Capítulo VII y VIII

CAPÍTULO VII – LA CRISTIANIZACIÓN DEL IMPERIO

El “Contagio”

La Providencia puso entonces el remedio donde estaba la enfermedad, y precisamente un remedio que parecía –y realmente era– la suprema enfermedad[1], “la enfermedad de muerte”.

Al principio la gente observó que aquí y allá aparecían personas, en su mayoría de baja condición, que confesaban su fe en un judío, un tal Cristo o Cresto. Los hijos de Israel nunca fueron muy populares debido a la condición marginal en que vivían por su convicción de ser el pueblo del único y verdadero Dios. Aunque muchas veces lo habían traicionado, el resto fiel había impedido que la apostasía fuera definitiva, y por ello Yahvé siempre fue extraño al panteón de los paganos, con la consiguiente ojeriza de los idólatras a los “Bene Israel”.

La gran mayoría tuvo por locura a la nueva fe. Había que ser idiota para aceptar que el Salvador del mundo hubiera nacido de esa gentuza; mas esto sólo era el principio de una sarta de enormidades: ¡un Dios hecho hombre, crucificado como malhechor… y resucitado!

Sin embargo, esos grupos crecieron tanto que Tácito y Plinio vieron en la nueva religión un “contagio”. “La Iglesia Apostólica se difundió en poco más de un siglo por todo el Imperio: «vuestra fe es conocida en el Universo mundo» (San Pablo) –«somos de ayer y ya lo llenamos todo» (Tertuliano)”[2].

Mientras la fe se extendía, la aspiración judía a un Reino carnal, que con frecuencia llevaba a rebelarse contra Roma, sufrió un terrible contraste en el año 70. El historiador judío Josefo narra la destrucción de Jerusalén y la deportación de quienes sobrevivieron a la carnicería.

A pesar de todo, los israelitas mantuvieron su aspiración el dominio universal, que provocó nuevas rebeliones de la diáspora en Egipto, Cirenaica y Chipre (115-117), en las que dieron muerta a muchos cristianos y gentiles, hasta que fueron reprimidos por el General romano L. Quietus.

La historiografía anticristiana ha tratado de negar el influjo sobrenatural que hizo posible la conversión de los paganos a la fe:

“El pesado sofista Gibbon, en su Decline and Fall of the Roman Empire (cap. XV de la edición Everyman), se esfuerza en buscar y poner de relieve las causas naturales de la subitánea propagación del Cristianismo en el Imperio, que el Concilio Vaticano califica de «milagro moral», milagro que el historiador inglés desea eliminar.

“Fue con ayuda de estas causas –dice– a saber, celo exclusivista, la expectación inmediata de otro mundo, la pretensión de los milagros, la práctica de una virtud rígida y la buena organización de la primitiva Iglesia –que el Cristianismo se difundió con tamaño éxito en el Imperio Romano”[3].

Nietzsche, en cambio, cegado por el odio al fariseísmo y la villanía, atribuyó el triunfo de la Iglesia a la astucia de los resentidos. Los cristianos habrían pertenecido al infinito número de los ineptos y malnacidos, que, con una perseverancia y solapería inaudita, intentaron trasmutar los valores y llegaron a hacer creer a los hombres lo que los ojos mismos niegan, es decir, que es valor el no-valor, la pobreza, la enfermedad, la sordidez, el dolor y la muerte[4].

“Gibbon ‒responde Castellani‒ omite la causa principal que, dentro de lo na­tural, favoreció esta propagación rapidísima; y es que el Cris­tianismo venía a apuntalar con un poder divino, venía a poner «inyecciones de cemento» a la gran tradición de la «virtud roma­na» (en el sentido latino de «virtus»[5]) que estaba prácticamente deshecha pero cuya nostalgia desolada vivía en tantos pechos no contaminados: la santidad del matrimonio, el respeto a la propie­dad ajena, el aprecio y el culto de la inteligencia, la obedien­cia a la autoridad legítima, la decencia política y el valor y el honor militar fueron asumidos por una poderosa fuerza espiritual que tenía como nuevas palancas los milagros de sus santos y la sangre de sus mártires”[6].

Esto provocó la perplejidad de Nietzsche: los mártires no obraban impulsados por “la «virtud pequeña», la virtud negativa y triste, […] una defensa de tatú o ñandú”; la entereza y aun el júbilo con que daban el testimonio supremo probaban una intuición del ofuscado profeta del Anticristo: “La Verdad tiene que llevar al gozo y no sólo a la resignación y al sacrificio melancólico del «Total Desapego»”[7]. Lejos de ser una moral de esclavos, el Cristianismo se mostraba capaz de convertir a los esclavos en señores, con una dignidad superior a la de quienes los arrojaban a la muerte.

Además, los paganos no podían dejar de admirar el amor mutuo de estos sectarios:

“La caridad fraterna de los primeros fieles fue extraordinaria: ponían sus bienes en común a los pies de los Apóstoles, no había entre ellos ricos ni pobres, dirimían sus pleitos con el arbitraje, se sometían a la «exomológuesis» o confesión pública, y a rigurosos castigos en caso de caída en pecado, practicaban la hospitalidad y la defensa mutua. Esta caridad y fraternidad no sólo eran la admiración y el espanto de los gentiles, sino que constituía la fuerza política incontrastable que los mantenía”[8].

“Donde Dos o Tres Estén Juntos en Mi Nombre…”

Consideremos el poder espiritual que venía a apuntalar la tradición romana: era la fuerza de la Palabra de Dios, que, según Orígenes, se da como luz en la Escritura y como gracia en los sacramentos; sobre todo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía.

No hay oposición entre la predicación de la fe y los sacramentos, pues la cúspide de la enseñanza cristiana es el culto. La Santa Misa comienza con la liturgia de la Palabra para que Cristo sea reconocido en la Escritura y la fracción del Pan; justamente por ello los Padres fueron al mismo tiempo grandes exégetas y liturgos.

Aunque los sacramentos produzcan la gracia “ex opere operato” (por la realización válida del rito, los sacramentos causan la gracia en quienes los reciben sin poner óbice), sin embargo, cada fiel aprovecha la gracia que da el sacramento según las disposiciones de su propia alma.

Para que la simiente de la vida eterna cayese en la buena tierra, los Obispos amaestraron a su rebaño en la Verdad[9]. Así, el examen de la colección Sources Chrétiennes revela cuántos autores de ese medio millar de volúmenes fueron Obispos, a quienes resultaba evidente que debían ocuparse de la Palabra de Dios para que su exposición permitiera a los fieles recibir con fruto los sacramentos.

Luego establecieron los ritos, pues como el Señor había celebrado la Última Cena en el marco cultual judío, la tarea de desarrollar una liturgia específicamente cristiana fue obra de Pastores que “eran teólogos o filósofos o místicos o poetas”[10]: Basilio, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Andrés de Creta, etc.

Estos hombres superiores encarnaron su “idea alta y teológicamente refinada de la Inefable Deidad, incomunicable a la plebe, […] en los envoltorios sensibles de gestos, actitudes. oraciones, fiestas y ceremonias; a través de lo cual ella llega como puede a todos”[11].

“Si Dios quiso que estos ritos fueran otros tantos Sacramentos, es decir, signos, era para que fueran adaptados a la naturaleza del ser para cuya salvación eran instituidos. Convenía a este ser inteligente que se le comunicara la vida y la salvación precisamente a través de signos y palabras. […] [Por ello los Apóstoles y sus sucesores] no introdujeron en el templo cosa alguna privada de significado. Toda locución debía expresar las elevadas y divinas verdades, ya que nada absolutamente de cuanto se realizaba en las sacras reuniones, donde se congregaban para adorar y rogar al Ser que penetra con su irradiación las inteligencias de las criaturas intelectivas, podía ser inexpresivo y falto de la luz de la verdad”[12].

Así tenemos que, si por una parte los sacramentos no se limitan a significar los misterios divinos -además de indicar la santificación, producen un efecto que pertenece al orden existencial: causan la gracia-, por otra parte, tampoco su causalidad está separada de la significación, pues obran como signos y no como meras cosas, y por tanto los ritos, las palabras y las especies consagradas tienen un poder sólo actuable a través de la mente[13].

Así, en el Discurso sobre el Pan de Vida, el Salvador descubre a los judíos el misterio de su presencia sacramental, que sólo puede ser aprovechada por quienes poseen la virtud intelectual de la fe. “«Si no coméis espiritualmente con la fe a Cristo, no os aprovecha el manjar eucarístico», decía San Agustín netamente; y más fuerte aún lo indicó Cristo mismo en Juan[14].

