Capítulo III y IV

CAPÍTULO III ‒ LA PATRIA

¿Patria o Aldea Global?

“No es pecado amar la patria ‒ni pensar en ella. El que ama piensa en lo que ama”[1]. Para pensar bien comencemos por atender a la vertiente social de nuestra vida.

Es propio al hombre el ser animal político, que vive en sociedad, esto es, con otras personas que tienden conjuntamente a hacer algo uno[2], porque de por sí no puede pasar la vida suficientemente; esto también se prueba por serles propio a los hombres el hablar, con lo cual pueden explicar sus conceptos totalmente[3].

La primera sociedad es la familia, que se extiende por crecimiento a la aldea, donde los congéneres acatan el mando de un patriarca, y finalmente la alianza de diversas aldeas lleva a la sociedad política.

El Estado es la comunidad perfecta[4] porque es “completa en sí misma, última y autónoma”[5], al que, como acabamos de ver, las personas no se incorporan directamente, sino como miembros de sociedades subordinadas (familia, municipio, región, sindicatos, empresas). Esta “sociedad de sociedades” no está inserta en otra superior pues tiene los medios para lograr un fin total: el bien común, es decir, “todo un conjunto de condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección”[6]. Este bien de la sociedad es más importante que el de las personas y las sociedades inferiores al Estado, por consecuencia “el bien particular se ordena al bien total como a un fin, lo mismo que lo imperfecto a lo perfecto”[7].

En San Agustín y Nosotros Castellani expone la enseñanza del Doctor de Hipona sobre el origen no natural del Estado:

El Estado es un mal, es una de las consecuencias del Pecado Original, es una consecuencia de la guerra en el mundo… ‒Eso serán cosas de Teología, cosas de frailes. ‒No solamente de frailes, es cosa incluso de Karlos Marx: K. Marx predice que después de la dictadura del proletariado, acabándose ese flagelo de la Humanidad que es la guerra, el Estado se acaba por sí solo, desaparece por sí solo. Yo digo que no desaparece nunca, porque es un mal necesario; no así la sociedad, la sociedad es un bien, si el hombre no hubiese pecado hubiera habido sociedad en el Paraíso; pero no Estado. El Estado, dice la Escritura, lo inventó Nemrod, hijo de Cam[8]; la sociedad la inventaron Adán y Eva.

“¡Esto es anarquismo! ¡Que venga el Control de Estado! Un momento. El Estado es un mal por la sencilla razón de que es un remedio:  un remedio viene a ser un mal pequeño que uno toma para evitar un mal mayor; aunque a veces, como dice el refrán… El Estado ata, el Estado obliga, el Estado pesa, el Estado cobra (¡y qué manera de cobrar en estos tiempos!), el Estado castiga y hace la guerra. El Estado es el gran portador de armas, es el Arma por excelencia; y un arma está hecha para hacer daño a los demás pero empieza por hacer daño al que la lleva. El Estado es un escudo, una lanza, un revólver. Todo eso es pesado y peligroso y es un gasto inútil: que hay que desear que sea siempre inútil. ¡Oh Dios mío!, ¿por qué en lugar de los Estados eficientes de hoy día no nos darán unos estados inútiles? ¡Dichosos los pueblos si pudie­ran cambiar la bomba atómica por fusiles descompuestos ‒o mejor por rejas de arado, como dice Isaías! No es todavía el tiempo. Por ahora no se puede. Pero estos dos judíos, Isaías y Karlos Marx están de acuerdo en algo: son dos profetas. […]

“La sociedad es natural, el Estado es artificial, creación de las manos del hom­bre; pero ninguno de los dos debe ser adorado. «Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo te esclavizarás». La sociedad y el Estado son como un colectivo: los que están adentro son la sociedad, el colectivero es el Estado. Hay momentos trágicos en que todos los que estamos adentro tenemos un secreto y vehemente deseo de agarrarlo a patadas al colectivero; pero no lo hacemos, lo salu­damos, le damos plata y hasta, cuando lo vemos nervioso, le dirigimos piropos. Hasta que se acabe el gran viaje de la Histo­ria, esto tiene que ser así. Lo único posible es pedir a Dios que nos mande colectiveros bien educados”[9].

Al contrario, Santa Tomás enseña que, así como la vida en sociedad es exigida por nuestra naturaleza, también lo es el gobierno, porque no hay vida comunitaria sin autoridad:

“Siendo natural al hombre el vivir en compañía de muchos, es preciso que haya entre ellos quien rija esta multitud; porque donde hubiese muchos, sí cada uno procurase para sí solo lo que le estuviese bien, la muchedumbre se descompondría en diferentes partes, sí no hubiese alguno que tratase de lo que pertenece al bien común; así como el cuerpo del hombre y de cualquier animal vendría a deshacerse sí no hubiese en él alguna virtud regitiva, que acudiese al bien común de todos los miembros; y así dijo Salomón: «Donde no hay Gobernador, el pueblo se disipará»”[10].

El Cristianismo descubrió al hombre el orden de la gracia, que penetra mas no suprime el de la naturaleza. Así pudo por un lado mantener el principio de la obediencia al Estado, “porque no hay autoridad que no venga de Dios”[11], y por otro que “el bien sobrenatural de una persona vale más que todo el universo”[12]; en consecuencia, “el hombre no se ordena a la comunidad política según todo su ser y todas las cosas que le pertenecen, y por eso no es necesario que todos sus actos sean meritorios o no respecto de la sociedad. En cambio, todo lo que hay en el hombre, lo que puede y lo que posee, debe ordenarse a Dios”[13].

“La Autoridad produce la solidaridad, pues la Autoridad es la causa eficiente de la sociedad; y la solidaridad produce la unidad ‒una sociedad bien gobernada; y la unidad produce la belleza, o es la belleza, la cual es un reflejo de Dios. Decir Autoridad y obediencia, es decir la misma cosa, o sea, los dos polos de una misma cosa. […] La Autoridad se corrompe y desaparece por exceso y por defecto; o sea, cuando no es regida por la razón”[14].

