Despedida de Mis Maestritas

Despedida de Mis Maestritas[1]

He sido mal elegido para esta solemne circunstancia, si se tratara de una despedida personal mía; porque soy explosivo para las despedidas, y así en mi vida me he despedido muchas veces a la francesa, incluso cuando me despedí de mi finada madre para ir al convento; y cuando despedí a mi madre de esta vida, me fue excesiva y peligrosamente doloroso. Pero no se trata de una despedida personal, sino de decir estas palabras de recuerdo y buen augurio en nombre de la Escuela, de la dignísima Directora de la Escuela y del personal de la Escuela; es decir que se trata de un acto no personal sino “transubjetivo”, no de la “interioridad conciencial” sino de la “voluntariedad colectiva”; y siendo así, a falta de la Señorita Postiglione, puedo pasar.

Conocí a un predicador que decía: “Lo voy a decir en griego para que se entienda mejor”. Por ejemplo, decía: “«Un poco me veréis y después de un poco ya no me veréis», exclamó Cristo. Pero la traducción de la Vulgata, como veis, es bastante ambigua, por lo cual lo diremos en griego para que se entienda mejor: «Μικρὸν καὶ οὐκέτι θεωρεῖτέ με, καὶ πάλιν μικρὸν καὶ ὄψεσθέ με» [Jn. 16, 16]”. De la misma manera, para que entiendan mejor las alumnas “estructuraremos” esta despedida que no es despedida en términos metafísicos, según el estilo de la maestra Merples.

“¡Oh causas instrumentales de la Sabiduría!

“Que el Motor Inmóvil y la Primer Causa, Principio que influye su ser en otro, infunda en vuestro interior su virtualidad mediata dirigiendo vuestro Devenir directamente hacia la Causa Final Última, sin apegarse a las causas segundas, impulsado por la causa eficiente sobre las dos ruedas de la causa material y formal en perfecta causalidad recíproca; y que la horrible negación del Bien debido, o sea la Privación física o moral, no penetre por un resquicio ni siquiera en las formas a priori de vuestro pensamiento empírico”.

Ahora viene lo bueno. Porque sabéis muy bien que somos Nada, como temió una tarde en el Jardín la maestra Coquita Sosa; y la Nada es esa brecha del Ser, esa caída del En-sí hacia el Sí-mismo, por donde se constituye el Para-sí. Y sin duda, ella viene al Ser de por otro, de por un Ser singular, que es la Realidad Humana. Pero este Ser se constituye en Realidad Humana en tanto que no es sino el proyecto original de su misma Nada. La Realidad Humana es el Ser en tanto que en su ser y para su ser es el fundamento único de la Nada en el seno del Ser.

Esto es algo evidente: porque si la Nada no fuese el proyecto de la Realidad Humana proyectada en el Para-sí, el En-sí asesinaría a la Nada en cuanto es Ser y la resucitaría en cuanto es proyecto de Ser; de donde el Ser y la Nada vendrían a fundirse en el En-sí (que en este concreto caso es la pipa que tengo en el bolsillo), y lo haría estallar como una bomba. Lo cual no puede ser. Que es lo que se quería demostrar.

Fuera de bromas, es verdad que sois vosotras en este momento un “proyecto” de Realidad Humana, ‒como dice el farsante de Juan Pablo Sartre, escritor francés del que oiréis hablar mucho, por desgracia, cuando andéis por esos mundos. Salís en estos momentos a hacer el descubrimiento de la Vida con mayúscula, acabado felizmente un tramo de vuestra vida con minúscula, y zarpáis en busca de vuestro destino. Porque el Destino existe ‒o sea el Hado, o sea el Sino, o sea la Suerte, o sea la Fortuna. Y por eso en estos momentos de alegría, existe en el corazón de los adultos que os despiden un tembloroso interrogante.