De este modo, el pueblo no era un simple espectador de las sagradas acciones, sino que el culto era uno solo –hoy es necesario aclarar que el sacerdocio del clero y el de los fieles no es uno y el mismo–, y resultaba del clero y del pueblo, los cuales con ordenada concordia y según la razón realizaban juntos una sola y misma acción[15]. Así se cumplía la promesa del Señor: “Donde dos o tres estén juntos en mi nombre, concordes en aquello que piden, allí estaré yo en medio de ellos [Mat.18-20]”[16].

El acto supremo del culto cristiano, la prolongación incruenta del único sacrificio de la Cruz, es paradójicamente una fiesta, pues, como toda fiesta, “tiene un contenido real, un efecto intelecto-emocional educativo, o sea, en el fondo un significado sacro”[17]. “La «Eucaristía», la «cena», «el partir el pan» […] constituyó el centro vital y social de las primeras comunidades cristianas”[18].

En conformidad con la enseñanza de San Pablo: “Porque el pan es uno, somos un solo cuerpo, aun siendo muchos, pues todos participamos de ese único pan”[19], la Didajé o Doctrina de los Apóstoles (escrita a fines del siglo I) refiere la oración eucarística de la “Cena del Señor”: “Como este fragmento estaba disperso por los montes y después, al ser reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino”.

Los fieles se reunían “a comer, a recibir el Sacramento y a «comulgar» entre sí, es decir, a poner en común sus ideas, sentimientos e intereses bajo el fundente de una misma fe[20]. Se encontraban entre ellos para encontrarse a sí mismos a la luz de una creencia común y trascendente. Ése es el tipo de toda fiesta verdadera, que se basa en una necesidad y se cumple en la recepción de un don espiritual, el cual por el hecho de recibirse aúna y unifica todas las individualidades”[21].

De este modo el pan y el vino consagrados son “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”[22].

“Había en los primeros cristianos un vínculo societario que los volvía un cuerpo. Los defectos actuales existían entre ellos, los «falsos hermanos», los que «hacían lucro de la fe», los riñosos y maldicentes, los desobedientes, como vemos en San Pablo; los irreverentes y disipados en la «Cena Sacra». Pero esas faltas tenían una corrección inmediata, en la caridad mutua, en la autoridad de los «presbíteros» o ancianos, en la separación de los pertinaces, o sea, la excomunión”[23].

“Reunidos bajo un jerarca de tipo paterno”[24], los fieles formaban una comunidad religiosa[25], una familia espiritual[26], cuyos miembros se sentían parte de algo grande y eterno (que es sentirse feliz)[27].

Ésta fue la misteriosa fuerza que permitió a “aquellos pequeños núcleos, pequeños y homogéneos como células embrionarias”[28], hacer que el Imperio creyera “en la Encarnación de un Dios y en la Salvación milagrosa de toda carne, llevada hasta el triunfo sobre la Muerte, y vivificación del polvo por una comunicación directa de la actividad creadora con el barro humano[29].

“He aquí por qué Belloc, en su magistral resumen de la formación de la Cristiandad (La Crisis de Nuestra Civilización) enumera la Misa como uno de los elementos esenciales del «método» o «mecanismo» (mecanismo vital, tan silencioso e invisible como la circulación de la sangre) por el cual aquella nueva y pequeña sociedad, aquella cosa que fue la Iglesia, «consiguió en el lapso de dos siglos y medio convertir oficialmente al inmenso Imperio hostil que la albergaba y después en otro período de siglo y medio incorporarse la masa humana al Oeste y al Este del mundo conocido, entre el Canal Inglés, el Rhin, el Danubio y el Desierto»”[30].

Las Persecuciones

El Espíritu de Cristo los incorporaba a Cristo, y, por tanto, estaban llamados a “padecer con Cristo para ser también con él glorificados”[31]. “Habían comenzado los primeros martirios, por la expoliación y rapiña de los bienes de los cristianos palestinos, que testifica San Pablo; y por lo menos uno de los Apóstoles había sido ya asesinado por el nombre de Cristo, Sant Yago el Menor, primo del Señor, muerto a golpes por los judíos recalcitrantes en Jerusalén”[32].

Los paganos creían los infundios que corrían sobre el Señor y sus discípulos: “Que Jesús fue el hijo adulterino de un soldado romano, que los cristianos comían en sus «ágapes» el cadáver de un niño asesinado para la ocasión (la Eucaristía), que adoraban a una cabeza de burro, etc.”[33]. Tácito muestra a los cristianos como hombres perversos y taimados[34]. Los fieles resultaban “los alborotadores de toda la tierra”[35], y como tales no podían dejar de ser acosados. Este juicio sobre los discípulos del Señor era la consecuencia natural del ya mencionado carácter totalitario de la Ciudad Antigua, que exigía a sus miembros el reconocimiento del Estado como un Absoluto.

En las cartas que enviaba desde el Asia Menor, Plinio el Joven refiere al Emperador Trajano: “Decidí dejar marcharse a los que negasen haber sido cristianos, cuando repitieron conmigo una fórmula invocando a los dioses e hicieron la ofrenda de vino e incienso a tu imagen, que a este efecto y por orden mía había sido traída al tribunal junto con las imágenes de los dioses, y cuando renegaron de Cristo”[36].

Aunque algunos apostataron para conservar la vida, muchos discípulos del Señor se mantuvieron firmes en su negativa de conceder al César lo que es de Dios, por lo cual el Imperio lanzó diez terribles persecuciones –desde Nerón hasta Majencio[37]– contra la Iglesia:

“En las Actas de los Mártires [vemos que] se ensayan entonces todos los tormentos posibles sobre la flor de la sociedad romana; también sobre mujeres, sobre ancianos, sobre niños y niñas: Santa Inés, San Tarcisio; y los mártires no fueron vencidos por el dolor, no se rindieron al dolor; al contrario, hubo casos en que milagrosamente el dolor se les volvía alegría; o no lo sentían o lo sentían como una exaltación del ánimo que los volvía serenos y fuertes –y hasta risueños: San Lorenzo puesto sobre las parrillas ardientes les dijo a los verdugos: «Ya está asado este lado, péguenme vuelta.» Bárulas, un niño godo de siete años, fue azotado hasta derramar sangre por el crimen de recitar su catecismo: «No hay más que un solo Dios y Jesucristo es Dios» –y su madre presente lo animaba a perseverar; y lo retó porque el chiquilín pidió agua: española tenía que ser. En España, Santa Eulalia, una niña de familia noble de edad de doce años se presentó de por sí al tribunal y tumbó los ídolos: fue azotada y quemada con antorchas y no exhaló una queja; y cuando el fuego le llegó a la cara, abrió la boca para tragarlo y fue sofocada. Blandina, una joven esclava, fatigó a sus sayones «porque parecía más presta a sufrir que ellos a atormentar». Fue arrojada en el circo a un toro furioso, y arrojada al aire de una cornada, al caer lo único que hizo fue arreglarse el vestido, cubrirse las piernas ¡habría que hacerla patrona de las estrellas de cine! –después la sentaron en una silla de hierro hecha ascuas, y finalmente, cansados, le cortaron la cabeza”[38].

De este modo la destrucción impuesta por la violencia exterior se estrelló contra la destrucción desde dentro gozosamente aceptada por quienes se habían vaciado de sí mismos para que Dios se amara a través de ellos[39].

“Entonces nació algo imprevisto. En el dilema insoluble de la sociedad antigua, injusticia arriba contra injusticia abajo, el Cristianismo introduce, sin suprimir los remedios de la razón, la cuña nueva del Martirio, que limpia la atmósfera y deja ver que de hoy más la iniquidad no podrá ser nunca obligatoria. Entre el Héroe Sublevado y el Jerarca Injusto, el Mártir extendió los brazos, recibió los dobles golpes, y perdonó muriendo; y todos bajaron del monte de la justicia, los que reputáronlo Rebelde y los que lo creyeron Impostor, unos en confuso silencio y otros diciendo: «Vaya a saber si este no era no más el Hijo de algún Dios»”[40].

La Paz Constantiniana y la División del Imperio

Finalmente, el Imperio hizo las paces con la Iglesia, pues era urgente dar con un nuevo principio de orden y los más sagaces comenzaron a pensar en la Iglesia como posible aliada. A instancias de su madre, Santa Elena, Constantino abrazó esta opción; cuando obtuvo la victoria de Puente Milvio (312) sobre su rival Majencio, los estandartes de sus tropas mostraban la Cruz y el monograma de Cristo, y un año después, el edicto de Milán-Nicomedia abogó el senadoconsulto con que Nerón había decretado la persecución de los cristianos. “Aunque todo el asunto es discutido, no parece injusto decir que probablemente [la de Constantino] fue menos una conversión personal que política, […] pues procuraba salvar su Imperio antes que salvar su alma”[41].

