CAPÍTULO XVII ‒ EL CISMA INGLÉS
Henry “the Ripper”
A fines de 1501 Arturo Tudor, de quince años, hijo de Enrique VII y heredero del trono de Inglaterra, se desposó con la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón; pero poco después murió sin haber consumado el matrimonio a causa de su corta edad. El deseo de no perder la rica dote de Catalina hizo que el Monarca inglés intentara casarse con ella, pero, como es natural, su propuesta fue rechazada. Después de arduas negociaciones la joven viuda fue prometida al hermano menor del Príncipe difunto, el futuro Enrique VIII. Éste llegó al trono en 1509, cuando todavía no había cumplido 18 años, y poco después se casó con la Princesa española, siete años mayor que él. Del matrimonio nacieron seis hijos, pero sólo una niña, la futura Reina María I, sobrevivió.
Con el paso del tiempo el otrora piadoso Monarca cayó en el desenfreno; dejó de vivir con su esposa y terminó pescando una sífilis. Un día de 1526 el Rey se enamoró de Ana Bolena, una joven no muy bella, pero vivaz, ingeniosa, con modales encantadores y experta en simulación: cuando era conveniente, sabía hacerse encontrar con un libro francés de piedad en las manos[1], aunque en otras oportunidades sus hermosos ojos negros lanzaban miradas insinuantes que rindieron a muchos a su voluntad.
Enrique ya había estado enredado con la hermana mayor de la joven que ahora lo “hechizaba” (como él mismo confesaría luego), pero ésta resultó un hueso duro de roer[2]: exigía el casamiento que la convertiría en Reina, y el Monarca cedió a la imposición de Ana.
Como Catalina era “más amada por los isleños que cualquier soberana que haya reinado nunca”[3], Enrique previó que la anulación provocaría el escándalo del pueblo, e intentó legitimar su conducta por el apoyo de todo el episcopado inglés, pero se encontró con la oposición de su antiguo preceptor y actual Obispo de Rochester y Canciller de Cambridge, Juan Fisher. Entonces el Rey habló con su esposa y le pidió que declarase que el matrimonio con Arturo había sido consumado, lo que hacía inválida la segunda boda de Catalina, y también en esta oportunidad su plan fracasó, porque la Reina española mostró una voluntad de hierro, que procedía de una dignidad indescifrable para su esposo, quien decidió por último encomendar el asunto a Wolsey.
Éste era un hombre de baja cuna, y en su juventud había sido puesto en el cepo por un alboroto que había provocado cuando “tenía un poco de sangre en el sistema alcóholico”, mas como era muy despierto, solícito, orgulloso y ávido de honores, llegó a ser capellán primero de Enrique VII y luego de su hijo, Lord Canciller y Cardenal. Su servidumbre, ochocientos fámulos, superaba en cantidad y esplendor a la del Rey.
Wolsey decidió empeñarse a fondo, porque esta victoria diplomática lo pondría más cerca de la Tiara Pontificia, a la que había echado el ojo, pero ignoraba que el matrimonio sería con la Bolena; supuso que el propósito de su Señor era tomar por esposa a la hermana de Francisco I para establecer una nueva alianza con Francia.
El sucesor de Pedro era entonces un Medici, Clemente VII, de notable cultura y vida ordenada. No tenía dudas sobre la validez del matrimonio, y además Catalina era tía del Emperador Carlos V, así que en junio de 1529 determinó que la cuestión fuera decidida en Roma, donde seguramente el tribunal daría largas al asunto. Wolsey fue hecho responsable del fracaso, perdió su cargo y debió retirarse a York. Cuando se despidió de su agente Tomás Cromwell, dijo las palabras que parafraseó Shakespeare en Enrique VIII: “Si hubiese servido a mi Dios tan diligentemente como serví al Rey, Él no me habría abandonado en mis canas”.
Tomás Moro fue el nuevo Canciller, dignidad que por primera vez alcanzaba un laico. Aunque desde varios años antes Enrique lo trataba como amigo, Moro no se hacía ilusiones sobre el favor real: “si para hacerse de un castillo en Francia tuviera que entregar mi cabeza,” había dicho a su yerno en 1525, “sin falta mi cabeza rodaría.” Y como la Bolena importaba al Rey más que todos los castillos del mundo, el futuro no parecía sonreír al nuevo Canciller, quien, sin embargo, mantuvo su proverbial sentido del humor. Poco después Moro presentó su renuncia, que por el momento no le fue aceptada. Mas comenzó a ser un sospechoso, al igual que cuantos no mostraban apoyo decidido a Enrique, y en 1532 dejó la Cancillería.
La estrella en ascenso, Tomás Cromwell, propuso al Rey que amenazara al Pontífice con la ruptura , y, aunque su anterior recurso a Roma para obtener la nulidad del matrimonio implicaba la aceptación de la autoridad papal, Enrique decidió apoyar dicho plan de acción, pues se sentía traicionado por Clemente: “el Rey lo había respaldado en el terreno de la diplomacia, y había salido en defensa de la Iglesia en el plano de las controversias doctrinales con los herejes[4], y pensó que en aquella época de concesiones cínicas, bien podía un amigo hacer una concesión cínica a su amigo”[5].
El Rey se casó en secreto con la Bolena en enero de 1533, y ese mismo año ella dio a luz una hija, Isabel, en lugar del tan ansiado heredero. El 3 de noviembre de 1534, Enrique VIII fue declarado “Cabeza Suprema” de la Iglesia de Inglaterra “hasta donde la voluntad de Dios lo permite”. Un cúmulo de causas había preparado la ruptura que se inició con Enrique y sería consumada bajo Isabel I.
Desde mucho antes reinaba la indignación por las grandes sumas que Roma obtenía de la Isla, y sobre todo porque la Sede Pontificia abandonaba a muchos fieles, ya que era su costumbre pagar deudas con la entrega de Diócesis e importantes abadías, donde los nuevos titulares nunca se hacían presentes. A esto se sumaba la hostilidad política, pues los Papas –residentes en Aviñón desde 1309 hasta 1377– aparecían como vasallos de la Monarquía francesa, con la que Inglaterra se enfrentó en la Guerra de los Cien Años (1337-1453), y el rencor crecía por obra del sentimiento nacional, que con el tiempo llegaría a eclipsar la certeza que los pueblos europeos tenían de pertenecer a una entidad supranacional con fe y principios morales comunes.
En 1399 Ricardo II había sido destronado por su primo Enrique de Lancaster (Enrique IV). Un grupo de nobles partidarios del usurpador tomó la costumbre de adjudicar los cargos eclesiásticos más importantes a miembros de sus familias, quienes usaron la prelacía para acrecentar el poder personal. Ya que el Pastor es forma del rebaño, los efectos que tal gobierno tuvo en el bajo clero fueron la ignorancia y la vida desordenada. Tres mártires –Juan Fisher, Tomás Moro y Edmundo Campion– señalaron el estado lamentable del clero inglés y la necesidad de reformas, tanto más urgentes porque el vacío espiritual fue ocupado por el humanismo renacentista procedente del Sur: en el siglo XV “Inglaterra se italianiza”[6]. Mas la sal no perdió por completo su salinidad, pues hubo también sacerdotes y religiosos que llevaron una vida de entrega a Dios; prueba de ello es que, poco años antes del Cisma, el mismo Santo Tomás Moro cultivó la amistad de sacerdotes, monjes y frailes, y pensó seriamente ingresar en la vida monástica.
El 6 de julio de 1535 llegó turno del ex Canciller, quien mantuvo hasta el fin su característica alegría: cuando llegó al patíbulo levantado en la plaza frente a la Torre de Londres, pidió al verdugo que lo ayudara a subir; pues para bajar, ya se arreglaría solo; y cuando puso la cabeza en el tajo, retiró su frondosa barba y dijo al sayón que se cuidara de cortarla, porque ella no había cometido traición alguna.
El corazón del Rey hizo una nueva cabriola, pues su encandilamiento por la Bolena se desvaneció y Juana Seymour se pasó a ser la dama de sus amores. Enrique decidió enviudar: la Bolena fue encerrada en la Torre de Londres bajo la acusación de incesto, adulterio y conspiración contra la vida del Rey; un tribunal presidido por su tío la condenó a muerte y su cabeza rodó el 19 de mayo de 1536. Inmediatamente el desconsolado viudo se casó –también esta vez en secreto– con la Seymour.
El Rey procedió con mano de hierro contra quienes resistían la usurpación espiritual; sin embargo, la mayoría pensaba que habría un arreglo con Roma porque el Monarca sentía un rechazo visceral por la herejía luterana. “La Misa continuaba como era usual, los sacramentos, la vida diaria de un populacho algo negligente, pero profundamente católico, era, en su aspecto religioso, exactamente como había sido durante generaciones. Todos habían oído hablar o leído sobre pasadas disputas entre el Rey y el Papa, o sobre los derechos papales. Ésta era una más; se disiparía. Otros soberanos habían amenazado con romper con el Papa; todo se iba a arreglar finalmente”[7].
