Capítulo XV y XVI

CAPÍTULO XV ‒ LA RUPTURA DE LA CRISTIANDAD

EL DRAMA DE LUTERO

Lutero Católico[1]

 

Martín Lutero, primogénito de Hans Luder (o Luther) y Margarethe Ziegler, nació en Eisleben (Sajonia), en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1483. Sus padres eran buenos cristianos, pero excesivamente rigurosos con sus hijos. Según dijo más tarde, su madre acostumbraba azotarlo hasta hacerlo sangrar. “Con asombro puede advertirse que a lo largo de sus confidencias y recuerdos no dedica jamás un pensamiento afectuoso para su madre”[2]. También su padre cedía con facilidad a los arrebatos de ira; parece ser que en otro tiempo involuntariamente había dado muerte de un golpe a un hombre con quien discutía, y ni el reformador ni sus seguidores negaron la veracidad de esta historia.

Pocos días después del nacimiento de Martín la familia se trasladó a Mansfeld, donde Hans trabajó como minero y luego, gracias a su esfuerzo, llegó a ser dueño de una empresa metalúrgica, lo que le permitió vivir con desahogo y más adelante costear los estudios universitarios de su hijo mayor.

Finalizada la educación primaria, Martín pasó con catorce años a la escuela de Magdeburgo, dirigida por los Hermanos de la Vida Común. Allí recibió una buena formación humanística a costa de soportar el duro régimen de vida, al que años después llamaría un purgatorio. Sólo estuvo un año en Magdeburgo, pues desde 1498 hasta 1505 se alojó en casa de una familia en Eisenach, y durante ese tiempo estudió gramática y latín en la Georgenschule, de la que egresó como un óptimo conocedor del idioma y la literatura de los romanos. Luego aprendería griego y hebreo para leer ambos Testamentos en sus lenguas originales.

De 1501 a 1505 estudió en la Universidad de Erfurt, donde recibió una formación ockhamista: “Yo pertenecía a la secta de los «terministas»… que también se llaman «ockhamistas», y es la más moderna de las sectas, y también en París la más poderosa”. Tuvo así por bueno que nuestros conceptos no expresan las naturalezas de las cosas, y este error sobre la aptitud del pensamiento para aprehender la realidad influiría luego en su doctrina de la justificación.

El ockhamismo también yerra gravemente sobre la voluntad, pues niega que el apetito espiritual esté necesariamente orientado al Sumo Bien, de lo que se sigue ‒contra lo enseñado por Aristóteles[3] y Santo Tomás[4]‒ que la voluntad no es potencia racional, sino absolutamente libre. El dinamismo pendular del error (los extremos se tocan) conduciría alternativamente a dos posiciones viciosas: poner el fin de la voluntad en su propio ejercicio, negar el libre albedrío.

No hay noticias ciertas de su moralidad en los años transcurridos en Erfurt, y Villoslada observa que el futuro reformador jamás fue amonestado por las autoridades académicas, claro indicio de que no participó en desórdenes públicos y notorios[5]. En 1505 obtuvo el grado de Magister.

El 2 de julio de 1505, mientras regresaba a Erfurt desde Mansfeld, lo sorprendió una tormenta y fue derribado por la explosión de un rayo, que interpretó como una advertencia del cielo y un signo del juicio de Dios. Presa de espanto invocó a Santa Ana y prometió ser fraile si salía con vida de aquel peligro, y dos semanas después ingresó al convento de los Agustinos Eremitas de Erfurt.

Mas no todos piensan que las cosas hayan sucedido de este modo. El protestante Dietrich Emme[6] sospecha por graves razones que la causa de que Lutero se hiciese fraile no fue un rayo, sino la huida de la justicia, tras haber herido mortalmente en duelo a un estudiante. Señala que los más antiguos biógrafos del Heresiarca, como Mathesius, Melanchton y Selnecker, opinan que Lutero mató en duelo a un amigo suyo y que casi simultáneamente la tormenta lo traumatizó. Los duelos entre estudiantes eran entonces muy comunes, y las Universidades procuraban disimular las muertes de este tipo para no adquirir mala fama. Más tarde Lutero confesó a su secretario Veit Dietrich haber que había ingresado al claustro para evitar la captura; y en el Prólogo a De Votis Monasticis escribió: “No me he hecho fraile por mi gusto o voluntad, ni mucho menos para llenar la barriga, sino porque aterrorizado por una muerte imprevista, pronuncié un voto obligado y no libre”.

Los Agustinos Eremitas no estaban sometidos a la autoridad eclesiástica local, pues dependían de Roma, y su entrada tuvo lugar de noche y a escondidas. A pesar de que pocos meses antes había obtenido el preciado título universitario, no fue recibido como postulante, ni siquiera como hermano lego; además, debió soportar un trato indigno y realizar los trabajos más humildes. Y en 1517, el año en que dio a conocer las tesis que llevaron a la ruptura con la Iglesia, publicó sin firma un escrito en que defendía el derecho de la Iglesia a otorgar asilo.

En el convento padeció crisis psicológicas, fomentadas por su error sobre el carácter pecaminoso de la tentación y la imprudente práctica de mortificaciones con que buscaba reprimir los primeros movimientos de la naturaleza caída. Fue ordenado sacerdote en 1507, y cuando rezó su primera Misa, sentía tal espanto, que habría huido en el momento del Ofertorio si el Prior, que lo asistía en el Santo Sacrificio, no lo hubiese impedido. “Más adelante había de afirmar que siempre al celebrar la Santa Misa hacíalo con miedo, con un gran terror”[7].

En 1508 se trasladó a Wittenberg, donde continuaron sus pruebas interiores: “padecía una continua melancolía; nada me podía librar de aquella tristeza”[8]. El año siguiente pasó a Erfurt para enseñar las Sentencias de Pedro Lombardo, y en 1510 peregrinó a Roma por causa de un conflicto interno de los Agustinos.

En octubre de 1512 se doctoró en Teología en Wittenberg, y comenzó a enseñar Sagrada Escritura. En 1515 fue nombrado Vicario de la Provincia agustiniana y procurador de once casas religiosas. Al igual que su maestro San Agustín se vio “enredado por la mañana y por la tarde en asuntos humanos”[9]; pero mientras el Doctor de Hipona había exigido el nombramiento de un Obispo Auxiliar que resolviera los problemas temporales para que él pudiese atender “al negocio de Dios”, Lutero se dejó absorber por las cuestiones administrativas y abandonó la oración.

Alrededor de 1518, cuando se encontraba “en la cloaca de la torre” del claustro, creyó recibir del Cielo luces sobre la doctrina paulina de la salvación: ésta no se obtiene por las obras, pues el pecado original (que Lutero identifica con la concupiscencia) ha maleado sin remedio al hombre, por lo cual es ilusorio esperar que esta cepa podrida dé buenos. frutos. Ni el bautismo ni cualquier otro sacramento pueden devolver al hombre la rectitud, así que aun el justo peca en toda obra buena.

 

La Ruptura con la Iglesia

 

El Papa León X trataba entonces de reunir los fondos para llevar adelante la construcción de la basílica de San Pedro, y en marzo de 1515 promulgó una bula por la cual, quien diese una limosna obtendrían una indulgencia.

“Las «indulgencias» son una serie de traducciones al exterior de dogmas de fe que son verdaderos si se sustentan en la vida interior; pero cuyas traducciones al exterior los pueden traicionar hasta convertirlos en la siguiente monstruosidad: «Dáca oro y te doy gracia».

“Eso es el colmo de la exterioridad religiosa. […] Las indulgencias tienen una justificación teológica un poco complicada pero innegablemente lógica; pero para que esos silogismos sean verdadera religión y no armazón ridículo de exterioridad, es menester haya mucha fe en súbditos y Pastores y mucha humildad y temor de Dios en el manejo del rito; cosas que en el 500 escaseaban. En otras palabras, los antiguos perdones de la primitiva Iglesia, basados en un sentido profundo del pecado, de la misericordia y de los méritos de los mártires, se habían desecado por dentro y convertido en una práctica de más en más exterior; hasta que el diablo del comercio se metió en la cáscara vacía”[10].

El dominico Tetzel predicó las indulgencias cerca de Wittemberg, y manifestó “que para ganar la indulgencia en favor de los muertos sólo era necesaria la oblación de dinero, no el dolor y la confesión. […] Una opinión escolástica no segura, ya reprobada por la Sorbona en 1482, y luego nuevamente en 1518, no una doctrina de la Iglesia era la que de modo absolutamente indebido fue así presentada como verdad segura”[11].

