Glosas del Tiempo – La Novela Policial[1]
“La Argentina no puede tener novelas policiales, porque no cree en la policía, es decir, por la misma razón por la cual no puede tener libros de Teología” (Monseñor Claudio del Rey, Soliloquios y Adivinaciones, sección tercera, Editorial Papel y Delincuencia, Buenos Aires, 1947).
Contra lo que opinó mi tío la Argentina tiene su novela policial, se llama Seis Casos para Don Isidro Parodi. Su autor es un santafesino con s llamado Bustos Domecq. Son seis cuentos de factura enteramente original, llenos de material de observación perspicaz, chispeantes de inteligencia y que revelan una recia personalidad literaria. Exceptuamos el 5°, “La Prolongada Busca de Tai An”, que por querer ser un pastiche de Ernest Bramah, es un fallido absoluto.
Como todas las grandes novelas policiales, no es novela policial sino novela a secas. Crimen y Castigo de Dostoiewski es la más grande novela policial que existe por la sencilla razón que es una novela psicológica y teológica; y lo policial en ella está al revés: al comenzar la novela el lector sabe quién es el asesino y el detective no lo sabe. Después de ella viene The Moonstone de Collins, que es sustancialmente una delectable novela de costumbres con impulsión a chorro, es decir, a “chorros”, porque el hilo conductor es el robo de un diamante y unos cuantos presuntos ladrones. Después viene El Último Caso de Trent, de Bentley, quien para hacer una obra maestra dentro de la tradición Conan Doyle tuvo que encajar dos novelas policiales dentro de una alta novela de amores y caballería, y burlarse un poco del detective y de la literatura detectivesca en general, a la manera de Cervantes. Todas estas comprobaciones habían persuadido a mi malogrado y condenado tío que la novela policial era imposible en la Argentina, porque la Argentina no cree en la policía (y algunas veces ni siquiera en el ejército) así como no puede haber aquí Teología, porque la Argentina, colectivamente tomada, no cree en Dios; a no ser la teología negativa y blasfematoria de Borges, que es actualmente el único teólogo argentino, con perdón de Meinvielle que en su modestia no quiere que lo llamen teólogo, aunque lo es, en potencia[2].
Se equivocó, pues, mi tío. Bustos Domecq ha escrito una gran novela policial. Pero el policía es un preso.
Acerca de la novela policial se han escrito varias tesis, y hay lo menos tres teorías. La primera teoría dice que la novela policial tiene su origen en la actual devoción a la ciencia: el padre de Sherlock Holmes fue un médico; Sherlock mismo era un gran químico; la develación de un crimen misterioso es parecida a una investigación científica; etc.
La segunda teoría dice que la novela policial viene de los libros de caballería; el detective es el Amadís moderno, Amadís del intelecto; él odia el crimen, ayuda a la justicia, se pone de parte del inocente calumniado en ordalías donde se juega todo, desafía a mano limpia a los malvados poderosos y armados, a los gigantes, malandrines y encantadores de nuestra época, etc., etc.
La tercera teoría dice que la novela policial viene del capitalismo; y por eso florece en Inglaterra, donde también se escribió, como es sabido, el libro Das Kapital.
Esta filogenia marxista de la novela de sabuesos y ladrones es la que más nos gusta, porque la hemos inventado nosotros. Puede que sea falsa. Pero no la condenen antes de oírnos explicarla.
Sin negar las otras dos raíces la novela policial tiene una tercera. Sherlock Holmes es un científico y un Amadís de Gaula, pero es también el supremo guardaespaldas del ricachón moderno. En efecto, el ricachón moderno a una sola cosa le tiene miedo, a la muerte: a la muerte repentina e imprevista, al asesinato sabiamente fraguado, al “crimen perfecto”. Y entonces para luchar contra el crimen perfecto, la sociedad burguesa suscitó al detective.
El Shylock moderno ya no teme la Justicia: la Justicia lo defiende a él; el Dux es muy débil, el abogado está sobornado. Porcia no existe. Tampoco le tiene miedo a la religión: él ha hecho del sacerdote un asalariado y del pontífice un hombre que necesita plata y títulos de la deuda para hacer templos y hospitales. Pero le tiene pavor a la cuña del mismo palo, al bandolero, al “gangster” y al “outlaw”, y sobre todo al capo de todos ellos que es el Profesor Moriarty. Contra Moriarty él no puede hacer nada. Necesita a Sherlock Holmes.
Inglaterra eterna conserva del Medioevo dos cosas espléndidas, el mayorazgo y la horca. Inglaterra actual les ha yuxtapuesto dos cosas terribles, la codicia sin freno y la perfidia. En ninguna parte del mundo el dinero representa tanto, sirve para tantas cosas y es tan codiciable como en Inglaterra; y el dinero se transmite en masa junto con los títulos nobiliarios, y el poder público, de padres a hijos mayores, o sobrinos, o herederos elegidos (libertad de testar) como una tentación deslumbradora del asesinato del Creso. Para equilibrar esa tentación el inglés ha conservado la horca: todo hombre que se prueba haya matado a otro, muere; es allá un axioma y una ley que no tiene vueltas. Pero contra la horca existe una instancia y es el crimen pérfido, escondido y perfecto. Entonces, para remedio de la tremenda intranquilidad del millonario, fue necesario que surgiera como un Quijote que fuese un Merlín, el develador de misterios judiciales, el sabueso perfecto. Sherlock Holmes.
