Carta a Ignacio Pirovano[1]
Estimado Ignacio:
Le mando una bibliografía esencial de autores sagrados. Se puede ampliar mucho. He puesto solamente libros que yo poseo (menos uno de ellos) y están a su disposición. Con esto hay para meses ‒y aun años; ‒y es lo fundamental.
Yo me considero del todo inepto e imposible para una empresa de política temporal. Estoy del todo a sus órdenes para hacer lo que mande; pero no veo que pueda servir yo de otra cosa que de mascota y lastre. Me considero inepto, porque mis fines no son temporales. Aunque fuera apto, hay un mandato de San Pablo: “El que milita para Dios no se mezcla en negocios temporales”. Y la política, hoy día, es lo más temporal que se pueda imaginar; está corrompida en un grado extraordinario.
La política pertenece al plano ético ‒que es el plano cuyo signo es la lucha y la victoria ‒y yo estoy en otro plano hace mucho tiempo, y no podría cambiar aunque quisiera.
Con esto no quiero decir que usted no debe tentar la empresa. Al contrario, creo que debe tentar la empresa si puede; y tengo la impresión neta de que puede: que tiene la aptitud de que yo carezco. El hombre capaz que intenta una empresa política honrada gana algo siempre, aunque sea derrotado. Sale de la esfera del “placer” y del “hacer dinero”. (que es la esfera estética) y sube a la esfera ética; es decir, se nobiliza, en una palabra; y huye del mundo de los tamásicos y de los impávidos morales, no menos que del de las filoletras y las nenas.
Yo no hice política en la Alianza ‒puesto que siempre me he considerado inepto‒ pero incité a los muchachos a hacerla; porque la consideraba para ellos un revulsivo útil para su vida moral[2] y una manera de adultez, mucho más eficaz que la Acción Católica. Hice estrictamente el papel de padre espiritual, aunque un puñado de idiotas pusieran el grito en el cielo de que me “metía en política”: como si para hacer cualquier cosa con los hombres no fuera necesario meterse primero entre los hombres. Puede objetárseme que somos “pescadores de hombres” y que los pescadores se quedan en la barca y pescan de arriba. Yo no. Yo quise ser pescador de truchas ‒y algunas pesqué. San Ignacio de Loyola me hubiese aprobado, Jannssens no es San Ignacio ‒ni siquiera un Ignacio Pirovano, a mi parecer.
Usted tiene la idea de que yo fui derrotado. Bien puede ser, por lo menos en el sentido en que usted lo entiende, es decir, en el plano ético. Pero yo no estoy seguro de haber sido derrotado. Me parece como si los ingleses se dieran por derrotados después de Dunkerque. Desde mi punto de vista (el “religioso”) yo tenía que hacer lo que hice aunque perdiese la vida. Estuve cerca de perderla, y no la perdí. Eso solo podría considerarse como una victoria. Pero hay más: “conseguí todos mis objetivos aunque con graves pérdidas” como dicen los comunicados: los tres objetivos que llevé a mi viaje a Roma los conseguí[3].
Pero en fin, todo eso es asunto más bien entre Dios y yo; muy difícil o quizá imposible de explicar.
No me hace absolutamente nada que piensen o me digan que fui derrotado, puesto que pienso que eso solamente lo sabré yo a la hora de la muerte o un rato después. Porque la batalla que libré yo no era mía sino de Cristo (y no ha terminado ni termina nunca) y Cristo solo es el que lleva el “score”.
Mas volviendo a la política temporal, que es también necesaria, todo lo que he dicho es tanto más grave cuanto que existe una teoría de que todos los que hoy día politiqueen honradamente fracasarán. Los que tienen esta teoría son teólogos que creen que está próximo el reinado del Anticristo; y por tanto consideran a todo lo temporal como ya copado por las fuerzas del Mal. Yo no sé si la teoría es verdadera o no; aunque ciertamente la considero posible. Pero aun en este caso, no habría que disuadir a los católicos con capacidad política de su vocación temporal; puesto que la lucha les habría de servir para no hundirse en el pantano; ‒y la (segura) derrota quizá para levantarlos del plano ético al plano religioso, que es el plano de la santidad. Así como el banquero, el editor y el jesuita no pueden hacerse santos hoy día sino a través de un “concurso de acreedores” (como Augusto), así el político argentino no puede llegar al cielo quizás sino a través de la derrota[4]. Eso no quiere decir que hay que buscarla, por supuesto, la derrota por hipótesis nunca se busca: pero han de descontarla como posible.
Esta carta la he escrito para empezar a cumplir desde ya mi oficio de
Mascota y lastre[5]
Leonardo Castellani
[1] 1953.
[2] Es mucho mejor para un muchacho dar trompadas por la calle por la patria que ir a un burdel o a una cancha de fútbol (L. C.)
[3] Es un posible que muchos actuales jesuitas jóvenes me deban su bienestar de mañana. Eso mandó San Pablo: “Alter alterius ónera portate”: llevad unos las cargas de otros (L. C.).
[4] “Pobre Perón en ese caso”. (L. C.)
[5] Que no es lo mismo que lechuza y malagüero. (L. C.)