Lutero aprovechó la ocasión para salir al cruce de esta práctica. García-Villoslada niega que el 31 de octubre de 1517 el reformador haya clavado las 95 tesis en las puertas de la Iglesia de la Universidad, ya que nadie mencionó este hecho en vida del agustino[12]. Escribió una carta al Arzobispo de Maguncia y Magdeburgo, a la que adjuntaba las tesis. Aunque muchas eran ortodoxas, otras resultaban heréticas, por ejemplo, las que negaban el poder de la Iglesia para perdonar los pecados, el Purgatorio, etc. La tesis 86 pertenecía a aquella clase de afirmaciones que, según Chesterton, ponen de manifiesto que ha llegado la hora aciaga en que los mentirosos tienen razón: el dinero requerido para la construcción de la basílica romana debía salir de las arcas del Papa, “más rico que Creso”.

“La rebelión protestante marca históricamente el momento en que la exterioridad religiosa rompió el equilibrio y amenazó seriamente a la interioridad”[13].

“Aquello contra lo cual insurgió Lutero era vicioso y falso. La Iglesia medieval había incurrido en una tiranía insoportable: lo exterior, lo formal y lo violento amenazaban transformar la vida religiosa de Europa en algo muy diferente del espíritu de Cristo. La religión se transformaba en una política y se confundía con un imperialismo: los medios de que usaba para defenderse o propagarse eran de más en más duros; sus prácticas, de más en más exteriores; su espíritu, de más en más infraterno; su vida, de más en más material. En suma, había una crisis de lo interior (de la fe) y una hipertrofia de lo humano (de las obras) que había destruido el equilibrio, creando una especie de nuevo fariseísmo. La sangre de San «Yenaro», como si dijéramos –y la sangre de Savonarola– amenazaban recubrir la sangre de Cristo”.

La crisis protestante no se debió exclusivamente a la corrupción religiosa, sino también al fuerte sentimiento nacional. Lutero fue considerado “la encarnación del genio alemán”. En el Manifiesto a la Nobleza Alemana, compuesto en 1520, se presentó como el campeón de una raza noble y humillada, frente a los odiados italianos de la Curia Romana.

Otro factor que influyó en la consolidación de la Reforma fue la codicia de los bienes eclesiásticos, cuya venta permitiría a los nobles adquirir las costosas piezas de artillería necesarias para conservar su poder. La burguesía, por su parte, experimentaba un rechazo visceral hacia la contemplación, el celibato y las trabas que la moral católica ponía a la persecución del lucro desmedido[14].

La conmoción provocada por la actitud desafiante del agustino fue enorme, y como el paso del tiempo no traía la calma, sino que el incendio se propagaba, el Papa lo llamó a Roma en junio de 1518. Lutero se negó a ello, y la influencia del Elector de Sajonia obtuvo que fuese enviado a Augsburgo el Cardenal Cayetano, uno de los grandes comentadores de Santo Tomás de Aquino. A mediados de octubre el Cardenal entrevistó al conflictivo personaje y disputaron sobre las indulgencias y la justificación. Lutero sostuvo el carácter invisible de la Iglesia, cuya Cabeza no es el Papa sino Cristo. Tras el inútil encuentro, Fray Martín escribió a Cayetano una carta en la que declaraba su propósito de apelar “al Papa mejor informado” y huyó. Luego comenzó a preparar una apelación al Concilio.

En 1518 falleció el Emperador Maximiliano y la Corona pasó a su nieto Carlos V. Católico a machamartillo, se propuso hacer cuento fuese necesario para acabar con el estallido herético; pero sus fuerzas debían emplearse a fondo en la lucha contra Francia y el Islam, y esto permitió a la Reforma continuar su expansión. Tras muchas peripecias, Roma condenó 41 proposiciones de Lutero en la bula Exsurge, Domine, en junio de 1520. El Heresiarca respondió con el libelo Contra la Execrable Bula del Anticristo, y el 10 de diciembre quemó ante gran cantidad de profesores y estudiantes de Wittenberg la Bula y el Código de Derecho Canónico. El 3 de enero siguiente Roma lo declaró hereje y le impuso la excomunión.

En abril de 152l, el Heresiarca se presentó en Worms, con ocasión de la Dieta anual del Imperio, y allí debió declarar ante Carlos V. Dijo ser prisionero de la Palabra de Dios y sostuvo que ni el Sumo Pontífice ni el Concilio eran infalibles. El 8 de mayo el Emperador hizo quemar las obras del agustino; y el 25, cuando éste ya había partido, Carlos mandó publicar el Edicto de Worms, que condenaba al Heresiarca y sus prosélitos.

El Elector de Sajonia permitió que Lutero se refugiase en el castillo de Wartburg, donde permaneció diez meses. Allí inició la traducción de la Sagrada Escritura al alemán, que resultó una joya literaria y también un acierto de primer orden para la difusión de su doctrina. Con igual finalidad compuso himnos y cánticos de iglesia. El más famoso de ellos, Sólida Fortaleza Es Nuestro Dios, fue entonado por Lutero y sus partidarios al entrar a Worms, y, según Heine, “era un verdadero canto de guerra. La vieja catedral tembló a esos nuevos sones, los cuervos quedaron espantados en sus nidos oscuros, en las cimas de las torres. Este himno, la Marsellesa de la Reforma, ha conservado hasta nuestros días su poderosa energía”[15].

Mostró gran perspicacia al afirmar que las dos columnas del Papado son la Misa y el Monacato. En 1523 publicó la Formula Missae et Communionis, donde mandó suprimir el Ofertorio y el Canon, eliminando con ello el carácter sacrificial de la Misa, que pasa a ser un banquete en recuerdo de la Última Cena. Negó también que el Señor hubiese instituido un sacerdocio para celebrar el sacrificio de su Cuerpo y su Sangre, por lo cual los curas católicos son sencillamente idólatras. Defendió sin embargo la presencia real de Cristo en la Eucaristía, negada por Zwinglio y otros que pretendían hacer una interpretación puramente simbólica de las palabras: “Esto es mi Cuerpo… éste es el cáliz de mi Sangre”; y para explicar tal presencia enseñó la la consubstanciación: Cristo está en la hostia  sin que desaparezcan las substancias del pan y del vino. La tirria al Catolicismo le impidió aceptar la transubstanciación o conversión de toda la substancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

La figura más importante del Humanismo renacentista, Erasmo de Rotterdam, no había querido tomar parte en la controversia, mas persuadido por algunos Príncipes y amigos, especialmente Tomás Moro, decidió escribir el Estudio sobre el Libre Albedrío, que publicó en 1524 y en el cual denunció la negación protestante de la libertad. Lutero respondió el año siguiente con De Servo Arbitrio (Sobre la Libertad Esclava) argumentando que admitir la libre voluntad es impío, blasfemo y sacrílego, pues si el hombre tuviese capacidad de elegir por sí mismo, ello significaría la anulación de la presciencia y el poder infinito de Dios, de lo que infería que “la libertad es un jumento”.

Todo es realizado en nosotros por la irresistible voluntad divina; en consecuencia, la fe que justifica no es una acto de quien cree; y, en efecto, el reformador enseñó que el Espíritu Santo mueve al fiel como a una criatura inanimada. Así, su doctrina de la predestinación coincide con la de Juan Calvino, sólo que éste la propuso con más rigor lógico que el sajón.

Además, tenemos a la vista la existencia de actos pecaminosos: ¿debemos acaso decir que Dios obra el mal? Lutero respondió negativamente: aunque haga cosas malas por medio de los malos, su voluntad no puede ser mala, porque es la regla suprema de todo; por tanto, algo es bueno o malo porque Dios así lo determina. Igual doctrina había sido enseñada por los nominalistas: no hay actos de suyo buenos ni otros intrínsecamente malos; la voluntad del Omnipotente decide al margen de cualquier razón la diferencia entre el bien y el mal. Cuando el transcurso del tiempo revele que el secreto de esta Teología es la Antropología, la voluntad incondicionada será la del hombre, y al igual que en el Paraíso, volverá a atribuirse el poder de decidir sobre el bien y el mal.

 

El “Evangelio” de Estado

 

En los años 1524 y 1525 tuvo lugar la sublevación de los campesinos.  Éstos se quejaban de que los nobles se habían apropiado de los bosques e impedían que los humildes se procurasen leña, las rentas exigidas por los dueños de los campos eran exorbitantes, y la situación general empeoraba constantemente. La prédica luterana había desencadenado un espíritu de anarquía; ahora los campesinos reclamaban su parte en los beneficios de la libertad, y los más notorios jefes de la insurrección habían abrazado la doctrina del reformador. Por esta razón Erasmo pudo escribir a Lutero: “Tú no quieres denunciar a los amotinadores, pero ellos te denuncian y los autores de esta guerra se jactan del Evangelio”[16].