El Destino existe y Dios existe; pero nos es mucho más fácil percibir al Destino que percibir a Dios. El Destino no es otra cosa que la Providencia a las presas con la voluntad humana. ¿Por qué pues no llamarla simplemente Providencia? Porque Providencia es una palabra manoseada, que se ha “antropomorfizado”, como diría la maestra Martha Quinteros, ha padecido el “antropomorfismo”, y se ha convertido en una cosa demasiado humana a la cual pedimos incluso que aparezca la pluma fuente y que no se nos muera el canario. Es una tía vieja y bonachona, que está allí para molestarla. Pero el Destino tiene nombre masculino y tiene maneras sumamente duras. Dios es transcendente al hombre. La Providencia es incomprensible.

Recuerdo en estos momentos nuestra despedida de bachilleres del Colegio de la Inmaculada de Santa Fe… El contacto con toda esta vida joven me hace revivir mi vida y recordar vivamente el momento en que otra generación zarpaba hace treinta años en busca de su destino. No diré que las alumnas de Sexto Año me han devuelto mi juventud, pero me han habituado a revivir mi juventud. En verdad os digo que me han educado muchísimo más las alumnas de lo que yo las he educado a ellas: suscitando en mí una cosa sacra que se llama amor paterno y vertiendo bálsamo en ciertas heridas incicatrizables, abiertas en mí por mi destino; porque el corazón de las salteñas es aún más salutífero que el clima de Salta. Sin mis alumnas yo creo que sería capaz de ser hasta sucio, y abandonado. Por mis alumnas voy a acometer en vacaciones la empresa casi milagrosa de poner en orden todos mis libros y papeles y pegar todos los botones de mis camisas. Declaro altamente que no me han dado en todo el año el menor disgusto, excepto el disgusto de resistir a las tentaciones de decir piropos.

Así pues, un día como este, salíamos de Santa Fe sesenta muchachos, cargados de baúles, de diplomas, de premios y de ilusiones al descubrimiento de nuestro Destino; a empezar desde el principio la experiencia de la vida que han realizado ya infinitas generaciones ‒sin que esta experiencia nos sirviera para nada a nosotros. Porque ‒¡sabed esto!‒ cada generación empieza de nuevo.

Así pues, teníamos en que instante más o menos los mismos sentimientos que tenéis vosotras que se puede expresar con los siguientes versos:

Yo veo y oigo a veces entre aquellos cendales

Que ocultaba el paisaje de mis antiguos días

Voces de amigos muertos que allá en las lejanías

Llevan las palmas de oro de sus vidas triunfales.

Yo veo entre las nieblas de luz de las distancias

Tan breves y remotas, los días apacibles

En que bajo las naves como alas invisibles

Subían de los coros las graves resonancias.

Y veo un atavío ritual de lirios blancos

Y allá, cuando en los claustros un sol dorado brilla,

Voy con ellos en fila, penetro en la capilla,

Y bajo un viejo porche me persigno en silencio.

Y luego el buen maestro que platica a la hueste

Junto a aquellos altares trocados en jardines

Y el arco iluminado de los viejos violines

Que el ámbito llenaba de música celeste.

Y el rumor de las clases que una colmena puebla

Pueriles y solemnes lances de cetrería,

Y el otro compañero que una tarde con niebla

Tosiendo y para siempre se fue a la enermería.

¿Oh, dónde estáis borrosos perfiles de medalla

Que fue gastando el tiempo como si fuera el uso?

¿Y aquéllos cuya vida fue un poema inconcluso

Roto vaso de aromas, cuerda de oro que estalla?

