CAPÍTULO XIX –SAN IGNACIO Y LA COMPAÑÍA
El Peregrino
Íñigo López de Recalde (o Íñigo de Yáñez y Loyola, que al respecto discrepan los biógrafos) nació en Loyola (Guipúzcoa) a fines de diciembre de 1491, pocos días antes de la toma de Granada por los Reyes Católicos.
A menudo es presentado “como el «Gran Inquisidor»: un hombre terco, rígido, implacable, inhumano incluso”[1], mas en verdad “Ignacio no fue ni el gran inquisidor de la leyenda de Dostoiewski, ni el jefe taimado y tramposo de Carducci y Víctor Hugo, ni el «perinde ac cadáver»[2] (frase que no inventó él sino San Francisco de Asís), ni el sargento mayor encalabrinado de disciplina, ni el «profesor de energía» que dice el P. Laburu, ni el gran politicastro, ni el Quijote viviente de Unamuno. Eso es leyenda o caricatura. Más cerca de encender hogueras estuvo él de ser mandado a la hoguera; y salvó de la hoguera a muchos. El nombre que él se daba era el de «Peregrino», el de «Pecador» o el de «Pobre en virtud»; y quienes lo conocían lo llamaban «Padre»”[3].
Huérfano de madre a los siete años, fue enviado al palacio de Juan Velázquez de Cuéllar, Contador Mayor del Reino, donde fue tratado como hijo. Con el paso del tiempo resultó un hábil espadachín, valiente, alegre, aficionado al baile y mujeriego.
En 1521 luchó en Pamplona contra el invasor francés; aunque era un simple soldado, fue el alma de la resistencia: con una mirada feroz hizo que el alcaide desistiera de su propósito de entregar la plaza, y se mantuvo en la brecha hasta que una bala de cañón le fracturó una canilla y le hirió la otra pierna. Los franceses, en tributo al coraje de Ignacio, permitieron que fuera llevado a la casa familiar de Loyola para que dejara este mundo rodeado por los suyos. Estuvo un mes entre la vida y la muerte; los médicos lo desahuciaron y se confesó para bien morir, pero contra todas las expectativas comenzó a recuperarse.
“Los médicos le ensamblaron los huesos rotos mal que bien; mejor dicho, mal; y después se vio que una punta de hueso se proyectaba como un tarugo debajo de la piel; impidiendo el uso de la bota alta y estrecha que usaban los oficiales. Íñigo de Loyola exigió que le arreglaran eso: dijeron había que reabrir la herida, serruchar el hueso y estirar la pierna con poleas: sin anestesia. Íñigo soportó la horrible operación sin un gemido, solamente suspirando «¡Ay Jesús!» de vez en cuando. Quedó sin embargo rengo: «martirio de vanidad» lo llamará más tarde. No era su primer acto hazañoso; y mucho menos el último: toda su vida hizo actos arrojados, indomables, atrevidos incluso; es decir, caballerescos.
“En su segunda larga convalecencia Íñigo leyó vidas de Santos; había pedido le trajeran novelas de caballería y le trajeron a falta dellas la Vida de Cristo del Cartujano y el Flos Sanctorum, o Vidas de los Santos. Leyéndolas, su ánimo ardiente y ambicioso decía: «¿Esto hizo San Francisco? Pues yo también lo puedo hacer. ¿Esto hizo Santo Domingo? Pues yo también lo tengo de hacer». Y notó que cuando se pasaba horas soñando con «la dama de sus pensamientos» (que era nada menos según parece que la princesa Juana de Aragón, casada más tarde con el Rey de Nápoles; «pues no era condesa ni duquesa sino más arriba que eso» –dice él en su Autobiografía), cuando pensaba en las grandes hazañas y hechurías que iba a hacer por ella, el final de los pensamientos le dejaba un extraño amargor; mas cuando pensaba en los Santos, el final era tranquilo y gozoso. Después de una larga lucha de sentimientos («discernimiento de espíritus» lo llamará más tarde) se decidió a dejar la caballería terrena y seguir a Jesucristo, visto por él como un Jefe temporal (mucho mejor que el Duque de Nájera, su señor) que hace reclutamiento en todo el orbe de la tierra para su sempiterna campaña contra Satanás. «Si San Bernardo hizo esto (la primera Cruzada) yo también lo haré».
