Burlas y Veras

Burlas y Veras[1]

Realmente este país es especial

Para inspirarle a uno la nostalgia

Más que una buena astralgia o cefalalgia–

De la lejana patria celestial.

 

El cartel sobre Felipe Vallese que han afichado los ferroviarios, es un signo trágico. Es la “mancha de lepra” del país.

El que se hayan equivocado en la palabra “impune”, escribiendo “impugne”, no deja de tener miga: es la palabra “pugna”, “impugnar”, la que ha interferido. Y realmente sin “pugna” no se restaurará el ejercicio de la justicia, ni la tranquilidad del pueblo en estas playas.

Dijo más de lo que supo Don Juan Manuel de Rosas (si realmente es de él el santo y seña) cuando hizo repetir a los soldados del Sur: “La impunidad de un crimen es peor que el mismo crimen”. Bien la eligió, si él no la inventó: resultó profética.

Le dije a un exjuez que tenía que escribir un artículo sobre el naufragio de la Justicia pública; y me disuadió diciendo desanimaría a la gente al cuete, “y nos difamaría a nosotros, que hacemos lo que podemos”. Él renunció.

La verdad es que la gente ya está más que desanimada; y el renunciar un juez bueno, no es gran remedio.

¿Cuál es el remedio? Gaviola publicó un folleto sobre eso diciendo que hay que vestir a los jueces como en Inglaterra, de togas (o sea, de sotanas negras) ornadas de armiños y granas, como si salieran a decir misa; y hay que pagarles más para que no sean tentados de “coimear”.

Malo no sería eso; pero bueno tampoco; es decir, no sería buen remedio para tamaña enfermedad.

El deterioro de la justicia forma parte de todo complejo político deteriorado. Allá arriba falta la voluntad eficaz de que “justicia sea hecha”, que es la voluntad capital del gobernante; unida a la virtud cardinal de la intrepidez, o Fortaleza, como dice la Escritura: “No quieras ser hecho gobernante si no tienes intrepidez para arrojarte contra la iniquidad” (Eccli. 7, 6). No le basta a un juez ser “bueno”; tiene que ser también “malo”.

Mario Amadeo es uno de los que no tienen demasiadas ganas de que “justicia sea hecha”, a juzgar por lo que dice, por ser demasiado bueno. Por ejemplo, en un libro titulado Ayer, Hoy, Mañana, dice que hubo de ayudar a salir al “tirano depuesto” (como él lo hizo) porque eso pertenece a la “caballerosidad argentina”. A la amoralidad habrá querido decir. Porque: si no era culpable, ¿por qué lo depusieron? Y si era culpable, ayudarlo a huir el juicio era hacerse “accesorio después del hecho”, como dicen los juristas; o sea, cómplice.

No es esto gusto de refregar un error, sino que él es revelador de un estado de espíritu. Es una falla en los principios, no ya de la ética católica, pero de la ética natural; que la haya incurrido un amigo o correligionario mío, no hace diferencia.

Es la mentalidad del Liberalismo, para el cual (como notó Émile Faguet), los Gobernantes no son responsables. Gobiernen bien o mal, y hagan lo que hicieren, nadie puede (de hecho) “residenciarlos”, como hacían los Reyes Españoles; es decir, tomarles cuenta y examinar su gobierno.

Prácticamente, el gobernante de nuestra “demo-crazy”, bien “crazy” actualmente, dice: “Soy el Representante del Pueblo; y por tanto, a mí no me juzga ni Dios. ¿Quién puede tomarme cuentas, si el Pueblo es Soberano, y yo soy el Pueblo (le Peuple, c´est Moi)?”.

Es la deformación o corrupción de un antiguo principio: el de que todos dan cuenta al Rey y el Rey solamente a Dios. Pero en la Monarquía Cristiana esa “cuenta a Dios” era efectiva: Dios tenía representantes reconocidos en la tierra. La Iglesia reaccionaba, con efectividad poca o mucha ante las transgresiones graves de los Monarcas; la conciencia general cristiana y el alto Clero (y el bajo también) reaccionaban. Los Reyes tenían naturaleza humana como todos, y estaban más que todos sujetos a tentaciones; pero es imposible que estuvieran incontrolados o fueran irresponsables.

Ahora no. Ahora de hecho “el Representante del Pueblo” es irresponsable.

Viniendo de tan alto la irresponsabilidad, ¿qué se puede esperar abajo? Para que hubiese justicia recia, severa y para todos, sería menester hubiese 10.000 alcaldes de Zalamea, uno en cada pueblo, que tuviesen todos la intrepidez que dije arriba; que para hacer justicia desafiaran a Don Lope de Figueroa, que amenaza prender fuego a la aldea, si no le entregan a su Capitán criminoso.

La intrepidez la tienen ahora los politiqueros solamente para poner cara dura a cualquier acusación contra ellos por grave que sea; y hacerse las gallinas distraídas.