Al comienzo de la revuelta, el Heresiarca escribió una Exhortación a la Paz, en la que hacía a los Príncipes responsables de los tumultos. Los campesinos cometieron toda clase de excesos, hasta que los nobles se unieron y ahogaron en sangre la rebelión. Lutero decidió tomar partido por los Señores pues vio que el caos producido por los insurrectos hacía peligrar la supervivencia de la herejía. Afirmaba que el Diablo había utilizado a la plebe “para combatir el Evangelio”. “Su Evangelio”, observa Grisar. “He aquí el móvil de toda la conducta de Lutero”[17].

Publicó un folleto Contra las Bandas Homicidas y Ladronas de Campesinos, en el que se mostró dominado por una cólera inaudita: “En esta hora peregrina un Príncipe puede ganar el cielo derramando sangre, mejor que otro rezando. Por eso, amados Señores, descargad aquí, salvad allá, socorred acullá, tened piedad de la pobre gente… que clave, estrangule y golpee quien pueda. Enhorabuena si pereces en la demanda; muerte más bienaventurada no podrá alcanzarte nunca. Por eso, quien pueda, que acribille y lapide y estrangule, pública o secretamente, al rebelde. ¡Que lo haga como quien mata un perro rabioso!”

En respuesta a quienes le reprocharon la aprobación de las masacres escribió Acerca del Severo Folleto contra los Campesinos, en el que volvió a manifestar su feroz iracundia, y de paso formulaba el primer principio del retorno a la verdadera religión: “Lo que yo enseño y escribo será justo y verdadero, aunque el mundo estalle de despecho. No quiero oír hablar de misericordia. Al jumento, palos; el populacho debe ser conducido por la fuerza”. Alrededor de 150.000 campesinos fueron masacrados, y las pérdidas religiosas, artísticas y económicas resultaron incalculables.

Tras el baño de sangre, la revolución religiosa quedó en manos de los Señores. Aunque Lutero admitía el derecho de los Príncipes a intervenir en las cuestiones eclesiásticas, no deseaba que la sociedad religiosa perdiese su independencia. “En sus Conversaciones de Sobremesa hay un texto clave, porque da fundamento filosófico a esta dualidad de jurisdicciones entre lo temporal y lo espiritual y anticipa la famosa distinción mariteniana entre individuo y persona. […] Decía que un cristiano reúne en él dos personas, a saber: una persona civil o temporal y una creyente o espiritual. La persona espiritual o creyente […] no participa de ningún modo en las obras y sucesos del orden temporal. La persona civil está sometida a las leyes y derechos temporales. […] Esta distinción entre una persona angelical entregada a la fe y a las obras de misericordia, y otra carnal, sometida a las exigencias materiales del orden mundano, es de claro cuño maniqueo, […] un intento de armonizar un orden práctico sin inspiración sobrenatural y un orden religioso sin fundamentos reales”[18].

Esta doctrina confusa y enrevesada pone de manifiesto no sólo la mala inteligencia del misterio de la Iglesia, sino principalmente su error capital, sobre Cristo, que será expuesto más adelante. No fue capaz de entender la armonía entre la autoridad espiritual y el poder temporal porque su interpretación herética, de la Encarnación le impidió reconocer que el orden temporal puede (y debe) ser embebido de la vida nueva que trae el Señor.

La Iglesia Reformada debía por fuerza convertirse en una Iglesia de Estado porque sólo la autoridad civil puede procurar un mínimo de unidad y organización en medio de tantas disensiones. Había presentado a Germania la quimera de una comunidad de santos, como si fuese posible extirpar la cizaña antes de la Siega Final, y aquella Iglesia invisible se transformaba en una comunidad visiblemente encadenada al Régimen político. Si el Estado enjaula a la Iglesia, se convierte en un absoluto que subordina a sus intereses a la Religión, y de ese modo los jerarcas eclesiásticos pasan a ser burócratas del César. Esto es lo que ha sucedido en los países protestantes, como lo prueba la denuncia de Kierkegaard a la Iglesia Luterana de Dinamarca. No pocas veces este triste espectáculo también se ha visto en los países católicos, mas la diferencia está en que al proceder de tal modo los protestantes son coherentes, y los católicos no. El Catolicismo Liberal es mucho peor que el Luteranismo.

 

Las Mentiras “Cristianas”

 

En 1525, en plena tormenta de la revolución campesina, el Reformador se casó la monja cisterciense Catalina Bora. Daba tres razones para explicar esta decisión: se lo había pedido su padre; su conciencia le mostraba la necesidad de hacerlo, y quería fastidiar al Diablo (al que atribuía la responsabilidad de la revuelta) y al Papa. No hubo desórdenes en su vida matrimonial y mostró afecto a sus hijos, mas “la actitud para con la mujer fue siempre despectiva. Opinaba que sólo servía para el matrimonio o la prostitución… Los términos con que se refiere a ellas son, por lo común, groseros y sensuales”[19].

Quien había afirmado que todas sus enseñanzas serían justas y verdaderas, no mostró en la práctica un amor apasionado a la justicia ni a la verdad. Cuando Enrique VIII buscaba el apoyo de los teólogos para obtener la declaración de invalidez del matrimonio con Catalina de Aragón, Lutero defendió la indisolubilidad del matrimonio, pero su deseo de ganar el favor del Monarca lo movió a sugerirle que con autorización de su esposa contrajera nuevas nupcias, siguiendo el ejemplo de los Patriarcas.

Más tarde justificó la bigamia del Landgrave Felipe de Hesse, apasionado por Margarita de Saal, una joven de l7 años, cuya madre le exigía que el Landgrave la tomara por esposa. El caso fue presentado al consejo del Heresiarca, quien hizo el ignaciano “pro y contra”, y el argumento que inclinó la balanza fue que la negativa al deseo del Landgrave haría que éste recurriera al Emperador, lo que significaría un serio peligro para la causa protestante. Así que Lutero se pronunció a favor de que Felipe mascara a dos carrillos; y el Landgrave, agradecido, le mandó un tonel de vino. Cuando el suceso se divulgó, el escándalo fue enorme; entonces Lutero sugirió al Landgrave que, si era necesario, negase el hecho ante el Emperador, diciéndole que se había limitado a tomar una concubina: “No se hundirá el mundo porque uno, por un bien mejor y por causa de la Iglesia Cristiana, diga una buen y gorda mentira”[20]. Y poco después insistió: “Las mentiras indispensables, las mentiras útiles, las mentiras bien intencionadas, no ofenden a Dios”[21].

La Etapa Final

 

Sus últimos años le resultaron amargos por la declinación de la salud y los asaltos de la angustia; tuvo también grandes sufrimientos por las divisiones doctrinales de los reformados. El ensombrecimiento de su alma se reflejaba en sus expresiones cada vez más groseras y los furibundos ataques al Papa. “Eran […] un medio para acallar los gritos de su conciencia. Los remordimientos lo perseguían. Vociferaba para no oírse”[22].

A fines de enero de 1546 se trasladó de Wittenberg a Eisleben para poner fin a un conflicto entre los Condes de Mansfeld.  El viaje resultó difícil a causa de la creciente del río Saale. Durante tres días debió hacer un alto en Halle. En las cartas que escribió a su esposa mostró buen humor y afecto. Sus sermones tenían otro tono: en Halle había exigido la expulsión de los religiosos; en Mansfeld, la de los judíos que se negaran a abrazar la fe. Las negociaciones se hicieron difíciles, y el encolerizado reformador atribuyó la responsabilidad de ello al Demonio, quien poco antes había intentado ahogarlo en el cruce del Saale, para darle una alegría al Papa. Confesó haber visto al Diablo junto a la fuente delante del lugar donde se alojaba, y el Maligno le mostró el trasero para burlarse de los infructuosos esfuerzos realizados por Lutero para obtener la reconciliación de los Condes[23].

El 17 de febrero abandonó la mediación porque sus fuerzas declinaron; pensó que los médicos serían innecesarios ya que su enfermedad no era grave, pero al amanecer del día siguiente supo que se moría. Agradeció al Padre Celestial el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo, al que había confesado y predicado y de quien blasfemaban el miserable Papa y todos los impíos. Dijo permanecer en la fe de su doctrina, y expiró serenamente a las tres de la mañana del l8.

Hay, sin embargo, otra versión: la del franciscano Heinrich Sedulius, a quien un sirviente de Lutero, Ambrosius Kudtfeld, dijo que su señor había comido y bebido excesivamente en la cena, por lo que debió ser llevado al lecho. Cuando, a la mañana siguiente, Kudtfeld y otros criados ingresaron en la habitación del heresiarca para vestirlo, lo encontraron colgado de los postes de la cama.

Fuera lo que fuese, dos hechos son innegables. En primer lugar, la apostasía lo embruteció:

“En medio de los sobresaltos y tempestades de una vida extremadamente activa, que conoce el éxito inaudito de resistir a la pujanza de la Iglesia y de trastornar por completo a Alemania y la Cristiandad, y que conserva, con todo eso, no sé qué nostalgia de una suerte mejor, Lutero cede a las potencias del instinto, sucumbe bajo la ley de la carne, siguiendo una progresión fácil de comprobar sobre la serie de sus retratos, de los cuales los últimos son de una bestialidad sorprendente. La calumnia, odio y mentira, amor de la cerveza y del vino, obsesión de la inmundicia y de la obscenidad, todo eso se expande hasta rebalsar”[24].

