Capítulo IX y X

CAPÍTULO IX – LA EDAD OSCURA

El “Siglo de Hierro” del Pontificado

Desde el Oriente los húngaros se precipitaron como un alud hasta la Champaña y el Languedoc; las poblaciones en las costas del Atlántico eran asoladas por los Vikingos, quienes en el siglo IX comenzaron a navegar los ríos de Francia sembrando el terror. Con los musulmanes en el Mediterráneo y dueños de casi toda la Península Ibérica, la naciente Cristiandad fue sitiada por los cuatro flancos, y los “Siglos Oscuros” cayeron sobre Europa, que encontró fuerzas para resistir gracias a su decisión de mantener la Fe.

En 882 el Papa Juan VIII murió en circunstancias poco claras (algunos afirman que fue envenenado) y este hecho marcó el comienzo del “Siglo de Hierro” del Pontificado, durante el cual reinó la confusión: “Ni un solo monumento se levanta en Roma entre el 870 y el 1000”[1].

En octubre de 891 fue consagrado Papa Formoso, quien debió luchar duramente con el Emperador (Lamberto de Spoleto) para mantener la libertad de la Iglesia. El Papa murió en el 896; entonces Lamberto y su madre, la terrible Angiltrude, entraron en Roma y exigieron al nuevo Papa, Esteban VI, que los restos de Formoso fuesen sacados del sepulcro y, cubiertos con los ornamentos pontificios, llevados a la basílica constantiniana para que Esteban los juzgara en el llamado “Concilio Cadavérico”. Un diácono confesaba, en nombre del difunto Papa, los crímenes que según el Emperador había cometido. “Se declaró nulo el Pontificado de Formoso, inválidas todas las órdenes sagradas por él conferidas, […] se procedió a cortarle los tres dedos de la mano derecha con que había bendecido, y a desnudarle públicamente de sus insignias y vestiduras, dejándole tan sólo el cilicio, que apareció pegado a la piel reseca. El cadáver fue echado al cementerio profano de los extranjeros, y la plebe, excitada por el salvajismo de las autoridades, se lanzó como hiena sobre los restos del antiguo Papa y los arrojó al Tíber”[2].

Al poco tiempo se desplomó la basílica de Letrán; todos consideraron el hecho como un juicio del cielo, y ello animó a los partidarios de Formoso a deponer y dar muerte a Esteban VI. Entonces la cátedra de Pedro fue ocupada por Romano I, cuyo Pontificado fue sólo de cuatro meses; el del sucesor, Teodoro II, fue aún más breve: 20 días, mas en este lapso tuvo oportunidad de reivindicar a Formoso y sepultar su cadáver, rescatado por un monje en la orilla del Tíber, donde lo había depositado la creciente.

En el 903 el Antipapa Cristóbal I destituyó y arrojó a la cárcel a León V, quien a comienzos del año siguiente conoció idéntica suerte, y ambos, León y Cristóbal, fueron degollados por orden del nuevo Pontífice, Sergio III. Éste buscó apoyo en la familia de Teofilacto, cuya esposa, Teodora, y sus hijas, Teodora la joven y Marozia –según muchos, amante del Pontífice– tuvieron manifiesto influjo en los asuntos de la Iglesia, abuso que se mantendría por décadas:

“Durante casi sesenta años, cortesanas procedentes de casas ilustres […] dispusieron de las tiaras pontificias. Eran las que detentaban las llaves del castillo de Sant’Angelo, ejercían el dominio de la aristocracia por su familia, dominaban al pueblo con la dulzura de su administración y a los Papas por sus vicios”[3].

Gracias al apoyo de Teofilacto y Teodora, Juan X obtuvo el Pontificado en el 914. Demostró buenas dotes militares al derrotar en Garellano, en el 915, a los musulmanes, quienes habían devastado los territorios romanos durante las últimas seis décadas. En 928, empero, el Papa fue encarcelado por orden de Marozia y muerto tiempo después.

En 931 la Sede Pontificia fue entregada a Juan XI, hijo de Marozia. Entonces  ella creyó llegada la hora de controlar no sólo el supremo poder religioso, sino también el político. Decidió casarse con Hugo de Provenza, Rey del Norte de Italia, para que luego Juan XI lo consagrara Emperador. Durante el banquete de boda, Alberico (hijo de Marozia y hermanastro del Papa) tomó por asalto el castillo donde tenían lugar los festejos. Hugo de Provenza apenas consiguió huir; Juan XI y Marozia fueron encarcelados.

Alberico no fue empero un ángel enviado del Cielo para liberar a la Iglesia: determinó que un hijo suyo, Octaviano, de vida disoluta, fuera hecho “Príncipe de los Romanos”, y que, a la muerte del Papa Agapito II, recibiese la tiara con el nombre de Juan XII, quien resultó, según San Roberto Belarmino, el peor de todos los Papas. “Desgraciadamente al cambiar de nombre no cambió de vida”[4].

Los escándalos y las discordias hicieron pensar a muchos que sólo una restauración imperial permitiría superar el estado de abyección.  El Monarca germano Otón I, acreditado por sus victorias sobre los terribles húngaros y eslavos, fue invitado a imponer la paz en la convulsionada Italia. El Rey exigió que el Papa se comprometiese a no hacer jamás alianza con sus enemigos o los de sus sucesores; más aún: el Papa únicamente podría ser consagrado después de haber hecho promesa de fidelidad al Emperador.