A mediados del siglo III el Rey Persa Sapor había pasado el Éufrates y conquistado por un breve tiempo parte de Siria y del Asia Menor. Para defender más fácilmente la frontera oriental, Constantino trasladó, en el 330, la capital del Imperio a la antigua Bizancio, sobre el Bósforo, que el César llamó “Nueva Roma” y luego recibiría el nombre de “Constantinopla”. En el 380, el Cristianismo fue adoptado por Teodosio como religión oficial. Quince años más tarde, el Imperio fue dividido entre los hijos del Emperador: Arcadio y Honorio; el primero recibió Oriente y el segundo, Occidente.

Bizancio conservó la herencia de Grecia y Roma, y alcanzó el punto más alto de su poder en tiempo de Justiniano[42], quien reconquistó gran parte del antiguo Imperio de Occidente, y levantó centenares de fortalezas, desde el Éufrates hasta Gibraltar y desde el norte de Italia hasta el sur de Egipto, para contener el avance de los bárbaros.

La Lucha contra la Herejía

La victoria sobre el Imperio deificado no trajo, sin embargo, el fin de la pugna con el Naturalismo:

“La Iglesia se enfrentaba ahora a otra prueba no menos peligrosa y más sutil, la pululación de las herejías. […] Ellas son innumerables y tocan puntos de más en más sutiles de la doctrina trinitaria y la cristología; mas el fondo de todas ellas es la «racionalización» del Cristianismo, y el intento de podar y suprimir el «misterio», lo cual muestra la influencia del Paganismo: reducir los misterios de Dios a la medida del hombre”[43].

El hereje cae en la tentación de obtener por sus solas fuerzas un conocimiento superior de Dios o “gnosis”. Aquí es necesario distinguir, pues hay una “gnosis” verdadera, el conocimiento de Cristo, del que se gloría San Pablo[44], una sabiduría sobre las cosas de Dios que es fruto de la ilustración y el ardor que la gracia produce en el espíritu[45]. Pero la falsa “gnosis” busca equiparar el intelecto creado con la Sabiduría Divina, a la que finalmente disuelve en el frenesí de la imaginación. A este deseo cedieron nuestros Primeros Padres en el Paraíso:

“El Génesis en su oscuro y simbólico relato dice que el fruto vedado, que no sabemos qué fue, no fue una manzana de California de las de $5 el kilo, y ciertamente era apto para dar la sabiduría; y la serpiente les prometió «el saber del bien y del mal; y en segundo lugar, el ser como dioses».  Adán pecó porque quiso obtener el éxtasis, […] la visión de Dios y la perfección suprema del hombre por medios fraudulentos; por sí solo, por un medio creado, por sus propias fuerzas, sin obtener­los de Dios”[46].

La “gnosis” acechó tenazmente el calcañal de la Iglesia desde el comienzo. Durante mucho tiempo se creyó que este naturalismo religioso se debía al influjo de la Filosofía sobre la especulación de los primeros cristianos, “pero el descubrimiento en Egipto, cerca de Nag Hammadi, en 1946, de una biblioteca gnóstica en lengua copta, ha renovado nuestro conocimiento sobre la gnosis [… y nos permite afirmar que prosperó] en un medio judeo-cristiano y se nutrió de un pensamiento específicamente judío, aunque su vocabulario fue tomado del griego y de las fórmulas con apariencia filosófica, de Egipto y de Irán”[47].

Dondequiera se establecía una comunidad cristiana, poco después aparecían falsos hermanos que proponían una interpretación errónea del Evangelio: “Han surgido de entre nosotros, pero no eran de los nuestros”[48]. La gravedad de esta amenaza, observa Monseñor Straubinger, explica que en la última carta de cada Apóstol[49] se formule una advertencia contra estos seductores:

“¡Ay de ellos! Porque han entrado en el camino de Caín y por salario se entregaron al error de Balaam. […] Nubes sin agua, arrastrados al capricho de los vientos; árboles otoñales sin fruto, dos veces muertos, desarraigados; olas furiosas del mar, […] astros errantes a los cuales está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre”[50].

El gnosticismo pone en el origen de todas las cosas una Divinidad que está por encima del ser y del no ser, del bien y del mal; y evoluciona para superar la indeterminación. El desarrollo engendra en primer lugar espíritus superiores llamados “eones”, que, a su vez, originan otros espíritus intermedios. Ya que es el resultado de la manifestación del Principio, el mundo espiritual posee una condición divina; pero como los “eones” no son fruto de una creación libre, sino de una emanación ineludible, Dios está sometido a la Necesidad.

Uno de los espíritus intermedios, el Artesano o “Demiurgo”, con la ayuda de otros ángeles modeladores plasmó el universo visible a partir de la materia eterna. El Demiurgo es el “Yahvé” del Antiguo Testamento, que los israelitas erróneamente tomaban por Dios Creador, aunque ni “Yahvé” sea Dios ni el universo pueda ser propiamente creado, pues la materia existe desde siempre, sin depender del Principio. Yahvé obró torpemente al constituir el mundo visible porque los cuerpos resisten la acción del espíritu, y su máximo error fue encerrar una partícula espiritual en cada cuerpo humano.

Como vemos, estas doctrinas no sólo rechazan la Revelación sobrenatural de Dios, sino también el testimonio del mundo a favor del Creador: la razón de ello es que el gnóstico aspira a obtener la salvación desde y por sí mismo; nada tiene que recibir de afuera, y para no abrirse al don de Dios, su alma hermética “dice-contra” (contradice) cualquier manifestación divina, de orden sobrenatural o natural; y, privado de la luz del ser, su pensamiento se precipita en el absurdo. Esta nota de la contradicción fue señalada por Clemente de Alejandría: “el distintivo de los cristianos es el gozo; el de los paganos, la voluptuosidad; el de los herejes, la contradicción”[51].

En esta maraña de herejías se destacan los sistemas del persa Manes y el de Arrio. El primero (216-276) predicó una doctrina dualista, que hacía del mal ‒carencia de perfección debida, privación incapaz de existir en sí‒ una substancia contrapuesta al principio luminoso de la realidad:

“El Maniqueísmo es una vieja tentación de la humanidad, porque es la solución simplista del terrible problema del mal, que no es solamente un problema teológico y metafísico sino además práctico y afectivo. Recordemos que San Agustín tropezó en él; y que el mundo contemporáneo está impregnado de esencias maniqueas, provenientes del Calvinismo y el Ateísmo. Chesterton luchó toda su vida, y con toda su vida, contra el pesimismo maniqueoide. Thierry Maulnier acusa de maniqueo no sin razón al Comunismo.

“Por una extraña paradoja el Ateísmo produce Maniqueísmo; y los que no quieren un Dios terminan adorando a dos, o por lo menos al otro que no existe, Ahrimán, Dios de las tinieblas. Por la negación de una providencia y un orden en el mundo, los males del mundo se vuelven abrumadores, cobran consistencia de cosa sustancial, y acaban por levantarse sobre la naturaleza humana en forma de principio superior, de Il brutto ‒ Poter che, ascoso, a comun danno impera ‒ e l’infinita vanità del tutto[52][53].

El intento gnóstico más peligroso contra la Iglesia de los primeros siglos fue llevado a cabo por Arrio (256-336), quien enseñó que el Hijo o Verbo de Dios era una pura criatura y hubo un tiempo en el cual no existía. De este modo, eliminaba la Trinidad, el misterio de Dios hecho hombre, y la redención por la Cruz…

El Arrianismo estuvo a punto de obtener el triunfo, pues al presentarse como un Cristianismo racionalizado pareció más sensato al Emperador y recibió así el apoyo del Imperio.

“El hijo de Constantino, Constancio, protegió la herejía nombrando Obispos arrianos y persiguiendo y martirizando a los católicos. Era un hombre débil y vanidoso, dicen las historias, y la propagó sobre todo en el ejército romano y este ejército la propagaba, a su vez, en las nuevas tierras conquistadas y era fácilmente aceptada por los bárbaros porque preferían el Cristianismo a los disparates mitológicos de los celtas”[54].

