Homenaje a Estrada[1]
[1] Publicado durante la Presidencia de Ramón Castillo.
Hoy domingo a las 15, que fui a la Plaza Congreso a comprar petróleo, he presenciado un espectáculo inolvidable. Estaba el Diputado Ravignani[1] con el Cardenal Arzobispo de Buenos Aires y otros dos señores, rindiendo homenaje a José Manuel Estrada. Y dije “inolvidable” porque veo que Estrada ha sido “homenajiado” por todo el país: radicales y conservadores, católicos y ateos, clérigos y judíos, jóvenes y viejos. Ricardo Levene con Pedro Tilli, Guillermo Furlong con Alberto Palcos, Mario Bravo con Tomás Amadeo, Monseñor De Andrea con Alfredo Palacios, el Doctor Cárdenas con Casal Castell, Delia Arilaos de Olmos con Roberto Giusti, Ledesma con Manuel Villada… y así sucesivamente. Le han hecho Misas, discursos y antologías: Alberto Gerchunoff le escribió en La Nación una piadosa oración fúnebre. Los Cursos de Cultura Católica, el Círculo de la Prensa, la Cámara de Diputados, el Colegio Nacional, el Congreso de Periodistas, las Conferencias Vicentinas, las Academias Mitre, la Acción Católica, el Teatro Colón, la Orden Franciscana, todos rivalizaron a porfía, en tejer nubes de palabras en honor de la ilustre sombra muerta. Hacían recordar un idéntico fervor reciente que tuvo por víctima a Sarmiento, al cual se adjudicaron como bien mostrenco desde los Maestros Católicos hasta el A.I.A.P.E.[2] ¡Y después dicen que no hay unión en este país! ¡Oh dichosa ciudad cuyos hijos así se entienden entre ellos!
Es de saber que si Estrada viviera, el Dr. Ravignani lo expulsaría de su cátedra. Los que lo expulsaron 60 años ha eran todos Ravignanis, y ni siquiera tanto como el nuestro; quiero decir, liberales, ateos y estatólatras. Pero ahora que está sepultado, más que por la lápida mortuoria, por la humareda de nuestra historiografía deficiente, a Ravignani ya no le infunde temor alguno, antes le sirve su fantasma para un juego utilísimo.
La mejor manera de honrar a Estrada muerto sería respetar a los Estradas vivos, por ejemplo, a los profesores cordobeses expulsados de su cátedra por tener el valor de sus convicciones. Pero aquí no se trata de honrar, ni menos de imitar, sino de “homenajear”. Los “homenajes” son algo que tiene su propia finalidad y esencia. Son los ritos autobombásticos del Régimen desprestigiado. Son la procesión del “Corpus” del democratismo oligárquico.
¿Quién fue Estrada que pudo contentar a tantos?
Estrada fue un líder católico que libró al fin del siglo pasado una ardiente batalla en pro de la libertad de la Iglesia y de la religión de su Patria; y fue derrotado. Por qué fue derrotado, eso la Historia no lo ha dicho aún. Qué siguió de esa derrota, lo estamos viendo todos: las «leyes laicas», con su desvirtuación de las esencias históricas del país. La injerencia pesada del Estado en el matrimonio, el nacimiento y la muerte por la “Ley de Registro Civil” ha dado ese promedio deshonroso de concubinatos, hijos ilegítimos, hogares deshechos y hasta incestos, que son la llaga purulenta de muchas Provincias, mientras el exilio de la religión de las escuelas públicas nos creó esta masa amorfa y petulante, privada del supremo regulador y estímulo del sentimiento religioso y moral, que se mueve por reflejos confusos, y que por momentos parece ni siquiera constituir una unidad nacional. La masa que hace posible el diario Crítica y todos sus congéneres.
Egregia fue la intención de Estrada, pues no era otra que la de obtener la unión de los argentinos; pero infortunadamente la buscó por medio de un compromiso. Lo mismo que Esquiú, se apresuró a arrojar un manto fastuoso de palabras respetables y de conceptos no muy bien digeridos sobre la herida de la guerra civil argentina. Quiso hallar una “vía media” entre su ardiente y sincera fe cristiana y las ideas de la época, que entonces parecían imponerse con la fuerza de algo inevitable. Quiso bautizar a la democracia de su época, sin ver que ella no era sino democratismo rusoniano[3]. Dijo ambiguamente que “la libertad era cristiana”, sin prever que con ello suministraba armas a los asesinos de la libertad de la Iglesia. Quiso conciliar lo inconciliable. En honor suyo hay que decir que en el momento que vislumbró su error, se volvió atrás gallardamente, corrigió sus deslices liberales y sufrió por su fe. Salvó su alma, pero no pudo salvar a la Patria. Su pensamiento no estaba a la altura de su carácter.