Segundo, “el «gozoso mensaje», como dice Harnack, anunciado por él a la Cristiandad, ha volcado sobre Alemania una epidemia de desesperación. […] «A partir de 1530, época en que su doctrina acabó de entrar en práctica, se produjo un acrecimiento general de melancolía, de sombría tristeza, de angustias desesperantes, de duda sobre la gracia divina y de suicidios. […] Ni el mismo Lutero, ni su panegirista Mathesius, ni Leonard Beyer, ni muchos otros, pudieron escapar a la tentación de acabar con la vida. Jorge Besler, uno de los primeros propagadores del Luteranismo en Nuremberg, cayó en tan profunda melancolía que en 1536 dejó a su mujer durante la noche y se hundió un cuchillo en el pecho…

«Lutero no conseguía vivir su fe. Lo mismo les pasó a sus fieles Jerónimo Weller, Jorge Spalatin, Justus Jonias, Mathesius, Nicolás Hautsmann, Jorge Roravins, Flacius Illiricus, Guillermo y Baltazar Widembach, Joaquín Norlin, Chemntz, Isidor de Königsberg, Andrés Gundolwein y una multitud de otros que más o menos sobre todo en sus últimos años, cayeron en angustias terribles, en incurable tristeza y hasta la locura, sin que los consuelos de Lutero y de otros les fueran de ninguna utilidad»”[25].

 

¿Culpable o Irresponsable?

 

Para resolver esta cuestión es necesario considerar la fisonomía espiritual del personaje:

“Poseía un temperamento lírico y a la vez realista, poderoso, impulsivo, valiente y doloroso, sentimental y de una impresionabilidad morbosa. Este hombre violento tenía bondad, generosidad, ternura. Y con eso, un orgullo indomado, una vanidad petulante. La parte de la razón era en él muy pequeña. Si llamamos inteligencia a la aptitud de asir lo universal, de discernir la esencia de las cosas, de seguir dócilmente los meandros y delicadezas de lo real, Lutero no era inteligente, sino más bien estrecho y sobre todo obstinado. Mas poseía en grado eminente la inteligencia de lo particular y de lo práctico, una ingeniosidad astuta y vivaz, la aptitud de percibir el mal en los otros, el arte de encontrar mil expedientes para salir airoso y abrumar al adversario. Tenía, en suma, todos los recursos que los filósofos llaman la cogitativa, la «razón particular»”[26].

A la imprudencia de abrazar el estado religioso sin reflexión, contra el consejo de quienes lo conocían, y lo que es más grave, “obligado y no libre” se sumaba, según Hartmann Grisar, la condición psíquica anormal, impedimento que hacía a Lutero totalmente inepto para el tipo de vida que contra viento y marea se propuso llevar. Roland Dalbiez se pronuncia en favor de Grisar: Lutero fue un enfermo que se convirtió en hereje para sobrevivir. Padecía una angustia morbosa originada por su constitución y temperamento; y el influjo de su familia, la escuela, y el contacto con la doctrina de Pedro Lombardo sobre el carácter culpable de la tentación, hicieron que este escrupuloso llegara al borde del suicidio.

En los escritos del reformador Dalbiez encuentra tres de los cuatro signos del delirio indicados por Nacht y Recamier: sentimiento de intolerabilidad, sensación de extrañeza frente al mundo y desorganización del tiempo. En la introducción de la obra, el Doctor Lamache se pronuncia de modo categórico: “Si se me pidiera un peritaje mental, concluiría sin la menor vacilación, asegurando que era completamente irresponsable en el dominio religioso”. Para escapar a la muerte el monje agustino haría que su fe tuviera por objeto su propia justificación[27].

A comienzos del siglo pasado se produjo el hallazgo de miles de notas marginales en las obras de San Agustín y otros teólogos hechas por Fray Martín en los años anteriores a su ruptura con la Iglesia. Theobald Beer, “el mejor conocedor de Lutero en nuestro tiempo”, según Von Balthasar[28], trabajó sobre este material y con sorpresa descubrió “un Lutero completamente nuevo, antiagustiniano y, sobre todo, con fuertes sugestiones gnósticas, que proceden principalmente de la obra del Pseudo Hermes Trimegisto”.

En el convento, Dios se le representó dividido, en lucha consigo mismo. Su agonía interior le hizo concebir un Dios que en parte es malicia y crueldad. Es la idea maniquea de la divinidad, contra la cual había luchado San Agustín, pero en la nota marginal correspondiente, escribió: “Esto es falso. De aquí proceden todos los errores de Agustín”.

También deformó la doctrina de la Encarnación, pues adjudicó a Cristo un carácter divino-diabólico. Para los maniqueos, toda naturaleza corporal es mala, y el futuro reformador afirmó en consecuencia el poder del Diablo sobre la humanidad del Señor. De este modo Cristo es “pecado” y así nos protege de la cólera de Dios.

Las consecuencias de esta visión gnóstica del Hombre-Dios son de gran importancia. La Revelación enseña que hay en el Señor dos naturalezas, la divina y la humana, que pertenecen a un único sujeto o persona. Y entonces resulta lícito predicar del hombre lo que es de Dios y atribuir a Dios lo que es del hombre: por ejemplo, este hombre es el Creador del mundo, Dios ha muerto[29].

Pero Lutero negó que el Hombre-Dios sea persona, pues cada una de las naturalezas del Señor tiene funciones opuestas. Y de esto se sigue que el anonadamiento de Cristo ‒que San Pablo menciona en Filip. 2, 5-11‒ es interpretado como si Dios se hubiese limitado en su ser divino al hacerse hombre[30].

Los más avisados seguidores del Heresiarca disimularon luego tales afirmaciones, y de este modo lo que llamamos “Luteranismo” es en realidad la doctrina de Melanchton[31], quien “censuró y edulcoró al verdadero Lutero”[32]; “pero es de Lutero de quien provienen todo el impulso y la savia de la nueva teología”[33].

Villoslada, por su parte, considera que no hay completa certeza sobre la patología mental del Reformador[34].

Muy probablemente Castellani no conoció el hallazgo de Beer, y, aunque admitió la posible anomalía sicológica del agustino, encontró otra causa de la explosión que éste provocó. En primer lugar, advierte que la santidad o la genialidad no son incompatibles con la perturbación del siquismo:

“Ha habido genios perfectamente equilibrados: Cervantes, Shakespeare, San Agustín, Hegel.

“Ha habido genios enfermos, y allí se plantea el problema: ¿fueron genios por su enfermedad o apesar de su enfermedad, Baudelaire, Kirkegor, Santa Teresa?

“No han sido grandes por su enfermedad, cierto; no han sido grandes tampoco apesar de su enfermedad, sino más exactamente con su enfermedad: la tara ha ingresado en la estructura total de la grandeza intelectual o moral, y se ha estructurado en ella, volviéndose grandeza o por lo menos espolín de grandeza o por lo menísimo tinte especial de esta grandeza particular. […]

“Todos los genios enfermos se han dado cuenta de que para ser grandes necesitaban dominar su enfermedad y no abandonarse a ella; y la vida de algunos, como Baudelaire, Beethoven y el Tasso, ha sido un esfuerzo ciclópeo para defender su obra de su mala salud; esfuerzo santificador en el fondo”[35].

Adalbert Brenninkmeyer corrobora el juicio de Castellani:

“Entre los psicópatas, y aún más entre los neuróticos, se cuenta un gran número de individuos cuyo razonamiento sólo se perturba parcialmente o cuyas reacciones afectivas se perturban en tal o cual época o en un punto determinado. A todos estos enfermos les queda una buena porción de campo sano, que les permite cierta síntesis del desarrollo. […] Prescindiendo de una generalización de la psicosis o de la astenia tal que toda síntesis psíquica parezca imposible, o que todo desarrollo hacia la vida heroica semeje estar comprometido, nos creemos obligados a sostener la posibilidad de la concomitancia de la santidad y de los estados anormales”[36].

El agustino no sólo tenía la necesaria porción de psiquismo saludable, sino que era receptivo del toque de la gracia, lo que el Pseudo-Dionisio llama “pati divina”:

“Por desgracia no fue ningún Santo Padre en su vida, pero […] dice a veces cosas dignas de un Santo Padre”[37].