Como Juan XII se rebeló contra esta dominación, el Alemán lo depuso en el 963, e hizo que un laico, jefe de la secretaría papal, recibiera en dos días todas las órdenes menores, el sacerdocio, el episcopado y fuese coronado Papa con el nombre de León VIII. Cuando Otón estuvo fuera de Roma, Juan XII volvió a la Urbe y el Antipapa León huyó.

“Octaviano Juan, que entonces tenía 26 años, tomó furiosa venganza. A los Cardenales que habían votado contra él y lo habían depuesto, mandó que se les cortara la mano o que se les arrancase la nariz. […] Refiere un cronista que el Diablo le dio muerte en el momento en que cometía un adulterio. Mas otros aseguraron que el tal diablo fue el esposo engañado, que atrapó al sacrílego y adúltero y le causó heridas tan graves, que al cabo de ocho días falleció”[5].

Chesterton afirmó que la Iglesia es indestructible porque no se funda sobre el poder del hombre sino sobre su miseria y debilidad, y el Siglo de Hierro del Pontificado confirma este juicio.

Cluny

El rescate del cadáver de Formoso por un monje había sido un símbolo y un presagio, pues la Providencia se valió una vez más de los monjes para iluminar las tinieblas de aquellos tiempos. Numerosos monasterios habían sido destruidos por la furia de los sarracenos, húngaros y normandos, pero a mediados del siglo X se produjo un resurgimiento de la vida benedictina. En la primera línea de esta renovación se encontraba la Abadía de Cluny, cuyo ideal consistía no sólo en la observancia íntegra de la Regla de San Benito, sino también en la obstinada defensa de la autonomía eclesiástica frente a los poderes temporales.

Lo más sorprendente es que aquellos Papas hundidos en la miseria moral, reconocieron el valor de la reforma cluniacense:

“Juan X […] confió todos los monasterios de Roma a Odón, Abad de Cluny, «porque –decía el Papa– en aquel tiempo casi ningún monasterio seguía sus propias reglas», y por lo tanto, a los cluniacenses «se les permitiría acoger a cualquier monje procedente de cualquier monasterio, que para mejorar su vida se quisiera cambiar de monasterio». Extendió y confirmó estos privilegios el hermanastro de Juan XI, Alberico. […] Hay que recordar que Cluny había sido fundada sólo veinte años antes, por lo que no era automático que el Papa concediera estos privilegios. Lo que demuestra que ansiaba el bien de las almas, o por lo menos de las almas de los monjes. […] Juan XII se comportó de la misma manera con los monjes de Subiaco. […] No se conformó con reinstaurar las dotaciones de aquel ilustre monasterio, sino que pidió a los monjes oraciones y celebraciones cotidianas. […]

“¿Cómo pudo permanecer inalterada la tradición doctrinal, sacramental, litúrgica y canónica entre tantas luchas y alianzas extrañas? […] La otra cuestión importante: ¿Cómo fue posible que la autoridad de un Juan X o de un Juan XI, claros representantes de una tiranía familiar romana, fuera reconocida en toda la Iglesia? Palios y otros privilegios se pedían y concedían a obispos y monasterios bajo estos pontífices. Hasta en Oriente se acataban las cartas y legaciones procedentes de Roma”[6].

El influjo de Cluny se extendió a España, Alemania, Italia, Inglaterra. En un tiempo relativamente breve llegó a tener 1.400 casas, y una vez más se puso en evidencia que el claustro es el bastión de la cultura: los monjes construyeron magníficas iglesias, hicieron posible el florecimiento de la literatura, se interesaron por las matemáticas, las ciencias naturales, la medicina, y el renacimiento cultural desde los monasterios llevaría al gran esplendor de los siglos siguientes.

CAPÍTULO X – LA CRISTIANDAD

La Nobleza Cristiana

La Cristiandad pudo constituirse y resistir el asalto de sus enemigos, pues el heroísmo de yunque de los santos abrió el camino al heroísmo de espada de los nobles y sus mesnaderos[7]. El gobierno quedó en manos de una aristocracia guerrera que afrontó las invasiones de los bárbaros:

“Lo que ahora llamamos «militarismo» era casi desconocido en la época medieval. Pero esto se debe en parte a que lo que llamamos «militarismo» implica que la mayoría sea excluida del orden militar. Lo Reyes medievales rara vez tenían lo que luego fue denominado un ejército permanente; en el sentido de un ejército profesional especializado. Sin embargo, en el origen de cuanto era medieval había una suerte de fundamento casi olvidado que era militar. Esto fue el resultado de dos hechos, que se remontaban al lejano origen; en primer lugar, cuando Roma misma se desplomó, dejó una cantidad de guarniciones y puestos fronterizos militares, que serían los núcleos de la recuperación nacional y local; y en segundo lugar, que este mundo, cuando comenzó a resurgir, fue súbitamente invadido y casi derrotado por el Islam; de modo que no podía pensar en otra cosa sino en espadas y lanzas durante casi mil años. Una consecuencia fue que la formación social permaneció militar. El ejército en pie de guerra pronto se convirtió en un ejército que adoptó una actitud muy descansada, y luego, por decirlo así, en un ejército que se sentó y aun se entregó al sueño. Pero el sistema de subordinación y obediencia había sido originalmente militar. La aristocracia europea era una jerarquía militar, así como la aristocracia hindú era una jerarquía religiosa. El Duque es el Comandante en Jefe, el Marqués es el guardián de las fronteras, el Caballero es el soldado de a caballo, el «Squire» es el escudero, etcétera”[8].