A diferencia de la angélica, la vida social humana se da en un marco espacio-temporal. Retomando la comparación usada por Castellani, “la Patria es el lugar adonde va el colectivo”[15]. La idea de Patria entraña la de un territorio en el que se conserva vigente la obra de los antepasados; es la “tierra de los padres” o “tierra del alma” y pone de relieve el aspecto de herencia. Así lo explica Castellani:

Patria significa en latín las cosas paternas, las cosas que nos dejaron nuestros padres. Comporta un apego exclusivo y arbitrario a un orden concreto realizado, a ciertas costumbres, lengua, trato, casa, tierra; comporta una cautividad a algo corpóreo. […] Es una cosa carnal, como amaba decir Péguy”[16].

Respecto a la Nación (del latín natus, nasci: nacer) las cosas se complican: “Las definiciones de la nación son como las descripciones del elefante que hacían los ciegos de Bagdad: pueden aludir a aspectos importantes pero son siempre parciales”[17].

“Parece –y el caso judío lo confirma– que la esencia de lo nacional hay que buscarla más bien en algo así como un alma colectiva. Bien lo vio Spengler cuando escribió que «un pueblo es una unidad de alma […] La experiencia íntima del nosotros es siempre lo que distingue a un pueblo de una población» [La Decadencia de Occidente, t. II, Buenos Aires, 1952, p 218.]”[18].

La herencia ancestral sólo puede ser bien aprovechada si quienes la reciben procuran tenerla muy presente para que en sus acciones se muestren fieles al rumbo trazado por los fundadores:

“Los patriotas son mentalmente retrógrados, o más bien retrólogos, pues miran hacia atrás y buscan una continuidad societaria”[19], pues, “aunque tenga mucho talento, es muy poco lo que sabe un hombre que no tiene detrás de él una tradición: la mayor parte de lo que sabemos y somos lo debemos a una tradición: los muertos mandan en nosotros y los muertos viven en nosotros”[20].

La aceptación de aquello que el pasado tiene de valioso hace posible que un pueblo mire al futuro con esperanza y se lance a “una empresa común en lo universal”[21]. Lo telúrico y la apertura a la infinitud responden a las exigencias de nuestra naturaleza, sensible y espiritual.

Sin embargo, la noción de Patria es discutida; más aún, opugnada como algo que pudo tener vigencia en otros tiempos, hoy irreversiblemente superados. En 1971, John Lennon invitaba a imaginar un mundo en el que nadie tendría necesidad de matar o morir por intereses nacionales, pues la supresión de las Patrias terminaría con fronteras que dividen y así cada uno podría extender su amor a toda la Humanidad.

En verdad, esa propuesta no era novedosa, y ha sido tan difundida porque favorece el designio de quienes desde mucho antes buscaban la sustitución de las Patrias por la Aldea Global. Así, por ejemplo, el plutócrata Walter Rathenau escribió en 1909:

“Se acabaron las naciones, las fronteras, los ejércitos. La economía debe legislar todos estos vestigios del pasado, porque «la industria es el primer paso hacia los tiempos futuros». Se acabaron la herencia, la riqueza, las diferencias de clase, «porque debe abrirse el camino a una reglamentación de la propiedad por el Estado, a fin de igualar las fortunas». Se acabaron la patria, el poder y la cultura: «todos estos bienes que no justifican el estado de violencia y de mortalidad en que el universo vive sumergido en su nombre, lo mismo en tiempo de paz que en tiempo de guerra». Un nuevo orden debe substituir la anarquía milenaria. Las naciones deben transformarse en sociedades anónimas, cuyo objeto esencial será «satisfacer abundantemente las necesidades del individuo»; sociedades en que la propiedad será «totalmente despersonalizada» y en que las colectividades humanas obedecerán a una autoridad superior «más poderosa que todos los poderes ejecutivos, puesto que dispondrá de la administración económica del mundo»”[22].

El amor a la Patria, dicen, conduce al odio al extranjero y la guerra entre naciones. Pero es manifiesto que nuestra época se distingue de las anteriores porque en ella la guerra es una institución permanente que con formas diversas abarca todo el mundo, y tales conflictos son decididos y financiados por quienes no sólo tienen por obsoleta la idea de Patria, sino también otras mentadas por el imaginativo Lennon en la canción de marras.

Según Chesterton, quienes recusan la idea misma de Patria no perciben la paradoja del patriotismo: que uno es más humano por no amar solo a la Humanidad[23]. Los que no tiene un país real no puede tener un verdadero hogar, y de este modo, quedan privados de las tradiciones vivientes que les permiten vincularse con otros hombres, y resultan semejantes a árboles con las raíces en el aire[24].

El intento de poner fin al enlace con las generaciones precedentes y sustituir de ese modo la Patria por una estructura ideológica no sólo es insensato, sino sobre todo impío:

“En su Vida de Valle Inclán, Ramón Gómez de la Serna escribió: «Los que desprecian a los muertos, y a la religión –lo cual en el fondo es lo mismo…» En efecto, el culto de los antepasados es la más vieja de las religiones del mundo, y está en el fondo de todas ellas; por ser el sentimiento oscuro y como instintivo de que el hombre no muere del todo.

“El varón no depravado siente que él es una «continuación», la cual empero debe ser a su vez «continuada». En el seno de un pueblo, los individuos no somos sino eslabones, o mallas de red. Roto el nexo con los eslabones anteriores, también se rompe el nexo recíproco con los coetáneos; y todo el conjunto comienza a deshilacharse.

“Este es el sacrilegio. […] Echar por la borda la Tradición de un pueblo es acto antirreligioso, porque el alma de una Tradición nacional es de naturaleza religiosa”[25].

Pues bien, ésta es “la característica de nuestro tiempo: […] un inmenso movimiento para destruir hasta la raíz de la tradición occidental”[26], y romper el eje de la cultura –que “no es sino el esfuerzo por mantener y vivificar y revivificar y convivificar la Tradición”[27], y quienes adhieren a “la idea atea por excelencia: la del Progreso Indefinido… y desarraigado son ateos aunque comulguen”[28].

Patriotas, Patrioteros y Apátridas

Hay, sin embargo, patriotismo y patriotismo… En un cuaderno con artículos escritos por Castellani en Londres en 1933, leemos:

“Tratemos de definir la virtud del patriotismo así: es una cosa concéntrica que va de chico a grande y de lo cierto a lo vago; y es una cosa vueltafuera que no le place mirarse a sí misma sino a su objeto; y es una cosa cuanto más mayor más propensa a hacerse implícita…

“Suerte grande que Cristo Señor en su Evangelio no se olvidó de consignar que no todos los que suspiran: «¡Señor, Señor!» aman a Dios de veras. Si esta revelación hubiese olvidado, creo que yo no creería al Evangelio o por lo menos lo encontraría incompleto.

