LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ[1]
LA REVOLUCIÓN: DE 1789 A HOY
I – Una Antigua Fábula
Una de las refutaciones más contundentes del progresismo es la actualidad de las antiguas historias. Los progresistas, en efecto, piensan que sólo es hombre en sentido cabal quien lleva a cabo una revolución permanente por la que se desarraiga del pasado para adoptar nuevas formas de vida. Esto implica la negación de una naturaleza humana invariable, capaz de diversas determinaciones, como lo prueban las distintas culturas, pero siempre sujeta a leyes primeras que rigen el conocimiento y la acción.
Toda esta buena gente, cuyo corazón eufórico es más grande y poderoso que su cerebro, no cae en la cuenta de que la lozanía sólo puede atribuirse a aquello que muestra de un modo firme y novedoso su propia e inalterable naturaleza. Renovarse es vivir: la plenitud de la vida se manifiesta en una sucesión de obras logradas, diversas, y al mismo tiempo originales, conectadas todas ellas con el mismo origen, cuya riqueza expresan. Por ello San Agustín exclamaba: “¡Oh, Hermosura siempre vieja y siempre nueva!” Los cambios que implican el surgimiento de algo nuevo por la total abolición del estado anterior no significan el perfeccionamiento de esa realidad sino su colapso. Digan lo que digan, la existencia no es para los reformistas la perfección última, algo neto e indudable, sino una lúgubre disolución.
Y contra tal pretensión de conservarse siempre al día negando lo permanente, se alzan las viejas leyendas y relatos: ellos mantienen su validez porque debajo de las diferencias culturales y aun raciales hay una base unitaria, ese fondo de humanidad común, que es la raíz de nuestro parentesco y reclama nuestra solidaridad.
Ésta es la razón por la cual no sólo el Verdadero Dios ha querido educar a Israel por una historia sagrada, sino también los maestros de aquellos pueblos que se mantuvieron al margen de la Revelación apelaron a ejemplos, sucesos notable y mitos[2] para mantener despierto el sentido del bien y del mal, y también para roborar su prudencia: ya que hay un tipo humano constante, hay también situaciones típicas que pueden darse en cualquier tiempo y lugar; por ello las historias paradigmáticas pueden esclarecer el presente y prevenirnos contra errores, cuyo precio es la ruina.
Algunos escritores y filósofos contemporáneos han utilizado relatos del pasado con vistas a desentrañar los laberintos de nuestra época. Así, Nietzsche percibió en Dioniso la búsqueda del éxtasis por el abandono a una energía ciega que permite huir del encierro en la soledad individual, y esto en buena parte explica la adicción de los jóvenes a la música rock. Camus se valió de Sísifo, condenado a voltear incesantemente una roca, para mostrar el absurdo de la existencia gastada en la actividad frenética; y Sísifo se encarna hoy en quienes consumen sus vidas en lo que Sombart llamó “activismo insomne” sencillamente porque no saben qué hacer con sus vidas.
También nosotros hemos dado con una vieja historia que nos parece aplicable a la situación política del mundo. No tenemos la pretensión de emular a Nietzsche ni a Camus; antes bien esperamos firmemente que el Señor nos libre de imitarlos. Por ello, siguiendo el consejo del P. Castellani, nos valemos del humor par gambetear la enajenación de nuestro tiempo. Camus, por su parte, nos ha hecho escarmentar en auto ajeno, y la muy humana aspiración de conservar la propia vida y la del prójimo nos ha inducido a abandonar el volante y dejarnos conducir de acá para allá por un ex chofer episcopal (¡que el diablo sea sordo y no resulte esto un presagio!) para no acabar tomando parte en la fotosíntesis de un robusto álamo carolino o colgados de un poste telefónico metiéndonos indiscretamente en conversaciones ajenas.
Pasemos de una buena vez a recordar la historia que dijimos viene hoy muy a cuento: la del Rey a quien su médico había dicho que de ningún modo lograría sanar a menos que vistiese durante una noche la camisa de dormir de un hombre feliz. Tan sencillo pareció al Monarca el recurso que se alegró anticipadamente por su próxima curación. Se dirigió al Canciller, a quien tenía por un hombre feliz, y le pidió que le prestase por una noche su camisa de dormir. El Canciller le respondió que lo haría de buen grado, pero temía que ello no fuera útil, pues si bien era rico, poderoso y respetado, sin embargo, el cúmulo de arduos problemas que debía resolver le había causado la pérdida del sueño y del apetito, y su corazón suspiraba por una vida libre de tantas y tan graves complicaciones. El Soberano lamentó la triste condición de su fiel servidor, le deseó mejoría y se dirigió luego a otro de los notables, a quien hizo el mismo pedido con idéntico resultado. Y así sucesivamente: unos por una causa, otros por otra, nadie se consideraba dichoso.
Angustiado por la sospecha de que en este mundo el hombre feliz es una rara avis, el Rey envió mensajeros a los cuatro rincones de sus dominios en búsqueda de alguien capaz de proporcionar la imprescindible camisa, pero nadie se mostraba como excepción de la regla que equipara los días del hombre sobre la tierra con las jornadas breves y malas de un mercenario[3].
Por fin, uno de los enviados llegó al claro de un bosque y allí encontró a un campesino, casi un mendigo, quien cantaba alegremente junto al fuego que caldeaba una comida muy simple. A los ojos del mundo aquel rústico era digno de compasión; mas su rostro, su mirada y el timbre de su voz tenían el sello inconfundible de la dicha. Anhelante, el emisario se acercó al hombre y clavando sus ojos en él le preguntó si era feliz. Al principio, el extraño personaje quedó sorprendido, pero luego respondió sonriente que, en efecto, lo era. El corazón del enviado brincó de júbilo y, apenas capaz de contener su excitación, le reclamó en nombre del Rey la entrega de su camisa de dormir y el mendigo nuevamente se mantuvo en silencio, porque tal pedido le resultaba apenas comprensible. El mensajero aguardaba la respuesta con indecible agonía, mas en el silencio del bosque sólo se oía el crepitar de las llamas, porque el hombre feliz parecía incapaz de salir de su mutismo. Por fin se rehizo, esbozó una sonrisa y respondió que no podía obedecer esa orden porque era demasiado pobre para tener una camisa de dormir. Y apartando aquel extravagante asunto de su mente, volvió a dirigir la mirada a los fantásticos brincos del fuego sobre los leños y reinició su canción, cuya exuberante alegría invadió el bosque, mas no logró que el enviado real saliera de su asombro.
Muchos han visto el cumplimiento de esta historia en el joven Francisco de Asís, quien respondió a su padre, quien le acusaba de malbaratar el dinero que ganaba con su trabajo, despojándose de las vestiduras que había recibido de él, manifestó que en adelante sólo reconocería por Padre a Dios y se dirigió al bosque cantando las glorias del Creador. En realidad, no sólo el Juglar de Dios ha vivido esta suerte de parábola, sino también cuantos han querido tomar en serio el Evangelio, cuya primera bienaventuranza se refiere a los pobres. Pero como el Evangelio sin glosa invita a recorrer caminos que a los mediocres siempre nos parecerán locura rematada, el palurdo del bosque fue durante siglos motivo de inspiración sólo para una minoría.
Con todo, desde el comienzo de la Modernidad las cosas han tomado otro rumbo y el apólogo del hombre feliz ha llegado a arrojar luz sobre la existencia de un número cada vez mayor de personas hasta desplazar a un lugar secundario los mitos de Dioniso y Sísifo.
II – La Rebelión de los Príncipes
Tal cambio de rumbo tuvo su origen a comienzos del siglo XIV, cuando el Rey de Francia, Felipe el Hermoso hizo abiertamente la guerra al Papa Bonifacio VIII y por medio de su fanático Canciller Nogaret tomó prisionero al Pontífice e intentó deponerlo.
Este abuso significó en primer lugar el rechazo del orden natural, que exige la subordinación del poder temporal a la autoridad espiritual. Con su ingenio habitual, Chesterton explicó tal dependencia en uno de sus ensayos: el hombre práctico que pilotea un avión está supeditado al hombre especulativo que lo diseñó; cuando la máquina tiene algún desperfecto, el práctico debe volverse a alguien que entienda para que la falla sea reparada, y cuanto más serio es el desperfecto, tanto más teórico debe ser quien da la solución.
Una de las palabras favoritas empleadas por los Sísifos contemporáneos para descalificar a alguien es el injurioso calificativo “teórico”, incapaz de acción eficaz; mas los pobrecitos no advierten que el intelecto práctico está subordinado de modo absoluto al especulativo, porque éste suministra los principios y fines que regulan la vida. Por ello Santo Tomás enseña que ordenar y dirigir es oficio propio de los que entienden, y el Libro de la Sabiduría afirma que la muchedumbre de los sabios es la felicidad del mundo[4]. “La acción que pertenece al mundo del cambio, no puede tener su principio en sí misma, sino que ella lo obtiene de un ámbito que está más allá del dominio de la actividad. […] Toda acción que no proceda del conocimiento es simple agitación, así como todo poder temporal que desconoce su subordinación con respecto a la autoridad espiritual es vano e ilusorio”[5]. Y por ello, en la sociedad normal, el gobernante es iluminado por el sapiente.
San Bernardo había sido en el Medioevo el ejemplo más notorio de este axioma: así como el Motor Inmóvil hace posible el movimiento del universo, así también el Abad de Claraval, en el silencio de su claustro, encontraba luz y decisión para constituirse en árbitro en árbitro de las controversias doctrinales y enfrentamientos políticos que dividían a los hombres de su tiempo[6].
En segundo lugar, y esto es lo más importante, el intento de Felipe el Hermoso significó el rechazo de la doctrina tradicional, insinuada por San Agustín en el De Civitate Dei y expuesta con claridad por el mismo Bonifacio en la Bula Unam Sanctam sobre la relación entre las dos potestades para realizar un orden cristiano: la autoridad espiritual de la Iglesia tiene prelacía sobre el poder temporal porque ella es la prolongación en el espacio y el tiempo de Cristo, Rey de Reyes y Señor de los Señores, de quien procede todo poder, y, por lo mismo, es el Fin no sólo del individuo sino también de la colectividad: hay que dar al César lo que es del César, pero también el César y el orden civil están ordenados a Dios.
Durante siglos los Monarcas y, por encima de ellos, el Emperador reconocieron esta subordinación de la espada temporal a la espada espiritual, sin por ello renunciar a la legítima autonomía del gobernante en su campo propio de acción. “El Papa, el Emperador y los Reyes fueron, a título diferente, guardianes de una herencia común. […] Bossuet creyó poder discernir en el período de reconocimiento público de Cristo, los mil años anunciados por San Juan en el Apocalipsis, después de los cuales Satán sería liberado y saldría de la prisión para seducir a las naciones (20, 7)”[7]. Esta unidad, que antes había atacada por la herejía albigense, comenzó a disgregarse tras el conato de Felipe y Nogaret. El ideal de los Príncipes dejó de ser la “República Cristiana, en la que todos los hombres formaban una sola familia, unidos por la religión, la cultura, el matrimonio, el comercio y la sangre”[8].
La espada temporal no sólo ignoró la antigua subordinación, sino que, además, pretendió someter definitivamente al Papado. En 1305 fue elegido Sumo Pontífice el Arzobispo de Burdeos, que ni siquiera era Cardenal; con el nombre de Clemente V fue coronado en Lyon, y en 1509 trasladó la sede papal a Avignon. La teoría del Estado laico fue enunciada en el Defensor Pacis por Marsilio de Padua, quien al igual que Ockham y Juan Janduno, se refugió en la Corte de Luis de Baviera en el momento más acerbo de la lucha de éste con el Papa Juan XXII. “La sociedad humana”, escribe Marsilio, “es una sola. La unidad rechaza la posibilidad de poderes superpuestos: uno espiritual y otro temporal. […] Esto significa la condenación de una jurisdicción eclesiástica sobre el orden temporal y la total independencia jurídica del Estado”[9]. De este modo quedaron establecidos los principios doctrinales que justificarían dos siglos la ruptura de la Cristiandad.
La Reforma produjo las iglesias nacionales con su “pastores” convertidos en funcionarios del César. En el Medioevo el Príncipe se apoyaba en la adhesión del pueblo contra los nobles ‒frecuentemente reacios a someterse al Rey‒, y el Monarca, a su vez, era controlado por la Iglesia, la Universidad, los nobles y los gremios[10]. La ruptura causada por Lutero y demás novadores puso fin a este contrapeso y llevó a la concentración del poder en los Señores temporales.
III – Burgueses, Puritanos y Banqueros
Los Reyes no advirtieron que el Cesaropapismo tendría poca duración, pues el saqueo de los bienes de la Iglesia y, sobre todo, la insurrección de lo económico contra la ley moral (resultado de la aversión de Dios y conversión a las criaturas: el dinero abre casi todas las puertas de este mundo) hicieron posible la aparición de inmensas fortunas, y aquéllos que habían sostenido al Monarca en su lucha contra el antiguo orden cristiano, después de haberse asegurado que nunca tendrían que restituir el botín, decidieron terminar con la infatuación de los Reyes.
En lo que se refiere a Inglaterra, sólo un pequeño grupo de intelectuales adhirió a la revolución religiosa. Enrique VIII llevó su país al cisma porque necesitaba una Iglesia amansada que le otorgase el divorcio de su legítima esposa y pudiera así “casarse” con Ana Bolena… y las siguientes.
“Si nos atenemos a Raphael Holisend, historiador protestante fuera de toda sospecha, Enrique VIII, el Rey de las seis esposas (ordenó decapitar a un par de ellas), que se autoproclamó cabeza de la nueva Iglesia anglicana, hizo matar a 72.000 católicos. Su hija Isabel I, en muy pocos años, y también en nombre de un cristianismo «reformado» y, por tanto, «purificado», causó más víctimas (y con métodos más atroces, si es lícito llevar una clasificación del horror) que la Inquisición española y romana juntas a lo largo de tres siglos. Desde Ginebra, Calvino enviaba a Inglaterra mensajes con los que incitaba al exterminio: «Quien no quiere matar a los papistas es un traidor: salva al lobo y deja inermes a las ovejas»”[11].
El cisma inglés habría fracasado si no hubiera aparecido un nuevo factor. “De entre la clase media acomodada y los plutócratas había surgido un considerable número de puritanos: ellos no se reclutaban en la masa de la nación sino entre los hacendados, negociantes, pequeños terratenientes y mercaderes”[12]. Algunos conservaban la religión cerebral que Calvino había enseñado en sus Instituciones; otros, en cambio, concedían mayor importancia a la emoción religiosa, pero en las cuestiones fundamentales reinaba el acuerdo. Además de odiar al Catolicismo “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”, afirmaban la existencia de un “Dios implacable y vengativo, que había decretado desde la eternidad la condenación de la mayor parte de los hombres, quienes no alcanzarían la salvación, aunque se esforzaran por realizar buenas obras”[13].
Isabel fue sucedida por Jacobo I, hijo de María Estuardo, Reina de Escocia. Poco después de su llegada al trono tuvo lugar la “Conspiración de la Pólvora”, tramada por un grupo de católicos para matar al Rey, los Lores y los Comunes que asistirían a la apertura del Parlamento en noviembre de 1605. Muchos han sospechado que esta intentona fue planeada por el mismo Robert Cecil ‒el poder detrás del trono‒ para que los católicos aparecieran como traidores a la Nación. El Gobierno estaba al tanto de la conspiración, la hizo pública en el momento oportuno y se produjo la reacción calculada.
A pesar de todo, “a principios del siglo XVII un sagaz observador extranjero había calculado que los ingleses estaban divididos en partes iguales entre ambas tendencias”[14].
Durante el reinado de Carlos I, hijo de Jacobo Estuardo, la plutocracia prevaleció abiertamente sobre la Corona, cada vez más endeudada. La lucha abierta entre ambos bandos estalló en 1642 y condujo a la decapitación del Rey, el 30 de enero de 1649, y el encumbramiento del jefe puritano Oliver Cromwell. Éste descendía de un sobrino de Thomas Cromwell, el que había propuesto a Enrique VIII el saqueo de los bienes eclesiásticos; mas luego cayó en desgracia, y antes de ser ejecutado se declaró católico y acusó de hipocresía a cuantos aceptaban el cisma. Oliver abolió la monarquía y estableció el Protectorado (Commonwealth), régimen mixto de Monarquía y Parlamentarismo.
El Lord Protector fue un gran soldado bajo cuyo gobierno Inglaterra acrecentó notablemente su poder, pero la adhesión fanática a la herejía puritana lo llevó a extremos injustificables. Cuando fue condenado Carlos I, “en son de broma embadurnó con tinta la cara de uno de los que habían firmado la sentencia”[15]. Su broma más conocida es la invasión de Irlanda, que perdió la mitad de su población como resultado de las ejecuciones, el hambre y las enfermedades causadas por el conflicto. A los irlandeses les llovió sobre mojado porque sufrieron un saqueo de tal magnitud que apenas conservaron una décima parte de sus tierras.
Cromwell estaba seguro de no formar parte de la masa destinada a la perdición pues había tenido su revelación particular o “conversión” que lo había tranquilizado al respecto. Cayó enfermo y parecía próximo a morir, mas a fines de agosto de 1658 recibió un nuevo cable de lo Alto, y como se acercaba su día de suerte, el 3 de setiembre (había obtenido importantes triunfos ese día en 1650 y 1651), tuvo por cierto que evitaría el encuentro con la Parca. Por desgracia esta Señora no había sido suficientemente instruida sobre la Teología calvinista, y ese día por la tarde el Caudillo puritano emprendía el viaje desaconsejable. Es evidente que tanto en Oliver como en Thomas se había activado algún gen familiar que no sólo daba una vehemente inclinación al pillaje, sino también el arte de crear una atmósfera de estupefacción en el trance final.
En este tiempo se produjo un hecho de gran importancia: el retorno de los judíos a Inglaterra (en rigor, como veremos inmediatamente, nunca se habían ido por completo). “Llegó a haber un entendimiento firme y cordial entre Inglaterra y los judíos, que la Francmasonería consolidó en el siglo siguiente y se convirtió en el siglo XIX en una característica especial de Inglaterra”[16].
Consciente de la ilegalidad de su poder, la plutocracia victoriosa llevó a cabo en 1660 un simulacro de restauración trayendo a Inglaterra a Carlos II, hijo del Rey ejecutado. “El populacho estaba loco de alegría; aun entre las clases más pudientes pocos apreciaban con claridad lo que realmente había sucedido: el nombre del Rey se conservaría en el futuro, pero el poder real pasaría cada vez más a la clase de terratenientes, comerciantes y legistas. Esta clase rectora tendría dos Juntas: la Cámara de los Lores y la de los Comunes, y como poderoso aliado los principios del sistema bancario en la City, en Londres”[17].
En realidad, el Monarca estaría sometido especialmente la City, la famosa y misteriosa “Milla Cuadrada”, cuyo origen se remonta a aproximadamente un milenio atrás, cinco siglos después que el Londinium romano fuera abandonado. Cuando el lugar era casi un yermo, ricos mercaderes y magnates de Oriente ‒en absoluto ingleses, aunque con el paso del tiempo adquirieron títulos y usurparon nombres de rancio abolengo[18]‒ establecieron allí una minúscula ciudad-estado, cuyo estatus jurídico es deliberadamente confuso, pero que en la práctica funciona con independencia del Reino: cuando Guillermo el Conquistador se convirtió en el primer Rey normando de Inglaterra (1066), permitió que la City nombrara sus autoridades y tuviera su propio régimen de gobierno; y hasta el presente el Monarca sólo puede ingresar en ella si es invitado.
En 1672 el Jacobo Estuardo, hermano del Rey y candidato a sucederlo, se declaró católico; un año después el partido de la Reforma impuso el Test Act por el que los católicos eran excluidos de los cargos públicos. El vacío de la fe fue en parte ocupado por el desenfreno de la clase alta, el esoterismo y aun el diabolismo.
En la hora de su muerte, en febrero de 1685, Carlos hizo profesión de fe católica. Entonces Inglaterra se dividió con respecto a la sucesión real, pues mientras los whigs buscaban apartar a Jacobo del trono, los tories estaban dispuestos a aceptarlo con tal que ofreciera garantías religiosas a los anglicanos. A pesar de la fuerte oposición, Jacobo II recibió la Corona.
El Nuevo Soberano había mostrado gran pericia y coraje en la guerra contra Holanda (1664-1667), mas tenía en su contra costumbres disipadas y falta de prudencia para los negocios políticos. La Declaración de Indulgencia, por la que ponía fin a la exclusión religiosa, y el nacimiento de un hijo varón, que aseguraría la sucesión católica, decidieron a los protestantes a intentar la deposición del Rey. Una hija suya, que adhería a la nueva religión, era esposa de Guillermo de Orange, Estatúder (Gobernador) de Holanda y principal figura del partido protestante europeo. El Obispo de Londres le suplicó que invadiera la Isla para hacerse cargo del Reino, y en noviembre de 1688 Guillermo acudió al llamamiento al frente de 15.000 hombres. La traición del Duque de Marlborough, John Churchill (antecesor de Winston) hizo posible el triunfo de la Revolución que la Historia Oficial llama “Gloriosa”. Los proveedores de recursos para esta gloriosa operación son fácilmente reconocibles: “Mannasseh Ben Israel, Fernández Carvajal, Ebenezer Pratt. […] Los banqueros internacionales de Ámsterdam: Salomón Medina, Suaso y Moisés Machado. Tales nombres excluyen cualquier equívoco”[19].
El año 1694 fue decisivo para la historia inglesa: el Rey Guillermo se hizo oficialmente masón y a fines de julio fueron redactados los estatutos del Banco de Inglaterra. El Gobierno había recibido un fuerte préstamo de un grupo privado, y los usureros lograron la creación de un Banco que tomaría a su cargo el manejo de la deuda y el pago de intereses avalados por los impuestos públicos. Además, el Banco podría emitir notas de crédito con la garantía del Gobierno. Esto significaba que todos los impuestos nacionales respaldarían esos documentos o, dicho con otras palabras, que los banqueros podrían crear dinero por su cuenta, porque como el cobro de esas promesas de pago sería cierto, podrían ser utilizadas como dinero. El Banco no nacía como institución gubernamental “sino como una corporación privada, privilegiada y garantizada por el poder público, que se trazaría una política propia y que a partir de entonces tendría, en grado siempre creciente, la última palabra en todo acto de gobierno que tuviera relación con la guerra en el exterior y la dominación en las colonias”[20]. Desde entonces Albion, más precisamente, la City, se convirtió en el centro mundial de la Usura.
Cuando se produjo la Revolución Industrial, en la segunda mitad del siglo XVIII, el capital necesario para iniciar la gran industria debió ser buscado entre los miembros de la plutocracia, pues no había gremios ni una gran masa de pequeños o medianos propietarios capaces de aportar las sumas exigidas por la compra de las máquinas y los gastos de producción. Esto condujo a una mayor opresión de los pobres, porque si bien el capital es un instrumento al servicio del trabajo, sin el capital no es posible fabricar ni comercializar las manufacturas, y en un medio económico liberal, el capital adquiere una primacía contra naturaleza sobre el trabajador, “como si un pincel impusiese al pintor el cuadro a pintar; o un arado cobrase vida vampírica y se alimentase con la sangre del arador”[21].
