CAPÍTULO V – GRECIA
Los Orígenes
Creta fue el asiento de la primera civilización europea; protegida de las invasiones por el mar, que al mismo tiempo la estimulaba al comercio con otros pueblos y recibir así el influjo de la Mesopotamia, Egipto y del Asia Menor, pudo desarrollar una cultura que floreció a partir del 2300 a. C., mas luego inició la decadencia, causada quizá por desastres naturales.
Los primeros griegos que, desde el norte, llegaron a la Hélade (entre el 2000 y el 1600 a. C.), fueron los aqueos; se establecieron en el Peloponeso, donde fundaron una liga cuya ciudad principal fue Micenas –por ello también son llamados micénicos– y desde allí invadieron Creta. Con el tiempo aqueos y pelasgos (la población autóctona) se fusionaron.
Hacia el 1260 a. C. los reyes aqueos sitiaron Troya y la destruyeron tras una larga contienda, cuyo origen atribuye Homero al rapto de Helena por Paris, hijo del Rey de Troya; veremos inmediatamente el sentido espiritual de la leyenda, pero la causa inmediata fue que la situación estratégica de Troya –controlaba el acceso al Mar Negro– impedía la expansión del comercio griego.
Cinco siglos después, en la segunda oleada, los dorios fundaron Esparta, en Lacedemonia (Peloponeso) y extendieron su dominio a casi toda Grecia, aunque no pudieron conquistar Atenas. A diferencia de los aqueos, los dorios no se mezclaron con los aborígenes, sino que constituyeron una minoría cerrada y opresora. Sus tropelías causaron el desplazamiento de las otras tribus griegas: los aqueos al norte del Peloponeso, los jonios al sur de la costa occidental del Asia Menor, y los eolios al norte de Jonia.
La Edad Oscura
El colapso del antiguo orden marcó el inicio de la Edad Oscura, que se prolongó hasta el 800/700 a. C; aunque disminuyeron la población y la riqueza, en este tiempo al parecer infecundo se produjeron dos hechos de suma importancia.
En primer lugar, la organización sólo fue posible en el nivel local y así surgieron ciudades –edificadas en lugares elevados para facilitar su defensa– con un pequeño territorio adyacente, cada una de las cuales constituía un Estado (polis) gobernado por una aristocracia guerrera y terrateniente. La ausencia de un gobierno único en la Hélade se explica en gran parte por sus características geográficas: el terreno en gran parte abrupto dificulta las comunicaciones terrestres.
Luego, esta fragmentación no fue óbice para que la Hélade tuviera una y la misma cultura, debido en gran parte a la transmisión oral (pues había desaparecido la escritura) de La Ilíada y La Odisea, que convirtieron a Homero en “el primer educador de Grecia. […] El mundo griego resumido en la Ira de Aquiles y la Vuelta de Ulises. Los dos tipos humanos: el valor y la prudencia. […] El ideal de vida griego en el fondo del poema: los griegos lucharon en realidad por su ideal de vida que vino a chocar con otro ideal incompatible. «Paris, hijo de Príamo, Rey de Troya, raptó…» Sofrosúne: sapiencia, prudencia, moderación, templanza, castidad, modestia, pudor. Sófron: corazón sano, equilibrio, dominio de sí mismo derivado del ver las cosas como son”[1].
“Vosotros creéis que toda guerra defiende un territorio, unas fronteras y las riquezas contenidas adentro. Pero sabed que además de eso, en toda guerra justa los varones defienden en abstracto una manera de vivir que en el fondo depende de una idea religiosa del mundo, y en concreto, defienden sus propios hogares, organizados de acuerdo a esa idea religiosa. Toda gran guerra nacional es «pro aris et focis», por los altares y los hogares, como decían los romanos, y por eso Don Leopoldo Lugones dice que toda gran guerra es una guerra religiosa, lo cual da al soldado ese carácter cuasi religioso que le reconoce el paganismo y que teoriza el Conde José de Maistre”[2].
Los Dioses
La religión griega carecía de dogmas; se limitaba al culto de dioses que representaban las fuerzas del universo; gozaban de la inmortalidad por el consumo de la ambrosía, sobre cuya naturaleza no hay acuerdo; tenían las pasiones propias de los hombres, por lo cual, en La República, Platón acusa a Homero de haber calumniado a los dioses. Les dirigían oraciones y ofrecían sacrificios para obtener su favor, y consultaban oráculos –el más conocido se encontraba en Delfos, al pie del monte Parnaso– para conocer el futuro o recibir consejo sobre cuestiones graves.
En la cima del panteón se hallaba Zeus, “padre de los dioses y los hombres”, de cuya cabeza nació, ya adulta, Atenea, diosa de la sabiduría –claro indicio de la Revelación Primordial deformada luego por los paganos–; Apolo era el dios de la luz, al que se contraponía Dioniso, quien otorgaba el éxtasis por el abandono a las fuerzas irracionales; Ares (Marte) era el dios de la guerra, etc.
Las principales fiestas religiosas eran las Panateneas, las Dionisias –que dieron origen al teatro– y los Juegos Olímpicos, celebrados cada cuatro años; ya antes de su inicio y durante su transcurso se establecía la “Tregua Sagrada”, para que atletas y espectadores pudieran llegar sin riesgo a Olimpia, en el Peloponeso. Las oraciones y sacrificios tenían por fin obtener el favor de los Inmortales, y consultaban oráculos –el más conocido se encontraba en Delfos, al pie del monte Parnaso– para conocer el futuro o recibir consejo sobre cuestiones graves.
Además, cada familia rendía culto a los antepasados frente al hogar, el altar doméstico cuyo fuego debía arder siempre para simbolizar la vigencia del espíritu ancestral. Por ello distinguían al “sunéstios” (perteneciente a la estirpe y con derecho a participar en la liturgia hogareña y en las libaciones) del “énoikos”, simple morador de la casa.
El Ocaso de la Aristocracia
Hacia el 750 a. C. el aumento de la población llevó a las ciudades a fundar colonias en Macedonia, las costas del Mar Negro, sur de Italia, Libia (Cirene), Francia (Marsella, Niza) y España (Ampurias, Sagunto y otras). La expansión aumentó el volumen del comercio, que superó como fuente de riqueza a las posesiones agrícolas de los aristócratas, lo que permitía vislumbrar conmociones políticas.
A ello se sumó un cambio militar decisivo: hasta entonces habían combatido los nobles, pero gradualmente, a partir del siglo VIII a. C., la fuerza principal del ejército fue la infantería pesada (falange), integrada por hoplitas, pequeños propietarios y artesanos, quienes podían aspirar al ascenso social ya que eran indispensables para la defensa de la comunidad.
El descontento provocó revueltas, y en muchas ciudades el gobierno pasó de la clase oligárquica a tiranos, que por lo general no fueron déspotas, sino que llegaron al poder con el apoyo de los ciudadanos y promovieron los intereses de la polis.
Esparta
A la Edad Oscura siguió el período arcaico, en el que se consolidaron como ciudades más importantes de la Hélade Esparta y Atenas. La primera desdeñó la expansión marítima y se concentró en el dominio del Peloponeso.