“«A mí la Patria no me da de comer; yo me caigo en la patria; la Patria es donde te dan el pan. Mis brazos son mi Patria». Si Usted pregunta cuáles son los deberes del hombre para su Patria le dirán los habituales en los manuales de Civismo: pagar el impuesto, hacer la conscri, votar, pertenecer a un comité, hacer de hincha con botellas los partidos con Uruguay, cantar el himno el 25 de Mayo y tener hijos si puede. A nadie se le ocurre: 1º– saber la lengua, 2º– asegurar un buen gobierno, 3º– trabajar lealmente con él.

“«Lealtad al Rey» decían antaño y era mucho más simple. Hoy día el deber político es complejo; mucho más enredado que obedecer es hacer el Presidente, que hoy incumbe al pueblo.

“Cuando yo oigo uno decir: «Amo una mujer, mi amigo, mi padre, mi prójimo», entiendo fácil; hasta si oigo: «Amo a Dios», veo enseguida, porque al fin, invisible y todo, Dios es una persona física que la fe y la razón pueden impersonar en imágenes –y lo puedo llegar a amar como a Mussolini, o Cervantes, sin haberlos visto. Pero cuando uno me dice: «Amo la Patria», sobre todo si añade al pucho: «y estoy dispuesto a dar la sangre por ella», enseguida me vienen ganas de preguntarle qué ama en concreto”[29].

En El Evangelio de Jesucristo, Castellani considera los diversos estados posibles del patriotismo:

“El patriotismo tal como hoy lo entendemos: adhesión apasionada a un Estado nacional llevada a un límite casi religioso; es una vivencia relativamente reciente; se puede decir que Juana de Arco en el siglo XV lo formuló, en el siglo XVI se hizo común; y después de la Revolución Francesa, universal y oficialmente «obligatorio». Pero ese afecto no es unívoco, y puede darse en cinco estados muy diferentes; a saber: patriotismo instintivo, patriotismo vicioso, patriotismo anulado, patriotismo virtuoso primero y patriotismo virtuoso segundo.

“El patriotismo instintivo, que es el núcleo o raíz de todos los otros, es el apego a las imágenes que nos son familiares y que han teñido desde la infancia nuestra vida afectiva; el cual en los animales se llama «querencia»; engendra la «añoranza» y es natural al hombre, si algotro no lo impide: es natural, no es bueno ni malo en sí mismo. Lo instintivo en el hombre es indeterminado y puede volverse moralmente bueno o malo, según se ordene o no se ordene por la razón. Los instintos son «premorales».

“No ordenado por la razón, este «apego» natural se vuelve vicioso; deviene esa infatuación un poco ridícula por la cual el «patriotero» exalta a su país en forma vana por encima de todo, para despreciar a los demás países y tenerse él mismo por una gran cosa por el mérito de haber nacido casualmente en tal lugar de la tierra y no en otro; y otras macanas por el estilo que pueden degenerar en la idolatría del «ultra-nacionalismo». Hoy día hay varios filósofos morales que se desatan contra el «nacionalismo» pintándolo como un crimen; el principal de todos Aldous Huxley; – se refieren en realidad a este patriotismo vicioso de que hablo, que los franceses llaman «chauvinismo», los ingleses «jingoísmo» y los alemanes «Chauvinismus», «übertriebener Patriotismus» y «Vaterlandesprahlerei» – o sea patriotismo exagerado; el cual en su forma extrema, no tiene nombre todavía, aunque ya existe. «Nacionalismo» lo llama Huxley, con mal nombre; y con gran alegría de los liberales argentinos, que nos anatematizan así a los pobres nacionalistas católicos argentinos.

“Así como puede ser exagerado, el patriotismo instintivo puede ser cohibido o inhibido por una pasión contraria; que es lo que pasa con estos socialistas y comunistas. «Soy ciudadano del mundo», dice Álvaro Yunque, y otros muchos. Si los embarcaran a todos en un carguero y los descargaran en la isla de Sumatra (la cual pertenece al mundo), al poco tiempo la mayoría tendría una añoranza o morriña mortal de los cafés de la calle Corrientes, el castellano les parecería la lengua más hermosa del mundo, y se pondrían a llorar si vieran un «trapo» azul y blanco”[30].

La negación de la Patria como obstáculo a la concordia universal es un subterfugio para desentenderse del amor que todo hombre debe a quienes la Providencia pone en su camino:

“El falso humanitarismo consiste en amar a los lejanos por encono hacia lo cercano; a la «Humanidad» en general, por ejemplo; a los «proletarios» –para no tener que amar a su familia o a su Patria. Bien lo llaman altruismo, porque es el amor del otro por ser otro y no por ser prójimo; es decir, próximo. Un ejemplo patente es el Príncipe Kropotkin, el gran teórico del anarquismo”[31].

“El patriotismo es virtud cuando ese apego natural a lo propio entra en los ámbitos de la razón; y es una virtud moral perteneciente al cuarto mandamiento, cuando se ama a la Patria por ser «patria» o «paterna»[32]; y es una virtud teológica que ingresa en el primer mandamiento cuando además se ama a la patria por ser una cosa de Dios; y así tenemos el patriotismo común y el patriotismo heroico –que poquísimos poseen hoy día. Así siempre se puede amar a la Patria, por fea, sucia y enferma que ande; y así amó Cristo a su Nación. […]

“Hoy día el régimen capitalista y el estado totalitario (la «tiranía», digamos su antiguo nombre) han vuelto muy difícil si no imposible el amor a la patria. Hemos dicho que solamente se puede amar las cosas lindas; y, si yo soy proletario (como de hecho lo soy), sé perfectamente que todas las cosas lindas que tiene este país o cualquier otro, no son para mí de ninguna manera, ni siquiera remota. Entonces por más cosas lindas que yo vea, no producirán admiración o atracción en mí sino más y más resentimiento, a no ser que un gran amor a Dios me sobreponga a estos afectos naturales. Si religiosidad no hay, entonces es natural que se produzca el «Himno del Proletario», que dice así, si mal no recuerdo:

«Vosotros lo tenéis todo

Nosotros no tenemos nada

Por causa de vuestra ruindad.