Pero el arreglo no llegó porque Cromwell propuso al Monarca la disolución de los monasterios, cuyos bienes pasarían a la Corona; esta operación produciría una ganancia fabulosa –al menos eso creía Enrique– y además suprimiría una pieza clave del partido favorable al Papa. Cromvell buscó justificar la expoliación promoviendo una campaña de descrédito contra los monjes, “hipócritas, brujos, zánganos que mantenían la tierra improductiva”, y además se hizo creer a la gente que los ingresos producidos por la disolución de las abadías pondría fin al pago de impuestos en el futuro.
En 1536 el Parlamento autorizó al Rey a suprimir sólo aquellas casas con una entrada anual inferior a las 200 libras –curioso criterio para discernir la manzana podrida–, y sus miembros, a pesar de los “vicios notorios” que los comisarios de Cromwell habían divulgado, deberían ser recibidos por las casas mayores. Sin embargo, Enrique no quedó satisfecho con el despojo, porque el dinero se le iba como agua de las manos, y entonces los agentes reales comenzaron a recorrer el país con vistas a obtener, con promesas ilusorias o amenazas, el cierre de las grandes abadías. Luego fue el turno de los conventos. Unos 8.000 religiosos fueron expulsados, y un número diez veces mayor de personas que trabajaban a su servicio se encontraron en la calle.
Los verdaderos beneficiarios del robo fueron los especuladores y muchos otros a quienes Enrique debió entregar grandes sumas o importantes beneficios para que apoyasen la ruptura con Roma. Como el retorno de Inglaterra a la fe llevaría a que la Iglesia reclamara las propiedades arrebatadas, los nuevos señores se empeñaron a fondo en la lucha anticatólica. El próximo paso sería sustituir el Credo por la Herejía.
Hubo varios levantamientos a favor de los monjes: en Lincolnshire se reunieron 40.000 hombres, y en Yorkshire la concentración fue aún mayor, pero estos movimientos fueron ahogados en sangre. La represión exitosa aumentó el poder de Cromwell, y cuando más seguro se sentía cayó en desgracia a causa de un hecho ridículo. Con la muerte de Juana Seymour poco después de haber dado a luz al futuro Eduardo VI, hubo que buscar una nueva esposa para Enrique, y su hombre de confianza arregló el matrimonio con una princesa protestante, Ana de Clèves. Como tenía kilos de más, Cromwell dio instrucciones para que el pintor Hans Holbein hiciera un retrato muy favorable de ella.
Cuando la novia fue presentada al futuro esposo, éste experimentó un invencible desagrado e hizo responsable del fiasco al hasta entonces hombre fuerte, que terminó en la cárcel, acusado de alta traición. Aunque no desestimó el proceder más abyecto y se deshizo en súplicas y lágrimas para salvar la vida, todo fue en vano, pues el 28 de julio de 1540 subió al cadalso. Entonces dijo a los presentes que eran unos hipócritas, se declaró católico y murió en la fe. Santo Tomás Cromwell, ruega por nosotros.
Como el matrimonio de Enrique con la Princesa alemana no había sido consumado, fue disuelto seis meses después de la boda y el Rey se casó con Catalina Howard, quien representaba al partido católico. Cuantos trabajaban por el triunfo del Protestantismo fijaron entonces su atención en el Arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, del cual podían fiarse pues había autorizado el divorcio del Monarca y Catalina de Aragón.
Cranmer es contado entre los mártires de la Reforma por su muerte en la hoguera durante el reinado de María Tudor. En verdad, fue lo contrario de un mártir: el testigo de la fe se entrega a la muerte por amor a Dios y a su Iglesia, y el Arzobispo de Canterbury mostró talento para procurar la muerte de quienes se cruzaban en su camino: Ana Bolena, Tomás Cromwell y Catalina Howard, de quien se ganó la confianza, y con la promesa de que le obtendría el perdón de Enrique logró que ella le confesara las faltas de su vida pasada. De este modo la crédula pasó a aumentar el récord de viudez del “Defensor Fidei”. “Lleno de impotente cólera, el Rey se enfureció por haber sido burlado una vez más y puesto en ridículo ante su pueblo. Lloró en público, emitió la orden absurda de que nadie debía burlarse de él en las tabernas de la capital, e hizo ejecutar a su nueva y joven esposa, que después de todo, no le había sido infiel, el 13 de febrero de 1541”[8].
Tampoco la confesión de la Verdad era su fuerte: aunque sentía furor contra las doctrinas tradicionales sobre la Misa y la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el Arzobispo de Canterbury representó durante años el papel de Jerarca ortodoxo, que sólo se apartaba de Roma en lo tocante a la supremacía del Monarca en la Iglesia de Inglaterra; se casó en secreto y engañó a Enrique sobre la traducción inglesa de la Biblia, que adrede desfiguraba el sentido de términos fundamentales para introducir solapadamente el Protestantismo.
La última adquisición del Monarca fue Catalina Parr, de simpatías protestantes. También ella estuvo a punto de ser ejecutada, porque se atrevió a impugnar opiniones religiosas de Enrique, quien una vez más decidió solucionar el problema por la vía rápida. Pero Catalina advirtió el riesgo a tiempo y con fingida humildad manifestó al Rey que había osado contradecirlo para poner a prueba los conocimientos teológicos de su marido, y así logró salir con vida de la aterradora experiencia. La sífilis redujo al Monarca a un estado lamentable, y acabó con él en la mañana del 28 de enero de 1547. Murió pidiendo que rezaran muchas Misas por su alma.
La Nueva Liturgia
A fines de febrero de ese año fue coronado Eduardo VI. Era un niño de 9 años que había sido engendrado por Enrique cuando la enfermedad hacía estragos en él. Durante la ceremonia de coronación, Cranmer expuso públicamente por primera vez la doctrina de los “Derechos Divinos del Rey”: el Monarca no debía estar subordinado a ningún poder temporal o espiritual porque la Nación es absolutamente independiente y el Rey es su cabeza. Esta idea constituía un paso adelante en la ruptura con la tradición que en otro tiempo había permitido a los Reinos de Europa verse como Provincias de la Cristiandad.
En 1549 fue publicado el Libro de la Oración Común, cuyo principal autor fue Cranmer. La mayor parte de los textos de la obra compuesta para reemplazar los libros litúrgicos católicos fueron tomados de la herencia oriental, romana y mozárabe y traducidos a la lengua vernácula. Chesterton observa que el ritmo maravilloso del estilo de Cranmer es el único atractivo para aquéllos que han dejado el Anglicanismo, capaz de producir un sentimiento de nostalgia semejante al que la visión de las grandes Catedrales góticas provoca en quienes se han apartado de la Iglesia. Pero hay una gran diferencia entre las Catedrales y el Book of Commom Prayer: aquéllas son la expresión madura de un milenio de fe, mientras que éste puede producir el efecto de la gran poesía sobre el espíritu y el corazón porque tienen estilo, tradición y religión. Escrito por un apóstata del Catolicismo, la obra de Cranmer no posee su fuerza particular por ser el primer libro protestante sino por su condición de último libro católico[9].
A pesar de su gran valor literario, la obra es venenosa, porque reduce la Misa a una asamblea de fieles que conmemoran la Última Cena, y la presencia de Cristo en tal evocación no difiere de la que tiene lugar cuando dos o más personas se reúnen en el nombre del Señor. Hay conexión entre la doctrina litúrgica y política del Arzobispo felón, pues el carácter sacro del que la Misa es despojada se transfiere al Monarca; y en última instancia, a la subjetividad, pues el pan y el vino simbolizan el Cuerpo y la Sangre del Señor porque quienes los reciben les atribuyen ese significado.
La Restauración Católica
Eduardo VI murió sin descendencia en 1553; entonces Cranmer y otros de su laya conspiraron para cambiar la dinastía a fin de evitar la coronación de la católica María Tudor, pero el pueblo se levantó a favor de ella y a principios de agosto pudo entrar triunfante en Londres. La Reina se casó con Felipe II en 1554; esta unión hirió el sentimiento nacional inglés, pues Felipe no era popular en la Isla, y además a los británicos les resultaba insoportable la altanería española. Por solidaridad con España, María participó en la guerra contra Francia, que le costó la pérdida de Calais, la última plaza inglesa en territorio francés. París apoyó un movimiento rebelde encabezado por Sir Thomas Wyatt que se proponía llevar a Isabel al trono y estuvo a punto de triunfar en 1554. Sofocada la revuelta, la vida de Isabel corrió peligro, pues en otro tiempo Enrique VIII había negado a María el derecho de sucesión para favorecer a su hija menor, y ahora ésta era acusada de haber tenido parte en la conspiración. Pero Felipe II intercedió a favor de ella, y María desatendió el parecer del Consejo Real y salvó la vida de la futura “Reina Virgen”, que pondría al Catolicismo inglés al borde de la extinción.
Asimismo, María cometió un error al no seguir el consejo de Carlos V, quien le había recomendado juzgar a los rebeldes por traición, con lo cual el castigo afectaría sólo a los grandes personajes[10]. Deseosos de contradecir el parecer del Emperador, para colmo Rey de España, los miembros del Concejo Real optaron por juzgar como herejes a los conspiradores, muchos de los cuales fueron ejecutados. Esto sirvió para alentar a los protestantes, que tenían por mártires a las víctimas.