Se arrancó de su casa no sin resistencia de los suyos y fue, cojeando, mendigando y desconocido al monasterio de Montserrat, donde veló una noche entera en oración, conforme a la costumbre de los caballeros antes que un Rey o una Reina (o «su señor natural») les diesen el espaldarazo con la espada y les calzasen las espuelas de oro, consagrándolos para siempre al servicio de la Justicia –y de la Patria. Pero él dejó su espada al pie del altar de Nuestra Señora; y se fue, hecho un mendigo rengo y penitente a la vecina ciudad de Manresa. Allí buscó una cueva a la orilla del Río Cardoner y comenzó la más extraordinaria tanda penitencias, privaciones y oraciones. «Si San Antonio Abad hizo esto, yo también lo haré». El demonio lo tentó como a San Antonio, también extraordinariamente, con tristezas, escrúpulos, desesperación, hasta el punto de incitarlo a suicidarse. Pero él venció las tentaciones con decisiones heroicas, y tuvo grandes visiones de Dios. Ésta fue la conversión de Íñigo, que tiene destellos épicos, novelescos, dramáticos y estremecedores; los cuales son conocidos. Un año estuvo en Montserrat y Manresa; y de ahí se trasladó a Barcelona. […]
“En Barcelona tuvo su primer topetazo con la Inquisición; no el último ni mucho menos. Ignacio no podía quitarse de enseñar, exhortar y predicar, incluso en las calles; ni podía andar sin una cola, es decir, compañeros que se le pegaban infaltablemente, como a un imán. Tenía ese magnetismo, el poder de influenciar, tenía «el genio de la amistad» dijo un contemporáneo. No era ni brillo intelectual ni prepotencia de la voluntad; simplemente su libertad obraba sobre las libertades ajenas, y su dignidad era atrayente, radiante, arrastrante. El que se haga Emperador de sí mismo, ése podrá imperar a los otros. Más de una vez le bastó ir a visitar a un enemigo, conversar una hora y dejarlo convertido en adicto; como cuentan de Irigoyen; pero más que don Hipólito por cierto, como fue también el caso de San Francisco y Santo Domingo. La Inquisición andaba con ojo inquieto y barbas al hombro en ese tiempo; y con razón. Sus cinco primeros compañeros lo dejaron al partir él para Venecia y para Jerusalén. […]
“Tenía el sentido del humor, que según Aristóteles es propio del hombre magnánimo; y en él era cosa habitual; en este vasco que suelen pintar como seco, seriote, ceñudo, adusto, frío y aun lúgubre. Por ejemplo, cuando por tercera vez lo metieron preso, en Salamanca, con grillos y cadenas, fue a verlo el Inquisidor Frías con el Obispo Mendoza –el que después se haría famoso en el Concilio de Trento, hecho Cardenal de Burgos, confesor y amigo íntimo de Carlos V–; y Frías le preguntó irónicamente: «¿Me tiene odio por estos grillos y cadenas?» «Dr. Frías» contestó el reo «sepa que no hay en toda Salamanca tantos grillos y tantas cadenas cuantos yo desearía sufrir por Cristo. Lo que me impacienta son unos animalejos que hay por aquí, muy chiquitos, pero muy bravos.» La respuesta le ganó la voluntad del Cardenal de Burgos, que lo había ido a ver por curiosidad como a un chiflado cualquiera. […]
“San Ignacio entró en la Sorbona, donde permaneció siete años (1528-1535) al mismo tiempo que salía della el heresiarca Juan Calvino. […] Seleccionó seis de sus muchos seguidores, los llevó a la Capilla de Montmartre (Monte de los Mártires) donde hoy está la suntuosa basílica del Sacré Coeur; y allí hicieron votos de pobreza, celibato, obedecer al Papa e ir a Jerusalén. Ésta fue la primera fundación de la Compañía[4]. […]
“Constituidos en «Societas Iesu», nueva sociedad religiosa, partieron hacia Roma, caminando, mendigando y predicando, estilo Loyola, en medio de la tercera guerra entre Francisco I y Carlos V. En Roma se pusieron a predicar en todos los barrios y después en varias ciudades de Italia con gran expectación: la gente comenzaba por reírse del cocoliche que hablaban, mezcla de español, francés e italiano, pero luego quedaban prendidos por el fuego y verdad de sus palabras: surgieron los eternos impugnadores, que metieron presos a dos de ellos en Rávena, y también los amigos que los apelaban «los Santos». Se enteró Paulo III, que les había negado una audiencia, y los invitó a almorzar; y esos harapientos le cayeron en gracia y les dijo: «¿Para qué quieren ir a Jerusalén? Italia es su Jerusalén». Gracias a esta caída en gracia existe hoy la Compañía de Jesús. Dos años más tarde aprobó el esquema de sus Constituciones. «El dedo de Dios está aquí» dijo al leerlas[5].
