El Soldado y las Mujeres

El Soldado y las Mujeres[1]

Versión taquigráfica de la conferencia pronunciada por el Rvdo. P. Leonardo Castellani (S.J.) en el salón de actos de la Escuela Superior Técnica del Ejército el día 31 de julio próximo pasado.

Señores jefes y oficiales, señores:

He aceptado el honor de dirigirles la palabra casi temerariamente por aquella razón general de que el sacerdote debe hablar en donde quiera que lo inviten, como recomendaba el Obispo de Málaga al famoso Arcipreste de Huelva. De todos soy deudor. El hecho de haber recibido la verdad de Jesucristo, nos obliga hacia todos, y el oficio de decirla es el principal y podría decir, nuestro único oficio.

Después de expresar mi agradecimiento a los excelentes amigos vuestros dignos jefes Cnel. Sauri y Tte. Cnel. A. Laciar, voy a hablar del soldado y las mujeres. El soldado es mi padre San Ignacio de Loyola, soldado antes de su conversión, y toda la vida hombre de guerra, el último caballero andante, que una tradición vulgar pinta como enemigo de las mujeres. La tradición es falsa, aunque contiene un elemento de verdad que voy a desentrañar delante de Ustedes, pidiendo a Dios nos sirva de provecho.

Apoyado en esta anécdota, nos levantaremos a la consideración de un punto importante, que es la ruptura del orden romano, sobre todo en lo que se refiere a la milicia.

San Ignacio como místico amaba a las mujeres y San Ignacio como fundador, las temía y las apartó cuidadosamente de su orden.

Ésta es una verdad que he descubierto hace poco. El hombre cuya vocación es enseñar y aprender goza con la última verdad que ha descubierto y goza hablando de ella a todos. Hay una tradición doméstica en mi orden de que San Ignacio aborrecía a las mujeres. Esa tradición es falsa y yo me acabo de libertar de ella. Una de las tareas más serias del argentino actual es libertarse de las falsas tradiciones y abrazarse con la tradición verdadera, revisar la “Historia Oficial”, como dijo muy bien D. Carlos Ibarguren. Hay tradiciones falsas. Tradición no es cualquier cosa que nos dejan nuestros padres. Llámase “tradición” la transmisión vital en el seno de una familia o cuerpo moral de cosas fundamentales para esa familia o cuerpo. Así, por ejemplo, en la Iglesia la Tradición junto con la Biblia constituyen las dos fuentes del conocimiento de Dios, y no la Biblia sola como falsificaron los Protestantes.  Grabemos en nuestras cabezas para siempre que existen tradiciones falsas. Acordaos de esto: un hombre hereda de su padre una casa y una tuberculosis: la casa es tradición, la tuberculosis no es tradición. Acordaos de esto cuando leáis en el diario La Prensa referencias a la gran tradición liberal argentina… si es que vosotros leéis La Prensa. Yo no la leo.

La falsa tradición de la misoginia de San Ignacio tiene cierto fundamento. Iñigo López de Recalde, señor de Loyola, fue un místico y un fundador. Como místico dejó los Ejercicios Espirituales, y como fundador Las Constituciones de la Compañía de Jesús, dos libros que han salvado más almas que letras tienen, dos libros secretos, hechos más para practicar que para leer, comparables a un reglamento de caballería o al montón de papeles técnicos y cifrados que constituyen los planes de un Estado Mayor.

Pues bien, como místico Ignacio de Loyola amó a las mujeres, que son figuras del Espíritu Santo: tuvo una devoción ferviente toda la vida a la Virgen María, que eligió “señora de sus pensamientos” en el Monasterio de Montserrat cuando se mezclaban en su alma herida por la gracia, el naciente amor de Dios con los ideales y las imágenes de la caballería, entonces moribunda, de la cual él fue el último representante real en Europa. Pero la Caballería no ha muerto como ideal de vida; al contrario, la caballería es como la santidad del militar y es hoy día lo único que puede salvar de su corrupción a los ejércitos del mundo.