¡Afuera el falso buen modo

Y la caricia interesada!

¡No busquéis nuestra amistad!»”[33].

El patriotismo heroico implica el reconocimiento de una obligación ilimitada; no es la simple ciudadanía, no consiste en viajar como pasajero en la nave del Estado, sino en hundirse con ella si llega el caso[34].

Verlaine expresó poéticamente esta idea en la “Canción del Amor Patrio”, que Castellani tradujo así:

“Amar la patria es el amor primero

y es el postrero amor después de Dios;

y si es crucificado y verdadero,

ya son un solo amor, ya no son dos.

“Amar la patria hasta jugarse entero,

del puro patrio Bien Común en pos,

y afrontar marejada y viento fiero:

eso se inscribe al crédito de Dios.

“Dios el que no se ve, Dios insondable;

de todo lo que es Bien, oscuro abismo,

sólo visible por oscura Fe.

“No puede amar, por mucho que d’Él hable

del fondo de su gélido egoísmo,

quien no es capaz de amar ni lo que ve”.

Seguimos y Seguiremos

En nuestro caso, la tendencia a disolver la Patria en el Mundo-Uno entronca con el mito unitario y liberal que proponía el país como tierra de promisión para todos los hombres de bien (ansiosos de bienes) que quisieran habitar esta tierra. En las páginas finales de Rubén Darío ‒Obras Completas[35], Castellani anota:

“Lo que menos gracias nos hace hoy día es esa gran bola de «la Argentina Universal»:

«Salud, patria que eres también mía,

Pues que eres patria de la humanidad…

Y ofreces hogares y derechos

A los ciudadanos del mundo…»

–esa misión de cobijo de apátridas que nos asigna el efervescente poeta. Pero una «patria» que es de la humanidad deja de ser Patria; y se convierte, como diría Belisario Arévalo, en «putria»”.

Hay otra objeción todavía más fuerte: con este trabajo ¿no intentamos resucitar una momia? “¿Vive Dulcinea?”, pregunta Edmundo Florio al Cura Loco. La Reina de los Cristóbales representa a la Patria, que hoy muchos hombres honrados dan por finada. En una entrevista que, poco antes de su muerte, Castellani concedió al periodista Braselli, dijo que si esto seguía así, no había nada que hacer, y proponía llamar a la Sociedad Protectora de Animales no en calidad de protectores, sino de protegidos.

En La Muerte de Martín Fierro y Su Majestad Dulcinea, Castellani anticipa el fin de nuestro país en el marco de la Parusía. Mas “a Dios nunca hay que darlo por vencido”: la última palabra no está dicha. Es verdad que parece haber llegado el tiempo final, pero ya otras veces el mundo pasó por trances similares y, sin embargo, la Iglesia superó las crisis y por añadidura las patrias cristianas “resucitaron”.

Además, con respecto al fin de la historia hay dos interpretaciones posibles, y la perspectiva cambia mucho según una u otra sea verdadera:

“El porvenir del mundo depende del problema teológico de si Cristo ha de volver a consumar su Reino antes del fin del mundo o juntamente con el fin del mundo. […] Si la Parusía, el Reino de Dios, el Juicio Final y el Fin del mundo –quiero decir, del ciclo adámico– son cosas simultáneas, como enseña la Facultad de Teología de esta República, es muy probable que antes de esa liquidación total alboree en la historia un gran triunfo de la Iglesia y un período de oro para la religión cristiana […], el último período por cierto, en el cual se acaben de cumplir las profecías, principalmente la de la Conversión del Pueblo Judío y del Único Rebaño con el Único Pastor. Ese período no podrá ser largo: quizá el tiempo de una vida humana; y después volverán con la fuerza incontrastable de la catástrofe las fuerzas demoníacas tremendas que vemos en acción en estos momentos. […]

“Pero si Cristo ha de venir antes, a vencer al Anticristo, y a reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía y el Juicio Final no coinciden, sino que son dos sucesos separados, como creyó la Tradición Apostólica y los Santos Padres más antiguos… entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia […] no vale; ni tampoco todas las profecías particulares que se apoyan en ella”[36].

Aun cuando este último sea nuestro caso –que no sabemos–, la lucha no es vana ni desemboca simplemente en la derrota:

“Supongamos que todos nos hemos equivocado y nos hemos lanzado a una empresa sin éxito posible. Pero nosotros no hemos defendido en el fondo una cosa puramente temporal, sino una causa eterna, no desencarnada sino encarnada en un cuerpo carnal y en una patria terrenal. […]

“Supongamos que este movimiento sea ahogado en sangre, como lo fue el movimiento vendeano cuando la Revolución Francesa ¡y tantos otros nacidos con móviles santos y después fracasados, como la sexta y la séptima cruzada! «Bellum facere cum sanctis et vincere eos»[37]. Pero Dios nunca pide al hombre que venza, sino que no sea vencido. Si con recta conciencia caemos, con recta intención y evitando en nuestra lucha toda maldad y mentira, hemos dado testimonio de que creemos que lo divino existe en lo humano, hemos atestiguado indirectamente la Encarnación del Verbo y hemos traspasado a Dios la obligación de la defensa y la venganza. Bien sé yo que los estados son cosas creadas –y creadas por el hombre por cierto– y que un día serán instrumento del Hombre de Pecado, Hijo de la Perdición[38]. Pero mientras no me conste que ya todo está viciado y no hay resquicio a la esperanza, tengo derecho –tengo derecho porque tengo deber– de propugnar todos los valores humanos y culturales creados por la Iglesia del Occidente, y que llevan el nombre de República Argentina”[39].

En nuestra historia encontramos numerosos ejemplos de hombres que gastaron sus vidas en una pelea contra toda esperanza para conservar “un depósito de Eternidad en el tiempo”:

“Muchos argentinos íntegros han luchado toda la vida contra la Bestia y han muerto con la convicción de que la victoria era imposible y el país no tenía remedio. Sin embargo, dejaron testimonio; y ésa fue su victoria. Y he aquí que se yerguen frente a la Bestia otros jóvenes, dispuestos a mantener el desesperado combate a cualquier costo. El país tendrá remedio si hay quienes luchan por él (pocos aunque sea) incluso sin esperanza de victoria; y con la secreta aceptación del fracaso de Cristo; o sea, la Cruz como pago.

