Carta al Padre Emilio Ferrari (I)[1]
Buenos Aires, 1° de marzo de 1953
Amado en Cristo P. Ferrari:
Recibí su amable carta del 12, con un obsequio muy oportuno. Sus cartas me hacen bien porque respiran sinceridad. Es verdad lo que me dice sobre la “soledad”. Algunas veces mi sentimiento de soledad y “unicidad” es tan extremado que me parece literalmente estar fuera de este mundo, “tamquam passer in tecto”[2]. Eso es lo que tiene el ser melancólico.
He cortado relaciones con muchos “amigos”, últimamente con dos sacerdotes que se mostraban muy amigables y compasivos, pero cuya compasión estaba mechada de desprecio; y me parece que en el fondo era más egoísmo y orgullo que otra cosa. La compasión sirve únicamente cuando es un identificarse con el sufrimiento ajeno, haciéndolo como propio; de otro modo, lo que hace es humillar al que sufre y agravar su sufrimiento. “Mi herida” que Ud. menciona no sería nada si no fuera yo de temperamento melancólico, supersensitivo, atormentado, sujeto a crisis periódicas de profunda depresión, y con una mala salud persistente, y ya incurable; que para mejor me dice el médico depende del celibato eclesiástico; y puede que sea verdad; aunque para el caso es lo mismo, pues dependa de lo que dependa, ni ya tiene remedio, ni a mí me importa. Dice Santa Teresa en alguna parte que cuando se juntan tormentos interiores, persecución exterior y mala salud corporal forman una combinación casi intolerable ‒que sería intolerable del todo si fuera continua, como por suerte no lo es en mí. Esa combinación la conozco desde hace muchos años; y mis compañeros de Orden y Superiores no supieron conocerla en mí. Porque, a pesar de todo, parezco exteriormente del todo parejo; y todo mi ideal es parecer y ser del todo común[3]. San Pablo dijo que llevaba un aguijón en su carne; y todo el arte está en que el aguijón no se vea, y que la gente ni siquiera lo sospeche; y aunque uno lo revele, no lo crea. Hay que echarse encima con todo coraje el disfraz de lo común y aun en algunos casos, el disfraz del delincuente y del facineroso, que también Cristo llevó. Lo triste del caso es que yo aparezca delincuente facineroso a los ojos del Cardenal…, del “ádmodum”[4] R. P. …, del P. … y (a través de ellos) del mismo Papa; que deberían tener ojos más abiertos que el mundo para las cosas espirituales. Pero, en fin, ése es el caso; y hay que saber notar que el disfraz de “facineroso” nunca es del todo disfraz en cualquier hombre que no sea Cristo. “Et cum sceleratis reputatus sum”[5].
Como lo sé espiritual y discreto, no vacilo en enviarle la copia de la carta salvajemente terminante que mandé a uno de los dos sacerdotes que le digo, a propósito de un “petitorio” que querían hacer al Nuncio y a la Cámara de Diputados (!) para que me dieran permiso de decir Misa; empleando también los medios de coacción monetarios (simoníacos) con el Cardenal, por medio de los … (!)
Al fin y al cabo, a algún sacerdote debo abrir mi alma, para no incurrir en el peligro del “vae soli”[6]; y aquí en Buenos Aires no encuentro con quién hacerlo. Todos andan muy atareados… o muy ociosos.
Reiterándole mi reconocimiento, ruégole siga encomendándome a Dios y que Él se lo pague.
Suyo en Xto Jesús
L. Castellani
[1] Tiraboschi, Victorio, Leonardo Castellani – 24 Cartas, Córdoba, abril de 1999, edición particular, pp 24-25.
[2] “Sicut passer solitarius in tecto”: como el ave solitaria sobre el tejado (Ps. 101, 8).
[3] El poeta y filósofo danés Soeren Kierkegaard decía que el hombre de verdad extraordinario era aquél que sin ser ordinario conseguía aparecer ordinario. Lo cual, puesto en verso, dice así:
No ser común y parecer común ‒ Es oro sobre plata, engaste fino ‒ Eso es ser buen jinete y como un ‒ Gauchito Martín Oro y Argentino ‒ El hombre extraordinario de endeveras ‒ Es aquél que más puede ordinariarse ‒ Por las aceras y por las afueras ‒ Es hombre verdaderamente extraordinario ‒ Aquél que más puede tornarse ‒ Por defuera ordinario ‒ Guardando sus banderas ‒ Por dentro de corsario ‒ Con singularidad de solitario ‒ En la librea de estas termiteras.
Esto nos parece que se aplica solamente a lo extraordinario en el plano religioso; y aun allí, hay que entenderlo… (Castellani, El Evangelio de Jesucristo, Theoría, Buenos Aires, 1963, Domingo Tercero después de Epifanía, nota 1, p 119).
[4] Ciertamente, completamente.
[5] Fui contado entre los malhechores.
[6] ¡Ay del solo! (Eclesiastés 4, 10).