Licurgo (ca. 750 a. C.) fue su primer legislador: transformó la Monarquía en Diarquía asesorada por un Consejo de ancianos y por Éforos (eforáo: supervisar); para mantener el estilo riguroso de vida prohibió el lujo y la circulación de monedas de oro o plata. Hizo de Esparta “un campamento de soldados en continua campaña (ilotas[3], periecos[4]). […] Vida militar, las comidas comunes, el trato con los adultos, el laconismo y el aguante, la amoralidad de la guerra: «necessitas caret lege», los ejercicios propiamente militares, la danza y el canto dórico. […] Fruto: la invención de la guerra como ciencia y como arte, la derrota de Atenas y el fugaz predominio de Esparta. […] Fin: corrupción más rápida, sin la flor inmortal. […] Lección de Esparta: la recogió Platón, la expuso de manera informe y por ende monstruosa”[5].
Licurgo hizo jurar a los espartanos que sus leyes no serían modificadas hasta que regresara, y luego partió, según unos a Delfos, donde se suicidó; según otros a Creta, donde se dejó morir de hambre; y de este modo las leyes espartanas se mantuvieron mientras la ciudad conservó la soberanía.
Atenas
En el 682 a. C. el último Rey fue sucedido por el primer Arconte (Jefe) Basileus (Rey) elegido por un año; luego se añadieron las magistraturas del Arconte Epónimo (encargado de la administración civil y de la justicia) y del Arconte Polemarca (atendía los asuntos relativos a la guerra); más tarde se nombraron seis Arcontes Thesmothetas (revisores de las leyes), y por último un décimo Arconte, quien oficiaba de secretario.
Los conflictos sociales arriba mencionados llevaron a que Dracón, un miembro de la aristocracia, diera un código famoso por la severidad de las penas infligidas a quienes cometían delitos, aun menores. Así mismo, dividió la ciudadanía en cuatro clases y permitió que los hoplitas tuvieran acceso a los cargos inferiores. Cuando, terminada su gestión, debió rendir cuentas de su desempeño ante un tribunal, fue desterrado por la dureza exagerada de su normativa.
En el 594 a. C. el Areópago, Consejo de los Ancianos, integrado por Exarcontes, dio facultades a Solón, un aristócrata apreciado por el démos (pueblo), para introducir una reforma de las leyes. Mitigó las prescripciones draconianas, canceló hipotecas y deudas, con lo cual obtuvieron la libertad los encarcelados por incumplimiento de sus obligaciones y devolvió a los campesinos las tierras usurpadas por los aristócratas.
Creó el Consejo (Boulé), formado por representantes de cada una de las cuatro tribus, cuya misión era preparar las cuestiones que debería tratar la Asamblea (Ekklesía), ocuparse de las finanzas públicas y controlar la gestión de los magistrados. Dividió la sociedad en cuatro clases según el nivel de rentas de los ciudadanos y no según la estirpe (timocracia). Este régimen imponía a los más ricos las mayores contribuciones fiscales, pero también reservaba para ellos los cargos más altos. Aunquec esta reforma aumentó la participación del pueblo en el gobierno de la polis, la aristocracia continuaba teniendo en sus manos las riendas del poder.
En 561 a. C. Pisistrato dio un golpe y se convirtió en el primer Tirano ateniense, pero los nobles reaccionaron y debió huir. Mas la continuidad de las luchas sociales hizo que, quince años después, fuera nuevamente llamado al gobierno, que mantuvo hasta su muerte (528 a. C.) Fue un tiempo de holgura, favorecida por la supresión de los latifundios, que se transformaron en pequeñas propiedades de agricultores; y por la creación de una poderosa marina, con la que inició una solapada expansión naval que daría a Atenas no sólo una gran prosperidad, sino sobre todo la hegemonía de la Hélade. Construyó un enorme pórtico de mármol, la majestuosa entrada principal de la Acrópolis, templos, palacios, el acueducto. Como la transmisión oral estaba deformando los poemas homéricos, mandó que fueran puestos por escrito; y, advirtiendo que la excelencia cultural ayudaría a conquistar la primacía política, sus abundantes dádivas hicieron que muchos intelectuales se instalaran en la ciudad del Ática, que pasó a ser “la Hélade de la Hélade”[6].
Pisistrato fue sucedido por sus hijos, Hiparco y Hipias, cuya forma de gobernar despertó la animadversión del pueblo. El primero fue asesinado, y, en el 510, el segundo debió exilarse a causa de una rebelión liderada por Clístenes, quien a pesar de su condición aristocrática determinó que la soberanía pertenecía al conjunto de ciudadanos –una minoría de la que estaban excluidos los extranjeros, los esclavos, los varones menores de 18/20 años y las mujeres– iguales ante la ley (isonomía), y de este modo instauró la democracia ateniense.
Transformó la Boulé de Solón en el Consejo de los Quinientos, integrado por cincuenta representantes (bouleutas) de las ahora diez tribus en las que pasó a dividirse la población del Ática. La Asamblea del Pueblo se convirtió en el centro del poder, ya que elegía los jefes militares, los jueces, decidía sobre la guerra y la paz, consideraba las propuestas de leyes que cada ciudadano tenía derecho a presentar, y condenaba al destierro a quienes representaban un peligro para la ciudad –sentencia que fue aplicada en primer lugar a Clístenes…
Las Guerras Médicas
El Imperio Persa conquistó Egipto en 525 a. C. y luego las ciudades griegas del Asia Menor. Éstas se rebelaron en 499 a. C., y Atenas, que, en el dominio persa del Mediterráneo oriental, veía amenaza a su comercio, decidió apoyarlas. Pero, insistimos, no se trató únicamente de una cuestión mercantil, pues en el invasor los griegos descubrían un espíritu inconciliable con el propio.
En 491 a. C. Darío I envió embajadores a las ciudades griegas exigiendo “tierra y agua” como muestra de sometimiento; los atenienses dieron satisfacción a esta exigencia de un modo insólito: arrojaron a los embajadores a un pozo; también los espartanos mataron a los enviados del Gran Rey.
El año siguiente los persas desembarcaron en el Ática. La ruina de Atenas parecía segura, ya que no pudo contar con el auxilio de los espartanos –a quienes una fiesta en honor de Apolo les impidió tomar parte en la lucha– ni de las demás ciudades griegas, que, con excepción de la casi insignificante Platea, se mantuvieron neutrales. En el verano y contra toda esperanza, 10.000 hoplitas dirigidos por Milcíades aplastaron a los bárbaros en Maratón.
La muerte impidió a Darío lavar la deshonra, mas su hijo y sucesor Jerjes I tomó sobre sí esta faena, y en el 480 a. C. lanzó la segunda invasión, pero entonces los griegos estaban preparados. Casi todas las polis formaron una coalición encabezada por Esparta y Atenas; y, en la ciudad del Ática, Temístocles convenció a los ciudadanos de formar una flota de trirremes para enfrentar a los persas en el mar.
Las tropas de Jerjes cruzaron el Bósforo, marcharon hacia el oeste por Tracia y hacia el sur atravesando la Tesalia, pero el camino al Ática exigía pasar por el desfiladero de las Termópilas, defendido por trescientos espartanos a las órdenes del Rey Leónidas. Un explorador le dijo que el ejército persa era tan numeroso que, cuando disparaban sus flechas, oscurecían el cielo; y el Rey le respondió: “Mejor, porque así lucharemos a la sombra”. La muerte de los espartanos no fue inútil, pues dio a los atenienses tiempo para refugiarse en la cercana isla de Salamina, mientras que la ciudad fue incendiada por los asiáticos.
