CAPÍTULO XXI – LA DECADENCIA DE ESPAÑA
La Cuestión
Una causa ya vista del abatimiento hispánico es la disparidad de fuerzas entre los Austrias y sus enemigos. Pero ¿no habían los peninsulares obtenido victorias, tanto en Europa como en América, aun cuando las probabilidades de éxito parecían nulas?
Otro factor del declive fue la crisis económica, que arrancó a Felipe II esta amarga reflexión: “Mientras que nuestros reinos podrían ser los más ricos del mundo por la abundancia del oro y de la plata que nos han llegado y nos siguen llegando de las Indias, acaban siendo los más pobres porque sirven de puente para hacer pasar el oro y la plata a otros reinos enemigos nuestros”.
“España atravesaba desde mediados del XVI una fuerte crisis, traducida en el alto valor que alcanzaron todas las mercaderías: los medios de subsistencia eleváronse en grado sumo. La causa ‒hoy podemos saberlo‒ fue la importación de oro americano, que produjo como lógica consecuencia el desequilibrio en el valor adquisitivo del dinero: el oro bajó de valor con respecto a las demás mercaderías, y claro está, las mercaderías subieron con respecto al oro; con la grave consecuencia social de que el oro se hallaba en pocas manos, mientras que la demanda de mercaderías era general”[1].
El alza de los precios hizo que fuera más económico importar toda clase de productos que elaborarlos; esto trajo el desempleo, que obligó a un número creciente de artesanos a dejar sus talleres y buscar nuevos horizontes en las Indias. El resultado fue el despoblamiento:
“El censo de 1594 señala alrededor de doce millones, igual que cien años atrás: solamente se han ido los que corresponden al crecimiento vegetativo. Pero en 1700 los doce millones se reducen a ocho. Calculando un regular crecimiento vegetativo, puede decirse que la mitad de la población española ha emigrado de la península. Naturalmente, a las Indias. A la crisis demográfica peninsular corresponde un acrecentamiento de la población de origen español en las Indias. Es lícito decir, por lo tanto, que los españoles emigraron en masa, dejando sólo aquéllos que por su situación personal ‒o falta de ella‒ no pudieron irse. Iban al Nuevo Mundo en busca de la seguridad que el Mundo Viejo no podía darles”[2].
Hay otras y muy dispares explicaciones de la postración hispánica:
“Ramón y Cajal en su libro sobre el Método de la Investigación Científica[3], examina las seis o siete teorías de la decadencia de España, y después de refutarlas a todas, en parte al menos, formula la suya, de que la decadencia de España, al menos en las ciencias positivas y experimentales, arraiga en su persistente y terco «aislamiento». El África realmente comenzaría en los Pirineos, barrera natural que la corta de Europa; y el mar que la ciñe por los otros confines, la invita más a lanzarse en busca del vellocino de oro a otras partes lejanas que a traficar con Europa, a imitar a Europa y aprender de ella, a bonificar su propio precario territorio con los métodos e inventos europeos, que no la llenan, que no la llenan.
“Pero, ¿de dónde provendrá ese terco y prolongado aislamiento?
“Ramón y Cajal no hace sino trasladar el problema. La splendid isolation de Inglaterra, su insularidad, su soberbio desprecio del extranjero («these foreigners…», que dice el inglés despectivamente), no le han sido ruinosos como a España.
“La «peninsularidad» de España viene posiblemente de las otras causas que, una tras otra, los pensadores modernos de España han formulado en teorías:
“el clima tropical («teoría térmica»)
la escasez de lluvias («teoría oligohídrica»)
la economía precaria («teoría económica»)
los desastres y vicios políticos («teoría política»)
el fantasma religioso («teoría krausista»)
el orgullo y la arrogancia españoles («teoría psicológica»)
el Catolicismo («leyenda negra protestante»).
“Pero falta la teoría metafísica, que unifique todas esas causas (que Cajal acepta como parcialmente verdaderas), reales desde luego, pero que en otras naciones no han tenido los mismos efectos. Esas causas produjeron el aislamiento de España; pero, ¿qué es lo que las unifica y las conserva? ¿Qué es lo que las vertebra? No se puede admitir que España sea por naturaleza y sino racial invertebrada, como sostuvo Ortega en un momento de hondo pesimismo ‒que después él mismo quiso rectificar.
“Tiene que ser algo de la cabeza, pero una enfermedad curable de la cabeza (no se debe admitir una tara constitucional de todo el organismo, como teme Ortega), porque en el mundo todo baja de la cabeza; y las enfermedades de la cabeza todas son graves ‒dice Hipócrates.
“Es decir, queda por hallar el factor intelectual que (prescindiendo de los factores meramente geográficos o históricos, que no pueden ser sino «causa material» en este caso) sea la raíz de otros factores voluntarios y morales. «Conforme el hombre piensa, así camina» ‒dice el paisano. Conforme al pensar es su sentir, su imaginar, su desear y su querer ‒es decir, todo su ser moral. De cabeza baja todo, decía Arrisporrúa”[4].
Acorde con lo dicho en el Capítulo XI, donde investigamos la fuente de la decadencia social, el fenómeno español tiene una causa arraigada en lo profundo del alma. Pero consideremos previamente los indicios de esta caída para exponer luego la conclusión de nuestro autor.
1º. El Testimonio de la Literatura
“Una nación es reflejada «per primum» por su literatura”[5], y El Lazarillo de Tormes, publicado poco después de 1550, manifiesta la fermentación de los vicios en el pueblo, y sobre todo en el clero español. En la última página de un ejemplar esta novela, Castellani escribió:
“Don Diego Hurtado de Mendoza, erasmista sin duda, muy quejoso de las malas costumbres del clero, al cual trata con cierto cínico desprecio, así como de la religión popular, rebajada casi al nivel de superstición. ¿Cómo sería la suya? Nos deja dudosos, aunque es posible fuese buena.
“Este pequeño relato humorístico y genial muestra cuán poco estorbaba la Inquisición al talento literario –cuando realmente existía; y muestra el reverso de la pomposa Descubridora y Conquistadora del Quinientos”[6].
El deterioro moral es también evidenciado por otras dos célebres novelas: Guzmán de Alfarache (1599-1604) y el Quijote (1605-1615).
Guzmán de Alfarache tuvo “un éxito fulminante, mayor que el del Quijote”[7], y Castellani piensa que esto se explica porque la obra de Mateo Alemán “descubría al trasluz una cosa muy importante: el comienzo de la decantada Decadencia de España en la relajación de las costumbres”[8]. “La inmoralidad en pequeños y grandes, la corrupción de la justicia y el consiguiente desgobierno general son la enfermedad grave de una nación, y más de un Imperio”[9].
Por su parte, la obra de Cervantes muestra el ocaso del ideal caballeresco, nacido de la pasión por la justicia:
“La gente se fija en el sol cuando se pone, los poetas describen los crepúsculos, en que el sol parece más soberano que nunca; pero es para morir. Así Cervantes escribe el Quijote cuando está muriendo la Caballería, donde a vueltas de una sátira de las novelas de Caballería encierra su admiración por el ideal caballeresco que moría”[10].
El teatro, “la primera y principal de las Bellas Artes”[11], también arroja luz sobre la presente cuestión, pues “el ahueque de la religiosidad” se manifiesta claramente en el teatro clásico español[12]:
“En ese monumento imponente, considerado no sólo literario sino sociológico y psicológico, me parece ver el «barroquismo religioso» y moral. […] No es necesario leer todo, ni la mitad del caudaloso teatro, para sentir el hombre religioso un temblorcito ante algo que chirria entre los dientes: la religiosidad española de ese tiempo muestra síntomas de decadencia y aun de desviación, sin que se niegue con esto su admirable grandeza: el que tuvo, retuvo”[13].
“Releyendo durante esta gripe los dramas de Calderón, ese decaimiento salta a los ojos: supuesto que Calderón no fantasea sino que retrata. Como ejemplo […] El Pintor de Su Deshonra. […] Idéntica situación y barbarie idéntica en El Médico de Su Honra, escrita en 1635, así como en otras. […] Digamos enseguida que Calderón, con sus dos obras maestras (negadas infelizmente a la escuela argentina) El Alcalde de Zalamea y La Vida Es Sueño hizo enmienda honorable de sus comedias de «honor vengado» (con asesinatos) y de religión exterior, milagrera, vulgar y aun supersticiosa. […] La moral de Cristo está en el fondo; pero falseada por bárbaros prejuicios godos. Y la responsable última es la religión entiesada y esclerótica. Basta ver las «aprobaciones» de sus obras, dadas por eclesiásticos a veces eminentes, como el poeta Josef de Valdivieso. Algunos se desatan en panegíricos barrocos, […] pero lo que importa es que todos encarecen «no tienen nada contra la Fe y las buenas costumbres, al contrario»; siendo que esa norma de reparar el honor con asesinatos es de lo más en contra de toda costumbre cristiana. […] Las vidas de santos teatralizadas muestran otro gran desvío; como El Príncipe Constante, El Mágico y tantas otras. No son santos reales, por decirlo de una vez: están compuestos cerebralmente con conceptos y lugares comunes de libros piadosos […] irreales. Ellas hormiguean de milagros. A veces pueriles; y más bien que cristianismo evangélico, muestran en sus héroes una especie de estoicismo fanfarrón revestido de beaterías”[14].
En nota marginal a la obra de Ruiz de Alarcón El Anticristo[15] escribe:
“Mediocre o inframediocre comedia con muy poco Apocalipsis y mucha vulgaridad, sin teología, sin poesía y sin misterio, reducido el tema más intocable a un pueril juego de marionetas”.
Y en la novela de Vélez de Guevara El Diablo Cojuelo[16], leemos:
“El barroquismo en pinta. Una tipificación del barroco, más resaltante por ser una obra mediocre, poco rica de invención, imperfecta composición y afectado estilo. Es barroco churrigueresco –recargado. Hay una inundación de adornos, chistes fríos, jugar de vocablo, erudición heráldica cargosa, satirillas de menor cuantía y palabrería en una palabra. No hay «humor» propiamente (como en Cervantes), sino jocosidades. El autor era más «festivo» hablando que escribiendo, parece, pero «grabaciones» de él no tenemos. Es más amenos el libro científico que escribió en 1630 el cirujano Lucas de Valdés y Toro, titulado: Tratado en Que Se Prueba Que la Nieve Es Húmeda y Fría ”[17].
Ya Cervantes en El Quijote había fustigado los desatinos de la literatura devota:
“Pues ¿qué, si venimos a las comedias divinas? ¡Qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto y consideración que parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobio de los ingenios españoles, porque los estranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los absurdos y disparates que hacemos”[18].
En su biografía de Cervantes, Francisco Navarro Ledesma muestra la devoción convertida en máscara de la anemia religiosa:
“Verificábase entonces [1609] uno de esos aterradores recuentos de fuerzas que a la devoción española y a los múltiples intereses enlazados con ella place realizar de vez en cuando. En Madrid la Corte, y devoto hasta el extremo el Rey, que sólo para devoto servía, y ya había encontrado el único empleo posible para su inutilidad y la única favorable ocasión de ostentarse en público, haciendo que hacía algo fuera de fiestas y funciones profanas, devoto se hizo Madrid, y a la beatitud y gazmoñería comenzaron a entregarse las personas de viso primeramente, después aquéllas otras que imitarlas querían, y luego toda la medianía social, la burguesía creciente como se ha dicho. Aquí y allá, en iglesias y conventos, surgieron nuevas congregaciones, cofradías y piadosas juntas, cuyos cargos ocupaban la vanidad de los señores, señorones y señoritos, que, como el Rey, no servían para otra cosa. Era muy elegante ser de estas juntas: muchos sietemesinos y petimetres se alistaban en ellas, porque aquello de lucir en las novenas y procesiones y llamar la atención de las damas y cortesanas, a quienes no suele disgustar un poco de tufillo a cera y a incienso en sus adoradores. Otras cofradías eran refugio de los intelectuales, y entre ellas la principal la Congregación de los indignos esclavos del Santísimo Sacramento, fundada el 18 de noviembre de 1608 por Fray Alonso de la Purificación, trinitario descalzo, y por D. Antonio Robles y Guzmán, gentilhombre de la Cámara de S.M. y aposentador del Rey, es decir, personaje de gran consideración en Palacio, de donde salía todo este místico movimiento”[19].
El 17-XII-1970 nuestro autor descubre, en nota marginal a Las Paredes Oyen[20], el trasunto de la molicie de esa clase dirigente que hacía exhibición de su religiosidad:
“Damas y galanes afiligranados y acicalados «de comedia» probablemente; en la realidad no serían tan finos. El poder real de las mujeres sito en la libertad de elegir marido. Nobles costumbres, por lo menos en los nobles. Esos galanteos tan alambicados sólo son posibles en una sociedad ociosa y acomodada; que fue también el público destas comedias”.