Aunque la Historia Oficial inglesa la presenta como “una mujer fanática y vengativa, que estableció una especie de reinado del terror para terminar con el rechazo generalizado al Catolicismo”[11], fue amada por el pueblo, pero fracasó en su intento de librar a la Nación de la herejía, y prueba de ello es su impotencia para obtener la devolución de las tierras robadas a la Iglesia. María falleció sin descendencia en 1558.
Terror y Locura
La Corona pasó a su media hermana Isabel, a quien la antedicha Historia presenta como “una mujer de voluntad fuerte e inteligencia poderosa, excelente juicio e indiscutida autoridad. Su pueblo la adoraba, y produjo en aquel tiempo, y en gran medida por su influencia, figuras descollantes en todos los órdenes: Literatura, Arquitectura, Política Exterior y en todo lo demás. Ella eligió a sus ministros con admirable habilidad y éstos le sirvieron con correspondiente fidelidad”.
En realidad, Isabel llevaba el estigma del vicio paterno, que sumado al ambiente de horror e intriga en que vivió, produjeron su anormalidad física y moral: alrededor de los quince años había tenido una relación escandalosa con su tío, Tomás Seymour ‒el último marido de Catalina Parr‒, quien acabó un año después en el cadalso acusado de conspirar contra Eduardo VI.
Sin duda era inteligente, ingeniosa, culta y de fuerte voluntad, pero sus taras y las circunstancias le impidieron romper el cerco de los Potentados, quienes la convirtieron en instrumento de sus intereses y no dudaron en emplear la crueldad extrema para lograr sus fines. Los tribunales isabelinos aplicaron sistemáticamente la tortura a los papistas y dictaron más sentencias de muerte que todos los tribunales de la Inquisición en los países católicos.
La principal figura de la nueva plutocracia, William Cecil, dio muestras de extraordinaria habilidad en la ardua empresa de conducir al pueblo inglés a la ruptura con su fe. Cecil decidió oponerse a España y perjudicó seriamente a Felipe II en la guerra que libraba en los Países Bajos. El Monarca español envió finalmente la Armada “Invencible” para poner fin a la cuestión inglesa, y en esa oportunidad Isabel en absoluto fue el alma de la resistencia al invasor; recién se presentó ante las tropas cuando tuvo certeza del desastre español.
Como sabía que no podría tener hijos, permaneció soltera y se hizo llamar “la Reina Virgen”. “Aun cuando su piel se mostraba tan arrugada como un pergamino y tenía el aspecto de una ruina, Isabel exigía que la adularan como mujer de gran belleza y en el esplendor de la juventud”[12]. Sus locuras aumentaban con el paso del tiempo, y con casi 70 años tenía por amante al Conde de Essex, 33 años menor que ella. Essex amenazaba la privanza de William Cecil y su hijo Robert –“por su estatura un enano, jorobado, pero digno rival de su padre en inteligencia y tenacidad”[13]–; y para sacarlo del medio éstos lo enviaron a Irlanda como Lord Lugarteniente. La suerte de las armas le fue adversa, y cuando regresó a Londres debió permanecer un tiempo bajo arresto domiciliario. Finalmente Robert Cecil convenció a la Reina que Essex se proponía asesinarla y ella aceptó firmar la condena a muerte, aunque sintiera que su corazón se partía. El triunfo sobre los enemigos y su popularidad en los últimos años no la libraron de una angustia creciente que la condujo a un fin patético: después de sufrir un colapso nervioso permaneció en silencio durante horas, sentada en el piso y con un dedo en la boca, hasta que murió el 24 de marzo de 1603.
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CAPÍTULO XVIII ‒ ESPAÑA LA GRANDE
Los Reyes Católicos
España evitó la decadencia espiritual que ganaba terreno en gran parte de Europa pues la guerra de reconquista librada durante casi ocho siglos contra el Islam había mantenido vivos la Fe y el espíritu de la Caballería, que permitieron la gestación de una identidad nacional católica. De este modo la reforma religiosa promovida por el Cardenal Cisneros fructificó en un estallido de creatividad que provocó el estupor universal: una vez expulsado el musulmán, España se lanzó a los cuatro rumbos y creó un Imperio que realizó “la unión pacífica de Europa con el resto del mundo”[14].
En 1469, Fernando, heredero de la corona aragonesa, contrajo matrimonio con Isabel, Princesa de Asturias. En diciembre de 1474, Isabel fue proclamada Reina de Castilla, y cinco años después, su esposo accedió al trono de Aragón, lo que produjo la unión dinástica de los dos Reinos más importantes de la Península. Aunque cada uno mantuvo sus leyes e instituciones, unificaron las finanzas, las fuerzas militares y siguieron una misma política exterior.
Los Reyes Católicos consumaron el secular intento de acabar con el poder musulmán. A mediados de 1491 iniciaron la construcción de Santa Fe, frente a Granada, para mostrar su firme voluntad de permanecer allí hasta que los moros se rindieran; y el 25 de noviembre Boabdil, gobernante del Emirato nazarí, convino entregar el último bastión islámico, lo que se cumplió el 2 de enero siguiente.
Cuando Fernando e Isabel se encontraban en Santa Fe, firmaron las capitulaciones para llevar adelante el proyecto de Cristóbal Colón, un marino desconocido a quien muchos consideraban loco, porque intentaba llegar a Oriente navegando hacia Occidente por aguas ignoradas. Su proyecto había sido rechazado por el Rey de Portugal, quien prefirió mantener la ruta establecida por los navegantes lusitanos bordeando las costas de África para llegar al Índico, donde obtenían las deseadas especias.
Colón pedía ser Virrey de las tierras asiáticas que conquistare. Pero no fue movido sólo por la ambición, sino también por el afán irrenunciable de llevar adelante su empresa de visionario, y sobre todo, por la fe: Bartolomé de Las Casas, que lo conoció bien, afirma que era hombre de mucha devoción, y el Almirante escribió a los Reyes Católicos que tenía el deseo vehemente de restituir los Santos Lugares a la Iglesia, que sería también un sueño de Carlos V.
Sus tres carabelas partieron el 3 de agosto de 1492, y según el viaje se prolongaba, cundió la desconfianza en la tripulación, que exigía abandonar la empresa, por lo cual estuvo en un tris de ser colgado; pero el 12 de octubre, Rodrigo de Triana, al gritar: “Tierra”, anunció el comienzo de una nueva etapa de la Historia.
El Almirante hizo cuatro viajes a las Indias, en los que se expuso no sólo a las tempestades y muchos otros riesgos, sino también al humor de tripulantes levantiscos, que volvieron a amenazar su vida. En una carta de su último viaje escribió:
“Poco me han aprovechado veinte años de servicio que he servido con tantos trabajos y peligros, que hoy en día no tengo en Castilla una teja; si quiero comer o dormir no tengo, salvo el mesón o taberna, y las más de las veces falta para pagar. Yo no vine este viaje a navegar por ganar honra y hacienda; esto es cierto, porque estaba ya la esperanza de todo en ella muerta”.
Es sabido que nadie es un gran hombre para su ayudante de cámara… porque tiene alma de lacayo. En la Carta Apostólica Quarto Abeunte Saeculo, publicada con ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América, León XIII responde a quienes proyectan sobre el Almirante la propia mezquindad.
España y Portugal habían firmado en 1479 el Tratado de Alcazobas, ratificado el año siguiente en Toledo. El acuerdo adjudicaba a los lusitanos las tierras descubiertas o por descubrir de las Islas Canarias ‒que permanecían españolas‒ para abajo contra Guinea; es decir, les reconocía el derecho exclusivo sobre las rutas de África. Juan II de Portugal adujo que el asentamiento hispano en lo que luego resultó ser el Nuevo Mundo violaba el Tratado, y preparó una flota en las Azores para expulsar a los intrusos.
Fernando e Isabel decidieron recurrir al Papa Alejandro VI, el valenciano Rodrigo Borja (Borgia) con quien hacían buenas migas. Ya que una doctrina vigente desde el siglo XI atribuía al Pontífice, como Vicario de Cristo, la potestad de asignar tierras de infieles a los Príncipes cristianos, Alejandro redactó, en abril de 1493, el Breve Inter Caetera (que fechó el 3 de mayo) por el cual reconocía como posesión castellana el asentamiento de Colón y las tierras de paganos que llegaran a descubrir en el Mar Océano, con el compromiso de evangelizar y proteger a los nativos.
Los Reyes Católicos no quedaron satisfechos y obtuvieron que Alejandro redactase la Bula Inter Caetera (antedatada al 4 de mayo de 1493) o Bula de Partición, que otorgaba a los españoles los territorios al poniente de un meridiano a cien leguas de las Islas Azores y Cabo Verde. Pero Juan II no aceptó la Bula y exigió tratar directamente con los castellanos; además, esta negociación era inevitable por no ser recta la línea fronteriza, ya que dichas islas no se encuentran en la misma latitud. Las partes litigantes se reunieron en Tordesillas, y el 7 de junio de 1494 firmaron un Tratado, que adjudicó a Fernando e Isabel cuanto sus navegantes descubrieran al oeste de una línea, trazada de norte a sur, a 370 leguas de las islas de Cabo Verde. Esta demarcación puso bajo jurisdicción castellana el Pacífico, que sería llamado “Lago Español”, pues durante más de dos siglos fue controlado en su mayor parte por marinos de la Corona castellana.