La gnosis es “la herejía perenne”[55]; ella constituye el fondo de todos los intentos de transformar la Revelación del Señor en un Credo más universal[56], y Castellani ve su madurez en el Modernismo, la Filosofía Subjetivista, la Estatolatría y la sustitución de la Sabiduría por una Ciencia de Dominio[57], que procura “reconstruir la Humanidad, […] llevar a cabo el retorno a la Unidad de las partículas espirituales diseminadas en los cuerpos para que la Deidad primitiva sea perfeccionada”[58] y, en la termitera universal, la Humanidad pueda adorarse a sí misma como verdadera Iglesia de Dios[59].

Los Grandes Obispos

La fuerza espiritual que transformaba aquel mundo se hizo manifiesta no sólo con los milagros y el martirio, sino también con Pastores que cumplieron el mandato petrino de ser forma del rebaño que Cristo les había confiado[60].

San Atanasio se muestra como la figura más notable de Egipto. Cuando joven, recibió las enseñanzas de San Antonio Abad, el padre de los ermitaños de la Tebaida. El Obispo de Alejandría lo ordenó diácono en el 319 y como tal tuvo un papel señalado en el Concilio de Nicea (325), que condenó el Arrianismo.

Tras la muerte de su antecesor, Atanasio ocupó la sede de Alejandría. Los arrianos no dieron el brazo a torcer y trataron de derribarlo por medio de calumnias y acusaciones ante las autoridades. Cuatro Emperadores lo proscribieron, y los Concilios de Cesarea y Tiro (334-335), lo condenaron por rebeldía y fanatismo.

En treinta años (336-366), Atanasio debió así soportar cinco destierros, uno de ellos duró seis años, que pasó entre los monjes de Egipto. Muchas veces estuvo a punto de perder la vida; sin embargo, tales y tantas peripecias no le impidieron componer egregios tratados teológicos. Sólo en el 366 pudo volver a Alejandría para gobernar sin impedimentos a los fieles que siempre lo habían reconocido como su verdadero Pastor.

San Hilario de Poitiers fue “el Atanasio de Occidente” o “Martillo de los Arrianos”. “No conseguimos paz a expensas de la verdad, haciendo concesiones para adquirir la reputación de tolerantes. Conseguimos la paz luchando legítimamente según las reglas del Espíritu Santo. Hay un peligro en aliarse secretamente con el descreimiento que lleva el hermoso nombre de la paz”[61].

Para obtener la paz en la verdad, Hilario ‒otro tanto hizo Atanasio‒ sacó partido del destierro en Frigia componiendo obras que manifiestan su alta contemplación:

“No me quedaba otra opción que exponer con palabras desmañadas los inefables misterios. A la contingencia de la palabra humana confié secretos que sería mejor conservar en el alma fiel y reverente”[62].

San Hilario escribió que, entonces, los oídos de los laicos que interpretaban según la fe las ambiguas afirmaciones de los teólogos heretizantes eran más santos que el corazón de los sacerdotes.

Desde el 352 al 366 ocupó la sede romana Liberio, el primer Papa no canonizado por la Iglesia Católica. Durante su destierro y apremiado por el Emperador arriano Constancio II firmó un símbolo de la fe no herético, pero sí ambiguo; pero, vuelto a Roma, combatió la herejía de Arrio. San Ambrosio hizo un gran elogio de este Pontífice[63], y los bizantinos y coptos inscribieron su nombre en el catálogo de los Santos.

Otra gloria del Episcopado fue San Basilio “el Grande” Nació en el 330 en Cesarea (Asia Menor) y estudió Retórica y Filosofía, mas al cabo de algunos años decidió abrazar la vida monástica. Su fama hizo que se le juntaran muchos discípulos y en el 370 fue consagrado Obispo de Cesarea. Soportó la persecución bajo Juliano y Valente. El juez, que en vano había procurado hacerlo apostatar, le dijo que hasta entonces nadie se había atrevido a hablarle así, y Basilio le respondió: “Es que por lo visto no te has encontrado nunca con un Obispo”.

En 390 San Ambrosio, Obispo de Milán, excomulgó al Emperador Teodosio porque este había hecho masacrar 7.000 habitantes de Tesalónica para vengar la muerte del gobernador militar de la ciudad. El Emperador sólo fue readmitido a la comunión después de haber hecho varios meses de penitencia pública.

Los grandes Obispos encabezaron el esfuerzo realizado por la Iglesia para despojar a Satán de sus arsenales, la cultura y las letras, que los Apologistas y Doctores asimilaron y catartizaron[64], lo que permitió la elaboración de la doctrina evangélica y su coalescencia en una teología coherente y científica[65].

“El espíritu de ciencia y de inteligencia para la sabiduría de las cosas divinas que el Verbo prometió a la Iglesia, se derramó en los primeros siglos en la obra varia y tumultuosa de los Santos Padres, brotada primero de la polémica con los herejes y rebalsada luego en caudalosos remansos doctrinales”[66].

Los momentos culminantes de este proceso fueron los Concilios Ecuménicos de Nicea (325), I de Constantinopla (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451).

CAPÍTULO VIII – UN FIN QUE NO FUE EL FIN

La Caída de Roma

La Iglesia se sabía anclada en el Imperio providencial: “Quid salvum erit si Roma perit?”: ¿qué quedará en pie si Roma cae?, preguntaba San Jerónimo. Mas el Imperio se encaminaba entonces aceleradamente a su fin porque ya no tenía fuerzas para cerrar el paso a los bárbaros:

“Un grupo de estos pueblos provenía del otro lado del Volga. Son los hunos, los mongoles, los ávaros y magiares. Pero los que más dieron que hacer fueron los pueblos germanos e indogermanos, que, originarios de un tronco común, se habían multiplicado y dividido extraordinariamente, hasta formar una veintena de tribus diferentes.

“De gran importancia eran las diversas tribus de los godos, que se hallaban extendidas en el sudeste de Europa, sobre el mar Negro, confinando con el Imperio oriental. Originarios, según parece, de los Países Escandinavos, eran los más fuertes y poderosos entre los pueblos germanos, y así se habían abierto camino a través de Europa y situado en estas regiones meridionales. Distinguíanse entre ellos dos grandes conglomerados: los godos occidentales, o visigodos, y los orientales, comúnmente llamados ostrogodos[67].

Durante mucho tiempo los bárbaros habían procurado sin éxito instalarse en el Imperio. En el 102 y 101 a. C., Mario había vencido a los Teutones (en Campi Raudii), y a los Cimbrios (en Aquae Sextiae), que amenazaban la Galia transalpina.

“En cambio, observamos por este tiempo el fenómeno de la entrada en el Imperio de multitud de elementos de estos pueblos por caminos pacíficos. Trátase en unos casos de soldados puestos al servicio de los generales romanos, de donde se formaron a las veces legiones poderosas que defendieron el Imperio y de donde surgieron hombres eminentes de origen bárbaro que lucharon fielmente contra las invasiones de sus propios compaisanos. […] Otros, en cambio, como Alarico, con el contacto del Imperio, aprendieron el arte militar, que luego emplearon contra las legiones romanas”[68].

El 24 de agosto de 410, en medio de una tormenta pavorosa, el visigodo Alarico tomó Roma, y la saqueó durante tres días. Los paganos atribuyeron el desastre al abandono de la antigua religión:

“Cuando el Imperio no era cristiano era bravo, poderoso y militarmente invencible; bastó que se convirtiese en cristiano por obra de Constantino para que se aflojase adentro y afuera: con sus doctrinas de la mansedumbre, del perdón y la paciencia, los cristianos han ablandado la recia fibra romana. El Cristianismo con su Dios mansito que se hace crucificar como un cordero, deshace el coraje, deshace el orgullo, deshace el amor a la gloria, todo lo que hizo grande a nuestros próceres. Mas ¡he aquí el castigo de los Dioses! Por lo demás, los oráculos han predicho que la nueva secta judaica de los cristianos no duraría más que 365 años en Roma; la secta llegó a Roma en el 70 –faltan 23 años para que desaparezca. Correligionarios, esperad un poco: esto es una crisis pasajera, como la lucha de los gigantes contra Júpiter. El Imperio progresará siempre porque el Imperio ha salido siempre bien de todo: el Imperio es inmortal, es eterno, tiene las promesas divinas:

«His ego nec metas rerum nec tempora pono:

Imperium sine fine dedi…»[69].

“Esto decían los paganos cultos, que no eran despreciables, porque hay que notar que lo que llaman hoy «la inteligentzia» (el arte, la ciencia, la filosofía) permanecían aun en su mayor parte paganos”[70].

