristo atestiguó él mismo. El pastor que sale en busca de la oveja descarriada, es golpeado a su vuelta por los otros pastores… o “mercenarios”.
Recordar la frase de Monseñor N. N.: “¡Qué infeliz es Castellani: lo hemos jodido, y continúa trabajando para nosotros!”
Y bien, esa frase es verdadera; pero es diabólico que haya sido pronunciada. El Diablo sabe engañar con la verdad.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………
He querido demostrarle el movimiento andando, mi caro crítico, y la sinceridad con otro arrechucho “poco cuerdo” de sinceridad. Con mis amigos soy sincero. A los que me preguntan la razón de mis actos, se la doy, buena o no buena. A los que nada preguntan ni se preguntan nada; a los que juzgan y condenan sin oírme, les doy el silencio. Así lo hizo el Señor “pro tribunali”[224]. Eso es “terrible” a veces, convengo. Pero Dios me dará gracia para mantenerlo, pues no es otra cosa sino la imitación de su Hijo.
* * *
V – SONETOS COMENDATORIOS
I [225]–
Ese tu barroquismo exasperado
Que no excluye el dicho plebeyuno
De verdadera poesía ayuno
Y de retorcimiento exagerado
No excluye algún atisbo vislumbrado
Por mí de dramaticidad, alguno
Que otro rasgo de noble aunque reyuno
Que para poeta no ha criado el Hado.
Debes dejar la lira y la guitarra
Pues para ella no tienes uña y garra
Pues no puede cantar un pecho que odia
Sin ética (Romántica).
Te vamos a dejar como un tahúr
Cuando nosotros los del grupo SUR
Te estudiemos en serio la prosodia
Y la estética
(Conforme a la británica semántica).
-II-
SONETO DE ANDRÉS FIERRO (A) HERMANO PACÍFICO,
POETA DE GUARDIA DE LA ACADEMIA DE LOS CHALCHALEROS
Vate inmortal de fúlgidas guedejas
De color de león, como el gran río,
Que amante de tu patria en descarrío
Haces declaración de amor y quejas.
Viejo cultor de nuestras cosas viejas
Y del modo de hablar del pobrerío
Y del sentir del pueblo tuyo y mío
Como una serenata ante unas rejas.
Lanza el libro aunque rabie la Fulgencia
Y el sonso almidonado le halle mengua
Sin temer al que envidia ni al que odia.
Que si no encierra muy profunda ciencia
Servirá para estudio de la lengua
Concordancia, sintaxis y prosodia.
-III-
SONETO DE PABLO PEDRO CRUZ (A) PICARDÍA (A) LIBRE SIMPATRIA
Viejo cantor que has madrugado poco
Como dicen: a la vejez viruela
Y cantas por pararte la cazuela
O ganar de comer sudando moco,
Unos te llaman sabio y otros loco
Ni una cosa ni otra ¡por mi abuela!
De sabio te rompieron la vihuela,
Y vos no te dejaste volver loco.
No te dejaron ni vos te dejaste
Ser sabio ni ser loco. Te patearon
El nido del saber con felonía…
Mas vos te hiciste poeta y te vengaste
Porque al querer matarte te avivaron
Y haciendo versos ya te desquitaste.
Aburriéndonos la feligresía.
-IV-
SONETO DEL PRIMER ENTRERRIANO AL EDITOR DE LA MANDA DE MARTÍN FIERRO
Dios ya no civiliza, que es la guita
De los Yankees la que hora resta y suma,
Y en esta tierra infiel, Doctor, que abruma
Sólo nos quedan ya Perón y Evita.
Dios nos telefonea y nos da cita
A veces con el Diablo y con el Puma
Y se divisa apenas en la bruma
Su cenicienta luz de agua marchita.
Alguien nos dio progreso indefinido
Nos puso el alma en trámite moroso
Y agenció un dios a nafta puro ruido
Y hora andamos así, amigo, en las botas
Del Occidente cálido y pustroso [¿lustroso?]
En Cadillac o en moto –pero idiotas.