“La Argentina es una enferma que ostenta en su cuerpo todos los horrores que explicaron los Papas acerca el capitalismo en sus «Encíclicas Sociales» –y algunos más: esos dúmpingues, cárteles, monopólies, trustes, lock-outs… Se puede mostrarlos uno a uno con un puntero. […]

“No hay que ceder a la tentación –bien fuerte por cierto– de ver en la Argentina una nación construida sobre el fundamento de la iniquidad y enteramente capitulada. No hay que mirar la imagen de la Argentina –contra lo que dice un viejo proverbio– en la imagen de sus gobiernos”[40].

Haya o no remedio, hacer memoria del pasado no es gastar pólvora en chimango, sino que una vez más la Historia puede ser “maestra de la vida”, y ayudarnos a seguir en la brecha. Dios es buen pagador.

CAPÍTULO IV ‒ NUESTRA TRADICIÓN HISTÓRICA

«La Medialuna Fértil”

“Patria” dice raíces, no solo físicas, sino también espirituales: una tradición. Ahora bien, ¿cuál es la tradición que forjó nuestro carácter?

Para responder es necesaria “una «nueva mirada» sobre la historia de la cultura antigua de las ciudades de la Eurasia”[41]. Así como Dios estableció un tiempo justo –la plenitud de los tiempos (Gál. 4, 4)– para enviar a Su Hijo como Salvador, así también eligió una tierra que fuera cuna de la civilización y escena de la obra redentora: la “medialuna fértil”.

Ésta es una franja de tierra labrantía que abarca la Mesopotamia, se extiende a lo largo de la costa del Mediterráneo y llega, según algunos, hasta Egipto. Cinco o seis mil años atrás, en la desembocadura del Éufrates y del Tigris, los sumerios construyeron las primeras ciudades-estado, inventaron la escritura, la rueda y perfeccionaron sistemas de cultivo. En el siglo XXIV a.C. la hegemonía pasó al norte de la Mesopotamia, donde los acadios impusieron un poder central a los pueblos que habitaban desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo. También asirios, babilonios, medos, persas egipcios y las huestes de Alejandro Magno jugaron allí papeles relevantes.

Pues bien, en esta región, “Siria ha sido de la mayor importancia para nuestra raza. […] Ella ha sido nuestro campo de batalla. Ha sido el lugar de encuentro y choque de hombres y culturas opuestos, el conflicto entre esas fuerzas que conquistaron y moldearon el mundo por encima de todas las otras, esas fuentes de donde fluyen todas las culturas y religiones. […]

“Hace sólo 4.000 años que aparece por primera vez algo definido sobre Siria. Desde ese tiempo en adelante, con intermitencias, pero con frecuencia cada vez mayor se desarrolla algo así como una verdadera historia de Siria.

“Es importante que la primera pieza de plena evidencia está a la cabeza del gran desarrollo que iba a dar a Siria su significado pleno y final: el desarrollo del pueblo judío. […]

“El documento sobre el que ésta [la historia de Abraham] se apoya se ve ahora desacreditado tanto como estuvo anteriormente sobrevaluado: el libro llamado por su posterior nombre griego «Génesis», el primero de los libros sagrados de los judíos. El documento tal cual lo poseemos no es contemporáneo; fue escrito mucho después de los acontecimientos que relata. Pero es fuerte, detallado y suena como verdadero.

“Es natural que después de una ciega idolatría por el texto del Antiguo Testamento –especialmente en su forma inglesa– se haya producido una reacción, y que hoy los hijos de los cristianos bíblicos sean los primeros en negar la realidad histórica del Pentateuco. Pero las emociones naturales, aunque la explican, no son una excusa para la mala historia; y es simplemente mala historia el no valorar suficientemente la tradición. Ha de ser muy ignorante de la evidencia histórica y de la naturaleza humana un hombre que no acepte una tan firme y detallada tradición como la que llena la historia de los patriarcas desde la primera mención de Téraj hasta la recepción de Jacob en Egipto. Todo el tema es claramente un registro verdadero de sucesivos antecesores tribales cuyos nombres, moradas y lugares de entierro habían sido transmitidos de generación en forma de un exacto ritual; de este modo los hombres en una sociedad primitiva conservaron la memoria común de sus orígenes, y así obra cada uno de nosotros hoy –al menos, cada uno de los que tienen bisabuelos”[42].

¿Judeo-Cristianos?

Así las cosas, ¿por qué no decir que nuestra tradición es judeo-cristiana? Tal fue la propuesta de Jean Daniélou S.J. en su Théologie du Judéo Christianisme (1958) en el que se atenúa el contenido religioso del Nuevo Testamento y de obras redactadas por escritores cristianos hasta mediados o fines del siglo II “haciéndolo depender de la civilización hebrea”[43]. Debemos considerar esto porque trajo una larga cola.

Aunque Daniélou fue un exégeta importante, la forma de su mente no era realista, por lo cual incidió en lo que algunos llaman (con error) modernismo moderado, como si fuera posible estar un poco muerto o ser mesuradamente par o impar. En la cuestión decisiva de la verdad padeció el influjo de Blondel, quien dejó de lado la fórmula clásica: adecuación de la inteligencia a la realidad, y la sustituyó por la adecuación del intelecto a la vida. En 1924 el Santo Oficio condenó esta proposición porque supone un concepto relativista y evolucionista, según el cual no es posible hacer afirmaciones definitivas.

En 1942 fundó con el modernista desatado Henri de Lubac la colección patrística Sources Chrétiennes, cuyo objetivo era promover el salto en largo teológico para conectar el pensamiento moderno con el de los primeros autores eclesiásticos sin poner pie en la odiada Teología de la Escuela. También aceptó la tesis lubaquiana sobre el carácter no gratuito de la gracia, exigida por la naturaleza (San Pio X en la Pascendi y Pio XII en Humani Generis condenaron esta proposición). Acerca de Teilhard de Chardin, a quien Castellani tenía por heraldo del Anticristo, escribió en sus Memorias que era un personaje exquisito a quien debía mucho[44], y respecto a la Teología de la Historia sostuvo con Chenu la autonomía del mundo material y la aptitud salvífica de los valores humanos naturales[45]. Naturalmente promovió el diálogo con cuanto pensamiento torcido se le cruzó en el camino: “con los marxistas y el existencialismo, con los hindúes, con los judíos, con Freud”[46].