San Agustín Interpreta la Historia

“Esta objeción: el Cristianismo nos ha arruinado, que es exactamente la de Nietzsche, y cuya formidable fuerza entonces –y ahora– Uds. pueden medir, fue la ocasión de la gran obra de San Agustín La Ciudad de Dios y la ocupa más o menos en los cinco primeros libros, menos de una tercera parte de él, que consta de dieciocho. Pero la respuesta a esta objeción patriótica o nacionalista constituye solamente el cimiento de este Capitolio: lo principal de él lo constituye la reunión y el trasvaso de la tradición romana y humana para los siglos venideros; como si dijéramos, la transformación del templo de Júpiter en la Catedral de San Pedro. Agustín trazó en los cinco primeros libros, sin saberlo quizá, un retrato tremendo de la necedad, la inhumanidad y la ferocidad del paganismo degenerado («¿Qué son los grandes Imperios sino bandas de salteadores al por mayor?»); pero en todo el libro trazó un digesto total de todo cuanto tenía de humano, noble y valioso la tradición romana. «Los verdaderos Romanos somos nosotros los cristianos» podía ser el lema del Libro.

“¿Cómo responde el Africano a esa objeción nacionalista?  Re­sumiendo rudamente pero fielmente lo que casi no sufre resumen, San Agustín en el primer libro le da un empujón al paganismo para ponerlo a distancia: «¡Oh insensatos que ya no padecéis de error sino de verdadera locura! ¡Que cuando el mismo Oriente está gi­miendo sobre los daños y los peligros del Imperio, llenáis los teatros para ver farsas obscenas, impías y sacrílegas! Sabed que el auxilio de Cristo (es decir, la levadura cristiana que hay ahora) os ha salvado de mayores males, a vosotros, adversarios del nombre de Cristo.  Los males de este tiempo caen lo mismo sobre nosotros que sobre vosotros; con la diferencia que vosotros los habéis merecido y causado; y que nosotros los llevamos mejor y luchamos mejor contra ellos: buscad quiénes son los mejores soldados, los mejores jueces y los mejores gobernantes; mirad la prosperidad que Cristo concedió al Emperador Constantino.  Nosotros llevamos mejor estos trabajos, y luchamos mejor contra ellos –he aquí un hecho presente y visible– porque a nosotros nos quitan cosas que para nosotros no son supremas: riquezas, comodidad, la misma vida.  Las mismas vírge­nes cristianas violadas por los bárbaros son invioladas delante de Dios, y son doblemente vírgenes, porque han añadido la corona del martirio sobre la virginidad de su alma, que es la que impor­ta.  Nuestras vírgenes saben morir; son verdaderas romanas».

“En los cuatro libros siguientes, San Agustín efectúa el pro­ceso de los crímenes de la civilización pagana; es decir, la in­vestigación filosófica de las causas de su decadencia:  las civi­lizaciones son caducas y caen por sus crímenes.   Los crímenes son: el «imperialismo romano» que Agustín califica tranquilamente de bandas de salteadores en gran escala, ahora dementemente empe­ñado en mantener unas fronteras inmensas que no se podían defen­der; el orgullo romano, despreciador de los otros pueblos y fo­mentador de guerras civiles y traiciones de generales; y como causa de todo, la necedad, la ferocidad y la obscenidad de la re­ligión pagana corrompidísima, convertida en un hervidero de di­oses de todas las naciones, que autorizaban con su ejemplo e in­citaban a todos los delitos.  San Agustín se apoya en la moral natural contra el politeísmo, como Sócrates; contra un politeísmo que se había vuelto una orgía.  Aquí sí que se puede hablar de la ferocidad de Agustín, que no es sino justa indignación; sus pro­pios pecados pasados habían sido cometidos bajo el patrocinio de los dioses: arroja a manos llenas, no barro sino fuego, al rostro de los dioses, pero sin perder un solo momento su serenidad y lucidez de «scholar» y de «gentleman», como diríamos hoy, es de­cir, de universitario y de caballero.  No vocifera como Tertu­liano, sino que discurre y analiza con la lucidez implacable de la luz del sol.

“Las otras dos partes de la obra, la parte positiva, es como ya he dicho muchas veces el establecimiento de una tradición, que nosotros conocemos porque es la nuestra.  Cuando digo que San Agustín proyectó al futuro todo cuanto había de bueno en su tiempo, no ha de entenderse con esto que fue un «progresista», como los progresistas de nuestro tiempo, hijos del Marqués de Condorcet. San Agustín es presentista y no futurista. […]

“Él enseña que lo real, es decir, lo divino, en el tiempo es el presente; y porque es presentista, por eso preparó de hecho nuestro futuro.  Por eso se inclina piadosamente sobre la historia, para buscar todo lo divino que hay en todos los pueblos, porque sabe que todas las épocas son inmediatas a Dios, todas las naciones tienen un encargo de Dios, y todos los individuos tienen el deber de hallar a Dios, encargo que no pueden delegar en sus nietos o tataranietos.  El historiador Ranke dice: «todas las épocas están en relación inmediata con Dios; todas las civilizaciones tienen algo que hacer para Dios, que ninguna otra civilización hace: el esplendor del arte y la filosofía griega no se ha repetido nunca.»  Las civilizaciones mueren: se suceden como los hombres.

“A los hombres que estaban bajo esa gran crisis, se les podía decir dos cosas falsas, que nos dicen a nosotros:

1- «miren, ahora mismo, dentro de poco baja Cristo de nuevo y arregla todas las cosas» –eso decían los milenaristas: pero eso San Agustín no lo sabía; sabía que algún día retornará, pero no sabía cuándo.

2- «el progreso del Imperio seguirá adelante esto es una crisis pasajera el Imperio siempre ha vencido los dioses le han prometido la eternidad» como decían los paganos, los progresistas. San Agustín sabía que era falso.

“San Agustín dice: «Vamos a ver qué es lo que hay de divino en el presente para realizarlo nosotros; y para eso recojamos to­do lo divino del pasado»[71].

El Africano hizo muchos más que señalar la verdadera causa de aquella catástrofe y recibir la herencia de la Antigüedad. Su esfuerzo por captar el significado del derrumbe, lo condujo a profundizar en la interpretación de la Historia. Sabemos que ésta tiene un carácter cristocéntrico, pero no todos responden de la misma manera al llamamiento divino, ya que en unos prima el amor de Dios y en otros el orgullo.

Esta elección divide el campo de la Historia, que por ello resulta la lucha de dos amores irreconciliables, principios espirituales que obran como protagonista y antagonista. Cada uno de estos amores tiende a organizar una ciudad, porque el lazo que hace posible la avenencia de la ciudad es el amor: “La ciudad es una muchedumbre reunida por el vínculo de la concordia”[72]. Observemos que entre quienes son movidos por el orgullo no hay verdadera concordia, sino voluntad de resistir al buen amor.

El enfrentamiento de estos amores queda simbolizado por un conflicto de dos ciudades, Jerusalén y Babilonia:

“Dos amores edificaron dos ciudades. La terrena fue edificada por el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; la celeste, por el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. […] Aquélla busca la gloria de parte de los hombres, mientras para ésta la máxima gloria es Dios”[73].

La ciudad del hombre se instala en el mundo que vive olvidado de Dios y quiere gozar de los bienes terrenos. La ciudad de Dios, en cambio, sabe que no tenemos aquí morada permanente, y mientras peregrina usa de las cosas del mundo con vistas a gozar de Dios. “Pregúntese, pues, cada uno qué es lo que ama, y sabrá de qué ciudad es ciudadano”[74].

Este combate espiritual también es significado por la parábola del Trigo y la Cizaña, “el centro mismo de las 120 parábolas del Evangelio, […] como el foco y a la vez el marco general de todas: contiene la existencia del mal y del bien en el mundo y sus causas; la paciencia de Dios respecto al mal moral y su razón; la lucha entre las dos esencias; su resolución postrera; y las cuatro «postrimerías», a saber, muerte, juicio, infierno y gloria, donde todo se consuma y se fija para siempre”[75].

“El drama de la Historia se desenvuelve en planos escalonados, como todo drama se desenvuelve en escenas que contienen todas la misma idea fundamental, a desplegar en el desenlace. Y así todas las grandes caídas de los imperios perseguidores de la Iglesia, las grandes resurrecciones triunfales del Cristianismo y las grandes barreduras que hace Dios de razas enteras apóstatas o degeneradas, se pueden considerar como realizaciones parciales y figurativas de la Presencia (para-ousía) de Cristo en la Historia y de su Revelación (apo-kalypsis) definitiva”[76].