* * *
VI – NOTA BIBLIOGRÁFICA DE TRIBUNA DE SAN JUAN
DESIDERIO FIERRO Y CRUZ, LA MANDA DE MARTÍN FIERRO.
Ha sido dado a luz con este pseudónimo un poema lírico-narrativo que aspira a ser la relación de los últimos años del popular personaje de José Hernández.
El autor asume el personaje del hijo mayor de Martín Fierro, el presidiario, al cual para mayor ahondamiento convierte en cura: huelga decir el tono plañidero-elegíaco del poema. Toma en general, además del tono, los temas fundamentales de su genial predecesor, sin excluir lo que podríamos llamar el de “la cautiva”, –así como la “Payada”, la inmolación entre la “Indiada”, y los “Consejos” o moralismos cívicos, morales y políticos en que se distinguió el autor de la Primero y Segunda Parte.
Si ésta merecerá llamarse “Tercera Parte”, es cuestión peliaguda. No siendo críticos literarios, nos abstenemos de pronunciar un juicio crítico sobre su valor, –aunque obviamente es más que una imitación servil de éste.
El cantor, conforme a su carácter, introduce diversos temas religiosos entremedio de los temas biográficos; y consigue con dificultad, a nuestro parecer, anudarlos todos. Qué no hará un hombre para ganar qué comer, como dice el Payo Funes. Meterse con José Hernández o a José Hernández.
El autor hace recorrer a su protagonista diversas Provincias y Naciones, omitiendo a San Juan; lo que no nos parece acertado, pues tenía lugar para ello, siendo el personaje principal maquinista de tren…; anoser que haya reservado la visita a San Juan para otro libro.
El esperado Testamento de Fierro, que ocupa el Canto Quince, es a todas luces inferior a los “Consejos” de Hernández, por falta de amplitud de compás, pues no llega a abarcar todo el panorama y los horizontes del país, como debiera. Además, nos parece subidamente pesimista; otra consecuencia de haber omitido a San Juan. Una nueva redacción y ampliación de ese capítulo daría a nuestro humilde entender un buen remate a esta larga novela poética, –más prosaica que la de Hernández. Invitamos al autor a emprenderlo en una nueva edición.
Notamos algunos anacronismos, y cierta falta de uniformidad en el lenguaje del personaje principal: por ejemplo, el autor pronuncia los participios de la primera conjugación en “ao”, conforme al uso extendido del pueblo, pero hacia el final, cambia la pronuncia y vuelve a la expresión correcta. No creemos se trate de errores de imprenta; e ignoramos la finalidad del autor en este punto.
El libro se lee, de todos modos, y parece que ha sido bien recibido en Buenos Aires. De cualquier forma, representa un aporte al cultivo de las letras argentinistas.
R.J.
* * *
VII – JUICIO CRÍTICO PROBABLE DEL DIARIO LA NACIÓN DE BUENOS AIRES
FIERRO Y CRUZ, DESIDERIO (CASTELLANI ED.), LA MANDA DE MARTÍN FIERRO
“El prosaísmo más desolante, que no excluye por cierto algunos frustrados intentos líricos (por no llamarlos atentados líricos) es la característica fundamental de este libro enteramente plain y terre-à-terre, –cuya platitud y carencia de color y curvas nos remite, no ya al estilo dórico, ni tan siquiera a la obelística sequedad del estilo egipcíaco, sino al despojo total de la termitera, que diría Maeterlinck.
“El autor, en su mezcla de humorismo fallido con pasiones incontroladas, ni siquiera guarda reverencia a la obra grande aunque tosca del protovate Hernández. Le diríamos con el filósofo coreano Pae-Chung-Li: –«Si no madurás ahora, no sé cuándo vas a madurar», y le recomendaríamos, cuanto a la lengua, a Domingo Faustino Sarmiento en su obra Prosa de Leer y de Pensar.
“El poema (si así llamarse puede) deja transmitir por momentos un cierto moralismo larochefoucaulesco y cierta valentía de tema; enteramente traicionado empero por el fracaso irremediable del medio expresivo, artificial y demasiado pedestre.