2°. Las Contradicciones de Felipe II
Debemos considerar más detenidamente la persona del Rey, cuyo empeño en la defensa de la Cristiandad contra protestantes y musulmanes es innegable, y, además, mostró una preocupación constante por la implantación de la fe en sus dominios de ultramar; pero en nuestro tiempo, varios pensadores católicos han señalado fallas en su actuación.
Menéndez y Pidal detecta en el Rey una modalidad de acción que llevaría a España al fracaso, pues con él se pierde la que el gran polígrafo llama “divina manera de gobernar”, característica desde la época de Fernando e Isabel, que se traducía en la genial y persistente selección del hombre más apto para cada puesto. Pero Felipe II padecía lo que un agudo italiano llamó “l’infermità della sospetta”: receloso, confiaba en sí mismo y no en las personas a quienes daba los cargos. Este pésimo criterio explica el desastre de la Invencible comandada por Medina-Sidonia y condujo al gobierno de los favoritos, rodeados por camarillas a las que nada importaría el creciente empobrecimiento del país[21].
Tal vez la obra que mejor exprese el alma del Monarca, su fe sincera mas teñida por algo que no es católico, sea el Escorial. Poco antes de morir Carlos V había cambiado en su testamento el deseo de ser enterrado en Granada, donde yacían los restos de los Trastámara –la anterior dinastía, de origen ibérico–, y solicitado que él y su esposa, Isabel de Portugal, reposasen en un edificio que fuera la última morada de los Austrias españoles.
Para dar cumplimiento a la voluntad de su padre, y también para conmemorar el triunfo sobre los franceses en la batalla de San Quintín –obtenida en la fiesta de San Lorenzo–, Felipe eligió un paraje próximo a la aldea de El Escorial, cercana a Madrid. En 1561 el Monarca fijó en esta villa, que entonces sólo tenía 15.000 habitantes, la capital de España y en abril de 1563 hizo colocar la piedra fundamental del Monasterio de San Lorenzo.
En 1559 el Rey había encomendado la dirección de la obra al arquitecto Juan Bautista de Toledo, pero al morir éste, su lugar fue ocupado, primero, por Gian Battista Castello, y finalmente por Juan de Herrera, quien simplificó los planos y apuntó a una marcada geometrización del edificio.
Cuando Chesterton visitó El Escorial halló un “extraño palacio español, construido por el duro capricho de uno de los hombres más extraños” y percibió en esa “parrilla de piedra erigida en un lugar alejado, en alturas desnudas y estériles[22], una torre de pompa y orgullo”, algo que contradecía no sólo el alma española sino también la fe. Chesterton dice que el Rey era un personaje curioso y no muy agradable, si bien sincero a su manera, pero hizo mucho daño en cierto modo. Ese hombre duro y sombrío no advirtió que San Lorenzo se había burlado de la parrilla. El Monarca parecía tanto más un perseguidor que un mártir. Era un puritano en el lado equivocado; es decir, estaba en el que Chesterton llama el buen lado[23].
Sin olvidar que sus juicios deben ser tomados con reserva, pues fácilmente exagera, también Papini descubre en el Monasterio la expresión del espíritu real:
“El tétrico Escorial, con sus rígidas separaciones de luces y sombras, con su iglesia en el centro, cual corazón que encierra imágenes de muerte, se me antoja al más parecido retrato de Felipe II de España, el hombre que venció con las llamas y fue vencido por las tempestades”[24].
Por el contrario,, Hilaire Belloc descubre en “ese inmenso bloque de oscuro granito y dimensiones sobrehumanas el justo pendant de las Pirámides. Por mi parte, no creo que el paralelo sea exagerado. De todos modos, no hay nada en toda Europa que nos presente en tan afortunada combinación y equilibrio lo eterno y lo simple. No es posible olvidarlo y tengo para mí que aún habrá de perdurar incólume y erguido, cuando tantos esfuerzos más complejos de expresión hayan decaído y venídose a tierra. De pie, en medio de tantas ruinas, como un testimonio de grandeza, los hombres de entonces dirán, contemplando la mole formidable: «¡Gran Rey el que pudo levantarlo!»
“Pero el Escorial no es sólo un símbolo, ni mucho menos una fachada, sino el alma misma del hombre imperial. Solamente pudieron construirlo y habitarlo Reyes que tenían la íntima convicción, compartida por quienes les rodeaban, de ser los primeros sobre la Tierra”[25].
Por último, según Ramiro de Maeztu, la construcción de Felipe II expresa la desmesura que llevó España a la ruina:
“No creo que pueda contemplarse el Monasterio del Escorial sin percibir a la vez las posibilidades y las limitaciones de la voluntad humana. Nietzsche dijo de España que cayó porque quiso demasiado”[26].
El hombre sólo puede querer “demasiado” cuando su voluntad se desordena con respecto a la razón y a la fe porque obedece al acicate del orgullo.
3°. La Ciudad del Rey
Chesterton descubre el sentido de un hecho que se verificó no sólo en España, sino de un extremo al otro de Europa: la aparición de “«La Ciudad Nueva», o, tal vez, «La Segunda Ciudad», o, más específicamente «La Ciudad del Rey». […] Brevemente, se puede decir que esto consiste en el paso de la antigua capital a una nueva capital. La antigua capital era naturalmente la sede de la tradición, y generalmente de la religión. La nueva capital resultó naturalmente la sede de la moda, porque generalmente allí se establecía la realeza. Una especie de forma arquetípica de este fenómeno existe en el mismo comienzo de toda la historia de la Cristiandad: en aquél gran éxodo, cuando el Emperador Romano abandonó Roma; el paso de Constantino a Constantinopla. […]
“Varsovia y Madrid, en los extremos opuestos de la Europa civilizada, ilustran este curioso fenómeno de la historia de nuestra civilización. […] En realidad ambas son productos del «oficio real», o sea, el sentido de la suprema importancia del Príncipe Secular, que caracterizó al tiempo que siguió al cisma religioso y al fracaso de las guerras de religión. Los Príncipes tenían tan poca vinculación con su propio pasado, y a veces tanta confianza en su propio futuro, que abandonaban las ciudades sagradas de los Reyes, Santos y Héroes de otros tiempos, como si no fueran más que ciudades de los muertos. Comenzaron a erigir ciudades propias por razones puramente políticas o financieras, impregnadas por el racionalismo del Renacimiento”[27].
El autor inglés añade que también la Monarquía francesa sustituyó París por Versalles, y el Zar mudó la Corte de Moscú a San Petersburgo. Sin embargo, “las campanas que llamaron a la rebelión tañeron en las antiguas torres góticas y los revolucionarios asumieron, con una profunda ironía que ellos mismos no entendían, los nombres de las antiguas fraternidades de monjes y frailes[28]. Esto es algo digno de meditación, porque lo que sucedió en la Revolución Francesa, también ha ocurrido en el ejemplo todavía más extremoso de la Revolución Rusa. Aun donde la religión se convierte en irreligión, aun donde el hombre irreligioso a veces se convierte a una especie de culto al demonio, el más antiguo santuario y baluarte misteriosamente conserva y hasta recobra su poder. Aun para los profanadores de todos los santuarios, el lugar conserva su valor de santuario. Los instintos populares vuelven a él, incluso cuando esos instintos son peores o desenfrenados. La creación artificial de hace pocos siglos se desvanece como Versalles en la conflagración. Ya no hablamos más de San Petersburgo, ni siquiera hablamos mucho de Petrogrado[29]. La ciudad de Pedro el Grande ha perdido su primacía; y una vez más, después de varios siglos, cuando hablamos de Moscovia[30], hablamos de Moscú. Moscú es nuevamente, como dijo el poeta ruso, el corazón de Rusia, aunque el corazón esté roto”[31].
La intuición de Chesterton fue confirmada por el episodio más glorioso de la Cruzada que libró a España del Comunismo[32]: la resistencia del Alcázar de Toledo.
4°. La Idolatría de la Patria
En el fracaso del inmenso esfuerzo realizado para restaurar la unidad católica en Europa y extenderla a otros continentes jugó, pues, un papel importante el orgullo español, que llevó a identificar el Catolicismo con España:
“La sociedad del siglo XVI estaba infectada de ciertas graves enfermedades. Sería una interpretación muy unilateral de la historia pretender que estas enfermedades sólo se encontraban en los países rebelados contra la unidad europea. El nacionalismo apasionado […] se introdujo en una u otra forma en todos los países de Europa: hasta en España, que era el menos contaminado por el Renacimiento. […] El espíritu del nacionalismo, que hizo que los ingleses miraran el Protestantismo como algo especialmente inglés, hizo también que los españoles consideraran el Catolicismo como algo especialmente español. No es exagerado decir que en toda España del siglo XVI solo hubo un hombre –San Ignacio de Loyola, una de las figuras gigantes de todo tiempo– que vio y combatió sin descanso el peligro que implicaba esa tentativa de nacionalizar el Catolicismo”[33].
“En todo el mundo católico, con excepción de España, hubo poco entusiasmo por la Armada Invencible, y a raíz de su derrota, Sixto V, que tenía mucha conciencia del peligro que significaría permitir a España «copar» el Catolicismo, se contentó con hacer una observación sobre «los grandes príncipes que necesitan un contrapeso para que no se hagan demasiado poderosos». Como el error de los sacerdotes del siglo XV había sido identificar el bien del Catolicismo con su propio poder, así el error de Felipe consistió en identificar demasiado ese bien con el triunfo de la Monarquía Española”[34].
Nos apresuramos a negar que San Ignacio haya sido el único español del siglo XVI que acertó a distinguir el patriotismo de la santidad, pero esa idolatría de la Patria señalada por Hollis existió y permite entender el fondo de la actitud del Rey con el Arzobispo Carranza.
En 1558 fue editado en Amberes su Comentario del Catechismo Christiano, y el Gran Inquisidor Valdés, con la ayuda de Domingo de Soto y Melchor Cano procuraron que la obra fuera declarada herética, y, además, acusaron al Arzobispo de Toledo de haber mantenido contactos secretos con los protestantes. “Carranza había querido convertir a ciertos personajes protestantizantes; trató con ellos, discutió con ellos y creyó haberlos convertido”[35].
Carranza fue encerrado en Torrelaguna y luego llevado prisionero a Valladolid. Aunque varios participantes del Concilio de Trento pidieron al Papa que el Arzobispo fuera juzgado en Roma y la Congregación del Índice aprobó el Catechismo, ni Felipe ni Valdés dieron el brazo a torcer.
En 1566 San Pío V accedió al trono de Pedro, y, después de haber sido informado sobre el caso por el Cardenal Buoncompagni, decidió que el Arzobispo de Toledo fuese enviado a Roma, donde sería tratada su causa. Solo la valentía de un santo pudo desafiar la ira de Felipe II y la hostilidad de la Inquisición española, no acostumbrada a tolerar decisiones que menoscabasen su prestigio.
Carranza llegó a Roma en 1567, y la revisión de los cargos hizo que San Pío V advirtiera que las censuras habían sido hechas “con poca caridad y aun con malignidad, y que las herejías no estaban en el Catecismo sino en las censuras”[36], y bajo la apariencia de un celo ortodoxo, vio “una intromisión manifiesta en una causa de fe y una falta de respeto a la justicia del Papa, a pesar de todas las protestas en contrario”[37]. Decidió absolver a Carranza, y envió a su Maestro de Cámara, Alejandro Casale, para que comunicase a Felipe II la sentencia antes de que ésta fuese publicada. Casale, empero, “se demoró excesivamente y el Papa murió [en 1572] antes de hacer pública su decisión”[38].
Con el nombre de Gregorio XIII lo sucedió el Cardenal Buoncompagni, quien buscó una solución diplomática: mantuvo prisionero al Arzobispo en las estancias papales de Sant´Angelo hasta1576 y finalmente ni condenó a muerte ni absolvió al acusado, sino que lo declaró vehementemente sospechoso y lo obligó a abjurar “ad cautelam” dieciséis proposiciones. Durante cinco años no podría administrar la Iglesia de Toledo y mientras tanto debería residir en el convento dominicano de Orvieto. El libro de Carranza fue puesto en el Index.
Diecisiete días después, el 2 de mayo de 1576, Carranza entregaba su alma a Dios, y el Papa ordenó que se colocara este epitafio:
“Aquí yace Bartolomé Carranza, ilustre por su linaje, vida, doctrina, predicación y limosnas. Grandemente honrado por el Emperador Carlos V y su hijo Felipe II. Varón de ánimo, modesto en la prosperidad”.
Quien dos semanas antes había declarado al Arzobispo de Toledo sospechoso de herejía, ahora lo reconocía “ilustre por su doctrina y predicación”.
“Felipe II es responsable principal del vergonzoso caso de Carranza”[39], porque, como vio San Pío V, quiso “hacerse dueño del negocio”[40].