San Agustín no identifica la Ciudad Terrena, fundada sobre el mal amor, con la sociedad política y el Estado, pues la vida humana es social:

“¿Es que van a perecer todos los que se casan, roturan y edifican? No; sólo los que presumen de tales vanidades, los que las prefieren a Dios, los que por ellas están dispuestos a ofenderle. Mas los que no se abalanzan a tales negocios, o usan las cosas como si no usaran, los que se apoyan en Dios más que en los mismos bienes otorgados, y ven en esta dádiva la divina mano que consuela y compadece, los que no se ocupan de los dones olvidando al donante, ésos tales no serán sorprendidos indispuestos en aquella hora en que el Hijo del Hombre vendrá como ladrón”[77].

En su peregrinación, la Iglesia reconoce la legítima autoridad del Gobernante y usa de la paz terrena; la sociedad política, por su parte, puede encontrar un principio de vida nueva en el reconocimiento de Cristo: si la caída de Roma había sido la consecuencia de la idolatría y los vicios, la gracia del Señor es capaz de curar esas llagas y volver a levantar la sociedad.

“¿Por dónde Se Sale?”

La concreción de ese orden era entonces sólo una posibilidad remota, y mientras tanto urgía hallar respuesta a la pregunta: “¿qué debemos hacer?”

“«No debemos aliarnos con Genserico, no debemos aliarnos con Alarico, no debemos aliarnos con Atila, ni con Ataúlfo», ni con los «hunos» ni con los «hotros»; «debemos ser nosotros mismos, limpiar el Imperio de crímenes y hallar a Dios; entonces tendremos paz y tendremos fuerza. –¿Cómo lo sabes? – Por mi subjetividad, porque eso me ha pasado a mí, porque cuando limpié mi corazón y encontré a Dios, se acabaron las guerras civiles, no necesité más ir a mendigar auxilio a mi amigo el rico Romaniano o a mi maestro el influyente Victorino: es decir, aliarme con los potentes, como hacen estos Imperatores ahora, que por ir uno contra otro abren las puertas a los bárbaros». […] En suma, la política internacional de San Agustín es la misma de los profetas hebreos: «No busquéis la alianza del Egipto, no pongáis vuestra esperanza en Asiria, volved al Señor, nuestro Dios…»”[78].

“La política del Santo se nutre de la interioridad: […] la Fe en la Revelación cristiana y la propia experiencia espiritual. […] San Agustín filosofa desde la vida y desde su vida. [… ] No sólo las Confesiones sino que toda su obra puede considerarse una especie de vasta autobiografía porque toda ella está como calcada en su vida interior[79].

“San Agustín es filósofo, teólogo, poeta, polemista y místico a la vez: esta fusión cuando no es «confusión» es característica de los más grandes genios de la Humanidad, y se produce cuando la filosofía se siente perdida, y vuelve enérgicamente a sus comienzos, apoyándose en la subjetividad: no en la subjetividad vulgar, que significa capricho, diletantismo, o escepticismo, sino en la subjetividad metafísica. «Deum et ánimam scire volo… –Nihil amplius? – Nihil omnino. ¿Qué quieres saber? –Dios y el alma. –¿Nada más? –Nada en absoluto». […]

“Dios y mi alma […] son dos abismos inabarcables, pero si bien no es posible conocerlos totalmente, sin embargo, es posible conocer a Dios en el alma y al alma en Dios. […]

“La subjetividad o interioridad es el fondo de toda la espe­culación de San Agustín y por eso ella inicia la especulación cristiana. El cristiano lo único que quiere es salvar su alma, después de sentirla perdida; y para salvarla necesita conocer a Dios; para conocer a Dios necesita ejercitar su razón”[80].

“Su admirado maestro el famosísimo orador Mario Victorino Afro, que tenía una estatua en Roma –ser orador en aquel tiempo era ser a la vez maestro y estadista– se había convertido al Cristianismo; y un día le dijo al sacerdote Simpliciano, auxiliar de San Ambrosio, uno de esos Monseñores… Simplicianos: «¿Sabes que ahora soy cristiano? –No te creeré– respondió Simpliciano –hasta que no te haya visto adentro de una iglesia– Pero ¿por ventura son las paredes las que hacen a uno cristiano?» –arguyó riendo el orador neoplatónico.  Respuesta risueña que tiene empero un pro­fundo significado: no es la exterioridad lo que hace al cristia­no, ni los muros de la iglesia, ni las medallitas al cuello, ni las prácticas exteriores, ni siquiera el bautismo que nos dieron a los tres meses de edad, aunque sea también necesario; lo que hace al cristiano es una mutación interior que Cristo comparó nada menos que a un segundo nacimiento.  La expresión de esa mutación inter­na es el objeto del libro llamado Las Confesiones; nunca antes de Agustín y muy pocas veces después de él, la lengua humana consiguió una expresión más exitosa de un fenómeno interno.

“Lo que nos dice San Agustín en definitiva es lo siguiente: primero de todo... «Hay que salvar el alma, es decir, la vida» (como dice exac­tamente el Evangelio), lo que hay de más profundo y permanente en nuestra vida.  Salvar el alma no significa asegurarse por medio de unas cuantas prácticas exteriores, a manera de póliza de segu­ro de vida, un puestito confortable en un cierto lugar de deli­cias de ultratumba que existiría más allá de la atmósfera y des­pués de la muerte; porque el alma debe ser salvada desde ya, y se salva por una especie de investimiento de la Verdad. La verdad de que hablo es el conocimiento de Dios y de sí mismo.

“«Esta verdad no se alcanza por medio de batuque de palabre­ría, sino de un Maestro que habla dentro.  No consiste en añadir conocimientos a los que ya tenemos sino en sacar cosas, en quitar obstáculos, en eliminar sombras y fantasmas, porque esa verdad esencial existe en el fondo de nosotros; habita aquí: noli foras ire, no vayas afuera; in interiore hóminis hábitat Véritas, en el interior del hombre habita la verdad; pero está como abrumada y sepultada bajo el peso opaco de la mortalidad.

“«Con un gran destrozo yo arranqué de mí lo que impedía su manifestación y fui como inundado del gozo de la verdad; pero las raíces de los impedimentos y las fuentes de las sombras de la muerte permanecen en mí como material de trabajo y de combate vi­tal incesante.  No es la filosofía lo que me estorbaba, al contrario.  Después y a través de mi conversión yo prosigo la afano­sa búsqueda de las verdades particulares, investigo qué es la me­moria, qué es la mente, qué es el tiempo que si no me preguntan yo sé lo que es; pero si me preguntan ya no lo sé; investigo qué significan esos misteriosos días de la Creación de que nos ha­bla el Génesis, y cómo se conciertan todas esas imágenes de la Sagrada Escritura que nos ha procurado la ciencia tradicional o la investigación actual. Investigar eso es mi oficio y es también mi pasión; pero…

«Sabed que esos preciosos conocimientos de la ciencia humana, ninguno sirve de nada al que carezca del conocimiento esencial y fundamental de la realidad que vivimos y en la cual nos movemos y somos: de la existencia, del existente y del existir; y de la causa del existir»[81].

La vida de San Agustín muestra que entonces “la Iglesia iba creciendo políticamente justamente porque no se metía en política”[82]; al menos, no anteponía sus intereses temporales a la Fe.

Este poder invisible que sostenía a la Iglesia y por añadidura fortalecía la sociedad civil se manifestó pocos años después de la muerte de San Agustín: en el 452 los Hunos de Atila irrumpieron en el norte de Italia, y como no había un ejército que resistiera el avance de los bárbaros, la suerte de la Urbe parecía echada. Atila, sin embargo, se detuvo en el Po y allí acudió el Papa León acompañado por sacerdotes y diáconos. El Rey huno y el Obispo de Roma quedaron frente a frente. La tradición narra que durante el encuentro, Atila vio detrás del Papa una figura misteriosa que empuñaba una espada, así que renunció al propósito de saquear la ciudad y se retiró a sus dominios.

En el 455 Genserico y sus Vándalos tomaron Roma y la saquearon durante dos semanas. Una vez más el Papa León y su clero se presentaron inermes ante el bárbaro y obtuvieron que la población refugiada en las basílicas de San Pedro, de San Pablo y de San Juan fuese respetada; además, los daños materiales sufridos por la ciudad no fueron considerables.

San León Magno pudo entonces afirmar que aquel Imperio sobreviviría mejorado pues la Iglesia le había dado una base más sólida. Los verdaderos Padres y Pastores de la Ciudad habían sido los Apóstoles Pedro y Pablo: para introducirla en el Reino Celestial, ellos habían sabido fundarla mucho mejor y más felizmente que quienes habían echado los cimientos de sus murallas[83].