“Paulo III subió al Papado a los 60 años y vivió hasta los 85. No hubiese subido al Papado de no ser el hermano de Julia Farnesio, la concubina de su antecesor, Alejandro VI. Era propenso a la ira y estaba siempre rabioso contra la Iglesia, contra Francia, contra España, contra Inglaterra, contra el Turco y contra sí mismo; los Romanos decían: «la iracundia deste viejo no parece cosa deste mundo». Antes de morir le asesinaron un hijo suyo, Pier Luigi; y entre los asesinos estaba un Cardenal, el Cardenal Gambara. Murió lleno de ira como había vivido, pero su ira no hizo daño a la Iglesia; pues cuando estaba enojado, acertaba. Cristopher Hollis ha escrito: «Es curioso que Paulo III, si no hubiese tenido una hermana manceba de un Papa no hubiese llegado a Papa; y que si no llegaba a Papa, la Iglesia perdía a toda Europa». En efecto, Paulo III estableció a los jesuitas, convocó el Concilio de Trento y fundó el Colegio Romano, mi Universidad, la Universidad Gregoriana hoy día. Fue el primer Papa de la Contrarreforma y el más eficaz de todos. Como Uds. ven, tenía motivos para andar enojado”.
“Después de Paulo III vinieron dos Papas contrarios a los jesuitas, uno los molestó poco, Julio III, pero el otro quiso suprimirlos, Paulo IV; y otro favorable, pero que reinó sólo 21 días, Marcelo I. La Compañía de Jesús empezó a crecer con rapidez tal que tan solo el Imperio de Alejandro y el Imperio de Napoleón pueden comparársele. […]
“Así quedó establecida en el mundo la Primera gloriosa Compañía de Jesús. Después, Ignacio la gobernó quince años y murió apaciblemente y silenciosamente, con sólo un compañero a su lado y dos médicos. Sus últimas palabras fueron iguales a las de Juan Manuel de Rosas: «¿Cómo se siente Padre?» «No sé» dijo. «Cómo se encuentra, tatita?» preguntó Manuelita a su padre. «No sé, niña». A lo mejor lo hizo adrede el «astuto tirano» –porque tenía gran admiración por San Ignacio de Loyola”[6].
Una Caballería Ligera
“Como fundador, San Ignacio fue llamado por Dios para estructurar una orden religiosa de tipo militar. […] La Providencia de Dios que provee a su Iglesia de los instrumentos necesarios en cada momento de su vida, había herido en Pamplona, herido en el cuerpo y en el alma, a un capitán vasco destinado a crear un nuevo cuerpo de la Iglesia militante, un cuerpo de caballería ligera, como él mismo dice. No bastaban ya los monjes que eran plácidos y caritativos agricultores como los benedictinos, ni los líricos vagabundos mendicantes, casados con la santa pobreza, que fundó el «Pobrecito de Asís», ni los canónigos regulares dedicados al estudio y la predicación, de Santo Domingo de Guzmán. Era necesario un nuevo cuerpo de hombres que amalgamara todas esas características monásticas con la disciplina necesaria en tiempos de guerra. Esa sociedad nació y fue el principal instrumento de la Iglesia para lo que llaman «la Contra Reforma»”[7].
La Compañía fue fundada “para «bautizar lo sociológico», es decir, para hacer en defensa de la Iglesia obras de gran empuje, de largo alcance, y de efecto trascendente, no solo individual sino colectivo y aun universal, si posible fuere. Para esas obras se necesitan a veces instrumentos materiales poderosos y caros. ¿Cómo conciliar la magnanimidad en pro de la Iglesia con la desnudez total de los pobres de Cristo?
