Glosas del Tiempo – El País de las Leyes Impunes[1]
“Las cosas artificiales tienen su eficacia de por sola la razón; y por eso apenas se descubre en ellas un adelanto, hay que cambiar lo que se tenía primero. Pero las leyes tienen su máxima fuerza por los usos, como enseña Aristóteles; y por eso no se deben cambiar fácilmente” (Santo Tomás de Aquino).
¡Oh San Martino[2] –paisano de Tomás de Aquino– no hagas muchas premáticas; mas cuida que las que están hechas se cumplan! aconseja Cervantes, traduciendo al Aquinense; mucho mejor que yo; naturalmente. Este precepto pertenece al acervo de la sabiduría occidental; y aunque lo ignoran los Diputados de la Capital, lo conocen en el campo, hasta los analfabetos. ¡Qué país éste! decía Don Ciriano Ceballos. ¡Tantas leyes como hay, y todas quedan impunes! ¿Para qué demonios vamos a hacer nuevas leyes si no somos capaces de hacer cumplir las que ya están hechas, incluso las más fundamentales, como es ésa de que no es permitido robar? Rozas hizo una ley que decía: “Es prohibido volatizar dinero del Tesoro Público; y el que sea pillado en eso, mas aunque fuera yo mismo, será fusilado”. Esa ley no ha sido derogada. Y sin embargo, ahora no existe un solo argentino, militar o no, que sea capaz de hacerla cumplir; ni tan siquiera de cumplirla casi todos. Yo me tengo por honrado; sin embargo, al ver que todavía no he estado preso, me acometen unas dudas bárbaras. En un país donde los ladrones andan sueltos, y los que tienen plata, de cualquier origen, son honorables y “figuran”, el lugar de los hombres que no saben robar es la cárcel. El mismo Presidente Electo ha estado preso[3].
Nosotros le confiamos al Presidente; pero mucho más le confiaríamos, si el día que se supo electo, agarra a un rapiñani de ésos, lo lleva a la plaza República, lo pone arriba de un altar portátil y con un facón limado de hoja de bayoneta le abre la barriga delante de Dios; como hizo el profeta Elías con el panzudo Rey de Abimelech[4]. “Cerdo ni otro animal inmundo sacrificarás a tu Señor Dios –dice la Escritura– a no ser en un tiempo de gran carestía y tribulación”. Yo no soy nada feroz; al contrario, desde que he nacido, el defecto principal que se me ha notado es ser excesivamente dulce. De otro modo, ¿cómo podrían haberme robado tantas veces los editores católicos? Pero es que ante las perspectivas de ver a la nación en que por casualidad hemos nacido (como decía Mario Bravo), deshacerse como la sal en el agua por culpa de cuatro cachafaces, hasta un cordero es capaz de sentirse malo.
La República Argentina no será salvada con nuevas leyes. Cuando los mismos encargados de hacerlas cumplir, las violan, las leyes se vuelven superfluas. Y cuando un pueblo no es capaz de darse una ley, ¿no es justo que se la den desde afuera? La enorme injusticia cometida contra los colectiveros, contra el orden social y el público en general, por la Ley de Coordinación de Transportes permanece tranquila y flagrante[5]. Mientras esté sobrando esa falsa ley, es vergüenza hacer otras, que sobre esa base fangosa, serán falsas y fallutas todas.
Con nuevas leyes no van a salvar a la Argentina. En el lapso de doce siglos, Francia antigua –dice Taine– tuvo solamente tres dinastías: Carolingios, Capetos y Borbones. Las leyes escritas eran poquísimas. Los Reyes hacían la guerra, caminos y justicia. En el lapso de siglo y medio, Francia moderna ha tenido cuatro repúblicas, nueve constituciones y más de 38.000 leyes. ¿Pensáis que es más feliz la Francia moderna que la Francia Antigua?
En tiempo de la Asamblea General Constituyente se presentó un diputado llamado Sismondi –que no era nada tonto el franchute– a proponer la abolición de todas las leyes de Francia y su reemplazo por una ley Sismondi con dos artículos solos que decían: Artículo 1º, todos los franceses serán honestos. Artículo 2º, todos los franceses serán felices. Con esta ley y buenos estadistas, decía Sismondi que se podía gobernar el mundo.
Las leyes de Sammartino en particular, son muy discutibles. La ley de equiparación de suboficiales con oficiales en el Ejército, parece una ley subversiva que tendería a quebrar la jerarquía entre las fuerzas armadas; una ley anti-intelectualista, hecha en odio del estudio y del saber; una ley de puro corte demagógico. La ley sobre el servicio doméstico, se ensayó en la comuna de Viena, cuando yo estaba allá (1934) y no resultó. Se produjo un lock-out: la gente principal despidió a las sirvientas y cocinaban las chicas de la casa; de donde, por obtener grandes privilegios, las fámulas quedaban sin trabajo. Sobre todo, es una ley que tiende al Estado Servil y no a la liberación del proletariado.
