CAPÍTULO XXIII

CAPÍTULO XXIII ‒ LA RELIGIÓN DE LA LIBERTAD

Génesis del Liberalismo

 

Así como en el siglo XVIII había triunfado la Ilustración, en la centuria siguiente tuvo su apogeo el Liberalismo. Para entender mejor la naturaleza de esta ideología conviene recordar antes las etapas que condujeron a su aparición y triunfo. Castellani las expone así:

“1. Desde el Renacimiento, por obra de los juristas galicanos y teólogos protestantes y con ocasión de las guerras, hay un aumento continuo y rápido del poder central a costa de los poderes periféricos con consiguiente detrimento de la libertad de los pequeños; la cual solamente medra cuando el poder está repartido y por ende más o menos equilibrado; o sea, existen «poderes», –no la «división del Poder» de Montesquieu, que es filfa, sino la existencia de poderes heterogéneos con raíz propia; no delegados sino simplemente reconocidos–; pues ya vio Esopo que solamente cuando el Lobo y el Zorro riñen los corderos pueden pasear. Este crecimiento del Poder central condujo al absolutismo regio de hecho. Y después se formuló como de derecho: Hobbes, Jaime I, Voltaire, Hegel.

“2. Derecho divino: «el Rey recibe la Autoridad regia directamente de Dios», la formulación teológica del absolutismo regio, amagada por Bossuet y redactada por Jaime I […] en su libro hoy ilegible De Institutione Regia, en que el hijo de la martirizada María Estuardo teoriza acerca de un poder que ya no posee y que los «parlamentarios» –o sea la nueva nobleza protestante y capitalizante– habían desterrado para siempre de Inglaterra. Pero esa doctrina tenía raíces muy más atrás que el pobre Jaime I.

“3. La autoridad reside en el pueblo y es comunicada al Rey por una especie de consentimiento siquiera sea implícito o meramente pasivo; que se puede llamar «pacto»: la doctrina católica de Suárez en su Defensio Fidei Catholicae Adversus Anglicanae Sectae Errores, resumida después por el romano Belarmino, menos correctamente formulada que en De Rege et Regis Institutione de Mariana, y mucho menos que en Santo Tomás; el cual considera la soberanía más bien en el fin (bonum commune) que en el Poder (auctoritas) que al fin es un instrumento; diciendo por ejemplo: «ordo exercitus considitur in Duce quamvis in exercitu radicatur»[1].

“4. Jaime II, destronado[2] por Guillermo de Orange y el traidor Churchill (Marlborough), es el fin de un proceso comenzado por el cisma de Enrique VIII. Paralelamente a la propagación del Calvinismo y el absurdo absolutismo regio (teórico) una nueva nobleza protestante enriquecida con el despojo de los monasterios jaqueaba a los Monarcas con el tapadillo de la «Libertad» y de «Representantes del pueblo», temerosa del retorno de la antigua Fe y sobre todo de la restitución. Este nuevo factor político, raíz del actual capitalismo, se beneficia de la reacción libertaria teórica contra Jaime II y su parejero Hobbes, la cual reacción puede simbolizarse toda ella en Locke y Bolingbroke. O sea, nace la teoría de la Libertad de Religión, que en Inglaterra se concreta en seguida en Libertad de Comercio y –mientras no tuvo una flota mayor– Libertad de los Mares. Pero las dos teorías opuestas y extremosas del absolutismo y el individualismo tenían una misma raíz protestante –y por eso se mezcolaron en Rousseau– y Dawson las considera una lucha del espíritu luterano y el espíritu calvinista.

“5. El Deísmo y el Liberalismo inglés fueron recogidos en Francia en el setecientos por los llamados «Filósofos», o sea, los Enciclopedistas; por Rousseau principalmente[3], pues ni Voltaire ni su círculo –partidarios del «despotismo ilustrado»– fueron liberales, aunque sí deístas. La proposición española «la autoridad viene de Dios y reside raizalmente en el pueblo»– se transforma en «la autoridad viene del pueblo»; y talmente reside en él que el pueblo no puede ni trasmitirla ni delegarla sino solamente ejercerla por medio de sus «representantes», a los cuales puede derrocar cuando quiera; los cuales, por otra parte mientras no son derrocados tienen tan fabulosamente absoluta libertad que pueden condenar a muerte a quien ofenda a la religión; no la antigua religión naturalmente, sino una religión razonable, el Deísmo. Habían nacido los tres mitos del Liberalismo: la Soberanía del Pueblo, la infalibilidad de la Voluntad General y el gobierno por Asambleas, Cámaras y Constituciones inventadas o artificiales. Pero en el fondo de esos mitos irrealizables residía el huevo de dos monstruos realizables: la sedición perpetua, que después se llamó «Revolución» con mayúscula; y el despotismo larvado, que después se llamó totalitarismo. «La théorie du Contrat Social a deux faces; et tandis que d´un coté elle conduit a la  démolition du gouvernement, elle aboutit de l´autre a la dictadura illimitée de l´État»[4].