“San Ignacio concibió hombres tan bien formados que su trabajo fuese innegablemente reconocido como útil a la colectividad donde viviesen, y tan desprendidos que estuviesen prestos a vivir mendigando, en casas tan desinteresadas que no tuviesen ningún bien estable o renta para su manutención, y donde todo fuese como de prestado; pero que fuesen baluartes mantenidos si fuera posible de día en día por esa misma colectividad o «ekklesía» con todo lo necesario a un baluarte: armas y pertrechos de un Colegio, una Universidad o una Casa de Escritores, colaboración hermosa de la liberalidad del laico con el heroísmo del monje”[8].
“El Libro Que Ha Hecho a los Jesuitas”[9]
Como instrumento de santificación el vasco dio a los suyos los Ejercicios Espirituales, aprobados por Paulo III en 1548 después que los censores dictaminaran que podía pasar sin cambio alguno.
“El opúsculo no era […] más que una experiencia formulada. Era, me atrevo a decirlo, una autobiografía en términos abstractos, una historia cifrada. Formado como todas las obras geniales en las regiones de la vida profunda ‒fruto de la naturaleza más que de la voluntad‒, su autor puede hablar de él con independencia y sin sombra de vanidad. […]
“Autobiografía y reglamento. Estado de alma particular, y conducta personal, convertidas en un método universal y manejable”[10].
Después de haber interrogado al opúsculo de Ignacio, Castellani da su última palabra respecto de los Ejercicios:
“Serían simplemente, en definitiva, una manera eficaz y moderna de construirse una soledad, con el fin de poder escuchar la voz del universo y de su Autor, «en su corazón», según la expresión del Libro Santo”[11].
La Cuestión de la Obediencia
El nombre de “Compañía” bajo el cual fue designado el Instituto manifiesta una característica importante de él:
“Las cualidades de vasco, caballero y soldado, que reunía el fundador, fueron el fundente que hizo posible la amalgama de los elementos monásticos y militares. Claro que lo principal del caso fue que San Ignacio era santo; pero al ser vasco, caballero y soldado, lo que creó tenía raza, tenía la reciedumbre vasca, y, sobre todo, era esencialmente militar. Su cualidad militar le dio, después de Dios, el éxito que obtuvo. La idea contenía un elemento tan novedoso que es fácil comprender por qué corrió el riesgo de ser rechazado por la autoridad. Era el ideal de una sociedad religiosa más que de una orden, en la que el oficio divino no se rezaría en coro, en que el gobierno sería monárquico y en que la obediencia sería absoluta y estricta”[12].
Debemos considerar esto último, pues ha hecho correr ríos de tinta:
“Nuestros enemigos nos han descrito muchas veces con esa figura de máquinas inhumanas, autómatas inertes, conciencias mutiladas. No solamente poetastros delirantes como Eugène Sue, sino hombres de talento, aunque adversos a nosotros, como Michelet, Quinet, Édouard Estaunié, Boyd Barrett, Aldous Huxley, se han aplicado minuciosamente a hacer grandes retratos odiosos de la Compañía como máquina destructora de la personalidad humana y fabricadora de «robots» con sotana”[13].
Además, el insigne Juan de Mariana denunció la práctica de una falsa obediencia en la Compañía en tiempos de Acquaviva[14]. Y, más importante, Loyola firmó una Carta sobre esta virtud que parece dar pie a los que atacan la espiritualidad de la Compañía.
Compendiamos la respuesta de Castellani a quienes piensan que Ignacio padeció el influjo de Escoto y Ockham, cuyo voluntarismo los había llevado a sostener el “iustum quia iussum” (es justo hacer algo porque ha sido mandado):
“La Carta de la Obediencia fue escrita por Luis de Polanco, género retórico, sin errores teológicos por supuesto, pero sin la teología completa de esta virtud; la cual no era su fin, desde luego. No es un escrito «científico», sino oratorio, exhortatorio. Apunta sí de paso, sin explicarlos nada, sus topes y extremos, que son el absurdo y el pecado; vale decir: no se puede obedecer en lo que es ilícito; y no puede haber «obediencia de entendimiento» delante de algo manifiestamente falso.
“Notemos de paso que la expresión «obediencia de entendimiento» es metafórica y no exacta. La obediencia es una virtud de la voluntad y su sujeto no puede ser el entendimiento. «Obediencia de entendimiento» sólo puede significar obediencia en la que (por justas razones o sin ellas) se suspende el ejercicio del entendimiento. En suma, la voluntad puede hacernos cerrar los ojos; pero no puede hacer que veamos árboles azules o ranas con pelos, a ojos vistas.