Durante el asedio de Granada, había llamado la atención de los Reyes un segundón andaluz, Gonzalo Fernández de Córdoba, no sólo por sus dotes militares, sino también por la habilidad mostrada en las negociaciones con Boabdil.
Carlos VIII de Francia invadió Nápoles alegando que el territorio pertenecía a la casa de Anjou, y también que necesitaba esa base para su empresa de reconquistar la Tierra Santa. Fernando de Aragón vio que se trataba de una maniobra expansionista y, apoyado por el Papa, decidió responder con una expedición cuyo mando confió a Gonzalo. Desembarcó en Calabria en 1495 y, después de haber expulsado de Nápoles a los franceses, volvió a su patria en 1498.
Dos años más tarde regresó a Italia para aplicar el acuerdo que repartía Nápoles entre los bandos en conflicto, pero nuevamente estalló la guerra y en 1503 Fernández de Córdoba obtuvo las victorias de Seminara, Ceriñola y Garellano.
y el año siguiente fue nombrado Virrey de Nápoles. De este modo se inició la presencia española en el sur de Italia, que se prolongaría dos siglos.
Revolucionó la estrategia, pues a la caballería, que hasta entonces había llevado el peso de las batallas, opuso una nueva y ágil infantería, precursora de los “tercios” españoles, invictos en los campos europeos durante largo tiempo. En Garellano, sus cualidades de gran táctico le permitieron destrozar a un ejército que casi doblaba en número al suyo valiéndose de un movimiento envolvente aún hoy estudiado en las Escuelas Militares de muchos países.
La muerte de Isabel de Castilla, en 1504, significó la pérdida de su más importante protectora, y Fernando, envenenado por la maledicencia de los envidiosos y mezquinos que imputaban delitos de corrupción a Gonzalo de Córdoba, después de haberle reclamado unas famosas “cuentas”, lo depuso en 1507. El Gran Capitán volvió a España y pasó los últimos años apartado de cargos y murió en Granada en 1515.
En 1492 Isabel eligió como confesor y director espiritual a quien más influyó en la reforma del clero español y evitó de ese modo que la falsa reforma triunfara en España: Francisco Jiménez de Cisneros.
Otro personaje de la época fue Francisco Jiménez de Cisneros, confesor y director espiritual de Isabel, y quien más influyó en la reforma del clero español evitando de ese modo que la falsa reforma triunfara en España.
Nació en Torrelaguna en 1436 y, después de estudiar Teología y Derecho, recibió el Orden Sagrado en Roma en 1460. Volvió a su tierra en 1466, y en 1471 fue designado por Paulo II arcipreste de Uceda, mas el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo obstaculizó el nombramiento. Como Cisneros se mantuvo en sus trece, Carrillo lo mantuvo encarcelado hasta 1480.
El Cardenal González de Mendoza, consejero de Isabel, lo hizo Capellán Mayor de la Catedral de Sigüenza, y tiempo después Vicario General. Pero en 1485 Cisneros tomó la decisión de hacerse franciscano, y vivió como fraile muy penitente y casi solitario hasta que, por consejo de González de Mendoza, la Reina lo quiso junto a sí, y tres años después lo nombró Arzobispo de Toledo, Primado de España. Cisneros se dio a la fuga, pero los guardias reales lo capturaron y tuvo que aceptar el cargo por obediencia al Papa Sixto IV.
Procuró corregir con caridad y firmeza al clero español y elevar su nivel intelectual, en lo que se anticipó a las disposiciones del Concilio de Trento y, además, trabajó arduamente por la conversión de los moros. Se le reprocha haber ordenado la quema de la biblioteca del emirato de Granada, que conservaba el patrimonio cultural nazarí, pero este cargo es injusto, porque entonces España libraba una lucha por la supervivencia contra la Media Luna, y esos escritos podían fomentar las creencias musulmanas. Cisneros no se limitó al combate doctrinal, sino que participó en la conquista de Granada, promovió la Cruzada en el norte de África, y él mismo dirigió las tropas que en 1509 tomaron la plaza argelina de Orán.
Igual que Santa Teresa, mostró gran interés en la evangelización del Nuevo Mundo, adonde envió numerosos misioneros. Su gran cultura y generosidad lo llevaron a fundar la Universidad de Alcalá de Henares en 1498; y, para que esta casa de estudios tuviera fuentes teológicas apropiadas, a la cabeza de un grupo de eruditos emprendió la ardua tarea de editar la Biblia Políglota Complutense, que contiene el texto hebreo, caldeo, griego y latino del Antiguo y Nuevo Testamento.
Desempeñó, asimismo, un rol político de primer orden: Gran Canciller de Castilla en 1495, volvió a mostrar la firmeza de su carácter en la represión de los nobles revoltosos y de los moriscos. Fue regente del Reino en tres ocasiones; en 1507 el Papa lo nombró Cardenal, y el 8 de noviembre de 1517 entregó su alma a Dios.
Carlos, Emperador de Occidente
En 1517 desembarcó en Villaviciosa procedente de Flandes, Carlos de Habsburgo, quien se había proclamado un año antes Rey de sus dominios hispánicos. Nacido en Gante en 1500, hijo de Felipe el Hermoso y de Juana I de Castilla, era nieto del Emperador Maximiliano I y María de Borgoña, y de los Reyes Católicos. Hasta él llega en España y sus dominios “la Monarquía Cristiana”[15], “la altamar del Cristianismo, la «Cristiandad»”[16].
La Casa de Austria había regido el Imperio durante casi un siglo, pero, en 1519, la muerte sorprendió a Maximiliano sin que hubiera arreglado la sucesión de Carlos. Éste reclamó la corona imperial, y para dar mayor fuerza a su razonable aspiración, empleó el oro español y los préstamos de banqueros alemanes, que terminaron de persuadir a los Príncipes Electores e inclinar la balanza en su favor, con gran enojo de su contrincante principal, Francisco I de Francia. Desde entonces fue Carlos I de España y V de Alemania, cuyas posesiones superaban a las de cualquier otro Monarca europeo.
Sus obras y palabras, el testimonio de sus contemporáneos lo revelan dotado de firmeza, tesón, magnanimidad; estas dotes explican que, si bien casi no sabía castellano cuando llegó a España, en poco tiempo se ganara la adhesión de quienes lo rodeaban. Por otra parte, pagó el precio de la endogamia practicada por la Casa de Habsburgo para afirmarse en el poder: cayó en depresión tras la muerte de su esposa, Isabel de Portugal, y vivió aislado por un tiempo. A veces se mortificaba con largos ayunos, que eran seguidos por períodos en los que manifestaba un apetito insaciable. También ha sido atribuido a su herencia cargada que a veces pasara de la calma a la exasperación.
En el comienzo mismo de su reinado tuvo oportunidad de manifestar la decisión para acometer grandes empresas: aceptó el proyecto de Fernando de Magallanes, un marino portugués, que le propuso la realización de la obra en la que había fracasado Colón, esto es, llegar a las Molucas, donde crecían las especias, sin bordear las costas de África. Lo mismo que el de Colón, el plan de Magallanes había sido rechazado por la Corona portuguesa, pero también en este caso la corazonada permitió a España abrirse a la empresa “imposible”. El pacto quedó sellado en marzo de 1518 y el 20 de septiembre, cinco bajeles con 234 tripulantes zarparon hacia el Oriente. En 1521 Magallanes murió en una refriega con los nativos en Filipinas, y tras muchas peripecias, Juan Sebastián Elcano y dieciocho marineros lograron completar la primera circunnavegación del orbe en septiembre de 1522.
También en el principio de su función real, Carlos debió reprimir la sublevación de los nobles castellanos, recelosos del Monarca extranjero y su séquito de flamencos, quienes difícilmente se adaptarían a la idiosincrasia y usos de sus súbditos; temían, además, el menoscabo de los fueros comunales ‒de ahí que se llamasen “comuneros”‒ y, por último, resistían los nuevos impuestos. El viaje del Habsburgo a Alemania para obtener el título imperial, fue la ocasión propicia para que estallase la sublevación con vistas a imponer a la madre del Monarca, Juana (“la Loca”), como Reina de Castilla, pero las tropas del Rey derrotaron a los comuneros en Villalar (1521) y los jefes rebeldes Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron decapitados.
Sobre su intento frustrado de poner fin a la herejía protestante hemos hablado en el Capítulo XV. Tuvo cuatro conflictos con Francia, porque Francisco I codiciaba la hegemonía en Europa. Más que un choque de ambiciones, el combate era el resultado de cosmovisiones incompatibles, ya que Francia había arrojado por la borda el ideal de la “Universitas Christiana”, mientras que para España, tal aspiración “continuó siendo la base de la política, la literatura y la vida toda peninsular; a ella sacrificó su propio adelanto […] queriendo mantener en lo posible, la vieja unidad que se desmoronaba por todas partes”[17].