Y bien, estimadas maestras, veinticinco años más tarde nos reuníamos de nuevo en el mismo viejo Colegio para celebrar las bodas de plata de los bachilleres del 17. Habíamos caminado en el descubrimiento de la vida, aunque para algunos, si no para todos, ella continuaba todavía siendo un enigma, quizá mayor que antes. El Destino manda, el Destino es duro, el Destino es oscuro. La muerte había ya mermado nuestras filas, y seis u ocho habían sido ya segados por su guadaña, y otros tantos estaban ocultos ya para siempre por el fracaso, esa otra especie de muerte social. Los que quedábamos nos sentíamos otros, bastante diferentes y bastante distantes unos de otros; las opiniones políticas, las convicciones religiosas, la diversa situación social y las diversas experiencias vitales, nos habían complicado y endurecido, separándonos con fuerza. Conservábamos los restos y las formas de la antigua camaradería, la cual no conviene nunca romper aun cuando la amistad del adulto haya ido por otros caminos; pero ya éramos diferentes y lejanos. Sin embargo, en esa adulta diferencia una cosa teníamos ya todos de común: teníamos una carga cada uno, una carga secreta e incomunicable y teníamos la experiencia de la soledad. Pero sobre esa experiencia y sobre esa carga, era posible reanudar y edificar de nuevo una mejor y más profunda amistad.

Cada generación empieza de nuevo. Cada generación y cada alma humana se posesiona de nuevo de esa impulsión interior inevitable que es su Destino y traba desde el principio la eterna experiencia del Amor, del Dolor y de la Muerte; la experiencia incomunicable de la responsabilidad personal y de la libertad humana. No penséis que el Progreso Continuo, de que tan orgullosa está nuestra época, se aplica al alma del hombre: se aplica solamente a la ciencia empírica, a la técnica, al confort y a las máquinas. Cada generación retoma desde el comienzo el camino que han andado las otras para recorrer todos los tramos y acabar más o menos en los mismos límites, en el linde de las posibilidades del limitado pensamiento humano. Una niña que viene a contar alborozada a su tío su primer amor, me cuenta una cosa tan vieja como el mundo, que es sin embargo para ella una novedad absoluta. No creas, por lo tanto, ¡oh niña! que serás llevada hasta la tumba por una anciana mano más sabia que la tuya, por mucho que sea el amor que este anciano te tenga. ¡Pobre alma!

Pues la filosofía y sus razones

Calmar intentan tu ansiedad en vano

Y el que dan los amigos corazones

Es consuelo fugaz; al fin, humano…

Irás cieguita y dando tropezones,

Sin que nadie te lleve de la mano.

Ustedes dirán que esto se está poniendo muy triste. Un momento. Hemos comenzado por el Destino para acabar en la Providencia. Esto es buena metafísica.

Según todos los sabios que entienden de eso, desde Belloc a Burnham, y desde Spengler al querido Thierry Maulnier, el de la “causalidad recíproca”, vivimos nosotros una de las épocas más podridas que hubo desde que el mundo es mundo. Y la razón es que el mundo es Mundo, es El Mundo, como lo llamó Jesucristo. Pero la cuestión es que vivimos en esta época y no podemos vivir en otra. Y la otra cuestión más importante es que vivimos, que tenemos vida y también que somos los hijos de la Vida. Aunque el corazón paterno se encoja al ver salir de aquí para volar sobre las tormentas de la vida a todas estas mariposas blancas, que en la calle sin el guardapolvo se convierten den arrogantes damitas, ‒aunque el adulto tiemble, es menester que no se arredre, porque no somos nosotros los que salvamos a los hombres, porque hay otro corazón paterno, de quien toda Paternidad desciende carnal y espiritual, el cual está por encima de todas las épocas, por podridas que sean, y por encima del Destino, que no es más que su ciego instrumento.