“El autor, amonestado por nosotros poco ha acerca de su tendencia al retorcimiento, barroquismo y exasperación, nos ha escuchado demasiado y se ha ido al otro extremo, o a la otra alcándara, como profirió el clásico, llegando a olvidar deplorablemente que la poesía es belleza, y no exteriorización extemporánea de Weltanschauungen pesimistas y catastróficas y que la Belleza es lujo, es adorno, es artificio formal, es desborde poético-sentimental; y es antes de todo exuberancia subjetiva y resplandor inmanente…”
… (No queremos decir que esto lo haya dicho La Nación de Buenos Aires, sino que lo hubo de haber dicho y que lo dirá o habrá de decir).
Efectivamente, encontramos esta gacetilla pulcramente escrita a máquina es calle San Martín nº 565; y habiéndonos gustado mucho, hicimos varias copias que repartimos al autor del libro y a varios amigos; después de lo cual, amonestados por nuestro confesor, vinimos a hacer restitución al legítimo dueño del precitado trabajo y documento; lo cual efectuamos con toda facilidad, entregándolo al conserje de la mencionada calle y número, cuya desaparición por el viento había sido muy deplorada, era de puño y letra del bibliografista principal del aventajado diario.
* * *
VIII – JUICIO CRÍTICO DE ERNESTO PALACIO[226]
Escribir sobre La Muerte de Martín Fierro del P. Castellani no es por cierto cosa fácil, si se tiene en cuenta que se trata de una obra excepcional, como pocas de nuestra literatura. Me cabe el honor de ser el primero en expresar públicamente un juicio que está ya en boca de muchos y que ha de lograr al cabo asentimiento general, como un anticipo de la consagración histórica indudable.
Si de algún libro argentino actual puede afirmarse con seguridad que lo leerán nuestros hijos y nuestros nietos (dado que se mantengan, como esperamos, las condiciones que hacen posible la vida intelectual) es de este poema singular en el que, bajo el velo de una aventura romanceada, un alma herida se yergue sobre su propio dolor para enjuiciar las circunstancias de su drama y extraer de sus experiencias un mensaje de esperanza y de fe.
El dolor sublimado que se traduce en canto, y por consiguiente en mensaje dirigido a todos, pero sólo accesible a algunos, es la primera condición del arte excelso. La Muerte de Martín Fierro tiene ese origen entrañable, por lo cual no puede concebirse que no se escribiera, ya que la expresión es para el artista su propia razón de existir, una especie de fatalidad. Ni que escrita, no se publicara, ya que, aparte de ser la comunicación (comunión) para el artista una necesidad casi física, implica también, si bien se mira, una obligación moral. Dios no concede los dones de la expresión para que los gocemos en secreto sino para que hagamos de ellos partícipes a los demás. La caridad de los artistas consiste en prodigarse.
Dos circunstancias han conspirado desde el comienzo a que no se advirtiera la gran calidad de este poema. En primer término, su forma. ¿Una continuación del Martín Fierro de Hernández? ¿Una mera parodia del poema inmortal, escrita en pleno siglo XX, después de la revolución modernista? Además de subsistir vivos en nuestro medio los remilgos con que los “cultos” de la época acogieron al poema gauchesco del secretario de López Jordán, toda “segunda parte” suscita inevitablemente la sospecha de literatura fabricada deliberadamente y por ende inferior.
En el caso del P. Castellani, la forma no ha sido elegida –huelga decirlo– sino dictada, impuesta por la similaridad de situaciones y la identificación espiritual. Se trata de un fenómeno de filiación, no de imitación.
No hay que olvidar que el P. Castellani es un criollo del Chaco santafesino y que pasó su niñez en ese “norte bravo” donde se conserva viva la tradición de la guerra fronteriza contra el indio: tierra gaucha todavía, donde el Martín Fierro es lectura corriente en pulperías y fogones. Puesto en la situación del Precursor, era natural que sus labios dieran en modular los mismos acentos y que la similitud de circunstancias cuajara en el mito de la filiación física, pues quien habla es Desiderio Fierro y Cruz, el hijo de Martín que se hizo fraile y, como el padre, hubo de sufrir por obra de la Autoridad. De la Autoridad que, por cierto, viene de Dios; pero que puede corromperse, tanto en el orden civil como el eclesiástico, dejando de ser amparo y guía para ser azote. De esta identificación profunda nace la forma del poema que, entroncado en el de Hernández, no es en definitiva otra cosa que el viejo octosílabo del romancero, consubstancial al genio de la lengua y que, en su extrema ductilidad, admite todos los matices del sentimiento y todas las modalidades expresivas, desde la narración llana al más enhiesto arrebato lírico.