Los franceses intentaron recuperar Milán y Parma; en 1522 un ejército de 28.000 hombres irrumpió en el norte de Italia y dos meses después se enfrentó en Bicocca con las tropas imperiales, que obtuvieron una victoria tan categórica como rápida.
En 1525 Francisco I volvió a la carga y cruzó los Alpes; con 6.5000 hombres de su caballería, entonces la primera de Europa, 17.000 infantes y 50 cañones atacó Pavía, donde un veterano de Gonzalo de Córdoba, Antonio de Leyva, comandaba 2.000 españoles y 5.000 mercenarios alemanes. Carlos envió un ejército para ayudar a los sitiados en Pavía, pero aun así, las tropas imperiales eran inferiores en número a las francesas.
La batalla se libró el 24 de febrero, y resultó desastrosa para las huestes de Francisco, que tuvieron 10.000 bajas y, además, 3.000 mercenarios apresados, mientras que los muertos y heridos imperiales sumaban medio millar. “Todo se ha perdido, salvo el honor”, escribió el Rey de Francia a su madre desde el cuartel general de los imperiales donde permanecía prisionero. “En este instante Francia estaba a merced del Emperador, y si Carlos hubiere tenido ambición de conquista, la hubiese reducido de una vez para siempre. No quiso hacerlo. Y a pesar del consejo de su ministro Gattinara, que le instaba a aplastar a Francia se negó a ello”[18].
El Francés estuvo un año en Madrid, hasta que aceptó firmar un tratado por el que se comprometía a no intervenir en Italia, y juró cumplir el pacto por su honor de caballero y sobre los Evangelios, pero sus planes eran otros: el día mismo de la batalla de Pavía había enviado su anillo a Solimán el Magnífico como signo de su voluntad de entenderse con los otomanos, y después, absuelto de su juramento por el Pontífice, formó con Roma, Inglaterra y varias ciudades italianas una alianza para contrarrestar el poder enorme de España y el Imperio.
En 1526 Solimán destrozó a los húngaros en Mohács y tuvo abierto el camino a Viena. Carlos y su hermano Fernando, Archiduque de Austria, suplicaron al Papa que uniera sus fuerzas y las de los aliados a las de los Habsburgo para lograr que los otomanos retrocedieran, pero Clemente VII desoyó el pedido. El Emperador decidió entonces castigarlo aportando el dinero necesario para que las tropas del Cardenal Colonna, enfrentado con el Pontífice, ocuparan Roma. El Papa tuvo que refugiarse en Castel Sant´Angelo y aceptar las duras condiciones impuestas por el Embajador español.
Poco después, sin embargo, volvió a las andadas; entonces Carlos envió un ejército formado por españoles, italianos y 12.000 alemanes (casi todos protestantes), a las órdenes del Condestable de Borbón, quien debía intimidar al Papa, pero no ocupar la Urbe. La situación quedó fuera de control porque los soldados reclamaban pagos muy atrasados y el saqueo de Roma se les presentaba como empresa muy apetecible. El 6 de mayo de 1527 las tropas iniciaron el asalto y, para colmo, el Condestable murió durante el asedio. La pérdida del jefe abrió las puertas al desenfreno; los soldados se entregaron al pillaje, violaciones, crímenes, y los protestantes dieron rienda suelta a su odio a cuanto les parecía supersticioso, y así cometieron innumerables profanaciones. Una vez más Clemente debió buscar refugio en Castel Sant´Angelo, donde permaneció un mes. Carlos llevó ropa de luto un largo tiempo para manifestar su dolor por tales sucesos, y en junio de ese año firmó con el Papa un tratado que puso término al conflicto.
Lutero había exigido la convocatoria de un Concilio que reformara la Iglesia, pero la legión de clérigos mundanizados contrariaba la verdadera reforma católica y contaba con un medio muy eficaz para impedirla: los oficios eclesiásticos eran vendibles y cada vez que corría el rumor de una lucha seria contra los abusos, descendía su valor. A Pesar de todo, y gracias a la decisión de Paulo III, los Padres Conciliares se reunieron en Trento en 1545.
El 26 de octubre de 1546 Diego Laínez, más tarde sucesor de San Ignacio en el Generalato de la Compañía de Jesús, hizo la defensa del libre albedrío contra el fatalismo protestante. “Lo que entonces realmente se debatía era nada menos que la unidad moral del género humano. De haber prevalecido cualquier teoría contraria, se habría producido en los países latinos una división de clases y pueblos análoga a la que subsiste en los países protestantes, donde las clases sociales que se consideran superiores estiman como una especie inferior a los que están debajo, y cuyos pueblos consideran a los otros con absoluto desprecio”[19]. España no debió aguardar las definiciones de Trento para lanzarse a la empresa misionera. Persuadida de que Cristo había muerto por todos, su fe milenaria le había dado un corazón universal, y por ello se empeñó en evangelizar a cuantos hombres pudo.
Para concretar el ideal de Cristiandad, el Emperador soportó penurias, se expuso a grandes peligros y viajó incansablemente: a Francia, Italia, Alemania, Flandes, Inglaterra, el norte de África. En total fueron cuarenta viajes por tierra y veintiuno por mar.
En 1547 derrotó a los protestantes de la Liga de Esmalcalda en la batalla de Mühlberg; los jefes luteranos que no fueron encarcelados se aliaron con el nuevo Rey de Francia, Enrique II, quien se apoderó de Metz, Toul y Verdún y reclamó posesiones españolas en Italia. Un aliado del Emperador, Mauricio de Sajonia, se pasó al bando enemigo, y Carlos tuvo que huir del castillo de Innsbruck en abril de 1552 con un pequeño grupo de soldados y, a pesar de la gota que lo martirizaba, debió cruzar terrenos accidentados para llegar a un lugar seguro.
Entonces pidió al Duque de Alba que formara un ejército para reconquistar Metz, pero el intento fracasó, y el Emperador se retiró a Bruselas en 1553, donde sus fuerzas físicas y psicológicas tuvieron un serio quebranto. En 1555, la muerte de su madre empeoró la situación y Carlos decidió abdicar en favor de su hijo, a cuyo cargo quedarían los asuntos españoles, y de su Hermano Fernando, quien sería el titular del Imperio. Antes de cesar quiso poner fin al conflicto religioso y, en septiembre de ese año, por medio de Fernando acordó con las cabezas de la Liga de Esmalcalda la paz de Augsburgo, que autorizaba a los Príncipes decidir la religión que debía practicarse en sus dominios: “cujus regio, ejus religio”.
Volvió a España y eligió como residencia una casa junto al monasterio jerónimo de Yuste, en Extremadura; sin embargo, no pasó este tiempo ajeno a los asuntos del mundo, sino que permaneció atento a las cuestiones políticas. Murió el 21 de septiembre de 1558.
Felipe II
Unamuno sostiene que Felipe II fue el primer Rey verdaderamente español, identificado con la obsesión nacional: la lucha contra la herejía. “Prefiero no reinar a reinar sobre herejes”, solía decir. Era Señor de España y luego de Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, los Países Bajos, el Franco-Condado, Rosellón, las Baleares. Por su matrimonio con María Tudor poseyó hasta la muerte de ésta dominio sobre Inglaterra. Contaba además con territorios en el Norte de África, Oceanía, las Filipinas y los inmensos dominios americanos. Alexander Von Randa dice que el mundo fue entonces una selva de lanzas españolas: ningún ejército español de aquel tiempo fue derrotado en batalla abierta. Se hizo entonces proverbial la frase: “Cuando España se mueve, Europa tiembla”.
Una vez más estalló la guerra con Francia. El Duque de Alba venció a los franceses en Italia en 1556 y el 10 de agosto del año siguiente otro ejército del Rey español, procedente de los Países Bajos, obtuvo la victoria de San Quintín. El camino a París estaba abierto, mas, al igual que antes Carlos V, el Monarca decidió no destruir al Reino que, en lugar de mostrar gratitud, seguiría empeñado en arruinar la Cristiandad.
En 1566 una flota musulmana de 150 navíos sembró el terror en el Adriático. La Media Luna dominaba entonces las tres cuartas partes de las costas mediterráneas, casi toda Hungría, Grecia, y los Balcanes y mantenía un ejército formidable en Europa Oriental. Pero ese mismo año fue electo Sumo Pontífice el dominico Miguel Ghislieri, quien adoptó el nombre de Pío V. El nuevo Papa no era un simple administrador, ni un tortuoso diplomático, ni un humanista incapaz de percibir el combate que la Ciudad de Dios y la del Hombre libran en la Historia. Solimán el Magnífico advirtió inmediatamente el peligro: “Temo más las oraciones de este Papa que a todos los ejércitos del Emperador”, dijo poco antes de morir[20].