“Carranza fue un gran teólogo, de corazón sensible y quijotesco, emborrachado con el «ideal imperial» de la España del XVI, ideal que los españoles propenden a identificar demasiado con el ideal mismo de la fe en Cristo. Y no. Una cosa es el patriotismo, otra cosa es la santidad. Parecería que en España hay una proclividad a emparejar a España con el Evangelio. Me pregunto si no habrá sido esa infatuación la causa última de la rápida decadencia de España después de Felipe III; o de su «derrota» más bien, pues «decadencia» quizá no es exacto”[41].
“Paradojalmente, la categoría Patria está hoy día tan baja, porque comenzó por estar demasiado alta. En el siglo XVI, Erasmo de Rotterdam escribía: «¿Por qué el hecho de ser cristiano no está por arriba del ser francés o español?» […] Si se pone a la Patria en lugar de Dios nada impide que se ponga luego un «partido» en lugar de la Patria”[42].
5°. La Primacía de la Ascética
Otro indicio de la parcial desviación religiosa española es el catálogo de libros prohibidos, redactado por Fernando de Valdés y Melchor Cano y publicado en Valladolid el 17 de agosto de 1559. La Inquisición trataba de extirpar la falsa mística de quietistas y alumbrados, pues mientras la Sabiduría de Amor es expansiva y tiene, por tanto, necesidad de difundirse, éstos paralizaban la vida espiritual o la convertían en búsqueda de favores extraordinarios.
En el catálogo encontramos, entre otros, los siguientes títulos: Directorio de Teología Mística, de Herp; Avisos y Reglas Cristianas, de la pluma de San Juan de Ávila; Exposición del Pater Noster, de Savonarola; Instituciones, de Taulero; Obras del Christiano, de San Francisco de Borja; Guía de Pecadores y De la Oración y Meditación, de Fray Luis de Granada. El dominico Melchor Cano sostenía que los jesuitas eran “alumbrados”, sin tomar en cuenta las dieciocho “Reglas para Sentir con la Iglesia” que San Ignacio había agregado a sus Ejercicios (Nº 353-370) para que en la Compañía de Jesús no tuviese cabida tendencia alguna opuesta al espíritu y prácticas católicos[43].
San Ignacio fue un gran contemplativo: “En la acción contemplativo”, según la definición del P. J. Nadal, y sus Ejercicios no son más que “la narración, casi algebraica, de su propia renovación espiritual”[44]. Los Ejercicios eran un medio precioso para que los hijos de Loyola pudiesen resolver los arduos problemas que suscita la continuación de la obra de un Santo. Éste es movido habitualmente por el Espíritu de Dios y por ello puede realizar una síntesis superior de pensamiento y acción: su vida tiene una regla sobrehumana que le permite tomar decisiones y superar obstáculos de un modo insólito para nosotros. Cuantos lo rodean participan de ese espíritu porque reciben constantemente del Santo una enseñanza viva, mas a medida que el tiempo transcurre, el espíritu tiende a ser sustituido por la letra.
La recta inteligencia del Cuaderno en el que San Ignacio había formulado su experiencia interior para el provecho de los demás ayudaría a vencer tal dificultad. Pero el General de los Jesuitas, Evaristo Mercuriano, decidió en 1575 “cambiar el rumbo de la espiritualidad profesada en la Compañía, hasta entonces plenamente compartida con el Maestro Ávila y Granada. Prohibió la lectura de Taulero, Ruysbroeck, Herp y otros e impuso sin excepción una inteligencia puramente ascética de los Ejercicios de San Ignacio, lo que obligó al P. Baltasar Álvarez (1560-1620) a sacrificar sus enseñanzas sobre la oración, por juzgarlas no encuadradas en ese marco. Algunos jesuitas franceses del s. XVII continuaron sin embargo la primitiva espiritualidad de la Compañía, como el P. Lallemant y más aún el P. de Caussade. La decisión de Mercuriano se debió quizás al deseo de poner la Compañía a cubierto de toda sospecha de misticismo heterodoxo”[45].
“Los Ejercicios Espirituales convertidos en prensa y «tórculo de santidad» son una adulteración. San Ignacio los vio como un medio de iluminación intelectual, donde la espontaneidad personal es lo primero y todo tiende simplemente a ayudarla y sostenerla. Se pueden definir una «meditación continuada en orden a hacer personal la propia fe heredada», o sea en orden a convertir en manantial la cisterna. Pero deben ser dirigidos por ende por alguien que sea manantial o tenga manantial. En manos de hombres cisternales se pueden convertir en algo horroroso”[46].
6º. La Socialización de la Compañía de Jesús
Reflexionando sobre la bibliografía ignaciana existente en 1956, cuando se cumplieron 400 años de la muerte de Loyola, Castellani juzgaba que, a pesar de las obras apreciables sobre el Santo vasco y los esfuerzos leales por mostrar su imagen viva, faltaba todavía “desentrañar su núcleo mental profundo. […] Lo que no se ha hecho todavía (y es muy importante) es definir las relaciones del «Singular» con «lo Común» en Ignacio de Loyola, primero; definir después lo específico de su pensamiento creador (que envuelve la solución práctica del problema «Mística y Política», tan deturpado por Huxley en Eminencia Gris y sus otras obras), es decir, la silueta específica de la primera Compañía con sus excelencias y limitaciones; y tercero, el estado real de la Compañía actual con respecto a la misión, mensaje y mente de San Ignacio de Loyola”[47].
Para resolver el primer punto: qué conducta debe seguir una Orden Religiosa con el “excepcional”, con aquél dotado para la creación, es necesario retomar un tema ya visto:
“«El genio es específicamente diverso del talento» (Bergson). «El genio es un exceso de intelecto» (Santo Tomás). La característica del genio es la creación.
“[El creador es] un elegido, un «separado», un tocado por Dios, un hombre puesto por Dios invisiblemente por encima de los otros en una soledad terrible y magna, un maldito”[48]: alguien que está fuera de lo general para realizar una obra en favor del hombre común, pues lo eleva, y, por tanto, quien parece excéntrico, orgulloso y sin amor a la vida común[49], es en realidad “un hermano”[50].
“Pedagogía del superdotado: no estorbarlo; [darle] la mayor libertad posible”[51]. “El creador tiene derecho a la soledad, a ser Singular; si quisiera ser como todos, se destruiría; si quisiera que los demás fuesen como él, los destruiría”[52].
“¡Guay de la sociedad con todos sus rectores si el Vidente, es decir, el Vigía, es retirado de su torre y recluido al calabozo!”[53], porque “la voluntad sin el entendimiento es de suyo profundamente destructora (no de balde el Aquinense la llamó «monstrum»”)[54].
“Una Orden Religiosa, o una Nación, o un Estado, que suprimen, coartan o podan la «creatividad» de sus miembros, ofenden a la persona humana; y están condenados, a la corta o a la larga. Esto ocurre a causa de la «socialización», que es un proceso de arterioesclerosis que amenaza a toda sociedad humana; cuando lo social oprime a lo personal, lo formal a lo carismático, la simple conservación al crecimiento y elevación, «la letra al espíritu»; proceso que se dio al máximo en el cuerpo de los «Pherizim» o fariseos”[55].
“Por eso en la corporación debe haber hombres de la talla del gran místico, es decir, debe haber siempre místicos. Ellos son el foco, el punto incandescente por el cual la masa más o menos fundente, cálida o tibia, toca la pura llama de la primera intuición simple y pletórica. […] San Ignacio puso entre las condiciones del que había de ser su sucesor que fuese hombre de oración y de grandes letras. Porque no basta que haya místicos en la vida, es menester que ellos la «informen», es decir, gobiernen o enseñen; y que no estén oprimidos y desplazados”[56].
El cumplimiento de estas reglas en la Compañía se hizo difícil por el cambio de rumbo en la interpretación de los Ejercicios impuesto por Mercuriano, y a esta dificultad se agregó otra: el crecimiento asombroso de los jesuitas a partir de 1581. Ese año fue elegido General el italiano Claudio Acquaviva. Felipe II y Sixto V querían reformar el Instituto Ignaciano, pues el Rey de España miraba con disgusto la independencia de criterio de la Compañía frente a la Corona, y el Papa no estaba dispuesto a tolerar por más tiempo la novedosa fundación de Loyola, a la que deseaba transformar en algo más parecido a las antiguas Órdenes. Como “el clavo se saca para arriba”, el Pontífice decidió nombrar a Acquaviva Obispo de Nápoles; los jesuitas iniciaron una novena pidiendo la gracia de la obediencia, y al noveno día Sixto obedeció una orden del Cielo que lo hizo pasar (esperemos) a mejor vida.
Acquaviva es llamado “el segundo fundador de la Compañía de Jesús”. Bajo su gobierno, los jesuitas aumentaron de 5.000 a 13.000. Esto significó un grave peligro, pues “todo cuerpo social muy grande cae en la «mecanización», enseña Aristóteles en su primera Ética, en varios lugares, por ejemplo, L VIII, Cap 6: lo «común» o «social», incompatible con una verdadera «amistad», se vuelve de más en más exigente enfrente de lo «personal». La «forma» social se vuelve «fórmula», y aumenta paulatinamente sus derechos”[57]. La socialización tiende a meter por la fuerza en el molde de lo “general” a los “singulares”, y en consecuencia, éstos terminan arrinconados si no averiados o directamente destruidos, como veremos a continuación.
7º. La Filosofía del “Doctor Eximio”
La obra del jurista y teólogo granadino Francisco Suárez (1548-1617) ejerció un enorme influjo en el desvío de la mentalidad jesuita y fue una de las principales causas del declive español. Sabemos que “la decadencia de la Escolástica viene desde el siglo XIV, desde el olvido y la negligencia en que se dejó la obra genial del Príncipe de la Escolástica, Tomás de Aquino; y Suárez transformó esa negligencia en falsificación”[58].
El granadino “hizo una especie de gran compilación sistemática de la Filosofía Cristiana con el título de Disputationes Metaphysicae, tomando nominalmente como base a Santo Tomás de Aquino, pero introduciendo en su sistema tesis enteramente inconciliables de Guillermo de Ockham y Duns Scoto que simplemente rompen el espinazo de la doctrina metafísica de Santo Tomás”[59].
Las Disputationes agravaron el conceptualismo que venía maleando el pensamiento filosófico desde el siglo XIV:
“Suárez es el filósofo de «lo conceptual», en contraposición a «lo intuitivo». […] Allí donde Santo Tomás ve, Suárez razona; donde el Angélico razona, Suárez discurre, divide, clasifica o ensambla. […] Con su Teología y Filosofía sin coherencia íntima, sin «desemboque en la percepción», sin relación continua con lo concreto, no puede dar cohesión intelectual, gozo intelectual, contemplación: no puede entusiasmar a nadie y menos a un tipo genial. Aburre, deseca, hincha, forma conceptualistas, racionalistas y, a la postre, charlatanes. Desvía el intelecto de su natural sendero y lo empantana en clasificaciones y distinciones de palabras”[60].
El Racionalismo suareciano hace al hombre incapaz de reposar en la Verdad: cortado de la intuición, el discurso se convierte en una “carrera”, un acto de inquietud de la mente.
La decadencia más lamentable tuvo lugar en la teología, donde Suárez “consumó la separación de la dogmática y la mística, y produjo una teología seca, formalista, racionalizante y hasta chabacana; aunque prodigiosamente erudita y no carente de sólida ortodoxia, bastante terre à terre”[61].
El voluntarismo suareciano intensificó la tendencia española “a suprimir con la violencia los herejes; pero donde no hay discusión, empereza el entendimiento; y donde los herejes son suprimidos, decae la Teología y aparece el germen de la guerra religiosa. La Teología sin contradictores se convierte en un montón de fórmulas muertas. Suárez hizo Teología sin contradictores; es el tipo”[62].
“El teólogo medieval eran un «comprendedor» apasionado, en tanto que el teólogo moderno parece más bien (no hablo de discípulos de Tomás como Billot) un «rememorador minucioso» y escrupuloso hasta el delirio. […] El archivista ha matado al soñador y los tratados de teología se parecen hoy mucho más a códigos que a poemas”[63]. Pasan por ser teólogos, pero en realidad son “ergotizadores aptos para buscar y hacer argumentos, a veces sutilísimos, en pro de una tesis que les dan a defender –o la contraria– más bien que pensadores sedientos de la Verdad”[64].
Para Suárez el fondo y primordio del espíritu es ímpetu y no luz[65]. Esto lo condujo a oponer el intelecto práctico al especulativo, como dos facultades diferentes, y a sostener que en cierto modo el primero es superior al segundo. Buena prueba del carácter revolucionario de la tesis suareciana es que, sin proponérselo, llevó agua al molino de la herejía contra la que luchaba el Catolicismo:
“Al privilegiar la razón práctica sobre la especulativa, Suárez coincide, sin saberlo y mal que le pese con la Teología luterana: la noción de fe –un acto de conocimiento diverso de la ciencia y más noble y necesario que ella– sufre una quiebra con la revolución de Lutero. La fe deja de ser primordialmente conocimiento para ser un acto de adhesión firmísima y aún frenética a Cristo; la cual produce ipso facto la justificación –o sea el perdón de los pecados y el estado de gracia: se ha convertido de conocimiento en voluntad y sentimiento. […] Este cambio parece inimportante, pero es capital: dijeron que lo esencia era adherir a Cristo y poco a poco se hallaron sin Cristo a quien adherir”[66].