Sobre Frondizi han surgido acusaciones públicas tremendas. Él ni mu. No dice una sola palabra, excepto que no se va a suicidar. Ya se ha confesado con Monseñor Plaza, así que… Yo no diré que la acusación esté probada o sea verdadera, yo no lo sé; de hecho así no se puede probar ni desprobar. Lo que digo es que el silencio en este caso es ominoso. Si es inocente, nada puede sucederle mejor que ser juzgado competentemente, para dejar de ser sospechado y aun calumniado. ¿No es así?

Mas Pedro Crespo el legendario Alcalde fue intrépido, porque sabía el Rey que tenía detrás, o arriba  –enfrente, de hecho:

 

Toda la Justicia Vuestra

Es sólo un cuerpo no más.

Si éste tiene muchas manos,

Decid: ¿qué más se me da

Matar con aquesta a un hombre

Que estotra había de matar?

Y ¿qué importa errar lo menos

Quien ha acertado lo más?

 

Los españoles y los hebreos y todos los pueblos antiguos y todos los filósofos antiguos y modernos saben que el juzgar (es decir, el poder premiar y castigar) es el principal atributo del verdadero Monarca –o gobernante–; y los argentinos sabemos que en realidad la Justicia depende del Presidente; y la famosa “división de poderes” de Montesquieu, es filfa. La naturaleza de las cosas ha vuelto por sus fueros; y pese a los “acuerdos del Senado”, la “inamovilidad de los Jueces” y la “independencia del poder judicial”, la justicia depende de hecho del que no de balde llamamos “el Primer Magistrado”; así como llamaban los antiguos “el Juez Primero” al Rey. El Mejor Alcalde, el Rey, que después Lope extremó en El Rey Don Pedro en Madrid, El Comendador de Ocaña y Fuenteovejuna.

Lo demás son óbices artificiales que se inventaron para suprimir los abusos; que hoy día lo que suprimen es la Justicia misma. La responsabilidad repartida se convierte en nula.

Entonces, ¿qué haremos, varones hermanos? Por ahora, lo que hace la gente que le dispara a la justicia pública como al diablo. Y después, solucionar el problema político.

Éste se va a solucionar solo con las próximas “votaciones”. –Merde!, dijo un francés famoso.

Hay que postergar estas “votaciones”, supuesto que el pueblo las repugna y supuesto que no van a solucionar nada; al contrario más bien[2].

 

¿Y entonces se queda Guido?

Por nosotros, quédese Guido.

Mas vale malo conocido.

 

Traidor no es por lo menos; tan malo como eso no sería. ¿Y después? Después hay que llegar a la “legitimidad”: a un gobierno que sea reconocido como autoridad por el pueblo. ¿Cómo? Si somos republicanos, por medio de elecciones de que no sean interdictas masas enteras de ciudadanos “de segunda zona”. ¿Entonces quiere Ud. que vuelva Perón? Me tiene sin cuidado que vuelva o no vuelva. ¿Qué miedo le tiene?

Mándenlo en todo caso con Frondizi. O mejor, júzguenlo, si viene.

No se puede hacer eso ahora.

Muy bien. Entonces es necesario que, postergadas las elecciones, tomen el poder abiertamente las Fuerzas Armadas y se dejen de ejercer fragmentos de poder desde lo oculto. Que instituyan un gobierno “de facto”, que lo aprueba la Corte y que pongan mano de inmediato a los problemas urgentes del país. “Así no se puede seguir” –dice la gente. La desgracia es que se puede seguir así; y peor también.

Y entre tanto, preparar todos el régimen estable del país, nuevo o viejo; dado que el régimen liberal, importado en 1853, es hoy un estruendoso fracaso. Hay que hacer una segunda república sobre la base de lo bueno que queda, poco o mucho, de la primera.

Sólo así se puede restaurar la Justicia. Que haya un hombre al menos que pueda decir como “la Reina”:

 

En cualquier delito el Rey

Es todo. Si parte has sido

Tú, y lo perdonas, yo no;

Porque no quede a los siglos

La puerta abierta al perdón

De semejante delito…

 

Esto concuerda con Rosas. También si se quiere con Mario Amadeo, que perdone él personalmente lo que quiera. También con el borracho del café Bethy, cerca de casa, donde estaba yo con mi café con leche, y él con varios tintillos sanjuaninos, porque decía que la leche le hacía mal y el vino es la teta de viejo; el cual sostenía debemos poner de Presidenta Provisional a una viuda vieja y flaca, que haya casado a todas sus hijas, no se haya casado ella otra vez, tenga plata y sea “malísima”; porque las mujeres cuando dicen: “¡Justicia seca ahora mismo!” no las para ni el diablo.

Hablando de veras y no de burlas, entre tantos remedios del país como hay (debe haber cosa de veinte millones), bien podemos adelantar el nuestro yo y Don Romualdo. ¿No dice el Gobierno que “el Gobierno lo elige Ud.”?

 

[1]  Segunda República, 27-III-1963; Tribuna, San Juan, 7-IV-1963.
[2]  De hecho, Illia no llegó a gobernar tres años.