Amado Nervo[1]
El Estanque de los Lotos es el libro más coherente y más nítido de A. N., el que contiene su vacilante filosofía. Escrito en sus últimos cuatro años –el último poema data de meses antes de su muerte– contiene en forma despojada y muy elegante su última meditación y el final de su atolondrada vital investigación, que durante su vida fue como un patinar en el sitio o dar vueltas de noria –vueltas en espiral quizás.
Llegada la vejez (¿vejez a los 49 años?) el poeta se plantea claramente el problema de la paz del alma, que no es sino el problema del fin del hombre, y pide su solución a la “mística”. ¿A qué mística? A su mística, que es una débil combinación de sus viejos esquemas cristianos, de algunos vagos principios budistas y algunos teoremas kantianos. La solución tarda pues; y llegó en forma de una repentina angustia, y los Sacramentos a la hora de la muerte. El opio de la frágil euforia budista, por la cual el pobre poeta no cesa de afirmar vanamente que “todo está en él, el mundo todo”, que él y Dios están unidos hasta ser una sola cosa; y que el Pecado no existe, se destroza al fin ante la evidencia de la muerte, el abandono, la soledad y el dolor. Si el Pecado no existe, el dolor corporal existe: ¿y qué puede ser el dolor corporal, si no es un efecto y un símbolo del pecado?
Las ideas de los místicos que hay en este librito –que parece insípido a los críticos y que el antologista Cuesta Jorge rechaza como menos nerviano– son verdaderas en sí, puede decirse; pero son falsas porque están mezcladas y descabezadas; es decir, están “locas”. Las etapas del camino espiritual están barajadas; con lo cual él deja de ser camino y se convierte en mapa. Esta ilusión que llamaré demasiado humana por no llamar diabólica, es común en ese dudoso budismo que llaman hoy pomposamente “Teosofía”, a saber, lo que corresponde a la cumbre del Carmelo, es decir, a la llegada, ponerlo a la partida o en el medio. Por ser capaz de representarse el estado de los perfectos (lo cual no se da sin haberlo sentido fugazmente), fingirse que ya se está en el estado de los perfectos; y por aspirar a la contemplación, creer que ya se tiene la contemplación divina. Las más atroces decepciones y las tentaciones más sutiles tronchan esa ilusión de la soberbia –o del “espíritu estético” al menos. Ella es vieja como el mundo.
Nervo plantea con claridad la lucha y la alternativa entre el amor instintivo a todo lo sensible, concretado para él permanentemente en el amor sexual –y la “contemplación”, de la cual tiene una idea vaga y una aspiración profunda; pero ignora o quiere ignorar los términos medios que son el conocimiento dogmático, la renunciación y el ascetismo. Quiere sustituirlos con el Ersatz de la simple decepción y el cansancio; aunque en el primer poema “La Conquista”, que es el mejor del libro, ciertamente introduce la renunciación total, o sea, el desapego; mas lo introduce después y como fruto, y no antes y como instrumento del amor de Dios; –que él llama “el encuentro del Ego Superior” con muy poca gracia.
Existe el amor instintivo a las cosas creadas, como maya o ilusiones de la felicidad, primero; existe después el despego de todas ellas, la Noche, que comienza con la simple moral común y termina en la mística; ese difícil despego está erizado de penitencia, porque el Pecado, hélas, existe; y después llega la contemplación de Dios, y por ella y en ella, la reconquista o “devolución” transfigurada de todas las cosas –“Mi amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas…”– le diría San Juan de Yepes en su sencilla sabiduría. Pero Nervo no había leído a San Juan, o lo había olvidado. Pretende haber leído a Plotino. Estoy casi seguro que no. Leyó fragmentos en estofado de cuanto místico ha existido, dudoso o no dudoso, en libros franceses fáciles.
“Libros, urnas de ideas;
Libros, arcas de ensueño;
Libros, flor de la vida
Consciente,” etc.
Sí, son arcas de ensueño; pero también pueden ser redomas de opio y urnas de confusión de ideas.
Mas por fin irrumpió en su ruinosa vida interior la oración, que era lo que faltaba (casi nada); aunque se puede decir que toda ella era como una perezosa oración incoada. La oración es más natural al hombre de lo que se cree.
“No será lo que quieres –murmura el desaliento–…
Yo escucho estas palabras como el rumor del viento
Y sigo en mi oración obstinada y tranquila”.
“Penúltima verba”: agosto 18 de 1918. Y después sus Última verba: “Este día”:
“Este día en que a solas tu conciencia
Y tú, locos de angustia ya los dos,
Hicieron la más trágica experiencia
… Es el día mejor de tu existencia,
Porque en él ni un instante faltó Dios”,
que se puede dar como el último poema de A. N., aunque después de él haya borroneado poemas rapsódicos de impulso adquirido, y líneas sueltas que no van más allá de notas. “La Última Luna” (abril-mayo de 1919).