Bajo la conducción de los usureros, Inglaterra aumentó su poder a expensas del resto del mundo. Solshenitzin, deslumbrado por el esplendor de la Isla, afirmó erróneamente que ella había sido la perla de Europa. El puritanismo es una nueva máscara del perenne fariseísmo: ambos términos, señala Belloc, significan la “santidad” de los (que se tienen por) “puros”, “separados”, distintos de “la chusma maldita que ignora la Ley”, y, si damos crédito al Evangelio, muy cuidadosos de la pureza exterior para ocultar la roña y el veneno del corazón. La patria de Eduardo el Confesor y Tomás Moro se convirtió en una nación cuyas clases alta y media ‒no el pueblo sencillo amado por Chesterton‒ dieron “extraordinaria importancia a todas las formas exteriores de sociabilidad, la corrección en el vestir y en el hablar, y sobre todo la higiene y el aseo personal”[22].
Esta claudicación de la autoridad pública fue vitoreada como un triunfo de la “Libertad”, y para extender a todo el mundo los beneficios de la emancipación, la City no sólo empleó el poder del dinero y los cañones de una armada siempre dócil a la voluntad de los grandes financistas, sino también la antigua, ubicua y silenciosa colectividad que dos pastores protestantes, el escocés James Anderson y el francés Jean-Théophile Désaguliers, remozaron en 1717-1723 y pasó a ser conocida por quienes estaban en el ajo como Gran Logia de Londres.
IV – Los Hijos de la Viuda
Para entender las relaciones entre la Corona y la Masonería resumimos “La Conquista de la Opinión Pública Francesa por parte de Inglaterra en el Siglo XVIII”[23]:
En el siglo XVII, la isla británica estaba en camino de convertirse en la metrópoli de un imperio nuevo que, contrariamente a los que lo precedieron, tuvo nacimiento en el mar y llegó a conquistar la tierra con métodos inspirados en el mar.
¿Cómo un pequeño pueblo insular, que contaba apenas con seis o siete millones de habitantes lograría someter al resto de las naciones? Bacon de Vérulam, quien con frecuencia ha sido profeta para su país, observa que el Reino del Cielo es comparado, no a una nuez grande, sino a un grano de mostaza, que es uno de los granos más pequeños; pero tiene la propiedad de elevarse y de ampliarse en poco tiempo. Quedaba, pues, por encontrar el grano de mostaza inglés. ¿Sería una nueva religión universal de la que los ingleses serían pontífices y en cuyo seno todos los pueblos serían hermanos? ¿O sería una república mundial cuya cabeza sería el genio movedizo o inasequible del pueblo inglés? De hecho, fue a la vez una religión y una república: fue la Francmasonería, institución a la vez religiosa y política.
El plan de conquista estaba claramente enunciado en el famoso Libro de las Constituciones Masónicas (1723). Allí se leía: “Si los señores, los gentilhombres y los eruditos de la Gran Bretaña siguen animando y cultivando la buena Masonería, esta isla llegará a ser la señora de la tierra”.
Cubiertos con mandiles de piel de oveja, los agentes británicos podían introducirse libremente en todos los países y anudar allí útiles relaciones con todas las clases de la sociedad. El cosmopolitismo masónico abría el continente a la influencia británica, como el principio de la libertad de los mares sometía los océanos al imperio de su flota.
En el siglo XVIII se extendió la anglomanía, tanto es así que Bernard Fay constata en su obra La Franc-Maçonnerie et la Révolution Intellectuelle du XVIIIe Siècle, que Francia no estaba muy de moda en Francia; pero Inglaterra estaba muy de moda. Entre los miembros de la alta nobleza, los intelectuales y el clero reclutaron las logias sus primeros y más celosos animadores.
En 1738 una pequeña obra, publicada sin nombre de autor y compuesta sin ninguna duda por un personaje iniciado en los misterios de la secta, devela algunos de los secretos de la dominación inglesa en el siglo XVIII. Allí nos enteramos ante todo de que la política es el arte de conseguir oro y servirse de él. Destrona los Reyes, los corona. Aplasta a los tiranos o los exalta. Destruye los Imperios y los hace de nuevo. Tal es el Gran Arte (alusión al Arte Real de los masones), el más admirable de todos los secretos. Es, pues, un secreto monetario; es la antigua piedra filosofal de los alquimistas, de la que Inglaterra ha hecho el fundamento de su política. Como decía Montesquieu, que fue iniciado en la francmasonería en 1730 en una logia londinense: Las acciones extraordinarias en Francia son para gastar dinero; acá (en Inglaterra), son para adquirirlo.
Pero la política inglesa y masónica fundada sobre el conocimiento del secreto monetario es también el arte de ser un gran malvado, constata la obra anónima citada más arriba; es el arte de manejar la opinión pública y de fomentar las revoluciones. Todas las intrigas de los agentes revolucionarios a sueldo de Inglaterra para derrocar la monarquía francesa parecen dictadas por esas singulares máximas políticas publicadas sin nombre de autor unos cincuenta años antes de la revolución de 1789.
Se podía asimismo leer en dicha obra que el número de los políticos es muy pequeño y son muy pocos quienes los conocen. […] Ellos hacen que el pueblo, sin conocimiento de causa, se emplee con todas sus fuerzas en ejecutar los proyectos del pequeño número de los políticos; sin la ayuda del pueblo, no serían capaces de ejecutar tan grandes designios, y ese gran arte consiste en la manera de habérselas para hacer que todo un pueblo entre en su interés. Nada es imposible a las personas que obran por política.
Todo esto estaba escrito y la rivalidad entre Francia e Inglaterra no era sino demasiado visible. Los mismos hombres políticos ingleses reconocían en sus escritos que Francia era la enemiga natural de Gran Bretaña. Sin embargo, los franceses prefirieron seguir ciegamente las máximas de su tiempo, imitar la moda inglesa, dejar que su imaginación volase hacia las islas, considerar el universo como su patria, dar a sus enemigos el dulce nombre de hermanos, soñar con el misterioso poder del oro, y repetir con el autor de la obra anónima: nadie podrá igualar nuestra gloria y nuestro poder, si sabemos hacer uso de este metal. Y permanecían en sus logias con sus magisters británicos. Todas las grandes conquistas revolucionarias modernas se preparan así: comienzan por el espíritu. Cuando los espíritus están conquistados, los cuerpos se rinden.
La promesa de la libertad ha sido siempre el leitmotiv de la propaganda británica en Francia, desde que la opinión pública de este país se sometió a Inglaterra. La libertad es, en efecto, la promesa que se hace a los esclavos. Hasta aquí Gueydan.
Aunque su escrito es muy bueno, es necesario rectificar un punto: nuestro autor denomina a la Masonería “antigua institución popular inglesa”, que “debía ser la fiel sirvienta de la señora de los mares y su prolongación terrestre”[24].
De hecho, la Masonería es anterior a la nación inglesa, y es muy sugestivo que haya sido reorganizada en la City de Londres. El clan secreto fue el “Maître de jeu”; y la Pérfida Albion, el chepibe de los altos iniciados. Algunos años atrás se propagó rápidamente una imagen del entonces Príncipe Carlos con Evelyn de Rothschild que muestra a las claras (ya que del imperio marítimo hablamos) quién es el capitán y quién el marinero.
V – Voltaire, el Genio del Odio
Cuando François-Marie Arouet, después de haber sido apaleado y encerrado en la Bastilla, llegó a Inglaterra, pudo comprobar que allí no había lugar para el fanatismo medioeval ni para el absolutismo monárquico. En sus Cartas Inglesas hizo conocer a su país las ventajas del régimen adoptado allende el Canal de la Mancha, que permitía a los burgueses el acceso a elevadas posiciones sociales; además, Newton con sus teorías físicas había llevado la Filosofía a su forma perfecta[25]. Trataremos de analizar cada uno de los aspectos notables que el Señor de Ferney descubrió en Inca-la-perra y por medio de sus Cartas extendió a su país.
Allí, como hemos visto, los mercaderes y banqueros habían triunfado e impuesto un sistema individualista que propone como ideal el enriquecimiento ilimitado; en el Continente europeo, si bien “el avance de la burguesía […] asumió en el siglo XVIII un nuevo ímpetu y una nueva fuerza de choque”[26], sin embargo, el Rey de Francia, entonces la nación más rica, intentó controlar el poder del dinero[27], por lo cual éste promovió una Filosofía que justificara y provocase cambios sociales.
Con esto no hacemos nuestra la tesis marxista que reduce la cultura a consecuencia y enmascaramiento de los procesos económicos, pues, por el contrario, el quehacer implica siempre una concepción del mundo y de la vida, y por ello contiene en germen una metafísica. La burguesía no soportaba impedimentos a su voracidad ni obstáculos a sus grandiosos proyectos, ya que debajo de la “maldita apetencia de dinero” se oculta la convicción de que el mundo es para el hombre, y, por lo tanto, compete al hombre darle sentido: tal es precisamente la doctrina nominalista. Aunque vaya regularmente a Misa y reciba los sacramentos, el burgués es un revolucionario nato, porque sólo considera cómo puede aprovechar la realidad, sin tomar en cuenta la dependencia y el orden de las cosas a su Causa Primera y Último Fin.
También la obra de Newton es una huella que vale la pena rastrear. El físico inglés llevó a su culminación el intento de la nueva física de Copérnico, Galileo y Descartes, que veía en el universo un mecanismo gobernado por leyes generales dadas por Dios, el Gran Relojero. Después de haber regulado el funcionamiento del cosmos, su Autor se había retirado prudentemente y “abandonado el mundo a las disputas de los hombres”[28]. Como la mayoría de los sabios, el Sabio Supremo vivía en las nubes; si los mismos paganos, que habían humanizado escandalosamente a sus dioses, admitían que Júpiter no se ocupaba de los bueyes, menos aún la abstractísima deidad de los racionalistas iba a terciar en nuestras rencillas. Praetor non curat de minimis, el oficio exige al Superior no ocuparse de menudencias.
En la entrada “Gracia” de su Diccionario de Filosofía, Voltaire se burla de los “ilustres e infalibles teólogos romanos” que distinguen y analizan la gracia actual y la habitual, la operante y la cooperante, la suficiente y eficaz… Si Escipión, César, Marco Aurelio o cualquiera otro romano de los felices tiempos del paganismo hubieran conocido estas distinciones, se habría desternillado de risa: “El Eterno no se conduce por leyes particulares como los viles humanos, sino por leyes generales y eternas como Él Mismo”[29].
Monsieur Arouet conocía mejor los secretos de la lengua francesa que los de la Metafísica y la Teología porque entendía que crear el mundo, ordenarlo, conservarlo en su ser, mover las criaturas a la acción y dirigirlas por medio de sus operaciones a sus propios fines eran actos distintos, con lo que Dios resultaría un Superajedrecista que juega partidas simultáneas con cada cosa y quisque del universo, lo que ya le habría sacado canas verdes si todo eso no fuera más que una suma de patrañas, cuyo principal responsable era el “birretudo” Tomás de Aquino.
Pero “le Roi Voltaire” no tuvo en cuenta que debajo del birrete en cuestión había una cabeza que no sólo servía para criar pelo (función completamente secundaria), sino también para mantener activas las neuronas, cuya diligente aplicación hizo que en el espacio que sostenía al birrete surgiese la evidencia de que el acto de crear, conservar, mover y ordenar a su fin cuanto existe es un acto simple que se identifica con la sustancia de Dios. Ser creado significa depender totalmente y en todo momento de la Fuente de la existencia, en la cual vivimos, nos movemos y somos. Sólo cuando hablamos “de tejas abajo” hay lugar para distinguir los diversos aspectos del don divino a las criaturas, que incluye cuanto éstas son y obran, ya en el plano natural, ya en el sobrenatural.
Todo esto, sin embargo, era ininteligible para el Señor de Ferney, quien tenía dificultades insuperables para trascender el plano de la imaginación; y cuyo corazón aridecido le impedía vislumbrar en toda cosa y acontecer una gratuidad que descubre el amor paterno de Dios. En fin, “non omnes omnia possumus”, y M. Arouet compensaba las falencias metafísicas con su indudable talento para el sarcasmo y frases venenosas.
Muchos han creído ver la marca distintiva del Iluminismo en su confianza ciega en el progreso, que sustituiría las creencias tradicionales por certezas racionales. Pero, si bien el siglo XVIII tuvo esta persuasión, sin embargo, fue otro su primer principio. Kant propuso como lema de la Ilustración “Sapere aude”, atrévete a usar tu inteligencia; aforismo tan escueto como significativo, que bien merece una explicación: “Yo, en cuanto individuo, poseo dentro de mí una fuerza autónoma, la razón, que puede poner en cuestión todo lo que llega comúnmente admitido como obvio”[30]. El énfasis, como vemos, no está puesto en la razón sino en la voluntad: el hombre ilustrado quiere usar su razón de tal manera que le permita refutar cuanto no procede de su pensamiento. La divisa que Luis XIV había hecho grabar en sus cañones: “Ultima ratio regum”, la fuerza es el último argumento de los reyes, también valía para esta doctrina, entre cuyos representantes Voltaire ocupa un lugar tan destacado. El secreto del Iluminismo es el voluntarismo.
La Ilustración fue un intento de extinguir la luz del mundo. En primer lugar, significó la cerrazón ante el misterio de la naturaleza. Pascal escribió que los principios de las cosas ocultan un impenetrable misterio, y el principio de la vida intelectual es la aceptación de los seres que están frente a nosotros, cuya evidencia nos pincha los ojos, y, sin embargo, se dan en un fondo de misterio, pues jamás lograremos inteligir totalmente una criatura.
Sobre todo, esta corriente filosófica fue una reacción de escándalo y rebeldía ante el misterio sobrenatural, que supera el alcance de nuestro entendimiento, aunque no es contradictorio y hay, además, razones para creer. Estos pensadores ardían de odio a la Iglesia no por las miserias de sus ministros ni por los errores históricos que puedan imputársele, sino porque ella custodia la Revelación de la Verdad Primera, irreductible a la idea clara y distinta; y enciende en el corazón de los dóciles el fuego de la caridad, aborrecible para una civilización que aspiraba a fundarse sobre el egoísmo. La aversión de los iluministas a la Esposa de Cristo recuerda el tormento que la presencia del Señor causaba a los posesos: el Dios hecho prójimo, en efecto, anticipa la ruina de cuantos planes urden los contumaces para vivir lejos del Creador.
Después de haber establecido que el Gran Arquitecto gira en una órbita tan lejana que jamás se ensuciará las manos con nuestro barro, los ilustrados concluyeron que la tarea de ocuparse del chiquitaje debía recaer sobre los “Filósofos”, infinitamente más augustos que los teólogos romanos de los que se mofaba Voltaire, y que, además, habían tenido el (discutible) buen gusto de sustituir el birrete por la peluca.
Ellos señalarían el camino político para entronizar a la burguesía ilustrada, que dirigiría técnicamente a la Humanidad[31]. Los librepensadores planearían sobre la base de una nueva ética una forma racional de vida, comparable con el cielo estrellado que tan honda impresión había causado en Kant. Sólo entonces el Arquitecto del Universo dejaría de ver en la Humanidad un cascote refractario a las armonías y proporciones del cosmos. Claro está que la concreción de este sueño de visionarios exigía que los hombres de ese tiempo prestasen a los Filósofos el crédito que en otro tiempo sus mayores habían otorgado a los birretudos. Aunque la fe había cambiado (ya no era supersticiosa), los justos continuaban viviendo por la fe.
En la empresa de propagar el nuevo mensaje de salvación, sus apóstoles mostraron un celo comparable con los peores ejemplos de militancia oscurantista: Voltaire, llamado por Diderot “el genio del odio” y “el Anticristo”, se entregó a escribir panfletos. Desde su lujosa residencia de Ferney (que podía mantener gracias a los abundantes beneficios que le rendían sus inversiones en la trata de esclavos, una de cuyas remesas fue desembarcada en Buenos Aires) salían continuamente libelos que manifestaban una gran agudeza al servicio de su encono sectario.
Su modus operandi era el usado por los fanáticos de todos los tiempos: la simplificación caricaturesca, la voluntad de no considerar las razones del adversario, la incansable repetición. Este paradójico campeón de la tolerancia usaba la razón, pero sin mostrarse jamás razonable. Y fueron ellos mismos (Goulemont y Launay) quienes trajeron la cita de sus famosos consejos: “Tirad la piedra y esconded la mano” (mayo de 1761), y “Hay que mentir como un diablo, no tímidamente, no sólo durante un tiempo, sino descaradamente y siempre” (a Thiriot, el 21 de octubre de 1763)[32]. No retrocedía ante medio alguno pues quería probar que bastaría un solo hombre, él mismo, para destruir la Iglesia que Jesucristo había fundado con la ayuda de doce Apóstoles.
Cuando, según sus previsiones, la Iglesia estaba a punto de desaparecer, se le presentó la ineludible Parca. Voltaire tenía entonces 84 años, y poco antes, en París, había estado al borde de la muerte. En esa ocasión no quiso pasar de este mundo al fuego eterno, e hizo llamar al cura de San Sulpicio, de quien recibió los sacramentos. De lo que ocurrió después tenemos dos versiones:
Según la primera, recayó en la incredulidad y volvió a tener el corazón encendido de odio a la fe. Pero, en la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, la Pepma no marró el guadañazo.
El protestante M. Tronchin, médico de Voltaire, y la Marquesa de Villette (esposa de un revolucionario intransigente, en cuya casa le Roi pasó sus últimos días), testigos presenciales del suceso, narran que “poco tiempo antes, […] presa de furiosas agitaciones, lanza gritos desaforados, se revolvía, crispábansele las manos, se laceraba con la uñas. […] Varias veces quiso que hicieran venir un ministro de Jesucristo. Los amigos de Voltaire que estaban en la casa se opusieron bajo el temor de que la presencia de un sacerdote que recibiera el postrer suspiro de un patriarca derrumbaría la obra de su filosofía y disminuyera el número de sus adeptos. […] Al acercarse el fatal momento, una redoblada desesperación se apoderó del moribundo; gritaba diciendo que sentía una mano invisible arrastrarle ante el tribunal de Dios. […] Finalmente, para calmar la ardiente sed que le devoraba, llevóse a la boca su vaso de noche, lanzó un último grito y expiró entre la inmundicia y la sangre que le salía de la boca y las narices”[33].
Pero, cuando estamos revisando el artículo, damos con esta noticia:
“Un lector nos envía algunos textos del escritor, historiador, filósofo y abogado francés, François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire. Mientras envejecía apaciblemente, empezó a reconsiderar su postura anticlerical y se fue acercando a la religión: «Con Dios nos conocemos, pero no nos hablamos», y con el tiempo hablaron… Las últimas palabras del filósofo fueron: «Me he confesado, y si Dios dispone de mí, muero en la santa religión en la que he nacido, esperando a la misericordia divina que se dignará perdonar todas mis faltas». Dada la enemistad de las autoridades clericales con el escritor, se sabía que el Obispo de París no habría de concederle el permiso de ser enterrado en camposanto. Sus sobrinos Monsieur d’Horne y el sacerdote abate Mignot intentaron cumplir su deseo de ser sepultado en camposanto. Fue enterrado en la iglesia de Scellier, donde su sobrino tenía jurisdicción. El Obispo de París, deseoso de una venganza póstuma, prohibió toda misa o servicio religioso para salvar el alma de este pecador arrepentido”[34]. Omar López Mato da una versión concordante[35].
¿Inventaron la Villette y Tronchin sus relatos para ocultar que Voltaire había muerto en la fe? Si éste fue el caso, dieron a los predicadores y apologetas de otro tiempo la historia favorita para mostrar que todos los enemigos de la Iglesia terminan mal; actualmente la anécdota no es mencionada porque gracias a su amplitud de espíritu la Iglesia ha dejado de tener enemigos. Esperemos que Monsieur Arouet se esté hablando con Dios, o, al menos, llegue a hablar con Él cuando salga de un Purgatorio tan duro como el que el señor Cullen deseaba a Perón[36].
Lo cierto es que la empresa a la que Voltaire se había dedicado con alma y vida durante años aún no estaba coronada; y, como el Diablo no falta en lo necesario, tuvo el cuidado de suscitar otro pensador capaz de completar la obra del filantrópico negrero. Éste había sido una especie de ángel exterminador, cuyos escritos habían minado las creencias tradicionales en los espíritus cultos, o mejor, embutidos de frases hechas iluministas. Pero los idólatras del Progreso reclamaban nuevas ideas que alumbraran el camino a la sociedad plenamente racional, y el hombre que tuvo el privilegio de encandilar a la época con una revolucionaria comprensión de la naturaleza humana y de la vida política fue Juan Jacobo Rousseau.
VI – El Cuento de Jaimito
Había nacido en Ginebra en 1712; su madre, hija de un pastor calvinista, murió al darlo a luz, y fue criado por una tía. En 1749, cuando se dirigía a visitar a su amigo Diderot, tuvo una iluminación en el bosque de Vincennes, donde se había detenido para hacer una pausa. Hasta entonces había abrigado el proyecto de consagrar su vida a la música, pero el rayo de luz que flechó su espíritu lo determinó a orientar su existencia a cuestiones de mayor entidad: en primer lugar, a sí mismo. “En todas sus obras el personaje principal es siempre Rousseau, hablando en primera persona o permaneciendo en el plano de la autobiografía en la expresión de sus propios sentimientos. No sólo en sus Confesiones, sino también en La Nueva Eloísa, en el Emilio, en los Diálogos y en las Rêveries, así como en todo su epistolario, el tema primordial siempre es él mismo por encima o por debajo de cualquier materia que trate”[37].
Y como nadie está obligado a acusarse, ni era seguro que tras la muerte de Juan Jacobo apareciese un nuevo Platón que escribiera la Apología del ginebrino para mostrarlo como el hombre más justo y más sabio, nuestro héroe se sintió obligado a decir la verdad sobre sí mismo. Su idea fija y convicción fundamental es “lo que Sailliéres ha llamado «su inmaculada concepción»”[38]. En las Confesiones leemos: “Con todo, estoy persuadido de que entre todos los hombres que he conocido en mi vida, ninguno fue mejor que yo. […] Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza, y este hombre seré yo. Yo solo. […] No estoy hecho como los que he visto; me atrevo a creer que no estoy hecho como ninguno de los que existen”[39]. Poco antes de su muerte escribió: “Todo ha acabado para mí sobre la tierra. Ya no se me puede hacer aquí ni bien ni mal […] y estoy tranquilo en el fondo del abismo, pobre infortunado, pero impasible como Dios mismo”[40]. Sin llegar a afirmar que Juan Jacobo fuera de condición divina, Teresa, su mujer, no tenía dudas sobre el grado heroico de las virtudes del ginebrino: “Si mi marido no es un santo, ¿quién lo será?”[41].
Y a fuerza de hablar y hablar de sí mismo, sus lectores llegan a conocer las entretelas de su inmaculado corazón: “Desde mi más tierna infancia y durante toda mi vida tuve el deseo de recibir azotes de manos de mujeres. […] Buscaba las alamedas oscuras y los rincones escondidos para mostrarme de lejos desnudo a las personas del otro sexo, y ello me proporcionaba un placer indescriptible”[42]. Con dieciséis años huyó de su casa y por recomendación de un párroco fue recibido por la Baronesa de Waerens, a quien Juan Jacobo llamaba “mamá”, y que terminó siendo su amante. En 1745 “mamá” lo sacó carpiendo y el impasible-apasionado Rousseau debió aceptar un brusco descenso de estatus, porque tuvo que conformarse con Teresa Lavasseur, una rústica sirvienta, de la que tuvo cinco hijos, quienes jamás llegaron a decirle “papá” porque todos fueron enviados al asilo.