Como fundador, San Ignacio fue llamado por Dios para estructurar una orden religiosa de tipo militar. Había estallado en Europa la sublevación religiosa más grande de la historia, que se prolonga hasta nuestros días, y después de la cual podemos decir que no habrá otra, porque la última herejía que se está formando actualmente delante de nuestros ojos, teológicamente hablando, se puede decir que no es más que el efecto, la descomposición y la última etapa del Protestantismo. La Providencia de Dios que provee a su Iglesia de los instrumentos necesarios en cada momento de su vida, había herido en Pamplona, herido en el cuerpo y en el alma, a un capitán vasco destinado a crear un nuevo cuerpo de la Iglesia militante, un cuerpo de caballería ligera, como él mismo dice. No bastaban ya los monjes que eran plácidos y caritativos agricultores como los Benedictinos, ni los líricos vagabundos mendicantes, casados con la santa pobreza, que fundó el “Pobrecito de Asís”, ni los canónigos regulares dedicados al estudio y la predicación, de Santo Domingo de Guzmán. Era necesario un nuevo cuerpo de hombres que amalgamara todas esas características monásticas con la disciplina necesaria en tiempos de guerra. Esa sociedad nació y fue el principal instrumento de la Iglesia para lo que llaman “la Contra Reforma”.

Las cualidades de vasco, caballero y soldado, que reunía el fundador, fueron el fundente que hizo posible la amalgama de los elementos monásticos y militares. Claro que lo principal del caso fue que San Ignacio era santo; pero al ser vasco, caballero y soldado, lo que creó tenía raza, tenía la reciedumbre vasca, y sobre todo, era esencialmente militar. Su cualidad militar le dio, después de Dios, el éxito que obtuvo. La idea contenía un elemento tan novedoso que es fácil comprender por qué corrió el riesgo de ser rechazado por la autoridad. Era el ideal de una sociedad religiosa más que de una orden, en la que el oficio divino no se rezaría en coro, en que el gobierno sería monárquico y en que la obediencia sería absoluta y estricta.

Esta absoluta obediencia debía de ser de carácter esencialmente militar y por tanto estrictamente monárquico y jerárquico. Las unidades de las fuerzas combatientes existen para los propósitos de todo el organismo; y los que hoy día son fáciles en criticar una disciplina de este tipo, parecen olvidar que ésta ha sido la necesidad fundamental de toda fuerza guerrera eficaz desde que el hombre empuñó las armas. Por ser católico, una sola excepción existía en esta consigna de completa disciplina, a saber, el derecho a negarse a lo que fuera claramente pecado o absurdo.

¿Qué éxito tuvo ese instrumento? Exteriormente no consiguió conservar ese espléndido edificio cultural que llamamos “la Cristiandad Europea”, el cual se rompió y fragmentó en dos partes; pero consiguió conservar una parte. Interiormente esos soldados de Cristo, consiguieron el éxito infalible prometido a sus soldados por Cristo, a saber, salvar almas en cuanto es posible, y cuando menos, salvar el alma propia. Los que hablan del fracaso de los jesuitas en lo que intentaron y hoy intentan, como J. R. Green y A. Huxley, no comprenden la naturaleza de su intento ni conocen la fe. No advierten que algo planeado para afrontar las más difíciles situaciones, un instrumento lanzado contra los puestos de mayor peligro y menores albures, debe medirse por lo que ha alcanzado y no por lo que es inalcanzable. Por ejemplo, fueron los jesuitas quienes intentaron con particular heroísmo la hazaña de reconquistar Inglaterra, hazaña que había tornado casi imposible el gobierno hábil, despótico y altamente organizado de Cecil, con todos los recursos tremendos de un estado moderno, incluso la propaganda, y, además, el recurso inhumano de la tortura y la muerte. Los jesuitas con todos los martirios que sufrieron y su casi sobrehumana constancia, no salvaron Inglaterra como salvaron a Baviera y Polonia. Pero ¿quiénes fuera de ellos realizaron algo parecido a ese esfuerzo con tamañas desventajas? El arrojarse contra ese muro de piedra del P. Parson, del P. Campion y del P. Southwell, que murieron en la horca “por decir Misa” después de haber sido refinadamente torturados, dejó una mancha de sangre en el muro. Esa mancha sirvió. Sirve todavía. Servirá hasta el fin del mundo.