El día siguiente Temístocles atrajo la flota persa a los canales de Salamina, donde los grandes navíos de los invasores maniobraban con dificultad y resultaron presa fácil de los trirremes atenienses. Jerjes volvió a su patria, pero en el continente quedaban su infantería y caballería, comandadas por Mardonio. En el 479 a. C., la coalición griega liderada por el espartano Pausanias obtuvo la victoria de Platea; y al mismo tiempo Temístocles y el Rey espartano Leotíquidas acabaron con el resto de la flota persa en la batalla de Micala, frente a la costa jonia, devolviendo la libertad a las ciudades griegas del Asia Menor.
El Siglo de Pericles
En el 478 a. C. se estableció la Liga de Delos, así llamada porque sus integrantes se reunían en esa Isla, situada en el centro del Egeo y santuario de toda Grecia por un famoso templo de Apolo. La alianza, encabezada por Atenas, estaba formada por 150 polis –con el paso del tiempo su número aumentó a 330– cuyo objetivo era aprestarse para resistir eventuales agresiones persas.
La potencia militar y el florecimiento comercial de Atenas fueron acicate para que la ciudad cayese en la falta vituperada por sus grandes trágicos: la desmesura, que la convirtió en un Estado imperialista. Sometió a las otras ciudades de la Liga, les arrancó tributos, les prohibió acuñar su propia moneda y, en el 454 a. C., se apoderó del tesoro conservado en el templo de Delos y lo usó para reconstruir la ciudad.
Atenas sabía que la obtención de la hegemonía exigía vencer a Esparta, cuya infantería no tenía rival en la Hélade. Para despejar esa amenaza fueron reforzadas las murallas que protegían a la ciudad, y luego, construidos “los muros largos” a lo largo del camino que la conectaba con su puerto, el Pireo, y con ello creyeron asegurar el aprovisionamiento para el futuro conflicto. Pero olvidaban que las murallas de la ciudad comienzan a derruirse desde adentro… Preservados de este modo contra los hoplitas dorios, confiaban que la superioridad de su flota les daría el triunfo sobre Esparta, la cual también encabezó una Liga: la del Peloponeso.
Ambas ciudades incurrieron “en la idiotez motejada por Aristóteles de pensar que una Constitución que tiene éxito en un lugar, lo tendrá en todos –aunque tengan costumbres diferentes”[7]; “grave error político que ha minado a fondo la estabilidad de las Polis griegas […]: «las potencias hegemónicas (Atenas y Esparta) han tratado de imponer sus regímenes sin más discriminación: los que tuvieron la hegemonía de la Hélade, mirando sólo en su propio régimen, establecieron en las otras Polis griegas, los unos democracias, los otros oligarquías, sin tener en cuenta las conveniencias de las Polis, mas sólo las suyas propias» (Política, IV-VI, Santo Tomás, 11, 1296, a)”[8].
La avidez de poder y el turbio manejo de los de los asuntos económicos llevó al destierro de Temístocles, sucedido por el hijo de Milcíades, Cimón, quien veía el enemigo de Atenas en Persia, y por tanto buscaba el entendimiento con Esparta; mas también él cayó, en el 461, por obra de la facción democrática, opuesta al acuerdo con la potencia rival.
El gobierno recayó en Efialtes, pronto asesinado por la oligarquía, y entonces (460 a. C) fue elegido Pericles, líder del partido democrático pese a su ilustre ascendencia, y conductor de la polis durante treinta años. En ese período los escultores Fidias, Mirón y Policleto, y los arquitectos Ictino y Calícrates, secundados por muy hábiles artesanos convirtieran a Atenas en el santuario de la belleza.
El apogeo ha sido atribuido al régimen democrático, mas esto sólo en parte es verdadero:
“El pueblo [no] era numeroso y podía reunirse, con cierta facilidad, en el ágora, para resolver por sí mismo los asuntos del gobierno. Además, la masa de ciudadanos libres que formaban el pueblo propiamente dicho no se ocupaba en trabajos serviles y disponía de la totalidad de su tiempo ora para estudiar, ora para informarse de los asuntos públicos. Semejante conjunción de felices circunstancias hicieron que Atenas adoptara y practicase con verdadero éxito –en algunos momentos de su historia– la forma de gobierno llamada democracia. «Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», según la conocida definición de Pericles. […]
“Aristóteles comprueba y enseña […] que fue el genio ateniense en proceso de libre expansión; la autenticidad de su vida; la fuerza creadora aplicada a la producción de obras nuevas; la invención de un estilo político propio en todo distinto del estilo del antiguo Oriente, la verdadera causa de la grandeza de Atenas y no precisamente la implantación de la democracia. Con su juvenil vitalidad, con el tesonero empeño y trabajo de sus hijos aplicados a realizarse en todos los sentidos y posibilidades de su ser, con eso llegó Atenas a ser rica, poderosa, original y envidiable. Sin la democracia, aquella genialidad hubiera llegado a ser lo mismo”[9].
La Primer Guerra del Peloponeso se libró entre ca. 460 y 446 a. C.,y quedó en tablas, pues la Paz de los Treinta Años, que marcó su fin, mantuvo el statu quo. No fue más que una tregua, porque 15 años más tarde, estalló la Segunda Guerra, que resultó una victoria total de Esparta. El plan ateniense habría tenido éxito si la excesiva población refugiada en la ciudad no hubiera sido azotada por la peste, que, entre muchos otros, se llevó a Pericles (429 a. C.). La contienda terminó en el 405 a. C. con la destrucción de la flota ateniense en Egospotamos, y la rendición de la ciudad del Ática el año siguiente.
Esparta impuso el gobierno oligárquico de los Treinta Tiranos, caracterizado por su rigor extremo: ejecutaron alrededor de 1500 ciudadanos, aplicaron el ostracismo, la confiscación. El partido democrático reaccionó y su jefe, el Estratega Trasíbulo obtuvo el poder, mientras los Treinta debieron refugiarse en Eleusis.
Lo que siguió resultó tan malo como lo anterior, pues el orden prudencial fue barrido por el capricho del pueblo transformado en masa; el caos por fuerza condujo a un nuevo despotismo. El ejemplo más claro de la confusión es la sentencia de muerte dictada contra Sócrates, el hombre más justo y más sabio de la ciudad[10].
Prosigamos con la apreciación de Castellani sobre la democracia ateniense:
“La democracia tuvo en Atenas el destino prosaico de cualquier forma de gobierno a la que deja de nutrir savia fecunda de un quehacer original y efectivo. La generación de Aristóteles fue la que asistió a la quiebra y caída de la democracia.
“Vida sin originalidad no es vida.
“Si la intervención de la mayoría en el seno de las asambleas populares dio la pauta en asuntos políticos –y la dio con acierto en momentos en que predominaba en su seno el genio de un Pericles– fuerza es reconocer también que abundaron los demagogos sin conciencia que empujaron a las masas cada vez más lejos, cada vez más bajo.