Las confesiones de este santo laico nos muestran la conveniencia de introducir un cambio en el nombre usual del ginebrino. “Jacques” admite varias traducciones: Jacobo, Santiago, Diego y Jaime. Por desgracia, la costumbre ha impuesto el chocante “Jacobo”, pero hay que acabar de una vez con este abuso. “Jacobo” es la versión correcta cuando la persona en cuestión es alguien como Maritain, quien influido por la pequeña y rabínica Raïssa Oumançoff, difundió en la Iglesia una bruta herejía. En realidad, el nombre que mejor cae a Maritain es “Yago”, mas como el castellano ha soldado a este término “Sant” (Sant-Yago = Santiago), perdemos lamentablemente la oportunidad de caracterizar al profeta de la Nueva Cristiandad señalando ciertas afinidades con las del personaje a quien el poeta llamó “honest Iago”. Nos contentamos entonces con “Jacobo” y una vez más queda probado que lo óptimo es enemigo de lo bueno. Pero el caso de Rousseau es otro y esa mezcla de inclinaciones torcidas y descaro puede ser expresada con una de las posibles traducciones que nuestra lengua ofrece al polivalente “Jacques”: Jaimito. Si, como pensaban los antiguos, el nombre es cifra de la persona: in nomine numen, entonces “Jaimito” es le mot juste y la Democracia deberá ser agregada al repertorio de cuentos de ese niño desprejuiciado, pero típico de un país que ha puesto su confianza en las especulaciones del hombre más justo y más sabio.
Para comprender la doctrina de Rousseau debemos examinar las etapas del proceso que condujo del pensamiento político de la Cristiandad al moderno.
Maquiavelo revocó la dimensión sagrada de la historia humana. La “gracia” se convirtió en “virtù” (fuerza, poder), la Iglesia fue desplazada por el Estado, cuyo servicio ocupó el lugar de la obediencia a Dios. La idea central de El Príncipe es que la historia es regida por el poder: el más fuerte triunfa, impone su ley[43]. La “virtù” es eficiencia, energía por la que un hombre o un pueblo logran obtener la finalidad que se han propuesto[44]. Insensible al valor moral, se mostró exigente con respecto a la técnica empleada para obtener y conservar el poder. Y por ello admiró la conducta de César Borgia, a quien propuso como modelo por su prudencia, habilidad, valor y ambición[45].
Durante la ceremonia de coronación de Eduardo VI, en 1547, Cranmer expuso públicamente por primera vez la doctrina de los “Derechos Divinos del Rey”[46]: la autoridad baja directamente de Dios al Rey, a quien sólo Dios puede juzgar; en consecuencia, cualquier rebelión es pecaminosa, injusta y sacrílega y quien no reconozca esta doctrina, aunque sea por principios religiosos, es un perturbador del orden social y merece ser tratado con el máximo rigor[47].
Hobbes plantó con el Leviatán la raíz oculta del Liberalismo[48], porque mantuvo la soberanía absoluta del Estado, pero ya no fundada en el derecho divino, sino en un contrato social. Además, enseñó que la autoridad (el poder), no la razón, hace la ley. Estas ideas serían aceptadas por Rousseau.
Locke fue al mismo tiempo empirista ‒no hay diferencia específica sino de grado entre la sensación y la idea‒ y racionalista: pretendió aplicar el método físico-matemático al estudio del alma. Ahora bien, si a la idea elaborada por la subjetividad no corresponde un dato inteligible real, no hay lugar para ideales, lo que paradójicamente lleva a la sociedad “ideal”, ideológica, un constructo en el que la función del Estado es garantizar la libertad de los individuos, esto es de “la nueva clase social que obtenía el poder en Inglaterra, la misma clase que un siglo más tarde haría la gran Revolución en Francia: la burguesía mercantil enriquecida y ensoberbecida”[49]. Locke es el padre del Liberalismo, y Rousseau su primogénito.
Pero no comprenderíamos a fondo su doctrina si dejásemos de lado que “ha sufrido profundamente la influencia de su atavismo ginebrino y calvinista; jamás pierde de vista un cierto ideal constitucional tomado de la historia de Ginebra”[50], donde Calvino había creado por la aplicación del terror un orden social profundamente antitradicional. Según Chevallier la invención de Rousseau se resume en dos palabras: “libertad” e “igualdad”[51], cuyo contenido procuraremos desentrañar para no ser embaucados por términos durante largo tiempo hechiceros.
En la pasión del ginebrino por la libertad, Castellani descubre la reacción característica del loco, que se siente atado por dentro y aspira a crear fuera de sí aquellas condiciones que alivien su miseria interior[52]. Y la exigencia de igualdad “brota de su corazón orgulloso y plebeyo, constantemente herido por el contacto de la sociedad aristocrática, inigualitaria, cuyas bondades le eran tan insoportables como sus desprecios”[53].
Nuestro filósofo adopta como punto de partida la herejía pelagiana según la cual el hombre es naturalmente bueno. Esta afirmación prueba una vez más la ceguera del ideólogo y su inexperiencia de las condiciones reales de la vida: nacido en pecado y expuesto a la fascinación del mundo, ningún hombre es capaz de perseverar en el bien sin la ayuda de la gracia; además, el optimismo naturalista es contradicho por la misma existencia del ginebrino, quien a lo largo de su vida sintió una patológica desconfianza del prójimo, que lo llevó a padecer una manía de persecución hasta morir solo y amargado en su retiro de Ermenonville.
Rousseau, sin embargo, creyó resolver esta contradicción cargando la romana a la sociedad: el buen salvaje gozaba de una felicidad paradisíaca en estado de pura naturaleza, pero la constitución de la sociedad política lo corrompió. La mentira engaña con aquella parte de verdad que ha sustraído del todo: “el buen salvaje” es uno de los mitos modernos, pero es verdad que una sociedad fundada en el error bastardea a sus miembros y es fuente de toda clase de iniquidad. Sólo la inspiración religiosa puede (siempre de modo imperfecto) hacer que la justicia reine en el cuerpo social, y desde la caída de la Cristiandad se ha impuesto un modelo laico del orden político.
El hombre no puede volver a la condición de buen salvaje porque se ha acostumbrado a la vida en común; y como ésta le proporciona algunas ventajas, se sigue que la sociedad deberá construirse de tal modo que respete las dotes humanas esenciales. Prestemos atención al concepto “construir” aplicado a la sociedad, que es considerada un artefacto, a semejanza del universo de Galileo y Newton. Y así como la nueva Física deja de lado la naturaleza para sustituirla por la inteligibilidad matemática, igualmente el ginebrino ignora que la sociabilidad es exigida por la naturaleza humana y la convierte, como pasamos a ver, en el resultado de un contrato (mentalidad de mercachifle).
La solución que propone “el Newton de la Moral” (así llamó Kant a Rousseau) es la siguiente: mediante un pacto, cada uno de los miembros entrega su persona a la sociedad; no a un hombre ni a un grupo social, sino a la comunidad. “Ninguna sociedad tradicional tiene conciencia de haber creado sus instituciones: éstas no dependen de la buena voluntad de un legislador ni del azar de un plebiscito, sino que reconoce una intervención divina. ¿Este recurso a la autoridad suprahumana es una astucia del legislador para que se lo obedezca sin rebeldías? Esta opinión que parece abominar de la Metafísica tiene en realidad la suya, embozada y mal definida: la del hombre autosuficiente”[54].
Como la sociedad deriva del contrato, la soberanía reside en el pueblo, cuya voluntad general se expresa en la ley, necesariamente justa porque supera el egoísmo de la voluntad individual, dirigida al bien particular[55]. De este modo el individuo permanece libre pues al obedecer la ley se somete a sí mismo como miembro de la colectividad.
En el Capítulo VI del Contrato admite que el pueblo “quiere siempre el bien, pero no siempre lo ve por sí mismo. La voluntad general es siempre recta, pero el juicio que la guía no es siempre esclarecido. Es preciso hacerle ver las cosas tales como son. […] He aquí de dónde proviene la necesidad del Legislador”. Para dar leyes a los hombres, añade el ginebrino en el Capítulo siguiente (“Del Legislador”), “haría falta dioses”. Pero sabemos que los iluministas no aceptaban la intrusión de los dioses en los asuntos humanos, por lo cual el vacío dejado por la Deidad es ocupado por la sobrehumana figura del Legislador:
“El que se atreve a emprender la formación de un pueblo debe sentirse capaz de cambiar, por decirlo así, la naturaleza humana; de transformar a cada individuo, que en sí mismo es un todo perfecto y solitario, en una parte de un todo más grande, del que este individuo recibe en cierto modo su vida y su ser; de alterar la constitución del hombre para mejorarla. […] Tiene, en una palabra, que quitar al hombre sus fuerzas propias para darle otras que le sean ajenas y de las que puede hacer uso sin ayuda de otro. Cuanto más muertas y aniquiladas están estas fuerzas, más grandes y duraderas son las adquiridas, […] de suerte que, si cada ciudadano no es nada, no puede nada sino mediante todos los demás, […] se puede decir que la legislación está en el punto más alto de perfección que puede alcanzar”.
Una vez que ha sido designado el Legislador, depositario de la Voluntad General, queda revestido de infalibilidad y no se debe a las instrucciones de quienes lo han elegido: el pueblo vota y se ata las manos. Es la justificación del más crudo despotismo, que pretende transformar al hombre real en mero individuo de la gran termitera.
“La santidad del Contrato Social y de las leyes” y la experiencia de que toda unión política duradera supone una fe común hicieron que Rousseau añadiera al Contrato un capítulo final, inexistente en el plan primitivo, que tituló “De la Religión Civil”. En él, nuestro utopista observa que la antigüedad no había conocido guerras de religión porque los dioses se contentaban con ser venerados en un Estado, mientras que, con respecto a las deidades extranjeras, aplicaban el sabio principio “vive y deja vivir”. Pero las cosas cambiaron cuando comenzó a predicarse en el mundo la doctrina de Jesús, cuyo Reino no es de este mundo y por tanto incitaba a sus seguidores a ocuparse de asuntos estratosféricos. Para colmo de males, la religión del Evangelio, por obra de Obispos astutos e intransigentes, degeneró en el actual Catolicismo “que da a los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias, los somete a deberes contradictorios y les impide ser a la vez devotos y ciudadanos”[56]. Por ello excluye del nuevo orden social a la religión romana: quien se atreva a decir que fuera de la Iglesia no hay salvación debe ser expulsado del Estado Democrático, fuera del cual no hay salvación.
Ahora bien, la religión simple predicada por Jesús había desaparecido, la tolerancia de los filósofos no toleraba la Iglesia Católica y el hombre ilustrado no se encuentra completamente a sus anchas en un templo de Júpiter, Anubis o Vishnu, ¿qué lazo religioso permitiría la unidad social?
El Padre de la Democracia responde: la Religión Civil, la cual no obliga a creer en algo determinado. “Los dogmas de esta religión no le interesan al Estado y a sus miembros más que por lo que se refiere a la moral y a los deberes para con los otros. […] Cada uno puede tener las opiniones que desee. […] Mas si alguien, después de haber reconocido públicamente estos mismos dogmas se conduce como no creyéndolos, sea castigado con la pena de muerte, pues ha cometido el mayor de los crímenes: ha mentido a las leyes”[57]. Alma gemela de Tertuliano y Savonarola, Juan Jaimito no podía tolerar la mínima transgresión de la moralidad.
Si en lugar de ensañarse con los infractores de su doctrina hubiera considerado seriamente sus principios, habría visto que edificaba sobre arena.
En primer lugar, la autoridad no es dada por el pueblo, que sólo tiene organización política cuando el Jefe lo encabeza: la autoridad es causa eficiente de la sociedad. Mas el que gobierna debe tener algún tipo de consenso explícito o implícito, así que el orden natural pide que el gobernante y el pueblo se armonicen.
Además, la Voluntad General no es creadora de la ley. Ésta procede de la inteligencia del Legislador: la ley, en efecto, es sancionada porque hay un orden entre lo que ella preceptúa y el Bien de la sociedad; y la captación del orden es algo propio de la inteligencia que, en este caso, toma en cuenta la naturaleza del hombre, de la sociedad y las circunstancias. En lugar de la inteligencia, a menudo odiada por los intelectuales, el subjetivismo egoísta del ginebrino pone como fundamento de la ley el “Hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas”, lo quiero, lo ordeno, baste mi voluntad como razón[58]: una nueva evidencia de la conexión entre la modernidad y el voluntarismo. Cuando se subleva contra la inteligencia, dice el P. Castellani, la voluntad es profundamente destructiva, porque al no tomar en cuenta el orden natural de las cosas, su impulsión ciega necesariamente conduce al caos.
Luego, la sociedad no es un amontonamiento indiferenciado de individuos, sino un todo orgánico cuya célula fundamental es la familia, y, a partir de ésta se forman los grupos intermedios: “la comuna, el gremio, la provincia, la región, y los estamentos particulares, Ejército, grupos religiosos y grupos intelectuales”[59]. Hay también raíces, una tradición que resume en el presente el pasado del cuerpo social, y por otra parte, una vocación o destino que la comunidad tiene frente a sí como una tarea a realizar. El P. Ramírez afirma que éste es el marco en el cual surge la autoridad y uno de los límites fundamentales de ella, y el gobernante que no respete la disposición concreta del organismo que rige pierde la legitimidad.
También es falso que la única forma lícita de nombrar autoridades sea el sufragio universal. “El sufragio es válido y puede dar alguna verdad de orden práctico, cuando se está habilitado para pronunciarse: entonces no votan como masa, sino como personas”. El sistema sufragista tiene sentido en aquellos lugares donde todos se conocen y al votar opinan sobre cuestiones que entienden. La autoridad también puede ser legítima cuando viene “por algún modo de constitución, contrato, elección, evolución política natural o simple asentimiento, explícito o tácito, que es el caso más común, natural y sólido. […] Es menester saber que las formas de gobierno lícitas son muchas según la necesidad de cada pueblo, no excluida la dictadura; pues pueden darse pueblos carentes de virtud y tan desordenados, dice San Agustín, que por lo menos transitoriamente necesiten para ser reducidos a orden racional alguna manera de despotismo, no cruel como el del tirano, sino severamente amante como el despotismo de la madre con el niño chiquito o el despotismo del padre con el hijo enfermo y frenético. […] Querer sustituir un papel quizá amañado por ideólogos, y una urna, quizás cargada por vivillos, a las grandes raíces naturales y providenciales del poder, ése es el absurdo del democratismo que engulle en grandes dosis la tragadera del ignorante de hoy”[60].
Por estas razones y otras que no consideramos, la democracia de Rousseau nada tiene que ver con la democracia que Aristóteles y Santo Tomás admitieron como forma lícita de gobierno.
Lemaître concluye su valiosa obra sobre el ginebrino confesando experimentar un “horror sagrado” (en el sentido latino) ante el misterioso influjo de este hombre sobre la Humanidad: fue un extranjero, siempre enfermo, raro al extremo, y, sin embargo, sus semejantes, a los que jamás aceptó tomar en cuenta, no sólo lo amaron, sino que llegaron a considerarlo como la Razón Encarnada[61]. La paradoja resulta más punzante cuando advertimos que Rousseau no creía que el restablecimiento de las ciencias y las artes hubiese contribuido a mejorar las costumbres y aumentar nuestra felicidad, y, sin embargo, el terreno para el triunfo de su modelo político fue preparado en gran medida por un conjunto de publicistas firmemente persuadidos de que la historia está regida por la ley del progreso indefinido que se da en las ciencias y técnicas, y que gracias a una maniobra editorial extraordinariamente afortunada lograron inculcar tal convicción a una parte importante de los nobles, intelectuales y burgueses.
VII. La Suma Ateológica del Racionalismo
El “gran éxito de venta” que ahora nos ocupa fue la “Enciclopedia” o Diccionario de las Ciencias, las Artes y los Oficios, y el impulsor de esta operación fue Denis Diderot. Al igual que Voltaire, había sido educado por los jesuitas, y anticipándose un siglo y medio a las vacilaciones existenciales de Pepe Stalin, tuvo a bien hacer la experiencia del Seminario antes de apostatar. Pero ahí terminan las coincidencias, pues el georgiano era un duro que soportó la prisión en Siberia y mostró suficiente dominio de sí como para representar durante años el burocrático papel de “Camarada Fichero” hasta que finalmente logró alzarse con el poder y realizar sus más caros ideales en el Paraíso del Proletariado. Diderot tenía otro estilo: absolutamente incapaz de dominarse, se dedicó a la bohemia. Además, la pérdida de la Fe no dejó en su corazón marcas de indeleble rencor, al contrario, siguió conectado con la Iglesia pues “como su padre le había cortado los víveres, se ganó durante un tiempo la vida escribiendo sermones para sacerdotes de poco caletre”[62].
Si el buen Denis hubiese vivido en nuestros días, su clientela habría sido tan numerosa que jamás se habría visto en la situación angustiante que lo empujó a buscar, en 1745, otro tipo de vinculación clerical: se asoció a un cierto Guy de Malves, miembro del bajo clero, quien había recibido del editor Le Breton el encargo de traducir el Diccionario Universal de Artes y Ciencias, editado en Londres en 1727. Tiempo después, Diderot había desplazado a su colaborador y, convertido en el único responsable, propuso al editor un plan más atrevido: en lugar de traducir la obra inglesa, ¿por qué no confiar a un selecto grupo de intelectuales la redacción de una Suma del Racionalista Biempensante? Ya que la Suma del Angélico olía tan mal que ni los mismos frailes y curas encontraban agrado en su lectura, era hora de ofrecer a los hombres de aquellos tiempos progresistas algo que la sustituyera.
En 1750 se conoció el prospecto que había redactado Diderot, y el año siguiente apareció el primer volumen, dedicado al Conde D’Argenson. Aunque muchos Nobles se habían suscripto al Diccionario, no resultó fácil su publicación. La finalidad de los redactores era minar las bases de la Fe; y, como eran avisados, no impugnaron abiertamente los dogmas; su procedimiento fue solapado: aquí un sarcasmo, allá una sutil ironía, y el tono filosófico de los artículos resbalaba del deísmo al escepticismo y por fin al materialismo. Pero esto no impidió que algunos miembros del clero y sus partidarios advirtieran la maniobra y pusiesen el grito en el cielo.
Diderot, sin embargo, se salió con la suya pues tuvo a su favor poderosos auxiliares: el influjo secreto pero eficaz de las logias, la intervención ante el Gobierno francés de Federico de Prusia y Catalina de Rusia, la complicidad de importantes funcionarios y el invalorable apoyo de Juana Antonieta Poisson, quien había desempeñado de modo tan irreprochable su oficio de amante de Luis XV, que mereció ser elevada al rango de Duquesa de Pompadour, Dama de la Reina y Par de Francia.
Gracias a tales aliados, estos campeones de la libertad no sólo pudieron difundir sus doctrinas, sino que, además, redujeron a silencio a sus contradictores. Al enterarse de que en una obra de Fréron la Enciclopedia era juzgada “escandalosa”, D’Alembert presentó su queja a Malesherbes, Director de Librería del Reino “y ya están los servidores del Rey corriendo en auxilio de los enemigos del Rey… Multipliquemos este caso por ciento y por mil y tendremos una idea de lo que fue la política interior de Francia de 1750 a 1789. […] Los «Filósofos» vociferaban contra la tiranía; pero la verdadera tiranía era la que ellos ejercían contra la literatura”[63]. Los numerosos volúmenes de la Enciclopedia continuaron publicándose hasta 1772.
Su extraordinario influjo es tanto más sorprendente si consideramos las condiciones intelectuales y morales de quienes tomaron parte en la redacción de la protowikipedia. Diderot era “curioso, movedizo, ingenioso y perfectamente capaz de imaginar cien hipótesis posibles sobre la base de algunas observaciones pescadas al azar de innumerables diálogos con hombres de ciencia; no tenía ninguna experiencia científica y carecía totalmente de método para investigar lo que fuere”[64]. Fue el portavoz de una época que pretendía alcanzar la felicidad por el hedonismo: en carta a su amante de turno, Sofía Volland, confesó preferir la dulce locura que le inspiraba su amiga a toda la sabiduría de los pueblos[65].
D’Alembert era un matemático cuya mente estaba acostumbrada a ocuparse con seres de razón. Con respecto a Voltaire y Rousseau, no es necesario añadir una palabra a lo dicho. El experimento científico más serio que había logrado llevar a. cabo Montesquieu tuvo por víctima a un pato, cuya cabeza mantuvo sumergida bajo el agua con el fin de averiguar cuánto tiempo podía mantenerse vivo sin respirar … [66].
Tales fueron los próceres de la Enciclopedia. Si triunfaron en su empresa, ello no se debió a su talento especulativo, sino a su habilidad para dar la nota justa, capaz de satisfacer la petulancia de los ilustrados. Este engreimiento origina un apetito de poder que salta a la vista en las palabras del macaneador Diderot: “Hoy la Filosofía avanza con pasos de gigante, somete a su imperio todos los objetos que le interesan, su voz es la voz dominante”[67]. Y en otra parte redondea su pensamiento con estas palabras: “El hombre es el término único del que hay que partir y al que hay que reducir todo[68].
Esto explica la gran importancia que el Diccionario otorgó a las artesanías y oficios. Es cierto que Diderot pensaba que “la verdadera técnica era la constituida por los oficios tradicionales, poco mecanizados, y por ello prestó escasa atención a la máquina a vapor, que poco después adquiriría una importancia social notable”, pero el factótum de la Enciclopedia[69] conocía perfectamente el interés que los nuevos ricos tenían en aquellas actividades útiles para dominar el mundo.
La alianza de estos pensadores con la burguesía en ascenso se pone otra vez en evidencia si observamos que la divulgación de los métodos artesanales contribuyó a minar las bases ya precarias de las antiguas corporaciones que se cuidaban de revelar las técnicas de fabricación. Al agremiarse y guardar celosamente los secretos artesanales, los trabajadores podían contrarrestar el poder del Dinero. Cuando el 14 de junio de 1791 la ley Le Chapelier prohíba definitivamente las asociaciones gremiales y las huelgas, el obrero se encontrará aislado e impotente para resistir el Becerro de Oro, y por amarga experiencia descubrirá que el Contrato Social es un contrato leonino.
VIII. El Hombre Que Se Adelantó a Su Tiempo
Después de haber considerado las fuerzas espirituales que buscaban la ruina de la Monarquía, veamos cuáles eran las del Gobierno para resistir el embate. Ninguna, si recordamos que la política depende de la moral. Como esta afirmación provoca la risa de la mayoría, debe ser explicada:
El mundo ha sido ordenado por su Autor de tal modo que todas las cosas son para el hombre, y éste para Dios[70]. La ley que regula la vida de la creatura libre es declarada por la conciencia, y ‒en el plano sobrenatural‒ por la Revelación. Pero la aceptación o el rechazo del plan divino queda al arbitrio de la voluntad, de modo que según admita o rehúse el orden impuesto al universo, el hombre recibe la bendición o cae en la maldición. Por ello San Agustín escribe que “así como Dios es óptimo Criador de todas las cosas buenas, así es también justísimo ordenador de todas las voluntades malas”[71].