“La práctica viciosa con respecto a la obediencia religiosa se podría resumir en estas proposiciones teóricas –falsas:
“La obediencia es la principal de las virtudes.
“La obediencia suple a las otras virtudes.
“La obediencia suple, por ende, a la conciencia: se puede abandonar la propia conciencia (y es fácil, cómodo y seguro) en manos ajenas.
“No dice esto la Carta ciertamente; pero no se puede negar que sus expresiones místicas y ponderativas tiran hacia allá y dan asa a la interpretación que Pascal, Chesterfield y Huxley le dan, de donde salió la vulgar calumnia contra los jesuitas, de «suprimir la personalidad humana». Demasiadamente preocupado por reducir al súbdito que obedece poco, Polanco olvida al superior que manda demasiado.
“Pero mandar demasiado existió mucho antes que esta carta: siempre. Es una acariciada tendencia de la condición humana la voluntad de poderío.
“La obediencia, en suma, es un medio de ensamblar las piezas complementarias en la inmensa diferenciación human, y obtener el bien de la cooperación; en orden al bien aún mayor de la coalescencia o comunión: es un requisito para que lo bajo pueda gozar de las excelencias de lo alto, y «todo sea de todos», según el sacro ideal de la caridad”[15].
Frutos
“¿Qué éxito tuvo ese instrumento [la Compañía de Jesús]? Exteriormente no consiguió conservar ese espléndido edificio cultural que llamamos «la Cristiandad Europea», el cual se rompió y fragmentó en dos partes; pero consiguió conservar una parte. Interiormente esos soldados de Cristo, consiguieron el éxito infalible prometido a sus soldados por Cristo, a saber, salvar almas en cuanto es posible, y cuando menos, salvar el alma propia. Los que hablan del fracaso de los jesuitas en lo que intentaron y hoy intentan, como J. R. Green y A. Huxley, no comprenden la naturaleza de su intento ni conocen la fe. No advierten que algo planeado para afrontar las más difíciles situaciones, un instrumento lanzado contra los puestos de mayor peligro y menores albures, debe medirse por lo que ha alcanzado y no por lo que es inalcanzable”[16].
La Compañía ha dado a la Iglesia cincuenta y tres santos. Pero también ha conocido desviaciones, de las que hablaremos más adelante.
* * *
CAPÍTULO XX ‒ LOS AUSTRIAS MENORES
“Venus Ultrix”[17]
Para extender su influencia los Habsburgo, sobre todo la rama española, concertó matrimonios entre parientes cercanos, ateniéndose al lema: “Deja que los otros hagan la guerra, tú, Austria afortunada, cásate; porque los reinos que Marte da a los otros, a ti te los concede Venus”. Los resultados de la endogamia, insinuados en Carlos V, quien se atiborraba de comida en su retiro de Yuste, y en Felipe II, maniático del papeleo, fueron manifiestos en los siguientes Monarcas; y llegaron al extremo en Carlos II, el último Austria español, al que Castellani moteja de “calamidad cuadrúpeda”.
Un Tonto Divertido
En 1598 fue coronado Felipe III, sobre quien su padre había manifestado el temor de que otros lo gobernasen, predicción que salió verdadera. Al pie de una reproducción del retrato de Felipe III por Velázquez[18], Castellani anota:
“Físicamente más fuerte y menos tarado que Felipe IV, piadoso con piedad exterior, gazmoña y casi supersticiosa”.
Naturalmente tal espiritualidad era ineficaz para frenar sus pasiones carnales, no excesivas por otra parte.
“El médico psiquiatra Francisco Alonso-Fernández lo describe en su libro Historia personal de los Austrias españoles como una persona «de dotación intelectual escasa o mediocre, casi en el umbral de la deficiencia mental. Si no fuera por su fervorosa entrega al divertimento, la imagen de Felipe III podría ser equiparada a la de los monjes medievales atacados por una especie de pereza melancólica, la acedía»”[19].