“La Cristiandad europea fue partida en dos a causa de que se perdió Inglaterra. La Compañía de Jesús en tanto, crecía en poderío al mismo tiempo que la división de la Cristiandad se consumaba. Evangelizaba la América y el Asia remota, dirigía la reestructuración de Europa y aconsejaba a los gobiernos, formaba para la cultura católica en la juventud a las clases gobernantes del jirón que se había salvado. Su poder creciente provocó la fricción entre ella y la suprema autoridad para cuya defensa había sido creada. Fue suprimida por esa autoridad. Renació. Está entre nosotros y permanecerá…

“Si un hombre puede hoy asistir a misa en Varsovia, si puede oír un concierto de violín de Brailovsky en Buenos Aires, si puede esperar que los autores clásicos paganos sobrevivan a la corrupción y frivolidad de la enseñanza actual, lo debe a la Compañía de Jesús”. (Hasta aquí he resumido al historiador inglés H. Belloc).

Para obtener este resultado San Ignacio tenía que crear dentro del monaquismo católico un cuerpo militar. De los cuerpos militares están excluidas las mujeres, según la vieja tradición del ejército romano. Los ejércitos están destinados en la mente de Dios, a defender las mujeres y los niños, pero por eso mismo no deben existir en ellos ni mujeres ni niños, ni siquiera niños grandes vestidos de uniforme. Para ese fin es lícito y conveniente que mueran los varones, y Dios da permiso de que maten. Para eso sirven las armas. Vosotros creéis que toda guerra defiende un territorio, unas fronteras y las riquezas contenidas adentro. Pero sabed que además de eso, en toda guerra justa los varones defienden en abstracto una manera de vivir que en el fondo depende de una idea religiosa del mundo, y en concreto, defienden sus propios hogares, organizados de acuerdo a esa idea religiosa. Toda gran guerra nacional es “pro aris et focis”, por los altares y los hogares, como decían los romanos, y por eso Don Leopoldo Lugones dice que toda gran guerra es una guerra religiosa, lo cual da al soldado ese carácter cuasi religioso que le reconoce el paganismo y que teoriza el Conde José de Maistre. Así pues, San Ignacio de Loyola excluye severamente de su vida y de su orden la intromisión de las mujeres, por lo mismo que tenía que defenderlas de peligros invisibles y generales. No fue llamado a cultivar la tierra, a dar hospitalidad, a vendar a los enfermos, a repartir pan, a construir templos, a gobernar parroquias, a vigilar diócesis, tareas en que el auxilio femenino es conveniente y a veces necesario. Fue llamado a guerrear invisiblemente. Aunque no de broma (porque el combate interior es más brutal que una batalla de hombres), a guerrear por los hombres, las mujeres y los niños en lo que tienen de inmortal y de eterno. De manera que cuando Isabel Roser, gran dama de Barcelona, a quien él llamaba su madre, que le había protegido y seguido con devota paciencia desde su conversión hasta su muerte, se propuso fundar una congregación de “jesuitesas”, reunió un grupo de piadosas mujeres y fue a Roma para ponerlas bajo la dirección del Padre Ignacio y de su nueva orden, el corazón agradecido de San Ignacio tuvo uno de los grandes dolores de su vida: tuvo que decir no. No se doblegó a ningunas instancias ni a ningunos mandatos. Las otras órdenes tienen adicionadas bajo su regla y dirección espiritual, congregaciones de mujeres como las benedictinas, las dominicas, las franciscanas, las Hijas de María Auxiliadora; pero San Ignacio prohibió que sus hijos tuviesen cargos de comunidades femeninas, por la misma razón por la cual prohibió el coro en la Compañía, a saber, por motivos de flexibilidad y movilidad. De este hecho nació la versión de que San Ignacio aborrecía a las mujeres, la he leído hace años en el diario Crítica, acompañada de una insinuación maliciosa acerca de Isabel Roser. (Porque yo no leo La Prensa; pero leía Crítica. Porque Crítica era infame, pero La Prensa es idiota).