El Papa convocó a todos los Príncipes cristianos para unir sus fuerzas en la Santa Liga contra los musulmanes. Francia no sólo se mantuvo fiel a su alianza con el Turco, sino que además apoyó a los protestantes contra Felipe II. Al conocer las ventajas otorgadas por el Rey Francés Carlos IX a los calvinistas, San Pío V recordó al “Cristianísimo” Monarca que “el Dios que rompe la potencia de los Reinos y los transfiere de un Príncipe a otro, no dejará sin castigo este desprecio de la religión católica”[21].
El 25 de mayo de 1571 España, los Estados Pontificios y Venecia sellaron la alianza. Las fuerzas de la Santa Liga sumaban más de 200 naves y 80.000 hombres, al mando de un joven de 24 años, Don Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos V. En 1570 había sofocado una sublevación de moriscos en Valencia, y volvió a revelar su talento al hacer que los venecianos aceptaran a bordo de las galeras soldados de la invencible infantería española; estos contingentes jugarían un papel decisivo en el abordaje de las naves adversarias.
Don Juan llegó a la isla de Cefalonia el 5 de octubre y antes de que rompiese el alba del día 7, su escuadra se dirigió hacia las fuerzas enemigas. Tenía frente a sí todos los jefes musulmanes del Mediterráneo. Alí-Muezzin-Pachá, comandante turco, había hecho traer de la Meca el estandarte verde de Mahoma. Sobre la armadura del Generalísimo cristiano colgaba una reliquia de la Santa Cruz, y en lo alto de su nave capitana, “La Real”, se veía un crucifijo. En cada una de las embarcaciones de la Santa Liga se celebró la Misa antes del combate, y luego todos escucharon de rodillas el tiro de cañón disparado desde “La Real” para indicar el inicio de la batalla. Los soldados de la Liga sabían que el Papa les había concedido indulgencia plenaria y que sus esfuerzos serían respaldados por las oraciones de los religiosos de la Cristiandad.
Después de varias horas de lucha encarnizada, Don Juan decidió liberar a los galeotes y darles armas para que se unieran a los combatientes. Los turcos hicieron lo mismo, pero la mayor parte de los cautivos eran cristianos, y tan pronto como tuvieron las armas en sus manos se volvieron contra sus opresores. Hacia las cinco de la tarde la suerte de la batalla estaba decidida: solo unas pocas naves musulmanas lograron huir; el Almirante turco y 30.000 de sus hombres perdieron la vida y 5.000 fueron tomados prisioneros. Los cristianos tuvieron 8.000 muertos y 10.000 heridos, entre ellos Miguel de Cervantes. Mientras se hallaba rezando el rosario, San Pío V tuvo una revelación de la Victoria que salvó a Europa, y para conmemorar el triunfo instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, que más tarde se cambió en Nuestra Señora del Rosario.
El día siguiente de Lepanto, Don Juan quiso aprovechar el colapso naval otomano para dirigirse al Bósforo y tomar Constantinopla, pero los jefes de la flota cristiana dieron mil pretextos para no secundar esta iniciativa pues los apremiaba el deseo de recibir cuanto antes los honores del triunfo en Roma, Venecia y demás capitales de la Santa Liga.
España fue derrotada en los Países Bajos. Aunque Flandes era posesión legítima de Felipe, había allí una fuerte tendencia a la autonomía, por lo que la presencia de tropas españolas apenas era tolerada. Un impuesto abusivo dio origen a la agitación, y pronto la cuestión política se transformó en religiosa, porque el norte era calvinista, mientras el sur continuaba adhiriendo a la religión tradicional[22]. En Flandes 400 iglesias fueron abatidas o saqueadas.
Como los buques españoles no eran adecuados para las costas del Mar del Norte, Felipe debió confiar exclusivamente en la infantería. En 1567, el Duque de Alba fue enviado al frente de 10.000 hombres para reprimir la sublevación, y en tres años sus tribunales mandaron ejecutar entre 500 y 800 rebeldes, cifra luego inflada por la leyenda negra.
La victoria definitiva sobre los insurrectos no llegó porque el terreno inundable dificultaba las maniobras de los Tercios, la escasez de fondos provocó el amotinamiento de los soldados y, además, en lugar de concentrarse en esta difícil empresa, Felipe decidió invadir Inglaterra e intervenir en la guerra civil francesa.
El Monarca español debió finalmente entregar los Países Bajos a su hija Isabel, y en 1581 las provincias septentrionales se declararon independientes y adoptaron la religión calvinista.
En 1580 el trono de Portugal quedó vacante y Felipe hizo valer sus derechos a la corona lusitana: envió un ejército, dirigido por el Duque de Alba, y una flota a las órdenes de Don Álvaro de Bazán; con el apoyo de la nobleza local, juró ante las Cortes reunidas en el Monasterio de Tomar en abril de 1581. Esto lo convirtió en Señor de las posesiones lusitanas en África, Asia y América; el Imperio español alcanzó entonces su máxima extensión y vio más cercana que nunca la concreción de la Monarquía Universal.
España mantuvo un conflicto con Inglaterra de 1585 a 1604. Felipe decidió invadir la Isla para castigar el apoyo que Isabel prestaba a los rebeldes de los Países Bajos, poner fin a la actividad de los piratas británicos en el Caribe, y, sobre todo, con vistas a suprimir la herejía. Para ello ordenó la formación de una Armada en Cádiz y Lisboa, mas el proyecto debió ser retrasado porque, en abril de 1587, Drake apareció en Cádiz y destruyó alrededor de treinta buques españoles.
Un gran marino, Álvaro de Bazán, había sido designado para dirigir la empresa; sin embargo, no pudo hacerse cargo de ella porque murió de tifus en febrero de 1588. Entonces Felipe eligió al Duque de Medina-Sidonia, un hombre carente de experiencia naval, quien rechazó el ofrecimiento, pero como Monarca insistió, el Duque se trasladó a Lisboa, y, en mayo de 1588, 130 buques con 8.000 marineros, 19.000 soldados y 2.400 cañones zarparon rumbo a Flandes con el propósito de recoger los Tercios que allí combatían para que desembarcaran en la Isla.
A la decisión funesta de confiar el mando a un incompetente se sumó una grave imprevisión: ¿cómo llegaría la infantería de Flandes a las naves? Los barcos de la Armada exigían puertos de aguas profundas, y los españoles entonces no contaban con tales fondeaderos; por tanto, los soldados deberían trasladarse a los buques en barcazas, pero los navíos ingleses, muy ligeros, frustrarían la operación.
Como el plan de Felipe era conocido, Isabel decidió pasar al contraataque y envió a España una escuadra capitaneada por Drake, pero el mal tiempo la obligó a volver, y estaba concentrada en Plymouth cuando inesperadamente apareció la Armada. Los ingleses han hecho creer (una mentirita más…) que entonces el pirata estaba jugando a los bolos y al conocer la noticia respondió que tenía tiempo para terminar la partida. Lo cierto es que cundió el terror, porque la artillería de las naves británicas no estaba preparada y, para colmo, no tenían posibilidad de escapar porque el viento era favorable al invasor. Los consejeros de Medina-Sidonia, que habían servido bajo Álvaro de Bazán, lo instaron a no desaprovechar la oportunidad que la fortuna les servía en bandeja de plata, pero el Duque optó por seguir a la letra el plan de Felipe II y ordenó continuar la navegación a Flandes[23].
La superioridad de la artillería inglesa y los brulotes obligaron a Medina-Sidonia a huir costeando las Islas Británicas, y la travesía resultó desastrosa a causa de las tempestades, que provocaron el naufragio de una tercera parte de la flota y costaron la vida a la mitad de los embarcados.
El año siguiente, Inglaterra envió a Coruña 150 buques y 23.000 hombres a las órdenes de Drake para hundir o capturar los restos de la “Invencible”; su segundo objetivo era desembarcar a Don Antonio, bastardo del Infante Luis de Portugal, en el puerto gallego, de donde se trasladaría a Portugal para encabezar la rebelión contra Felipe II.
Después de fracasar en Coruña, Drake trató de conquistar Lisboa, pero también aquí su intento resultó frustrado; entonces la guerra se derivó a las Azores, y una vez más los ingleses fueron derrotados. El saldo de la “Contraarmada” isabelina fue la muerte o deserción de las tres cuartas partes de los marinos y soldados que habían participado en la empresa.
En 1595 Drake y otro famoso pirata y comerciante de esclavos, Sir John Hawkins, murieron en una ruinosa expedición al Caribe, de la que regresó menos de un tercio de los barcos y hombres enviados.
El año siguiente una expedición anglo-holandesa dirigida por el Conde de Essex tomó Cádiz y hundió una cantidad importante de naves; fue un éxito clamoroso, pero el botín resultó exiguo, y las finanzas inglesas estaban al borde de la quiebra. Así que los británicos decidieron enviar una nueva flota, integrada también por buques holandeses, para destruir las naves ancladas en Ferrol y Coruña (con las que Felipe pensaba invadir nuevamente la Isla) y luego apoderarse de la flota que regresaba de América rebosante en riquezas.
Acicateados por la posibilidad de un jugoso botín, unos 500 nobles tomaron parte de la expedición, pero el intento fracasó e Isabel prohibió que se diera a conocer la cantidad de hombres y barcos perdidos.