Un Imperio que ocupaba un quinto de la tierra y reunía a tantos millones de habitantes no podía quedar al garete, y el Monarca dejó todo o casi en manos de Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, Marqués de Denia y luego Duque de Lerma. Había nacido en 1553, en una familia noble aunque de menguado patrimonio. Para recuperar el antiguo esplendor, Francisco intentó ocupar un lugar en la Corte de Felipe II y llenar sus arcas por medio del tráfico de influencias. Como el Rey Prudente se mostró insensible a los halagos de Sandoval y Rojas, éste se propuso formar parte de la camarilla del heredero, a quien colmó de regalos, y hasta tal punto logró su objetivo, que el Monarca, alarmado, lo separó de su hijo enviándolo a Valencia como Virrey.
Pronto se las arregló para estar nuevamente junto al Príncipe, y una vez dueño de la situación, el cohecho generalizado le permitió acumular grandes riquezas. Como la codicia no tiene límites, ideó un plan en dos tiempos para acrecer aún más su fortuna a expensas del Rey: por muy poca plata compró tierras en Valladolid, y en 1601 convenció al Monarca para que trasladase allí la Capital. Cuando la idea fue aceptada, las propiedades vallisoletanas de Lerma fueron vendidas a la Corona a precio de oro. Parte del dinero fue empleado para comprar tierras, ahora depreciadas, en la ex capital. Cinco años después de la mudanza, el Duque persuadió al Rey a volver a Madrid, pues Valladolid no había satisfecho las expectativas, para lo cual fue necesario comprar nuevamente propiedad inmueble al valido, y también esta vez a un precio exorbitante.
En l603 Lerma “hizo acuñar reales de vellón sin aleación de plata y a la mitad del peso: así «inflaban» en aquel tiempo, ahora es mucho más fácil. El gran jesuita Juan de Mariana escribió un tratadito De Mutatione Monétae, en latín, demostrando al Rey que eso era inmoral, y que, segundo, sería desastroso para España, como de hecho lo fue. Se levantó una tempestad, «un huracán» dice su biógrafo Gaibrois: fue encarcelado, acusado de crimen «lesae majestatis», denunciado al Papa; en París fue quemado públicamente su libro De Rege, le armaron un proceso interminable –y al salir del proceso real lo agarró la Inquisición con otro proceso por hereje. Al fin, lo desterraron de Madrid a una aldea, lo cual a él le vino de rechupete. Tenía 73 años y le quedaban 15 años por vivir”[20].
Sin embargo, no fue posible mantener oculta la creciente corrupción y el escándalo provocó la caída de Lerma, quien, para eludir la Justicia, se hizo nombrar Cardenal. Su estratagema dio lugar al dicho: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado”.
Lerma se retiró a sus tierras en 16l8 y murió siete años después. Algunos historiadores sostienen que ha sido calumniado, pero en cualquier caso el gobierno de los validos, que continuaría bajo Felipe IV, fue nefasto.
En esos años se acentuó un proceso que sacó a luz la honda mutación del alma española:
“Lo que Roma y Venecia fueron en los siglos XV y XVI, fue Madrid en el siglo XVII. […] La nobleza afluyó a Madrid, singularmente desde Felipe III”[21].
“En el tiempo del feudalismo, […] una élite guerrera defendía a los trabajadores y a los letrados, y los gobernaba a la vez. Mas cuando la «nobleza» europea dejó de ejercitar esa misión y de guerrera se volvió «cortesana», comenzó su decadencia; y al fin fue desplazada y abolida”[22].
La Guerra de los Treinta Años
En 1618, Fernando II de Habsburgo obtuvo la corona del Sacro Imperio. Como el nuevo Emperador era católico a rajatabla, los protestantes de Europa Central rechazaron su elección y decidieron imponer otro favorable a la herejía.
Pero la situación se complicó, en primer lugar, porque surgió un nuevo conflicto, ya que los Calvinistas reclamaron los beneficios que la Dieta de Augsburgo había otorgado a los luteranos (los súbditos debían adoptar la religión del Príncipe), y así católicos y luteranos por momentos unieron sus fuerzas contra los seguidores de Calvino. La catástrofe se hizo internacional porque los bandos en pugna movían a otros Reinos europeos a intervenir en el conflicto. Dinamarca, Suecia, Holanda y Francia (ésta de modo oculto) apoyaron a los protestantes; mientras Felipe III decidió intervenir con el objetivo de ampliar sus dominios en el Franco Condado y Flandes.