Suárez se convirtió en el filósofo del Imperio Español, y de este modo, “impuesto por obligación, propagado por su poderosa Orden y vulgarizado por el clero, tiñó de conceptualismo la mente española, y la hizo reacia a las Ciencias positivas y estéril en las especulativas. […] No se niega la existencia de una Filosofía y una Ciencia españolas en los tiempos posteriores a Suárez, pero ellas no han sido muy importantes”[67].
La mentalidad suareciana también influyó negativamente sobre quienes poseían talento literario. A ella atribuye Castellani las desgracias del gran poeta Gerald Manley Hopkins, jesuita inglés, cuyo caso se ha repetido con frecuencia en la Orden Ignaciana:
“San Ignacio tenía una medida sobrehumana, donde caben todas las excelencias humanas de cualquier orden que sea (poesía, corazón, humanismo, civilidad, sapiencia política, artes liberales), como lo declaró expresamente al principio de las Constituciones”[68].
Sin embargo, “la Compañía de Jesús actual no soporta al artista: he aquí una proposición opinable, que quizá valga la pena discutir, o por lo menos es lícito enunciar. O lo excluye o lo destruye; como artista, como hombre, o como artista y hombre. En los grandes artistas, no es separable la modalidad artística del hombre, es decir, de la personalidad misma. Tiene sus raíces en lo más hondo de su psiquis, en el entendimiento. En los mediocres, se puede matar al artista dejando al hombre; y quizá más gordo a veces […]
“Todos los grandes escritores han sido desdichados en la Compañía de Jesús, a partir de Francisco Medrano y Gracián en el siglo XVII hasta Coloma, Victor Poucel y el autor de Briefe in ein Kloster [69]en el nuestro. Y el caso más flagrante es el de Gerardo Manley Hopkins.
“Si fuera uno que otro caso aislado, se podría achacar a la opa…cidad de algún superior, a la pasión de un compañero, al ruin estado de alguna casa, a una infección de orden local o en suma a lo que se llama «mala suerte». Pero una suma de casos concordes, sin apenas excepción alguna apunta netamente hacia una causa general, que no puede estar sino en la estructura sociológica del organismo en este caso: esencial o meramente accidental, poco importa.
“«Los Jesuitas no han tenido grandes poetas: han preferido el reino de la acción al de la contemplación y el pensamiento» –dice Menéndez Pelayo; y les atribuye haber convertido en España al menos en «retórica de Colegio» el magno movimiento literario del Renacimiento. Tesis parecida ha desarrollado Dámaso Alonso en su reciente Discurso de Recepción en la Real Academia Española, acerca del exquisito y poco conocido poeta dramático Francisco Medrano.
“Si es cierto lo que el gran crítico santanderino atestigua, entonces la Compañía de Jesús actual es escotista –o suareciana, que es lo mismo. La acción ha triunfado sobre la contemplación, y lo jurístico y lo político sobre lo místico”[70].
“El don artístico [en algunos] es subyugado primero y después absorbido o sublimado por el sentimiento religioso, no sin dolorosas podas, como San Juan de la Cruz. Es el caso de Kirkegor al fin de su vida: él se acusa continua y amargamente de no ser sino un poeta de lo religioso, y no un hombre religioso (es decir un santo), y sin embargo no cesaba de escribir, no se hacía pastor, ni predicador, ni ermitaño; pero es que por allí estaba para él el camino de hacerse santo, conforme a la Parábola de los Cinco Talentos y de la Antorcha y el Celemín. Si Dios le dio a uno el talento literario, tiene que hacer literatura, aunque en toda literatura haya complacencia propia y la religión sea contraria a la complacencia propia; porque ése es el camino de suprimir la complacencia propia, hacerla servir para algo, aunque sea para hacer reír: «es mejor el pecador que peca que el pecador que no peca» habría que decir en este caso. Ya le ayudarán al escritor a suprimir la complacencia propia los mordiscos de los grandes críticos y las patadas del público en general. Kirkegor ha sido tratado de luterano y de maniqueo por el profesor Aranguren y por el profesor Sciacca… Fuera luterano y maniqueo si hubiese suprimido su obra literaria por temor religioso (como hizo por ejemplo el jesuita inglés Gerald Manley Hopkins); pero Kierkegor no suprimió su obra literaria. Vio claramente que los dones de Dios no pueden ser entre sí enemigos del todo: y eso es ortodoxísimo, es la flor de la ortodoxia. El hombre religioso tiene que tener el coraje de existir, y de aceptar todas las maldiciones de la existencia, una de las cuales es la vocación de escritor; máxime cuando está complicada con la vocación de profeta, como es el caso de todo gran escritor, el cual no tiene más remedio que volverse pseudoprofeta o buen profeta, por lo menos en un sentido lato: soñador de sueños, intérprete de sueños, fabricante de sueños, que proyectados por él o anticipan o modelan el futuro”[71].
8º. De la Santificación al Poder
Castellani explica así la gradual mutación de la espiritualidad jesuita:
“La pregunta de San Ignacio era ésta: «¿Cómo se puede ser hombre religioso en este tiempo?» –y a eso responde su mensaje. La pregunta se transformó lentamente en esta: «¿Cómo se puede dominar a estos tiempos por medio de la religión?» Es el paso de la salvación propia a la salvación de los demás sobrepuesta a la propia, lo cual es absurdo; y falsifica incluso la salvación de los demás, exteriorizándola.
“En la primera regla de la S.J. se apunta el fin de esta Sociedad como siendo «la salvación y perfección de las ánimas propias y también intensamente la ídem ídem de los prójimos». Ya es un poco peligroso poner estas dos cosas juntas y como en un mismo plano; pero, en fin, la salvación propia está primero. Luego se interpretó esto como si las dos cosas hubieran de ser simultáneas (Suárez, Ricardo) y cada una de los fines medio del otro. Esto ya es erróneo: la única verdadera y primordial acción religiosa del hombre religioso es la salvación propia con la ayuda de Dios; la salvación del prójimo es acción de Dios que pasa en todo caso a través del hombre como de un instrumento, «acción transeúnte», mientras que la santificación propia es acción inmanente. Finalmente se antepuso en la práctica la «salvación del prójimo» (acción exterior, exterioridad, propaganda) a la propia (interioridad, contemplación) –lo cual constituye fatal falsificación y «vuelco hacia lo exterior».
“Contra esta falsificación hay que oponer esta negativa rotunda: «Nosotros no podemos salvar al prójimo». San Ignacio no entendió jamás que la actividad externa del jesuita hubiera de preceder a la contemplación; todo en sus escritos y acciones va contra esta idea «moderna». Esta idea se introdujo después progresivamente, en la práctica más que en la teoría; aunque con «attaches» teóricas”[72].
La búsqueda desordenada del poder “para salvar al prójimo” conduce a que la sociedad religiosa sea presa del totalitarismo, pues en realidad el valor supremo de la comunidad afectada por este morbo es el apetito de mando, detentado por quienes logran trepar y manejan al resto “como piezas de ajedrez –y actualmente más bien de damas”[73].
9º. Las Cosas de la Compañía
Consideremos el juicio de Juan de Mariana sobre el desorden del Instituto Ignaciano:
“Antonio Astrain, en su Historia de la Compañía de Jesús en España, castiga severamente al gran historiador y ensayista hispano, defendiendo así la verdad oficial y legal. La verdad filosófica quién sabe lo que diría si uno la despertase.
“Astrain incrimina a su antiguo colega su adhesión a los rebeldes y díscolos en las crueles discordias de su Orden en el siglo XVII, su desdichada memoria sobre Las Cosas de la Compañía y encima el delito de haber mandado un día españolamente a un Superior jerárquico «allá donde no se nombra» (como diría D. Segundo): pecado este último imborrable y sumo para Astrain, y sobre todo para el Superior, al cual aquí Astrain se atiene. Habría que ver si en todo este asunto no era Mariana al fin de cuentas (a pesar de defectos y tachas) quien amó mejor a su Orden, a la Verdad y a la Iglesia, quien se sacrificó por ellas, y les hizo en definitiva el mayor beneficio”[74].
En su Discurso de las Cosas de la Compañía, Mariana denunció la desviación de la primitiva espiritualidad ignaciana y sus graves consecuencias. El escrito fue arrancado por el Padre N.N. del tomo Obras de Mariana, colección Rivadeneyra. Castellani lo rescató y anotó. En la última página leemos:
“Este papel es de Mariana sin duda; además de ponerlo en el Index, los Jesuitas propalaron no era de Mariana sino de Vázquez; o al menos había sufrido interpolaciones «en su traducción del latín». Es probabilísimo que ésta es la redacción primitiva, pues no había motivo para escribirlo en latín, dado su objeto: Mariana escribía en latín para uso del extranjero. Puede que otro haya traducido después el opúsculo al latín, en contra de «la Compañía». Yo no he encontrado ejemplar latino alguno. La más somera crítica interna muestra la prosa inconfundible de Mariana, frases de sus cartas, referencias personales, y una maciza unidad de pensamiento, que excluye las alegadas «interpolaciones»”.
La primera Compañía de Jesús buscaba formar doctores sacros, y por ello se imponían al candidato fuertes y sólidos estudios de Humanidades si acaso no los tenía ya[75]. Mas la elección de superiores “briosos sin letras”[76] hizo que el primitivo designio fuese abandonado:
“[Los jesuitas sostienen] que la obediencia ha de ser ciega y que se debe obedecer a cualquier superior por estar en lugar de Dios. […] Sin embargo la naturaleza enseña que el docto debe gobernar al que es ignorante, el viejo al mozo, y el hombre grave al que tiene pocas partes, el noble al que no lo es. De ordinario han seguido lo contrario. […] Este desorden no puede llevarse adelante por ser violento, ni el aceite puede estar debajo del agua, ni puede dejar de dar pena y llevarse mal que el que es menos se anteponga a los que son más, […] [y así] andan por fuerza a tienta paredes, haciendo las cosas al revés o por información de otros, que no hay miedo que la tomen de los más doctos, que antes los temen y se apartan de ellos”[77].
Tal gobierno condujo a la multiplicación de las normas y directivas: “De aquí viene que toda la vida se pasa en pruebas. […] La misma muchedumbre de leyes es ocasión de esta variedad”[78].
Este desorden redundó en perjuicio de la cultura española:
“Hanse encargado los nuestros de enseñar las letras de humanidad en los más principales pueblos de España; asunto sin duda de consideración […] pero de grandes dificultades, por no ser los de nuestra nación muy inclinados a estos estudios y por la falta que de ordinario tenemos de buenos maestros. Leen de ordinario dos o tres años los que no saben ni quieren aprender, propia condición de necios. Enseñan a los oyentes impropiedades y barbarismos, que nunca pueden olvidar, como lo demás que se les imprime en esta tierna edad. No hay duda sino que hoy en España se sabe menos latín que ahora cincuenta años.
“Creo yo, y aun antes lo tengo por muy cierto, que una de las causas más principales de este daño es estar encargada la Compañía de estos estudios; que si la gente entendiese bien el daño que por este camino se hace, no dudo sino que por decreto público nos quitarían estas escuelas, como se ha empezado a tratar. Veamos si sería buen gobierno que en los otros oficios se permitiese los enseñasen remendones, con color de que son hombres de bien y enseñarán virtud a sus aprendices. […]
“El remedio sería que los colegios de esta lectura fuesen menos y honrar los que profesan estas letras, que como vean a los que menos de esto saben estimados y puestos en oficios, todos o casi todos dejan este camino y toman el más acreditado, que es el de la ignorancia. […] Hoy reina comúnmente la barbarie en España”[79].
La disminución del brío intelectual se muestra en la lengua, que a su vez, refleja el pensamiento. Castellani descubre en el conceptismo “una conciencia de la obesidad creciente de la lengua castellana con un intento (fracasado) de darle la forma del latín”[80].
Los juicios de Mariana tienen un notable paralelismo con los expresados por San Juan de Ávila sobre los estudios del clero en el Memorial Primero al Concilio de Trento, donde propone dos tipos de colegios: uno para curas y confesores y otro para predicadores:
“Para los primeros se ha de proveer que oigan gramática, casos de conciencia y algo de la Sacra Escritura; no en pocos años, pues no es pequeño el oficio de medicinar ánimas; antes es «ars artium»[81], como dice San Gregorio. […]
“Restan los predicadores de la palabra de Dios, el cual oficio está muy olvidado del estado eclesiástico, y no sin gran daño de la Cristiandad. Porque como éste sea el medio para engendrar y criar hijos espirituales, faltando éste, ¿qué bien puede haber sino el que vemos que, en las tierras do falta la Palabra de Dios, apenas hay rastro de Cristiandad?