Después de casi veinte años de guerra, el nuevo Monarca, Jacobo I, firmó en 1604 el Tratado de Paz de Londres, por el que los ingleses se comprometían a no intervenir en los asuntos continentales ‒y así dejar de prestar ayuda a los calvinistas de Flandes‒; España por su parte renunciaba a imponer un Rey católico en Inglaterra.
En Francia se libraba una guerra entre católicos y calvinistas (“hugonotes”). Enrique de Borbón había obtenido la corona en 1589, pero sin dominio efectivo sobre todo el Reino. La intervención del Rey español en el conflicto le hizo entender que para reinar debería abjurar de la herejía. “París bien vale una misa”, dijo, y confesó la fe en 1593 en la basílica de Saint-Denis. El historiador francés Luis Bertrand declara: “Aunque nos cueste, debemos reconocer que si Francia se mantuvo católica, a Felipe II se lo debemos”.
Lo mismo que su padre, fue torturado por la gota, que en sus últimos años le impidió permanecer de pie. El 30 de junio 1598 fue trasladado al monasterio de El Escorial, donde ocupó una pequeña habitación desde la cual podía contemplar el sagrario de la basílica gracias a un portillo que hizo abrir en la pared. El 13 de septiembre de ese año entregó su alma a Dios.
La Inquisición
Ya que Felipe II pasa por ser un fanático, y la Inquisición Española la máxima expresión de intolerancia religiosa, consideremos ahora este malfamado tribunal. Trataremos de hacer pro y contra.
Ante todo es necesario señalar que España era un país católico, y quien negaba la fe se encontraba en una situación semejante a la de quien hoy niega a la sacrosanta democracia o cualquier otra doctrina perteneciente al evangelio de lo políticamente correcto, sólo que los preámbulos de la fe son infinitamente más sólidos que los de los dogmas impuestos por los ateos modernos.
Luego, la Inquisición Española no fue la primera. La Biblia, por ejemplo, prescribe la investigación sobre las palabras u obras contra la Ley y la pena que debía sufrir el acusado si se probaba su delito [Deut. 17, 2-7; 19, 15-21]. Este procedimiento fue aplicado para declarar a Cristo reo de muerte [Mt. 26, 63-66] e igual conducta fue seguida con los Apóstoles [Act. 4, 1-3; 5, 17-18, etc.]
En 1231, Gregorio IX estableció el Tribunal de la Inquisición para defender la Iglesia de los cátaros, quienes además de pervertir la fe promovían, como vimos, una revolución de tipo comunista.
Expulsados de Inglaterra en 1290 por Eduardo I, muchos judíos se establecieron en la Península Ibérica. “Las gentes del pueblo miraban con aversión a los que, viniendo de fuera, se adueñaban de lo de dentro; por si fuera poco, la peste negra y otros acontecimientos extraños (los martirios de Santo Dominguito del Val y del Santo niño de La Guardia ‒Toledo‒, que no eran propiamente ritos religiosos judíos, sino ritos satánicos hechos por odio a Cristo[24]) concitó mucha enemistad hacia sus autores.
“Muchos judíos se convirtieron entonces al Cristianismo, pero parte de ellos seguía practicando su religión y ocupaba puestos hasta en la Iglesia, burlando la fe de las gentes y profanando la religión. Y esto era lo más grave: si entonces la traición al Rey era el delito de felonía y lesa majestad que se castigaba con la muerte, la traición contra Dios y su religión era un sacrilegio o pecado nefando que merecía el peor castigo. De ese modo, a fines del siglo XV recibieron los Reyes Católicos las quejas de sus pueblos contra los «falsos cristianos» judíos y moriscos, que se mofaban de Cristo y de los dogmas de la Iglesia y actuaban en contra de los intereses del reino. La realidad es que hubo muchos judíos y musulmanes que se bautizaron de buena fe y con toda sinceridad[25], pero otros lo hicieron para no ser molestados y proseguir sus negocios: estos últimos eran los que constituían una semilla de herejías y de discordia social, y los más escandalosos eran los falsos conversos que habían llegado a sacerdotes y obispos de la Iglesia y se reían de los dogmas, devociones y ceremonias cristianas.
Los mismos judíos conversos escribieron contra esta solapada infiltración, por ejemplo, “el Fortalitium Fidei de Fr. Alonso de Espina, y la Historia de los Reyes Católicos del cura de Los Palacios (1478), ambos judíos: sus obras eran antijudías y acusaban a los falsos conversos de haberse infiltrado en el episcopado y el sacerdocio, poniendo en peligro la cristiandad. Para depurar a los culpables y respetar a los inocentes, los Reyes pidieron al Papa Sixto IV que introdujera la Inquisición también en Castilla, pues en Aragón ya había existido. La creación del Santo Oficio de la Inquisición tendría un carácter especial en España por depender los jueces inquisidores directamente de la Corona. El Papa Sixto IV se lo concedió por la bula Exigit sincerae devotionis affectus (1478), siendo su primer inquisidor general el dominico judío Tomás de Torquemada, al que sucedieron otros de similar procedencia: de ahí viene la expresión «el furor de los conversos»”[26].
El historiador Henry Kamen estima que hasta 1530 fueron condenados a la hoguera 2.000 personas. “Según los estudios de Jaime Contreras y Gustav Henningsen, entre 1540 y 1700 el Santo Oficio persiguió a 49.000 personas (si se suman las cifra anterior y posterior, Joseph Pérez eleva el número total a 125.000 procesos durante sus 350 años en España) de los cuales el 27% fue procesado por blasfemias y palabras malsonantes; el 24% por mahometismo; el 10% por falsos conversos; el 8% por luteranos; el 8% por brujería y distintas supersticiones; y el resto por otros asuntos como la sodomía, la bigamia, la solicitud de los sacerdotes, etc. Cabe recordar que la mayor parte de estos pecados eran igualmente sancionados como delitos en el resto de Europa a través de tribunales ordinarios. […]
“Entre los reos finalmente condenados, los castigos podían ir desde una multa económica, servir en galeras como remeros durante un tiempo específico, penas de prisión o, en los casos más graves, ser quemados vivos. En lo que se refiere al periodo entre 1540 y 1700, las condenas a muerte se dictaron en un 3,5% de los casos, según los cálculos de Gustav Henningsen. Pero solo al 1,8% de los condenados se les aplicó efectivamente la muerte por hoguera. Los otros fueron quemados en efigie, es decir, a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba. Esto se debía a que habían fallecido antes de terminar el proceso, se habían escapado o directamente nunca habían sido capturados. […]
“El hispanista Henry Kamen, que ha dedicado varias obras a desmitificar las ideas extendidas sobre el Santo Oficio, ha demostrado con datos que al «comparar las estadísticas sobre condenas a muerte de los tribunales civiles e inquisitoriales entre los siglos XV y XVIII en Europa: por cada cien penas de muerte dictadas por tribunales ordinarios, la Inquisición emitió una»”[27].
La filóloga y escritora María Elvira Roca Barea, autora de Imperiofobia y Leyenda Negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español, afirma que en España “murieron acusados de herejía menos personas que en cualquier país de Europa”.
Mientras en España la persecución de brujas alcanzó cifras ínfimas, en Alemania condujo a la hoguera a 25.000 mujeres.
Pero si la institución en sí misma era justa, no podemos decir otro tanto de quienes la componían. Aunque la reciedumbre en sí es buena, la reciedumbre española cuando se enrancia en cerrazón, rusticidad y chucarez es fea[28]. Un caso célebre, el del dominico Bartolomé Carranza, que atrajo el interés de Castellani, servirá de botón de muestra. En el comentario a la parábola del trigo y la cizaña, nuestro Autor escribe:
“Además de la cizaña de las herejías, que hay tanta hoy día que da miedo, […] hay la cizaña dentro del templo: y da más miedo todavía. Siempre hubo; pero desde el Renacimiento acá la cizaña ha aumentado y se ha sutilizado. Puede que esta cizaña haya sido la causa del fracaso del gigantesco empeño de la España Grande para dominar la Protesta luterana. Pongo un ejemplo: el proceso del Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, (1559 a 1576) es el mejor ejemplo para nosotros de la cizaña dentro de la Iglesia; mejor que el de Juana de Arco: es un hombre de nuestra raza, es imperfecto y no santo, se mantiene firme en la fe y… el proceso no se falló, terminó en punta. Pero él se chupó los 17 años de cárcel. Lo largaron de vergüenza al ver que se moría: lo que sucedió poco después. Y los protestantes hicieron con él una ruidera fenomenal”[29].
“El mismo Carranza se portó bastante energúmeno cuando fue Inquisidor de la Reina María Tudor de Inglaterra; y aun quizá por eso permitió Dios que él, que estuvo a las duras, estuviese después a las maduras: que conociese en carne propia la obra de la violencia en la defensa de la religión”[30].
Esa violencia suele perjudicar a la religión:
“El Evangelio ha sido la revolución más grande que ha habido en todos los siglos; y la única revolución que triunfó sin derramar más sangre que la suya. Pero no fue una revolución violenta: su acción no fue física sino química, igual que la del fermento.