“Por defecto de la democracia, un político tan moderado como Pericles se vio obligado a hacer a la plebe grandes concesiones, más grandes que las que convenía y que él mismo deseaba hacerle. Pero, aun prescindiendo de esto, la multitud que llenaba las asambleas populares, estaba muy lejos de poseer la madurez política que la hubiera capacitado para emitir juicio propio en torno a las cuestiones de índole internacional y de administración interna que le eran sometidas. Sin embargo, por imperio de la democracia, era la multitud la que debía resolver sin apelación. Así fue como sucedió la inevitable: llegó a convertirse la masa en dócil instrumento de los que por medio de la adulación llegaban a inspirarle confianza. La falta de visión de unos y la errada conducción de los otros bastó para que en poco más de medio siglo la democracia perdiera su prestigio y llegara a convertirse en instrumento de ruina y muerte. Esto es lo que enseña la historia de Atenas.
“Porque al querer Atenas aferrarse a una forma de gobierno única e inmolar a ella como a un ídolo todas las otras creaciones vitales de su genio, agostó las propias fuentes de la vida, y libremente se condenó a decaer y morir. Sólo la autenticidad vital es salvadora y fecunda: sólo la práctica de una libertad inteligentemente administrada y dirigida posibilita la expansión del espíritu creador y permite a las naciones encumbrarse hasta inscribir su nombre en el pináculo de la gloria”[11].
“Todos los desastres visibles provienen siempre de algún desastre invisible”[12]. No es casual que en esta época hayan triunfado en la ciudad la sofística, que enarboló la consigna definitiva del subjetivismo: “el hombre es la medida de todas las cosas”, ya que la inteligencia “libre” impone el significado al ser. El individualismo extremo implícito en esta afirmación de Protágoras suprime de raíz la posibilidad de convivencia. Castellani afirma que el pecado que dio muerte a Sócrates en Atenas fue el mismo que mató a Cristo en Jerusalén, el odio a la Luz.
Sabemos que el origen de la desmesura es el Pecado Original, pero ello no impide que podamos encontrar una razón particular de la ruina ateniense: el poder, primero de los nobles y luego de la multitud, carecía de legitimación religiosa. Castellani conservó entre sus papeles especulaciones de Soloviev relacionadas con esta cuestión:
“Reconozcamos […] que la idea de la Teocracia Trinitaria, es decir, de la cooperación orgánica y de la armonía moral entre los tres poderes dirigentes de una sociedad completa (religión, filosofía y hombres de acción), esta idea, del todo extranjera a los Hindúes y a los Helenos, estuvo presente siempre en la conciencia de Israel. […]
“El origen de la cultura hindú es señalado por el predominio de la clase sacerdotal, representante del pasado y la tradición comunes; mas los orígenes de la Hélade histórica están marcados por el contrario por la dominación de la parte activa de la sociedad, los guerreros… Si la superioridad de este elemento social fue en el comienzo eminentemente favorable al progreso de todas las actividades humanas, la cristalización de la clase militar en Polis o Estados no dejó de volverse más tarde un peligro y un obstáculo al libre movimiento del espíritu nacional, y determinó su carácter revolucionario. Una sociedad centrada en un solo cuerpo político exclusivamente, necesariamente degenera en un despotismo, cualquiera sea por lo demás la forma de su gobierno.
“Los hombres de la actualidad, los hombres «prácticos» que gobiernan los Estados absolutos (Repúblicas o Monarquías) no creen en el pasado y temen el porvenir. Por lo demás, careciendo de verdadera piedad y verdadera fe, admiten a la vez como inofensivos y aun útiles a los representantes de la tradición religiosa, a condición de que permanezcan inactivos: dan un lugar de honor a un sacerdocio oficial, para dominar a la masa ciega por un lado; y por el otro, para que sirva de complemento decorativo al edificio del Estado omnipotente. Pero alimentan un odio implacable a todo movimiento religioso libre y espontáneo (es decir, real), a todo lo que abra el alma humana a perspectivas nuevas, a todo lo que debe acercar a la humanidad a su término ideal. El gobierno ateniense, por más «democrático» que fuese, necesariamente debía desterrar a Anaxágoras y envenenar a Sócrates…
“Este antagonismo entre la actualidad nacional, representada por las repúblicas griegas, y el pensamiento superior y el porvenir de la nación, representados por el idealismo griego; esta lucha entre el Estado y la Filosofía, fue fatal al uno y al otro…” (Rusia y la Iglesia Universal)”[13].
Volveremos sobre esto para ahondar en su consideración.
La razón griega fue impotente para saciar “la sed de la Sabiduría”, natural al hombre[14]. Sócrates superó “la religión de los paganos. […] Tal como estaba[15] en los paganos, era una religión perversa: […] la mente se escabulle de la trascendencia y se asienta en sí misma, «la quietud incestuosa del alma asentada en su última diferencia» (Claudel). […]
“Sócrates arrojó la mitología griega […] y no llegó a la religión B. Chocó con el misterio, se halló con una gran oscuridad, y eso es, según K[ierkegaard], el sentido de la célebre frase: «Sólo sé que no sé nada». Es posible que hoy día haya muchos incrédulos de buena fe que estén en este estado; por ejemplo, el escritor Camus”[16].
Cuando Aristóteles escribe sobre el Primer Motor, la Inteligencia infinita que se contempla a sí misma, prorrumpe en un himno que, sin embargo, no oculta la agonía del alma cuya aspiración excede su capacidad natural y debe conformarse con migajas de la vida suprema: la existencia de Dios es “como la mejor para nosotros durante corto tiempo (pues aquel ente siempre es así, para nosotros, en cambio, esto es imposible), puesto que su acto es también placer. […] Esto [el acto de conocimiento] es lo divino que el entendimiento parece tener, y la contemplación es lo más agradable y lo más noble. Si, por consiguiente, Dios se halla siempre tan bien como nosotros algunas veces, es cosa admirable; y, si se halla mejor, todavía más admirable. Y así es como se halla. Y tiene vida, pues el acto del entendimiento es vida, y Él es acto. Y el acto por sí de Él es vida nobilísima y eterna”[17].
Sófocles, empero, vislumbra la posible superación de esta agonía: la desgracia infligida por Creonte a Antígona se retuerce sobre el Rey de Tebas. “La ruina de Creonte es el resultado de la némesis de los dioses. Esta némesis no es en modo alguno una fuerza ciega, envidiosa de la felicidad de los hombres; era una némesis santa, que había asumido la venganza de derechos sagrados e inviolables […]
“¿Por qué debía Creonte cegarse y correr a su perdición? La respuesta sólo puede ser: misterio del egoísmo humano y de la ilusión creada por el culto del yo.
“¿Por qué debía Antígona perecer? […] Riqueza misteriosa del sacrificio. Ésta no es la respuesta literal de Sófocles. Pero es la única y verdadera respuesta, el mensaje que Sófocles había entrevisto y que ha tratado de comunicárnoslo, sin lograrlo plenamente. La Revelación preparaba sus caminos. Dios nunca ha abandonado a la humanidad”[18].
El ejemplo más claro de la aptitud del pensamiento helénico para que el hombre posea un atisbo de la Verdad Suma es el Prólogo del Evangelio de San Juan, que emplea un término capital de la filosofía griega: “Lógos” para exponer la misteriosa Vida de Dios.