“Ardid ha sido éste del Demonio: hacer que hubiese tanta falta de doctrina en la Iglesia. […] Cosa es de grande admiración y compasión, siendo este oficio esencial a los eclesiásticos, que es como un carácter y ejercicio proprísimo de ellos, pues por él se llaman pastores y padres, que esté tan olvidado de ellos y echado sobre hombros ajenos, como si no les tocase. Y si alguno dijere que basta haber curas medianamente enseñados que declaren al pueblo el Evangelio, digo que no es medicina bastante para llagas tan afistoladas como las hay: mayormente que muy presto yerra el saber de los poco sabios, si no son encaminados por otros mayores sabios. Y también son menester doctos predicadores para que discurran por los Obispados, según se dirá; y han menester ser sabios para los diversos e intrincados casos que se les ofrecerán. Y también es menester hombres doctos para que lean lección de Sagrada Escritura en las iglesias, según este sagrado Concilio ha mandado. Y también son menester predicadores sabios para compañía del Obispo; con los cuales acompañado y cercado, como capitán con caballeros, sea terrible contra los demonios. […]
“Por tanto, si este sacro Concilio quiere quitar el oprobio de la ignorancia de la Iglesia, y si quiere proveer a las ánimas de pasto de vida y que la Iglesia sea terribilis ut castrorum acies ordinata[82], mande que, allende de los colegios donde se han de educar hombres de medianos ingenios para curas y confesores, haya otros donde se eduquen los de mejores ingenios y les den la ciencia que en su vaso cabe, para salir muy doctos lectores y predicadores, a los cuales se les pueda encomendar sin miedo el tesoro y alteza de la Palabra de Dios. Y sean criados con mayor cuidado en toda disciplina y santidad que los sacerdotes de los otros colegios, pues el oficio de predicador es de mayor peligro y pide mayor santidad; la cual faltando, tórnanse las más grandes letras en más grandes armas para todo mal. Y, si queremos que la haya, ha de costar mucho trabajo y cuidado al que les rigiere y fuese prelado; mas todo se puede tener por bien empleado por sacar hombres que sean luz del mundo, y sal de la tierra y gloria de Cristo”[83].
Mas las advertencias de Mariana y San Juan de Ávila iban contra la corriente de la época, y así, los responsables de corregir los males denunciados encontraron más fácil dejar que las cosas siguiesen su curso.
El espíritu de San Ignacio no se extinguió en la Compañía, que dio mártires, santos, grandes varones apostólicos, teólogos (San Roberto Belarmino, Billot…), exégetas (Maldonado, Lacunza…), científicos, matemáticos, etc. Pero la inspiración fundacional no fue conservada en su pureza, y las infiltraciones del espíritu moderno hicieron del Instituto Ignaciano un “mixto”[84], en el que finalmente a la heterodoxia se le hizo el campo orégano.
10º. ¿Exceso o Falta de Idealismo?
Hemos visto que, según Ramiro de Maeztu, España cayó porque había avanzado más de lo que podía y debía; se encontraba agotada por el exceso de idealismo y de lucha. Pero no podemos aceptar sin más este juicio porque el ideal verdadero es fuente de vida para el individuo y la sociedad. “Es lo ideal, o para decirlo más correctamente, el dios, quien realmente conduce las masas humanas y les permite superar las encrucijadas de la Historia”[85].
También sabemos que Castellani ve más bien la causa de la decadencia en la falta de idealismo: la depresión intelectiva hace que la Idea deje de regir a la sociedad, y esto produce la pérdida de la directriz tradicional, o sea, la indiferencia al ideal nacional.
Si esta ley vale en general para la decadencia de las sociedades, ella tiene una aplicación especial en el caso de España, ya que “el español es el hombre de la pasión, no el hombre de la acción o la inteligencia, según Madariaga; si una gran pasión unifica su latente anarquía (lo cual no es nada fácil), es trabajador, activo e inteligente como el que más. Pero las pasiones que suelen apoderarse del español, no es la pasión de la avaricia; y el Torquemada de Pérez Galdós es una monstruosa excepción; tanto, que el novelista lo difundió en cinco novelas sin poder agotarlo. Es más bien la pasión de la religión –o del honor de la religión–, como en Granada, en Flandes, en Trento, en América. Los brutos sedientos de oro que vio Heine en América, son una filfa protestante. Sancho mismo, apenas se ve Gobernador, se olvida de su constante preocupación por los reales, y manda a Teresa Panza unas calzas, un vestido y pocos dineros. ¡Con la oportunidad que tenía para «coimear»! En cuanto al Quijote, vive borracho del vino del amor y del honor, sin bolsa ni dineros. A Sicilia, a Nápoles, a Milán, a Flandes, a América, los españoles llevaron más que trajeron, pese a los Potosís y a las «encomiendas»”[86].
“Estos españoles son siempre un poco cerrados o ceñudos — y aun cerriles; pero son infinitamente simpáticos, porque son recios. Vaya, digamos la verdad: non tutti, ma buona parte.
“No tienen esa ligereza, que indica flexibilidad y encanta en los franceses. No han nacido para el reino del Intelecto sino de la Voluntad. Sus virtudes son la Templanza y la Fortaleza al servicio de la Justicia. La Prudencia en los españoles —que no hay que negar— se muestra en el Arrojo. Quemar las naves fue un acto de arrojo; y sin embargo fue soberanamente prudente. Julio César llegó a esa determinación después de meditarla tres días; en el caudillo español fue un gesto instantáneo.
“De ahí viene que cuando el español pierde la religión, que en él está en el lugar de la especulación intelectual, se vuelve un perfecto bruto. Le pasa lo que a la mujer cuando pierde la fe. No quiero decir que el caso sea el mismo, sino sólo el resultado. No digo que el español sea feminoide o femenino, lejos deso; más femenino es el francés. (Todos somos femeninos, feminizados, por el hecho de haber nacido). Lo Femenino es «la actividad del ser humano en cuanto tiene por objeto inmediato otro ser humano». La actividad intelectual del español tiende siempre a lo concreto. Los verdaderos filósofos españoles (no Suárez sino Juan de Yepes, no Marías sino Zubiri) han trabajado sobre lo concreto. Menéndez Pelayo es más filósofo que Balmes; Donoso Cortés, profeta, es más filósofo que Lugo, metafísico. Ortega fue un «bluff» (por no decir un mono sabio) como profesor de metafísica; y lo que sirve en él son las observaciones agudas sobre la realidad contemporánea; y, por decirlo así, las descripciones filosóficas. El irrisorio «sistema» de Ortega, que él dio en llamar «perspectivismo», es un almuerzo donde lo único que alimenta son las salsas”[87].
Inflamada por la pasión religiosa, España se había entregado al “servicio de Dios y del Rey”. Pero esa pasión ya no pudo unificar el alma ibérica y acicatearla a la hazañería cuando la fe, sin ser negada, decayó y en consecuencia, para muchos la Religión se convirtió en “una caparazón; les da seguridad y resguardo, y no suscita inquietud”[88].
Sin embargo, el Racionalismo voluntarista fue adoptado por las naciones protestantes y ellas tuvieron un gran progreso material. La respuesta a esta objeción es que tal filosofía viene como anillo al dedo cuando la herejía estructura la sociedad, pues si el pecado ha arruinado la inteligencia, por fuerza la mente se divorcia de lo existente –“la idea despegada de lo real”– y entonces el hombre busca organizar todo y construir su propio mundo desde la pura autonomía de la conciencia. Además, en las naciones protestantes se impuso rápidamente el poder del Dinero, que, como afirma el Evangelio, es rival de Dios, ofrece un sucedáneo de la verdadera contemplación y de este modo unifica –en falso– la vida social.
Pero la situación se torna imposible cuando una filosofía conceptualista y una religiosidad cada vez más exterior son adoptadas por aquella nación que se presenta como el baluarte de la fe, que es realismo natural y sobrenatural. “De la contemplación de la Verdad todo bien proviene”[89], pues en este acto el alma recibe el influjo de la luz y al mismo tiempo sintoniza con la eficiencia rectora del Universo.
Conclusión
Castellani expone su tesis sobre la causa última de la decadencia española en su crítica del “Fénix de los Ingenios”:
“La socorrida pregunta: Los coetáneos de Lope y los de Shakespeare eran iguales; ¿por qué pues los de Lope fueron para abajo y los de Shakespeare para arriba; decayendo el Imperio Español y levantándose el Inglés? A esta interrogación hay que responder negando categóricamente que la clase dirigente española y la inglesa del siglo XVII fuesen iguales.
“Esta batallona cuestión de la decadencia española no ha sido solventada todavía, que yo sepa. En El Ruiseñor Fusilado (fruto de mi penosa residencia bienne en España[90]) me hice cargo de las soluciones de los pensadores españoles y les añadí otra para unificarlas, supuesto que cada una de las causas conjeturadas debe haber tenido parte en el fenómeno. La que añadí es bien rara: la filosofía de Francisco. Suárez, impuesta en todo el Imperio. Aunque la tachen de disparate, estoy dispuesto todavía a defenderla, aunque sin exagerar. Pero ahora considero que lo que unifica todos esos factores de desmedro no es sino el defectuoso carácter español, el barroquismo moral, patente en el «Monstruo de la Naturaleza», como apodaron al de Carpio”[91].
Lope fue “un gran ingenio, dotado de facilidad poética pero superficial, que vivió su vida entera en el plano estético (o pueril) con fugaces asomadas al plano religioso, pero sin asentarse jamás en el plano ético… un alma que vivía en la inmediatez; de modo que su misma fe religiosa es muy dudosa, pues consistía en una adhesión exterior a la «religión nacional» y a una cantidad de imágenes de los dogmas (representación estética de lo religioso) que nada autoriza a pensar llegaba más allá del «sentimentalismo».
“La persona de Lope representa uno de los principios de la decadencia española; –y detrás de él se perfilan los Lerma y los Olivares. No habiendo vivido realmente (pues es lo ético lo que configura una vida humana), su misma poesía se resiente de la falta de un hombre detrás de ella, y es en gran parte hojarasca, por dulce, musical y agradable que se presente: la verdadera y profunda emoción falta en ella, así como la verdadera y profunda intuición. Lope representa el «Renacimiento» separado y horro de la Edad Media, en tanto que Cervantes (a quien él despreció e injurió) es el «Renacimiento» no desarraigado, la continuidad, la tradición… Lope fue un tamásico con genio”[92].
“Esa gente que bulle en sus obras teatrales, ciertamente tenía grandes y acendradas virtudes junto a enormes deficiencias… Y la causa (de la decadencia) estuvo a osadas en el carácter de los dirigentes, comenzando por los Reyes; más que en la oligohidria (que no existía en América) y en el desangre de la inmensa faena de los Conquistadores o en el mestizaje.
“El procerato español decayó desde la cúspide misma de su alteza –quizás sea esta condición de todas las cosas humanas. Había cumplido empresas más grandes que ninguno en el mundo, como la Reconquista del territorio peninsular, y esa misma Conquista prodigiosa de casi toda América. Pero el orgullo, mala bestia, la vanidad patriotera (tan repelente en Lope, por ejemplo, en El Arenal De Sevilla), la suficiencia y el lujo desbaratado, alimentado por el fatal oro de las Indias agusanaron repentinamente esa prosperidad, la religión incluida. Sabemos que en ese tiempo los españoles eran aborrecidos por su soberbia y mandonería en las naciones vecinas, Portugal, Italia, Francia; y odiados y envidiados por la cismática Inglaterra. La gran voz de Quevedo, el único que vio venir las cosas, no consiguió detener la caída, no demasiado lenta”[93].
Es necesario subrayar que Castellani no afirma, como lo han hecho otros, que el Barroco haya sido una adulteración total de la fe:
“La religión se falseó un poco en España desde el siglo XVII adelante […] De más está decir que el Cristianismo barroco, al fin, es Cristianismo; y mucho menos malo, por cierto, que el Cristianismo galicano o el anglicano”[94].
CAPÍTULO XXII – DESDE LA GUERRA DE SUCESIÓN HASTA “LA PEPA”
La Guerra de Sucesión
El testamento de Carlos II otorgaba la Corona a Felipe de Borbón, Duque de Anjou, sobrino-nieto del último Austria español y nieto de Luis XIV. La posibilidad de que Francia y España formaran un frente común inquietó a las potencias europeas, y así Inglaterra, Holanda y Austria formaron la Gran Alianza para exigir que el trono madrileño fuera ocupado por el Archiduque Carlos de Austria, hijo del Emperador. Los Borbones rechazaron la demanda y en 1701 comenzó la Guerra de Sucesión que duró trece años y costó alrededor de un millón de vidas.
En la contienda, España se vio debilitada por la rebelión de los catalanes, quienes habían jurado fidelidad a Felipe V cuando éste visitó Barcelona y juró respetar los fueros de esa región, mas luego se pasaron al bando austricista, en parte acicateados por el oro inglés (Pacto de Génova, 1705), pero sobre todo por la ojeriza a los gabachos, provocada por las destrucciones que en anteriores conflictos con ellos habían debido soportar, y también por el temor de perder los fueros, pues conocían la mentalidad centralista de los Borbones.