Por consiguiente, el progreso de la comunidad hacia el bien común, que instaura las condiciones más favorables para la asecución del fin natural y sobrenatural, reclama un mínimo de aptitud en quien gobierna y, además, que su voluntad esté enderezada al verdadero fin. Y desde mucho tiempo atrás, la Monarquía francesa distaba mucho de satisfacer estos requisitos, por lo cual terminó fallando de modo tan lamentable como ridículo.
El fracaso es aún más culpable porque la Hija Mayor de la Iglesia había sido advertida por San Remigio (quien, el 25 de diciembre de 496, había bautizado a Clodoveo, Rey de los Francos) en su testamento: “El Reino de Francia está predestinado por Dios para defender a la Iglesia Romana, que es la única y verdadera Iglesia de Cristo. […] Será victorioso y próspero mientras permanezca fiel a la Fe romana. Pero será terriblemente castigado siempre que sea infiel a su vocación”[72]. En Francia hay una excesiva facilidad para recordar que la Nación es la Hija Mayor de la Iglesia, y una aparente incapacidad para entender que Francia es Hija de la Iglesia, y que esto importa obligaciones concretas y graves: “No olvides los dolores de tu madre. […] Recuerda que por ella has nacido. ¿Cómo le pagarás lo que contigo ha hecho?”[73].
Para mostrar el descamino de la autoridad demos una mirada retrospectiva. El golpe de Felipe el Hermoso había puesto en evidencia la voluntad de absolutizar el interés del Reino, y en los dos siglos que precedieron a la Revolución, esa tendencia no sólo se acentuó, sino que fue secundada por magnates eclesiásticos. Así, Luis XIII y su Ministro, el Cardenal Richelieu, intervinieron decisivamente en favor del protestantismo cuando la herejía estaba a punto de ser aplastada en el Continente Europeo por la Casa de Habsburgo, que poseía el Título Imperial. Aunque el Monarca y el Cardenal habían mostrado una actitud firmísima contra los calvinistas dentro de las fronteras del Reino, no vacilaron en pagar una cifra sideral al Rey sueco Gustavo Adolfo II, quien logró importantes victorias sobre los imperiales, y esto condujo a la Paz de Westfalia (1648), que dejó a Europa dividida en la fe, pero dio a Francia la hegemonía continental.
A la larga tal estrategia resultó catastrófica. La ayuda prestada a los herejes extranjeros hizo que muchos cuestionaran la verdadera Fe, y esto arruinó la unidad espiritual de Francia. “Aunque luego la doctrina protestante decayó y fue reemplazada primero por el deísmo, y luego por un escepticismo materialista, no surgió a pesar de ello, una cultura católica vigorosa y unida, equivalente a la vigorosa y unida cultura anticatólica de Inglaterra, y éste es el motivo por el cual Francia […] jamás ha podido asumir la conducción permanente de la cultura católica en Europa, y, como consecuencia adicional, ése es el motivo por el cual la cultura católica ha quedado permanentemente debilitada en todas partes”[74]. La minoría protestante, pequeña pero rica, tuvo gran influjo en el proceso de disolución que culminó con la revuelta de 1789.
En segundo lugar, la cínica política de Richelieu, permitió a Inglaterra llevar adelante su plan imperial, que exigía una Europa dividida y, por tanto, enervada. Si ella hubiese recuperado la unidad religiosa, la orgullosa Isla habría tenido que bajar la cabeza.
Por último, este plan de acción condujo a que con el paso del tiempo los alemanes cerraran filas en torno a Prusia, que en 1870 y en 1940 hizo bailar a “la France” al son de “Deutschland iiber alles”. Richelieu puede haber sido el Bismarck del siglo XVIII, como sostiene Belloc, pero Napoleón III no habría capitulado en Sedan ni el Canciller prusiano habría llegado a imponer el Kaiser a Alemania si Richelieu no hubiese sido tan “genial”[75].
El fervor patriótico llevó al Ministro de Luis XIII a descubrir la producción en serie siglos antes de Henry Ford: como los negocios políticos son absorbentes, y su condición clerical le imponía el rezo del Breviario, se cuenta que el Cardenal lo abría a las 11 de la noche y durante una hora cumplía con el Oficio del día. Salmos, himnos y cánticos inspirados iban saliendo uno tras otro de sus labios como mucho después los irrompibles «T» saldrían en ordenada procesión de las líneas de montaje. A la media noche, comenzaba con el Oficio del nuevo día, y una hora después, con la satisfacción del deber cumplido, cerraba el Breviario y, hasta la noche siguiente, se desentendía de esa molesta invención de frailes desocupados. Así, gracias a su ingenio, la religión no lo distraía de la política, y se santificaba cumpliendo el deber de Estado. Parangonado con este industrial de los Salmos, Rivadavia, nuestro paradigma del hombre que se adelantó a su tiempo, queda a la altura de un poroto.
Hasta el fin de sus días Richelieu fue incapaz de armonizar la fidelidad que debía al César con la que debía al Creador. En el lecho de muerte, respondió al sacerdote que lo invitaba a perdonar a todos sus enemigos: “No he tenido más enemigos que los del Estado”[76]. Cuando la noticia de. la muerte del Cardenal llegó a Roma, el Papa comentó: “Si hay Dios, Richelieu tendrá bastante de qué darle cuenta; si no lo hay, ¡qué vida de triunfos la suya!”[77].
IX – Una Advertencia Desechada
Luis XIV mantuvo el rumbo trazado por su antecesor, y en beneficio de Francia buscó hacer leña del árbol caído de la Cristiandad: los otomanos, recuperados de la tunda sufrida en Lepanto, volvieron a lanzarse sobre Europa y tras vencer a los húngaros pusieron sitio a Viena en 1683. El Rey Sol miró hacia otro lado con inverecundia canallesca, y sólo la decisión del Papa Inocencio XI, la predicación fogosa del Beato capuchino Marco D´Aviano y la valentía del Rey polaco Sobieski y sus caballeros salvaron la Capital del Imperio.
El Rey Sol pudo asegurar el trono de Madrid para los Borbones, quienes convirtieron a España en furgón de cola del tren galicano: introdujeron el liberalismo en la Península, expulsaron a los jesuitas de la Península y sus Reinos de ultramar y así aceleraron la decadencia española. Si Luis XIII había buscado arruinar la Cristiandad europea, Luis XIV hizo lo suyo para que abortara el proyecto de Cristiandad en el Nuevo Mundo. Por ello Ramiro de Maeztu sostiene que el más enconado enemigo que España ha tenido a lo largo de su historia es Luis XIV.
Y también este Monarca tuvo a su lado un pasmarote eclesiástico dispuesto a hacer todo lo necesario para que el brillo del Rey Sol no fuese opacado por los resplandores de Cristo: Bossuet, el Obispo de Dijon, gran escritor y orador sagrado, ardiente defensor de la Fe contra el Protestantismo, sin embargo cedió a las exigencias de la Corona y redactó en 1682 una “Declaración del Clero Francés” que apuntaba a convertir a la Iglesia Católica de su país en una sociedad casi independiente de Roma… y muy sumisa a Luis XIV. La ruina no fue completa porque las viejas reservas cristianas permitieron que entonces apareciese una pléyade de grandes santos: Francisco de Sales, Juana Chantal, Vicente de Paul, Juan Eudes, Grignion de Montfort, etc., quienes realizaron importantes obras de reforma y evangelización, mas no lograron poner fin al avance del espíritu laico.
Cuando todavía era posible extirpar, por una abundante efusión de caridad, males tan hondamente arraigados, Nuestro Señor manifestó a Santa Margarita María de Alacoque que urgía consagrar Francia al Sagrado Corazón y poner su insignia en el estandarte real. La solicitud llegó a Luis XIV en 1689, justo un siglo antes de la Revolución, pero el Rey hizo oídos sordos al pedido. El Señor reveló a la vidente que la consagración sería hecha algún día, pero entonces sería demasiado tarde; y en verdad fue tarde cuando la llevó a cabo Luis XVI, en la cárcel.
El 1° de septiembre de 1715 llegó al “Rey Sol” el momento de presentarse ante el juicio de Dios. Según la consideración humana, el reinado había sido un largo período de gloria. En los obsequios fúnebres, y en medio de innumerables emblemas con las iniciales “LLG” (Luis le Grand), Massillon, orador sagrado, recordó a cuantos se habían congregado para despedir al Rey que nadie es grande sino Dios. Todo aquel esplendor era vanidad de vanidades, y los hechos pronto confirmaron estas palabras.
X – El Rodar del Trueno
La última voluntad de Luis XIV fue desacatada, pues la Regencia quedó en manos de su sobrino, el calavera Felipe de Orleans, y no del Consejo que el Rey había designado en su testamento. El Estado francés se encontraba al borde de la quiebra, y entonces se presentó al Regente un banquero escocés, Law of Lauriston, quien sostenía que la fuente de la prosperidad era la abundancia del dinero efectivo, y que “éste podía ser aumentado por medio del crédito, para lo cual un banco debía dar al papel el mismo valor y la misma eficacia del verdadero dinero. […] Law había ofrecido sus planes de hacienda a varios países en los cuales fue desoído: el Duque de Saboya le respondió que no era bastante poderoso para arruinarse. […] Mas la inteligencia de Felipe de Orleans estaba muy anulada por la educación y el libertinaje, y tal vez por ello se dejó seducir con las maravillas de aquel poema financiero con el cual Law pretendía transformarlo todo en oro. […] Francia se lanzó a la locura: en ningún otro tiempo el hombre se acordó menos de su origen divino. Reinaba la orgía y el oro era el único Dios. […] Los franceses de aquel tiempo, inocentes e ilusos como todos los que se dejan tentar por la especulación o el juego, máxime cuando el gran tentador es el propio Gobierno que los respalda con el fisco, esos franceses compraban por 500 libras de buenos escudos de oro contantes y sonantes un pedazo de papel gris en el cual estaba estampada la promesa de pagar mil libras a la vista. Y la historia nos cuenta que apenas tres años después, esos orgullosos papeles de Law no valían setenta y cinco céntimos el ciento, y que las señoras los usaban para recoger de noche sus rizos. […] Y ese hombre inventó, aunque tal vez sin proponérselo, el fenómeno financiero moderno o enfermedad epidémica financiera de esta época, que se llama inflación”[78]. Como luego veremos, el descontrol financiero y la especulación jugaron un papel de primera importancia en el desencadenamiento del estallido revolucionario de 1789.
Con catorce años, Luis XV, bisnieto del “Rey Sol”, accedió al trono en 1723. Dos años después puso al frente del gobierno a Fleury, Obispo de Fréjus, cuya administración restableció la prosperidad, pero el fuerte partido antiaustríaco lo obligó, contra su parecer y el del mismo Rey, a declarar la guerra a María Teresa de Austria, que terminó mal para los galos.
“Hubo entonces un verdadero enderezamiento de la política francesa. El fracaso abrió los ojos. La verdadera enemiga de Francia no era Austria, era Inglaterra, que siempre terminábamos por hallar ante nosotros. Era ella el alma de las coaliciones. […] Había que […] dirigir nuestras fuerzas contra Inglaterra, y, para echarla del continente, herirla ahí donde su alianza con Austria y Holanda la había instalado pero la volvía vulnerable: en Flandes”[79].
Aunque los franceses obtuvieron la importante victoria de Fontenoy, la guerra concluyó en 1747 sin vencedores ni vencidos, y el Reino conoció un período de bonanza; pero mientras tanto, la propaganda orquestada por Inglaterra y las logias influía en el ánimo de sacerdotes, nobles, burgueses, y producía descontento, reclamos de cambios, quejas contra el absolutismo[80]. Los amoríos de Luis XV con la Pompadour y la Dubarry eran ventilados y provocaban el escándalo y la irrisión. El odio a los Habsburgos instilado por Richelieu había calado tan profundamente en los ánimos, que la necesaria alianza con Austria para resistir al Leviatán decidido a establecer un poder mundial anticristiano provocó “el divorcio entre la Monarquía y la Nación y ella será todavía, treinta y cinco años más tarde, la queja más poderosa de los revolucionarios, la que les dará el medio de derribar y de condenar a Luis XVI”[81].
En 1756 el Rey prusiano Federico el Grande invadió Austria, a la que Francia decidió auxiliar, mientras Inglaterra se alió con Federico. La llamada Guerra de los Siete Años concluyó con el Tratado de París, firmado en febrero de 1763, por el cual Francia debió entregar a los británicos el Canadá, los territorios el este del Mississippi y la India.
Sin una marina poderosa los galos nunca podrían vencer a Inglaterra; para construir una flota adecuada era necesario dinero, que sólo podría obtenerse con impuestos. Ahora bien, éstos tendrían que ser aprobados por los Parlamentos, la mayoría de cuyos miembros eran jansenistas, y como tales, rabiosamente antijesuitas.
El Primer Ministro Choiseul ‒llamado “Virrey de Francia”, partidario del despotismo ilustrado y amigo de Voltaire‒ y la Pompadour, a quien los ignacianos habían rehusado absolver en confesión, obtuvieron de Luis XV la expulsión de los jesuitas en 1762. Once años más tarde, Clemente XIV, cedió a la presión de Portugal y las cortes borbónicas (París, Madrid, Nápoles y Parma) y el 21 de julio publicó el Breve “Dominus ac Redemptor” por el que suprimió la Compañía. Al respecto escribe Castellani:
“Hay que decir brevemente una verdad enorme; la Compañía de Jesús fue suprimida en 1773 por obra de los masones, los enciclopedistas y un Rey cristiano tonto y disoluto –tres personas distintas y una sola calamidad verdadera. Verdad histórica demostrada diez veces”[82].
Establecido lo principal, distingue y expone el “pero” de la cuestión:
“Los jesuitas defendían la religión y la tradición simplemente hablando; pero incurrieron en cuanto al modo en faltas y abusos que les acarrearon odios acérrimos y al final el golpe de muerte. Los jesuitas franceses arrastraron en su pérdida al resto, incluso a los españoles, que no iban nada en el asunto gabacho; sobre todo los «americanos», a los cuales el asunto les cayó como granizo en cielo sereno. El contraste con los «encomenderos», bravo como fue, no hubiese bastado a perder a los jesuitas españoles, sino lo de Francia. […]
“Sentado que los jesuitas en el fondo estaban en la buena causa (desde el respecto católico), incurrieron en defectos graves en cuanto al modo”.
Abreviamos el resto del artículo:
Tenían demasiadas riquezas: es conocido el episodio de la quiebra escandalosa del Padre Villeneuve, y sus aberrantes empresas mercantiles.
Se habían metido demasiado en política, con buena intención, a no dudar. El P. Lachaise, confesor de Luis XIV absolvía cada año al Rey de sus inveterados adulterios, el Rey cumplía con Pascua, y a los quince días volvía a las andadas. Voltaire había de tomar este escándalo y hacerlo mil veces mayor.
Usaron sin moderación de su influencia política. El asunto de los protestantes y los jansenistas fue zanjado por Luis XIV en forma cruda. Los herejes fueron aplastados sin dulzura; pero no se pudo eliminar a los libertinos. De muchísimos jansenistas y protestantes se hizo ocultos librepensadores en Francia; y enemigos rabiosos de la Monarquía refugiados en Holanda e Inglaterra. No hay enemigo pequeño.
El laxismo de algunos jesuitas en teoría moral fue un hecho; testigo las proposiciones laxas condenadas más tarde por Benedicto XIV. Y cuando fueron atacados por Pascal o Voltaire, escritores mediocres respondieron con afrentas, que los ofendidos devolvieron al mil por uno.
“Fue una desgracia, pero fue así… La insensatez es un lujo caro. Como escribimos sin bastantes libros, puede que trabuquemos algún pormenor; pero el tronco del asunto parece éste”[83].
En lo alto, donde se originan las calamidades manifiestas, rodaba el trueno, mas sólo una pequeña minoría captaba su fragor, y ésos eran precisamente los interesados en que la tempestad estallara cuanto antes.
XI – Una Corona Molesta
En mayo de 1774, después de haber recibido la absolución, murió Luis XV y el mes siguiente fue coronado en Reims su nieto de veinte años, casado a los dieciséis con María Antonieta, hija de María Teresa, Emperatriz de Austria. Si Luis XIV se había identificado con el Estado, Luis XVI, por su parte, era de otro sentir: detestaba ocupar el lugar que la Providencia le había asignado porque le parecía un abuso reinar sobre hombres libres. Al recibir la corona comentó: “Me molesta”; al año de su acceso al trono ingresó en la masonería. Soñaba con dejar su lugar a otro para llevar una existencia más despreocupada.
El influjo de las logias se vio incrementado por un grueso error que lanzó a Francia a una empresa de la que no obtuvo beneficio alguno, mas prueba a las mil maravillas que quienes pretenden ser astutos con el Señor terminan poseídos por un demonio bobo. La Patria de San Luis había renunciado al espíritu de Cruzada porque, ya fue dicho, el servicio a la Fe había sido sustituido por el interés temporal de la Nación. Cuando las Colonias inglesas de América se levantaron contra la metrópolis, Benjamín Franklin fue enviado a Francia para obtener la ayuda de la Monarquía, y lo consiguió: el Reino se empeñaría en esa Cruzada laica, uno de cuyos más conspicuos participantes era el masón Lafayette. Ahora bien, la revolución yanqui fue una empresa masónica: 53 de los 65 firmantes de la Declaración de la Independencia eran sectarios, entre ellos, Washington, Franklin, Hamilton y el General Warren[84]. La aventura costó a Francia no pocas vidas, mucho dinero, y permitió que los hermanos tres puntos franceses establecieran contacto con los ídem americanos, y concibiesen el plan de unir sus esfuerzos para que, después de haber instaurado en el Nuevo Mundo la primera Democracia, pudiesen repetir el experimento en Europa a expensas de Luis XVI.
En 1778 Franklin fue enviado nuevamente a Francia y su presencia fue decisiva para desatar la revolución. “Todo en él revelaba la sencillez y la inocencia de las antiguas costumbres. […] Se había despojado de la peluca y por ello se lo recibió con más admiración. Sólo que era menos inocente de lo que parecía. Aquel hombre taimado […] tomó parte activa en el trabajo de unificación y depuración de las logias: tras muchas dificultades aseguró en ellas el triunfo de los más avanzados y llegó en 1780 a instaurar la supremacía del Gran Oriente, creado en 1773. […] Sus carteras están repletas de papeles que demuestran el lugar preponderante que ocupaba en el espíritu público y la influencia que sobre él ejerce. Se le escribe de todas partes: se imploran sus consejos. […] Un Cardenal ‒Rohan‒ organiza fiestas en su honor. Un médico ‒Marat‒ le somete unas experiencias de Física, un abogado le dedica su primer alegato forense: Robespierre. Cuando Franklin marcha de Francia, la leyenda de los Estados Unidos es indestructible. […] Los Estados Unidos habían dado a las doctrinas revolucionarias aquello que aún les faltaba: el ejemplo”[85].
Los nobles no hicieron mejor papel. En 1784 los grandes señores y los funcionarios de primera importancia asistieron al estreno de una obra subversiva, Las Bodas de Fígaro. Aclamaban ruidosamente cuando eran ahorcadas las efigies que los representaban. “Esos Príncipe, Duques, Condes, Condesas y Marquesas, en una época en que tales nombres significaban algo… ¿acaso querían destruirse a sí mismos? No, pero como ya no tienen Fe, no entienden. Son snobs. Se precian de osadía espiritual y libertad. Por otro lado, creen no aplaudir sino frases divertidas. No saben que […] las más groseras de esas frases, luego de penetrar en los cerebros de los abogados, procuradores, profesores y literatos, caerán en cabezas más oscuras y se traducirán por actos ciegos. El señor de Malesherbes, que se había tomado tanto trabajo para hacer imprimir las obras de Rousseau, será enviado al cadalso por unos canallas ebrios con las ideas de Juan Jacobo”[86].
Como dice Martín Fierro, “ningún vicio acaba donde comienza”; y aquella nobleza vuelta cortesana[87] sufrió el proceso degenerativo fustigado por Ezequiel: “la soberbia, la hartura de pan, el reposo ocioso […], y el no socorrer al pobre y al menesteroso”[88], que condujo a la corrupción extrema, cuyo representante máximo es el Marqués de Sade. Escuchemos a Castellani:
“Existe una obra bibliográfica del poeta Guillermo Apollinaire, «El Infierno de la Biblioteca Nacional de París», donde enumera simplemente, como fichas bibliográficas, las novelas pornográficas del siglo XVIII conservadas en la gran colección de la calle Mazarino, que no son todas las que existieron; y no transcribe todas sino las principales. Son como 200 páginas de títulos que el leerlos produce asco, horror y al fin uno se desmaya. Es simplemente inimaginable la inundación de barro en que chapoteaba aquella elegantísima corte del Rey Cristianísimo. […]
“El marqués de Sade no fue un sádico, eso es lo curioso ‒no fue un loco, no fue un anormal en el sentido biológico, no fue un tarado en el sentido vulgar; fue algo peor que todo eso, un perverso. Fue un noble del siglo XVIII, el verdadero puente entre el «Ancien Régime» y la Revolución, un escritor laborioso y muy capaz, un político hábil y un hombre capaz de dominar sus pasiones cuando le convenía ‒e incluso de escribir novelitas morales y piezas de teatro edificantes, a la Addison, para ganar dinero. […]
“Fue el genio maléfico que unió mentalmente la lujuria desatada del siglo XVIII con las orgías de sangre de la Revolución Francesa; entre la maldad del Antiguo Régimen y el Nuevo Régimen fue el puente; fue un noble corrompido y un revolucionario lógico y consciente. Fue la culminación y la clave de arco del Enciclopedismo. Su obra literaria ha sido llamada el Himalaya de la Pornografía; y sin embargo no es pornografía común, es Filosofía en su mente, es la culminación de la obra de Diderot, de La Mettrie y de D’Holbach; un instrumento consciente de destrucción de la sociedad que primero le festejó su vida libertina y después lo encerró 14 años en la Bastilla (donde escribió sus novelas atroces) injustamente, por lo menos desde el punto de vista legal y desde el punto de vista de él. Es el resentimiento social llevado al frenesí. […]
“[Sus escritos] son obras de tesis, donde mezcladas con las más horripilantes obscenidades que se hallan no en la tierra sino en las sentinas del Infierno se tropieza cada momento con pedantescas disquisiciones filosóficas del más puro Enciclopedismo: «Le flambeau de la philosophie». Cuenta los más horrorosos crímenes y las aberraciones más asquerosas con una especie de furia ‒en rigor descorriendo las cortinas rosadas y rococó que escondían la vida secreta de su época e intercala continuamente sermoncitos filosóficos como el siguiente: «La naturaleza ha creado a los hombres para que sirva a sus placeres todo cuanto hay sobre la tierra… Tanto peor para las víctimas que tienen que proporcionarlos. El mundo se arruinaría sin esta suprema ley de equilibrio. Sólo por el crimen se conserva la naturaleza y recobra los derechos que le ha arrebatado la virtud… No hay ningún crimen contra la naturaleza. Un hombre puede hacer injusticia a otro; pero nunca puede hacerlo la naturaleza. Matar se llama al transformar las formas de la naturaleza. La Filosofía no existe para consolar a los débiles sino para hacer justicia al espíritu y despojarlo de prejuicios. ¿Qué tiene que ver la ternura con el amor? ¿Agranda nuestras emociones? Al contrario, amortigua el goce, pone límites corporales al placer en favor del prejuicio moral». […]
“Que entre la lujuria y la crueldad hay un misterioso cortocircuito, lo han sabido todos los grandes moralistas, desde San Agustín hasta Baudelaire. […]
“El conde de Maistre había proferido desde Rusia, con su estilo hierático y lapidario, el resumen de ese terrible espectáculo que fue su país en su tiempo: «Donde quiera que se ve un desborde de lujuria, es seguido de una orgía de sangre»”[89].