Las palabras del Pontífice fueron aparentemente desmentidas por los hechos, pues en el 476 el Emperador Rómulo Augústulo fue depuesto por Odoacro, jefe de los Hérulos, quien se proclamó Rey de Italia. “El ideal del «Imperio» permaneció sin embargo en la esfera superior de la política europea, inspiró a Carlomagno, creó el «Sacro Romano-Germánico Imperio», y movió a los grandes estadistas europeos casi hasta nuestros días”[84].

Los Absortos en el Más Allá

Junto al Mártir y al Obispo, la tercera figura fundacional de una vida impregnada por el Evangelio fue el Monje. Este hombre absolutamente indescifrable para la mentalidad moderna, colaboró eficazmente en la tarea de ganar la sociedad para Cristo por el sencillo expediente de huir al desierto.

“El Cristianismo nació al mundo en el seno del Imperio Romano, una sociedad en decadencia, subvertida. Allí la virtud no estaba en el primer lugar sino el vicio: ni la modestia, ni el saber, ni la capacidad, ni la honradez, ni el heroísmo, ni la magnanimidad. Para subir había que ser un canalla; y la virtud era «heautentimorouméne», como dijo Terencio, una especie de «castigo de sí misma». ¿Qué hicieron los primeros cristianos? Se fueron al último lugar, al desierto; los que no fueron a parar a los leones del Coliseo. No se les ocurrió hacer un Partido Democristiano y hacerse elegir Emperadores.

“«En el Imperio no se puede vivir moralmente. En medio de la civilización no se puede vivir civilizadamente. El ambiente está tan apestado, la sociedad está tan descoyuntada, los valores están tan subvertidos, que ni dentro de tu casa te dejan vivir con honradez. Pero yo tengo que vivir con honradez para salvar mi alma: mi alma y la vida eterna, eso es lo que importa. ¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y por qué cambio cambiará el hombre con ventaja su vida? Si tu ojo te es escándalo, sácalo y échalo de ti; mejor es entrar tuerto en el Reino de los cielos que con los dos ojos ser arrojado a la región del fuego sempiterno. Por tanto, vivan ustedes como quieran, yo voy a vivir con honradez. Ahí queda eso. Me voy. ¿Adónde? Al desierto. ¿A la barbarie? Quédense ustedes con la civilización: se las dejo.» Allí nació la orden de los Ermitaños Urbanos y también la de los Inurbanos. Todas las órdenes religiosas.

“Los desiertos de los confines del Imperio, el último lugar del Imperio, se empezaron a poblar de ermitaños, hartos de la civilización podrida: patricios, matronas, nobles, sabios, altos jefes militares, doncellas delicadas; y nació el «ideal monacal»: «mónachus» = solitario. Con su ejemplo, y después con su palabra, y también con su acción, fueron la levadura única y biológica que transformó el Imperio putrefacto en la Cristiandad Europea. Si quieren saber cómo se verificó esa increíble transformación, lean la Vida de Santa Melania de Georges Goyau –o simplemente cualquier vida de San Jerónimo– o Europa y la Fe del gran ensayista Hilaire Belloc”[85].

El monacato tuvo su nacimiento en Oriente y echó raíces en Europa con San Benito. Era un niño cuando el Imperio se hundía; no quiso terminar sus estudios en Roma y decidió retirarse a Subiaco para vivir en completa soledad. Así como los Ejercicios Espirituales de San Ignacio son el fruto de su experiencia en la cueva de Manresa, del mismo modo la Regla Benedictina es el reflejo de la sabiduría sobrenatural adquirida por el Santo en estos años. Atraídos por su fama, se congregaron a su alrededor hombres venidos de toda Italia. En el 529 San Benito fundó el monasterio de Montecassino.

“San Benito, padre de los monjes de Occidente, inventó una Orden y una Regla admirables: vio que era necesario algunos hombres se dedicasen al estudio, y otros trabajasen manualmente para mantenerlos; y otros, a la tarea intermedia de copiar y conservar el depósito de la antigua cultura, amenazado por los bárbaros del Norte; cubriendo así los tres puntos vitales de la civilización europea (ver H. Belloc, Esto Perpetúa); y al mismo tiempo cantasen todos juntos el oficio divino, y enseñasen la agricultura a los belicosos bárbaros –y toda la cultura, junto con los Cuatro Evangelios”[86].

“Al renunciar por completo al siglo para entregarse a Dios, cimienta lo temporal sobre lo eterno y le da consistencia duradera: el alma retorna al Padre; por el alma, el cuerpo; por el cuerpo y el trabajo, la tierra… Así, y solamente así, la eternidad se expande sin disminución de su «densidad» en lo cotidiano. Eso es fundar, ya que las cosas se asientan en el Cristo que no pasa. Es dar cimientos –edificar «supra firmam petram», sobre la Roca inconmovible de Cristo”[87].

Las Abadías comenzaron a surgir en todos los rincones de Europa. “En Francia los arqueólogos descubren restos de fundaciones monásticas cada 25 km. Francia estaba como atrapada en una red de oraciones”[88]. Del siglo V al XVIII fueron fundados en Europa 40.000 monasterios. Alrededor de la Abadía se instalaba un pequeño grupo de familias; con el tiempo el villorrio se convertiría en una ciudad. Munich (“München” en alemán) significa “monje”, y su escudo muestra un monje… con un jarro de cerveza en la mano.

“La gente antigua iba a estos conventos siempre abiertos: y miraba y oía cantar Vísperas y Maitines sin entender gran cosa: y aprendía una gran lección de Sabi­duría, la lección de no hacer nada fuera de conocer a Dios. Veía in­terminablemente esos hombres muertos, inmovilizados, automatizados, en cuerpo y alma dedicados a cantar la palabra de Dios, porque una pala­bra no es del todo inteligible mientras no se convierta en cantos. Y entonces el pueblo que no es zonzo cuando le muestran cosas (aunque lo es cuando lo emborrachan con palabras), entendía la lección de los Ab­sortos en el Más Allá; que lo más importante de la vida es entender a Dios, mucho más que ganarse la vida; y que hay que cesar a ratos de ganarse la vida y reprimir el trajín de lo temporal, para ver si suena allá adentro la Voz antigua y nueva”[89].

El Viento del Desierto

En el 570 vio la luz en La Meca uno de los más grandes adversarios de nuestra Fe y civilización: Mahoma. Aunque en otro tiempo su familia había poseído abundantes bienes, luego decayó y por ello el futuro jefe religioso conoció la pobreza en su infancia. Cuando tenía veinticinco años comenzó a trabajar para Hadiya, una viuda rica con quien luego se casó; tiempo después fue inquietado por mociones interiores, hasta que su esposa lo convenció de que Dios lo había constituido profeta.

Belloc sostiene que el mahometismo es una herejía, cuya fuerza es la simplificación[90]. Rechaza la Trinidad, la Encarnación, la Eucaristía, etc., y se limita a afirmar la existencia de un único Dios, Alá, eterno, omnisciente y creador del Universo. Enseña también la existencia de ángeles buenos y demonios. El hombre fue creado del barro, desobedeció a Dios y debió abandonar el Paraíso. Después de la muerte, el alma se presenta al juicio particular, y el día del Juicio Final, cada uno recibirá según sus obras: “Aquéllos que obedecen a Alá y a sus Apóstoles, Él los hará entrar en los jardines por los cuales corren arroyos. Y en ellos permanecerán eternamente, que es la felicidad más grande”[91]. Mas los incrédulos arderán en el Infierno: “En verdad yo tengo para ellos pesadas cadenas y fuego del Infierno. Y un alimento que se queda en el cuello y sofoca, y un suplicio doloroso”[92].

Según Christopher Dawson, el Islam es “un puritanismo combatiente”[93], cuya moral se reduce a sencillas prácticas: las purificaciones, la oración varias veces al día, la santificación del viernes, el ayuno de Ramadán, la limosna, la peregrinación a La Meca y la Guerra Santa, que llevó a la conquista de La Meca en 629.

Tras la muerte de Mahoma (632) sus seguidores iniciaron una expansión fulmínea, en parte explicable por el concurso de varias circunstancias que la allanaron:

“El poderío militar de los Imperios Bizantino y Persa estaba agotado por la gran contienda que habían sostenido entre sí. En Siria e Irak la población nativa estaba aislada de los nobles griegos o persas debido a la opresión fiscal y a las persecuciones religiosas. Los paisanos arameos tenían más en común con la sencillez democrática del Islam primitivo que con el credo ortodoxo de la Iglesia Imperial o la religión del Estado de Zoroastro”[94].