“Gritó contra la exterioridad, y en eso tenía razón; pero se salió de la Iglesia visible, y en eso no tuvo razón.  No fue capaz de volver­se un «Apóstol», lo cual probablemente le hubiera demandado el martirio; no fue capaz de aceptar su destino: Dios lo había crea­do quizás para corregir la Iglesia de Alemania, era un espíritu esencialmente religioso y tenía una fuerza vital extraordinaria: Dios no da esas cosas de balde.  Falló en su misión; y el Protes­tantismo, nacido para ser un correctivo, una cosa interior, se salió de adentro de lo que tenía que corregir, y se convirtió en una protesta, en una cosa exterior; y por tanto no corrigió nada sino que embarulló más; cayendo en una mayor exterioridad.

“No les puedo probar esto que digo, porque sería muy extenso; basta decir que Lutero se escapó del claustro (lo mismo que San Juan de la Cruz y que Santa Teresa) porque vio que la exteriori­dad religiosa no podía salvar su alma: él no podía dominar su sensualidad, sus pasiones; no sólo sus pasiones carnales sino también sus pasiones irascibles.  Habrá tenido culpa él, eso Dios lo sabe, probablemente ha tenido culpa: dejaba de rezar el bre­viario porque era administrador a la vez de siete monasterios[38]; pero eso lo hacía «por santa obediencia», como dicen: había aban­donado la oración, lo cual es fatal.  Pero el hecho es evidente: no podía dominar sus pasiones.  Baste recordar aquel grito de Lu­tero al fin de su vida, grito sincero, que es la clave de su dra­ma religioso: «Si algún hombre en el mundo se puede salvar por medio de frailerías, yo me hubiera salvado; porque nadie se ha aplicado y ha practicado más frailerías que yo».  Frailerías lla­ma a las prácticas exteriores de la religión. La oración no es frailería.

“Kirkegor dice que Lutero hizo bien en casarse, como un acto de protesta contra la exterioridad religiosa.  Yo estoy persuadi­do que no: su camino era hacerse solitario, ermitaño urbano, y él prefirió convertirse en cabeza de un movimiento político-social preñado de resentimiento y de turbios motivos mundanos, de modo que de Apóstol se convirtió en un vulgar agitador de masas, en un energúmeno.  «¿Dónde has caído, lucero de la mañana? ‒dice la Es­critura hablando de Lucifer‒ Eras como el oro y te has vuelto ne­gro como el carbón».  Lutero era un lucero.  Lutero debería haber entrado en la orden de los Ermitaños Urbanos, que yo pienso fun­dar”[39].

El Beato María Eugenio del Niño Jesús atribuye la caída del Reformador al orgullo espiritual, que “se jacta […] no solamente de sus obras como si fueran únicamente suyas, sino también de sus privilegios espirituales. […] Las gracias de oración enriquecen al contemplativo, dejan su marca profunda en el alma, dan una valiosa experiencia, fortalecen la voluntad, hacen más aguda la inteligencia, aumentan la capacidad de acción y aseguran al espiritual un brillo deslumbrador. Tales gracias se reciben siempre en la humildad que ellas crean y en el reconocimiento que provocan. La luz que las acompaña desaparece, pero sus efectos se mantienen en el alma. La tentación puede llegar en seguida, sutil e inconsciente. Y casi necesariamente viene –tan tenaz es el orgullo y maligno el demonio– por utilizar estas riquezas espirituales para engreírse y aparentar, para servir a una necesidad de afecto o dominio, o simplemente para hacer triunfar las ideas personales.

“La personalidad, idólatra de sí misma, se pone en lugar de Dios mismo, y lo que había recibido para ser instrumento y medio lo utiliza para imponerlo como un fin y un dios a ella misma y a los demás.

Corruptio optimi pessima: la peor corrupción es la corrupción de lo mejor. No se puede pensar, sin estremecerse, en ciertas caídas lamentables de almas favorecidas de Dios. Nos parece que Lutero no hubiera podido levantar su teoría de la fe-confianza que justifica si no hubiese experimentado los desbordamientos apacibles de la misericordia, y no hubiera podido atacar a la religión golpeándola en el punto donde la fe se injerta en la inteligencia si anteriormente no hubiese descubierto en una purificación de la fe, esbozada al menos, la vulnerabilidad de este punto de intersección de lo natural y lo sobrenatural. Ha habido otros, antes y después de Lutero, que han utilizado los privilegios de su intimidad con el Maestro, si no para traicionarle como Judas con un beso, sí, al menos, para alimentar su orgullo y hacer que su personalidad triunfase”[40].

Parece imposible que tenga intimidad con el Señor quien no domina sus pasiones carnales e irascibles; pero hay que tener en cuenta que, como él mismo dijo, el Diablo deja en paz al monje durante su primer año de vida religiosa, y en ese período procuró con todas sus fuerzas ser un buen religioso. “Fue después [de la caída mística, espiritual] cuando vino el incendio de la carne”[41].

 

La Doctrina

 

Consideremos ahora los puntos esenciales de su doctrina (o la de Melanchton). En primer lugar, “sola Scriptura”: la única norma de la fe y la práctica cristiana es la Biblia, con lo cual niega la Tradición y el Magisterio de la Iglesia como fuentes de la Teología. Sólo consideraremos el rechazo de la primera, porque el segundo es despachado por Lutero con el argumento de que la jerarquía eclesiástica es una creación humana porque el único sacerdocio es común a todos los bautizados.

Belarmino mostró la sinrazón de negar que lo revelado nos llegue a través de la liturgia y la doctrina enseñada por Padres, Doctores y Autores Eclesiásticos argumentando que la religión verdadera existió antes de Moisés, quien comenzó a poner por escrito la Revelación; después del Legislador hebreo hubo justos que no conocieron la Biblia en gestación (por ejemplo, Job, quien vivió en Arabia), y el mismo Libro Sagrado recomienda muchas veces prestar oídos a la instrucción religiosa comunicada por los mayores: “No dejes de oír lo que cuentan los ancianos, porque ellos lo aprendieron de sus padres” [Sir. 8, 11].

Con respecto al Nuevo Testamento, Belarmino razona que, si hubiera sido intención de Cristo y de los Apóstoles limitar la palabra de Dios a la sola Escritura, el Señor lo habría mandado abiertamente, y los Apóstoles habrían testimoniado que escribían por orden de Jesús, así como enseñaron en todo el mundo cumpliendo las instrucciones de Cristo, pero sobre esto no leemos nada en lugar alguno. Además, no es suficiente saber que hay una Sagrada Escritura, porque es indispensable un principio que permita discernir, por ejemplo, que los Evangelios de San Marcos y San Lucas son verdaderos, mientras que los Tomás y Bartolomé no lo son. Los Antiguos testimonian unánimemente que la Tradición es la única norma que permite determinar cuáles libros integran el canon bíblico. Calvino argumenta: “El fundamento de la Iglesia son las Escrituras de los Profetas y los Apóstoles (Efesios, II), por lo tanto, no creemos que las Escrituras sean divinas por tradición de la Iglesia, de lo contrario la Iglesia sería el fundamento de la Escritura”. Respondo: el Apóstol no dice que los escritos son el fundamento, sino los Apóstoles y Profetas. Ellos no sólo escribieron, sino también comunicaron verbalmente. Así, por la palabra no escrita por los Apóstoles y legada a nosotros por la Iglesia, reconocemos cuáles son los escritos apostólicos.

No basta –concluye el Doctor Jesuita– poder leer la Escritura, es necesario entenderla. A menudo es ambigua y compleja. Hay en ella dos cosas: las palabras escritas y el sentido que encierran. Las palabras son como una vaina, el sentido es la espada misma del Espíritu. Todos pueden leer las palabras, pero no todos comprenden el sentido, ni podemos tener conocimiento seguro del sentido de muchos pasajes sin la Tradición. Como escribe Basilio: sin las tradiciones no escritas, el Evangelio es un “puro nombre”, o sea, sólo palabras sin sentido[42].

Los reformados dicen que el sentido bíblico es manifestado por el Espíritu Santo, pero las innumerables lecturas de un mismo evidencian que el criterio de verdad es el parecer subjetivo. ¿Cuántos miles de sectas han nacido del “libre examen” de la Biblia? De este modo, la Palabra de Dios es la incognoscible “cosa en sí” de Kant, a la que cada uno adjudica el significado. Lutero hereda la actitud mental de Escoto y Ockham, quienes pusieron al Yo como origen de la verdad.

La segunda afirmación capital del Heresiarca es que somos justificados por la sola fe y no por las obras. Esto contradice al Evangelio: “Si quieres entrar en la vida, observa los mandamientos” [Mt. 19, 17]; a San Pablo: “En Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe, que obra por amor” [Gál. 5, 6]; a la Epístola de Santiago: “Alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” [2, 18], etc.