Con respecto al clero, muchos de sus miembros se mostraron afectados por males análogos a los que aquejaban a la Monarquía y la Nobleza. La mundanización hizo que la sal no salara y la lumbre fuese puesta bajo el celemín, lo que facilitó sobremanera el trabajo de los hijos de las tinieblas.
“Desde fuera y a distancia, la Iglesia parecía conservar fuerza y grandeza. 125.000 personas próximamente estaban ligadas por votos sagrados. […] Un verdadero ejército donde no faltan ni la ciencia ni el talento. Cuando en las procesiones de Corpus Christi se despliega el largo cortejo de las cofradías y congregaciones, cuando entre colgaduras y follajes brillan los tesoros de catedrales y monasterios, ¿quién tendría la impiedad de buscar al lado de estos esplendores algún signo de decadencia o fatiga? Y, sin embargo, la Iglesia de Francia declina. No porque sean numerosos los miembros indignos. En su gran Historia Religiosa, M. de la Gorce observa atinadamente que los depravados son, entre los sacerdotes de 1789, una ínfima excepción. Pero si es raro el escándalo, no lo es menos el celo. Días sin contrariedades, estudios sin Fe, una religión sin fuego; tal es la vida de muchos clérigos. Predican, pero sin calor. Socorren a los pobres, pero sin buscarlos. Los más activos se ocupan de la complicada gestión de los asuntos de la Orden; los más eruditos redactan Memorias para las Academias, los más ambiciosos se abren paso. en las Asambleas locales. Entre tantos cuidados terrenos, no queda nada para Dios. Los monasterios se despueblan, faltos de novicios, y, en las jerarquías humildes, los curas de aldea, mal pagados, sobrecargados de trabajo, cumplen su ministerio como un oficio que ya no compensa”[90].
XII. La Bancarrota del Estado
Francia era en 1789 el país más rico de Europa; su población igualaba la de Inglaterra y a la de lo que hoy es Alemania (entonces dividida en multitud de Principados) juntas, su comercio exterior se había incrementado de modo extraordinario, y sus fronteras estaban seguras: el Pacto de Familia establecía un eje París-Madrid, y la “Alianza Austríaca”, representada por María Antonieta, protegía a Francia de Prusia. La Marina había conquistado numerosos títulos de gloria y el Ejército, de 450.000 hombres, poseía una artillería sin par, gracias a la cual los revolucionarios se lanzarían a guerras victoriosas. Pero como los cimientos de una sociedad son espirituales, la crisis intelectual y moral volvió en extremo explosiva la situación interna del Reino, y bastó una pequeña dificultad, ridículamente desproporcionada con respecto a las consecuencias que acarrearía, para que se produjera el desastre.
“En el siglo XVII todos los Estados europeos tienen instituciones representativas. Pero Francia, poco a poco, las dejó caer en desuso. Por eso se transformó en una especie de paraíso fiscal, porque, como es sabido, no se pueden aumentar los impuestos sin instituciones representativas. Un ejemplo: la presión fiscal entre 1670 y 1780 en Francia se mantuvo en un índice de 100, mientras que en Inglaterra subía de 70 a 200, en proporción. Francia se encuentra entonces con un Estado moderno entre las manos … pero con recursos financieros muy cerca de la bancarrota, porque para poderse mantener, como Inglaterra, hubiera tenido que aumentar los impuestos un 100 %”[91]. La crisis financiera hizo que el Estado se endeudara, y los intereses de esos empréstitos devoraban una parte considerable del presupuesto.
Las consecuencias de esta política tributaria se agravaron por varias otras causas: en primer lugar, la producción de alimentos no lograba igualar el ritmo del crecimiento de la población, que en e1 último siglo había sido vertiginoso, y esto condujo a la escasez y la carestía. Para colmo de males, en 1778 y 1789 las cosechas fueron pobres.
Francia fue, además, devastada por el liberalismo económico aplicado a rajatabla y se lanzó a una política suicida, análoga a la que hundió nuestro país a partir de 1976. “Muy penetrado de la doctrina del «dejar hacer, dejar pasar», en 1786 el Gobierno había decidido bruscamente cambiar su tradicional política aduanera de protección y prohibición por un régimen muy próximo al librecambio. El tratado de comercio firmado con Inglaterra había reducido a poca cosa los derechos de importación sobre objetos manufacturados, permitiendo así la entrada en Francia de mercancías inglesas en grandes masas y a precios arreglados. Ante esta invasión, la industria francesa osciló: las empresas mejor equipadas, el grupo normando, por ejemplo, resistieron, mientras que las demás cerraron sus puertas y redujeron su producción. Vergennes esperaba que las dificultades obligarían a los fabricantes a modernizar sus máquinas y sus procedimientos, y que un mal pequeño quedara compensado por un gran bien; pero no se prestaba el tiempo a estas rectificaciones. No se vio otra cosa que los stocks sin vender, los obreros sin trabajo vagando por las calles pidiendo pan y maldiciendo a los ricos”[92]. Es evidente que Martínez de Hoz no conocía la historia de la Revolución Francesa; o sí, vaya uno a saber …
Y como el liberalismo proclama que el secreto de la felicidad de las Naciones consiste en dejar hacer a los usureros y dejar pasar todas las iniciativas que los favorezcan, Francia dio luz verde a la especulación. El Intendente de Hacienda del Rey, Turgot, había aplicado una política resistida por los financistas, pues obstaculizaba los altos intereses sobre los préstamos. Entonces Necker, un banquero suizo que había jugado un papel decisivo en la difusión de las ideas de su compatriota Rousseau, y veía con malos ojos el fortalecimiento de la Monarquía (Rothschild dijo que la Democracia era el mejor régimen para hacer negocios), decidió poner en práctica un plan audaz: “Por medio de su socio Thelusson apoyó al partido Whig en Londres que entorpecía las gestiones de Jorge III para solucionar el problema americano, y apoyó en Francia una campaña en pro de la ayuda a las colonias insurrectas”. Conocemos el resultado económico de la aventura americana.
“Por fin, Necker redactó un memorándum en el que atacaba ferozmente a Turgot y sostenía que si era nombrado Intendente de Hacienda obtendría fondos lo más ventajosamente posible para Francia. Luis XVI trató de resistir, pero […] se vio acorralado por una poderosa Liga: la Corte, los Parlamentos, los financieros monopólicos… y la Reina. Turgot fue despedido y Necker tomó su lugar”[93].
La gestión de éste hizo que Francia contrajera una gran deuda, que el suizo trató de disimular con la publicación de un falso estado de cuentas; pero la verdad salió a la luz, y entonces el Intendente de Hacienda atribuyó el déficit a los gastos de la Corte, lo que “vino a producir el efecto de un trueno. La opinión, desorientada, no podía creer que la causa de las dificultades fuese la desatinada política de empréstitos practicada por el ginebrino. Se buscaron culpables, se habló de robos, de escándalos, de agio”[94]. La Reina pasó a ser llamada “Madame Déficit”.
En reemplazo de Necker, Luis XVI designó a Calonne, pero éste encontró gran oposición. por parte de los Notables y los financistas, y debió alejarse. Fue sucedido por Brienne, cuya gestión también acabó en el fracaso total. “La Corte presiona al Rey y hasta su consorte austriaca lo amonesta. Luis XVI se rinde y convoca a una Asamblea de notables […] que sugiere la rehabilitación neckeriana. Éste vuelve al Ministerio como el hombre más popular de Francia”[95].
El Estado sólo podría salir de la bancarrota si acrecía la imposición tributaria, pero esta medida fue bloqueada por los Nobles, que utilizaban el Parlamento de París para frenar las iniciativas del Gobierno. La reapertura de los Parlamentos locales fue otro grueso error del Monarca: su antecesor los había clausurado en 1771, pero en 1774 Luis XVI derogó esa medida para obtener una fácil popularidad. “Con esto se ató las manos. […] El Parlamento de París, además de obstruir todas las reformas, se puso a la cabeza de un movimiento en favor de la reunión de Estados Generales. […] Al demandar tal convocatoria, los parlamentarios saben que los privilegios no corren riesgo alguno. Cada estamento delibera por separado, y entonces el Clero y la Nobleza podrán bloquear las reformas que amenacen sus privilegios. […] Los Nobles deseaban aprovecharse de las dificultades financieras del Rey para tomar revancha de una Monarquía que desde Richelieu le había quitado los privilegios políticos. La «reacción feudal» fue otra causa de la Revolución”[96], pues este procedimiento “afectó los intereses de los campesinos y la vanidad de la burguesía”[97].
Se afirma así la idea de que es necesario convocar Estados Generales, que no se reunían desde 1644, para solucionar la crisis económica. “La medida es de alto riesgo político, [pero] Necker pensaba salir de allí ungido Primer Ministro y someter a la Monarquía”[98]. El banquero propuso al Rey que duplicase el número de representantes del Tercer Estado (burguesía y campesinado), y de tal modo sería fácil obtener la aprobación de las reformas financieras. Luis aceptó y se convino que los Nobles tendrían 300 representantes; el Clero, igual número; y el Tercer Estado, 600.
La burguesía se inclinaba por la revolución para satisfacer su arribismo, y para ello era necesaria la supresión de los antiguos títulos y privilegios. Ya que el campesino francés no siempre sabía leer y escribir, ni podía fácilmente abandonar sus tareas, envió como delegados a los hombres de salón y miembros de las logias. “Los representantes elegidos son la más colosal asamblea de dementes que jamás haya visto la historia. Irresponsables. Desenfrenados solamente en las pretensiones, porque ninguno quería hacerse cargo de los sacrificios (baste pensar que entre los diputados del Tercer Estado había un banquero, 30 empresarios y el resto eran abogados sin causa). No entienden nada de economía, lo único que tienen en claro es que son los demás los que tienen que pagar”[99].
XIII. La Rebelión
La asamblea de los estados generales fue inaugurada en Versalles el 4 de mayo con una procesión en honor del Santísimo Sacramento. En la sesión inaugural se escuchó un discurso real y otro de Necker. “El 10 de junio, el Tercer Estado, cansado ya de pedir en vano el voto por cabeza y la comprobación en común de los poderes, procedió por sí solo a convocar a todos los diputados; el 17, reforzado por algunos curas, se proclamó Asamblea Nacional; el 19 arrastró al clero, que, por pequeña mayoría, decidió unirse a él; el 20, hallando cerrada la sala sesiones, se reunió en el Juego de Pelota, y juró no disolverse hasta que no se votase una Constitución”[100].
El 23 el Rey hizo pública una Declaración que ofrecía no pocas ventajas al pueblo, pero fue recibida con indiferencia porque el artículo 12 de ella establecía que “todas las propiedades sin excepción serán constantemente respetadas”, y los representantes ya habían puesto el ojo en los bienes de la Iglesia. No estamos de acuerdo con Chaunu, quien sostiene que “la persecución contra la Iglesia y el proyecto de erradicar el Cristianismo de Francia tuvo como causa primera los intereses financieros; no cuestiones metafísicas”[101]. Los revolucionarios eran movidos sobre todo por el odio a “la Infame”, aunque ello no les impedía codiciar sus bienes. Lo mismo había sucedido en Alemania, Inglaterra y otras partes de Europa en el siglo XVI.
La Asamblea desobedeció la orden del Rey, que había mandado a los representantes dividirse por estamentos; y poco después, el Duque Orleans, primo de Luis y prominente masón, encabezó un grupo de nobles que decidieron unirse al Tercer Estado. El 14 de julio una multitud armada con fusiles que habían robado en los Inválidos tomó por asalto la Bastilla, donde esperaban hallar armas y municiones. “Pocos parisinos participaron del ataque (como lo reconocieron Marat y Restif de la Bretonne), la mayoría de los asaltantes de la Bastilla eran vagabundos y desertores”[102].
“El gobernador de la fortaleza, De Launay, hubiera podido defenderse sin gran esfuerzo, […] pero le impedía hacerlo su bagaje filosófico. Parlamenta, retira sus cañones, obstruye las aspilleras, hace que un emisario del Ayuntamiento visite la vieja fortaleza, e invita a su mesa a dos delegados de los asaltantes, […] a despecho de lo cual De Launay cae asesinado, y su cadáver va a parar a un arroyo. Un pinche de cocina «que sabía trabajar la carne», corta su cabeza, la pone sobre una pica y seguido de una jauría salvaje, la pasea hasta la noche. Después matan al mayor, al ayudante y a un teniente, a dos de los soldados los ahorcan; a otro le cortan la mano”[103].
En la Bastilla sólo había siete presos: cuatro falsificadores, un pervertido, que esa noche pronunció un discurso en una logia; y dos locos, para quienes la Revolución Francesa duró menos de 24 horas porque el día siguiente fueron encerrados otra vez[104].
«Por primera vez en la historia de Francia las cabezas eran cortadas y paseadas públicamente en picas, […] pero nadie castigó a los asesinos. […] La toma y demolición de la Bastilla, fue la revelación de la debilidad del régimen. Exaltada por los periodistas, alabada por la Asamblea, aprobada y legitimada por Luis XVI, este acontecimiento parisino, que no debió haber sido más que un fracaso momentáneo de la policía y el ejército, muestra que la Monarquía ha renunciado a sus principios”[105].
Desencadenada la tormenta, el Rey tuvo por lo menos diez oportunidades en las que el moderado empleo de la fuerza habría acabado con la revuelta, pero no lo hizo porque creía en la bondad natural del hombre y pensaba que era un crimen reprimir. La debilidad real dio coraje a los revolucionarios, y finalmente el Monarca fue sacado por la fuerza de Versalles y llevado a París casi como rehén.
El 27 de agosto, la Asamblea declaró las “Derechos del Hombre”, que vendrían a ocupar el lugar de los Diez Mandamientos, y sobre todo, del Mandamiento Máximo del Amor. “Ése fue el engaño más perverso, Las dos Constituciones más democráticas que se hayan hecho son la soviética de Stalin de 1936 y la de los guillotinadores franceses de 1793. Sus frutos fueron horrendos. […] Fustel de Coulange, el mayor historiador francés del 800, dijo: estos principios tienen miles de años, en todo caso la Declaración los formula de una manera un poco abstracta. Pero algo de nuevo hay, han hecho pasar principios antiguos por un descubrimiento propio y los han usado como un arma contra el pasado. Esto es perverso”[106].
El primero en atacar los fundamentos teóricos de la Francesada fue Edmundo Burke, un irlandés que en 1766 había sido elegido para representar en la Cámara de los Comunes al partido Whig (liberal). En 1789 sus amigos se entusiasmaban con la Revolución, pero Burke, que en 1773 había cruzado el Canal de la Mancha, se mostraba pesimista porque había visto con claridad cuánto valían las ideas de los “Filósofos”. El 4 de noviembre de 1789, el Dr. Price, un pastor disidente, afirmó que la nueva situación francesa constituía una esperanza para la libertad y auguraba un entendimiento duradero entre el pueblo inglés y el francés. Burke se indignó ante tan insoportable ceguera y escribió su magistral Reflexiones sobre la Revolución en Francia: con el pretexto de construir desde los cimientos una sociedad razonable, laica y en marcha hacia el Paraíso en la Tierra, hacen tabla rasa de la herencia del pasado. Ignoran que la ciencia del gobierno requiere una experiencia mayor de la que nadie puede alcanzar en toda su vida, y entonces sólo con infinitas precauciones debería alguien aventurarse a echar abajo un edificio que ha respondido en cualquier medida aceptable, durante siglos, a los propósitos comunes de la sociedad. Finalmente, los revolucionarios han negado que la religión sea la base de la sociedad civil. Pero como el hombre es por naturaleza religioso, ese ardiente brebaje de impiedad que ahora hierve tan furiosamente en Francia, hará que alguna superstición tosca, perniciosa y degradada ocupe el lugar de la antigua Fe.
XIV. El Diablo Rengo
Aunque en la Francesada tuvieron un papel importante una cantidad de curas que parecían “fieras escapadas del Infierno”, como Sieyès, Fouché, Grégoire y otros, el personaje que mejor prueba la conexión entre la decadencia espiritual y el movimiento subversivo es Carlos Mauricio Talleyrand, “considerado rebelde por la Realeza, tránsfuga por la Nobleza y apóstata por la Iglesia”[107]. Por efecto de un golpe que recibió cuando tenía poco más de un año, sufrió una lesión de las caderas que lo hizo inepto para la vida militar; por ello, a pesar de que fuera el heredero del nombre y la fortuna de sus padres, éstos lo destinaron a la “carrera” de la Iglesia.
Desde la juventud se mostró disoluto: amaba la buena mesa, las mujeres, el lujo y, sobre todo, el juego. Sostenía que siempre hay que desconfiar del primer impulso porque suele ser bueno. Egoísta sin igual, Benjamín Constant cuenta de él que, a bordo de una nave que corría el riesgo de naufragar, clamaba: «¡Dios mío, sálvame! ¡Sálvame sólo a mí! ¡No deseo fatigar tu misericordia!»”[108].
Su astucia y capacidad de simulación no iban a la zaga de su desinterés por los otros. Cuando Goethe lo conoció, quedó asombrado por el carácter hermético de Talleyrand, que se evidenciaba en la frialdad marmórea del rostro y en los ojos. apenas abiertos para que nadie pudiera leer en ellos su pensamiento[109]. Su juicio cuadra con el de Napoleón, quien decía que si Tayllerand se encontrase hablando con una persona y alguien se acercara desde atrás y le diese una patada en el fundillo, el interlocutor no advertiría el mínimo cambio en la expresión de este personaje. El Corso no tuvo necesidad de muchas palabras para caracterizarlo: “De la merde en bas de soie”[110].
La hipocresía le permitió permanecer en el ambiente severo del Seminario, recibir el Orden Sagrado y luego trepar rápidamente. Con sólo 26 años fue nombrado Procurador General del Clero de Francia, y ocho años más tarde obtuvo el Obispado de Autun.
En 1789, cuando era amante de Mme. de Staël, hija de Necker, inspiró la confiscación de los bienes de la Iglesia, mientras los calvinistas conservaban sus propiedades. El 14 de julio del año siguiente rezó la. Misa oficial de la Patria y bendijo las banderas del Ejército. Hizo luego reorganizar la educación pública e impuso el registro civil. Continuó adhiriendo sin reservas al Gobierno aun cuando éste mostraba una lógica muy extraña: primero suprimió los votos monásticos, pues encontraba intolerable que hombres libres se obligasen de por vida al cumplimiento de los consejos evangélicos. Pero el 12 de julio de 1790 la Asamblea votó la Constitución Civil del Clero, por la cual los sacerdotes quedaban obligados de por vida a cumplir los consejos estatales: “Sois pagados por el Gobierno”, se les dijo, “ahora os toca obedecer dócilmente sus leyes”. En el futuro los sacerdotes serían elegidos por votación popular, de la que no serían excluidos los herejes, cismáticos ni los judíos, mas tampoco esta medida se aplicó a la Iglesia Protestante.
El 4 de enero de 1791 el Clero fue convocado para jurar la Constitución. Siete Obispos y las dos terceras partes de los curas cedieron a la exigencia del Gobierno, mientras que la mayoría de los que se mantuvieron fieles debió emigrar, y el resto se vio forzado a pasar a la clandestinidad. Talleyrand tuvo a su cargo la consagración de los nuevos Obispos, y sin la menor dilación presentó su renuncia para dedicarse a la causa de la Libertad, es decir, a la búsqueda de poder. Estaba persuadido de que “el poder es la única relación tolerable que se puede tener con los hombres”[111]. Y la regla de oro que permitiría ver satisfecha su libido de dominio era “agitar al pueblo para luego servirse de él”[112].
Conquistado el poder, dio rienda suelta a la sed de dinero que lo había poseído desde la juventud. En 1785 Mirabeau dijo de él: “por dinero ha vendido su honor, por dinero vendería el alma”. Cuando se enteró de que había sido nombrado para el Ministerio bajo el Directorio, exclamó frenético: “¡Ya tenemos el puesto; hay que hacer en él una fortuna inmensa, una inmensa fortuna!”[113]. Al fin del Consulado (con muchos años de carrera por delante), había logrado amontonar 40.000.000, mucho más de 400.000.000 de nuestros días [1942][114].
Mientras el Obispo de Autun se forraba los bolsillos, el horizonte del Clero era harto sombrío. Los juramentados mostraban gran amplitud de espíritu en los coloquios con los teofilántropos, mas incomprensiblemente su corazón se endurecía ante los sacerdotes que se habían negado a jurar la Constitución y no tuvieron dificultad en delatarlos. Pero como el oficio de Caín no es gratificante, alrededor de 25.000 curas democráticos decidieron buscar inspiración en otro personaje bíblico y a semejanza de Judas se ahorcaron… con una mujer (como aquel gran claretiano que fue el Padre Orbe decía de tanto cura progresista).
Más tarde, cuando el Gobierno creyó haber acabado con el Clero fiel a Roma, comenzó a hostigar a los curas democráticos, sin que les valiera el juramento de fidelidad a la Constitución ni tampoco el consentimiento que habían prestado en el Registro Civil.
XV – El Regicidio
En la noche del 20 al 21 de junio de 1791 Luis XVI intentó huir, mas fue capturado en Varennes; aunque no fue arrestado, porque la Asamblea Constituyente se decía monárquica, fue recluido con la Reina y sus hijos en el Palacio de las Tullerías. El 10 de agosto del año siguiente una multitud irrumpió en las Tullerías y linchó a gran parte de la Guardia Suiza y a algunos integrantes del Cuerpo de la Casa Real, lo que movió a las autoridades a encerrar a los ilustres prisioneros en la fortaleza del Temple.
El Gobierno debía resolver una cuestión enrevesada: ¿qué hacer con el Rey? Aunque los moderados buscaban salvarlo, el argumento de los extremistas era irrefutable: si Luis XVI es inocente, entonces nosotros somos rebeldes. La situación se hizo aún más peliaguda cuando el Ministro Roland hizo público, en noviembre de 1792, que se había descubierto correspondencia secreta del Rey con enemigos de la Revolución.
El 11 de diciembre se inició el proceso. La Constitución de 1791 había reconocido la inviolabilidad de la persona real, pero Robespierre arguyó que el pueblo ya había expresado su voluntad respecto a la monarquía al levantarse en armas. El 15 de enero Luis fue declarado culpable, y el 19, cuando se pasó a determinar la pena, tras un debate que se prolongó hasta muy entrada la noche, una escasa mayoría inclinó la balanza por la guillotina.
En el tramo final el Rey mostró entereza y magnanimidad. El 21 de enero subió compuesto al cadalso, y según Henri Sanson, el verdugo, encaró a la multitud y dijo: “Señores, soy inocente de todo lo que se me acusa. Deseo que mi sangre pueda cimentar la felicidad de los franceses”, pero el estruendo de los tambores ahogó sus últimas palabras.