“«Lógos» significaba en ese tiempo para los griegos «palabra, razón, conocimiento, comprensión, sentido, ciencia, cordura, sabiduría…» Era un concepto sumamente comprensivo y sumamente prestigioso –cuasi mágico– en los medios helenísticos, cultivados en la filosofía de Heráclito, de Platón y de Filón de Alejandría. […]
“El «Lógos» de San Juan es una persona divina que se encarna en un hombre; y que no solamente está en (el seno de) Dios sino que está con o cabe Dios; puesto que el verbo «era» (eén) significa identidad en griego y la preposición «cabe» (pará) significa una distinción. La inteligencia de Dios tiene en Dios una vida personal, tanto que pudo bajar a la tierra y hacerse hombre: «y el Verbo se hizo carne y habitó entre (y en) nosotros»”[19].
“¡Oh Maestros todos que en la aurora de la Hélade, antes de mí
Para la Humanidad y para mí,
Forjasteis estos cables de bronce
Para mi red…! ¡De cuánta gratitud
Deudor! Nadie nos hace un bien mayor
Que aquél que del error
Nos sube a la Verdad y Plenitud.
¡Sabios de Grecia! ¡Que vuestra virtud
En mí renazca renovada flor
De intelectual eterna Juventud!”[20].
El Helenismo
La hegemonía espartana, sin embargo, fue breve, pues en el 371 a.C. sucumbió a la nueva técnica de combate desarrollada por Tebas, cuya preponderancia resultó igualmente fugaz, ya que en la batalla de Mantinea (362 a. C.) perdió a sus mejores estrategas, Pelópidas y Epaminondas, y pronto debió ceder ante la expansión macedonia, que se consolidó con la victoria de Filippo II en la batalla de Queronea (338 a. C.) contra una alianza de polis encabezada por Atenas y Esparta. Sometida la Hélade, el Macedonio decidió concretar su proyecto de atacar a los Persas; pero fue asesinado, y el plan quedó en manos de su hijo, Alejandro Magno (356-323 a.C.).
El joven caudillo derrotó a los sátrapas persas en Gránico (334 a. C.), el año siguiente venció a Darío III en Issos, se dirigió a Egipto, donde fundó Alejandría, avanzó hacia la Mesopotamia y derrotó una vez más a Darío en Arbelas (331 a.C.) Coronado Rey del Asia, avanzó hasta la India y en Hidaspes (326 a.C.) venció a Poros, Rey de Paura, en el actual Paquistán. Se proponía conquistar el interior de India, pero su ejército, exhausto, se negó a seguirlo. Murió tres años después a consecuencia del paludismo.
Aunque el Imperio del macedonio se fragmentó, quedó en pie su obra cultural. Pese al consejo de su maestro, Aristóteles: “trata a los griegos como hombres libres y a los bárbaros como esclavos”, Alejandro había procurado que en sus dominios se fusionaran elementos griegos y orientales, lo que permitió la aparición de nuevos centros de cultura (Alejandría, Antioquía, Pérgamo) que eclipsaron la hasta entonces indiscutible primacía de Atenas.
Al imponerse en este amplio territorio el griego simplificado (κοινή, “común”), el Imperio euro-asiático de Alejandro, quedó en condiciones de recibir en el futuro la revelación neotestamentaria, puesta por escrito en griego.
El tesoro de la cultura griega llegó al Mediterráneo occidental y a gran parte del centro y norte europeo por obra de Roma, que, después de haber sojuzgado a los helenos, asimiló la filosofía, literatura y artes plásticas de éstos. “La Grecia conquistada conquistó a su fiero vencedor e introdujo las artes en el agreste Lacio”[21].
CAPÍTULO VI – LA CIUDAD DE LAS SIETE COLINAS
Mansos y Poderosos
El origen de la Urbe, elegida por Dios como eje de la cultura del mundo[22], se remonta al 753 a. C., casi contemporáneamente con la manifestación de la profecía en Israel. Aunque la Ciudad cayó primero bajo dominio etrusco y luego fue saqueada por los Celtas, tuvo fuerzas para rehacerse y en el 275 a. C. era señora de Italia.
La fragua de las virtudes que permitieron a Roma infundir su espíritu a tantos pueblos fue la religión. El universo da testimonio de un poder que mantiene las cosas en su quicio, al cual el hombre de recta conciencia se somete para encontrar su misión en esta vida y librarla así de la ruina. Virgilio pone la piedad como característica de Eneas, fundador del pueblo romano[23], y los compañeros del Caudillo participan de esta virtud eminente[24].
“La palabra religio, que Cicerón tiene por característica particularmente romana, significa estrictamente una cuidadosa atención, una sujeción, a las manifestaciones de lo divino. Ella es una palabra positiva, cuyo negativo es negligo (desatender)”[25].
Los habitantes del Lacio aceptaron, según afirma Varrón, 30.000 “númina”: poderes vinculados con las acciones y objetos cotidianos, por medio de los cuales dichas fuerzas indicaban al hombre qué debía hacer para conformarse con el orden divino. Y en el siglo VI a.C. Roma recibió de Grecia por medio de los etruscos las doce deidades olímpicas, poseedoras de forma humana y precisas genealogías.
El culto principal de los romanos se dirigía a los “Lares” o dioses del Hogar, “Penates” protectores de la familia y “Manes”, las almas de los muertos:
“Los etnólogos enseñan que el culto de los muertos es la forma de religión más primitiva, […] el necesario rito de la ligazón colectiva, que hace la sociedad posible. Una creencia común, que por trascendental cubra las diferencias contingentes individuales, es el cemento indispensable de una sociedad; y la creencia de que el hombre no muere del todo y después de esta vida mortal «hay justicia», es la más rudimentaria, instintiva, indestructible de todas”[26].
“Ese culto estaba ligado al del fuego sagrado que ardía en el Hogar: el jefe de la familia debía procurar que esa llama nunca se extinguiera ni fuese contaminada con elementos impuros. El culto de los muertos era la clave de la familia romana, pues sólo tenían derecho a llevar a cabo esos actos los descendientes del antepasado: de ahí la necesidad de engendrar hijos varones, sacerdotes del Hogar. La familia tenía por finalidad suprema impedir que los Manes se vieran privados de la liturgia doméstica. La esterilidad de la esposa hacía que el marido se divorciara de ella, y si la esterilidad afectaba al varón, su pariente más próximo debía dar hijos a la mujer”[27].
Esa liturgia no sólo expresaba la fe en la vida de ultratumba, sino también la vigencia de los difuntos, cuyo genio inspiraba a sus herederos; de este modo la familia superaba la caducidad del individuo y persistía en las distintas generaciones:
“La solidaridad con el grupo comunitario recibió el nombre de «pietas» o patriotismo. Cuando se formó la Urbe, los miembros de las familias fundadoras extendieron su «pietas» a toda la ciudad”[28].
Así el culto doméstico, prolongado en el de la Urbe, fue el vehículo de “la transmisión vital en el seno de una familia o cuerpo moral de cosas fundamentales para esa familia o cuerpo”[29], los “mores maiorum” o costumbres de los padres, que llamamos “Tradición” y en este caso fue “Románitas”: la Romanidad.
Horacio dijo que el sometimiento a los Dioses era la causa de la hegemonía latina, ya que todo principio y fin viene del Cielo[30]. Tal dominio tenía por fin hacer posible la convivencia de diversos pueblos en un Estado bajo el imperio de la Ley, expresión de “un ordenamiento eterno e inquebrantable de las relaciones humanas, independiente del arbitrio de los magistrados y de las asambleas populares”[31]. De este modo, la “paz romana” concretó la vocación del Padre fundador: Rómulo, sacerdote y legislador.