“Aquella antigua «nobleza» europea estaba unida incluso por la sangre, pero mucho más por la misión que les competía (eran guerreros o letrados) y sobre todo por el bien raíz. Sus intereses personales coincidían con el bien del país; de modo que poseían un sentimiento vivo, cuasi instintivo del bien nacional.

El fundamento de una Nobleza es el afincamiento permanente en la tierra: o bien raíz o algo equivalente: como la participación activa en las grandes empresas, hoy día: por vía de ejemplo.

“Dada la condición humana, lo normal es: para que el grupo social se dedique al bien común hasta el sacrificio, es preciso que ese Procomún esté vinculado al bien propio, si no identificado. Habrá algunos héroes, santos o locos, que lo hagan de cualquier modo; pero serán pocos; y en lo «de ordinario contingente» no hay que contar con las excepciones sino con la regla. […]

“El Código Napoleón, copiado después en los países latinos (no en Inglaterra por cierto) destruyó la nobleza al destruir el mayorazgo. El mayorazgo parece injusto (a los demagogos) pero es justo para con la familia, y beneficioso a la nación: hace estable a la familia, y cría generaciones de nobles; es decir, de hombres magnánimos sin esfuerzo, por nacimiento. Se necesitan tres generaciones de buena educación para hacer un noble.

“La virtud más sólida, hablando de las virtudes «naturales», es la heredada, la que está «en la sangre». «Y viene de buena sangre» –dicen los españoles– de sus candidatos a yernos. […]

“El bien raíz trabajado personalmente arraiga al hombre en su país y forma al noble. La nobleza viene simplemente de la virtud, como advirtió Aristóteles; no de la virtud «religiosa» o mística específicamente, sino de la virtud civil, la virtud del hombre de mando, nacida en el campo de la «magnanimidad» o grandeza de alma; cuyo nombre español es «señorío»”[9].

“La nobleza no es una virtud particular; es una especie de tinte total de un carácter. […] No es una cosa que se pueda enseñar o adquirir aparte: es una resultante, lo mismo que el buen gusto, el criterio, la cordura. Las «cualidades estructurales» como dicen, que mira al complexo. Uno no puede poner una cátedra de «buen gusto», por ejemplo. La gente cree que son «cualidades nativas» y en parte lo son, mas en puridad se derivan de la educación total”[10].

Quienes reciben esta educación tienen fácilmente el llamado a mandar; “aunque el gusto de mandar lo tienen todos; sobre todo los gallegos –menos los gallegos que realmente sirven para mandar, los cuales de suyo tienden a rehuir los cargos, que para ellos son cargas– como todo hombre a su propia vocación; porque vocación es igual a trabajo[11].

“El hombre que dirige debe ser informado por ‒y ejercitado en‒ una cantidad de cosas que son superfluas en el que no dirige. No es que deba tener privilegios o preferencias inmerecidas; sino al revés, debe afirmarse más, apretarse más, disciplinarse más, cincharse más y jorobarse más que los otros”[12].

“El verdadero llamado-a-mandar (no el mandón, sino el mandatario) trabajará enormemente con desinterés enorme en el bien de los demás –o en el bien del siglo que viene– porque eso es lo que a él le peta y lo que le sale de adentro”[13].

Así pues, “sin una nobleza no hay nación grande; ni chica siquiera, si me apuran”[14].

“Montesquieu dijo que la Monarquía se basa en el honor y la República en la virtud; pero la República no cría la virtud; gasta la virtud que acaso existe, criada por el honor; de modo que al final (consumida la virtud republicana, que es adventicia) se convierte en la anarquía que conocemos. Y entonces la República anarquizada debe recurrir al honor, a la monarquía, aunque sea en forma de dictadura. […]

“No ignoramos puede existir la «virtud republicana», es decir, el jacobino, el hombre de mando recto y duro. Robespierre fue eso: guillotinó a muchí­sima gente inocente (o no) para ir a acabar a la guillotina, sin poder atajar la monarquía inminente del tenientillo italiano nacido en Córcega, para muchos más desastres y muertes en Francia: una monarquía militar usur­pada, sin arraigo y sin nobleza. […]

“La virtud cívica se cría por medio del honor; con el honrar y premiar los méritos públicos; y honrarlos no con una suma de dinero, como hace el Gobierno con los poetas, novelistas y telebisontes tan excelentes que ahora tenemos; sino con un bien honroso y estable, un «bien de familia»”[15].

Bajo la autoridad de los nobles se encontraban los plebeyos, campesinos y habitantes de los burgos. Esta distinción de nobles y plebeyos resulta odiosa a nuestra época igualitaria:

“Que hay dos clases de hombres, la humanidad lo tenía olvidado de puro sabido cuando la Revolución Francesa le hizo el cuento de la «Igualdad» con mayúsculas, pretendiendo poner en minúscula; es decir, tomando una idea cristiana y mística y transportándola al plano político y social, donde deja de ser verdad y se transforma en mito; casco vacío apto a ser rellenado con el explosivo del «resentimiento». Todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales… (¡Hmm!)”[16].

“La peor desigualdad del mundo es tratar igualmente a las cosas desiguales. El principio de la «Egalité» del siglo pasado es un sofisma nefasto, hijo del resentimiento. La igualdad justa consiste en una proporción o armonía. Desde Caín y Abel los hombres no son iguales”[17].