En una carta que no tenemos a mano Castellani dice haber escrito a Daniélou, quien no se dignó responder. Es una pena, porque si hubiese mantenido relación epistolar con nuestro autor, tal vez habría recibido Las Parábolas de Cristo, donde leemos:

“Aunque sin la gracia el hombre puede conocer algunas verdades, poner algunos actos naturalmente honestos e inventar la «Moral Laica» de Agustín Álvarez, aunque no cumplirla; sin embargo, no puede guardar la Ley Natural mucho tiempo; no puede ni creer con fe sobrenatural ni convertirse a Dios; no puede resistir por siempre a las tentaciones graves, no puede sin especial privilegio (como el concedido a María Santísima) eliminar la concupiscencia, y evitar todos los pecados leves. […]

“Aunque sea gratuita[47], hay que orar por la gracia. […]

“Esta breve palabra de Cristo: «Sin Mí nada podéis hacer» sobrevuela hoy la olla podrida de la Humanidad, por sobre esta civilización triste y engreída, por sobre el sordo ruido de armas, las arrogancias de los políticos, la soberbia de la falsa Ciencia, las hueras payasadas del arte descentrado, las mentiras de los pseudoprofetas, las amenazas y los gemidos de los oprimidos, la fútil cháchara de las multitudes sin norte, las efímeras construcciones de los demagogos, las blasfemias de los demoníacos y las preces aparentemente incontestadas de los justos; como la paloma con la hoja de olivo sobre las aguas del Diluvio. ¡Dichosos los que están en el Arca! Sin Mí nada podéis hacer”[48].

Se puede alegar que él y otros de su generación vieron claramente lo que Castellani escribió con sangre entre nosotros:

“En vez de religión, hay exterioridad religiosa: la Misa se ha convertido en un plantón de media hora en una iglesia abarrotada por una masa incomprensiva”[49]. En el ámbito especulativo, el desplome de la contemplación dio agraces: la llamada “sana doctrina” que enseñaban en los seminarios era enfermante, y lo que parecía ortodoxia era ortopedia.

Castellani anunció –y acertó– la consecuencia matemática de esto: los teólogos tomarían otro camino[50]. En efecto, los entonces jóvenes estudiantes pensaron que los ladrillos conceptualistas eran la expresión cabal de la Escolástica, a la que despreciaron buscando la clave filosófica y teológica en doctrinas científicas inconciliables con los dogmas[51]. Kant, Hegel, Marx, Darwin, Freud, Heidegger, Bultmann y otros se convirtieron en Padres de la Nueva Teología, que en el mejor de los casos se limitaba a conservar “los fragmentos históricamente útiles del pensamiento tomista”[52].

Pero esto no los exime por completo de culpa y cargo: ¿cómo no entendieron que es imposible armonizar el pensamiento subjetivista de la modernidad no sólo con la fe sino también con la razón natural? En una oportunidad hicimos esta pregunta a Fray García Vieyra, y nos respondió: “porque le dieron más importancia al estudio que a la oración”. Pocos en el siglo XX percibieron la crisis de la Iglesia tan lúcidamente como el P. Castellani, pero, en vez de proponer soluciones heterodoxas, avisó, en la portadilla de Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, del peligro que corrían la Fe y la Patria:

“A los fieles de los Países del Plata, previniéndolos de la próxima gran tribulación, desde mi destierro, ignominia y noche oscura”.

En resumen, aunque De Lubac, Daniélou y el resto de los modernistas ofrecen una teología del salto en largo para silenciar el pensamiento escolástico, en última instancia ella es un deliberado salto en corto, porque acumulan carretadas de citas patrísticas y erudición vacua para que no lleguemos al Nuevo Testamento, que impugna rotundamente las afirmaciones de los novadores.

Greco-Romanos

Calderón Bouchet explica por qué nuestra tradición no es judeo-cristiana, sino latina:

“En el capítulo diez de su Evangelio, Juan se refiere a los judíos como aquéllos que buscan la perdición de Cristo y que, sin creer en sus palabras, andan afanosos por verlo incurrir en una contradicción que lo ponga mal con las autoridades: […]

«Vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os lo he dicho» [v 26]. […]

“El meollo de la religión está constituido por la revelación y ésta, en sentido estricto, no es judía, aunque el pueblo hebreo haya sido elegido por Dios para su recepción. Llamar judeo-cristianos a los contenidos revelados por Jesús tendría sentido si no fueran revelados y sí el fruto de la espiritualidad hebrea como lo fueron sus instituciones, sus cánticos, sus visiones y su historia nacional. Si aceptáramos como esencialmente denotativa esa expresión, […] Cristo no sería otra cosa que una expresión cultural de Israel[53]

“Sabemos muy bien que tales errores, cuando se reiteran con asiduidad, nunca son gratuitos. Es una manera de aproximarse el judaísmo con todas las características de un ofrecimiento poco honorable. El israelita declinó en judío en la misma medida que acentuó su oposición al cristianismo y como ésta es una opción libre aceptamos ser una u otra cosa con la plena responsabilidad de sus consecuencias naturales y sobrenaturales. Los términos judío y cristiano no son compatibles, suponen decisiones religiosas opuestas y se dieron, primeramente en el seno del pueblo hebreo, y por la proyección de una y otra espiritualidad, se trasladaron al mundo de los gentiles. […]

“La civilización hebrea [está caracterizada por] su implacable formalismo: la ciencia, la política, el arte, la economía y hasta las más íntimas relaciones del hombre con su realidad corporal, estuvieron severamente reglamentadas por la ley. Ella es el espíritu hecho carne, si se la quiere ver en la perspectiva de una prefiguración, pero un espíritu fijado en la férula de la prescripción inamovible y a la que el temperamento judío concluyó articulándola con una maniática minuciosidad hasta ahogar el aliento de la inspiración profética. […]

“La Iglesia, en la medida que rompió su conexión original con la Sinagoga, adaptó su magisterio a las exigencias de la civilización greco-latina y se separó de todo aquello, que en la tradición israelita, pudiera haber de temperamentalmente hebreo. […] La actitud de Pedro y de Pablo al tomar a Roma por centro de su apostolado fue, desde el comienzo, favorable a un entendimiento en hondura con las expresiones más notables de la civilización helénico-romana”[54].