La preeminencia de ese pueblo no se debió únicamente a las armas, “que venían en segundo lugar y en caso forzoso”[32]; el señorío de los latinos fue obtenido sobre todo gracias al sentido de la justicia y benignidad con sus amigos y aliados:
“El Imperio más glorioso que ha existido, Roma, el Imperio Providencial por excelencia, fue manso cuando se formó; no hay que engañarse con las degeneraciones posteriores que justamente coinciden con su desintegración y ruina. Según la Escritura (en el Libro I de los Macabeos, c VIII), los primeros Romanos fueron mansos y benignos, pueblo de agricultores y no de guerreros, que no guerreaban por medio de mercenarios sino de ciudadanos, y no guerreaban sino por necesidad; que cumplían su palabra, «concedían todo lo que se les pedía»… y en consecuencia eran «fuertes y potentes». El hagiógrafo dice que los Romanos mantenían sus posesiones no con el terror, la crueldad o el rigor de las armas, sino «consilio et patientia» –notable palabra– con su inteligencia política y su mansedumbre”[33].
Las Guerras Púnicas y Sus Consecuencias
Al dilatar sus fronteras y aumentar su influjo en el Mediterráneo la Ciudad de las Siete Colinas debió encararse con un emporio que se levantaba en la costa africana justo frente al Lacio: Cartago (“Ciudad Nueva”), fundada alrededor del 820 a. C. por fenicios oriundos de Tiro.
Los cartagineses “no eran primitivos ni groseros. Su civilización, era, por el contrario, suntuosa, madura y refinada, y muy superior en las artes de la vida a la de los romanos”[34]. Pero los habitantes de la ciudad africana adoraban a Moloc, y para que los bendijera sus empresas comerciales, buscaban el favor del ídolo arrojando muchos de sus hijos al fuego que ardía en el vientre de su estatua[35]. “Cerca del foro se alzaba el templo de Tofet, donde se han descubierto miles de estelas y de urnas que contenían esqueletos de niños calcinados”[36].
Aunque había otros intereses en juego, fue el ideal de la fuerza y la prudencia al servicio de una civilización humana (no exenta de las miserias paganas) lo que llevó a los romanos a luchar con Cartago en tres guerras (264-146 a. C.), al fin de las cuales el emporio africano fue destruido y sus habitantes esclavizados.
La segunda de esas contiendas había dado ocasión para que los romanos desembarcaran en España. La Urbe convirtió a Grecia en un Protectorado en el 146 a.C.; en el siglo siguiente, las legiones de César iniciaron la conquista de las Galias, que concluyó con la derrota de Vercingetórix en el 52 a. C; dos años después comenzó la ocupación de Inglaterra, y Roma obtuvo así el dominio de toda Europa Occidental.
La abundancia y el ocio que siguieron a la victoria aflojaron la fibra romana. En su relato de la guerra que los romanos hicieron al númida Yugurta, cuando aún no habían corrido cuarenta años desde la destrucción de Cartago, Salustio escribe:
“Este abuso de las divisiones y partidos entre los del pueblo y el Senado, y todos los desórdenes que después se experimentaron, tuvo principio en Roma pocos años antes; y era efecto de la paz, y la abundancia de las cosas que el mundo más estima. Porque mientras estuvo en pie Cartago, el Senado y el pueblo romano administraban juntos la república con ánimo conciliador y moderación; ni entre ciudadanos se disputaba sobre quién había de sobresalir en gloria o en el mando: el miedo del enemigo hacía que los miembros de la ciudad cumplieran su deber. Pero cuando este peligro desapareció, se apoderaron de ella la soberbia y el desenfreno, males que acarrea generalmente la prosperidad. De este modo la tranquilidad que anhelaron tanto en los tiempos críticos, una vez obtenida, fue para ellos más dura y amarga que las mismas dificultades. Porque así la nobleza como el pueblo buscaron valerse, aquélla de su dignidad, éste de su libertad, para vivir entregados a la licencia; robando unos y otros y apropiándose de cuanto podían. De esta suerte todo se dividió en dos bandos, y la República, atrapada entre los dos partidos, fue despedazada. Pero el partido de los nobles, por su estrecha unión, era más fuerte: la plebe, aunque mayor en número, por estar desunida y dividida su fuerza, podía menos. Gobernábase en paz y en guerra el Estado por el arbitrio de pocos. Éstos tenían en sus manos el erario, los gobiernos, las magistraturas, la gloria y los triunfos: el pueblo vivía oprimido con la pobreza y el peso de la guerra: los generales se apoderaban, y a pocos daban parte de los despojos militares; y entre tanto las mujeres y los hijos pequeños de los soldados eran echados de sus casas y posesiones, si confinaban con la de un poderoso”[37].
Así fue desapareciendo la Italia rural, para dar nacimiento a los enormes latifundios, como lo denuncia Horacio en su Oda contra los avaros:
“¿Qué, si hasta le arrebatas
Al lindero su tierra, y excediendo
El mojón de tu cliente
Saltas avaro? Del rechazo huyendo
Con la sórdida prole
Los padres se van, sus Lares escondiendo.
“Mas ninguna morada
Como el Orco rapaz al rico dueño
Aguarda tan segura
¿para qué llevas más allá tu empeño?”[38].
En estas circunstancias, Julio César, patricio que había soñado con adquirir un renombre semejante al de Alejandro Magno, concibió una creación política capaz de terminar con el desorden: el establecimiento de “la realeza investida por un poder sagrado, en la cual un Rey-Dios, dueño y soberano de todo y de todos, vínculo viviente, por ello, entre todos los individuos y todos los grupos, fuera árbitro supremo, dispensador del orden y de la prosperidad, garante de la cohesión social y de la continuidad del Estado. Se veía impelido hacia esa solución más por la fuerza de las cosas que por orgullo, espíritu de dominio y voluntad de poder”[39].
La oligarquía, empero, se opuso a esta reforma, pues veía amenazados sus privilegios. Hubo una conspiración dirigida por Cayo Casio Longinio y Marco Junio Bruto y el 15 de marzo del 44 a. C., al entrar al Senado, César fue asesinado y Roma se precipitó en el caos.
Tras quince años de divisiones y guerras, Octavio, hijo de una sobrina de César, y adoptado por éste poco antes de su muerte, entró triunfalmente en la Urbe y el Senado lo declaró Primer ciudadano, Pontífice Máximo y “Augusto” (Santo), término que pasó a ser sinónimo de “Emperador”.
El Imperio
Hemos visto que Aristóteles consideraba a la polis como sociedad perfecta, y no aceptaba una formación social superior a la Nación:
“Un Super-Estado, formado por varias naciones, no se admitía teóricamente; al contrario, Aristóteles en su primera Ética se esfuerza en demostrar que tal clase de organismos son falsos y artificiales; y que no son naciones en puridad, sino más bien montón de masas anárquicas, como los Escitas, o bien simples tiranías colosales, como la Persia. «Así como una nación demasiado chica, no se puede sostener soberana, una demasiado grande no se puede gobernar políticamente» –dice el Filósofo–. Como los organismos vivientes, una nación real se mantiene dentro de dos límites de magnitud, que no son flexibles indefinidamente”[40].