“Lutero repite hasta el cansancio la frase de San Pablo, de que «la fe justifica y no las obras». La fe para Lutero no es precisamente la virtud teologal sola, sino la unión con Cristo; es decir, la gracia que diríamos ‒la cual efectivamente tiene por principio la fe; y las obras que no justifican no son las obras-informadas-por-la-caridad, lo cual fuera contradictio in términis; sino las obras exteriores tomadas precisivamente y aun opuestamente a la caridad: ayunos, indulgencias, beneficencia y oración palabrera; las limosnas clamorosas y las preces en voz alta del fariseo”[43].

“En el fondo de la prédica de Lutero había una verdad profunda, aunque informe, como suele haber en todos los grandes errores. Esta verdad está expresada por el Angélico netamente: nuestras obras confieren a nuestra salvación a manera de disposición y no de causa; pero de disposición necesaria. El principio absoluto de nuestra justificación es la fe graciosa y gratuita, por quien nuestro intelecto, principio de toda acción, adhiere a Dios. Para hacer buenas obras hay que ser bueno primero, porque no puede el árbol malo dar frutos buenos. Para ser bueno con los otros, hay que ser primero bueno en sí. Y para ser bueno en sí, primero hay que ser feliz, es decir, tener enderecera al Fin Supremo y haber conectado con el Principio Primerísimo: lo cual es obra de la gracia; cooperando el albedrío, pero no como primero ni como principal, sino como causa segunda, simultánea y espontánea. De donde se sigue como corolario que los infantes muertos con el bautismo son beatificados como miembros de Cristo, sin mérito propio, para que resplandezca en ellos la gratuidad de la bienaventuranza.

“Somos pues salvados no de por las obras de justicia que hubiéramos cumplido sino de por la gracia de Cristo. Pero puesta esta verdad que Lutero clamó frente a las obras sin espíritu y a las exterioridades vacuas y rutinarias que, según parece, cundían en su tiempo y en su dentorno, hay que poner también la contraparte. Las buenas obras del hombre son disposición y soporte absolutamente necesario de la gracia, la cual no elimina la natura sino que la informa. Es tan imposible que el que te creó sin ti te salve sin ti, como que la forma de una estatua exista sin la materia. Es tan imposible que Dios prescinda de tu albedrío, es decir, de tu natural, para darte lo sobrenatural, como que sin el granito exista la proceridad estatuaria de Sarmiento; del cual dijo Lugones que su misma jeta antes de morir estaba pidiendo la piedra”[44].

Además, si la salvación es por la sola fe, ¿a qué se debe que unos tengan la fe que salva y otros permanezcan en la incredulidad? La fe es un don arbitrario de Dios; no podría ser de otro modo porque el hombre no es libre, según enseñó en De Servo Arbitrio. Algunos necesariamente se salvan y otros necesariamente se condenan, y nos parecen tan desgraciados los primeros como los últimos, porque ser llevado necesariamente a la gloria convierte al hombre en un autómata incapaz de la bienaventuranza. Esta doctrina de los robots del Paraíso desgraciadamente hace furor en la Iglesia actual, en la que tantos predican el Infierno vacío, sin ver que esto sólo puede verificarse cuando todos los diablos andan sueltos en nuestro pobre mundo.

Lo dicho nos permite entender los otros tres puntales de esta Teología: sólo por la gracia somos salvados, Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres (¡fuera la Madre de Dios, el resto de los santos y toda la clerigalla del Sumo Pontífice para abajo!)

 

El Reino del Revés

 

Detengámonos en el método empleado por el Sajón para arremeter contra la enseñanza de la Iglesia. Quien considera la doctrina protestante, comprueba que hay en esta una tendencia a enfrentar aquellas cosas que la Teología integra. El Protestantismo concibe la realidad desde el ángulo del “aut” excluyente: una de dos, o esto o lo otro, pero no uno y otro, “et”; en cambio, la mente católica deja amplio margen para el “et”: esto y esto otro. Así, los herejes establecen la disyuntiva: Cristo o María, y este espíritu dialéctico se manifiesta también en fe u obras, Palabra de Dios o Sacramentos, Magisterio o inspiración individual, Predestinación o libertad, Iglesia Visible o Invisible, interioridad o exterioridad, culto a Dios o culto de los santos, Iglesia o Estado, etc.

El procedimiento que vuelve contradictorias las cosas complementarias es diabólico, pues separa lo que Dios ha unido, y establece lo que Chesterton llama la lucha de la mano derecha con la mano izquierda, o de medio cerebro con la otra mitad.

De tal disposición mental da testimonio la Filosofía de la cultura alemana protestante. Kant: ciencia o filosofía; Hegel: lógica o metafísica; Nietzsche: humildad o señorío; Klages: el espíritu o la vida, etc.

Por ello en las premisas y en las consecuencias de la Protesta descubramos la contradicción:

Proclamó el retorno al Evangelio, pero, como observó Kierkegaard, “la doctrina de Lutero no es un puro retorno al Cristianismo primitivo, mas una modificación de los principios cristianos. Pone por delante a San Pablo de un modo unilateral y hace poco uso de los Evangelios.

“Donde del modo más patente él contradice su propia doctrina es cuando rechaza la Epístola de Santiago. ¿No pertenece ella al Canon? Lutero no niega que pertenezca, la rechaza por una razón digamos «dogmática» (porque afirma que «la fe sin obras es muerta» ‒paréntesis mío) de modo pues que también él tiene un punto de partida más alto que la Biblia. Lo cual corresponde exactamente a su pensamiento, en cuanto sólo para combatir al Papa él destacaba la Biblia, para tener un apoyo, declarando se daría por convencido si se lo probaban Biblia en mano…”[45].

Al mismo tiempo en que insistió en la sola fe excluyó a la Santísima Virgen de la obra redentora, cuando el Salvador entra en el mundo gracias a la fe de María y sólo es posible creer en Él participando en la fe universal de Nuestra Señora. Así se entiende que mientras vociferaba “sola fides”, anulase la fe teologal y la sustituyera por la confianza ciega en la propia salvación.

Dijo que sólo a Dios podía darse gloria, pero fomentó un pensamiento que termina sustituyendo a Dios por el Hombre: en efecto, como la corrupción causada por el Pecado de Origen daña también a la inteligencia, el Reformador no admitió la “Teología de la Gloria”, que busca conocer a Dios por medio de la razón. Sólo la “Teología de la Cruz” descubre a Dios por la fe en Cristo débil y humillado; entonces, por una ficción jurídica, Dios imputa los méritos del Redentor al creyente, quien, envuelto por la gracia como por un manto, es al mismo tiempo justo y pecador.

“Cristo es […] el libro que nos revela a Dios, pero querer hacer de Él el sujeto de la Teología lleva inevitablemente a reducir la Teología a la Cristología, a la Soteriología (como se verifica en Lutero y sus discípulos: se hizo famosa la proposición de Melanchton: «Hoc est Christum cognoscere, beneficia eius cognoscere» [conocer a Cristo es conocer los beneficios que de Él recibimos]) y la Soteriología a la Antropología (Cristo [no] siendo [sino] el Hombre por excelencia, el Hombre realizado, y, por consiguiente, nuestro modelo) desembocando así en una Teología de la muerte (o de la ausencia) de Dios”[46].

Theobald Beer sostiene que la “Teología de la Cruz”, al dejar en un segundo plano los misterios de la vida del Señor para atender a los beneficios que de ellos se nos siguen, es el germen del vaciamiento del Evangelio que en nuestros días fue realizado por Bultmann y sus secuaces. Esta separación entre el Jesús de la historia y el Jesús de la fe conduce a resolver la Revelación en una pura elaboración humana: para expresar la transformación interior que la fe había producido en ellos, los primeros cristianos habrían elaborado una cantidad de símbolos (concepción y nacimiento virginales, milagros, resurrección, ascensión a los cielos, etc.), que los fieles de épocas posteriores interpretaron de modo tosco y material.

Ese Dios que la teología luterana presenta contradictorio para nuestra razón, es en realidad un Dios contradicho, resistido por la mente que se cierra a la luz natural y sobrenatural para ponerse ella misma como sede de la verdad. La criatura se apodera de la Palabra de Dios y adquiere por ello una condición divina.

No es casual, pues, que los principales representantes del Idealismo hayan sido seminaristas luteranos. El más importante de ellos, Hegel, vio en la Reforma la más grande revolución, pues ella hizo manifiesto que el elemento religioso debe tener su sede en el espíritu del hombre, ya que por sí mismo el hombre entra en relación con la propia conciencia e inmediatamente con Dios, sin la mediación de los sacerdotes. Esto significa la abolición de la diferencia entre el Espíritu de Dios y el del hombre.