La guerra devastó a una parte importante del actual territorio alemán, aunque también otras zonas de Europa Central conocieron los horrores de un conflicto que costó alrededor de cuatro millones de muertos, de los cuales solo una décima parte cayó en los campos de combate. El resto fue víctima de las crueldades de todo tipo cometidas por los bandos en pugna: desaparecieron ciudades y pueblos, fueron masacrados ancianos, mujeres y niños, la práctica de torturas bestiales y del pillaje convirtieron al teatro de esa guerra en un infierno.
La victoria parecía segura a los católicos, pero el Cardenal Richelieu, Canciller de Luis XIII, descubrió un genio de la guerra, el Rey Gustavo Adolfo II de Suecia, y le dio la suficiente cantidad de oro para que entrara en el conflicto. El Papa Urbano VIII, receloso tanto de España y el Imperio como de Francia, buscó navegar a dos aguas.
La intervención de Gustavo cambió el rumbo de los acontecimientos, pues el ejército sueco tenía formaciones más ágiles, caballería compacta y mayor potencia de fuego, así que el nuevo paladín de los reformados triunfó en cuantos combates intervino en esta guerra, incluso en Lützen (1632), donde perdió la vida. Sin embargo, el ejército escandinavo mantuvo su reputación de invencible y junto con sus aliados sajones se dirigió al sur de Alemania para terminar con los imperiales.
El Cardenal Infante Fernando de Austria, Gobernador español de los Países Bajos, formó un ejército en Milán para respaldar las tropas de Fernando II. En septiembre de 1634 obtuvo una gran victoria en Nördlingen, donde el ejército sueco fue destruido (12.000 muertos y 4.000 prisioneros, entre ellos Gustav Horn, el jefe de los protestantes).
Esta batalla estuvo a punto de decidir la Guerra de los Treinta Años a favor del bando imperial y español, y dar la hegemonía a los Habsburgos austríacos y españoles contrariando la aspiración francesa a la primacía. Por ello el Cardenal Richelieu decidió que Francia participara abiertamente en la guerra a favor de los protestantes y esto hizo que se volvieran las tornas.
En 1642 los españoles vencieron a los gabachos en Honnecourt, pero el año siguiente, la sublevación catalana los obligó a abrir un nuevo frente en la Península, y, debilitados, sufrieron la derrota de Rocroi (Flandes). En 1648 se firmó la Paz de Westfalia, que perjudicó gravemente al Imperio, pues debería reconocer la soberanía de los Principados y ciudades. El criterio de Augsburgo se extendió a los calvinistas.
España encontró fuerzas para obtener la victoria en Valenciennes, en 1656, donde Francisco de Meneses derrotó al Mariscal Turena, quien sitiaba dicha plaza. Pero dos años después Francia dio el golpe de gracia a los Tercios en el Combate de las Dunas.
La “viveza” de Richelieu terminó costando caro a Francia. Al impedir que los alemanes tuvieran por cabeza a Viena, abrió el camino a la unificación de los germanos por Berlín, que en 1870 y 1940 destruyó para siempre el sueño imperial francés.
Además, la intervención francesa dejó a Europa dividida, y esto era condición indispensable para que Inglaterra continuara levantándose y llegara a ser el árbitro de las cuestiones continentales: su táctica, como lo explica Belloc, fue apoyar al bando más débil para impedir que el otro se hiciera demasiado poderoso. Y mientras los continentales tenían contínuas guerras, la Isla silenciosamente construía su imperio marítimo, en el cual Gueydan de Roussel vio el cumplimiento de la figura del Leviatán, el monstruo que señorea las aguas[23].
FELIPE IV
En 1621 y con sólo 16 años, ocupó el trono Felipe IV. Al pie de una lámina con el retrato pintado por Velázquez, Castellani escribió:
“La cara débil con el mentón alargado denuncia la tara fisiológica” [24].
Libertino y al mismo tiempo piadoso, lo dominaba la pasión del teatro; su carácter tiene rasgos en común con Lope de Vega, que brilló entonces como “el Fénix de los ingenios”. No sólo el Rey tuvo amoríos, sino probablemente también su esposa, Isabel de Borbón –hija del Rey francés Enrique IV–, con el Conde de Villamediana, asesinado según la opinión general por orden de Felipe.