Luego fue el turno de la Reina. En julio fracasó un intento de huida, y como castigo la separaron de su hijo y la llevaron a la Conciergerie, “la antecámara de la guillotina”, pues allí sesionaba el Tribunal Revolucionario. Durante todo este tiempo padeció un trato cruel y ultrajante, pero supo mantener una serena dignidad. El 16 de octubre escuchó la sentencia de muerte sin decir palabra; no quiso ser absuelta por un sacerdote juramentado, mas se reconoció pecadora y se dispuso a recibir el martirio como un sacramento glorioso. Con las manos atadas a la espalda y sentada en un carro descubierto que la llevaba al lugar de la ejecución fue objeto de burlas, insultos y escupitajos de una multitud que no le perdonaba la condición de austríaca; su silencio enardeció a los espectadores, que veían en él una manifestación de orgullo y desprecio. Cuando subió al patíbulo, pisó sin querer el pie del verdugo y le pidió perdón. Poco después del mediodía “la cuchilla nacional” hizo saltar la testa antes coronada; el cuerpo de la Reina fue puesto en una carretilla con la cabeza entre las piernas y llevado a la sepultura.
XVI. El Avance de la Revolución
El 20 de septiembre de 1791 se disolvió la Asamblea Constituyente y fue sucedida por la Legislativa. La moneda de curso forzoso (el “asignado”) se desvalorizó con la consecuente pérdida del valor adquisitivo; los jefes revolucionarios percibieron que la “Francesada” había entrado en la vía muerta, y entonces recurrieron a la guerra externa. En todas partes se escuchaba la consigna: “Necesitamos la guerra”. No importaba que Europa fuera incendiada, pues todo era poco con tal de salvar la utopía.
Francia declaró la guerra a Austria, pero ésta se alió con Prusia y sus tropas invadieron el noreste del país y marchaban hacia la capital cuando fueron detenidos en Valmy el 20 de septiembre de 1792. Ese mismo día se instituyó el Estado Civil, fue aprobada la ley de divorcio y cesó la Legislativa, sucedida el 21 por la Convención, que inmediatamente proclamó la República.
El 31 de mayo y el 2 de junio hubo levantamientos contra los burgueses de provincia conocidos como “girondinos”. “Se creen en posesión de una verdad revelada y su fanatismo no tiene límites. Pero […] tienen horror a la canalla. Quieren un gobierno regular y respetado que funcione de acuerdo con los principios revolucionarios, pero que, una vez elegido, se sustraiga a insurrecciones y golpes de mano. […] La ley es para ellos sagrada tan pronto como acaban de elaborarla. Están convencidos de que la Revolución termina con ellos. Llegará, en efecto, un día en que la Revolución se detenga, pero no será sin haber desarrollado previamente sus principios hasta las últimas consecuencias. […] El radicalismo parlamentario de los girondinos no es un fin, es una etapa hacia el comunismo dictatorial que empieza a descubrirse en algunos revolucionarios”[115].
Los girondinos pretendían una república federativa; los extremistas de izquierda (jacobinos), por el contrario, querían un gobierno fuertemente centralizado, porque como buenos ideólogos, no estaban dispuestos a permitir que alguien les quitara una parte del pastel político: eran hombres del cien por ciento.
Los jacobinos dominaban el “aparato”: París y Comité de Salvación Nacional, y esto les permitió ganar la partida, aunque fuesen una minoría. En pocos meses lograron aniquilar a los girondinos, muchos de los cuales fueron llevados al cadalso, mientras que otros perdieron la vida en los bosques, donde murieron de hambre o de frío, o fueron devorados por los lobos.
Un caso elocuente del avance revolucionario a costa de la sangre de sus mismos promotores es el de María Juan Antonio Nicolás de Caridad, Marqués de Condorcet. Pertenecía a una familia cuyos títulos nobiliarios eran anteriores al año 1000. En 1777 conoció a Franklin, y bajo su influjo se lanzó a defender la causa del género humano. Robespierre le escribió: “Si volviese a nacer, me esforzaría por ser vuestro discípulo para convertirme un día en vuestro émulo y amigo”.
El paso del tiempo, sin embargo, hace al hombre más sabio e impone la variación de ciertos juicios: en 1793, el mismo Robespierre lo declaró sospechoso por su oposición al extremismo de izquierda y a la ejecución del Rey. El Marqués salió pitando hasta que, vencido por el hambre, se aventuró a entrar en una posada, donde pidió una tortilla. ‒»¿De cuántos huevos?» ‒ preguntó el mesonero. El aristócrata respondió de profundis: “De una docena”. El ingrato rústico, cuyos derechos el ilustrado noble había estado defendiendo durante años, sospechó que había gato encerrado e informó a la policía. El Marqués fue detenido y, en la prisión, se suicidó con veneno. Si el malhadado filántropo hubiese tenido en cuenta la norma vegetariana que excluye terminantemente las fritangas, habría podido concluir su escrito El Progreso del Espíritu Humano, al que había dedicado los últimos meses de su vida[116].
El ofuscamiento revolucionario también se manifestó en la condena de muchos altos oficiales de la Marina, que obligó a otros a emigrar, por lo cual el mando de la flota quedó en manos de hombres ineptos o sin la experiencia necesaria, destinados al fracaso en la guerra con los británicos.
Este tránsito del Radicalismo Parlamentario al Comunismo no fue casual: los revolucionarios habían pretendido rehacer la Nación desde los cimientos sin tener en cuenta, como dijimos, la naturaleza del hombre ni del genio y la misión peculiar de Francia. Todo esto no contaba; sólo valían sus planes y proyectos; y, para imponerlos, quienes habían proclamado los Derechos del Hombre desconocieron todos los derechos e impusieron el Terror.
El 5 de octubre de 1793 la Convención determinó un nuevo calendario:
“A partir de ahora él tiempo no tendrá como referencia el nacimiento de Cristo, plenitud de los tiempos, sino la proclamación de la República. 1792 pasa a ser el año 1 cuando se proclama la República.
“Los nombres de los meses empiezan a adoptar elementos de la naturaleza. Los meses van a tener 30 días, pero no 4 semanas sino 3 décadas y la fiesta es el último día de la década. Lo hacen para hacer desaparecer el domingo, que deja de ser festivo.
“Cada día deja de estar dedicado a un santo y se dedican a un producto del campo o a un mineral. No es nada inocente, pues el 24 de diciembre es el día del azufre[117] y el día 25, que es el día de la Natividad del Señor, es el día del perro”[118].
El 10 de noviembre de 1793 fue entronizada en Notre Dame como “diosa razón” Marie-Thérèse Davoux, cuyo nombre de guerra era Demoiselle Maillard, bailarina de la Ópera y pupila de burdeles frecuentados por los altos funcionarios y miembros de la Corte. Mientras Demoiselle era llevada en andas, manifestó el odio revolucionario a “la Infame” pisoteando un Crucifijo.
XVII. La Vendée o la Democracia contra el Pueblo
El 23 de febrero de 1793 se decretó una leva de 300.000 hombres para mantener la guerra. “La conscripción militar obligatoria es un invento de los revolucionarios porque hasta el momento solamente los nobles hacían la guerra, y por el tributo de sangre estaban exentos de pagar los impuestos”[119]. Entonces toda la región que bordea la desembocadura del Loira decidió oponer resistencia a esta medida. En este trabajo nos ha resultado necesario señalar una y otra vez las miserias y llagas morales de la Nación francesa para rastrear la causa profunda de la explosión demoníaca de 1789; pero tales miserias no se identifican con el alma francesa; y el país real salió por sus fueros en la revuelta de la Vendée, que tuvo origen popular: los campesinos, católicos y monárquicos, no querían dar su sangre por el movimiento subversivo.
Conducidos por el alsaciano Stofflet, obtuvieron su primera victoria con la toma de Cholet el 15 de marzo. “Esa noche la ciudad se llenó de gritos entusiastas y cánticos religiosos. Eran los himnos que había compuesto San Luis María Grignion de Montfort”[120]. Luego tomaron. Bressuire, Thouars, Saumur y obtuvieron importantes victorias en Chatillon y Vihiers. Francia contemplaba boquiabierta el triunfo de los paisanos que marchaban al combate con la insignia del Sagrado Corazón. París envió entonces a su mejor ejército, los “Invencibles de Maguncia”, 100.000 hombres, entre los cuales se contaban los veteranos que habían derrotado a las fuerzas de Prusia. En cinco días, los campesinos obtuvieron cinco resonantes triunfos. Las tropas cristianas se animaron a cruzar el Loira, y comandados por La Rochejaquelein, de sólo veintiún años, volvieron a aplastar a los “Invencibles” en Entrammes el 26 de octubre: 17.000 republicanos quedaron tendidos en el campo.
“En diciembre de 1793 el gobierno revolucionario da la orden de exterminar las poblaciones de las 778 parroquias. «Es necesario masacrar a las mujeres para que no reproduzcan y a los niños porque serían los futuros rebeldes». Esto fue lo que escribieron. Firmado por el Ministro de Guerra del momento, Lazare Carnot. El general Clébert se niega a obedecer aquella orden: «¿Pero quién se han creído que soy? Yo soy un soldado no un carnicero». Entonces mandaron a Turreau, un canalla alcoholizado, con un ejército de sinvergüenzas”[121].
El odio de los republicanos contrastaba con los gestos frecuentes de nobleza mostrados por quienes defendían la Fe y la Monarquía. El jefe insurrecto Bonchamps, herido en combate y ya a punto de expirar, perdonó la vida de 5.000 prisioneros, a los que la multitud quería fusilar. “Estoy a punto de morir y es la última orden que os doy: no manchéis nuestra causa con una masacre tan horrorosa. Perdonad a esos infelices”. El nieto de uno de los soldados republicanos perdonados por Bonchamps hizo construir un monumento al jefe vandeano para que no se perdiese la memoria de su hidalguía y magnanimidad.
Los revolucionarios, en cambio, se propusieron desde el primer momento silenciar y sepultar en el olvido los hechos de esta clase. El convencional republicano Merlin de Thionville “lamenta el perdón concedido por Bonchamps por el efecto desmoralizador que pudo haber tenido en el alma de algunos buenos patriotas, y recomienda no hablar más de tal acción pues los vandeanos no tienen tiempo de escribir ni de redactar diarios, y esto se olvidará como tantas otras cosas”[122].
Con el fin de asegurar la paz republicana en la zona rebelde, fue enviado a Nantes Juan Bautista Carrier, un leguleyo de la Auvernia. Él comprendió mejor que nadie la imperiosa necesidad de sacrificar todo lo presente para alcanzar la utopía futura. “Tenía entonces treinta. y siete años, era alto, delgado, verduzco, con barba rala […] y brazos largos y en continuo movimiento; su mirada reflejaba algo malsano y turbio. Había sido visto en la batalla de Cholet, pero había escapado del fragor del combate, y desde entonces, acosado por el miedo, no había tenido más que una idea: matar para que no lo matasen a él, trágica obsesión que, ayudada por la embriaguez, va camino de la locura. Un día, sentado a la mesa, después de haber dicho que Francia no podía alimentar su población, excesivamente numerosa, y que el único medio de acabar con esta situación era exterminar a los curas, a los nobles y a los burgueses, se levantó, presa de una gran exaltación, rugiendo: «¡Mata! ¡Mata!», como si realmente estuviese ya mandando la operación. Le asedian imágenes de muerte, éste es su tormento y su voluptuosidad a un tiempo. «Haremos de Francia un cementerio ‒llega a decir‒ antes de consentir que no sea regenerada a nuestro modo»”[123].
Por desgracia, la guillotina había sido usada hasta entonces con un criterio empírico y no estadístico, mas urgía abandonar la improvisación y sustituirla por un método científico. “Carrier, un cerebral que unía a su fantasía algo truculenta un sentido del humor que hacía juego con ella, inventó la «deportación vertical»: como las cárceles de Nantes estaban llenas de prisioneros que no podían ser alimentados por la República con el pan de la libertad, los hacía encerrar en cargueros amarrados en el Loira y luego ordenaba que se rompieran las escotillas de la bodega. El Loira pasó a ser el «baño nacional», y Carrier, eufórico, exclamaba: «¡Qué torrente revolucionario es el Loira!»”[124].
“Por lo menos, las operaciones de anegamiento fueron once, que arrojaron un total de 4.800 víctimas. A las que hay que añadir las que fueron guillotinadas previa formación de juicio: había en Nantes tres comisiones que trabajaban incesantemente, y el mismo tribunal de París no desdeñaba el pasto que se le servía desde Bretaña”[125]. Cuando Carrier no podía condenar a aquéllos cuyo pasado republicano era conocido en Nantes, los enviaba a París, y para hacerlos pasar a todos por realistas, mezclaba en los contingentes algunos moderados y otros partidarios del Antiguo Régimen. Como no deseaba hacer perder tiempo al tribunal parisino, en una oportunidad “dio a Francastel la. orden de ahogarlos en Ponts-de-Cé, pero ese … no se atrevió a hacerlo”[126].
Aunque la aritmética presidía su extraña concepción del gobierno, también era capaz de retórica, y cuando ponía en movimiento una columna “infernal” con el propósito de disminuir los malos efectos del crecimiento demográfico, su convicción sabía inspirarle fervorosas tiradas: “¡Valientes defensores que lleváis el nombre de columnas infernales! ¡Os conjuro en nombre de la ley: pegad fuego en todas partes, y no perdonéis a nadie, ni siquiera mujeres y niños, fusilad a todos, incendiadlo todo!”[127].
Por último, los jueces de la República reclamaron la presencia de Carrier en el banquillo de los acusados. “No hacían cuestión del número de anegados pero consideraban inaceptable que hubiese hundido tantos buques, de los que podría tener necesidad la Revolución”[128]. Carrier murió guillotinado, y ésa fue su última y heroica contribución para que Francia tuviese un número científicamente aceptable de habitantes. El Foro Económico Mundial debería reconocerlo como numen protector.
“Cuando el General Hoche, nombrado comandante, llegó a la Vendée, quedó horrorizado. Escribió una carta memorable y admirable al gobierno de la Convención: «Jamás he visto algo más atroz. […] Llevo a vuestro conocimiento que a partir de hoy haré fusilar a todos aquéllos que obedezcan vuestras órdenes». ¿Qué es lo que había visto? Doscientos cincuenta mil masacrados en una población de seiscientos mil habitantes, aldeas y ciudades arrasadas y quemadas, mujeres y niños horriblemente destrozados. Las columnas «infernales» de Turreau y Westermann habían recibido orden de matar los niños con bayoneta para ahorrar balas. En Évreux y Les Mains se guillotinaba a cientos de persona cuya única culpa era haber nacido en Fontaine au Campte. Éste fue el genocidio vendeano. […] En 1894 fue un revolucionario socialista, Babeuf, el que denunció el «pueblicidio» de Vendée (en un libro que hoy es imposible conseguir y que nosotros hemos hecho reimprimir). No hay ninguna diferencia entre lo que hizo el gobierno revolucionario en la Vendée y lo que hizo Hitler. Es más, hay una. Hitler era astuto y nunca dio por escrito la orden de eliminar los judíos. Éstos del ’89 además de asesinos eran estúpidos y dieron la orden por escrito e incluso la publicaron en Le Moniteur”[129].
El sacrificio de los vendeanos no fue estéril, pues en marzo de 1795 París se vería obligado a conceder por un tiempo la libertad para celebrar el culto, y Napoleón, que llamó a esta epopeya “una guerra de gigantes”, entendió que tarde o temprano habría que negociar con Roma. Y sin duda tendrá el martirio vendeano presente cuando en el futuro dé a su enviado a la Santa Sede, Francisco de Cacault, instrucciones de negociar con el Sumo Pontífice, solo e inerme; como si tuviese el respaldo de 200.000 bayonetas.
XVIII. El Justiciero
La extrema izquierda decidió apoderarse de la producción y el comercio. Como bien sabía que el despojo sería resistido, hicieron aprobar un conjunto de leyes que dejaban al país encadenado. Cuando apareció la lista completa de los crímenes que serían castigados con la confiscación y la pena capital, “todos los franceses descubren que podían considerarse prometidos a la guillotina. […] La verdadera finalidad de tales leyes era hacer desaparecer 300.000 familias para apoderarse de sus bienes”[130]. Decenas de miles de tribunales fueron instituidos en todo el territorio para exterminar a los sospechosos de hostilidad hacia el Nuevo Régimen.
El mejor representante de esta política fue Robespierre: “En 1789 había sido monárquico, […] republicano en la Legislativa, montañés [izquierdista] en la Convención. Va al comunismo al mismo paso que el club. […] Es por excelencia el hombre de club. Todo lo que en la vida real le perjudica, dentro del club se convierte en prenda de éxito. Tiene un espíritu poco fecundo, […] una personalidad borrosa, indefinida; pero se funde en la personalidad colectiva, se pliega sin esfuerzo a la disciplina democrática. Ha vivido poco, su experiencia de los hombres y de las cosas es limitada; pero el club es una sociedad artificial, construida al contrario de la sociedad verdadera. Tiene una inteligencia formalista, sin grandes contactos con la realidad; pero en el club, no tiene importancia la acción sino la palabra”[131].
El 27 de julio de 1793 pasó a integrar el Comité de Salvación Pública, del que se convirtió en amo cuando estalló el Terror (17 de septiembre). Entonces “cayó en una vanidad enfermiza que no toleraba ningún rozamiento del amor propio y se irritaba ante cualquier sospecha”.
Belloc, en su desacertada obra sobre la Revolución, afirma que Robespierre es el personaje clave para la comprensión de la época y el que peor ha sido comprendido, Hubo, según él, un, Robespierre legendario y otro real, y el malentendido se debe a que el real aceptó la imagen del legendario, pues si bien Robespierre era justo, no era humilde[132].
Aquí está la clave: sin humildad no hay virtudes sino el remedo de ellas, y, lo que es peor, el orgullo hace imposible la aceptación de la verdad. El llamado “Incorruptible” fue el típico justiciero que encuentra el supremo placer en aplicar el rigor a medio mundo, sin darse por enterado de la malicia que brota de la soberbia arraigada en el propio corazón.
Y fue el orgullo el que llevó a esos hombres a legislar sobre las cosas de Dios y crear una nueva religión. El 8 de mayo de 1794 promulgó un decreto en el que se reconocía la existencia del Creador y la inmortalidad del alma. Los ángeles cantaron el trisagio; la Reforma Litúrgica, empero, quedó inconclusa por el golpe de Termidor, en el que la mandíbula del “Incorruptible” fue destrozada por un balazo, aunque no está claro si el disparo fue hecho por un guardia o por el mismo Robespierre en un intento de suicidio. Lo cierto es que el día siguiente, 28 de julio, mezcló su sangre con la de cuantos habían sido víctimas de lo que este ególatra llamaba “justicia severa, rápida e inflexible”.
El poder quedó por un tiempo en manos de los izquierdistas, pero luego pasó a los moderados, quienes un año después crearon el Directorio. El estilo revolucionario cambió, ya que los nuevos amos establecieron un despotismo de centro que prefería el cálculo a la locura desatada, y por ello sustituyeron la guillotina por el fusilamiento en los bosques.
XIX. “Pienso, luego Existes”
Durante este trágico año del Terror aparece con meridiana claridad la conexión entre la ideología y el asesinato sistemático. El principio filosófico de toda ideología es el axioma formulado por Descartes cuando ya se había consumado la ruptura de la Cristiandad: “Pienso, luego existo”. La evidencia, que sirve de apoyo a toda la actividad espiritual, es el “pienso”. El ideólogo parte de sí mismo; es subjetivista y, en consecuencia, no tiene por qué consultar la realidad, porque su yo autónomo es el principio y fundamento. El primer término del axioma muestra la naturaleza de esta forma de especulación.
Con respecto al segundo término, sin embargo, las cosas no son tan claras. Sabemos que la táctica. cartesiana consistía en fingir, enmascararse: “larvatus pródeo”, avanzo encubierto. Y esta habitual cazurrería vuelve cuestionable el “existo”. Porque la finalidad de ese pensamiento autónomo no es teórica, como el llamado padre de la filosofía moderna dijo redondamente cuando equiparó la ciencia con un árbol, cuyas raíces son la metafísica; el tronco, la física; las ramas, las demás ciencias (medicina, artes mecánicas); y el fruto, la utilidad obtenida por la aplicación de estas disciplinas[133]. Buen discípulo de Suárez (había estudiado en el colegio jesuita de La Flèche), quien había subordinado el intelecto especulativo al práctico, Descartes orientó la inteligencia al sometimiento del mundo.
Entonces el verdadero sentido de la fórmula cartesiana es: “Pienso, luego existes”: tienes derecho a vivir siempre y cuando te acomodes a los planes formados en mi cabeza, debes rendir tu persona a mi voluntad, y si te niegas a obedecer, lo pagarás con la muerte. Dos meses antes de ser llevado al cadalso, Danton exigió que no hubiese lugar para privilegios, porque la Revolución debía hacerse geométricamente[134]: con ello proclamó la aceptación del principio en virtud del cual recibió la sentencia de muerte, pues la pícara condición del hombre hace que antes o después saque los pies del plato, y entonces la coherencia geométrica del sistema impuesto por los ideólogos reclama su sangre para expiar el crimen. El convencimiento sincero que Robespierre tenía con respecto a las bondades de su sistema hizo que no buscara ninguna clase de ventajas materiales en el ejercicio del poder; se limitó a aplicar el terror para castigar los que pusieran obstáculos a la concreción de su utopía.
La tragedia confirmó la verdad del juicio que Burke había dado sobre quienes se sentían llamados a implantar la Libertad en Francia: la concepción revolucionaria que pretendía combatir todos los dogmas era, sin embargo, absolutamente dogmática e intolerante. Burke había visto con claridad que la ideología es un sistema de justicia basado en una soberbia luciferina.
XX – Napoleón o el Fracaso de Prometeo
El talento mostrado en la conquista de Tolón, en poder de monárquicos auxiliados por tropas extranjeras, le valió a Napoleón ser hecho General en 1793 con sólo veinticuatro años, el más joven en la historia de Europa. De esta manera comenzaba a ver satisfecha la sed abrasadora de poder y gloria mundana que lo consumía desde adolescente, cuando había sido deslumbrado por la magnificencia del ingreso del Rey a París.
El 2 de marzo de 1796 el Directorio nombró al Corso General en Jefe del Ejército de Italia: la crisis interna era tan grande que la suerte de la Revolución volvió a depender de la guerra. La elección recayó sobre Bonaparte porque reunía las condiciones que los Directores juzgaban indispensables: “resuelto, maniobrero, complaciente y capaz de organizar un pillaje de los millones que el Gobierno, en bancarrota, necesitaba para sobrevivir”[135].