¡La nacionalización de los ferrocarriles! Cuidado con eso, hay un peligro allí, dicho sea con todo respeto a la sesuda conferencia de R. Scalabrini Ortiz. A algunos nacionalistas no se les cae de la boca y creen que hecho eso, ya está todo arreglado. Puede ser una trampa del Capitalismo que nos deje más entrampados que antes, si no se hace bien; sobre todo si se cae en lo de “sociedades mixtas”, como la Coordinación de Transportes.
La demostración de lo dicho está en Belloc: El Estado Servil. Léanlo que no van a perder nada. No se puede eliminar al Capitalismo comprándole su parte. De suyo se lo refuerza y corrobora. Los capitalistas, dueños hoy de nuestros caros y viejos trenes, recuperarían su capital, inflado de una manera enorme, vendiendo una empresa ya superada, es decir, “un clavo”. Emplearían ese capital en empresas rendidoras y cobrarían al mismo tiempo el interés del empréstito que quizá el Gobierno tomaría de ellos mismos para comprar los trenes; es decir en finiquito, que el Estado Argentino se convertiría en instrumento de Lord Sassoon[6] y en vez de una habría dos empresas explotadoras del proletariado argentino, con la chuscada de que la segunda habría surgido (como lo fueron casi todas las actuales) ¡de nuestra misma plata! Negocio a dos puntas.
Todo lo dicho por Raúl Scalabrini parece exacto con tal que las negociaciones de la compra de los ferrocarriles sean llevadas a cabo con cualidades eximias de energía, honradez y entendimiento; es decir, todo lo contrario de lo que pasó en las negociaciones Roca-Runciman[7], y está pasando en la Argentina desde siempre y seguirá pasando siempre mientras no se instaure esa “recuperación moral” previa; la cual exige actualmente ese “castigo de los culpables” pasados, que aquí recomiendo. ¡Si aquí robar a la Patria ya es una honra! ¡Si aquí los rapiñanis ganan incluso la admiración de los hombres y la adoración de las mujeres de nuestra extraordinaria “aristocracia”!
No se puede vencer al Capitalismo actual sino expropiándole en seco los bienes probadamente mal habidos, como recomendó Santo Tomás de Aquino a la Condesa de Brabante. Preguntaba ésta al teólogo si era lícito imponer gabelas más altas a los judíos, alegando que éstos amasaban sus fortunas con usuras. Respondió el teólogo medieval: Nones. Si puedo probar que han lucrado con usuras debe confiscarlos simplemente como a cualquier ladrón, pero no en provecho de su Ministro de Hacienda, sino de los expoliados. Si no puede probar eso, debe tratarlos al parigual de los demás ciudadanos. Pero si se debe confiscar, hay que tener el coraje de confiscar.
Por eso la CADE, que conoce nuestro coraje, se siente actualmente tan segura. Ha visto que no hay degollina, que no hay confiscación, que todo irá por las “formas legases”, las cuales en su casi totalidad están hoy día pergeñadas a objeto de acaparar contra la multitud de los desposeídos a la pequeña y oculta minoría de los poseedores. ¡Que todas las revoluciones sean como ésta! –dice la CADE frotándose las manos.
El caso CADE, traducido de la lengua técnica de Rodríguez Conde y Hans Oliver al criollo llano, es éste: de funcionarios argentinos se ha obtenido por medio del soborno la facultad de explotar usurariamente un servicio público durante un tiempo desmesurado junto con todos los enseres necesarios para ello, que ya pertenecían a la comuna de Buenos Aires. O más en criollo todavía: a cambio de roñosas cantidades unos cuantos sujetos revestidos de autoridad “democrática” han entregado millones y millones del patrimonio público a ladrones extranjeros[8].
Expuesto este caso al sentido cristiano de la gente de por aquí, su solución es terminante como una escupida: se debe confiscar esos bienes y fusilar a los traidores. El que pudiendo hacerlo no lo hace, se transforma, ipso facto, en cómplice. Esto es lo que le dice a Ud. el hombre de la calle.
Ahora, si no somos capaces de eso, es mejor que nos dejemos de balar (y que Dios me perdone) de balar delante de la bandera argentina y de berrear el Himno Nacional; y que le pidamos a Lord Templeton o a Maurico Nemirowsky que hagan el favor de gobernarnos y de convertirnos de una nación degradada, por lo menos, en una colonia limpia.
Absit. Deus avertat.