El conflicto concluyó con el tratado de Utrecht (1713), que Austria sólo aceptó el año siguiente por el tratado de Rastatt. El nieto de Luis XIV fue coronado en España, pero la nación sufrió la pérdida de Gibraltar, ocupada por los ingleses en 1704, y de Menorca, de la que Inglaterra se había apoderado en 1708; Sicilia fue entregada a Saboya, y el Milanesado, Flandes, Nápoles y Cerdeña se convirtieron en posesiones austríacas. Albion fue la principal beneficiada, pues, además de los territorios arrebatados a España, el tratado le permitió adueñarse de vastas extensiones del actual Canadá y obtener, durante treinta años, el monopolio para introducir esclavos negros en Hispanoamérica (uno de los lugares elegidos fue Buenos Aires) y la autorización para que todos los años un buque inglés de 500 toneladas pudiera llevar mercaderías a la feria de Portobelo, lo que significó la primera ruptura del monopolio del comercio con Indias que España había tenido hasta entonces.
En esta guerra los catalanes no lucharon para separarse de España (como hoy afirman muchos), sino “por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”, según el llamamiento que las autoridades de Barcelona hicieron a la población. Vale la pena recordar que, en el tratado con España de 1713, Inglaterra se desentendió de los catalanes; por el contrario, Felipe V mantuvo los derechos tradicionales de vascos y navarros en pago a la lealtad que habían mostrado durante el conflicto.
Felipe V y Fernando VI
Felipe V reinó cuarenta y cinco años, más que cualquier otro Monarca español. Tímido, inconstante y depresivo, fue llamado “el animoso” por sus cambios de humor, que le hacían pasar fácilmente del abatimiento a la euforia.
En 1701 se casó con María Luisa Gabriela de Saboya, de quien tuvo dos hijos varones: los futuros Reyes Luis I y Fernando VI. La Reina murió en 1714 y, siete meses después, Felipe contrajo enlace con la italiana Isabel Farnesio de Parma, madre del futuro Carlos III. Isabel llegó a dominar totalmente a su marido, y deseosa de recuperar territorios italianos que España había perdido en Utrecht, en 1720 embarcó al Reino, ya arruinado, en una guerra desastrosa contra las principales potencias europeas.
El 10 de enero de 1724, el Rey abdicó en favor de su hijo Luis, de sólo diecisiete años. Lo más probable es que tal decisión se debiera a la enfermedad de Felipe, aunque otros sostienen que la renuncia fue causada por su esperanza de ser coronado Rey de Francia, confiando en la muerte prematura de Luis XV.
Sin embargo, Luis I reinó poco más de siete meses, pues la viruela lo llevó a la tumba. Felipe volvió a ocupar el trono, pero su salud mental fue de mal en peor y terminó cayendo en la demencia, por lo cual las riendas del poder quedaron en manos de Isabel de Farnesio.
En 1745 España, aliada con Francia, intervino en la Guerra de Sucesión austríaca contra María Teresa, con la esperanza de reconquistar Milán. Pero Francia abandonó la coalición y España una vez más quedó sola frente a enemigos más poderosos. Felipe sólo obtuvo que fuera reconocido su dominio sobre los ducados de Parma y Piacenza y luego los Reinos de Nápoles y Sicilia.
El Rey murió en 1746 y fue sucedido por Fernando VI, quien primero apartó a la ambiciosa y mangoneadora Farnesio del Palacio Real y luego la desterró. Tras dos siglos de guerras incesantes, el nuevo Monarca decidió mantener la nación al margen de los conflictos europeos, y esta política permitió un repunte de la economía hispana.
En 1758 murió la Reina, Bárbara de Braganza, y Fernando, ya afectado por una fuerte depresión, rápidamente cayó en una locura que por momentos lo volvía agresivo y, además, comenzó a usar el opio para evadirse de las tensiones. Murió sin descendencia en agosto de 1759.
Carlos III
Lo sucedió Carlos III, Duque de Parma y Plasencia desde 1731 hasta 1735, y Rey de Nápoles y Sicilia de 1734 a 1759. Su gobierno había sido beneficioso para el pueblo, que le tenía gran estima y por ello lo despidió con pesar.
El Monarca fue un burgués de vida moderada, y había hecho propia el lema del Despotismo Ilustrado: “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Fomentó la agricultura, la industria, el comercio con América y trató de elevar el nivel demográfico.
A causa del pacto familiar de los Borbones, decidió intervenir, en 1761, en la Guerra de los Siete Años (1756-1763), que Francia libró contra Inglaterra. España perdió La Florida, aunque luego esa región fue recuperada por la ayuda que los peninsulares prestaron a los rebeldes yanquis en su guerra de independencia. Por otra parte, el Tratado de Fontainebleau (1762) la hizo dueña de la Luisiana, que entonces se extendía desde la región de los Grandes Lagos hasta el Golfo de México.
Carlos III falleció en 1788, y entonces fue llamado “el padre del pueblo”, pero en realidad su gobierno resultó nefasto, porque él y sus ministros “ilustrados” consumaron el triunfo de la mentalidad extranjerizante que cortó a los dirigentes y la clase culta del pueblo. Seducidos por “las luces”, entendieron cada vez menos lo español y terminaron considerando “locura” la disposición espiritual que había permitido a sus antepasados tener éxito en “la más grande realización política hasta entonces conocida”[95].
Mucho antes que Joaquín Costa, los afrancesados decidieron echar doble llave al sepulcro del Cid y olvidar de una buena vez las visiones que, según ellos, habían llevado a Don Quijote a creer en un estado de cosas y de humanidad que no existe de hecho, aferrarse a sus ilusiones en lugar de aprender de sus experiencias, pasar de una a otra situación desastrosa o ridícula y morir en la miseria convencido que su visión del mundo es la verdadera[96].
Confiados ciegamente en la Diosa Razón, no comprendieron que las realidades supremas sólo pueden ser entrevistas en espejo y confusamente, que la lucha del Manchego “no era contra la carne y sangre, sino contra las esencias invisibles y los espíritus rectores de la tierra que andan en el viento, contra las fuerzas tentaculares que rigen el orden moral indivisiblemente”, y que sus gestos extraordinarios parecían “extravagantes, de puro cuerdos”[97].
De este modo “en la España de Carlos III y sus sucesores se dio por muerto al pasado, y como ideal, la creación una nación nueva, sobre la base de una «ideología», el Iluminismo”[98]. “El Conde de Aranda[99] encabeza su ley de Comercio con estas palabras: «La vida está agarrotada en España por la superstición. Somos el ludibrio de Europa»”[100].
El Rey y sus colaboradores no vieron que la Ilustración conducía directamente a la Revolución, que ya había triunfado en Inglaterra, y poco después de su muerte trastornaría el Continente por medio de “la Francesada”. Aunque, eso sí, nadie puede quitarle la gloria de haber sido “el mejor Alcalde de Madrid”.
Expulsión de los Jesuitas y Supresión de la Compañía
El voto que San Ignacio había impuesto a los miembros de la Compañía, por el que sus miembros estaban a plena disposición del Papa, provocó la inquina de los regalistas, y esta ojeriza aumentó por la doctrina de la resistencia al poder tiránico, enseñada por Suárez, y la de Juan de Mariana sobre la licitud del regicidio en determinadas circunstancias. Esa animosidad fue aprovechada por las sectas masónicas, empeñadas en terminar con quienes ellas consideraban sus principales adversarios.
En 1759 José I de Portugal, a instancias del Marqués de Pombal, ordenó el encierro de casi 200 jesuitas y la expulsión de los restantes, acusándolos de tramar su muerte. Poco después la situación se repitió en Francia, donde la Compañía era impugnada también por los jansenistas (teñidos de Calvinismo), que la acusaron de malversación y obtuvieron que en 1764 los ignacianos fueran expulsados primero de París y luego de todo el Reino.
En 1766 una multitud tomó por asalto, en Madrid, la residencia de Esquilache, Secretario de Hacienda, descontenta con una serie de medidas sobre las vestimentas (prohibición de capas largas y sombreros de ala ancha, que servían para ocultar bienes robados y la identidad de los malhechores), pero la razón última del estallido fue el alza excesiva del precio del pan. Aunque ningún jesuita había tenido parte en los sucesos, fueron implicados por Campomanes y sus adláteres, y el Rey no desaprovechó la ocasión para expulsar más de 2.600 de España, y otros tantos de los dominios de ultramar.
Los Borbones, que entonces gobernaban no sólo Francia y España, sino también Nápoles, Sicilia y Parma, consideraron que la expulsión no era suficiente y presionaron sobre Clemente XIII para que extinguiera la Compañía; pero aunque el Papa se negó a hacerlo, su sucesor, Clemente XIV, enemigo de la Compañía, promulgó el Breve Dominus ac Redemptor (1773), que decretó la abolición de la Orden Ignaciana. Sin embargo, ésta nunca fue total, pues los Monarcas de Prusia y Rusia no dieron el pase al documento pontificio y permitieron que los jesuitas continuaran desarrollando allí sus actividades.
En esta tragedia jugó un papel importante la envidia de algunos miembros de otras Órdenes, pero también los jesuitas fueron en parte responsables de lo sucedido. Veamos el juicio de Castellani sobre esta espinosa cuestión:
“La relectura de los grandes clásicos paga más que la lectura trivial de las obrecillas modernas que se traducen hoy día a montones para pasto de las inteligencias gandulas. Es una ventaja del oficio de Profesor (es la única ventaja que tiene) el que obliga a releer los clásicos.
“El asunto de la expulsión de los jesuitas y su posterior supresión en el siglo XVIII es una especie de enigma histórico; y es un suceso central de vastas repercusiones: un drama.
“Se han escrito sobre él muchos libros que no dan en el clavo, sino simplemente en la herradura. Creemos que el clavo (es decir, la clave) está en la historia de Francia. En efecto, Francia fue la que obtuvo o produjo ese fenómeno histórico que hizo tanto ruido, con el poderío que le daba su «tunc»[101] hegemonía europea.
“Desde los 13 años estamos oyendo leer o leyendo libros sobre el asunto; y siempre con el resultado de una cierta oscuridad en el fondo. En efecto, los más son libros escritos desde España y con respecto a Carlos III… Carlos III acolitó en este asunto; quien ofició fue la poderosísima Corte de París. Con respecto a España, la expulsión fue una soberana injusticia y un acto de despotismo torpe, que dañó incluso políticamente al Imperio Español, supeditado en aquel entonces a la política borbónica y al «Pacto de Familia». En eso no cabe duda. En España y sus colonias los jesuitas trabajaban bien.
“Extender el juicio del sector español a toda la cuestión es anticientífico: el golpe vino de otro lado y allí hay que buscar las causas reales y no en el rebote.
“La literatura pro–jesuita hace fuerza en el rebote. En consecuencia, los jesuitas aparecen como víctimas de su consagración a la fe católica y al bien de la Iglesia; y todos sus adversarios y perseguidores como masonazos de tomo y lomo y hombres de mala fe y pésima intención. No diremos que no sea así en el fondo y a bulto cerrado; pero con algún pero. Con un pero serio.
“Pero la Santa Sede intervino decisivamente en este asunto, lo mismo que gran parte de la Jerarquía. ¿Es posible aceptar a toda la Iglesia Jerárquica como maleada, engañada y suicida, y a la Orden de San Ignacio (pero entonces ya era muerto San Ignacio) como cordero de Dios que quita los pecados del mundo? Así lo juzgó Lacunza, jesuita americano; pero no es nada fácil de tragar. He aquí la oscuridad.
“Mirando las cosas en Francia y no en España ni en Roma, la cuestión presenta otro cariz. Fueron los jesuitas franceses y la Monarquía Galicana los contendientes reales, en el ambiente del «siglo de las luces» y en el proceso en pendiente del Iluminismo que llevaba a la catástrofe (no en el sentido griego de la palabra) de la Magna Revolución que desconcierta la antigua sociedad y abre la Edad Contemporánea.
“En el mundo de los humanos, no acontece que toda la razón de un vasto desastre esté de una parte y de la otra ninguna razón; y los buenos historiadores no suelen blanquear hasta lo angelical a un sector de los hombres y ennegrecer a su opuesto hasta lo demoníaco. La santidad perfecta y el satanismo puro son raros, y se dan en individuos, no en grupos sociales enteros. Lo demás es hacer historia barata, apologética o novela.
“Hay una distinción filosófica necesaria para discurrir sobre lo real, que es la de «simplíciter» y «secundum quid». «Distingue frequenter». Se puede tener razón simplemente y sinrazón según algo: se suele tener eso en lo humano. El que no sabe percibir esto, no solamente carece de filosofía, pero aun de buen sentido.
