Falsificaciones[1]
He visto en mi vida el derrumbe de varios escritores argentinos; y yo mismo he yacido derrumbado (o casi) un tiempo.
Dicen que esto viene de que aquí la “Historia” está “falsificada”… Altro! Toda la cultura argentina actual está falsificada. Y otras cosas.
Arturo Jauretche ha escrito un lindo librito sobre la Historia falsificada, con el título de Política Nacional y Revisionismo Histórico. Publicado por una colección nueva llamada “Siringa”, que se propone combatir, con ediciones sintéticas y muy baratas (hasta demasiado quizá) la llamada “crisis del libro”.
La crisis del libro argentino: hace un tiempo la “Cámara del Libro” (consorcio económico de editores “fuertes”) tuvo lo que llaman ahora una “mesa cuadrada” alrededor de ese tema; y tantas vueltas dieron alrededor, que en finiquito no se entiende nada de las causas, los efectos y las soluciones de la referida crisis; a no ser la repetida queja de que “el público argentino no lee”, que estimamos calumniosa; y que al final, si lee poco (o menos de lo conveniente… a ellos), tiene razón, qué diablos; y la culpa la tienen ellos; porque bueno se publica poco. Véase por ejemplo la conocida y meritoria “Colección Austral” de Espasa-Calpe Argentina (española): de unos 480 autores publicados en cerca de 1.200 volúmenes, han incluido por el aquél de cumplir con el país unos seis o siete argentinos; todos, menos Lugones y Hernández, mediocres; y algunos, ilegibles.
Como el famoso mulo de Iriarte, el público argentino:
“Preferiría, Cristo Santo, el trigo,
Pero le dan y debe comer paja”.
Y se harta y ahíta de la paja. Cuando no es mera bazofia, que de todo hay.
Es decir, que la “crisis del libro” proviene y nace de que el libro bueno tiene aquí poco o ningún incentivo, y el libro malo tiene demasiada facilidad de nacer y correr; y el alud de los libros malos tapa los escasos otros. Digo malos en cualquiera de los sentidos de la palabra. (“ Malum ex quocumque defecto, bonum ex integra causa”[2]). El que escribe libros buenos en este país, o tiene gran amor de Dios, o está dejado de la mano de Dios.
Los editores “fuertes” van puramente (en general) a su negocio seco: crítica literaria eficaz aquí no hay; educación literaria no la da el Bachillerato, menos aún la primaria y sofisticada y falsa la Universidad. Así que el “lector” argentino anda sin brújula; y pocos son los que no se cansan al fin de los tropezones.
¿Así que de todo esto tiene la culpa “la Historia falsificada”? Así es, según Jauretche y Ernesto Palacio, Julio Irazusta, José María Rosa, etc… Y no solamente de eso, sino de que ande también falsificada la política en esta nación, y en consecuencia, toda la nación con el paso cambiado –cuando no marcha atrás. La Historia es la “luz de las naciones”, dijo Cicerón; y los grandes escritores son la Memoria de los pueblos.
“Y ahora se anda sin luz y sin memoria”.
Por eso dice el título: Política Nacional (título de un viejo y bello libro de Ramón Doll) y Revisionismo Histórico; pues mantiene la tesis de que no puede haber verdadera política nacional con este establo de Augías; si continúa aquí, y no es limpiado a fondo ese embarullo sistemático de la Historia con que han querido torpemente basamentar el patrimonio de los argentinos sobre mentiras patrañosas y pantanosas. Más aún contiende Jauretche; que ese embarullo no es casual sino calculado; formando como forma, parte de un vasto, viejo y poderoso movimiento de política “antinacional”; o por lo menos, equivocada; falsificada en suma, cualquiera sea el motivo, sea económico, ideológico o religioso. Herético en cualquier caso. Peor aún que falsificar el pan es falsificar el vino; mas peorísimo falsificar el pensamiento… y la religión.
Otra cosa subraya enérgicamente el autor (que es la misma en el fondo), a saber, que esa falsificación de la Historia (y la Cultura) ha tenido que montar para sostenerse un vasto tinglado secreto –no ya tan secreto ahora– que se puede llamar “monopolio cultural” en sentido amplio; o sea, un aprisionamiento logístico de la enseñanza en todos sus grados, de los resortes de la difusión y la publicidad; y de los puestos “asesores” y posiciones clave en editoriales, diarios, radio y toda clase de megáfonos e indicadores. Es la exclusión artera de los escritores sanos, la “conspiración del silencio”, si llega a poder editar algo, la proscripción del periodista patriota, la felonía de la puñalada por la espalda a los adversarios ideológicos, y toda clase de tácticas desleales (que bien pueden llamarse masónicas) para mantener el dominio de esa Gran Farsa.
En Hispanoamérica no hay ahora más que dos gobiernos posibles: el gobierno de la fuerza y el gobierno de la farsa. Los dos son malos; pero es menos malo el gobierno de la fuerza organizada que el de la farsa organizada. Y ahora se están combinando los dos en lo que tienen de peor, para dar un gobierno de fuerza, pues conozco lo que es una dictadura sin control como la de Juan Bautista Jannssenns; pero los gobiernos de farsa me repugnan al extremo del vómito.
Llegar al antiguo gobierno paterno de la tradición hispánica, fuerte a la vez que benigno (no benigno para los malhechores) es el ideal; pero ahora no es alcanzable –de golpe. O por “golpes”. Hay que luchar –o hacer lo que se puede– por ese ideal, sin desanimarse: como una deuda con Dios; aunque sea escribiendo libros.
Y lo primero de todo es saber dónde estamos. Eso se propone Arturo Jauretche.
Como dijo el olvidado curita hijo de Martín Fierro:
Porque en los pueblos el ver
No es otro sino el pensar,
Para pensar hay que hablar,
Y yo veo que el que piensa
Hoy hasta tiene vergüenza
Y hasta lo quiere ocultar.
¿Adónde creerán que van
Tapando a todos los ojos?
Antes sólo éramos cojos
Y quieren pararnos ciegos.
Vamos como pichiciegos
A unos horizontes rojos.
Discusión pide opinión,
Y opinión aquí no hay ya.
Es difícil la Verdá,
Viene por senda de cabra.
Sin opinión no hay palabra,
La Verdá ¿cómo vendrá?
Faltarle el respeto a ésa,
Es falta muy de temer:
Respetada quiere ser,
Porque faltarle a ella es pior
Que faltarle a una mujer,
Porque es faltarle al Criador[3].
A lo cual conviene añadir, en son de esperanza, con las palabras de un poeta español:
¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
Al mañana, mañana al infinito…[4]
Varones argentinos, no está el pasado muerto,
Ni está el mañana –ni el ayer– escrito.
[1] 15-III-1960.
[2] Algo es malo cuando tiene algún defecto; para que sea bueno es necesario que sea bueno por entero.
[3] La Muerte de Martín Fierro, Canto X, Lignum, Buenos Aires, pp 175-176.
[4] Antonio Machado, “El Dios Íbero”.