Su primera manifestación es el habla: Fray Petit de Murat sostiene que la cultura, “movimiento perfectivo del hombre y de todas sus posibilidades, se despierta y se enardece, en aquel momento en que este pueblo se conjuga y se desposa con el universo. […] El fruto de ese desposorio [es] la aparición de un nuevo lenguaje. El lenguaje, la palabra, […] es el hombre que pronuncia como verbo sensible, la esencia de la cosa que ha poseído por intuición. Creo que el momento de nacer una cultura es el momento poético”[55].

Las lenguas de la civilización en la que se propagó la Iglesia naciente resultan, para el hombre moderno, muertas e inútiles; y, sin embargo, el griego y el latín son misteriosamente indispensables[56], “instrumentos insustituibles de todas esas «ciencias del hombre»”[57].

¿Por qué son herramientas imprescindibles, o al menos sumamente eficaces para adquirir la madurez intelectual? Porque su estudio exige “esa intensidad o concentración, que no consigue el ininteligente. Pues es un error creer que la inteligencia es «facilidad»; lo contrario sería más exacto. Santo Tomás de Aquino, el «buey mudo», era tenido en la escuela por más obtuso que sus vivarachos, rápidos y brillantes condiscípulos; pensaba más tarde porque pensaba con más profundidad. Pero «este buey dará tales mugidos que lo oirá todo el Universo», dijo su profesor Alberto el Magno, otro genio. […]

“Los franceses llaman «cabezas bien amuebladas» a los que retienen muchas cosas de memoria, y «cabezas bien hechas» a los capaces de entender cosas de más en más altas. Montaigne dijo en sus clásicos Ensayos que era mucho mejor «tête bien faite» que «tête bien pleine». Mejor cabeza bien hecha que cabeza más llena. […]

“¿Y por qué dos lenguas muertas tienen que tener más poder de «cultificar» que el inglés por ejemplo o la mineralogía o cualquier otra «materia»?

“Porque la estructura o el sistema interno de las lenguas clásicas es más perfecto que el de las lenguas actuales. Los arados actuales son mucho mejores que los arados antiguos; pero en los idiomas pasa al revés. Favorecen ellos y aun obligan a una mayor concentración de la inteligencia, a una atención más sostenida y a un ejercicio más fino de la lógica. Tienen más poder (digamos) «gimnástico».

“Explicar cómo hacen eso (por medio de los casos, de la más rica flexión de los verbos y de los recursos sintácticos como la «Oración de infinitivo», que ahorran palabras), sería más largo. Mejor acudir a los hechos: si las naciones más civilizadas del mundo, incluso en técnica, mantuvieron y mantienen la formación del niño y el adolescente por el latín y el griego (aun después que dejaron de ser lenguas vivas), algo les habrán visto. ‒«Si, pero ahora estamos en la época de la técnica, no de la literatura». ‒Resulta que de hecho, los bachilleres formados por en las humanidades, luego en la Universidad se adelantan en todo, incluso en la técnica. En Francia hay tres bachilleratos optables para los alumnos: el A, clásico puro; el B, técnico puro, Matemáticas y Ciencias Naturales; y el C, mitad y mitad, el menos frecuentado. Y bien, la experiencia ha demostrado que los alumnos de puro latín, griego y francés quedan cola en el primer año de la Facultad de Ingeniería; y a partir del segundo año toman la delantera sobre todos los otros. En efecto, la lógica de las matemáticas es simple relativamente a la lógica más complicada y fina de las lenguas, que es la lógica misma de la vida, la cual no es «geométrica» sino material y mental a la vez, como el hombre.

“Naturalmente todo lo que se puede decir en latín se puede decir también en castellano; pero no de la misma manera; lo que hace la poesía latina con su hipérbaton y su transposición de palabras no lo puede hacer la poesía castellana y ninguna lengua del mundo puede dar la extrema y pletórica concisión de una oda de Horacio; y en prosa no se puede obtener algo tan compacto a la vez que incisivo como un período de Cicerón, o una construcción «pregnante» de Tácito. Esto lo saben todos los que saben”[58].

Además de superarlas en claridad y precisión, el griego, posee “cualidades musicales y pictóricas como ninguna lengua moderna”[59].

En cuanto al latín, “acuñado con justeza en las exigencias de la expresión jurídica, tiene el privilegio de adecuarse con precisión al intercambio de las ideas más universales. Es, probablemente, la lengua mejor hecha para decir todo aquello que los hombres necesitan decir cuando se tratan asuntos de interés general. Léxico de juristas, se convirtió fácilmente en vehículo idóneo de la filosofía griega y de todo lo que había en los helenos de radical esencialidad. Al volcarse en fórmulas latinas el pensamiento griego ganó en concisión y seguridad denotativa lo que perdió, tal vez, en riqueza expresiva.

“Lengua docta como el griego y llena de numinosa inspiración como el hebreo, tuvo la ventaja de estar más desligada de sus compromisos vernáculos y de haber sufrido, en la práctica de un derecho ecuménico, esa purificación semántica que permite decir lo que todas las inteligencias pueden entender, sin las medias tintas o los equívocos umbrosos de lenguas demasiado ligadas a los usos y las costumbres de un determinado pueblo”[60].

Nuestra tradición es romana[61]; o más exactamente, grecorromana. Europa nos dio la más alta cultura de la Antigüedad transfigurada por la Fe.

Hilaire Belloc fue muy criticado por el presunto carácter simplista de su afirmación: “la Fe es Europa y Europa es la Fe”[62]. Pero Castellani hace una distinción certera entre la cuestión de principio y la de hecho, que permite entender el sentido de la aserción de Belloc:

“En principio no cabe duda que el Evangelio fue «enviado» a todas las naciones; y así los misioneros que van al Japón o la India (que iban) no enseñan la filosofía de Aristóteles sino que enseñan la Encarnación del Verbo y después bautizan, siguiendo al capo de todos ellos, San Francisco Javier. De hecho, el Cristianismo se enraizó en la filosofía griega y el derecho romano; o sea, en la civilización donde nació. […] Y eso no ocurrió por casualidad, pues San Agustín estima la tal civilización era «providencial»; es decir, que Dios adrede dio a Grecia el esplendor (nunca repetido ni superado) de la filosofía y la poesía y a Roma el de su Imperio, para cuna de la Revelación de Cristo. Y en nuestros días vemos que los intentos de los misioneros europeos por injertar la doctrina católica en el Vedanta hindú y en el Tao chinés, han fracasado. Parecería pues que la Historia ha concentrado y restringido esa copulación de la cultura humana y revelación divina en un punto […] y que la cultura grecorromana es esencial al Cristianismo”[63].