“En la contienda ideológica (religioso-política) que comienza bajo Luis XIV contra protestantes, jansenistas y «libertinos» y termina bajo Luis XV con el Breve «Dóminus ac Redemptor», los jesuitas defendían la religión y la tradición simplemente hablando; pero incurrieron en cuanto al modo en faltas y abusos que les acarrearon odios acérrimos y al final el golpe de muerte. Los jesuitas franceses arrastraron en su pérdida al resto, incluso a los españoles, que no iban nada en el asunto gabacho; sobre todo los «americanos», a los cuales el asunto les cayó como granizo en cielo sereno. El contraste con los «encomenderos», bravo como fue, no hubiese bastado a perder a los jesuitas españoles, sino lo de Francia.
“Los jesuitas españoles trabajaban en el Imperio Español como héroes. Eso es un punto innegable. Dejando aparte por brevedad la controvertida cuestión de las «misiones guaraníticas», la tradición argentina dirime sin dificultad ese extremo. Esa tradición se conserva aún viva en el Paraguay y las Provincias norteñas y andinas, y cubre la memoria de los antiguos misioneros de una veneración infrangible –que quizá no merecemos o simplemente desmerecemos los actuales– que la usufructuamos. Una tradición tal es una prueba histórica infalible. Pueden mentir los documentos oficiales (ordinariamente mienten) y recortar la verdad los discursos, defensas y apologías: la tradición del pueblo, en las materias en que ella alcanza, no miente. Y ésta de que hablamos está corroborada al voleo por monumentos, ruinas y reliquias impresionantes y elocuentes.
“Pero en Francia, donde el drama se juega, no es igual. La tradición, conservada en las obras literarias y en las memorias del tiempo, deponen otramente. Sentado que los jesuitas en el fondo estaban en la buena causa (desde el respecto católico), incurrieron en defectos graves en cuanto al modo, que se podrían concretar así:
“1º. Tenían demasiadas riquezas: es conocido el episodio de la quiebra escandalosa del Padre Villeneuve, y sus aberrantes empresas mercantiles. También es terminante la conocida admonición del P. Nectoux[102] al General de los jesuitas Clemente Ricci: «Abrigo la profunda convicción de que a nuestra Compañía no le conviene, mas le causa daño, tener escondidos y amontonados en las arcas tantos millones…» Eso se escribía en 1765, ocho años antes de la extinción.
“2º. Se habían metido demasiado en política, con buena intención, a no dudar. El P. Lachaise, confesor de Luis XIV absolvía cada año al Rey de sus inveterados adulterios, el Rey cumplía con Pascua, y a los quince días volvía a Mademoiselle La Vallière, a la Montespan o a la Maintenant, o a la que estuviera en turno de sus innumerables mancebas. Este laxismo, aunque fue cortado, no fue cortado a tiempo, y escandalizó gravemente a los jansenistas y al pueblo. Voltaire había de tomar este escándalo y hacerlo mil veces mayor.
“3º. Usaron sin moderación de su influencia política. El asunto de los protestantes y los jansenistas fue zanjado por Luis XIV en forma cruda, que hoy día (Belloc) se juzga innecesaria e improducente.
“La violencia en materia de religión da triunfos pasajeros; por lo menos a la verdadera. Los herejes fueron aplastados sin dulzura; pero no se pudo eliminar a los libertinos. De muchísimos jansenistas y protestantes se hizo ocultos librepensadores en Francia; y enemigos rabiosos de la Monarquía refugiados en Holanda e Inglaterra. No hay enemigo pequeño.
“4º. El laxismo de algunos jesuitas en teoría moral fue un hecho; testigo las proposiciones laxas condenadas más tarde por Benedicto XIV. El libro de Pascal golpeó en falso («tout ce livre-là porte à faux»), como juzgó el mismo Voltaire, pues Pascal no era teólogo de profesión; pero no del todo en falso: había un punto de apoyo verdadero. Su libro es una obra maestra de las letras francesas, que infligió al costado de la Orden de Loyola una herida terrible. «Puso a los que ríen de su parte»: los que ríen son siempre muchos, sobre todo en Francia, país de la «plaisanterie».
“5º. Los jesuitas no estuvieron intelectualmente a la altura de sus peligrosos adversarios. Eso solo no quiere decir nada; Dios da los talentos como quiere. No se puede hacer un crimen a una Orden de no tener un Pascal o un Voltaire: tuvieron almenos un Bourdaloue[103]. Pero… lo malo es que algunos escritores o apologistas quisieron suplir su mediocridad literaria o científica con golpes bajos: echaron mano del vilipendio, la afrenta personal o el fanatismo, como suplemento de fuerza y eficacia. Hombres oscuros que no conociéramos hoy anoser por las obras de Pascal o Voltaire (Nonotte, Chaillet), insultaron y ofendieron en mala hora. Nunca lo hubieran hecho; no sabían dónde se metían: Voltaire, su antiguo defensor, devolvió el insulto a la Orden entera al mil por uno; la cubrió de dicterios y obscenidades con innegable habilidad polémica, y su verba filosa y endiablada: los cubrió completamente de barro. El caso de la polémica Franceschi-De La Torre[104].
“La posición justa frente a los adversarios (que lo eran al mismo tiempo de la tradición) la dio un Superior sensato, que, si hubiese sido seguido, otro gallo nos cantara. El P. Latour (si no me equivoco) al aparecer las primeras Provinciales, las juzgó así ecuánimemente: «Es una obra maestra; lástima que sea tan inexacta».
“Hubo que haberse mantenido en este juicio modesto y objetivo, e insistir con él con pruebas declaratorias, y hacerlo valer con mansedumbre religiosa: respetar las dotes geniales del matemático y filósofo de Port Royal, y rectificar pacientemente sus demandas y errores, incluso quitando enérgicamente defectos propios; cuando los acuses no eran errores del todo. En suma, del enemigo el consejo. No pasó así por desgracia: se desataron los mediocres engreídos y los «Superiores briosos y sin letras» (como dice Mariana) y envenenaron la contienda con torpeza. Irritaron inútilmente al ciervo. Desde la 3ª a la 17ª carta, Pascal, «affolé» (cosa que le pasa fácilmente al francés), se lanza de cabeza gacha contra un nuevo adversario y deriva la polémica teológica de suyo útil a polémica casi personal, llena de saña y enojo; que no le quitan empero su sindéresis clarividente y sus magníficas dotes literarias: su sorna, su patetismo, su elocuencia concisa y contundente de «honnête-home» genial.
“Fue una desgracia pero fue así… La insensatez es un lujo caro.
“Como escribimos sin bastantes libros, puede que trabuquemos algún pormenor; pero el tronco del asunto parece éste”[105].
“Tras Cuernos, Palos”
Al nuevo Rey, Carlos IV, “lo casaron con su prima María Luisa de Parma (de quien recibió el nombre la hierbaluisa), seguramente la reina menos agraciada que ha tenido España, quizá hasta Europa. Esta señora fue tan promiscua que no sabemos a ciencia cierta la parte que cupo al monarca en los catorce hijos (y diez abortos) que tuvo. En el lecho de muerte confesó a su director espiritual, el fraile agustino Juan de Almaraz, que ninguno de sus hijos lo era de su augusto esposo. Fernando VII, el heredero de la corona, lo supo y para evitar que se divulgara la noticia confinó a Almaraz de por vida en un lóbrego calabozo de la fortaleza de Peñíscola. Ignoraba que el fraile, viéndolas venir, había confiado su terrible secreto a un documento que guardó bajo el epígrafe «reservadísimo». El memorial ha llegado a nuestros días y actualmente se custodia en el archivo del Ministerio de Justicia”[106].
España se mantuvo ajena al huracán de la Revolución Francesa hasta que Luis XVI fue guillotinado en enero de 1793, y entonces, junto con las demás potencias europeas, declaró la guerra a los revolucionarios, quienes obtuvieron una victoria fácil sobre los hispanos, por el deficiente abastecimiento y baja moral de la tropa. En 1795 el valido Godoy se vio obligado a firmar la Paz de Basilea, por la que España volvió a ser aliada de Francia.
En 1805 la victoria de Trafalgar dio a Inglaterra el dominio de los mares, y Napoleón replicó con el bloqueo a las mercaderías inglesas. Las victorias de Austerlitz y Jena hicieron que los puertos continentales estuvieran cerrados a las manufacturas británicas, pero esta orden no fue acatada por Portugal, que desde su independencia había debido apoyarse en Inglaterra para resistir el poder de su vecino ibérico. El Corso decidió entonces invadir Portugal, y para ello era necesario que sus tropas pasaran por territorio español. El 27-X-1807 el Emperador y Godoy firmaron el Tratado de Fontainebleau, que permitía a los franceses y sus aliados cruzar los Pirineos.
La situación española era grave, porque el pueblo odiaba al favorito y, ante la ineptitud y complacencia del Rey, esperaba que el trono fuese ocupado por Fernando VII, a quien su presunto apego a la Tradición le ganó el nombre de “El Deseado”. Además, el Reino estaba al borde de la bancarrota, pues el desastre de Trafalgar perjudicó su comercio marítimo. La Iglesia temía nuevas expropiaciones de sus bienes, como las de 1798 y 1807 para reducir el endeudamiento y déficit de las arcas reales, y su influjo sobre el pueblo, el sector más afectado por la crisis, acrecentó el descontento. Por último, saltaba a la vista que no todos los franceses marcharían a Portugal, sino que muchos permanecerían como usurpadores del territorio español.
En marzo de 1808, Godoy hizo que Carlos y su familia se trasladasen a Aranjuez para que pudieran llegar más fácilmente a Sevilla y desde ahí embarcarse a América, como ya lo había hecho la familia real portuguesa, el 27 de noviembre anterior, en buques ingleses. En la noche del 17 al 18, estalló un motín fomentado por los nobles, enemigos de Godoy. El valido tuvo que refugiarse en el cuartel de Guardias de Corps, donde se libró de ser linchado gracias a la intercesión de Fernando, quien el 19 asumió la Corona luego de la renuncia obligada de su padre.
La Rebelión
María Luisa informó a Murat, cuyas tropas ocuparon Madrid el 23, que la abdicación de su esposo había sido forzada y reclamó que Carlos fuera repuesto en el trono, ante lo cual Napoleón convocó a padre e hijo a una reunión en Bayona. Antes de partir con la familia real, excepto dos hijos menores, Fernando nombró a su tío paterno, el Infante Don Antonio, Presidente de la Junta de Gobierno, cuya regencia sería nominal por su acatamiento irrestricto a la voluntad de los ocupantes.
El 2 de mayo al saber que también el Infante Don Antonio y los hijos de Fernando, María Luisa y el Infante Francisco de Paula serían llevados a Bayona el pueblo madrileño se levantó en armas contra el invasor, que respondió con la máxima energía, pues Murat llevó a cabo una represión sangrienta y el 4 fue nombrado Lugarteniente General del Reino y Presidente de la Junta de Gobierno.
El pueblo español se levantó en armas impulsado por una fidelidad no correspondida por quienes se disputaban el trono: en Bayona, Fernando devolvió la Realeza a su padre y éste, tras entregarla a Napoleón el día siguiente, pasó una temporada en Francia, y luego se instaló con su esposa en Roma. Fernando, por su parte, se limitó a reclamar beneficios suficientes para llevar una vida desahogada en Francia, lo que le fue concedido. El Deseado “estaba tan cómodo como prisionero de Bonaparte que […] pidió al «Pequeño Corso» ser su hijo adoptivo”[107].
El 19 de mayo Bonaparte convocó a una Asamblea que se reuniría con el fin de redactar un proyecto de Constitución y el 6 de junio puso en el trono de Madrid a su hermano José, entonces Rey de Nápoles. Ese mismo día iniciaron sus actividades los afrancesados que habían concurrido a Bayona y el 7 de julio aprobaron un Estatuto que seguía de cerca a la Constitución francesa de 1791. La Carta otorgada por Napoleón hacía explícita la condición real de España como satélite de Francia durante el siglo en que había sido regida por los Borbones; sin embargo, la coyuntura bélica impidió que la Constitución entrara en vigencia.
La “guerrilla” causó estragos a los invasores. Según el Conde La Forest, Embajador en Madrid, “cada campesino se convirtió en un soldado, cada soldado en un héroe. Habían sometido a los héroes de Austerlitz, un chico de quince años se consideraba equivalente a los granaderos franceses”. En Santa Elena, el Corso atribuiría a la úlcera española el fracaso de sus planes; en efecto, la retirada, primero de Madrid y luego de toda la Península, quitaría a los ejércitos imperiales su fama de invencibles. Mas ínterin a los españoles les quedaba un largo camino por recorrer para librarse del yugo napoleónico, y nunca lo habrían logrado sin la ayuda decisiva (y muy interesada) de Inglaterra.
El 19 de julio las fuerzas españolas triunfaron en Bailén, que marcó el inicio del retroceso francés, cuyo poder efectivo solo se mantuvo en Barcelona y en la zona vasconavarra. El Corso, empero, inició una contraofensiva victoriosa, que puso en fuga no sólo a los peninsulares sino también al ejército auxiliar inglés del General Moore. Sólo una pequeña parte de España se mantuvo libre, mientras en Portugal los británicos resistieron en Lisboa.