Pero aún hay más: la negación de las obras en nombre de “la sola fe” hizo de los alemanes maniáticos de la técnica e idólatras de la maquinaria; el rechazo de la libertad para afirmar la Omnipotencia de Dios fructificó en la “Voluntad de Poder” de Nietzsche y Hitler; la ruina completa de nuestra naturaleza por obra del Pecado Original sirvió para que los germanos se atribuyeran la superioridad racial, que les aseguraba un destino manifiesto. Hemos visto que la Iglesia Invisible se convirtió rápidamente en una institución al servicio de los Señores, y estuvo aún más encadenada al Estado Alemán: la tarea principal de la esposa del Kaiser era atender a las tres K: Kinder, Küche, Kirche, o sea, los hijos, la cocina, la Iglesia… Y Hitler afirmaba que la Iglesia Luterana siempre será confiable para su movimiento, esencialmente anticristiano. Por el contrario –y a pesar de haber sido monaguillo y miembro de un coro parroquial en su Braunau natal–, el Führer recelaba de la Iglesia Católica, a la que, según el testimonio de su secretaria, hay que aplicar el principio de contradicción: para llevar a los Obispos con la rienda corta, es necesario aflojar… plata. Habrá hecho disparates, pero es innegable que el monaguillo de Braunau había calado a la Iglesia –“a lo que él llamaba «Iglesia»”[47].

Alguien dijo que Inglaterra tenía el reino de los mares; Francia, el de la tierra; y los alemanes, el de las nubes. Pero nos parece más exacto decir que la secuela lógica del Protestantismo alemán es el knock-aut del aire, el mar, la tierra, y su reemplazo por un mundo de ficciones tan presuntuosas como disparatadas. “¿Qué es lo que no puede probar la erudición alemana?”, se pregunta Castellani.

Al proyectar su espíritu insano y orgulloso sobre la Trinidad y el Verbo Encarnado, Lutero urdió una parodia de la religión cristiana que conduce a la divinización del hombre por la afirmación de sí mismo, mediante las obras y sin la fe.

 

*   *   *

 

CAPÍTULO XV ‒ CALVINO

LOS ELEGIDOS Y LOS RÉPROBOS

 

 

La Doctrina

 

A pesar del apoyo de los Príncipes, la continuidad de la Reforma corría peligro por falta de una teología coherente, y esta tendencia a la disgregación era potenciada por el sello individualista que Lutero había impreso a su obra; mas entonces apareció Jean Cauvin (Calvino), “el teorizador teológico del protestantismo, al cual en gran parte debe la herejía su triunfo sobre un tercio de Occidente”[48].

Los historiadores no están de acuerdo sobre la fecha exacta de su “conversión”. En 1535 se radicó en Basilea y allí trabajó con su característica tenacidad en la redacción de Christianae Religionis Institutio, en la que formuló de modo orgánico las afirmaciones esenciales del Protestantismo.

“Hizo más que cualquier otro factor de la Reforma para imprimir, dar forma y hacer permanente lo que durante más de trescientos años hemos conocido por Protestantismo. Lo que Calvino hizo fue producir una Iglesia, un credo, una disciplina que podía enfrentarse contra lo que había sido durante siglos –y es aún– la Iglesia primitiva de la civilización cristiana, su credo y su disciplina”[49].

Lo mismo que Lutero, el francés enseña que la Sagrada Escritura es la única autoridad en materia de religión, y que la Iglesia es constituida solo para predicar la Palabra de Dios. Los sacramentos son meros estímulos de la fe fiducial, la confianza (estado subjetivo) en la obra salvífica de Cristo y constituyen una prenda del premio eterno. La inmolación del Señor en el Calvario hace innecesaria (e imposible) la repetición de su único sacrificio, por lo cual la Misa carece de valor; más aún, es un acto de idolatría, y para evitarlo, los altares deben ser sustituidos por mesas para el banquete sagrado, la “Santa Cena”, presidida por un bautizado y en modo alguno por un sacerdote que actúe en la persona de Cristo.

Nadie se salva por las obras, que ante Dios son inicuas y sórdidas; ellas son necesarias en el creyente, pero como éste continúa siendo pecador ‒la justicia viene por aplicación de los méritos de Cristo‒ cuanto hace el elegido es en sí mismo pecado, aunque el Justo Juez (?) no se lo imputa. La fe fiducial es la salvación, porque la gracia que Dios concede a sus elegidos además de irresistible es también inamisible.

En su obtención no interviene la libertad: primero, porque ésta fue arruinada por la Caída; y sobre todo, porque Calvino no concibe que Dios pueda de insertar su acción en el universo sin descomponer la naturaleza de la criatura. En consecuencia, el Primer Ser, entendido como Potencia Abrumadora, fija los destinos eternos de las criaturas espirituales, independientemente de lo que hagan:

“Llamamos predestinación el consejo eterno de Dios por el que Él ha determinado lo que quiere hacer con cada hombre. Porque no los ha creado a todos en la misma condición, sino que los ha ordenado a unos a la vida eterna, y a otros a la eterna condenación. Con la particularidad de que, al hacerlo así, es el hombre quien se condena a sí mismo y la justicia de Dios la que queda siempre glorificada. […] No podemos conocer por qué Dios quiso esto, pues la voluntad de Dios es la última razón de todas las cosas, y carece de sentido preguntar la razón de la razón última”[50].

La voluntad salvífica de Dios con respecto a todos los hombres y la universalidad de la redención son sustituidas por la doctrina de la “expiación limitada”; muy limitada, ya que la inmensa mayoría está destinada a la perdición:

“Consecuente con su atroz pesimismo, Calvino estampó esta blasfemia: «El libro de la vida debiera llamarse libro de la muerte»”[51].

El fatalismo derrotista es la contracara de la exaltación pelagiana: no es casual que Rousseau, ginebrino calvinista, haya predicado que el hombre es bueno por naturaleza, ni que en Inglaterra maleada por esta doctrina hayan coexistido la desesperación de Lawrence y el optimismo de Wells, que no le impidió ‒al contrario‒ caer finalmente en el pesimismo[52]. Cada uno afirma a su opuesto, y este mutuo refuerzo explica que el tétrico heresiarca se muestre optimista con respecto a nuestra naturaleza al afirmar, igual que Lutero, que la justicia original (el estado de gracia y los dones preternaturales concedidos al hombre: inmortalidad, ciencia eminente, etc.) era debida a nuestros Primeros Padres.

A este error fundamental sobre la predestinación y la reprobación se añade el de entenderla como algo que existe ya no en la mente divina como razón del orden de las criaturas espirituales a la consecución o pérdida del último fin, sino algo que existe en los individuos:

“Respecto a los que se han de salvar, ese algo viene a ser en fin de cuentas la prosperidad en esta vida, la prosperidad material. Belloc, W. Sombart y Max Weber han mostrado en este dogma calvinista la raíz de la mentalidad capitalista moderna[53], y del ambiente general de los países anglosajones, en los cuales la pobreza se ha vuelto de hecho un crimen teológico (ver B. Shaw Major Barbara y The Apple Cart) y el pobre un prescito[54].

“El dibujante alemán Nückel ha hecho con xilografías poderosas una novela muda en setenta cuadros llamada «Schicksal»[55], donde se analiza atrozmente la vida de una mujer pobre para mostrar que en sí misma, ya al nacer (y aun antes de nacer) tenía la predeterminación ineludible al pecado, al crimen y al suicidio. Su obra genial es una protesta violenta contra el ambiente de la Ciudad Moderna; pero está impregnada de teología calvinista. Hitler la prohibió en Alemania. Y no puedo decir que haya hecho mal”[56].

Además del dinero, el Reformador prometió a sus seguidores el poder:

“La religión ha de haberse con la política, y con las demás realidades humanas, como la forma con la materia, a la cual ella informa sin destruirla, sin pelear, y sobre todo, sin confundirse con ella; de manera que hace uno sin dejar estrictamente de ser dos. […]

“Lutero descoyuntó los dos componentes y salió enseñando que el hombre religioso debe ocuparse de su salvación y nada más, dejando a los Gobiernos en paz; que los Gobiernos son «el Mundo», que Jesucristo condenó; y por ende, siempre habrá gobiernos malos –todos, en principio– a los cuales el varón religioso deberá soportar en silencio, como soporta el calor, el frío, el mal tiempo… y las huelgas.

“Calvino, cabeza francesa, vio que eso no podía sostenerse; y profesó lo contrario, es decir, que deben gobernar «los Santos» –como él en Ginebra por ejemplo–, que el Reino de Dios debe realizarse ya desde este mundo, que la doctrina de Cristo debe volverse una política; y que en eso justamente se conoce a los buenos, a los que se han de salvar, a los «predestinados»: en que Dios les da riqueza y el poder en este mundo, por el hecho de ser «Santos». Ver acerca de todo esto Christopher Dawson, The Time of the Nations y Religion and Culture[57].

