El Desastre de la Guerra

El Desastre de la Guerra[1]

Así como la neurastenia no es una enfermedad, es una calamidad, así la guerra no es una desgracia, es un desastre. “La guerra no trae de suyo ningún bien” –nos decía el Arzobispo Siri. Génova está cicatrizando rápidamente; pero aun así dan horror las heridas. Cincuenta bombardeos, sin bastante artillería antiaérea ni refugios.

Los edificios no sería nada: queda la pobreza de la vida y el dolor de los ánimos. De la mañana a la noche no hay nada que no recuerde que estamos en la “posguerra”: desde la luz eléctrica, que cortan por ahorro dos días a la semana, hasta los sucios billetitos de una lira (un centavo argentino) que se le deshacen a uno en las manos pero nadie tira. La guerra ha traído estos bienes: el ahorro, el sentido de la caducidad de las cosas humanas, y (cosa poco argentina) la “desvergüenza” de mostrarse pobre.

No es verdad que en Italia haya propiamente miseria; ni que falten cosas vitales, ni que haya guerra civil ni bandolerismo ni hambre corrida. Exageraciones. A mí me hicieron traer una provisión de jabón “La Foja” y hojitas “Gillette”, que aquí cuestan menos que allá. La verdad es que hay de todo, pero es caro; ni más ni menos que en la Argentina. La diferencia está en que los italianos ahora, en una gran parte, ganan escasamente para vivir. Por ejemplo, los que pueden comprarse ahora un traje nuevo serán el 5 o 10%. Pero, cambiando bien la lira, un argentino puede vivir aquí muy bien y muy barato, y hasta hacer algunas pichinchas.

Por amor a la bienandanza prometida por Cristo a los pobres, yo me propuse aquí vivir como mis hermanos, los cuales viven como el pueblo pobre italiano; y hasta ahora me va bien y estoy hasta más gordo. Como pasta, pan y vino, con algún pedazo de carne o pescado los Domingos. No fumo. Un vaso de vino en vez de té. Tranvía y mucha pata en vez de taxi. Comprar solamente lo necesario. Nada de peluquería. Diarios, revistas y novelas, de prestado. Libros, a las Bibliotecas. Café sin azúcar. Espectáculos gratis que da el Buen Dios con el sol, la luna, y la comedia de la vida.

Pero esto lo hago porque se me antoja. Si quisiera podría vivir aquí como el P. Benítez[2], como Don Lautaro Durañona[3] y aun como Don Hortensio Quijano[4]; teniendo la plata, se entiende.

Si los argentinos ahorráramos la mitad de como lo hacen ahora los genoveses, todos seríamos ricos. Pero no son miserables en nada, y con buena ocasión y motivo, son generosos: la prueba está que hasta las iglesias se reconstruyen rápidamente. Ayer vi con “Don Silva”, como lo llaman aquí, la Iglesia de los Salesianos de Pier D’Arena: lo que queda de la iglesia. Una bomba dio en mitad del transepto y la iglesia entera se fue a las nubes. Eso no es nada comparado con las bombas caídas en alguno de esos inmensos cubos macizos que aquí llaman “palazzi” y constituyen la habitación popular –es una especie de rascacielos truncos o digamos mejor “rascatierra”–, hormigueros humanos. Centenares de personas al otro mundo. Pero eso no es nada, comparado con los bombardeos de Hamburgo, ciudad de la cual queda hoy una vigésima parte: un solo bombardeo nocturno mató 250.000 personas. Yo no estuve, pero mi amigo Brunel, el cónsul argentino, estuvo. Pero yo he visto los efectos de toneladas de trilita en una iglesia, en un “palazzo” y en un puente de hormigón armado, una galería debajo de la cual pasa un tranvía, que era refugio entonces. Una bomba rozó el borde del techo, de hormigón 20 pulgadas: hizo harina el hormigón y a los fierros del “alma” los agarró, los peló, los retorció, los entretejió y los dejó convertidos en un ovillo o enredo, como si fuesen de cera. En la guerra antigua el hombre se rebajaba a veces al nivel de la bestia. En la guerra moderna el superhombre se levanta al nivel del diablo. Desengáñense, a Génova pudo haberle ido peor.

Al retirarse los alemanes enfurecidos se habían propuesto resistir en Génova y los ingleses amenazaron con hacer saltar el puerto ya minado y bombardear a la población; el bombardeo de terrorismo ya era ley de guerra. El Arzobispo Cardenal Boetto consiguió reunir en su palacio a los jefes enemigos y persuadir al General Meinong, prusiano y protestante, que rindiese las armas, evitando una masacre inútil. Génova ha puesto en la tumba del Cardenal jesuita esta inscripción: “Defensor Civitatis”.

[1]  Tribuna, primer trimestre de 1947.

[2]  Confesor de Evita; ocupó cargos importantes durante el Gobierno de Perón, y luego tuvo gran influjo en la guerrilla.

[3]  Director de Cabildo y luego de Tribuna.

[4]  Vicepresidente de Perón.