(Aquí siguen tres estampas de la vida de San Ignacio, en 1521, en 1522, en 1552, que en la versión taquigráfica están indescifrables, porque el orador habló muy ligero).

Si queréis saber ahora quién formó este último caballero andante y esta sociedad monástico-militar, tenéis que aguantarme unas palabras acerca de la invención de la caballería. La caballería la inventó la Iglesia apoyando en algo sacro que hay en la guerra, lo cual lo sentían los romanos; y en algo sacro que hay en la mujer, lo cual sentían los germanos. (El día que eso sacro no se sienta más en el mundo, se acaba el mundo. Fuera de bromas).

Paul Valéry ha dicho que las mujeres de Europa inventaron la caballería; eso es verdad si consideramos entre las mujeres a la primera de todas, la Iglesia de Cristo; la cual nos la figuramos después de San Pablo como una mujer, como una madre que fuese una virgen.

La Iglesia tomó lo que había de grande y de humano en esa maravilla de organización que fue el ejército romano, y lo convirtió y lo elevó al orden sobrenatural, convirtiéndolo en u factor de santidad y de salvación del alma. El ejército romano representaba la fuerza al servicio del orden. El ejército cristiano representa las armas al servicio de la justicia bajo el control de la Iglesia, o sea lo que llamamos la caballería. La caballería creó Europa porque creó el soldado cristiano. La Iglesia medieval empezó a decir a esas duras tribus germánicas, hombres obreros y guerreros que conservaban el respeto supersticioso a la mujer, propio del paganismo no corrompido: “¿Ves esa maravillosa creatura, esa flor de toda la creación? Es lo más valioso que existe. ¿La quieres? Tienes que merecerla. Tú eres obrero aprendiz, tienes que aprender tu oficio. Te casarás cuando hayas hecho tu obra maestra a juicio de los demás maestros, y hayas ingresado como hombre adulto y capaz en la corporación de todos los maestros. ¿Temes perderla entretanto? No temas, yo invento para ti la maravillosa institución social del desposorio. Seréis prometidos sin que ninguno pueda romper su promesa a no ser públicamente y por causa grave, durante los años de amorosa espera y trabajo que te aguardan. Mira que el matrimonio es un sacramento grande y hay que estar bien preparado para ser felices en él”. Como dijo el poeta: “y es bueno que esperen pues no es firme el amor que no espera”

Si el mancebo era noble, la Iglesia le dice: “No te puedes casar hasta que seas armado caballero y tengas tu lugar de jefe entre los otros caballeros. Serás escudero y servirás a un jefe, después serás caballero novel y harás hazañas para demostrar lo que vales a la dama de tus pensamientos. Después yo te armaré caballero si otro caballero responde por ti como padrino después de un día de ayuno y una noche de vigilia, consagrada a la oración. Yo bendeciré tu espada, la cual no debes jamás sacar sin razón ni enfundar sin honor; y tú jurarás en cambio guardar todas las leyes de la caballería, bajo el control de todos tus iguales y bajo pena de muerte y de tacha de felonía, que es peor que la muerte”.

Con enormes imperfecciones y abusos, propios de la condición humana, se forma la caballería, la cual por cierto inventaron las mujeres, pero no las esclavas y las cortesanas del paganismo, sino las doncellas y las madres libertadas, dignificadas, instruidas y elevadas al trono de reinas, de hijas de María Santísima, de figuras del Espíritu Santo, por la Iglesia de Jesucristo. Esta institución de la caballería está destruida en el mundo moderno. El último caballero en el orden ideal fue Don Quijote. El último caballero real que ha existido en el mundo fue San Ignacio de Loyola.

(Después de esto el taquígrafo se embarulló de nuevo, y abandonó la carrera, un poco más allá de la mitad de la conferencia, abandonando los párrafos dedicados al Orden Romano; una carta de un jesuita de Silesia acerca de la entrada del ejército ruso en Neissen, y el final que trató del fin del mundo y de la bomba atómica. Pero de todas maneras, nos aseguran que el orador repetirá esta conferencia en el Teatro Argentino al fin de este mes o principios del otro).

[1]  Tribuna, 4-VIII-1946.