Pero Aristóteles especulaba en el plano racional, e ignoraba el designio de la Providencia, que, ya fue dicho, había puesto a Roma y su Imperio como cuna del Evangelio. Y la misma Historia sugería la posibilidad de esa formación política, pues, así como en los primeros tiempos el culto familiar se había extendido a la Urbe, de modo análogo la aceptación de un mismo principio trascendente permitiría a los pueblos unirse con vínculos de sangre, intereses y responsabilidades comunes, de modo que la humanidad llegase a reflejar la armonía del Universo, que la inteligencia percibe como una gran ciudad en la que todo está ordenado. Tal integración, empero, sólo sería posible por obra de una fuerza divina y esto parece haber sido revelado a la Humanidad en su origen:
“La noción de Imperio pertenece a aquellas ideas significativas, que habiendo nacido en el alba de las civilizaciones, permanecen aferradas a nuestras mentes con siempre renacidas fuerzas. […] René Guénon sostuvo que el título de Rey del Mundo se aplicó primeramente a Manu, el legislador primordial del Universo, cuyo nombre no es difícil descubrir en varios pueblos antiguos: es el Mina o Menes de los egipcios, el Menw de los celtas o el Minos de los griegos. […] Gigalmesh, legislador de la antigua Uruk, […] y el Rey Arturo se nos presentan como otras formas del mito general del Emperador o Dominador del Mundo. […] Tales prefiguraciones se encuentran en el seno de muchas culturas como un eco vivo de la tradición primordial y todas ellas pueden ser interpretadas como anuncios del Rey mesiánico que inauguraría el comienzo del Reino”[41].
“Solamente el sentimiento religioso puede hacer superar al humano el instinto nacional: esta proposición es demostrable filosóficamente como la demostró por ejemplo Bergson al final de su obra Las Dos Fuentes. La Historia, la experiencia y la razón muestran que instintiva y fatalmente el hombre ve como «bárbaro» a todo aquél de sus semejantes que dice «blablá» al hablar –o como oían los griegos y latinos «barbar». Es decir, que el habla, las costumbres y la idiosincrasia formada por los influjos climáticos y telúricos constituyen una determinación antropológica de suyo no superable, si no es por virtud de una idea-impulso de orden religioso. […] [Pero el ideal del internacionalismo] es ambiguo o doble; porque cae bajo las categorías teológicas de «religión verdadera» o «religión falsa»; o mejor dicho, herejía; porque estrictamente hablando no hay religiones falsas; hay herejías”[42].
La herejía favorece la desviación del impulso adoratorio, que brota de lo más hondo del alma, hacia el Estado como realización suprema de la razón práctica o hacia la naturaleza considerada como un todo que excluye a la gracia. Por esta causa la Providencia dispuso que la confesión de Pedro y el anuncio de la institución del Reino Mesiánico tuvieran lugar en Cesarea de Filipo[43]:
“Allí donde había un templo idolátrico levantado al César por Herodes el Grande y un antiguo templo al dios Pan[44] biforme, allí se hizo la proclama formal de la Divinidad de Cristo y la fundación de su Iglesia, entre la adoración de las fuerzas de la Natura, y la adoración del Poder político, los dos polos eternos de la idolatría”[45].
La estatolatría fue precisamente el medio elegido por el Imperio, que impuso a las naciones sometidas, cada una con multitud de dioses propios, el culto a Roma, para que la adhesión a un principio espiritual común asegurara la lealtad al Estado.
“Roma fue desde entonces la gran divinidad del género humano, ya que era ella misma el género humano divinizado. La Patria había sido siempre para los paganos la más grande de las divinidades; por eso, cuando Roma se convirtió en Patria común de todos los hombres civilizados, fue igualmente su deidad común”[46].
El carácter sagrado de la Ciudad se comunicó al Emperador; su culto, asociado al de Roma comenzó en Pérgamo en el 29 a. C. y de allí se extendió a todo el Imperio:
“Pérgamo […] era el baluarte del paganismo, una de sus fortalezas («el trono de Satán»[47]) habiendo sido la primera donde se levantó un templo al Divino Augusto (la «Primera Bestia»[48]), primer santuario de la adoración sacrílega del hombre por el hombre, que será la herejía del Anticristo. El sacerdote de Zeus Soter (Júpiter Salvador) era al mismo tiempo sacerdote del Emperador Deificado. […]
“El culto sacrílego del déspota coronado estaba apoyado y conveído por todos los cultos supersticiosos de la mitología, empezando por el de Zeus; de modo que el Emperador y Zeus hacían una sola cosa divina, que no era otra que el Imperio divinizado: especie de Trinidad monstruosa”[49].
Aunque los romanos se aferraban a la ilusión de un Imperio sin ocaso, la obra política de César y Octavio no logró curar las llagas espirituales, cada vez más profundas, de aquella sociedad, y esto era evidente sobre todo en la persona del César:
“Este dios mortal personificaba la Patria, y tenía derecho al mismo culto que se rendía a ésta. Desde las ventanas de su palacio, los dueños del mundo podían ver a la muchedumbre de los fieles arrodillados ante sus estatuas y ofreciéndoles incienso y oraciones. Se les invocaba, se juraba por ellos, se contaban sus milagros, se rendía culto a sus imágenes, y sus altares dejaban sin adoradores a los de los dioses más excelsos. […] El Emperador puede hacer lo que quiera: quodlibet licet. Está por encima de todas las leyes y no le obliga ninguna: princeps legibus solutus est. Todo es suyo, lo mismo los cuerpos y bienes que las almas. Es el árbitro de todas las existencias, la fuente de todos los derechos, la razón de ser de todo el trabajo humano. Todos los lugares de la Tierra reciben órdenes de él y le pagan tributo. Este dios probaba su divinidad haciendo cosas imposibles, es decir, monstruosas, quedando siempre por debajo de la humanidad a fuerza de querer mantenerse por encima. Como castigo apropiadísimo, el señor a quien una política pervertida daba poderes monstruosos se hacía a la vez monstruo: ¡el dios se convertía en bestia feroz!”[50].
La crueldad de Tiberio, imitada por Calígula, quien además añadió robos y extravagancias de grueso calibre, y los crímenes de Nerón mostraron el carácter ficticio de este culto. Es cierto que no todos los Emperadores fueron perversos, pero aun quienes se mostraron relativamente virtuosos fracasaron en el intento de restituir a Roma su antiguo temple moral.
Toda la grandeza de este pueblo había procedido del hogar, pero ahora la vida doméstica se hallaba cubierta de mancilla:
“En aquella Roma […] había matronas patricias que contaban los años no por el nombre de los cónsules sino por el nombre de sus maridos –según la enérgica frase de Juvenal– siguiendo en esto el ejemplo del Augusto Emperador: la tradición del «matrimonio sacro» se había destruido de raíz en el patriciado romano; y el patriciado vio con espanto la rebelión de los plebeyos. […] La institución antitradicionista del divorcio es concomitante de las luchas sociales (y esto lo descubrió y lo probó el filósofo napolitano Juan B. Vico) y […] esas dos cosas son una señal alarmante cuando aparecen en una nación, síntoma de tumor maligno. […] Cuando ese síntoma se da, ha ocurrido una cosa en el cielo, una perturbación de los principios”[51].