“Polites y metecos, patricios y plebeyos, brahmanes y parias, letrados y pueblo, nobles y villanos, clero y laicado, hidalgos y pecheros, la humanidad practicó instintivamente (no siempre con equidad y equilibrio) esa división entre el hombre capaz de asumir responsabilidades y el no capaz de dirigir a los demás, ni a veces a sí mismo”[18].

“Aristóteles enseña que la esclavitud es natural, porque hay hombres que son naturalmente esclavos y hasta en la pinta se les conoce. Solamente para el trabajo servil aptos, es mejor trabajen para un amo que los enderece en lo referente a la conducta, pues por sí mismos son incapaces de vida racional, y dejarlos libres es hacerlos míseros.

“Esto es verdad, dice Santo Tomás, pero hay que educar a los brutos para desembrutecerlos y que se hagan paulatinamente iguales a nosotros en acto, puesto que lo son en potencia. Todos somos hermanos en Cristo, no he dicho iguales, sino hermanos. Tenemos que suprimir la esclavitud con la educación”[19].

El aristócrata cristiano “ama al pueblo, porque el aristócrata necesita del pueblo, no para ser su sanguijuela como el demagogo, sino para ser su cabeza; y en todo amor hay una necesidad, como enseña Platón en el Convite, y cantó el poeta español Medina en el poema «¡Mira que te necesito!» ¿Cómo no va a necesitar del pueblo el real aristócrata, si es la forma del pueblo y la forma no puede existir sin la materia”[20].

La razón última por la cual la nobleza cristiana procedió diversamente de la pagana y se convirtió en forma de un pueblo aristocrático a su modo es que Jesucristo, la Máxima y el Modelo de los creyentes, había conjugado en Sí ambas funciones complementarias:

“Jesús fue en realidad aristócrata y pueblo a la vez. Nació de la entraña sacra de una niña regia, de una mujer pobre, de la sangre real, por presión inmediata de Dios. Jesús era incluso, a su manera del todo divina, una especie de «dandy»; supuesto que algunos opinan que todo buen cristiano en esta descangallada época tiene obligación de ser un poco «dandy», a la manera de Tomás Moro, Chesterton, Claudel, Newman, Don Bosco y San Ignacio de Loyola. Es decir, tiene que esforzarse en ser singular, primero en sus virtudes, y si puede, también en sus defectos. Jesucristo, por supuesto, no tuvo defectos. ¿Qué importa? Se los fabricaron[21].

La Monarquía Cristiana

Las jefaturas regionales de la aristocracia guerrera, “vinculadas entre sí según la herencia pagana de la servidumbre y modificadas por el sentimiento de familia del Cristianismo, habían producido lo que llamamos «el sistema feudal». En conjunto, estos poderes locales tendieron a agruparse en torno de ciertos poderes centrales, entre ocho y diez en Europa Occidental, llamados «Monarquías»”[22].

En el 481 los Francos eligieron Rey a Clodoveo, un joven de gran coraje y habilidad política. Quince años después, cuando estaba a punto de perder una batalla con los Alamanos, invocó al Dios de su esposa, la princesa católica Clotilde, y prometió que se haría bautizar si Cristo le concedía la victoria. Clodoveo triunfó en el combate y junto con sus guerreros recibió el bautismo, administrado por San Remigio, en la Catedral de Reims. Este acontecimiento marca el origen de Francia.

La Providencia tenía grandes designios sobre ese Reino pequeño, que poco a poco se iría engrandeciendo. San Remigio en su testamento descubrió la vocación de Francia: “Está predestinada por Dios para defender a la Iglesia Romana, que es la única y verdadera Iglesia de Cristo”.

Y cuando la Providencia da una misión proporciona también los medios para llevarla a cabo:

“Mira no más dónde está situada, por aquello de que la geografía comanda la historia, y entenderás por qué «una idea para hacerse universal es fuerza se haga francesa» (Vázquez Mella). Lutecia[23] está situada en el exacto punto de cruce de todas las rutas que van de una nación latina a una nación germánica, es la lenguaraz natural de las grandes civilidades, es la gran Tercera y Traductora. Como en el punto a un día de vapor de Buenos Aires donde el Río de la Plata se rinde al Mar Océano, las aguas pardas en las aguas verdes, hay una gran franja de espuma plata, así Francia está en el atalaya de Europa, poniendo en claro los balbuceos y en limpio todos los borradores. Por eso su lengua ha adquirido esa claridad inexorable, ese escrúpulo del matiz, ese «flair»[24] para el distingo, chicanería de leguleyo, meticulosidad de orfebre o de casuista («el francés es un pueblo de gramáticos», Faguet) y su espíritu de novelería, diletantismo, curiosidad, husmeo y azogue que le mofan como tara sus más recios vecinos y es la fina punta (que despunta de puro aguda) de su gran misión de enterarse, comprender, ordenar y subsumir para el mundo todo lo del mundo más alto, más bajo, más hondo y más espeso”[25].

En el 754 el Romano Pontífice, amenazado a la vez por Bizancio y los lombardos –un pueblo germánico que en el siglo VI había conquistado el norte y centro de Italia–, decidió apoyarse los francos, y para ello se dirigió a la Galia y consagró Rey a Pipino el Breve, hasta entonces “mayordomo del palacio”, aunque de hecho ejercía la autoridad suprema, pues desde mucho tiempo antes los descendientes de Clodoveo se habían desentendido del poder a causa de sus vicios. El nuevo Monarca libró al Sumo Pontífice del peligro lombardo.