De este modo la Reforma obró una profunda judaización de na­cio­nes otrora cris­tianas, pues volvieron a la interpretación carnal del Antiguo Testamento:

“Hannebicq, en Génesis del Impe­rialismo Inglés, muestra que en el siglo XVI puritanos[58] e is­raelitas son la vanguardia del naciente Capitalismo, y esta semejan­za de su mi­sión se relaciona con la semejanza del ma­nantial de donde toman su inspi­ración: el Antiguo Tes­tamento, con sus promesas de poder, de riqueza, de dominio material por parte del pueblo elegido, […] in­clinados a conseguir que preva­lezca un con­cepto de Economía Polí­tica más materialista, más carnal”[59].

 

Santos a Palos

 

Calvino pertenecía a la clase de hombres que aspiran al poder para llevar a sus semejantes violentamente hacia la perfección, y vio satisfecha esta proclividad cuando él y sus adeptos se adueñaron de Ginebra. El Consejo de la ciudad castigaba a quien bailara o leyese el Amadís de Gaula, prohibió las representaciones teatrales, la música en los banquetes, determinó la cantidad de platos que podían servirse, la forma de las servilletas, la clase de zapatos que podían usar las mujeres …

“Calvino destinaba la picota, la cárcel con la cadena, los azotes o los palos, las tenazas, el fuego, el azufre y la pez fundida y la horca. […] En cinco años, novecientas personas perecieron atormentadas en las cárceles. Cincuenta y ocho fueron colgadas. Muchísimas más, decapitadas o quemadas vivas. No se pasaba una semana en que no hubiera una ejecución. […] La Inquisición de España, en tiempo de Felipe II, resultaba un tiempo placentero al lado de esta época de Ginebra”[60].

Max Weber señala que lo mismo se repitió en otros lugares, donde los calvinistas tuvieron las riendas del poder:

“La Reforma no significó la eliminación del poder eclesiástico sobre la vida, sino más bien […] la sustitución de un poder extremadamente suave, en la práctica, apenas perceptible […] por otro que había de intervenir de modo infinitamente mayor en todas las esferas de la vida pública y privada, sometiendo a regulación onerosa y minuciosa la conducta individual. […] La forma más insoportable de control eclesiástico sobre la vida individual […] tuvo lugar en el siglo XVII en Ginebra y Escocia y en gran parte de los Países Bajos a fines del mismo y en el siguiente, y en la Nueva Inglaterra y en la misma Inglaterra durante parte del siglo XVII y XVIII”[61].

 

[1] Aunque más adelante veremos que “el proceso de descatolización de Lutero” es anterior a su ruptura abierta con lo Iglesia, en este apartado exponemos la vida del Reformador hasta la querella de las indulgencias.

[2] Grisar, H., Martín Lutero, Buenos Aires, Fundación, 1985, p 5.

[3]  De Anima III, 9.

[4]  S. Th. I, Q LXXXII, art 1.

[5] García-Villoslada, R., Martín Lutero, B.A.C., Madrid, 1976, T. I, p 79.

[6] “La Causa No Fue Un Rayo”, revista Esquiú 26-IV-92, pp 29-3l.

[7] Grisar, H., Martin Lutero, Fundación, Buenos Aires, 1985, p 35.

[8] Villoslada, op. cit., T. I, p 132.

[9]  “Acta del Nombramiento de Sucesor” (26-IX-426), B.A.C., San Agustín – Obras Completas, T. XI b, pp 231 ss.

[10]  Cristo y los Fariseos, Cap I, pp 20-21.

[11]  Von Pastor, L., Storia dei Papi, IV-I, Roma, 1926, p. 225.

[12]  Martín Lutero, B.A.C., Madrid, 1976, T I, pp 334-335.

[13]  Cristo y los Fariseos, Cap I, Jauja, Mendoza, 1999, p 19.

[14] Calderón Bouchet, R., “Lutero, Los Burgueses y Los Príncipes de Este Mundo”, revista Mikael N° 14, Paraná, 1977, pp 24, 38-39.

[15] Funck-Brentano, Frantz, Lutero, Editorial Cultura, Santiago de Chile, 1935, p. 277.

    [16] Funck-Brentano, Frantz, op. cit., p. 180.

    [17] Grisar, H., op. cit., p. 214.

[18] Calderón Bouchet, R., “Lutero, los Burgueses…”, pp 45-46.

[19] Gallardo, Guillermo, “Lutero y la Desintegración de Nuestra Cultura”, revista Mikael, Paraná, 1981, p. 40.

    [20] Apud García-Villoslada, R., op. cit., T II, p 495.

    [21] Apud Gallardo, G., op. cit., pp 4l-42.

    [22] Grisar, H., op. cit., p. 357.

    [23] García Villoslada, R., op. cit., T II, p. 571.

[24] Maritain, J., Tres Reformadores, Lutero, Club de Lectores, Buenos Aires, 1986, p 20.

[25] Maritain, J., Tres Reformadores, pp 37, 197. El texto entre comillas bajas está tomado de Denifle, Die Reformation.

[26] Maritain, J., Tres Reformadores, pp 12-13.

[27] L’Angoisse de Luther, Tequi, París, 1974, recensión de Calderón Bouchet, R., en revista “Mikael”, N° 11, segundo cuatrimestre de 1976, pp 125-130.

[28] “Lutero no Se Toca”, en revista Esquiú, 26-IV-92, pp 24-29.

[29] S. Th., III, Q. 16, art. 4.

[30] Menvielle, Julio, El Poder Destructivo de la Dialéctica Comunista, Cruz y Fierro, Bs. As., 1973, pp 42.

[31]  Beer, Theobald, Der Fröhliche Wechsel und Streit, Johannes Verlag, Einsiedeln, 1980, pp 14, 293, 361, etc.

[32] “Lutero no Se Toca”, revista Esquiú, p 26.

[33] Maritain, Tres Reformadores, nota 14, p 26.

[34] Op. cit., T. I, págs. 89-91.

[35] Psicología Humana, Cap III – La Integración, Jauja, Mendoza, 1997 (segunda edición), pp 78-79.

[36] Tratamiento Pastoral de los Neuróticos, Desclée de Brouwer, Buenos Aires, 1950, pp 76, 78.

[37] El Evangelio de Jesucristo, “Advertencias Finales”, Theoría, Buenos Aires, 1963, p 450.

[38] Dirigía once conventos. Cfr. Maritain, Tres Reformadores, p 16, nota (a) y p 186, nota 6.

[39]  San Agustín y Nosotros, Cap XIII, Jauja, Mendoza, 2000, pp 257-258

[40]  Quiero Ver a Dios, Tercera Parte, Cap IV, II, d), Editorial “El Carmen” (Vitoria)-Editorial de Espiritualidad (Madrid), pp 458-459.

[41]  Maritain, Tres Reformadores, nota 10, p 188.

[42]  Los argumentos de Belarmino a favor de la Tradición han sido tomados de “La necessità della Tradizione spiegata dal Bellarmino”, Opera Omnia, Tomus I, Parisiis, 1870, pp. 200-204 , radiospada.org, 13-V-2026. (Abreviado).

[43] El Ruiseñor Fusilado, 28. Digresión Sobre la Moral de la Caridad, Penca, Buenos Aires, 1975, p 128.

[44] Nota a Suma Teológica, I-II, Q. 5, art. 7, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T V, p 110.

[45] Kierkegaard, apud Castellani, De Kirkegord a Tomás de Aquino, Guadalupe, Buenos Aires, 1973, p 244.

[46] Ols, Daniel, O. P., Cristología, Centro de Estudios Institucionales O. P., Apuntes de las Sesiones de Formación Permanente, Argentina, 1981, p 5.

[47]  Cristo y los Fariseos.

[48] El Apokalypsis de San Juan, Jus, México, 1967, Cuaderno II, 5. Las Siete Tubas, p 125.

[49] Belloc, Así Ocurrió la Reforma, Ediciones Thau, Buenos Aires, 1984.

[50]  Institutiones, 3, c 21, nº 5.

[51]  Nota a Suma Teológica, I, Q XXIV, art 1, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T I, p 354.

[52]  “Herbert George Wells”, Nueva Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 421.

[53]  Esta afirmación debe ser matizada: hemos visto que  el mammonismo existía antes de la Reforma, y precisamente porque la moral católica obstaculizaba los procedimientos de quienes habían puesto en el lucro el fin de su vida, éstos apoyaron la Revolución Religiosa que favoreció el dominio de la sociedad por el Dinero.

[54] Un destinado a la condenación eterna.

[55]  Destino.

[56]  Nota a Suma Teológica, I, Q. XXIII, art. 2, T I, pp 334-335.

[57] “Política y Religión”, en Dinámica Social Nº 45, enero de 1957; Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, Dictio, Buenos Aires, 1976, pp 273, 275-276.

[58] Calvinistas rigurosos.

[59] Gonnard, René, Historia de las Doctrinas Económi­cas, Madrid, Aguilar, 1931, p 64.

[60] Gener, P., Servet, Maucci, Barcelona, 1911, pp 265, 272-273.

[61] La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo, Ediciones Península, Barcelona, 1979, pp 28-29.