En el 636 el ejército del Califa Omar aplastó a las tropas del Emperador Heraclio en Yarmuk, que puso a Siria y Palestina bajo la Media Luna; cuatro años después cayó Egipto, y luego sometieron el norte de África.

En 711 cruzaron el Mediterráneo e hicieron pie en Gibraltar. El Reino Visigodo se encontraba en decadencia a causa de la vida desordenada de los nobles y las constantes intrigas, que desembocaban en choques sangrientos. Un ejército de 11.000 moros a las órdenes de Tariq venció al Rey Don Rodrigo en la batalla de Guadalete; y los mahometanos, que aspiraban a conquistar sólo una franja de tierra en el sur, en diez años se hicieron dueños de casi toda la Península. Su dominio pudo mantenerse gracias a la división interna, el alivio de los impuestos y el apoyo de los judíos, quienes fueron la mano derecha de los invasores durante los siglos de ocupación.

Los islámicos cruzaron los Pirineos para hacer razias cuyo fin era preparar la conquista, pero Carlos Martel les infligió una grave derrota en Poitiers (732). Sin embargo, la lucha continuó, pues en el 735 los invasores tomaron Arles, dos años después saquearon la zona de Lión, y recién en 759 fueron echados al sur de los Pirineos por el hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve.

[1]  El Evangelio de Jesucristo, Evangelio de la Circuncisión, Theoría, Buenos Aires, 1963, p 106.

[2] Ibíd, p 26.

[3] San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 68.

[4] “Nietzsche”, Filosofía Contemporánea.

[5] Fuerza, virilidad.

[6] San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 68.

[7] “Nietzsche”, en Filosofía Contemporánea.

[8] El Apokalypsis de San Juan, JUS, México, 1967, p 27.

[9]  “Rosmini”, «Las Cinco Llagas de la Iglesia».

[10] Jauja n° 13, Enero-Febrero-Marzo de 1968.

[11] Ibíd.

[12] Rosmini, Antonio, De las Cinco Llagas de la Iglesia, Primera Llaga, nº 12, 13.

[13]  “La Coordinación y los Católicos”, en Las Ideas de Mi Tío el Cura, Excalibur, Buenos Aires, 1984, p 199.

[14]  Ibíd.

[15]  Rosmini, Las Cinco Llagas de la Santa Iglesia, Del primer capítulo: “La llaga de la mano izquierda de la Santa Iglesia:  la división entre pueblo y clero en el culto público de la Iglesia”, Nº 14.

[16]   Filosofía Contemporánea, “Rosmini”, «Las Cinco Llagas de la Iglesia».

[17]  “Fiestas Escolares”, en Las Canciones de Militis, Dictio, Buenos Aires, 1973, p 40.

[18]  “El Sentido de un Congreso”, en Las Canciones de Militis, pp 77-78.

[19]  I Co. 10, 17.

[20] La unión real con Cristo Eucaristía permite la unión espiritual de los fieles entre sí. “La comunidad de los fieles o Iglesia […] era llamada comunión por su vida de fraterna unión en la caridad” (Fillion, apud Straubinger, nota a II Cor. 2, 5).

[21] “Fiestas Escolares”, pp 38-39.

[22]  San Agustín, In Johannis Evangelium, 26, 13.

[23]  Diario, 26-XI-54.

[24] Castellani, “El Sentido de un Congreso”, p 78.

[25]  El Evangelio de Jesucristo, Domingo XXIII después de Pentecostés, Theoría, Buenos Aires, 1963, pp 364-365.

[26] “Rosmini”, en Filosofía Contemporánea.

[27] “Fiestas Escolares”, p 39.

[28] Ibíd.

[29] “El Sentido de un Congreso”, p 79.

[30] Ibíd., p 78.

[31] Rom. 8, 17.

[32] El Apokalypsis de San Juan, p 27.

[33]  Ibíd., pp 31-32.

[34]  V, 5.

[35]  Hechos de los Apóstoles, 17: 6.

[36]  T X, 96.

[37]  Emperador del 306 al 312.

[38]  San Agustín y Nosotros, Cap IX, Jauja, Mendoza, 2000, pp 186-187.

[39]  Weil, Simone, Cuadernos, Editorial Plus Ultra, Madrid, 2001, pp 536-537, 532.

[40] “Prólogo” a La Historia Falsificada.

[41]  Chesterton, “The Resurrection of Rome”, The Story of the Statues, en Collected Works, T XXI, Ignatius Press, San Francisco, 1990, p 306.

[42]  Emperador del 527 al 565.

[43]  El Apokalypsis de San Juan, Cuad. I, Pérgamo, Jus, pp 36, 38.

[44] II Cor. 11, 6-10.

[45] Santo Tomás, Suma Teológica, I, q. 43, art. 5, ad 2m. et 3m.

[46]  San Agustín y Nosotros, Cap VII, Jauja, Mendoza, 2000, pp 135-136.

[47] Couvert, E., De la Gnose a l’Oecumenisme, Ed. de Chiré, 1984, p 9.

[48] I Jn. 2, 19.

[49] II Tim. 3, l ss; Sant. 3, l ss; II Pe. 3, 17; III Jn. 9 ss; Judas 4-18.

[50] Judas 11-13.

[51] Stromata, VII, 101, 3.

[52]  El poder maligno que, oculto, gobierna para el mal de todos y la infinita vanidad de todo (Leopardi).

[53]  Nota a Suma Teológica, I, Q XLIX, art. 2, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T III, pp 38-39.

[54]  Ibíd., pp 27-28.

[55]  Thomas Molnar.

[56]  Rahner.

[57]  San Agustín y Nosotros, Cap VII, pass, Jauja, Mendoza, 2000.

[58]  Couvert, E., op. cit., p 35.

[59] Ibíd, p 51; Meinvielle, J. De la Cábala al Progresismo, Calchaquí, Salta, 1970, p 131.

[60] I Pe. 5, 2-4.

[61]   Ad Constantium, 2, 6, 2.

[62]  De Fide, Adversus Arianos.

[63]  De virg. , C IV.

[64]  El Apokalypsis de San Juan, p 37.

[65]  Ibíd., p 38.

[66]  “Anteprólogo” a la Suma Teológica, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T I, p XIII.

[67]  Llorca, Bernardino, Historia de la Iglesia Católica, T I, BAC, Madrid, 1990, pp 482-483.

[68]  Ibíd., p 483.

[69]  Término en el tiempo, ni a su suerte valla – Les pongo yo: su imperio eterno sea. (Eneida, I, 278-279, traducción del P. Alfredo Meyer).

[70]  San Agustín y Nosotros, Cap III, Jauja, Mendoza, 2000, p 64.

[71] Ibíd., pp 64-67.

[72] Epístola CXXXVIII, 2, 10.

[73] De Civitate Dei, 14, 28.

[74] In Ps. 64, 2.

[75] Las Parábolas de Cristo, Itinerarium, Buenos Aires, 1960, p 146.

[76]  Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, Sección Tercera: El Advenimiento, 14. ¿Está cerca la Parusía?, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 51.

[77] In Ps. 120, 3.

[78]  San Agustín y Nosotros, Cap I, p 26.

[79]  Ibíd. pp 26-27, 25, 12.

[80]  Ibíd, pp 13, 22, 13.

[81] Ibíd, Cap II, pp 46-47.

[82] Ibíd, p 41.

[83] Homilía en la Fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

[84]  El Apokalypsis de San Juan, p 38.

[85] El Evangelio de Jesucristo, Dom. XVI después de Pentecostés, Theoría, Buenos Aires, 1963, pp 319-320.

[86]  El Apokalypsis de San Juan, Visión Quintodécima – Las Siete Redomas, Jus, México, 1967, pp 221-222.

[87]  Petit de Murat, Mario José, O P, “Carta a un Trapense”, en Revista Verbo Nº 247, Buenos Aires, octubre de 1984, pp 51-52.

[88] Dom Gerard, La Vocation Monastique, Ed. Sainte Madeleine, 1984, p 18.

[89] “Felices Pascuas”, en Las Canciones de Militis, Dictio, Buenos Aires, 1973, pp 142-143.

[90] Las Grandes Herejías, La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1946, pp 67-70.

[91] El Corán, Sura IV, 17.

[92] Ibíd, Sura LXXIII, 12-13.

[93]  Dawson, Christopher, Así se Hizo Europa, La Espiga de Oro, Buenos Aires, 1947, p 194.

[94]  Dawson, loc. cit.