“La acción física es la política y la fuerza de las armas; la acción química es la persuasión y la transformación lenta. Siempre que la Iglesia ha cambiado la acción química por la acción física, o se ha apoyado demasiado en la acción física (que siempre existe en parte, incluso en las combinaciones químicas), le ha ido mal y le ha costado muy caro. […]
“La tentación constante del hombre (y la del fariseo) es sustituir la acción física a la química, porque es más fácil: obligar en vez de persuadir. No hay duda que a veces hay que obligar, incluso en religión; pero en el fino fondo de la religión está, y no puede menos de estar, la persuasión”[31].
“Por la violencia no se puede persuadir a nadie que la Iglesia es santa, ni al que la padece ni al que la ve padecer. A lo más se puede conseguir que se queden quietos, y después quizá que presten oído a razones algunos tipos extremadamente endurecidos, criminalmente inquietos y socialmente peligrosos. Eso es todo. Es lo que concedió San Agustín, que se opuso al castigo de los Donatistas mientras éstos no comenzaron a cometer verdaderos crímenes. «Mientras se pueda, no hay que castigar a los herejes. Si perturban y el Príncipe los reprime, no es asunto nuestro pastoral»”[32].
En resumen, y como dice Castellani: la Iglesia tiene derecho a defenderse, pero el Santo Tribunal de la Inquisición es verdaderamente santo cuando lo preside Santo Domingo y no cuando es gobernado por enanos prepotentes.
Debe y Haber
“La Contrarreforma con su empeño de conservar, con su apego a la tradición europea, ya herida de corrupción por el Renacimiento pagano, cuyas obras realmente no son plenamente católicas, sino misturadas de mundanismo y paganismo. La Contrarreforma no fue sino una confirmación de cosas que estaban para morir, cosas «no llenas»; y que «deben morir», según el texto griego. […]
“Los grandes santos de la Contrarreforma […], desde San Vicente Ferrer en el siglo XIV, que predicó en Europa el «Vengo pronto; si no vigilas vendré como un ladrón y no sabrás la hora», hasta San Ignacio, Santa Teresa, San Felipe Neri, la pléyade del siglo XVI, fundadores y reformadores, profetas y penitentes; pocos nombres, en fin, a pesar de su número, pero que evitaron que la Cristiandad fuese borrada ya del libro de la vida”[33].
Con respecto a su aspecto positivo, Ramiro de Maeztu en su discurso en las Cortes de 1934, Ramiro de Maeztu señala que España hizo la unidad física del mundo, con el descubrimiento de sus rutas marítimas; y no solo defendió en Trento (como vimos) la unidad moral del género humano, sino que su obra fue coherente con tal teoría, ya que incorporó a la civilización cristiana cuantas razas estuvieron bajo su influencia, con la consiguiente posibilidad de una historia universal[34].
El alma de la empresa hispánica, dice Pemán, fue el quijotismo; y Castellani lo explica así: “El coraje [es la] virtud específicamente española. […] El coraje español se llama quijotismo, porque la valentía nunca es grande ni siquiera genuina si no se ejerce en pro de una causa justa; y es verdaderamente española, cuando la causa o es quimérica, o es difícil, es perdida como la del Quijote… y la de Felipe Varela”[35].
La empresa era humanamente perdida porque nuestra Madre Patria se vio obligada a dividir sus fuerzas: demasiados enemigos ‒Holanda, Inglaterra, Francia, el Imperio Otomao‒ y recursos insuficientes para enfrentarlos, por lo cual España quebró tres veces durante el reinado de Felipe II: en 1557, 1575 y 1596.
“Los más grandes conductores de la Historia son los que no han podido terminar su obra: César, Carlomagno, Bonifacio VIII, Carlos V [y con sus defectos, que luego consideraremos, Felipe II]… señal que su obra era mucho más grande que ellos; y eso justamente los engrandecía”[36].
La Catolicidad tiene una inmensa deuda de gratitud con la España mística y caballeresca, cuyos teólogos, religiosos y soldados tanto hicieron para frenar el embate, aparentemente incontenible, del Protestantismo y del Islam contra la antigua Cristiandad, y también para que ésta se extendiera a otros continentes:
“Una Monarquía potente se hizo portaestandarte de la Iglesia, España Gonfaloniera. La cual emprendió el trabajo hercúleo de la Evangelización de América” [37]. Y el ideal que inspiró la empresa de la Hispanidad fue “el establecimiento del derecho de gentes […], o sea, ese respeto a la persona humana que no sea un antifaz sino una cosa tan sacra que no necesitamos ni podemos tomarlo cincuenta veces al día en la boca, sino custodiarlo silenciosamente en el corazón”[38].
[1] Fraser, Antonia, Las Seis Mujeres de Enrique VIII, Vergara, Buenos Aires, 1993, p 170. (Polonio hará que Ofelia emplee esta misma estratagema con Hamlet).
[2] La divisa de Ana, en Navidad de 1530, era “Ainsi sera, groigne qui groigne.” (Así será, rezongue quien rezongue).
[3] Fraser, Antonia, Las Seis Mujeres de Enrique VIII, p 150.
[4] En 1521 Enrique había publicado contra Lutero la Assertio septem sacramentorum, que le obtuvo del Papa el título de Fidei Defensor, “Defensor de la Fe”.
[5] Chesterton, Pequeña Historia de Inglaterra, Calleja, Madrid, 1920, p 194.
[6] Ibíd.
[7] Belloc, Así Ocurrió la Reforma, Ediciones Thau, Buenos Aires, 1984, pp 92-93.
[8] Belloc, Historia de Inglaterra, T I, p 290.
[9] Chesterton, The Well and the Shallows, Sheed & Ward, New York, 1935, pp 45-47.
[10] Belloc, Historia de Inglaterra, Dictio, Buenos Aires, T I, p 311.
[11] Belloc, Characters of Reformation, Sheed & Ward, London, 1936, p 153.
[12] Belloc, ibid., pp 170-171.
[13] Belloc, Historia de Inglaterra, T I, p 355.
[14] Von Randa, A., El Imperio Mundial, Luis Caralt Editor, Barcelona, 1968.
[15] El Apokalypsis…, p110.
[16] Ibíd., p 84.
[17] Menéndez y Pidal, R., Idea Imperial de Carlos V, Espasa Calpe, p. 33.
[18] Wyndham Lewis, Carlos de Europa, Emperador de Occidente«, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1946, p 72.
[19] De Maeztu, R. España y Europa, Espasa-Calpe, Madrid, 1959, pp 105-106.
[20] Castetis, J. B., op. cit., pp 158-159.
[21] Ibíd., p 161.
[22] Belloc, H., Así Ocurrió la Reforma, Ediciones Thau, Buenos Aires, 1984, pp 164-165.
[23] Rodríguez González, Agustín, Drake y la Invencible, Sekotia, S. L., Madrid, 2011.
[24] En 2007, Ariel Toaff, hijo del rabino de Roma, profesor de la Universidad de Bar Ilán, y reconocido especialista en Historia Medieval del pueblo judío, publicó en Italia un libro en el que confirmó la existencia de tales crímenes rituales. Tiempo después la obra de Toaff fue retirada de las librerías. ¿Actuó en la sombra la moderna Inquisición?
[25] Por ejemplo, Santa Teresa era en parte descendiente de judíos.
[26] Royo Mejía, Alberto, “Sobre la Terrible Inquisición Española”, Infocatólica, 5-V-2014.
[27] Cervera, César, “El mito de la Inquisición española”. ABC, 4-XII-2015.
[28] “Pesimismo y Realidad”.
[29] Parábola del Trigo y la Cizaña, en Las Parábolas de Cristo, pp 152-153.
[30] Las Parábolas de Cristo, “Parábola del Trigo y la Cizaña”, pp 155-156.
[31] El Evangelio de Jesucristo, Theoría, Buenos Aires, 1963, pp 374-375.
[32] Las Parábolas de Cristo, p 158. En un papel inédito escribe: “Quien confía exclusiva o principalmente en la violencia para suprimir a los herejes ignora que los hombres son gobernados sobre todo por la persuasión. El corazón del hombre se abre solo a la amistad o a la sabiduría. Además, la violencia empereza el entendimiento, lo tapona, pues convierte la religión en santulonería. La auténtica religiosidad, en cambio, despeja al entendimiento”.
[33] Los Papeles de Benjamín Benavides, Dicto, Buenos Aires, 1978, Parte Segunda, Cap V, pp 138-139.
[34] De Maeztu, Ramiro, Discurso en las Cortes, 1934.
[35] “El 25 de Mayo”, conferencia pronunciada en el “Teatro Cómico” el 30-V-1960.
[36] “Un Ensayo Político-literario Resumido en Diez Aforismos”, Tribuna, diciembre de 1946.
[37] Reflexiones Políticas, Signum, Buenos Aires, 1977, p 182.
[38] “El Derecho de Gentes”, en Decíamos Ayer, Buenos Aires, Sudestada, 1968, p. 144.