“6. La Revolución Francesa –que es un fenómeno histórico mucho más complejo de lo que se suele pintar– se debate en ensayos y tentámenes de organizar de nuevo la vieja nación según la mente de Rousseau, y asume sin darse cuenta toda la herencia del Antiguo Régimen, sobre todo el absolutismo, y termina por tender los brazos al despotismo napoleónico –cerca de veinte años de guerra, diez o doce millones de muertes violentas, entre la guillotina y las batallas.

“7. Se puede decir que el Liberalismo propiamente dicho comienza después de todo este enredijo, aunque como consecuencia de él: ya experienciada la imposibilidad de la utopía rusoniana –que es en el fondo una herejía–, cede su lugar a una doctrina política realizable, aunque igualmente deficiente, y acaso un poco más hipócrita. Esta

doctrina tomó forma en las diversas naciones y en las diversas plumas de sus diversos teorizadores y defensores”[5].

 

Las Patas del Ídolo

 

Expuesta la génesis, veamos la naturaleza de esta ideología: ella es “complicada, tiene como tres secciones, Liberalismo económico, Liberalismo político y Liberalismo religioso; y parecería que no son tan malos, y que el Liberalismo económico no tiene nada que ver con la religión, es un sistema económico; pero no es así”[6]. Su aparente “neutralidad” con respecto a la fe es imposible, porque “lo que no puede haber en ninguna parte es Estados prescindentes de la religión (utopía del Liberalismo)”[7].

Consideremos, pues, su base teológica: ella es la idea “de que «el hombre es naturalmente bueno, es la sociedad la que lo hace malo»; por tanto, dando libertad omnímoda a todo hombre (y en lo económico, al comercio y al capital), el hombre se vuelve automáticamente buenito, bueno, más bueno, buenísimo y santo”[8].

Por consiguiente, “niega […] la elevación del hombre al estado sobrenatural, la caída del hombre, y la necesidad de la redención del hombre. Nada menos. Y con eso niega la Reyecía de Cristo”[9], y “propone a la Libertad como su ideal, y como el ideal absoluto de la Humanidad”[10].

Castellani subraya el acierto del filósofo napolitano Benedetto Croce, quien “subtituló su libro de historia del Liberalismo europeo La Religión de la Libertad; y no estuvo mal, al contrario. […] Porque esto tiene de curioso esta religión moderna que trata de que sus adeptos no sepan que es una religión. En eso, pues, Croce estuvo muy bien; y se portó como un verdadero filósofo. […]

“Tenemos, pues, que el Liberalismo es una religión que tiene por objeto de culto a la Libertad; y como es en efecto una religión, tiene todas las fieras características de todas ellas, incluso el odium theologicum. La libertad es una palabra muy hermosa por cierto; pero escrita con mayúscula se convierte en un ídolo. En el curso de los siglos, los hombres han hecho objeto de su culto al sol, a la luna, a los planetas, a hombres inmortales… a la serpiente, al dragón, al león, al águila, al escarabajo; y han llegado en la antigüedad a adorar incluso al cocodrilo; pero estaba reservado a nuestros tiempos la idolatría de una palabra con mayúscula; es decir de un flatus vocis”[11].