El Tratado Apodaca-Canning
En realidad, la pérfida Albion no había mostrado gran empeño en su lucha contra los franceses, para que los españoles, desesperados, se pusieran sin condiciones en manos de Inglaterra, lo que se concretó con el Tratado que Juan de Apodaca (Embajador español en Londres) firmó con el Ministro George Canning el 14 de enero de1809. El acuerdo ofreció mayor ayuda británica ‒así, el ejército comandado por Wellington que intentaría una tercera invasión al Plata fue desviado a la Península‒ a cambio de ventajas comerciales en América y también de libertad para las actividades de la Masonería en la Península Ibérica, lo que explica no pocas cosas de lo que luego ocurrió en España y también en el Nuevo Mundo.
Con esta alianza Inglaterra dejaba para más adelante la concreción de un antiguo proyecto: en 1970 el Comando en Jefe de la Armada publicó la traducción de un panfleto cuyo título resume lo que Scalabrini Ortiz y los hermanos Irazusta habían insistentemente denunciado: Una Propuesta para Humillar a España. Escrita en 1711 en Gran Bretaña por una Persona de Distinción[108]. Como el autor de la obra dice que la dio a conocer veinte años después de haberla redactado, el plan se remonta a los años inmediatamente posteriores a la revolución anticatólica que depuso a Jacobo II.
El plan del misterioso distinguido con respecto a lo que luego sería el Virreinato del Río de la Plata era el siguiente:
“La cuenca minera de Hispanoamérica se encuentra primordialmente en el Perú y el Alto Perú (hoy Bolivia).
“– Para poder efectuar la producción minera y alimentar a los que realizan esos penosos trabajos en los yacimientos minerales es imprescindible: la carne vacuna para reponer energías que de desgastan en el arduo trabajo minero y yerba mate para depurar al organismo de los gases y toxinas que existen bajo tierra.
“– Gran Bretaña debe actuar separando a la zona minera de la zona ganadera (Buenos Aires y Montevideo) y de la zona yerbatera (Asunción del Paraguay). De esta manera, sin carne vacuna y sin yerba mate, el trabajo de la minería se paralizará y para mantener esa inactividad minera debe separarse para siempre la región productora de carne vacuno de la región productora de yerba mate.
“Así habremos producido la humillación de España…”[109].
El Tratado abría, pues, al enemigo la vía legal para la balcanización de Hispanoamérica, plan que continúa vigente no sólo en el Nuevo Mundo, sino también en la misma España, pues tal es el origen de los actuales intentos separatistas.
“La Pepa”
Volvamos a la Guerra de la Independencia. Así como la Junta Suprema de Gobierno se había convertido, tras la sublevación del 2 de mayo, en un instrumento de la opresión francesa, lo mismo sucedió con el Consejo de Castilla, que primero anuló la abdicación del Rey, y luego decidió prestar colaboración a José Bonaparte. Surgieron entonces Juntas Provinciales para dirigir la lucha contra el invasor; aunque no contaran con la aprobación de Fernando, justificaban su legitimidad por el alzamiento popular. La situación era patética, pues en lugar de coordinar sus actividades, cada una reclamaba la soberanía y buscaba imponerse a las otras.
La victoria de Bailén permitió recuperar gran parte del territorio ocupado por los franceses e infundió un optimismo excesivo en el ánimo de los españoles; así, el 25 de septiembre de 1808 se constituyó la Suprema Junta Central y Gubernativa del Reino, con sede en Aranjuez, formada por miembros de las Juntas Provinciales y presidida por Floridablanca hasta su muerte, a fin de ese año, luego por el Marqués de Astorga, llamado “el Rey chico” por su exigua talla, y desde el 1 de noviembre de 1809 hasta su disolución, el 31 de enero de 1810, por Juan Acisclo de Vera y Delgado, Arzobispo de Laodicea.
Éste era un Gobierno fantoche, porque, donde no mandaban los franceses, los ingleses llevaban la voz cantante; en el plano doctrinario lucharon en la Central los partidarios del Antiguo Régimen y los ilustrados, quienes por último se impusieron. Las Juntas Provinciales quedaron supeditadas a la Suprema, que asumió todos los poderes como representante de la Nación, convertida en origen de la autoridad. Las Juntas Provinciales primero, y luego la presidida por “el Rey chico” se propusieron conservar el poder para el Rey cautivo, pero la soberanía ya no radicaba en la Corona.
El 26 de octubre la Central publicó en un Manifiesto que las relaciones con las colonias serían estrechadas más fraternalmente y, por consiguiente, más útiles. Díaz Araujo observa: “Criterio pecuniario e ignominioso con el que los liberales hispanos comenzaron a tratar a América. […]
“La pretensión colonialista se reiteró con las instrucciones de la Junta Central al Virrey Cisneros, del 24-III-1809. Por ellas, al tiempo que se ordenaba la disolución de la Junta de Montevideo se añadía que: «la existencia de estos cuerpos en América es incompatible con las relaciones que subsisten entre ella y la metrópoli, y con las circunstancias particulares de cada colonia».
“Al respecto anota Timothy Anna que la idea de colonia era una importación francesa de los Borbones; pero aun así «el concepto de colonia de las tierras de ultramar nunca se llegó a difundir ampliamente en España. Todavía al iniciarse el siglo XIX el término «colonia» se utilizaba principalmente en los documentos oficiales internos o privados y rara vez en público, para referirse a las tierras llamadas con anterioridad «las Indias», los «dominios de América» o las «provincias de ultramar». Aun así, es de suma importancia recordar que, según dice Lynch, en el crepúsculo del imperio España no se hizo menos imperialista, sino más»”[110].
La ofensiva francesa hizo que la Junta tomase las de Villadiego a fines de 1808 para recalar por último en Sevilla.
“El poder detrás del trono en Sevilla era el Embajador inglés, Marqués de Wellesley, hermano mayor de Wellington, y nada podía hacerse sin su apoyo o consentimiento. Cuando la Central, ante la amenaza de llegar los regimientos franceses que habían luchado en Wagram, pide al Marqués de Wellesley una ayuda más efectiva que el campo atrincherado de Torres Vedras[111], éste insinúa en respuesta ‒el 8 de setiembre‒ que previamente debieran darse las prometidas facilidades al comercio inglés, y hacer expeditivo el gobierno delegándose los poderes en un Consejo de Regencia de cinco miembros hasta reunirse las Cortes que dictasen una Constitución liberal a la inglesa”[112].
El 22 de enero de 1809 determinó que los territorios del Nuevo Mundo debían enviar Vocales a la Central, pero el unitarismo impuesto por esta Junta no dejaba lugar para la personería de los Reinos Americanos confederados entre sí y con los peninsulares.
Los franceses triunfaron en Ocaña (19-XI-1809) y tuvieron abierto el camino a Andalucía:
“Fue la señal del desbande para la Junta de Sevilla: algunos vocales han querido capitular, pero el pueblo quiere seguir la lucha y ocurren tumultos en diciembre y enero. El Conde de Montijo ‒Jefe de la defensa andaluza‒ consigue a duras penas salvar la vida de los Diputados que huyen. En Jerez son apresados el Presidente, Arzobispo de Laodicea, el Vicepresidente, Conde de Altamira, y el Ministro de Guerra, General Cornel. La multitud iba a masacrarlos cuando Montijo consigue imponerse y los salva. La acusación se fundaba en el hecho cierto de haber querido capitular con los franceses. El Arzobispo de Laodicea vivirá en Madrid bajo el régimen de José I, sin que nadie lo molestase”[113].
El 1 de enero, hizo un llamamiento a las provincias y ciudades peninsulares con derecho a voto para que enviaran representantes a las Cortes.
“El Embajador Wellesley se ha ido prudentemente a Inglaterra al acercarse los franceses, y ha quedado al frente de la legación John Hooklam Frere, que no consigue que los gaditanos se allanen a reconocer otro Gobierno que su «Junta Suprema». Frere hace desembarcar a los pocos Diputados de la «Central» refugiados en los buques ingleses y el 29 de enero instala seriamente la Junta Central Suprema en la Isla de León a los solos efectos de formar una Regencia de cinco miembros para el gobierno nominal «de España e Indias». Desde Cádiz, Frere señalaba a los amedrentados «centrales» cuatro de los cinco nombres que debían elegir. […] Los Diputados deben obedecer, «por razones ineludibles» dicen. […]
“Los «centrales», una vez cumplido su cometido, vuelven a los buques ingleses donde están a cubierto de las iras populares. Así queda constituido el 31 de enero el Consejo de Regencia formado y controlado por el inglés Frere. No gobierna nada porque en Cádiz la Junta Suprema no quiere someterse y no le permite llegar allí. Pasa un tiempo hasta que los forcejeos de Frere consigue imponer al Consejo que se instalará en Cádiz como «representación soberana de España e Indias» reconocida oficialmente por Inglaterra y el Regente de Portugal (que está en Río de Janeiro). Será durante este forcejeo por la representación soberana entre el «Consejo de Regencia» de la Isla de León y la «Junta Suprema» de Cádiz, que se produce la ruptura con América: al saberse en Venezuela y el Río de la Plata la caída de la Junta de Sevilla y no existir un Gobierno Nacional reconocido, se formarán en Caracas y Buenos Aires sendas «Juntas Soberanas». Cuando llegue la noticia del reconocimiento del Consejo de Regencia y su instalación en Cádiz sería tarde para volver atrás.
“En España se luchaba por la «independencia» contra Napoleón con tal fervor, que se aceptaba la «dependencia» hacia Mr. Frere. En realidad, en febrero de 1810 sólo quedaban las apariencias de España”[114].
La apertura de las Cortes tuvo lugar en la Casa de Comedias de la Isla el 24 de septiembre y su primera decisión fue invalidar la renuncia de Fernando VII, al que reconocían como único y legítimo Rey. Pero, “del dicho al hecho hay que tomar el subte”, decía Castellani:
“El Parlamento liberal de Cádiz (Cortes) minaba, con la piqueta de las leyes, los fundamentos de la Monarquía Borbónica, mientras el pueblo, con sus soldados voluntarios, derramaba la vida por ella sobre los campos de batalla. Seguía prisionero de los ricos comerciantes andaluces, envidiosos de las libertades comerciales otorgadas por Carlos III para toda América, y que todavía siguieron aumentando. Estos señores plutócratas y demócratas que entonan himnos a la diosa libertad, rehúsan, a los que consideran como súbditos, las libertades efectivas, creyendo que se van a contentar con promesas ilusorias, con frases sonantes y con la declaración de ciertos principios”[115].
Cuando llegaron los enviados del Nuevo Mundo, solicitaron con insistencia que se concediese a América mayor representación ‒un Diputado cada 50.000 habitantes, como se había procedido para elegir a los peninsulares‒, la petición fue denegada porque ello retrasaría la sanción de la Carta Magna, y porque la perspectiva de una Constituyente dominada por los ultramarinos repugnaba a los europeos:
“Los Diputados americanos, cansados de la conducta liberal, injusta y arbitraria de las Cortes, van tomando el partido de abandonarlas y pasarse a América… Nadie puede formarse una idea de la opresión de los americanos en Cádiz. Una palabra es un delito en ellos y las cárceles están pobladas de víctimas sin comunicación ni audiencia… Aun en las gacetas o papeles públicos no se permite poner nada favorable a América… En el Congreso apenas se les permite hablar (a los Diputados americanos), se les interrumpe, se les mofa…, en fin, los americanos han hecho protestas en todo lo tocante a la Constitución… e hicieran más si no temieran por momentos una sublevación en Cádiz cuyo pueblo los asesinaría”[116].
Los representantes sancionaron la Constitución, la primera en la historia española, el día de San José, 19 de marzo de 1812, por lo cual se la conoce como “La Pepa”. Fernando fue reconocido como Rey, pero la Constitución era claramente liberal: declaraba a España, patrimonio de los españoles, y no de persona o familia alguna; sólo las Cortes con el Rey tenían potestad de legislar; estableció la separación de poderes, el sufragio universal para varones mayores de veinticinco años, la libertad de prensa, suprimió la tortura y las confiscaciones y liberalizó la economía.
El resultado final de esta comedia iniciada precisamente en la Casa de Comedias fue que la “Pepa” resultó en buena parte una copia de la Constitución revolucionaria francesa de 1791[117]. Con respecto a América, “la Constitución suministraba un sistema uniforme legal y administrativo en todos los dominios hispánicos en ambos hemisferios… Tenía claramente el objeto de dividir a una provincia americana de otra, a fin de subordinar directamente a cada una al gobierno metropolitano”[118].
Durante el Tedéum al que asistieron los Diputados para “dar gracias a Dios” por la Carta Magna, se desató un vendaval que destrozó un grueso árbol frente a la iglesia, lo que algunos consideraron un augurio de lo que vendría.