Bueno, hay otros elementos secundarios (como ser la experiencia y el gusto por ese teatro de primer orden que son los grandes juicios criminales orales) en la gestación de la novela policíaca inglesa; pero créanme que el núcleo principal es el que dije. No es casual que el Padre Brown, Sherlock Holmes de sotana, no entregue a los criminales que descubre, antes bien, los haga huir a veces, y que convierta a la fe y en su colaborador a Flambeau, el bandido generoso; en tanto que Sherlock y el formidable abogado Peter Mason lo primero que tratan con sus clientes es el “retainer” en miles de dólares. El primero es el sabueso de la Verdad, los otros dos los mastines de la propiedad [FALTAN PALABRAS] ni es privada tampoco que los pueblos católicos, cuando crearon la novela policial, idealizaron al bandolero y no al defensor del falso orden, glorificando a Arsenio Lupín y a Rocambole.
Ofrezco esta idea al Dr. Battistesa para una tesis. Pero la Argentina es diferente de Inglaterra, y eso lo vio muy claro Bustos Domecq, angloargentino de Santa Fe. Bustos Domecq es un verdadero y maduro escritor de la clase más rara y más inesperada entre nosotros. Basta leer una página de su libro para sentirse en presencia de esa masa protoplasmática con filetes nerviosos a flor de gelatina, esas urticantes y transparentes aguas vivas que constituyen ¡ay! el ser irritable, peligroso y mimético que es el artista.
El hallazgo de que el mejor policía del país está preso; y es un gran hidalgo criollo que trabajaba de peluquero y enjuga una condena inicua por causa de la politiquería es “invención” espléndida, es literariamente de primer orden. Es un símbolo de la situación del país. En este país hay siempre un mosquito dentro del mosquitero, por nuevo que sea el mosquitero. El liberalismo ha aflojado al Estado, lo puso a hacer lo que no le toca; y en consecuencia, el instrumento de todo orden y sociedad está él mismo desordenado. No se puede estabilizar nada allí donde el mismo Estado no es una cosa estable. El Estado nuestro no puede corregir a los malos maestros (¡manes del Dr. Olmedo![3]) porque él mismo es un maestro malo. No puede burlarse de los “snobs” porque él mismo es terriblemente “snob”. Ni siquiera se anima a dar la muerte (que es más fría que la prisión perpetua) a los grandes criminales, porque siente oscuramente su complicidad en cada crimen. Es mandón y meterete en vez de ser majestuoso. Es absurdo y alejado en vez de ser altanero. Cree en Dios pero no le tiene miedo. Ama a Dios pero no lo respeta. Éste es el Estado que nos legaron nuestros gigantes padres, que ahora está maduro para el otro Estado que nos predican tanto, el Estado Internacional con sede en New York o Kansas.
A propósito de creer, Domecq dice en una ocasión (por boca de Montenegro, prologador del libro) que él no cree en Dios, cosa que nosotros no creemos. Si él lo dice puede ser, pero voto a Dios que lo disimula. En Europa se puede ser inteligente y no creer en Dios. En la Argentina ¿en qué nos diferenciaríamos y a quién serviríamos los artistas si no creyéramos en Dios? ¿Al Gobierno? ¿A algún partido político? ¿A los Cardenales? ¿Al Nuncio? ¿A la aristocracia? ¿A la cultura? ¿Al arte? ¡Bah!
[1] 19-I-1946. Resumimos la respuesta de la Dra. Liliana Pinciroli de Caratti a nuestra consulta sobre este artículo: el elogio que hace Castellani a H. Bustos Domecq y al “prologuista” Montenegro (nombres ficticios usados por Borges y Bioy Casares), puede ser genuino porque ambos fueron talentosos. Lo que no vio Castellani es que se trataba de una “parodi/a” del relato policial de enigma. Pero tal vez esa parodia trascendió la intención de sus autores y sin quererlo construyeron una parodia de la Justicia argentina, que puede resolver los problemas ajenos, pero no demostrar su propia inocencia: paradoja de Isidro Parodi. En cuanto a la hipótesis de un origen “marxista”/“capitalista” del relato policial, es interesante; da para seguir la línea de investigación que no recogió Battistesa.
[2] En la revista Jauja, n° 25-26-27, marzo de 1969, p 120, Castellani afirma que Meinvielle es un Doctor Cristiano; en el n° 22, octubre de 1968, escribe que “es el verdadero doctor en Teología de la República Argentina. Creemos desde hace tiempo debería ser el Rector del Seminario” (p 29).
[3] Tras el golpe del 4-VI-1943, el Gobierno nombró Interventor en el Consejo Nacional de Educación al Dr. José Ignacio Olmedo, “cristiano excelentísimo” (Castellani, Catecismo para Adultos, Patria Grande, Buenos Aires, 1979, p 182).