En efecto, quienes pregonaban las excelencias de la Libertad y le erigían estatuas se dejaban en el tintero algunas precisiones indispensables para valorar el nuevo credo:

“Monseñor De Andrea[12] ha dicho una vez desde el púlpito que «la Libertad es el bien más grande que Dios ha dado al hombre»; es por tanto el Ideal absoluto de hombres y naciones. Bien se ve que esta definición no nos sirve, porque pivota sobre la palabra «libertad», que es una palabra ambigua, pues si no se le añade para qué, es una palabra sin contenido. […] La libertad no es propiamente un movimiento sino un poder moverse solamente; y en el moverse lo que importa es el hacia dónde; lo que determina el movimiento –dicen los filósofos– y lo hace chico-grande, bueno-malo, tal o cual, es el término dónde; pues todo movimiento tiene dos términos que lo determinan desde y dónde”[13]

“La «libertad» no es un fin en sí misma, es una resultante, o «función», como dicen los matemáticos. Todos la amamos, desde luego, pero la cuestión capital es ver «qué hace cada hombre con su libertad». Los liberales anhelan la libertad como último fin de los hombres y las sociedades, –una libertad ilimitada que no saben definir– a la manera de los presidiarios. El vicioso no es libre aunque lo dejen votar tres veces en cada elección. La libertad del individuo nace de un equilibrio sabio de las fuerzas sociales y políticas, y también de la propia moralidad y autodominio.

“El grado de libertad de que cada uno puede gozar en un momento dado depende de esos componentes, de la función, que son complejos. El hombre en sociedad nunca jamás ha gozado, por definición, de omnímoda libertad. No habría sociedad, ni vida, ni justicia, ni nada”[14].

“Así que anoten esto: que «Libertad» no tiene sentido alguno si no se añade para qué; y sin eso es mejor ni hablar”[15].

“La Libertad liberal, es, pues, una palabra envuelta en una polvadera. […] La polvareda en este caso sirve de «cortina»: no hay ningún ídolo que no ame las cortinas; como vemos en el caso que cuenta San Clemente y después San Agustín del cocodrilo sagrado que adoraban los egipcios, encubierto con riquísimos cortinados. Si al ídolo se le corren las cortinas, se le ven las patas…”[16].

No menos brumosas son las dos palabras mágicas, Igualdad y Fraternidad, acopladas a Libertad y convertidas por los republicanos franceses en divisa nacional. Los romanos pensaban que toda tríada es perfecta, pero cuando el asunto tiene tres bemoles, ya no es tan satisfactorio. Del encomio que Leopoldo Alas (Clarín) hace de la democracia (en el prólogo del libro Ariel del uruguayo José Enrique Rodó), Castellani infiere las dificultades planteadas por los dos últimos términos de la tríada sacrosanta:

“«La democracia es ya un hecho vencedor, es algo definitivo y además, bien entendida, es legítima, es lo que piden el progreso y la justicia; se puede y se debe pues conciliarla con la idea de Carlyle, con la misión providencial del heroísmo impulsando la marcha de la vida. La democracia debe ser: igualdad de condiciones; igualdad de medios para todos, a fin de que la desigualdad que después determina la vida, nazca de la diferencia de las facultades, no del artificio social; de otro modo: la sociedad debe ser igualitaria, pero respetando la obra de la naturaleza que no lo es. Mas no se crea que la desigualdad, que después determinan las diferencias de méritos y energías, supone en los privilegiados por la Naturaleza el goce de ventajas egoístas, no: los superiores tienen cura de almas, y su superioridad […] debe significar sacrificio. Los mejores deben predominar para mejor servir a todos». […]

“Tanto él [Rodó] como Clarín exponen bastante bien el ideal rusoniano de «la democracia bien entendida». Es en el fondo un disparate de gente flaca, aunque bienintencionada.

“«No se puede hacer» –ésa es la brevísima respuesta; y los hechos nos han mostrado que «no se hace»; como a priori se podría predecir. ¿Con qué consigue usted que los «privilegiados por la naturaleza» se conviertan de golpe en «curas de almas», hambrientos de «sacrificio» con el fin de «mejor servir a todos»? ¿Lo ha visto usted en su pueblo? ¿Lo ha visto en todo el mundo una vez sola, y en toda la extensión de la historia? ¿Es usted así por si acaso? ¿Lo fue Rodó? Esa especie de completa santidad, que el Liberalismo llamó «fraternidad», sólo lo puede conseguir la más ardiente fe y caridad de Cristo (que usted combate como ateo y anticlerical); sólo lo puede conseguir la santidad heroica y hasta ahora nunca lo consiguió. Ni en sus épocas de más auge y esplendor, el Evangelio pudo hacer de los «privilegiados por la naturaleza» esos sacerdotes del bien común que usted sueña; salieron algunos tipos buenísimos y otros muy malos, Luis IX de Francia por un lado y Ricardo III por otro. ¡No se puede hacer! Usted ignora la naturaleza humana, ¡incluso la propia! ¡Y la ignora de blandengue que es!