El gobierno quedó más de veinte años en manos de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, quien se había adueñado de la voluntad del nuevo Monarca antes de su acceso al trono, y por ello, al enterarse de la agonía de Felipe III, exclamó: “¡A esta hora todo es mío!” Cuando España tenía desesperada necesidad de dinero para luchar contra sus enemigos, el Rey y Olivares imponían fuertes gravámenes para que la Corte de Madrid tuviera más esplendor que en cualquier otra época.
Desde la Corte la inmoralidad se propagó por todo el Reino, y es sabido que el desorden de las costumbres desemboca en conmociones sociales: en 1640 se produjeron revueltas en Cataluña –donde el Rey logró afirmar su dominio recién en 1652– y Aragón. En diciembre el Duque de Braganza se proclamó Rey de Portugal con el nombre de Juan IV. El año siguiente hubo una conspiración en Andalucía.
Aunque en 1643 el Conde-Duque fue desterrado, las cosas no mejoraron. Nápoles se rebeló sin éxito en 1647, pero el año siguiente España, en el tratado de Westfalia, reconoció la independencia de los holandeses y, derrotada en la batalla de Dunkerque, firmó, en 1659, la Paz de los Pirineos, que, entre otras cosas, arreglaba el futuro matrimonio de Luis XIV con María Teresa, hija de Felipe IV, lo que hacía posible que un Borbón reinara en Madrid. Francia se comprometía también a respetar los fueros catalanes en el Rosellón, al norte de los Pirineos, condado que hasta entonces había pertenecido a la Monarquía española, pero un año después de firmar esta paz, Francia derogó los usos catalanes.
El movimiento independentista portugués triunfó definitivamente en 1665, y en setiembre de ese año falleció el Rey español.
Carlos II
Lo sucedió Carlos “el Hechizado”, quien padeció más que sus antecesore las consecuencias de los matrimonios entre parientes concertados por los Habsburgo: su índice de consanguinidad fue 0,25%, el de alguien que es fruto de la relación entre hermanos.
Como el Rey sólo tenía cuatro años, su Madre, Mariana de Austria, hija del Emperador Fernando III, fue Gobernadora de España y tutora de Carlos hasta 1675. Al principio Mariana eligió como valido al jesuita Everardo Nithard, a quien había conocido en Viena y designado miembro del cortejo que la acompañó a Madrid, donde recibió el nombramiento de Gran Inquisidor e integrante de la Junta de Regencia. Sin embargo, Nithard encontró fuerte oposición de los nobles, los eclesiásticos, y finalmente de la burguesía, disgustada no sólo por el reconocimiento de la independencia de Portugal, sino también porque intentaba prohibir las representaciones teatrales. La consecuencia de tal animosidad fue que tres años después su lugar fuera ocupado por Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV.
En 1675 Carlos se hizo cargo del Reino. A su debilidad física e intelectual se sumaba la falta de preparación para gobernar, puesto que todos suponían que su vida sería muy breve, así que nadie se ocupó de educarlo como Príncipe.
En 1679 España perdió el Franco Condado y varias ciudades en Flandes; en 1684 fue el turno de Luxemburgo. Siete años después los franceses ocuparon Cataluña, que, sin embargo, permaneció española por el tratado de Riswyck (1697), porque Luis XIV veía cercano el momento de colocar un miembro de su familia en Madrid y por ello juzgó prudente mostrar buena voluntad a sus vecinos transpirenaicos. A estas pérdidas territoriales hay que agregar el ataque continuo de los piratas, especialmente ingleses, que aumentó mucho en los siglos XVII y XVIII. Esas enormes riquezas, junto con los bienes robados a la Iglesia por Enrique VIII y su Corte, hicieron posible la acumulación de dinero necesario para el desarrollo del Capitalismo inglés[25].
Mas no todo fue negativo durante este período, porque dos favoritos, el Duque de Medinacelli y el Conde de Oropesa, impusieron medidas que con el tiempo dieron resultados beneficiosos que hicieron posible superar los apuros económicos y en consecuencia permitieron el crecimiento de la demografía española.
La muerte de Carlos en 1700 desató uno de los mayores conflictos de la historia europea, la Guerra de Sucesión; pero antes de abordar ese choque tratemos de entender la crucial y muy reñida cuestión del ocaso español a la luz de lo dicho en el Capítulo XII sobre la decadencia de las sociedades.