“Hilaire Belloc ha dado en el blanco cuando […] ha apuntado como causa profunda del «Ocaso y Caída» del Imperio Romano esa nota de la desesperación, que empezando por dominar los espíritus más videntes o sensitivos, acaba por teñir a través de la literatura y las costumbres a toda una masa humana haciéndola no sólo impotente al esfuerzo vital, más aún poseída de una sorda sed de destrucción. […]
“El hombre, misterioso animal de tres patas del enigma de la Esfinge, no puede caminar sin «afirmarse», es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que todo esto no vale nada, y el vivir no paga el gasto y es un definitivo engaño; y este sentimiento es fatalmente consecuente con la convicción de que no hay otra vida. De la religión romana se había retirado enteramente la fe cuando Virgilio la había transformado en una cantera de grandes símbolos nacionales (Modernismo Teológico) y Ovidio la estaba haciendo escenografía y vestuario de teatro erudito, material literario de Las Metamorfosis. Inmediatamente aparecen los poetas de la desesperanza, a saber: el mismo Ovidio (Tristia), Catulo y Lucrecio”[52].
“La sociedad pagana llegada al término de su evolución providencial –y de su corrupción histórica– estaba quizá en un punto de crisis insoluble a medios naturales, un fatídico «embolse» donde tanto el conservadurismo de Cicerón como la rebeldía de Catilina eran variedades de iniquidad, y en que el grito del Hombre agotado en sus recursos reclamaba la intervención de un elemento nuevo, la taumaturgia evangélica. No puede el ánimo distraerse, leyendo la evocación de Palacio, desa pintura del hombre carente de la gracia que hizo San Agustín (Cfr. Boyer, S. J., De Gratia), el cual no puede de hecho evitar el Mal mientras puede por natura distinguir el Bien del Mal –y por tanto puede desear no pecar, y no dejará de facto de pecar. Así decía San Pablo que la Ley se volvió tropiezo a los judíos, acreciéndoles la responsabilidad sin darles la caridad.
“Así como la Razón Teórica, encarnada en el pueblo heleno, tocó los confines de su poder natural con los grandes genios del ciclo platónico sin acabar para la humanidad ninguna solución filosófica segura– así parece que la Razón Práctica, sublimada en estos recios latinos al culmen del Dominio Imperial del Mundo (Cicerón y Catilina, César y Augusto, testigos impotentes y fautores inconscientes del hundirse del Coloso de Pies de Barro), la Razón Política se debió sentir entonces en el fondo de sus entrañas herida de muerte por la radical impotencia del Hombre a eternizar sus creaciones, esencialmente deiformes pero esencialmente mortales”[53].
[1] “Educación Homérica”, Apuntes de Historia de la Educación (Cuaderno 4, 1939-1944, p. 12).
[2] El Soldado y las Mujeres.
[3] Miembros del pueblo originario reducidos a esclavos del Estado.
[4] “Perioikéo”: morar en los alrededores; aunque eran de la misma raza que los ilotas, los periecos no vivían en la ciudad; eran libres, pero carecían de voz y voto en los asuntos políticos.
[5] Manuscrito “Apuntes de Historia de la Educación”, Cuaderno 4, 1939-1944, p 14. Llama “monstruoso” al régimen político establecido por Platón, en La República porque exigía el comunismo total no sólo de bienes, sino también de mujeres e hijos para los gobernantes y guardianes de la ciudad.
[6] Isócrates.
[7] “Directorial”, revista Jauja n° 5, mayo de 1967; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 52.
[8] “Filosofía del Nacionalismo”, revista Jauja n° 25-26-27, marzo de 1969; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 286.
[9] “Democracia Plagiada”, revista Jauja n° 7, julio de 1967. El artículo está firmado por Irene Enriqueta Caminos, pero las ideas son de Castellani.
[10] Fedón, 158, 16-17.
[11] Ibíd.
[12] “Las Cinco Llagas”, en el Cap. Rosmini, Filosofía Contemporánea (inédito).
[13] “Voces de Ayuda”, https://perogrulloycia.ar.
[14] Aristóteles, Met. 980 a.
[15] Entonces, pues al principio los paganos eran religiosos. Veremos que lo mismo sucedió en Roma.
[16] De Kirkegord a Tomás de Aquino, Guadalupe, Buenos Aires, 1973, p 81-82.
[17] Metafísica, XII (Lambda), 7, 1072 b 14-16; 23-28.
[18] Lenaers, R, S.J., notas a Antígona, H. Dessain, 1963, pp 135, 157.
[19] El Evangelio de Jesucristo, Evangelio del Advenimiento (II), pp 433-434.
[20] Monólogo de Santo Tomás, La Gloria de Tomás de Aquino, Segunda Jornada, II, Buenos Aires, Penca, 1944, p 66.
[21] Graecia capta ferum victorem cepit, et artes intulit agresti Latio (Horacio, Epist.. Il, 1, 156-157).
[22] Prólogo de San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 10.
[23] Eneida I, 378.
[24] Ibíd., III, 266; VII, 21.
[25] Moore, R. W., The Roman Commonwealth, The English Universities Press, London, 1942, p 136.
[26] Castellani, “El Culto de los Muertos”, Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 255.
[27] Fustel de Coulanges, N. D., La Ciudad Antigua, Las Creencias Antiguas, La Familia (Abreviado).
[28] Calderón Bouchet, R., Pax Romana, Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden, 1984, p 32.
[29] “El Soldado y las Mujeres”, en diario Tribuna, 4-VIII, 46.
[30] Odas, III, VI, 5-6.
[31] Álvarez Suárez, Urcisino, La Jurisprudencia Romana en la Hora Actual, Madrid, 1966, p 31.
[32] “Natal de Roma”, en Dinámica Social nº 90, abril de 1958.
[33] “La Violencia, Madrastra de Naciones”. Cita I Mac. 8, 1.12
[34] Chesterton, El Hombre Eterno.
[35] Ibíd.
[36] Wikipedia, “Cartago”.
[37] Bellum Iugurthinum, 41, Sopena, Buenos Aires, 1947, pp 61-62.
[38] II, 18 (traducción del P. Alfredo Meyer).
[39] Parain, Charles, Julio César, Juan Carlos Granada Editor, Buenos Aires, 1962, p. 221.
[40] “Glosas del Tiempo”, en diario Tribuna, Buenos Aires (fin de 1945 o principio de 1946).
[41] Calderón Bouchet.
[42] “Nacionalismo e Internacionalismo”, en Nueva Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 437.
[43] Mateo 16: 16.
[44] En griego “pan” significa “todo”. El dios representaba a la Naturaleza.
[45] Castellani, Las Parábolas de Cristo, Parábola de las Puertas de la Polis.
[46] Kurth, Godofredo, Los Orígenes de la Civilización Moderna, Cap. I..
[47] Apocalipsis 2: 13.
[48] Ibíd. 13: 1-12.
[49] El Apokalypsis…, pp 35-36.
[50] Kurth, G., Los Orígenes de la Civilización Moderna, Emecé, Buenos Aires, pp 39-42.
[51] San Agustín y Nosotros, Cap. V – La Destrucción de la Tradición, p. 97.
[52] “La Desesperación Pagana”, en Las Ideas de Mi Tío el Cura, Excalibur, Buenos Aires, 1984, pp 18-19.
[53] Prólogo a La Historia Falsificada, de Ernesto Palacio, Buenos Aires, Difusión, 1939.