El hijo de Pipino el Breve, Carlomagno, ocupó el trono en el 768 y pronto mostró ser un notable guerrero. Luchó con los musulmanes allende los Pirineos y conquistó la marca de Barcelona. En el frente oriental, cruzó el Rhin, descalabró  a los bárbaros y estableció guarniciones en zonas que los Romanos jamás habían logrado conquistar.

Aunque su Fe no era fingida, sabía ser duro y no se hacía excesivas complicaciones sobre la licitud de los medios que empleaba:

“Carlomán, su hermano, había fallecido el 771 y el joven Carlos se encontró dueño de todo el territorio dejado por su padre. Es verdad que había una princesa longobarda heredera de la parte de Carlomán. […] Carlos se apoderó de los territorios pertenecientes a su difunto hermano antes que los longobardos pudieran hacer oír sus derechos. Desterró a su cuñada y a su sobrino a la corte de Desiderio (el Rey longobardo) y no conforme con este desaire diplomático, repudió a su esposa longobarda y contrajo nuevas nupcias con Hildegarda de Suabia. El futuro Emperador de los cristianos comenzó su reinado con este par de violaciones a las sagradas leyes del matrimonio y con una ostensible agresión a los derechos de su sobrino”[26].

El 25 de diciembre del 800, Carlos asistió a San Pedro para escuchar la Misa de Navidad. Mientras se encontraba arrodillado, el Papa León III le impuso la corona imperial, que conservó hasta su muerte en 814.

Donde no llegaba el poder político carolingio, se extendía el influjo del renacimiento cultural. El Rey advirtió la necesidad de fundar escuelas de las que saliesen clérigos, funcionarios y militares instruidos, y así ordenó que cada monasterio abriera una escuela claustral a la que tuviesen acceso los externos. La Academia Palatina (la escuela de su Palacio) congregó a maestros venidos de Italia, España, Inglaterra e Irlanda. El más destacado de este grupo fue el inglés Alcuino. “Entre estos profesores y esta gente de letra, Alcuino es un misionero y un Apóstol. Exactamente es un misionero de la cultura latino-cristiana de York (donde había sido educado por los discípulos de Beda)[27][28].

Lo sucedió su hijo Ludovico Pío, con quien comenzó la decadencia del Reino, proceso intensificado por las desavenencias sucesorias de sus hijos, que condujeron a la guerra civil. Ludovico falleció en el 840 y tres años después sus dominios fueron repartidos de esta manera: los territorios del Este quedaron para Luis el Germánico, el centro (desde el Mar del Norte hasta Italia) fue concedido a Lotario y el Occidente, a Carlos el Calvo.

La franja del centro fue incorporada al Reino Oriental, cuya dinastía se extinguió en el 911 y fue sustituida por la dinastía otoniana, algunos de cuyos miembros fueron Reyes de Germania y aun Emperadores. Este linaje terminó con Enrique II (973-1024), titular del Sacro Imperio Romano-Germánico y canonizado por la Iglesia. En el territorio occidental, los Carolingios, después de haber perdido y recuperado el trono varias veces, fueron sustituidos por los Capetos en el 987.

Tras el derrumbe del dominio visigodo por la invasión musulmana, la primera Monarquía Cristiana de la Península Ibérica fue la de Asturias, establecida en 718 y que dos siglos después se transformó en el Reino de León (930). El de Aragón surgió en 1035, y en el norte predominaba entonces el de Navarra. En 1230 se produjo la unión de los Reinos de León y de Castilla. El matrimonio de Fernando e Isabel, en 1469, trajo la unificación política de España pues Aragón y Castilla eran los Reinos más poderosos.

Aquella Monarquía era legítima porque tenía “la adhesión libre y total del pueblo. «Adhesión», es decir, apego positivo y no mera resignación y pasividad; «libre», es decir, no arrancada por el terror o la mentira; «total», es decir, ornada por el respeto y aun el entusiasmo; del «pueblo», no de la «masa»; es decir, de la nación ordenada según sus órdenes naturales.

“Los antiguos decían simplemente que la autoridad viene de Dios al Rey por medio del pueblo. No necesitaban explicar ni desentrañar mucho esta proposición; porque, así como las mujeres honradas no tienen historia, los gobiernos felices no tienen filosofía: la legitimidad monárquica, formada lenta e invisiblemente durante siglos, reinaba entonces indisputada y única.

“La legitimidad en la Monarquía medieval estaba sólidamente establecida por la herencia dentro de una familia, consagrada por la religión, apoyada y controlada por la nobleza también hereditaria, aceptada y proclamada por los letrados; y en consecuencia, venerada por el pueblo. La naturaleza y no el capricho de los hombres traía los Reyes, como los frutales traen la fruta a su debida estación. La fruta puede agusanarse y puede helarse –y no es negable que en el Medioevo hubo también a veces muy malas cosechas de fruta; pero no era fruta de cera o de sebo, no era fruta imitada, era natural”[29].