La segunda circunstancia que conspira contra esta obra es el estado público de la anécdota en que se origina, de tal modo que la mayoría de los lectores la encaran por lo que podría contener de alegato curialesco, buscando con malsana curiosidad motivos de escándalo o polémica. De aquí los juicios de los “hábiles” y los políticos, sobre si el P. Castellani habría debido publicarla o no; o sobre si con ello ha mejorado su situación o la ha empeorado definitivamente. Juicios todos que suponen una convicción general en el sentido de la conveniencia de una conducta de disimulación, o sea, de mentira.
Todo esto no tiene ningún sentido y es rebajar la cuestión. ¿Diré que La Muerte de Martín Fierro la zanja definitivamente para mí, por encima de cualquier alegato? Líbreme Dios de querer erigirme en juez de una materia sobre la que todo el mundo se siente, no obstante, autorizado a opinar y aun a sentenciar.
Debo limitarme a la crítica literaria, a la atmósfera del poema. Aquí la anécdota desaparece para cuajar en Drama y las pequeñas acciones (o las acciones pequeñas) de los hombres sólo tienen sentido como símbolo de la lucha de grandes fuerzas obscuras.
El hijo de Martín Fierro es sacerdote y poeta. Ha nacido con la sensibilidad estremecida del artista y el don del canto y por consiguiente predestinado al sufrimiento en su choque con el mundo, que es la suerte común de los artistas, sean o no clérigos. Porque deben cumplir su vocación –repito– y el mundo no está dispuesto generalmente a aceptarlos: son seres perturbadores e incómodos, caprichosos y anárquicos, enemigos de la santa Rutina que ayuda a bien vivir (o morir). Cuando aparecen en una familia, sólo los aguanta la madre. La salvación de Desiderio Fierro y Cruz habría sido encontrar en su convento una autoridad maternal; pero no había tal, sino una burocracia, que lo eliminó defensivamente, siguiendo el consejo que da Platón en República.
La Muerte de Martín Fierro es la historia de esa pasión del poeta. Cuenta las persecuciones de que fue víctima, la degradación que le impusieron, su prisión en Manresa, su fuga final para socorrer en sus últimos momentos a su padre moribundo, que ahora se llama Juan de los Tiempos Postreros, su desgarramiento, su drama interior ante la conducta de sus superiores y sus hermanos. Y lo cuenta porque no puede menos que hacerlo, porque lo necesita imperiosamente, como catarsis, y a la vez como enseñanza.
Aquí me pongo a cantar
Al compás de la vigüela,
Que a un hombre que lo desvela
Un secreto extraordinario
Para aliviar su calvario
Dios le ha dado la espinela
…Les voy a contar mi vida
Toda no, mas la que cabe
Por si hay en ella una llave
De verle el pelo a este tiempo–
No canto por dar ejemplo
Canto como canta el ave.
…Ya que de mí todos charlan
Yo también quiero charlar
De mis viajes por el mar
Y mi vuelo por el cielo
Muchos hablan por hablar
Yo hablo porque viene al pelo.
Viene al pelo sin duda, porque todo el poema es una alucinante descripción de los tiempos actuales. No intentaré siquiera una glosa: hay que leerlo íntegro, y esta nota no tiene otro objeto que instar a ello. Diré solamente que en el clásico choque del artista con el mundo (en el caso, un mundo clerical), si éste tiene razones que insinué más arriba, aquél tiene siempre razón. Para la burocracia observante y rutinaria Desiderio Fierro y Cruz será necesariamente un rebelde, y es natural que así lo juzguen y que por ello lo condenen los clérigos con alma de burócratas, poseedores de una política hábil para capear los conflictos con la autoridad eclesiástica o civil.