¿Y todas las “Plegarias a María” (Santísima) que escribió en diversas ocasiones y juntó en un librito en 1891 (es característico de Nervo el hacer libritos)? ¿No son oración? No. Si eso es oración, Bernárdez es San Juan de la Cruz.
* * *
Al mismo tiempo que comenzaba El Estanque de los Lotos hacía el poeta los libritos paralelos Elevación y El Arquero Divino. En el primero trata el tema místico; en el último el tema amatorio; y en Elevación toma esa tenue materia psicológico-moral que han introducido en la lírica moderna los poetas menores con vocación frustrada de directores espirituales, como Sully Prudhomme y Selgas. En la fuerte poesía inglesa no hay ejemplos, aunque Elizabeth Barrett Browning en sus comienzos y Emily Brontë en su fin escribieron algunos poemas de este tipo, aunque más masculinos que los de Nervo. Nervo no hace más que exhortar a sí mismo y a los demás a ser buenos, es decir, bondadosos; hasta un extremo que por momentos se nos antoja impracticable de tanta dulzura y blandura; y asegurar que ama a Dios de un modo extraordinario, lo cual es propio de los que no han hecho la prueba nunca, y a veces no saben a punto fijo en qué consiste eso. No puedo negar (ni tengo ningún interés, al contrario) que casi todos los poemas son discretos y algunos me gustan mucho, como “Lugar Común”, “Santa Pobreza”, “Tú”, “Si una Espina Me Hiere” –y otros me parecen demasiado lindos para ser reales– cuando van más allá del mismísimo San Juan de la Cruz.
“Estad en el mundo pero no seáis del mundo, sino como la flor del loto, cuyas raíces se hunden en el cieno, pero que permanece siempre pura”(Vivekanda)[2].
¡Canario! ¿No sería mejor hundir las raíces en cualquier otra parte? Pero en fin, hay gusto para todo.
* * *
Anzoátegui llamó a A. N. una monja laica. No está mal. ¿Y por qué no un seminarista búdico? (No “púdico”, sino “búdico”, linotipista). Como los seminaristas y las monjas es modesto, bastante improvisador, tiene voz de tiple, no es fachendoso ni quiere ofuscar con trucos, y no trabajó mucho en toda su vida. Además, cree que el amor sexual es la cosa central del Universo; en lo cual puede tener razón y puede no tenerla. Es cuestión que no está resuelta todavía, como leo en el Elenco de las Cuestiones Elementales de la Filosofía.
Pero el punto para Anzoátegui no está en lo que pudo haber en Nervo de femenino o de ateo; sino exactamente en el guion y no en las palabras monja-laica. El guion es lo que hay de original en A. N. Dejó el Seminario de México y no dejó en toda su vida de ser seminarista; se hizo budista y no dejó en toda su vida de ser cristiano. Y siendo un seminarista o monja muy sensual, cosa que puede darse, es curioso que fue esa sensualidad o amorosidad de N. lo que lo conservó cristiano (es decir, en contacto con la realidad) y le impidió convertirse en un ateo seco como Swinburne o un budista total como Jinarajadasa; y sobre todo en un pastelero sucio como Vargas Vila[3] –a quien admira Rubén Darío, cosa que jamás he podido comprender, y es en realidad incomprensible– si no falsa.
El librito La Amada Inmóvil, escrito a la muerte de su mujer[4], es el que hace poner a su mística, bastante nebulosa, los pies en la tierra. Uno dice: “¡Vamos hombre; acabaras de templar!”, como dijeron los aldeanos de Alcoy a Sarasate cuando después de tocar una fuga de Bach, tocó la jota aragonesa.
La “catástrofe” –es decir, la guerra del 14– le arranca algunas palabras mediocres de entremedio su meditación budística. Todas son características: espera una especie de resurrección milagrosa o conversión del mundo a la piedad y se resuelve a ser piadoso y dulce lo más que pueda –eso es todo.
A Rubén, más profundo, la “catástrofe” del sonriente mundo finisecular le removió en el fonde de las entrañas (no del intelecto) el recuerdo vago del dogma cristiano de la Parusía; y también invocó una “resurrección” del mundo, sin saber fijo por qué medios o maneras.
[1] Notas marginales, sin fecha, en Amado Nervo-Poesías Completas, Anaconda, Buenos Aires, 1951.
[2] Sentencia a la cabeza del libro.
[3] Escritor, diplomático y político colombiano, anticlerical y anarquista (1860-1933).
[4] 1912.