El Iluminismo objetó la herencia como principio de legitimidad con este argumento:

«La elección es una cosa racional, la herencia es una cosa absurda: porque la herencia puede dar Reyes idiotas, ininteligentes o perversos, en tanto que la elección da necesariamente gobernantes virtuosos; y si por caso no los da, con una nueva elección eso se puede corregir pronto.» […]

“A un rojillo español que me decía: «¡Pero un Rey puede tener un primogénito idiota!» le respondí brevemente: «Tome la Historia y dígame cuándo en la Monarquía Cristiana ha reinado un idiota.» Nunca, en efecto. Por lo mismo que es idiota es más fácil excluirlo: existe la abdicación; y deso se encarga la clase dirigente; o sea, la parte superior de la pirámide del poder, que dicen ahora los publicistas, siguiendo al sociólogo italiano Mosca. Santo Tomás responde a esta objeción diciendo que los colaboradores del Rey, o sea la clase dirigente, suplirá regularmente las deficiencias del Rey –Olivares gobernó regular para abajo, pero peor lo hubiera hecho Felipe IV solo– y citando las Escrituras que dice, más o menos: «El sirviente inteligente gobierna cuando el amo es tonto» (Servus sapiens dominabitur filiis stultis)[30], por ejemplo: Mazzarino y Richelieu en Francia, Bismarck en Alemania”[31].

“Es evidente que esto supone una monarquía no absolutista, sino asistida por Consejos Reales, que tengan autoridad efectiva, por una aristocracia, en suma, como lo eran las medievales. En caso contrario, el único remedio al Rey corto es el privado o valido que –piénsese en el Conde-Duque de Olivares y en el monje Rasputín– puede ser un expediente soportable, y puede ser peor que la enfermedad”[32].

Rusia, en efecto, fue una autocracia hasta la abdicación del último Zar, quien, tras la caída, dejó escrito en un cuaderno que los Latinos habían mostrado ser más sabios que los Ortodoxos al resistir el Cesaropapismo.

Los otros poderes existentes tendían a moderar el ejercicio de la autoridad monárquica para que la sociedad no padeciese tiranía:

“Los Reyes «absolutos» de la Monarquía Cristiana no eran «absolutistas» en el sentido bruto de «tota-lita-ristas» que tiene ahora la palabra: estaban controlados, morigerados y refrenados por la cúspide de la pirámide del poder a ellos sustanciada, por aquellos que tenían poderes bien efectivos aunque inferiores; nada menos que la Iglesia, la Nobleza, los Gremios y la Universidad, «las cuatro columnas de la Monarquía Francesa»[33]; es decir, prácticamente por el pueblo mucho más que ahora. La Iglesia estaba alavez por encima y por debajo del Poder Monárquico: un ejemplo pintoresco es el caso de Raimundo VI de Cataluña en el siglo XII: le hizo cortar la lengua a un Obispo que había blasfemado; el Papa lo excomulgó; debió peregrinar a Roma a pedir perdón; no habiendo cumplido después las condiciones del perdón, el Papa lo declaró destronado y promulgó una cruzada contra él; recobró el poder a duras penas –cuando el león y el tigre pelean, los corderos y los conejos bailan: no hay libertad efectiva para los de abajo si no hay arriba poderes contrapuestos y balanceados[34].

Santo Tomás afirma que “teóricamente el gobierno mejor es la Monarquía; pero como en la práctica no se dan Monarquías puras, así como tampoco sociedades perfectas, prácticamente el mejor gobierno es el que participa de las tres formas clásicas en un sabio equilibrio: Monarquía, Aristocracia y «República» –no «Democracia», que en la lengua de Santo Tomás es «Demagogia»: como lo es por cierto la rusoniana actual–; o sea, con las palabras del Santo Doctor, «el poder es más suave y más estable cuanto todos tienen parte en él según –¡atención!– la medida de su capacidad». De modo que los que no tienen ninguna capacidad de gobernar, ninguna injerencia en el gobierno; los que tienen poca, poco; y así gradualmente hasta la cúspide del poder. Esta sabia doctrina de Santo Tomás produjo en la Monarquía Cristiana aquella diferenciación de poderes y escalonamiento dellos por el cual, por ejemplo, el último labriego de España podía llegar hasta el Rey por medio de su Párroco, su Obispo, el Cardenal Primado y el Confesor del Rey; y también directamente a veces; infinidad de veces. Y produjo ese control y contrapeso de poderes de que hablamos arriba, y cuya pérdida moderna plañe Bertrand de Jouvenel en su caudalosa obra Le Pouvoir[35].

“En los grandes siglos cristianos se tendió a realizar el ideal del gobierno paterno: San Luis Rey de Francia, San Fernando de España, San Eduardo el Confesor. […] El ideal tendía a «una familia»: ideal inasequible en su totalidad, porque siempre habrá díscolos, la masa siempre será oscura, y el Estado siempre tendrá que usar de la fuerza; pero por lo menos había un conato continuo por sujetar la fuerza a la razón y la razón al amor; y por hacer llegar la nación a algo como «una familia». Por eso justamente hay más sublevaciones en los países católicos que en los otros, y son más difíciles de gobernar: el ideal atávico de «una nación como una familia» trabaja terriblemente a los franceses, a los italianos, a los hispanos. «Los países protestantes son más fáciles de conducir; pero si son conducidos mal, no tienen remedio» –dijo el líder irlandés Parnell”[36].

No solo cada nación, sino también el conjunto de las que componían el cuerpo político europeo tendía a ser una familia, unida por el reconocimiento de una autoridad espiritual común, y así, en lugar del antiguo sistema de muchas religiones bajo un solo gobierno, se llegó a un nuevo sistema de muchos gobiernos bajo una sola religión[37].

