El Mal Menor[1]
Un religioso español que ocupa un alto cargo y pasó por la Argentina hace un año, me decía: “Los españoles nos hemos cansado de elegir el mal menor. El mal menor es un mal. Nosotros queremos elegir el bien”. En efecto, un gobierno que obliga a sus súbditos a elegir entre dos males[2], es un pésimo gobierno: su deber es conseguir el bien, el bien común. Eso de parte de un gobierno es mucho más que una trampa, es una extorsión; porque los dos males nos son impuestos voluntariamente, por libre decisión; y no como consecuencia de circunstancias externas forzosas, como sería por ejemplo una guerra.
El principio moral de que es lícito elegir un mal menor vale en determinados casos, por ejemplo, el de la “legítima defensa”, “servato moderamine inculpatae tutelae”[3]. No vale en todos. En el caso de conciencia propuesto por el film “El Mar no Perdona”, por ejemplo, el capitán del bote salvavidas que da muerte directamente a algunos de los náufragos para salvar al resto, procede inmoralmente.
En el caso de error, no se puede elegir el “menor error”. ¿Cuál es el menor error? ¿Por ventura el error mezclado con verdades? Ésos suelen ser los más perniciosos…El liberalismo es un error. ¿Puedo elegir el liberalismo para alejar al comunismo? No. Debo rechazarlos ambos. El error es el mal más grande del hombre. El liberalismo es pecado, escribió Sardá y Salvany, un librito muy útil para la Argentina que habría que proponerle a Emecé.
Si hay una discusión entre siete hombres, uno de los cuales dice que dos más dos son cuatro, otros tres dicen que dos más dos son cinco, y los tres restantes que dos y dos son cuatrocientos, ¿deberá el primero ponerse de parte de los del cinco porque es un error menor? Aquí en la Argentina muchísimos se pondrían de inmediato, sobre todo si les dan a ellos cinco por cada dos y dos.
La parábola no es tan idiota como parece, porque de hecho el liberalismo ha sometido muchas veces al sufragio universal cosas que son de derecho natural; es decir, simplemente “verdades”; en lo cual la mayoría no tiene autoridad maldita. Un solo hombre que tiene la verdad es más mayoría que 50.000 hombres que estuviesen en el error. Lo saben los héroes y los mártires. San Atanasio fue condenado en tales y tales Concilios por tales o cuales crímenes, la mayoría de los Obispos estaban de acuerdo, el Papa se callaba la boca; mas él decía tenazmente: “No es verdad”. Él era la mayoría; o por lo menos ahora lo es.
Cuando el nacionalismo argentino votó a Perón, Perón aparecía como un bien; y a osadas lo era, dado lo poco que puede conocer la multitud al hombre al cual vota en el sistema nuestro. Los Obispos también prácticamente recomendaron votar por él. Los “teóricos” actuales del “mal menor” no aciertan.
Ayudar a huir a un delincuente en lugar de someterlo a proceso, oír su defensa y castigarlo si el delito se prueba, eso es un desafuero tremendo a la Justicia y a la Moral y al Derecho. El delincuente tiene derecho a ser castigado, porque sólo el castigo puede reintegrarlo al orden ‒enseñó Platón. Esos paganos antiguos tenían más moral que muchos católicos de ahora; de los cuales yo soy el párroco ¡ay de mí! porque me veo forzado a decirles las verdades que el propio párroco a lo mejor calla. ¿Le dijo el párroco a Atilio Dell´Oro que por restablecer la ley 1420 quedaba excomulgado? Tememos que no.
El rojillo español anónimo que escribe en La Razón “El Pulso de Este Mundo” reprende gravemente a un Cardenal (25-I-58) que discute con un Ministro ¡en Roma! acerca de “la manera de evitar el comunismo”, y lo manda que se encierre en la sacristía. ¡Eso quisiera él! El Cardenal define simplemente un punto moral, que es lo que corresponde a su oficio. El rojillo español hace mucho que ha perdido el pulso; y quiere definir, el cuitado, el pulso de este mundo.
El nacionalista para serlo debe estar situado en el plano moral. ¿Qué es el nacionalismo, pues, si no es una reacción ética contra la desintegración demagógica, las utopías y los engaños del liberalismo? El nacionalista debe vivir el plano ético o el plano religioso; el liberal puede hablar en el plano estético. En ese plano, en el plan de la política pura (o impura), de las “tácticas”, de las “combinaciones”, del mal menor, de los maquiavelismos baratos y de las mentiras estratégicas, el nacionalista se encuentra en posición mucho más débil que sus adversarios, y es el más infeliz de todos los hombres, porque no tendrá éxito ni en este mundo ni en el otro.
El liberalismo es un error: es una utopía irrealizable basada en un error teológico. Eso, cuando es sincero, como lo fue en algunos grandes hombres del siglo pasado; que lo que es esta “democrassia” que nos sirven ahora, eso es simplemente mentira.
La más triste de las mentiras, la mentira que ya no engaña a nadie.
[1] Azul y Blanco, n° 86, febrero de 1958.
[2] Balbín y Frondizi, candidatos a la Presidencia en las elecciones del 23-II-1958.
[3] Conservada la moderación de la legítima defensa.