Asombró al mundo con una rápida sucesión de victorias que le permitieron ocupar Turín, Milán y Mantua, y luego marchar sobre Viena e imponer la paz a los austríacos. “La campaña de Italia fue la emancipación política, de Bonaparte. […] Tiene su diplomacia, su hacienda, su corte; organiza a su gusto los territorios conquistados; trata de igual a igual con los Príncipes y los Reyes. […] Pero se explica la resignación de los Directores a las continuas usurpaciones de Bonaparte, porque en el punto principal ha realizado con creces las esperanzas en él depositadas: ha entrado a saco en la llanura del Po y los millones fluyen a París. Para obtener la paz, Cerdeña da tres; Parma, dos; Plasencia, diez; el Papa, treinta. Un día, en Livorno, Murat acopia doce millones en mercaderías. Otras veces son cuadros, estatuas, objetos preciosos, la orfebrería de las Iglesias. Bajo esta lluvia de oro, el Directorio acalla sus rencores, embolsa, y da las gracias: «Sois el héroe de toda Francia. […] Tenéis la confianza del Directorio»”[136].
Ya que el Gobierno de París no podía dominarlo, decidió hacer sentir la majestad del Poder a Pío VI, cuya Encíclica “Adeo Nota”, de abril de 1791, había condenado los 17 artículos de la Declaración de los Derechos del Hombre, y además se había negado tenazmente a revocar las sanciones impuestos a los sacerdotes juramentados. Los franceses tomaron la Urbe, proclamaron la “República Romana” y llevaron a cabo toda clase de profanaciones, entre ellas, hicieron adorar la estatua de la Libertad con la tiara pontificia a sus pies. Como el Papa no cedía a las pretensiones de los revolucionarios, fue llevado a Valence y encerrado en prisión. Abandonado por todos, murió en la noche del 28 al 29 de agosto de 1799 y su cadáver fue arrojado a la fosa común. Louis Chaveau, funcionario de la Comuna de Valence, dejó constancia del hecho con estas palabras: “La muerte del mencionado Giovanni Angelo Braschi, que ejercía la profesión de Pontífice, pone fin a la superstición”[137].
El 18 de Brumario, 9 de noviembre de 1799, cayó el Directorio y el día siguiente Bonaparte fue nombrado Primer Cónsul; gobernaría la Nación junto con el cura apóstata Sieyès y Ducos. El 18 de enero de 1800 el Corso decidió crear el Banco de Francia, para que la vida económica de la Nación se independizara de los financieros internacionales. Este paso, inadmisible para Rothschild y sus compinches, le costaría muy caro en el futuro.
Como la suerte continuaba sonriendo a los ejércitos revolucionarios en la guerra exterior de la segunda coalición, Napoleón decidió resolver la cuestión religiosa. El 16 de agosto de 1800 declaro ante el Consejo de Estado: “Mi política es gobernar a los hombres como la mayoría de ellos quiere ser gobernados. Tal es, creo, la manera de reconocer la soberanía del pueblo. He ganado la guerra de la Vendée haciéndome católico; la de Egipto, como musulmán. […] Si gobernara un pueblo judío restauraría el Templo de Salomón”.
Así como Voltaire prefería que sus criados, sastre y procurador creyeran en Dios, pues entonces le robarían menos; y comulgaba sacrílegamente para darles buen ejemplo, también el Primer Cónsul estaba convencido de que la religión es necesaria para los pobres, porque la Iglesia hace las veces de una “gendarmería espiritual” y ayuda a mantener la paz de la sociedad.
El entendimiento con Roma no fue fácil, aunque Pío VII creía que era posible conciliar la doctrina revolucionaria con la Fe. En su homilía de Navidad de 1798, cuando era Obispo de Imola, había expresado su convicción de que “la forma de gobierno democrático adoptada entre nosotros […] no está en oposición con las máximas del Evangelio: al contrario, ella exige todas las virtudes sublimes que sólo se aprenden en la escuela de Jesucristo”[138]. Pero desgraciadamente las exigencias de los Apóstoles de la Democracia iban mucho más allá de las virtudes evangélicas, pues Bonaparte se sentía dueño de la situación e imponía plazos apremiantes y condiciones desmesuradas.
Las negociaciones se hicieron más complicadas por la intervención de Talleyrand. “Ha mostrado siempre la peor voluntad para el restablecimiento de la Religión Católica en Francia”, escribía el embajador de Austria, “lo que se explica bien por el compromiso que le resultaría, dada su antigua calidad de Obispo”[139]. El apóstata, que vivía en concubinato, deseaba introducir en el acuerdo cláusulas que facilitaran la dispensa de sus votos, la reducción al estado laico y permitieran la fácil absolución de su responsabilidad por haber consagrado Obispos rebeldes a la Santa Sede.
Después de salvar infinidad de obstáculos, se logró el Concordato: “el 18 de abril de 1802, Bonaparte hizo público el retorno de Francia al Cristianismo, con una gran. solemnidad en Notre Dame”[140]. Pío VII devolvió al “ciudadano Mauricio Talleyrand” a la vida secular sin autorizarlo empero a contraer enlace, cosa que no tomó en cuenta el Ministro, pues tenía cuestiones más graves con que ocuparse: advirtió que la antigua Casa Real conservaría sus pretensiones mientras no apareciese una nueva dinastía, y en caso de una restauración borbónica, sería mirado como un traidor y perdería mucho más que el poder y su amada fortuna. La conclusión era palmaria: Napoleón debía ser hecho Monarca. Y la idea de ser algo más que simple Cónsul no disgustaba a Bonaparte. “Su corte vencía en fausto a las anteriores borbónicas; su gobierno. era tan absoluto como el de Luis XIV”[141].
El trono de Napoleón se levantaría sobre una base sólida sólo con el apoyo de los partidarios del Nuevo Orden, y para ello el futuro Rey debía quedar atado a los Revolucionarios. Con vistas a este fin el ex Obispo de Autun ideó el plan de ejecutar a un Borbón, el Duque de Enghien, que se encontraba en Baden. Enghien fue tomado prisionero y como la firme oposición del Canciller impidió que Napoleón le concediera la gracia, fue fusilado el 21 de marzo de 1804. Tras la caída del Corso, Talleyrand se lavaría las manos y consideraría “muy chusca” la idea de que él hubiese sido el inspirador de aquel crimen[142].
En 1804 Francia eligió a Bonaparte Emperador por 3.600.000 votos a favor y 2.500 en contra: las victorias de las armas nacionales halagaban el orgullo francés y, además, el pueblo creía que, vencedor en todos los frentes, Napoleón devolvería la paz a Europa. Pío VII se trasladó a París para asistir a la coronación. Bonaparte permitió que el Papa lo ungiera, pero no que lo coronara: arrebató de las manos del Pontífice la Corona de Carlomagno y él mismo se la impuso, y luego coronó a la Emperatriz[143].
Las humillaciones del Vicario de Cristo no terminaron entonces, porque el Corso lo invitó a fijar su residencia en Avignon, o en el mismo París, donde haría las veces de monaguillo del Emperador. “El 25 de mayo de 1805, se corona a sí mismo en Milán. como Rey de Italia con estas palabras: «Dios me la ha dado, y ¡ay de aquél que se atreva a tocarla!». […] Ya pensaba en Roma como su segunda capital. […] Amenaza al Papa con celebrar un Concilio sin él y aun contra él”[144]. En marzo de 1809 Roma fue declarada ciudad imperial; las tropas de Bonaparte invadieron los Estados pontificios y Pío VII fue desterrado a Savona.
La estrella del Emperador, sin embargo, comenzaba a declinar. Talleyrand le había aconsejado la invasión de España, ya que estaba persuadido de que el Corso no tendría seguridad mientras hubiese un Borbón en un trono europeo. Para estimular su vanidad, el Ministro lo comparó con Luis XIV, quien había impuesto a su nieto en Madrid. El Emperador siguió el plan del Canciller y España fue ocupada, pero los franceses debieron pagar un precio muy elevado para mantenerse allende los Pirineos. En Bailén, Dupont debió capitular, y al sublevarse toda España, Bonaparte quedó en una situación harto comprometida y se vio obligado a buscar un acuerdo con Rusia.
El Emperador y el Zar Alejandro se reunieron en Erfurt; la proposición de Bonaparte era que el Zar se comprometiese a tener quieta a Austria, para que las tropas francesas pudieran ser retiradas de Alemania y enviadas a España. En un primer momento, el Zar pareció decidido a aceptar, mas entonces Napoleón cometió un error fatal: llamó a Talleyrand para que hiciera valer su prestigio en favor del Amo de Europa; y “el diablo rengo”, convencido ahora de que Europa no aceptaría a “le Petit Caporal”[145] y a la larga derrotaría sus ejércitos, aprovechó esta oportunidad para congraciarse con los futuros vencedores y, de paso, vengarse de las muchas humillaciones recibidas del Emperador. Cuando el Canciller tuvo frente a sí al Zar, le suplicó que no cediera a las pretensiones de Bonaparte, quien ‒agregó Talleyrand‒ ya no contaba con el respaldo de Francia. El Zar le creyó y salió de Erfurt sin haber firmado el acuerdo[146].
El 9 de junio de 1812 Pío VII fue llevado prisionero a Fontainebleau. Un mes antes, Napoleón había salido de París para dirigir el “Gran Ejército” contra Rusia. Las tropas del Zar retrocedían y Europa creyó que nuevamente el Emperador se alzaría con la victoria. Moscú fue tomada, pero los invasores no pudieron mantenerse en ella durante mucho tiempo; y, cuando intentaron la retirada, les cayó encima el General Invierno: las temperaturas extremas inutilizaron todos los objetos en cuya fabricación se había empleado el cobre (cañones, ruedas, arneses, etc.), porque el frío intenso lo retuerce y quiebra. Apenas una escasa porción de “La Grande Armée” logró sobrevivir.
Sin embargo, la derrota no se debió sólo al rigor del clima: el sabotaje impidió que el ejército fuera debidamente aprovisionado, pues quienes en las sombras habían promovido la revolución no querían que Francia se alzara con el dominio continental, sino que Europa fuera devastada para que de ese modo cayera más fácilmente en las redes de la City. Y la creación del Banco de Francia había robustecido la teresiana “grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere”[147].
El año siguiente Bonaparte pareció haber superado la crisis, ya que sus armas triunfaron sobre rusos y prusianos. Mas Austria se unió a la coalición antinapoleónica, a la que también se había adherido Suecia, y los aliados vencieron al ejército francés en Leipzig, en octubre de 1813. El 7 de abril de 1814, el Emperador abdicó y fue llevado a la isla de Elba. Sin embargo, logró huir, desembarcó en Francia y durante cien días se mantuvo en el poder. Sólo cien días, pues Wellington y el prusiano Blücher pusieron fin en Waterloo al sueño imperial del infatuado Corso.
Chesterton afirma que ya antes de su encuentro final con el ejército anglo-prusiano, Bonaparte estaba derrotado[148]. Nos parece que su suerte estuvo echada desde que cedió a la tentación de obtener un poderío y esplendor igual o superior al del Rey. Sucumbió a la soberbia, de la que brota la ambición, y así llegó a conocer el fin de los desafían a Dios. Fue confinado en la isla de Santa Elena, donde murió en una noche de tempestad el 5 de mayo de 1821.
La Revolución encarnaba la Filosofía del Iluminismo, que se había propuesto reducir toda la realidad al cálculo de la razón raciocinante; y la furia del movimiento subversivo se quebró contra España y Rusia, dos Naciones relativamente atrasadas pero en las que mantenía su vigencia la fe cristiana. En Europa y el Alma de Oriente W. Schubart destaca que El Quijote y Mishkin, el Príncipe Idiota[149], representan los extremos místicos de Europa, que renuncia a la prudencia carnal porque ha descubierto una sabiduría infinitamente más elevada en la sinrazón de la cruz. Y esa “locura” prevaleció sobre la “cordura” de los apóstatas.
XXI. Iglesia y Sociedad
Napoleón fue sobrevivido por otro personaje menos famoso pero más terrible: Talleyrand. Sus continuas traiciones y la habilidad de maniobra le valieron un lugar entre los vencedores. “Durante una semana, el hotel Talleyrand se convirtió en la sede del Gobierno, viéndose desfilar por sus salones todo un mundo de renegados”[150]. Fiel a su vieja costumbre, aprovechó la buena fortuna para seguir robando. Permanecía impasible ante los escarnios y ultrajes y continuó traicionando hasta el fin. Aunque simulaba desprecio, en el ocaso de su vida quiso justificarse: “Cuando entré en la vida pública, formé el propósito de servir a Francia como Francia, en cualquier situación en que se encontrase. Por ello no me reprocho haber servido todos los regímenes desde el Directorio hasta el día de hoy. […] Sólo he conspirado cuando tenía la mayoría de Francia como cómplice”[151].
¿Cómo no percibir en estas palabras el eco de la respuesta que Richelieu había dado a su confesor cuando se encontraba al borde de la muerte? Esta coincidencia del Cardenal con el Obispo de Autun, ambos Cancilleres de Francia, revela la causa profunda del desastre que sobrevino a la Hija Mayor de la Iglesia. Si la Fe es nuestra victoria sobre el mundo, el mal tiene en el mundo el poder que le da nuestra infidelidad. Castellani insistió sobre la relación entre el estado de la Iglesia y el de la sociedad: en un país donde todos o la gran mayoría han recibido el Bautismo durante generaciones, la condición social refleja la situación de la Iglesia[152]. Francia andaba mal porque la Iglesia andaba mal, y esto se debía sobre todo a los Obispos ‒sin excluir las culpas del clero y de los fieles‒, porque los Obispos son forma del rebaño:
“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, velando no como forzados sino de buen grado, según Dios; ni por sórdido interés sino gustosamente; ni menos como quienes quieren ejercer dominio sobre la herencia, sino haciéndoos forma de la grey”[153].
Bajo el disfraz del servicio a Francia, los Magnates habían ocultado su concupiscencia de poder y mundanidad. Y el curso de los acontecimientos vino a señalar la conexión de Richelieu con la desgracia de su país. Ya fue dicho que al conocer la muerte del Canciller, el Papa había respondido con una humorada: “Si Dios no existe, ¡qué vida de triunfos la suya!” Pero Dios, que sí existe y habla por las circunstancias, mostró cuál era el valor de los triunfos obtenidos por aquel eclesiástico, pues permitió que también en él se cumpliera la ley de la Revolución, que avanza destruyendo a quienes la fomentan: “Durante la Revolución, habiendo sido violada su tumba, el dependiente de una carnicería robó la cabeza embalsamada. Esta cabeza pasó por diversas aventuras, pero en nuestros tiempos, fue comprada a su último propietario y actualmente, de nuevo unida a su tronco, reposa en paz decentemente”[154]. Esta degollación post mortem, y su tranquilo reposo en la Sorbona, una de las principales usinas del pensamiento revolucionario (allí estudió nuestro richeliesco Caputo[155]) son una expresión de la silenciosa elocuencia de Dios.
XXII. El Saldo de la Revolución
Tras la victoria de Waterloo y mientras recorría el campo de batalla acompañado por uno de sus Generales, Wellington le dijo: “Creedme que, después de un combate perdido, nada en esta vida es tan triste como un combate ganado”. Durante un cuarto de siglo, la Revolución había hecho de Francia el campo de una batalla perdida. “En 1789 era el país más rico, desarrollado y creativo, con una firme tendencia a mantener el primado. […] La Revolución arruinó los resortes demográficos, económicos y morales de la Nación”[156]. Fue dicho que entonces Francia tenía tantos habitantes como Inglaterra y Alemania juntas, 28.000.000; hoy tiene muchos menos que la sola Alemania. “Mientras que en 1780, Francia e Inglaterra tenían, respectivamente, un índice económico de 110 y 100, en 1815 el índice de Francia había caído a 60, contra los 100 de Inglaterra, que ya no tuvo más competidores”[157]. Por ello Burke pudo decir: “Los franceses han mostrado ser los más hábiles artesanos de la ruina que jamás hayan existido. Han trastornado por completo su comercio y sus manufacturas. Aunque somos sus rivales, nos han procurado una ventaja superior a la que habríamos obtenidos con veinte batallas ganadas”[158].
“Cuando. Chateaubriand volvió a su patria en 1800 tuvo una intuición fulminante: «Desde que me fui, no han vuelto a pintar las puertas ni las persianas. Cuando las ventanas están despintadas y las letrinas no funcionan, se puede tener la certeza de que ha habido una revolución»”[159].
“El poder fue a parar a manos de los burgueses: notarios, maestros de escuela, negociantes, abogados, y con la ley Le Chapelier, prohibieron toda asociación obrera y destruyeron las veedurías, maestrazgos, y otras vinculaciones entre los trabajadores. Éstos debieron aguardar un siglo para poder agruparse en sindicatos. […] La mortalidad aumentó y los suicidios se multiplicaron, […] en la calle era común encontrar gente muerta de hambre. […] Sólo los grandes compradores y los traficantes deshonestos se enriquecieron. Hubo una formidable transferencia de propiedades en beneficios de los especuladores”[160].
La seguridad y el poder militar del País quedaron arruinados. Los necios de la Convención debilitaron la Marina, y esto facilitó la victoria de Nelson en Trafalgar. La ruptura de la Alianza Austríaca dejó a la Nación desprotegida frente a Berlín, lo que permitió a Bismarck proclamar el 18 de enero de 1871 el Imperio Alemán en Versalles, precisamente donde había tenido comienzo la reunión de los Estados Generales de 1789. En la Primera Granguerra, sin la ayuda de Inglaterra y U.S.A., la Nación habría experimentado una nueva derrota. Terminado el conflicto, la izquierda radical y masónica ejecutó dócilmente las instrucciones de las Logias y la Finanza Internacional que exigían el fin del Imperio Austro-húngaro, y de la última dinastía católica de Europa, la Casa de Habsburgo-Lorraine. En 1940 Alemania volvió a triunfar: la Wehrmacht necesitó menos de quince días para derrotar los ejércitos de la Tercera República. A esto debemos sumar los desastres de Indochina y Argelia.
Peor que el retroceso económico y militar fue el número de vidas inmoladas en el altar de la Diosa Libertad: 2.000.000 de muertos y un número igual de lisiados, una pérdida superior a la de la Primera Guerra Mundial. No contamos las víctimas extranjeras de la Revolución: españoles, italianos, austríacos, prusianos, rusos, etc. De los guillotinados, “el 28 % eran campesinos; 31%, obreros; 20%, comerciantes; 15%, domésticos”[161].
La aplicación del Contrato Social no hizo a los hombres más sabios: Lavoisier, el fundador de la Química moderna, fue guillotinado a los 50 años, pues “la Revolución no necesita de los sabios”. “Ese caso debe ser multiplicado por cien. ¿Dónde acabó toda la élite científica e intelectual? Los que no emigraron, fueron masacrados. El índice de los que podían leer y escribir bajó al 39%, porque se le quitaron los bienes a la Iglesia, que durante siglos había educado al pueblo, y se los distribuyó entre los miembros de la nueva clase revolucionaria”[162].
La consecuencia más grave fue el debilitamiento de la Fe. Un número enorme de sacerdotes y religiosos asesinados, deportados o empujados a la apostasía. “Durante 15 años fue imposible catequizar al pueblo, una generación completa. Michelet fue bautizado a los 20 años, Víctor Hugo nunca supo si había sido bautizado”[163]. Los templos fueron vendidos, derribados, convertidos en chiqueros; la “Francia monástica” fue rematada. Es incalculable el valor de los tesoros artísticos destruidos. Hoy[164] el 40 % de los niños franceses no recibe el bautismo, mientras el Islam avanza de modo arrollador. Por consecuencia, proliferaron las herejías (modernismo, democratismo, evolucionismo teilhardiano, progresismo) y son legión los demoníacos pervertidores de la Filosofía y el Arte (Gide, Picasso, Sartre, De Beauvoir y un largo etcétera).
Mas como no hay que ver únicamente lo negativo ni se debe hacer escándalo por cuestiones fútiles, la Iglesia de Francia adhirió a los festejos del Bicentenario y celebró la aventura del ’89 como un triunfo de la humanidad. En Documentation Catholique (4-XII-88) los Obispos exhortaron a los fieles a asociarse a las ceremonias conmemorativas de la Revolución, ya que “1789 y los Derechos del Hombre han desarrollado las condiciones de una sociedad que permanece un objetivo para nuestra generación y los cristianos de hoy”. Pierre Chaunu atribuyó esto a que los Obispos tenían miedo de parecer antimodernos si criticaban a la Revolución, pero el Evangelio va a la raíz de la cuestión y afirma que la cobardía nace de la escasa o nula Fe.
XXIII. La Guerra Santa
Chesterton sostiene que la destrucción material y espiritual no fue directamente buscada por los revolucionarios, cuyo objetivo era un cambio pacífico, pero la traición interna y la incomprensión del resto de Europa los obligaron a tomar medidas extremas, indispensables para la seguridad de la Patria; y hace propia la afirmación de Fox: “Inglaterra hizo a Napoleón”, porque la alianza estúpida de los británicos con Prusia obligó a los franceses a correr a los cañones y esto permitió la aparición del más brillante de los artilleros.
En varios lugares de su obra el escritor inglés excusa aquella violencia, que sería el resultado de la cólera fría que se apoderó de los revolucionarios cuando vieron insultada la verdad que ellos tenían por evidente; su conducta fue la intolerancia del truismo. Como el Chesterbelloc posee dos cabezas, cuatro brazos e igual número de piernas, después de haber tomado distancia del juicio sobre Robespierre dado por una mitad del fabuloso animal, arremetemos contra la otra parte.
Poner el amor a la verdad como desencadenante de la violencia generada por la Revolución es disparatado, pero la porción más “funny” del Chesterbelloc era demasiado inteligente como para no atinar a ciegas, incluso cuando se equivocaba. Su juicio expresa una verdad vuelta loca, que trataremos de reconducir a la sensatez. Durante varios siglos, el egoísmo y el orgullo hicieron que Francia traicionara la empresa que la Providencia le había confiado, y esto llevó a la Nación al error incurable, el que versa sobre los principios. Las famosas palabras, Libertad, Igualdad y Fraternidad, desvinculadas de Dios, quedaban colgando en el vacío, se autodestruían. Convertir primero a Francia, y luego al resto de Europa en un campo de batalla para imponer esas consignas fue una locura. Pero esa locura nunca se habría apoderado de Francia ni la habría llevado a cometer tantos crímenes y sacrilegios, a causar tan enorme asolamiento, si los franceses no hubiesen sido tiranizados por su vocación.
Francia eligió olvidarse de Dios: la decadencia de la Fe condujo a la mundanización de la Iglesia, la idolatría del poder en que cayó la Monarquía, la tilinguería de los Nobles, la avidez calculadora de los burgueses y la descomposición del pueblo en masa; sobre este humus la Pérfida Albion, instrumento de las logias, sembraó la semilla revolucionaria cultivada por activistas profesionales.
Si bien Francia fue libre para volver la espalda a Dios, no consiguió empero arrojar por la borda el don de Dios, su peculiar misión histórica: reaccionar con una cólera fría que es capaz de incendiar el mundo cuando son negadas aquellas verdades que dan sentido a la existencia y constituyen el fundamento de toda justicia. Aunque los revolucionarios declararon la guerra a Dios, ellos llevaron adelante esa empresa como una Guerra Santa porque los dones de Dios son sin arrepentimiento. El castigo que Dios había prometido por San Remigio a la Francia apóstata es el castigo que sin la menor dilación recae sobre quien peca: cuando la creatura emplea mal la fuerza que ha recibido del Creador para cumplir su obra en este mundo y retornar a Él, entonces esa misma fuerza se vuelve destructiva y la descalabra, y la ruina es mayor cuanto más intensa es la energía y más alta la misión recibidas. Francia había sido hecha depositaria de un don superior, y por ello su traición mereció un castigo terrible.