“«¡Hermoso ideal!» Un ideal que es irrealizable no es hermoso… ni feo: es nada. El ideal liberal es el ideal de la isla de Jauja, donde se atan los perros con longaniza y las viñas crecen solas y producen vino ya embotellado, y la uva de mesa en cajones… para los liberales. […]

“Faguet, un liberal más talentudo que éstos dos, pero liberal al fin, escribió: El ideal verdadero del Liberalismo es llegar a la Igualdad. Pero si se da Libertad a los hombres, crece la desigualdad; por tanto, tiene que entrar a tallar la Fraternidad, es decir, esa santidad extraordinaria que ni el Cristianismo logró infundir en todos; un supercristianismo. ¿Cómo se crea ese supercristianismo? Diciendo macanas”[17].

Sin embargo, no pensemos que todos los impulsores de la santidad democrática eran flojos o cretinos, pues una parte de quienes promovían el gran reinicio de la sociedad tenía claro el verdadero fin ocultado por su palabrería filantrópica:

“Querían la Libertad de comercio, o sea la libertad para el Gran Dinero a fin de llegar al poder del Gran Dinero o sea el actual Capitalismo; y para eso querían gobiernos débiles o sea parlamentarios, divisiones de poderes, sufragio universal y todo lo demás; y para eso querían una religión débil, el Deísmo, y después el Cristianismo Liberal y hoy día el Modernismo”[18]. “Toda crítica de la «filosofía» del liberalismo es manca si no se menciona que ella es hermana siamesa de la organización económica capitalista”[19].

Pero ¿entonces el Liberalismo es fundamentalmente una doctrina económica? No, porque el Capitalismo con su libertad de lucro, conduce a la idolatría del Oro, que es una parodia del culto al Dios verdadero; tanto es así que, cuando la sociedad está sometida al yugo del dinero, éste se convierte en un sacramento. Ver sobre esto La Razón Desencarnada[20].

“Me dirán por qué triunfó tanto tiempo el Liberalismo si era malo; les diré que ni triunfó del todo ni al comienzo era malo del todo. […] El Liberalismo en su comienzo tenía algo bueno, pues no hay error tan grande que no tenga algo de verdad, ni herejía que no se base en un dogma cristiano –en la corrupción de un dogma cristiano–. Las tres divisas del Liberalismo: Libertad, Igualdad, Fraternidad, no eran más que las antiguas palabras cristianas: Orden, Jerarquía y Caridad que habían colgado la sotana, como nuestros famosos «curas liberales».

“Lo que había de bueno en el Liberalismo de antaño, de 1820 a 1860, consistía en una especie de ímpetu juvenil contra un montón de cosas que tenían que morir; a saber, el absolutismo de los Reyes, inventado por los Reyes protestantes; el despotismo demasiado cerrado de los Gremios y Corporaciones medievales; y una decadencia en la Religión, que originó en Inglaterra el Deísmo y en Francia el Filosofismo. Así que toda la juventud europea a principios del pasado siglo se conmovía con ese grito de Libertad, y sabía lo que significaba para ellos esa palabra ambigua, que no lo era para ellos; lo que no sabían era lo que estaba detrás. Se sentían apretados, estrechos y cansados y al decir ¡Libertad! decía «queremos salir de esto». Lo que no sabían todos era que detrás de esa dorada y sonrosada libertad del Liberalismo había primero un error, después una ficción y después una herejía; el error de la libertad de comercio, la ficción de la soberanía del pueblo y la herejía de la Religión de la Libertad –opuesta aunque derivada de la Religión de Cristo–”[21].

En su comentario a Apocalipsis 16, 13:

 

“Y vi cómo de la boca del dragón y de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta solían tres espíritus inmundos en figura de ranas”,

 

Castellani sigue a los Santos Padres, que vieron en las Tres Ranas las últimas herejías:

“El texto dice «espíritus», palabra que designa también un movimiento, una ideología o teología, en todas las lenguas.

“Los Doctores nombraron las herejías que tenían ellos ante los ojos, que naturalmente creían las peores posibles; San Agustín: los arrianos, pelagianos y donatistas; Belarmino: Lutero, Zwinglio y Calvino; y así otros. Yo hago lo mismo. […] Son el Liberalismo, el Comunismo y el «Aloguismo» o Modernismo”[22].