Este nuevo régimen fue posible porque la fe descubre que “el poder político es naturalmente menos levantado que la autoridad religiosa, como el fin terrestre del Estado es inferior al fin terreno-divino de la Iglesia. Así pues, aunque el Estado sea «la cosa más grande que puede construir la razón práctica», sin embargo, el alma humana sobrepasa al Estado. «El alma no está ordenada a la sociedad civil según la totalidad de ser y de poder» (S. Th. I-II, 21, 4, 3). Y puesto que el fin donde el Gobernante Civil (el «Príncipe») lleva a sus súbditos es la «vida social según la virtud», y esta vida social tiene a su vez por fin la asecución intelectiva sobrenatural de Dios, resulta que todo el moverse de la vida política está sometido en su conjunto al poder espiritual «sicut sphaera sphaerae»[38], por más que tenga al mismo tiempo juego libre y autonomía dentro de su propia esfera”[39].

“La Iglesia creó en Europa un Superestado espiritual, los «Príncipes Cristianos» que dicen las antiguas oraciones, realizando las vagas aspiraciones universalistas de la filosofía estoica, a la vez que el ideal mesiánico de Reino Universal de los profetas de Israel.

“En el sistema duro de relaciones parejas y en el difícil equilibrio de Estados soberanos ideado por Aristóteles y corrompido al final del Paganismo (cuando las naciones se volvieron «fieras» y «enormes gavillas de salteadores» –San Agustín), la Iglesia naciente introdujo una especie de argamasa invisible. Sin dejar ellas de ser supremas, había algo que estaba sobre todas las naciones, y eso era la Fe común; pero ese algo era un elemento espiritual y no temporal. Las fuerzas temporales de los Papas fueron siempre insignificantes, y su fuerza espiritual solo obra a través de la aceptación y el consentimiento. Nació un fundente de las hoscas soberanías y un freno a las tiranías, él mismo inmune a la tiranía”[40].

Hubo frecuentes enfrentamientos entre la autoridad religiosa y la política, pero estos choques no se debieron exclusivamente a la desmesura de Jerarcas y Príncipes, sino también a que la condición humana hace precaria la concordia entre la Iglesia y el Estado:

“Para que el Estado y la Religión florezcan tienen que andar un poco enojados –salvo en casos muy excepcionales, que se han dado dos o tres veces no más en la historia: el caso en que los Reyes son santos y los Obis­pos también: «Agostos y Obispos buenos… nunca vide cosa menos» –dicen los españoles, que entienden mucho de Obispos. Uds. saben que hay amigos con quienes no se puede ser amigos si no se está un poco a distancia; un amigo no es una esposa –la demasiada cercanía del amigo deshace la amistad–, la familiaridad engendra desprecio.  La Religión tiene que ser amiga del Estado, pero a distancia; si no, se vuelve prostituta, la Escritura lo dice mil veces.  No tan lejos que sea perseguida; ni tan cerca que sea aservida y usada.  Cuando la Religión no molesta un poco al Estado ni el Estado a la Religión, uno de los dos anda mal.  ¿Cómo puede haber dos gallos en un gallinero sin molestarse un poco?  Uno de ellos, es gallina”[41].

La Herejía Albigense

Antes de llegar al punto cenital, la Cristiandad debió superar un desafío que estuvo a punto de arruinarla: el movimiento albigense, arraigado en el suroeste de Francia.

“Hubo una herejía medieval, la de los catharinos, que negaba inocentemente un dogma insignificante: que «en el cielo los santos son desiguales en méritos y mercedes»; porque «en la casa de mi Padre hay muchas moradas» y «una estrella de otra estrella difiere en claridad». ¿Qué mal puede causar el decir que todos los santos del cielo son iguales? […]

“Los catharinos iban contra el sentir popular que pelea por la gloria de sus santos y dice que donde está la Virgen del Pilar no levanta cabeza ninguna otra virgen del mundo; y eso parece purificar de superstición la Religión: «catharós» significa puro o purificado. Pero de ese inocente dogma de igualificar los santos en el cielo, salían dos consecuencias para la tierra:

“1a – como el Reino de Dios en la tierra debe ser imitación del Reino de los cielos, resulta que aquí también los santos deben ser iguales; y por tanto los cristianos que son desiguales (que tienen mando, honores o bienes terrenos) son cristianos impuros;

“2ª – que estos impuros cristianos, si quieren purificarse, deben desprenderse de todos sus bienes y ponerlos en manos de los jefes de los «puros», los cuales por pura caridad y con todo desinterés tomarán la tremenda carga de administrarlos en favor de los cristianos puros, entre los cuales ellos, los jefes, por haberse purificado a fondo, son impecables.

“Hubo una tremenda guerra civil entre puros e impuros (albigenses y cristianos) que amenazó con descuartizar a Europa meridional, porque los albigenses, que nacieron de los catharinos, que nacieron de los maniqueos, se apoyaban en el resentimiento social de los pobres contra los ricos, en el resentimiento político de los nobles del sur de Francia contra el Capeto; y del resentimiento nacional de Pedro I de Aragón contra Francia. Max Scheler hace ver cómo en el Medioevo los eternos conflictos sociales se larvan en herejías religiosas; así como hoy día las herejías religiosas se disfrazan de cuestiones sociales o políticas, es decir, de ideologías laicas, conforme al aire del tiempo”[42].