[1]  San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 238.

[2]  Santo Tomás, Contra Impugnantes, Cap III.

[3]  Santo Tomás, Del Gobierno de los Príncipes, Cap I.

[4]  Santo Tomás, Suma Teológica, I-II, Q XC, art. 2, c.

[5]  “Glosas del Tiempo”, en Tribuna, Buenos Aires (fin de 1945 o principio de 1946)..

[6]  Pío XII, Radio Mensaje, Navidad de 1942.

[7]  Santo Tomás, Suma contra los Gentiles, I, 86, Rursus…

[8]  Gén. 10, 8-12.

[9]  San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, pp 145-146.

[10]  Santo Tomás, Del Gobierno…Cap, I.

[11]  Rom., 13, 1.

[12]  Suma Teológica, I-II, Q XCIII, art 6, ad 2m.

[13]  Suma Teológica, I-II, Q XXI, art 4, ad 3m.

[14]  “La Autoridad y Sus Funciones”, Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, pp 82-83.

[15]  San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 146.

[16]  “Oro”, Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1974, p 318.

[17]  D´Angelo Rodríguez, Anibal, Fernando Devoto o la Ceguera de los Progresistas, Ediciones ADR, Buenos Aires, 2024, p 52.

[18]  Fernando Devoto…, pp 44; 47.

[19]  “La Recuperación de la Legitimidad”, Azul y Blanco, fines de octubre o principios de noviembre de 1962.

[20]  “¿Un Psicanálisis Aristotélico?”, Freud, Jauja, Mendoza, 1996, p 195.

[21]  José Antonio Primo de Rivera.

[22]  Benoist-Mechin, “Historia de Alemania y de Su Ejército” (1918-1938), Barcelona, Montaner y Simón, 1943, p 412, apud Díaz Araujo, Enrique, ¿Cuánto Cuesta una Revolución?, Universidad Nacional de Cuyo, Boletín de Ciencias Políticas y Sociales, Nº 27, Mendoza, pp 95-96.

[23]  Chesterton, “George Bernard Shaw”, Ignatius Press, San Francisco, 1989, Collected Works, T XI, p 450.

[24]  Ibíd, p 376.

[25]  “El Sacrilegio”, Notas a Caballo de un País en Crisis, Dictio, Buenos Aires, 1974, pp 430, 433.

[26] San Agustín y Nosotros, Prólogo, Jauja, Mendoza, 2000, p 10.

[27] Ibid, Cap V, p 95.

[28] Castellani.

[29]  “Psiquis y Psicosis del Patriotismo”.

[30] El Evangelio De Jesucristo, Domingo Noveno después de Pentecostés.

[31]  “Scheler”, en Historia de la Filosofía Contemporánea.

[32]  “El amor a la Patria, además de ser natural al hombre sano, está en el cuarto Mandamiento del Decálogo, por ser amor al Bien Común, o sea, al prójimo en definitiva. Santo Tomás dice que el amor al Bien Común es la más alta forma del amor al prójimo” (Carta a Miguel Salvat, 3-V-1969).

[33] El Evangelio De Jesucristo, Domingo Noveno después de Pentecostés.

[34]  Chesterton, Pequeña Historia de Inglaterra, Editorial Calleja, Madrid, 1920, pp 161-162.

[35]  Anaconda, Buenos Aires, 1952.

[36]  Su Majestad Dulcinea, Primera Parte, Cap X, Jauja, Mendoza, 2001, pp 120-121.

[37]  Hacer la guerra a los santos y vencerlos (Ap. 13, 7).

[38]  El Anticristo (II Tes. 2, 3).

[39]  Su Majestad Dulcinea, pp 117-118.

[40]  Reseña de “Contra la Ocupación Extranjera”, de Rogelio García Lupo, en revista Jauja 25-26-27.

[41]  Perrier, Pierre, Marie, Mère de la Mémoire, Prólogo.

[42]  Belloc, El Campo de Batalla, Vórtice, Buenos Aires, 2010, p 23; 45-46.

[43]  Calderón Bouchet, Rubén, ¿Civilización Latina o Judeo-Cristianismo?, revista Gladius n° 1, Buenos Aires, 1984, p 108.

[44]  Turín, ed. SEI, 1975, pp 74-75.

[45]  Esta exposición sumaria de los errores de Daniélou está tomada de tradicatolica.com/file/si2079177.

[46]  Ibíd., p 125.

[47]  Bastardillas nuestras.

[48]  Las Parábolas de Cristo, Parábola de la Vid y los Sarmientos.

[49]  Carta del 28-VI-1959.

[50]  Diario. No tenemos la referencia.

[51]  Diario, 27-VI-1957.

[52]  Rahner.

[53]  Cfr. Domingueras Prédicas II, Domingo Segundo de Pascua, Jauja, Mendoza, 1998, p 129, nota 14.

[54]  Cfr. Op. Cit., pp 97, 98, 99, 94-95.

[55]  Una Sabiduría de los Tiempos, Ediciones del Cruzamante, 1995, pp 58-59.

[56]  “El Plan Mantovani”, Reforma de la Enseñanza, Vórtice, Buenos Aires, 1993, p 79.

[57]  “La Derrota de las Humanidades”, Dinámica Social n° 39, noviembre de 1953; Libros Libres, Madrid, 2010, p 125.

[58]  “Estudios Clásicos”, Tribuna, San Juan, 1962-1964.

[59]  “Educación Homérica”, Apuntes de Historia de la Educación (Cuaderno 4, 1939-1944, p. 12).

[60]  Calderón Bouchet, op. cit., pp 93-94.

[61] Lugones – Esencia del Liberalismo – Nueva Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 99.

[62]  Europa y la Fe, Sudamericana, Buenos Aires, 1967.

[63] Revista Jauja, Nº 16-17, p 74.