No es el caso del poeta, cuya sola presencia provoca escándalo, porque dice y hace cosas sorprendentes, y lo que es peor, no puede dejar de proceder así sin traicionar su misión, que participa de la virtud de caridad con el prójimo, a quien su obra está destinada. El poeta, como tal, no puede obedecer más que a su don. ¿No resulta claro lo difícil que es convivir con un poeta? La vida de congregación exige una cierta uniformidad, en la que él siempre desentona. Si en la familia sólo suele aguantarlos la madre, ¿cómo podría soportarlos bajo su autoridad un superior que no fuese un santo? Todo el drama de Desiderio Fierro y Cruz consistió en que él era un poeta y sus superiores no eran santos –aparentemente– sino hombres comunes. De aquí que el conflicto fuese inevitable y sin otra solución que el desgarramiento, y que el hijo del Perseguido debiera pagar con su sangre y sus lágrimas en un duro vía crucis, el terrible precio del canto. Que no es, por cierto, un don gratuito.
De este dolor sublimado, trasmutado en enseñanza y en profecía, ha nacido el poema que comentamos, al que no cabe acercarse con frivolidad, pues su mismo humor trasuda lágrimas. De su pasión el poeta ha extraído un mensaje, ante el cual las cuestiones de disciplina clerical se disuelven en futileza. Ahora todo cobra sentido y los padecimientos se reducen a su verdadera proporción de materia primera necesaria para la extracción del zumo de experiencia vital y las persecuciones a aguijón de facultad creadora. “Felix culpa!” estaríamos tentados de exclamar con el Africano. Así es cómo el poeta triunfó al cabo y tiene razón contra las razones del mundo: convirtiendo su dolor en enseñanza, elevándonos hasta su propia alma con el canto, haciéndonos el don de su acento y de su luz. Aquí está en efecto el P. Castellani todo entero, con su alma de poeta, con su alma de niño:
(Largos estudios de cura
Me han dejado ensimismao,
Rengo de uno y otro lao
Y con cosas de criatura),
Que se asombra y se escandaliza ante el espectáculo de la injusticia y la maldad y ante el hecho de que en la Iglesia de Dios el Burócrata prevalezca sobre el Santo y aun lo persiga, y el Práctico sobre el Prudente, y que se estremece ante el auge de la fealdad física y moral; pero de niño asombrosamente impregnado en sabiduría inmemorial y que conoce de antemano la teoría de sus experiencias.
Con su alma llena de candor, pero lúcida a la vez, como de quien posee la triste ciencia de que el mal existe y suele triunfar porque el Diablo no descansa, llena de indulgencia con todos, hacia el pecador, y dispuesto a descubrir en la última criatura los vestigios de inteligencia o nobleza que puedan ser soportes de la gracia, tierna a veces como la de una mujer, inquebrantable, otras como la de un cruzado.
Con su alma sacerdotal, en fin, de hombre de Dios que nunca olvidó que las virtudes teologales no dispensan de las naturales, sino que las suponen; que practica la cortesía y cuida el honor porque entiende que la ropa talar no exime de ser un caballero y que lo es naturalmente, como en los grandes tiempos; que considera que la sordidez y la fealdad no son atributos necesarios de la virtud y que ésta puede conciliarse con el amor por la belleza y la propensión natural a la elegancia, y con todo ello –y por lo mismo– intensamente apostólica, con una dignidad inalterable y un fervor que no flaquea, sino que se acendra en la persecución y el sufrimiento: tal se nos muestra el poeta en estas páginas y con ello conquista desde el comienzo el alma del lector.
Me he referido a la génesis del poema: no oso convertirme en indigno glosador de su mensaje que exige la comunicación directa. La Muerte de Martín Fierro debe ser leído por todos aquellos que sienten la inquietud ante los tiempos obscuros que vivimos y los que aún nos esperan. Lo diré con las palabras del poeta:
Oigan todos en el negro
Horizonte que se cierra
Entres si hay guerra y no hay guerra
Y el temor que nos desgarra,
¡Quizá l’última guitarra
Que se escuche en nuestra tierra!