Cien mil civiles sin contar los soldados han muerto ya en la guerra de Corea, y veinticinco mil soldados norteamericanos; menos mal que todavía no ha muerto ningún soldado argentino. Pero es no es el peor síntoma del mundo actual; es peor todavía la amenaza de una Guerra de Continentes, y peor aún la apostasía de la fe cristiana en millones de hombres en las regiones que otrora la fe cristiana construyó y vivificó, es decir, en Europa y América; y peor aún el enfriamiento de la caridad en la mayoría de los hombres, a causa de que ha sobreabundado la injusticia; y peor todavía el fariseísmo que se ha introducido en la religión, incluso en la Religión Verdadera, y la Última Herejía que comienza a apuntar como el resplandor rojizo de una erupción volcánica, la herejía más abominable que han visto los siglos, que consiste en la adoración del Hombre y de la obra de sus manos bajo conceptos y apariencias de religiosidad. ¡No importa! ¡Ariba los corazones! Detrás del sol nublado brilla siempre el sol. Cuanto más se carga la tormenta, más se acerca la Segunda Venida de Cristo, que es nuestra salvación y nuestro gozo para siempre. ¡Ven, Señor Jesús!

No habrá guerra hasta 1963, según dice un profeta amigo mío: se basa en un simple cálculo de Estado Mayor, en el tiempo necesario para abastecerse los Dos Monstruos rivales de lo necesario a la guerra total, principalmente de soldados engrupidos y de petróleo para los aviones; y puede ser que no haya guerra hasta 1993: ¿qué sabemos?

En todo caso en Salta estamos a salvo de la bomba atómica, y tenemos para refugiarnos los valles calchaquíes, donde nos moriremos de hambre tal vez, pero es mejor que morir quemados. Está predicha en las antiguas profecías, una gran Guerra de Continentes, en la cual pelearán doscientos millones de hombres y perecerá la tercera parte de la humanidad, y lo que es peor, “los hombres no harán arrepentimiento y tornarán en sus maldades y abominaciones”; por lo cual será seguida ella por el breve y terrible reinado del Anticristo. Pero no importa, porque Cristo Nuestro Señor, después de haber hecho estas pavorosas predicciones (que yo me excuso de traer aquí en un día de ternura y alegría) nos exhorta a alegrarnos y no a aterrarnos, “porque vuestra salvación está cerca”; de manera que, aunque fuéramos nosotros los escogidos para esas últimas luchas y esa agonía del mundo (cosa que n sabemos ni podemos saber), debemos mantener el corazón firme alentado y alegre en las manos de la Omnipotencia que nos ha creado y redimido.

De manera que dejando el Apocalipsis (que no traigo aquí por gusto de asustar, sino porque lo encontraréis por todas partes desde mañana en el mundo que debéis afrontar desde hoy) y vayamos a la ternura y a la alegría del asunto y hagamos por fin la verdadera despedida.

Habéis sido buenas alumnas; quizá más que ordinariamente buenas; esto se oye por todo, tanto en las regiones de la sala de profesores como en las piadosas comarcas de la Acción Católica. Habéis estudiado con bastante perseverancia y éxito, aun las materias que parecen aburridas e inútiles, y a lo mejor lo son; yo al revivir mis días de bachiller me digo contra el desánimo que a veces invade ante los reglamentos y los programas que “no era mejor al fin y al cabo mi Colegio, con la fama que tiene, que esta Escuela, donde reina orden y espíritu de hogar”. Habéis merecido la estima de vuestros maestros y superior y el respeto de la Ciudad de Salta y hasta del Ministerio, y vuestra buena fama se extiende hoy por dos continentes, a lo menos por mis cartas, que escribo unas 365 por año y en todas ellas digo: “Las alumnas de Salta son agradecidas y bien educadas; y los días en que no están nerviosas, son hasta encantadoras”.

Así pues, en nombre de todos nosotros y de Dios mismo me atrevo a decir que descienda la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sobre vuestra vida futura; que tengáis tanto éxito en todas vuestras empresas como los negocios de la maestra Clara Outes; tanta tranquilidad y reposo en vuestra vida como las lecciones de la maestra Fanny Lola; y tanta suerte para eludir catástrofes y pruebas escritas como la maestra Odirizio. Así sea.

[1]  Salta, fin de curso de 1950.