Humoristas Sucedáneos

Humoristas Sucedáneos[1]

 

No hay más humoristas en Buenos Aires. Está Ignacio B. Anzoátegui, pero cada uno de sus libros (Vida de Muertos y Vidas de Payasos Ilustres) los hemos leído ya cuatro veces.

Cuando uno está enfermo y deshumorado, necesita un humorista. Y que sea de su país. Porque Julio Camba, Chesterton y Wodehouse lo ponen a uno más triste, viendo que viven en países más dichosos y sensatos que el de uno; y, por otra parte, también lo ha leído cuatro veces.

Estando en cama sin poder hacer nada, vino en mi socorro la Providencia con seis “sucedáneos” de humoristas: escuché por radio los discursos de Pugliese, Palmero, Rabanal, Zabala Ortiz, Illia –y el “Municipal Anónimo”, no sé cómo se llama, ese coso gritón, guarango y estridente que vociferó en nombre de la “Municipaldá”, como pronuncia él. Algo es algo.

Si ustedes no lo han escuchado, embrómensé. Yo no me acuerdo más que del último, el de Pugliese: los otros por un oído entraron, por el otro salieron; aunque mientras duraron me divirtieron –me divirtieron un poco– un poco amargamente.

El discurso de su excelencia Monseñor Pugliese versó sobre “Las Ventajas de la Estabilización Monetaria”. Esas ventajas las conocemos todos, lo que necesitamos es que ellos las realicen. Pero, en fin, ellos hacen lo que pueden; que es hablar solamente, según parece.

Gastó unos veinte minutos en probar que la inflación es mala, y que la no-inflación (o “desaceleración” como la nombró) sería un bien para todos en general. Me atrevo a decir que este punto lo demostró convincentemente. Usó la mar de palabras técnicas de Economía política, por supuesto, como conviene a un Ministro; no importa, la gente aquí se arregla para entender algo, así a bulto y carga cerrada. Por supuesto que si hubiese hablado derecho viejo y en castellano corriente y moliente, no merecería ser llamado un estadista.

Después dedicó un párrafo breve y enérgico a la causa de la inflación. Y aunque no nombró a ninguno, también la causa quedó patente, pues dijo que la inflación viene de hace 25 años. 1965 menos 25, igual a 1940. ¡Perón!

Al final, ya al filo de la media hora, produjo como un prestidigitador de una galera, el remedio de la inflación. Plagió un poco a Alsogaray, pero eso poco importa. Dijo en suma que si todos nosotros argentinas y argentinos nos cinchamos, trabajamos más, producimos más, nos apretamos el cinto y la vincha, y depositamos ahorros en el Banco de la Nación, ellos se encargarán patrióticamente de la “desaceleración” de la inflación monetaria.

Esta palabra no es castellana, por supuesto, y suena un poco a “desaseo”; pero ya se entiende; quiere decir lo contrario de “aceleración”. De modo que si nosotros cumplimos por nuestra parte, ellos prometen que la inflación no se va a acelerar. Pero nosotros necesitamos que desaparezca, no que se “desacelere”. Al contrario, tenemos miedo que si se ponen a “desacelerárnosla”, la inflación se recontracelere más; de acuerdo con la experiencia que tenemos de todas las promesas que hasta ahora han hecho, que han salido al revés.

Ese remedio a ustedes no sé, pero a mí no me peta; porque mi cinto no da más; y suponiendo que tuviese ahorro me peta menos. La caja de ahorro me dice: “Entrégame todo el dinero que tengas; al cabo de un año habrá perdido el 25 por ciento de su valor; pero yo te pagaré en cambio el 11 por ciento de intereses.”

No es negocio; pero es humorismo, como al comienzo se dijo. Y según Monseñor Pugliese es patriotismo.

Me gustan más los remedios que da Moyano Llerena, pero no siendo ministro Moyano Llerena, no son remedios; por lo menos no son patrióticos. Puestos en la palma de la mano y así a la pata la llana, son los siguientes:

1º) Que este gobierno que es el más derrochón que ha habido en el país (lo cual es mucho decir) se corrija de ese pequeño defecto, o bien se vaya, con perdón del modo de señalar.

2º) Que se supriman de raíz todos los premios en moneda: municipales, provinciales, regionales, nacionales y afines a “las bellas artes”; o sea a los poetastros, cineastros, televisionastros, novelastros, ensayastros y afines; a los cuales se ha de cesar de “fomentar” existiendo ya en demasía como existen.

3º) Que se recobren los 178 millones de pesos empleados en el hipódromo de La Plata para fomentar la raza caballar nocturna; y se empleen en obtener una cruza de parejeros y lechuzas, que pueden correr de noche y sin luz.

4º) Que se suspendan todos los viajes a Europa de funcionarios para aprender su oficio; y de representantes del pueblo para desaprenderlo, fundándose en cambio aquí mismo escuelas nocturnas para ministros ayunos y contracomités para diputados demasiado comiteriles.

5º) Que se decrete que el gobierno pagará a los maestros, basureros, telefónicos, bancarios y demás empleados suyos de menor cuantía (exceptuando militares) cuando se le antoje y lo que se le antoje; pues deben prestar servicios a la Nación por patriotismo, y no movidos del vil metal.

6º) Que se aumente los sueldos a los jueces para que hagan justicia y no coimeen; y como los que coimean no son los mejores, se aumentará el sueldo por grados a los más peores.

7º) El séptimo remedio no me atrevo a escribirlo; pero se me hace que es el que va a suceder aquí[2].

Yo ando con dolor de cintura y un médico me dijo que es lumbago, otro me dijo es ciática y otro me dijo es rinopatitis complicada de estrangurria; pero ninguno me lo quitó; de modo que son tres Puglieses, porque el ministro de Economía me dijo todos los nombres técnicos de la inflación, y de sus afines y colaterales, pero no la remedió.

Ni la va a remediar, maldita sea mi alma.

 

[1]  1965.
[2]  Sucedió: los militares pusieron a Illia de patitas en la calle el 28 de junio del año siguiente.