Mensaje sombrío, sin duda; mensaje de postrimerías y Apocalipsis. Pero iluminado por la fe en la eternidad de la Iglesia y la esperanza en el final advenimiento de Cristo. Todo ello surcado por resplandores de alta poesía, especialmente memorable en la payada filosófica con el Diablo y en la profecía de Martín Fierro agonizante.
* * *
IX – EXTRACTOS DE CARTAS DE HORACIO CAILLET-BOIS A CASTELLANI[227]
Santa Fe, 19 de agosto de 1953
Querido Castellani:
Hacía muchísimo tiempo que no tenía noticias tuyas. Te estuve siguiendo la pista por Europa primero, y después por aquí. Pero cuando llegaba a donde creía iba a encontrarte por fin, ocurría que te habías marchado con tu mochila inquieta hacia otros rumbos y otros paisajes. El Padre Marzal, el querido e inolvidable Padre Marzal, me dio tus señas en España, cuando fui allá hace algunos años; pero cuando llegué a las tierras de Roger de Lauria tú ya no estabas. Antes me había leído tus cartas, llenas de tu vida, y te seguía en tus peripecias con ese cariño y esa admiración entrañables con que te siguió y te miró siempre. Eras una de sus debilidades. Yo era otra. Y creo que no debiéramos defraudar esa profunda fe que puso en nosotros dos. Tú no le has defraudado. Has hecho una vida y un nombre que está llenando una etapa de la vida nacional. Tu voluntad, tu quijotismo y tu pluma inimitable están creando un estilo en la vida literaria del país. Eres una figura discutida, rebelde, drástica y aséptica. Estás limpiando muchos establos de Augías, estás sacudiendo muchas conciencias y estás apagando muchas lámparas a ponchazos. Además, has inyectado un oxígeno nuevo, una savia nueva con regusto a tierra, y yuyo y a campo, en las letras y en el idioma acartonado de los argentinos. […]
He vuelto a saber de vos. […] Fue tu último libro, La Muerte de Martín Fierro, que he leído sintiendo que por mis manos y mi entendimiento pasaba el aliento de un gran poeta, que se movía en todas las direcciones del espíritu agitado por las dos alas del amor a la patria y a la verdad. Ese libro quedará; y quizá sea el único que quede de la hora y de los tiempos que vivimos.
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Santa Fe, 26 de agosto de 1953
Querido Castellani:
Recibí tu afectuosa carta, que me apresuro a contestarte. Deseaba mucho tener tus noticias. Me llegaban retazos, ecos, murmullos. Quería tener tus propias impresiones, y ahora las tengo. Veo que has sufrido mucho; pero no te han cambiado ni te han mellado. Tu letra y tu espíritu siguen siendo los mismos: clara y aguerrido. Me gusta verte así, tranquilo, resuelto y optimista frente a todas las adversidades y encaramado como un profeta sobre tu muralla. ¡Admirable Castellani! Eres un alma insenescente, a pesar de las canas que te han emblanquecido la cabeza, según me dicen.
Ya te veo metido en tu departamento[228] y seguro en tus combinaciones económicas de bohemio irredento que te van a salir bien, no lo dudes, porque no entiendes un pito de negocios. Y tendrás tu biblioteca y tu “tallercito de escritor”, y tu tranquilidad espiritual, y tu trabajo y tu jornal. Porque todo te lo mereces, después de lo que has pasado y porque Dios aprieta, pero no ahoga.
Tu libro se vende mucho por aquí, a juzgar por lo que veo y oigo; y por lo que me dice el Señor Castelví, dueño de la más poderosa editorial de estas tierras.
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X – JUICIO CRÍTICO DE ROQUE RAÚL ARAGÓN
La Muerte de Martín Fierro es uno de los grandes libros religiosos escritos en el país. En la experiencia del protagonista, el desorden nacional contemporáneo aparece en su origen, el desorden de la inteligencia, la defección de los mejores, y está tomado como uno de los signos con que se anuncia la Parusía. En este y otros escritos del autor, se mira el acabamiento de la Argentina como figura y consecuencia del fin universal; ésa sería su gloria o, por lo menos, su opción a la gloria[229].