Si el Estrada juvenil no hubiese caído en los errores del catolicismo liberal, y si como líder no hubiese sido derrotado, hoy no tendría honores oficiales, y hubiésemos sido despojados por la suerte de eso que llamé al principio “espectáculo inolvidable”. Si Estrada hubiera conservado su cátedra, si hubiese llevado a la victoria a la “Juventud Católica”, y no hubiese muerto prematuramente, amargado y olvidado, en un país extraño, hoy día el Dr. Ledesma no diría de él que fue “un fresno pleno de resonancias romanescas”, ni Ravignani lo discursearía, ¡qué digo!, Ravignani no existiría, o mejor dicho existiría en su propio lugar, tranquilamente trabajando por el país y salvando su alma, mientras ahora está en peligro de perder no sólo su alma sino hasta su cuerpo, que es en él, al menos aparentemente, lo más conspicuo. Pero Estrada, para mal de la Patria y de la Iglesia, inficionado del error condenado de Lamennais (al cual imita hasta en el estilo) y después fue rechazado netamente en su acción militante católica.
Abramos las primeras páginas de su estudio La Iglesia y el Estado (edición Palcovich, prólogo Rodolfo Rivarola), opúsculo publicado en la revista La Religión, bien intencionado y pésimamente pensado, y veamos algunas de las frases que le han merecido las actuales extrañas simpatías:
“La concesión de Alejandro VI… la aceptaron los Reyes pero sólo aparentemente” (p 15).
“¿Qué era la religión en España en ese tiempo fuera de una bandera de raza… levantada contra los musulmanes…?”
“Fueron inertes y estériles los pueblos jesuíticos del Paraguay porque, a la manera de los condenados del Evangelio (?), nacieron castrados por el comunismo levítico…” (Ibíd.)
“La conducta de los Reyes de España fue hipócrita…” (Ibíd.)
“Los Reyes vinieron a ser la más alta autoridad religiosa del Continente y les estaban subordinados todos los establecimientos religiosos, sobre los cuales ejercían una jurisdicción exclusiva…” (16).
“La devastación, el exterminio y la felonía fueron sus medios de acción” (16).
“Fueron audaces profanadores del nombre de Jesucristo…” (16).
Etcétera, etcétera, etcétera. He citado solamente de dos páginas. Todo el escrito tiene la misma categoría. Es el estilo, la ideología y la osadía del Facundo. Estrada era uno de aquéllos (fueron nuestros padres, qué vamos a hacerle) que para conocer la Argentina leían a Michelet y a Victor Hugo. Pero el que no haya sabido librarse del contagio de su época, no disculpa a los que en nuestra época cometen la deslealtad de exhumar las proposiciones que él públicamente retractó y desautorizó, y con ellas hacen humo sobre el aire ya bastante húmedo del Río de la Plata.
Si Estrada está en el Purgatorio, como piadosamente creemos (y si allá se enteran de lo que pasa por la tierra), debe haber sufrido horriblemente estos días.
Réstame decir esto: ¡Católicos argentinos, hermanos de Estrada! Si hay alguno entre vosotros “que aún cree en Jesucristo y aún reza en español”, desconfiad vehementemente de todos los homenajes del presente “régimen”. Desconfiad de ellos, aunque sean dirigidos al Sumo Pontífice con temblorosa voz y lágrimas en los ojos. Desconfiad de los actos religiosos que se llevan a cabo en el Teatro Colón. Id a la iglesia más próxima y rezad un Padre Nuestro por las ánimas del Purgatorio, por la gente mistificada y también por los mistificadores. Sabed que el actual régimen, carente de prestigio popular, tiene un hambre fantástica de “homenajes” y se los procura valiéndose de cualquier señuelo. Sentaos en el Colón, respetad las autoridades, tolerad a la gente buena y corta que cree hacer un bien metiéndose en tales bambollas, escuchad los discursos, si son buenos (raramente), que siempre se aprende algo; pero tened continuamente presente que detrás de la gloria del Papado y de los méritos de J. M. Estrada, se oculta “in obliquo” la gloria de Culaciati[4] y el prestigio de Ravignani.
[1] Radical antiyrigoyenista; Diputado en dos períodos seguidos durante la Década Infame (1936-1943), presidió una muy objetable investigación sobre la entrega de los servicios eléctricos de Buenos Aires a la CADE, que pasó a ser manejada por testaferros de la Casa Real Española.
[2] Asociación de Intelectuales Artistas Periodistas y Escritores, red latinoamericana antifascista fundada por Aníbal Ponce (1898-1938), discípulo de José Ingenieros y vinculado con el Partido Comunista.
[3] “En el siglo pasado hubo quienes soñaron con «bautizar la democracia», como Tocqueville, Lamennais y Marc Sangnier en Francia, Manzoni y Cavour en Italia, Pérez Galdós y Maura en España. Se la imaginaban como una pagana doncella salvaje y sana, «virgen de blanca túnica vestida» (singular bobería) a la que era una daifa enferma; malnacida de un adulterio en la cuna fangosa y sangrienta de […] «la Francesada». Eso lo vieron a poco andar los grandes poetas –amén de los grandes filósofos, por supuesto; incluso los heterodoxos, como Nietzsche y Spengler” (Juan XXIII [XXIV]-Una Fantasía, Theoría, Buenos Aires, 1964, Cap XXXI, p 299).
[4] Ministro del Interior del Presidente Ramón Castillo. Fue un personaje emblemático del entreguismo.
