Glosas del Tiempo – La Limosnera del Superestado[1]
“No conocemos el capital político del General Franco. No nos mueve la forma política del Gobierno español. No nos interesa la salud institucional del actual régimen presidido por el Caudillo. Pero sí nos interesa y nos mueve la subsistencia de España como potencia, como baluarte de la civilización occidental, como reducto de vigilancia contra la infección comunista. Y nos interesa que el espíritu de «no intervención» no sea abolido. Y nos interesa que se limpie de hipocresías el lenguaje de la vida internacional, lenguaje con el cual se presenta al mundo un peligro para la paz a la civilizadora y pacífica España, alzando el índice acusador, justamente la potencia monstruosamente bélica, cuyos hechos están configurando el peligro de guerra más inmenso que ha existido en la historia”[2] –Luis Alberto de Herrera, uruguayo artigueño.
“El fantasma del hambre clama con voz estentórea desde Europa hacia la generosidad argentina. Contribuya” –dice la Radio.
Sí, contribuya. ¿Y quién distribuye?
Yo no sé lo que pasa; pero en este pícaro mundo, a casi todos les gusta más estar entre los que distribuyen que no entre los que contribuyen. Hay que concluir que hay algo misterioso en esa responsable y penosa función de distribuir que no hay en la amena y descuidada distracción de contribuir. Quién lo dijera.
Fuera de broma, la UNRRA se ofrece al mundo, se ofrece en forma que negarse sería temerario, para Limosnera Mayor de la Humanidad. La UNRRA es una institución que funciona en Londres, aunque es de procedencia americana, fundada hace mucho tiempo sobre el patrón de la famosa Comisión de Granos de Chicago, con el fin ostensible primitivo de regular la producción y distribución de cereales en el mundo. Esa institución evolucionó junto con el mundo; y actualmente se podría llamar Limosnera General Compulsiva del Gran Superestado en formación. Las peticiones de la UNRRA y las donaciones voluntarias (al pobre Uruguay le hicieron sonar un millón de dólares) nos hacen recordar aquella carta de Juan A. Tejerina al General Roca en 1902: “Mi querido compadre: le mando los 97 voluntarios para su leva. Si quiere más voluntarios, le ruego que me devuelva los grillos”.
Es sabido que los Reyes antiguos tenían un Limosnero Mayor, que era un eclesiástico, casi siempre preclaro por sus letras o dones intelectuales, encargado de distribuir con prudencia y sapiencia, la suma de dinero que el Monarca, como cualquier otro rico, tenía obligación de oblar a los pobres si quería salvar su alma.
¡Ay, cuánta falta hace ahora al despilfarrador Estado argentino un Limosnero Mayor, eclesiástico o no! Pero los dineros de la Limosna Real no salían aquel entonces de los impuestos al pueblo, ni menos de formidables “pechazos” extraordinarios, sino de la fortuna particular del Monarca. Los impuestos del pueblo eran para las obras públicas. Los monarcas tenían sus fortunitas particulares, imparangonables del todo con el menor fortunón de un “millonarius minor” de nuestro tiempo; tanto que Santo Tomás en su De Regimine Principum exhortaba a los Reyes de Francia a “hacerse ricos”, para que no teniendo que emprestar de los judíos, conserven mejor su independencia; mejor dicho, los exhorta a hacerse pobres de corazón y pudientes (más bien que ricos) de posición, para bien del pueblo, no para comodidad propia.
Bien, la Limosnera Mayor del Superestado Futuro, en el fondo, mirándolo bien, lo que hace es imponer tributos de guerra a todas las naciones, incluso a las que no han entrado en la guerra; el amonto de los cuales concurre a aumentar el poder enorme e incontrolado de las naciones vencedoras de la guerra; una de ellas, en particular, que no solamente dispondrá ahora del arma más formidable para matar por violencia, sino del arma más amuante (sic) e inmediata para matar por inanición, que es la peor muerte que existe. Ya que hay que morir, preferiríamos morir de un “atomicazo” que no de hambre; porque nosotros sabemos lo que es el hambre. La paz futura se está construyendo por medio de la fuerza, lo cual, si no me equivoco, era lo mismo que pretendían hacer los perversos “nazis”.
Eso es humano. Existió en la antigüedad pagana. Los imperios poderosos y válidos en armas imponían tributos a todas las naciones chicas (como se puede ver en la historia del pueblo de Israel que nos da la Escritura) y los invitaban a “contribuciones voluntarias” en virtud de esa razón eterna en el mundo: “Quia nominor leo”, porque me llamo Asiria, Babilonia, Macedonia o Roma. La única diferencia con aquélla finca en el nombre: antiguamente se llamaba sencillamente “vasallaje”, y no democracia, civilización, moral, cristianismo o caridad.
Esa diferencia del neo-paganismo actual (denunciado por el Sumo Pontífice Pío X) con el antiguo paganismo es muy importante. El antiguo paganismo era violento. El nuevo paganismo es además hipócrita.
El antiguo déspota pagano que “ganaba” una guerra exterminaba francamente parte de sus enemigos, llevaba en esclavitud otra parte, hacía desfilar por las calles de su metrópoli a los más fuertes jefes enemigos detrás de su carro triunfal. Así Vercingetorix, dux de los galos, “tras el carro de César fue marchando –trágico, enorme, rígido, derecho – mordiendo el yugo para no ir llorando”, como dijo un poeta –que por lo visto en su vida había visto un yugo.
El vencedor moderno instituye primero de eliminar a sus enemigos un gran juicio público, en el cual es naturalmente juez y parte a la vez, para torturar moralmente a sus enemigos, cubrirlos de infamia ante el mundo entero y poner en cuanto es posible a Dios mismo de su parte; un padre jesuita es asesor jurídico del fiscal norteamericano en Nüremberg para cuando llegue el momento del asesinato legal.
El caso de España es toda- [falta una línea en la fotocopia del artículo] –pos más teocéntricos del Medio-Evo. ¿Para qué piden que se funde un Tribunal Internacional en La Haya, para juzgar los delitos de las naciones? Ese tribunal ya existe: inapelable, irresistible, sordo, unilateral, basado en el poder de las armas vencedoras.
El único consuelo que nos queda es que se ejerce en nombre de la Democracia, al mismo tiempo que en el de Cristo. Cristo fue célibe, pero ahora lo han matrimoniado los protestantes, que son los que inventaron el casamiento de los curas. Del connubio de Cristo con la Democracia nacerán la Paz Perpetua, la Época Atómica y los Tiempos Paradisíacos.
En pocas palabras, el neopaganismo moderno no es paganismo puro y natural, es decir, “bárbaro” como el antiguo. Es un paganismo apóstata. Un sacerdote apóstata conserva siempre el hábito de los gestos rituales. El apóstata Renan, padre del Modernismo, desborda de palabrería y términos teológicos. Anatole France coleccionaba casullas y cálices. Así la moderna apostasía parodia a la Iglesia (a la cual odia) y la suplanta del mismo modo que el Gran Emperador Laico del Universo, cuando venga, remedará a Cristo, y “se sentará en el templo de Dios como si fuese Dios” –dice la Gran Profecía [II Tes. 2, 4].
[1] Tribuna, 8-V-1946.
[2] Tras la Segunda Guerra Mundial España fue sometida a cerco diplomático: la ONU rechazó la presencia de un embajador español y recomendó a sus miembros retirasen sus embajadores de Madrid.