Nuestro autor juzga probable que estos tres malos espíritus se fusionen en la religión del Anticristo, que será la idolatría de la Humanidad; pero al respecto hablaremos, si Dios quiere, más adelante; y con esto damos por concluido el primer tomo de la presente obra.

 

[1]  “El orden de un ejército radica más bien en el jefe que en la tropa” (L. C.)
[2]  En 1688; fue el último Rey católico de Inglaterra.
[3]  En su reseña del libro de Belisario Tello El Mito de Leviatán (revista Jauja n° 1, enero de 1967, pp 36-27) Castellani señala que, si bien Hobbes defendió el sistema de gobierno absoluto, las tesis principales de la doctrina política liberal fueron enunciadas por el inglés:
“Si se pregunta a cualquier vulgar quién es el padre del «democratismo» actual, responderá sin vacilar (y sin acertar): Rousseau. El padre es Hobbes. Rousseau a lo más podría decir: «Si es mi hijo o no es mi hijo, yo pagué el bautizo». Claro que el vulgar no lo llama «democratismo», sino «democracia». La democracia y el democratismo se parecen tanto como el pulmón y la pulmonía. […]
“Todos los vértices y aristas del sistema de Rousseau están en Hobbes. A saber: niega el derecho natural, así como había falsificado la natura; crea los mitos rusoanos del Contrato Social, la tiranía de las mayorías, la infalibilidad de la Voluntad General, su traslación a la Asamblea y el Soberano, lo absoluto del poder, la necesidad del Sufragio Universal, la absorción del poder religioso por el Estado… el derecho a la sedición, la inexistencia de leyes o «fueros» para con el Soberano, la irresponsabilidad del ministerio público, la coerción como medio único para crear la obediencia, la absoluta orfandad jurídica del individuo una vez que ha «pactado», el milagro del Poder Absoluto como causa de la Libertad absoluta. La única diferencia: del pesimismo absoluto luterano de Hobbes, Rousseau osciló al optimismo absoluto pelagiano.
“La Iglesia Católica es el peor enemigo del Estado: conclusión común a Hobbes y Rousseau. El último extensísimo capítulo del Leviatán, titulado «The Kingdom of Darkness», es un panfleto integral contra la Iglesia «Papista», sembrado de inexactitudes y calumnias; y una exposición paralela de lo que (para él) era el Anglicanismo verdadero; con un diluvio de citas de la Biblia, interpretadas a su sabor y guisa; por ejemplo, una teoría milenista carnal del cielo y el infierno –el cual no sería eterno, más terminaría con la «Second Death» (Muerte Segunda) de todos los réprobos”.
[4]  Taine, Origines de la France Contemporaine.
[5]  Esencia del Liberalismo, Dictio, Buenos Aires, 1976, pp 139-142.
[6] “Cristo Rey”, en Domingueras Prédicas I, Jauja, Mendoza, 1997, pp 328-329.
[7]  “San Ignacio, Pío Baroja y Hitler”, en Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 240.
[8] “Cristo Rey”, en Domingueras Prédicas I, pp 328-329.
[9] “Cristo Rey”, en Domingueras Prédicas I, p 329.
[10] Esencia del Liberalismo, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 135.
[11]  “La Religión de la Libertad”, en Dinámica Social nº 66, febrero-marzo de 1956, Pluma en Ristre, Libros Libres, Madrid, 2010, pp 38-39.
[12]  Obispo argentino (1877-1960), cuya heterodoxia fue señalada en varias oportunidades por Castellani.
[13] Esencia del Liberalismo, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 135.
[14] “Cuántos liberales han muerto por la libertad” (Diario, 13-X-55).
[15] Esencia del Liberalismo, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 135.
[16] “La Religión de la Libertad”, Dinámica Social nº 66; Pluma en Ristre, Libroslibres, Madrid, 2010, pp 39-40.
[17] Las Parábolas de Cristo, “Los Hijos Diferentes”, Itinerarium, Buenos Aires, 1960, pp 303-305.
[18] Esencia del Liberalismo, Dictio, Buenos Aires, 1976, pp 136-137.
[19]  “Crisis de las Concepciones Liberales”, revista Jauja n° 20, agosto de 1968, p 41.
[20]  perogrulloycia.ar, 26-VIII-2025.
[21]  Esencia del Liberalismo, pp 144-145.
[22]  El Apokalypsis de San Juan, Cuaderno III, 15. Las Siete Redomas, Jus, México, 1967, p 228.