En 1208 el enviado pontificio para mediar en el conflicto fue asesinado en Toulouse, y esto decidió al Papa Inocencio III a predicar la Cruzada contra los Albigenses. La represión de los herejes fue durísima, porque éstos no solo amenazaban el orden político, sino sobre todo enseñaban que es pecaminoso engendrar hijos y en determinadas circunstancias declaraban loable el suicidio.

El 13 de septiembre de 1213, después de haber asistido a la Misa rezada por Santo Domingo de Guzmán, Simón de Montfort a la cabeza de mil caballeros se lanzó contra cien mil hombres de Pedro de Aragón y su cuñado Raimundo de Tolosa y obtuvieron un triunfo completo y “milagroso” en Muret, sin el cual la herejía se hubiera impuesto y nuestra cultura Occidental, mutilada, hubiera caído por tierra[43].

*   *   *

La Monarquía Cristiana duró diez siglos. “Terminó con el paganismo, contrarrestó las irrupciones asiáticas (Carlos Martel, Carlomagno, los Cruzados, la Reconquista de España, Sobieski, Juan de Austria), dominó las herejías «sociales» de tipo comunista, como los albigenses. […] Son los años de las Catedrales, de la Suma Teológica y la Divina Comedia, de los grandes Descubrimientos y Conquistas, de la Reunión de la Tierra de Dios”[44].

 [1] Van der Meer, F. Atlas de la Civilisation Occidentale, Elsevier, Amsterdam, 1952.

[2] Villoslada, Historia de la Iglesia, pp 134-135.

[3] Lanfrey, Pierre, Historia Política de los Papas, Producciones Editoriales, Barcelona, 1976, pp 68-69.

[4] Villoslada, op. cit., p 142.

[5] Gontard, Friedrich, Historia de los Papas, Fabril Editora, Bs. As., 1961, p 311.

[6] Cappelletti, L., “La Era de los Pequeños Grandes Papas”, en revista Esquiú, 26-1-92, pp 35-36.

[7]  “La Guerra”, en Cabildo, 1-VII-1944; Decíamos Ayer, pp 98-99.

[8]  Chesterton, “Chaucer”, Cap II, en Collected Works, Vol XVIII, Ignatius Press, San Francisco, 1991, pp 190-191.

[9]  “Directorial” de Jauja, Nº 13-14-15, enero-febrero-marzo de 1968; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, pp 162-165.

[10]  Juan XXIII (XXIV)-Una Fantasía, Theoría, Buenos Aires, 1964, p 104.

[11]  “Suicidio de Nobles”, en Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 267.

[12]  “El Fracaso de la Vida Adulta”, en Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 115.

[13]  “Suicidio de Nobles”, en Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 267.

[14]  “No vencer, pero sí no ser vencidos”, La Mano Derecha n° 2.

[15]  “Directorial” de Jauja, Nº 13-14-15, enero-febrero-marzo de 1968; Un País de Jauja, p 165.

[16]  “La Rebelión de las Masas”, en Tribuna, febrero de 1954.

[17]  Juan XXIII (XXIV)-Una Fantasía, Theoría, Buenos Aires, 1964, p 104.

[18]  “La Rebelión de las Masas”, en Tribuna, febrero de 1954.

[19]  “Directorial”, revista Jauja nº 12, diciembre de 1967; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza. 1999, p 146.

[20]  “Cabildo”, en Cabildo, 24-IX-1944; Decíamos Ayer, pp 187-188.

[21]  “La Rebelión de las Masas”.

[22]  Chesterton, “Chaucer”, Cap II, en Collected Works, Vol XVIII, Ignatius Press, San Francisco, 1991, p 191.

[23] Antiguo nombre de París.

[24]  Sentido, instinto.

[25] Reforma de la Enseñanza, Vórtice, Buenos Aires, 1993, p 178.zz

[26] Calderón Bouchet, R., La Formación de la Ciudad Cristiana, Univ. Nac. de Cuyo, Mendoza, 1971, p 180.

[27]  Monje benedictino inglés (c. 673-735), teólogo e historiador.

[28] Delhaye, Ph., La Filosofía Cristiana Medieval, p. 48.

[29]  “¿Por Qué un Gobierno Es Legítimo?”, en Dinámica Social nº 35, julio de 1953; Pluma en Ristre, Libros Libres, Madrid, 2010, pp 292-293.

[30]  Prov. 17, 2.

[31]  Lugones, Theoría, Buenos Aires, 1976, pp 90-91.

[32]  “La Inteligencia y el Gobierno”, Seis Ensayos y Tres Cartas, Dictio, 1978, p 30.

[33]  Bainville.

[34]  Lugones, p 91.

[35]  Ibíd., pp 101-102.

[36]  El Evangelio de Jesucristo, Domingo 22 después de Pentecostés, pp 359-360.

[37]  Chesterton, La Nueva Jerusalén, Ágape, Buenos Aires, 2008, p 60.

[38]  Como una esfera [celeste] está sometida al influjo de la esfera superior.

[39]  Las Ideas de Mi Tío el Cura, Excalibur, Buenos Aires, 1984, pp 27-28.

[40]  “Glosas del Tiempo”, en Tribuna (diciembre de 1945 o enero de 1946).

[41]  San Agustín y Nosotros, Cap VII – El Prejuicio Idealista, Jauja, Mendoza, 2000, p 145.

[42]  Psicología Humana, Cap VI-El Carácter.

[43]  Belloc, Las Grandes Herejías (cita a Hoffman Nickerson).

[44]  El Apokalypsis de San Juan, pp 47, 39-40.