Esto permite responder al reproche que el mismo Chesterton hace a Burke: el irlandés. fue un crítico implacable de la Revolución Francesa, mas sostuvo la causa de los revolucionarios ingleses, que comenzaron saqueando los bienes de la Iglesia y en 1649 decapitaron al Rey para dejar al país en manos de los plutócratas[165]. Es verdad que Burke se muestra miope cuando opone la Revolución Inglesa a la Francesa (también P. Chaunu, protestante, cae en este error: ningún reformado puede comprender a fondo la Revolución Moderna). Enrique VIII y 1uego los puritanos prepararon el terreno para que los jacobinos pudieran hacer su trabajo; ambas Revoluciones son diferentes momentos de un mismo proceso. Los ingleses, sin embargo, tuvieron un límite: sacudieron el yugo de la Fe, mas conservaron del pasado cuanto les fue posible retener; en lugar de lanzarse a la adoración de la Razón y la Libertad, adoptaron una religión parecida al Catolicismo en su Liturgia y Dogmática. Inglaterra logró así conservar el orden y pudo en consecuencia tener un crecimiento ininterrumpido durante cuatro siglos, tanto que de 1815 a 1914 dominó abiertamente el mundo.
A Inglaterra le fue mejor que a Francia porque Albion es menor que la Patria de San Luis. El inglés es un hombre del intelecto práctico: puede ser gran político o soldado, tiene facilidad para la ciencia moderna (que en realidad es técnica), inventa máquinas, organiza clubes, practica deportes cuyas reglas él mismo ha concebido. Pero Inglaterra jamás ha dado un gran filósofo: “Locke es un bárbaro: es el mayor filósofo inglés”[166]. Desde Ockham hasta Bertrand Russell ha tenido filósofos menores o depravadores de la Filosofía, aunque no le ha sido negada la alta especulación de la literatura ‒que, como el resto de las artes, pertenece a la esfera del intelecto práctico ‒ y de la fe. El hombre práctico no pierde fácilmente el sentido común, el “common sense” británico, aunque a la larga, si se desvincula por completo de la teoría, termina fallando: ¿qué queda del Imperio Inglés y a qué intereses sirvió y continúa sirviendo? Los hermanos Chesterton y Belloc respondieron claramente a esta pregunta cuando airearon el escándalo Marconi.
XXIV. El Nuevo Imperio
Tras la victoria, Austria, Prusia y Rusia proclamaron la Santa Alianza, cuyo fin era la vuelta al orden tradicional; pero ellas tenían religiones diferentes, y era obvio que jamás lograrían reedificar la Cristiandad, cuyo fundamento es la única Fe verdadera.
La Revolución continuó así su progreso, y al dilatar su influjo puso en evidencia la profundidad del experimento francés. Así como toda la historia de la Filosofía está contenida en el núcleo griego, pues las épocas posteriores no hicieron más que desarrollar los paradigmas de la Hélade, análogamente la Revolución mundial calcó las tendencias y etapas de la Francesada. Esto se halla implícito en la afirmación de Clemenceau: “la Revolución es un solo bloque”. El movimiento subversivo tiene una coherencia que dirige su desarrollo con una lógica férrea. La utopía liberal prepara el camino al terror comunista, y en un tercer momento, el ímpetu revolucionario se hace transnacional[167]. Aunque al imponerse la corona de Carlomagno Napoleón no comprendiera el alcance de lo que hacía, su gesto reveló el propósito subversivo de realizar una parodia del Imperio Cristiano que llevará al Señor del Mundo, el Anticristo[168].
En primer lugar, el liberalismo conoció un triunfo casi universal. Aunque no son las únicas causas, ese fenómeno debe ser adjudicado especialmente a las guerras napoleónicas, a la hegemonía inglesa y al influjo yanqui.
Las guerras napoleónicas sembraron la semilla democrática en Europa; si bien Bonaparte fue vencido, El Contrato Social mantuvo su capacidad de seducción, porque el Viejo Mundo reclamaba alguna suerte de doctrina que le devolviese la unidad espiritual perdida.
Inglaterra, por su parte, quedó dueña de los mares y pudo así subyugar a vastas regiones del mundo. Tanto los cipayos que aceptaban como un honor su estatus colonial, como muchos de los patriotas que luchaban contra el sometimiento, buscaron poner sus países al día, y ello a menudo se hizo con perjuicio de la tradición propia.
Tenemos, por último, a los yanquilandios. Si bien a lo largo de su historia, U.S.A. ha recibido millones de inmigrantes de muy diversos orígenes y culturas, la Nación es un horno (melting pot) que da a cuantos son arrojados en él la mentalidad calvinista. Evola observó que “a los ojos del Americano puro, el asceta es un perdedor de tiempo, un parásito para la sociedad; el héroe en el sentido clásico, una especie de loco peligroso que debe ser eliminado con oportuna profilaxis pacifista y humanitaria, mientras que el moralista puritano fanático (el que inculca el trabajo incesante para obtener riquezas y predominio) es circundado de una fúlgida aureola”[169].
Como buenos calvinistas aceptan ciegamente que este mundo pertenece a los “santos”; por ello desde el principio se han considerado un pueblo en misión. “El sentimiento de su elección, el carácter mesiánico de su destino, condujeron a América a una forma sutil de imperialismo”[170], a cuyo evangelio, el “Credo Americano”, deben amoldarse las demás naciones, aunque tal patrón, caiga a contrapelo de la identidad de cada pueblos.
A diferencia de los Apóstoles, los misioneros yanquis, si son rechazados, no se contentan con sacudirse el polvo de sus sandalias; sino que sacuden un garrotazo (el Big Stick de Teodoro Roosevelt). El que crea y se americanice, se salvará; el que no crea ‒“dago”, “jap”, “kraut”, “guido”, “russki”… la lista es interminable ‒, será bombardeado. Claro que obran en defensa de la Civilización, el Progreso y la Libertad, pero el “Destino Manifiesto” hace que estas cruzadas siempre lleven el agua a su molino y dejen en seco el del vecino.
A confesión de parte, relevo de prueba. Escuchemos a dos de los profetas mejor ubicados en el ranking del Norte. Allan Bloom sostiene que “la Segunda Guerra Mundial fue en realidad un programa pedagógico (educational project) utilizado por América con vistas a obligar al planeta a aceptar los principios de la Libertad y la Igualdad”[171]. Es cierto que cuantos nos dedicamos a desentumecer el cerebro de aquéllos a quienes las circunstancias han colocado en nuestro camino, a menudo sentimos el vehemente deseo de interpretar literalmente el proverbio: “la letra con sangre entra”. Pero emplear la bomba atómica como material didáctico de apoyo, revela un grado de literalismo tal que difícilmente habría aceptado el mismo Sarmiento en día de lluvia, cuando la pasión escolar del Sanjuanino, según nuestra Historia Oficial, alcanzaba sus registros más elevados.
Por su parte, Michael Novak, quien se dice católico y teólogo laico, escribió que “los ciudadanos del mundo exigen el nacimiento de la Democracia en sus instituciones en lugar del Nacimiento dos veces milenario de Belén”[172]. Una vez más, “in nomine, numen”: ¿qué tendrá el apellido del teólogo laico que condena a sus portadores al desvarío? Con la Iglesia hemos topado, Sancho. No nos metamos con los futuros santos porque nos va a caer la escomúnica. Quede esto en el misterio y pasemos a considerar la segunda fase del avance revolucionario.
El liberalismo preparó el terreno para el surgimiento del marxismo. Por supuesto, las logias y el Gran Dinero prestaron una ayuda invalorable para que Mamá Democracia diera a luz el orden comunista. Éste no representaba peligro alguno para los usureros, pues ellos lo dominaban por medio de la ayuda financiera y tecnológica, la entrega de armas (piénsese en la Segunda Gran Guerra) y alimentos que fluían sin cesar de Occidente al Paraíso del Proletariado; por añadidura los bancos y las grandes empresas hacían jugosas transacciones en la zona roja del planeta. Un negocio a dos puntas, porque el espantajo comunista obligaba al “Mundo Libre” a entenderse con los Amos de las Finanzas para obtener seguridad.
Aunque el marxismo rechaza la idea del hombre propia de la democracia liberal, sin embargo, “encontramos en la democracia marxista todos los temas que inspiraron a los fundadores del régimen democrático, pero […] adaptados a la Filosofía Materialista”[173].
Ésta hace del espíritu un simple reflejo de las condiciones materiales dominadas por el Estado, cuya misión es “educar al Soberano”: influir sobre la situación social y modo de existencia para que el hombre llegue a pensar y sentir lo que el Partido desea, porque “metafísicamente, el Partido es la conciencia del proletariado, […] es una aristocracia que aglutina a los mejores del pueblo, lo que explica el número relativamente pequeño de sus miembros”[174].
Asimismo, la democracia marxista “no es incompatible con el rigor, […] que, representado por el Estado Policial y los campos de trabajo forzado, impulsa al hombre hacia la promoción de una Humanidad superior. […] La Democracia marxista es exigente”[175].
A semejanza de los jacobinos, la aristocracia roja aplica el terror para obligar a los hombres a ser libres. En 1997 El Libro Negro del Comunismo calculaba que el intento de establecer el Paraíso del Proletariado había costado a las naciones víctimas de este experimento de ingeniería social la friolera de cien millones de vidas, pero el Profesor Mario Descotte nos dijo que los autores del texto eran intelectuales izquierdistas interesados en rebajar las cifras de la hecatombe, cuya cifra real es casi el doble de la cantidad reconocida. La segunda fase del proceso democrático es, en efecto, exigente en grado superlativo.
El Marxismo, como dijimos, no es el fin de la evolución democrática, ya que es demasiado parecido al Capitalismo liberal. En 1935, Heidegger hacía notar la coincidencia metafísica de ambos Imperios, pues tanto América como la Unión Soviética exaltaban los mismos valores: el trabajo, la máquina, el éxito mundano y la abundancia de bienes materiales, “la misma furia desesperada de la técnica sin control ni límite y de la organización abstracta del hombre normal”[176].
¿Por qué entonces llevar la Humanidad al holocausto, cuando hay tantos puntos en común? Y una vez más muestran los inagotables recursos de su filantropía las logias y el Becerro de Oro, quienes por medio de instituciones como las Naciones Unidas, el Foro Económico Mundial, el Consejo de Relaciones Exteriores ‒“centro de estudios sin ánimo de lucro”… ‒ y otras por el estilo invitan, con una de esas propuestas que no es posible rechazar, a echar a un lado los viejos tonos de quienes se obstinan en conservar las Patrias (hoy sólo defendidas por los incapaces de entender que el agua pasada no mueve el molino), y entonar otros más agradables, inspirados por la celestial alegría del inminente Amanecer Rosado ‒ el Gran Reinicio del 2030‒, bajo cuyas alas protectoras todos los hombres serán hermanos. ¡Abrazaos, ocho mil millones![177].
XXV. El Reino de Este Mundo
La democracia y el capitalismo son formas extremas de totalitarismo, porque contienen sus propios valores, lo que significa que uno sólo puede participar en ellos si los acepta. Los ciudadanos deben entregar sus mentes al sistema, que no es político o económico, sino un sistema de conciencia, que controlan y abastecen la conciencia de las personas con valores pragmáticos. La gente no se percata de ello, pero su mente está determinada por estos sistemas. Son algo tan desespiritualizado que, en principio, no serían compatibles con ninguna religión. Además, promueven la hipocresía, ya que, donde ellos dominan, a los gobernantes, los medios y los individuos no se les caen de la boca declaraciones que expresan preocupación por los indigentes y por la paz, cuando en realidad nada les importa excepto lo que favorece su egoísmo.
A quien piense que sólo un “nazi en el mal sentido de la palabra”[178] puede decir tales cosas, respondemos que estas afirmaciones fueron hechas por Philipp Allott, Profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad de Cambridge, y publicadas en La Nación el 20 de junio de 2007.
Allott es un inglés típico: su empirismo le permite observar bien los hechos, pero lo extravía cuando intenta explicarlos. En efecto, la democracia y el capitalismo tienen carácter totalitario, mas no es verdad que estos sistemas “controlen y abastezcan la conciencia de sus ciudadanos con valores pragmáticos”, pues ellos implican el dominio de la sociedad por el dinero; cuya naturaleza es intelectual, porque es un signo que mide el valor de los bienes reales. Hemos tratado la cuestión en un artículo publicado en esta página, por lo cual nos limitamos a decir que la existencia individual y social es regida por el espíritu; y, si el dinero u otro ídolo ocupan el lugar de Dios, por un mal espíritu.
El Profesor de Cambridge también se equivoca al afirmar la incompatibilidad de ambos sistemas con respecto a toda religión. La Democracia Universal no instaurará el ateísmo sino una falsa religión, por la misma razón que obligó al autor del Contrato Social a cerrar la obra con un capítulo sobre la Religión Civil: la fusión social exige una fe común. ¿Cuál?
La herejía más importante de las que procuraron derribar la Cristiandad Medioeval fue el Calvinismo. El autor de las Instituciones dio a la Reforma consistencia teórica, sin la cual se habría desvanecido como cualquier otro movimiento basado puramente en las emociones. La Democracia fue impuesta en Ginebra por el mismo Calvino; la victoria del régimen parlamentario en Inglaterra fue obra de los puritanos; Rousseau, además de ser calvinista, se inspiró en el modelo político de Ginebra; sus ideas triunfaron en Francia en buena medida por el trabajo de zapa que llevó a cabo la poderosa minoría hugonote (calvinista); por último, hemos visto que U.S.A., el Supermercado Universal de la Democracia, es calvinista hasta los tuétanos.
La Democracia es el régimen político que encarna esta desviación teológica, pues la Voluntad General, Santa e Infalible refleja en el orden social la voluntad de un dios, cuyo arbitrio inescrutable elige a los “santos” y a los destinados a la perdición:
“No todos son creados según una misma condición, sino que unos están de antemano ordenados a la vida eterna, y otros a la perdición eterna: Y así decimos que alguien está predestinado a la vida o a la muerte, según haya sido creado para uno u otro fin. […] Por qué Dios ha querido esto, no nos es posible conocer, pues la voluntad de Dios es la última razón de todas las cosas[179], y no tiene sentido preguntar por la razón de la razón suprema”[180].
La Historia entendida como un curso inevitable hacia la concreción de la utopía encarna el dogma inhumano de la Fatalidad, que Calvino reintrodujo en Occidente. El hombre experimenta una suerte de fascinación ante esa fuerza y abdica de su personalidad para dejarse arrastrar por la corriente de la época, aunque tal impotencia se disfrace casi siempre de ilusionado optimismo: una vez más, el cuento del Amanecer Rosado, sobre el cual dijo Chesterton que sólo es rosado en la víspera[181].
También el terrorismo de la Libertad deriva de esta herejía, que exige a los creyentes aplastar o esclavizar a los réprobos, es decir, los pobres, los débiles, cuya misma impotencia prueba que han sido arrojados al campo de los perdedores; en una palabra: a cuantos no le han caído simpáticos a Dios.
Esta doctrina no es, sin embargo, el fundamento religioso último de la Democracia convertida en Imperio Mundial, pues el Calvinismo no hizo más que reiterar con palabrería cristiana el falso ideal mesiánico de la Sinagoga, que antepuso el orgullo nacional a las enseñanzas de los Profetas y principalmente de Nuestro Señor: un Reino de este mundo que permitiría aplastar a los paganos; en términos calvinistas, la muchedumbre votada a la condenación.
Ya Sombart había puesto en evidencia la identidad espiritual de calvinistas y judíos[182], y “Hannebicq, en Génesis del Imperialismo Inglés, muestra que en el siglo XVI puritanos e israelitas son la vanguardia del naciente Capitalismo, y esta semejanza de su misión se relaciona con la semejanza del manantial de donde toman su inspiración: el Antiguo Testamento, con sus promesas de poder, de riqueza, de dominio material por parte del pueblo elegido, […] inclinados a conseguir que prevalezca un concepto de Economía Política más materialista, más carnal”[183]. Castellani reafirma estos juicios: “Existe el capitalismo con una enorme fuerza; y ha surgido frente a él otro monstruo, el comunismo, que es su contrario mas no su contradictorio; pues ha nacido de la misma (mala) madre y bautizado en la misma pila; bautismo judío por supuesto, si eso existe; o calvinista si quieren”[184]. Recordemos que esta coincidencia es expresada por el significado idéntico de “puritano” y “fariseo”.
XXVI. A La Sombra de Big Ben[185]
“Sentado sobre los esquíes”[186], el Cardenal Slipjy se despidió de las Iglesias hijas de la Iglesia de Ucrania en varios continentes. A la de Inglaterra escribió:
“Sé que tu habitas donde está el trono de Satanás”[187].
No conocemos la sede del Misterio de Iniquidad, pero su estilo y eficacia se muestran en su principal o uno de sus principales centros operativos:
“En el Parlamento británico, justo frente al Presidente de la Cámara, hay una silla especial. Imaginadla como una especie de trono. La persona que ocupa esta silla es un representante de la City de Londres, asistido por seis abogados. Su objetivo es monitorear todos los debates en el Parlamento británico y analizar exhaustiva y detalladamente todas las propuestas y esbozos de ley para determinar todo posible efecto sobre los «intereses» o sobre las operaciones de la City de Londres, y adoptar las medidas apropiada si tales intereses son afectados. Las «medidas apropiadas» llevan inevitablemente a la muerte de la ley. Esto no sucede necesariamente con la fuerza, sino con lo que podríamos llamar «presión política», a veces con la extorsión y a menudo simplemente con una influencia omni-invasiva sobre los políticos británicos”[188].
La fuente de la que mana este influjo se propone realizar con el Mundo-Uno el Reino que la Sinagoga carnal pretendió imponer a Nuestro Señor. Y la Historia de los últimos siglos permite comprender el horror y la indignación que esta exigencia despertaba en el Hijo de Dios.
Para lograr su objetivo, la Corte del Diablo recurre, en primer lugar, a la mentira. Ya que en este mundo traidor, la diferencia entre la verdad y el embuste, entre la cordura y la demencia, es sólo una cuestión de mayoría, es necesario apoderase de las mentes. Lenin había señalado la necesidad de contar con ingenieros de almas[189], y los experimentos de Pavlov demostraron que el camarada Vladimir Ilich no pedía lo imposible: un chistoso dijo que, considerado el asunto desde el punto de vista del perro, el sonido de la campana anunciaba la aparición del hombre condicionado. La prensa y la “educación” realizan un oportuno lavado de cerebro que vuelve a los hombres “cañas sacudidas por el viento” de la propaganda, incapaces de admitir lo que tienen delante de los ojos, y así la mayoría apoya a los locos, quienes ipso facto pasan a ser cuerdos y tratan a los excuerdos como a locos.
Alimentados con mentira, los países son inevitablemente esquilmados: la Usura se apodera del mundo y las Naciones ceden sistemáticamente ante la prepotencia del Gran Dinero. Aun la misma prosperidad que los habitantes de ciertos países consiguen a expensas del resto del mundo es una forma disimulada de miseria, ya que, para disfrutar de tal abundancia, los hombres deben convertirse en simples piezas de un mecanismo impersonal, inquilinos de un orden totalmente dominado por el Becerro de Oro. Nadie posee algo si no comienza por poseerse, y el hombre moderno, atrapado en la gran telaraña, entrega su vida al aumento de la producción, las ventas y los beneficios. “Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado, […] cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares ‒entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo ese aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué? ‒¿hacia dónde? ‒¿y después qué?”[190].
Y una vez más se manifiesta la necesaria conexión entre la ideología y el homicidio: “Ningún siglo ha visto correr tanta sangre como el nuestro. […] Hasta 1985, los conflictos del siglo XX habían arrojado un saldo de 120.000.000 de víctimas civiles, contra «sólo» 36.000.000 de militares”[191]. Y desde 1985 hasta hoy, ¿cuántos más?
XXVII. “Nuestros Compadres los Indios”
Aquí viene a cuento un diálogo de la película El Tercer Hombre (basada en la novela de Graham Greene) entre Harry Lime, traficante de penicilina adulterada, con su amigo, el escritor Holly Martins, que ilustra con toda claridad cuánto vale el hombre común para los “santos”. Lime y Martins se encuentran en la cabina de la gigantesca rueda del Prater[192]. “Mira hacia abajo”, dice Lime. “¿Podrías sentir pena si alguno de aquellos puntos negros [los hombres, que parecen pequeñas manchas desde la altura] dejara de moverse para siempre, cuando puedes ganar 20.000 dólares por cada punto inmovilizado?… Hoy nadie piensa en el hombre concreto. Los gobiernos hablan del pueblo y del proletariado. Yo hablo de los parásitos y los bobos. Es lo mismo. Los gobiernos tienen sus planes quinquenales; yo también”.
Por una de esas casualidades de la vida, la jerga del Partido que gobernó egregiamente nuestro país de 1983 a 1989 refleja la estima que los representantes tienen por los representados: en los comités radicales, el caudillejo zonal es llamado “puntero” porque su misión es captar a los “puntos” ‒que el Diccionario del Lunfardo define: persona cándida; víctima de estafa o hurto; persona tomada como centro de una broma o burla‒ a fin de que voten por el Partido”[193]. El Ciudadano-Rey es un “punto”; y el libre juego de las instituciones democráticas, un juego de punto y banca.
Podemos redondear la presente inquisición concluyendo que “la Democracia es un sistema fomentado por los usureros para mandar la Humanidad al cuarto oscuro”[194]. Y este resultado no hace más que confirmar la palabra de Rousseau: nos había prometido la felicidad del buen salvaje, y los salvajes ‒dijo el General San Martín en su Proclama al Ejército‒ ni siquiera tenían necesidad de bayetilla para vivir como les placía: “chacun à son goût”. Igual que “nuestros compadres los indios” el hombre común queda ‒o se encamina a quedar en el 2030‒ in puris naturalibus: “No tendrás nada y serás feliz”. Luego, la historia del descamisado hombre feliz es hoy más oportuna que nunca. Que era lo que nos habíamos propuesto demostrar.
XXVIII. Las Paradojas del Amor
Cuando, expuesto a mil peligros, el Padre Carlos de Foucauld exploraba el desierto marroquí, escuchó un proverbio que nunca pudo olvidar y, tras su conversión, tuvo un gran influjo en la espiritualidad que adoptó: “Cinco mil jinetes armados no lograrán despojar a un hombre desnudo”. La máxima fuerza humana puede ser burlada por el despojo absoluto de sí mismo, y el experimento francés, paradigma de la Revolución Mundial, prueba la verdad de este proverbio, porque los dos hombres a quienes el movimiento desencadenado en 1789 había convertido en Amos de Europa terminaron rindiéndose ante la Cruz, el signo que mejor expresa la fuerza incontrastable del anonadamiento divino.
En Santa Elena, “Napoleón Bonaparte se confesó y recibió la absolución, había hecho las paces con la Fe. Le fueron administrados los Santos Sacramentos, salvo el de la Eucaristía, que no se atrevieron a administrárselo porque devolvía todo lo que tomaba. Pero estaba en paz y conservaba la razón”[195].
El patíbulo que el Señor convirtió en arma de victoria se reservaba otro triunfo mayor: la entrega de quien se jactaba de haber tenido durante cuarenta años la peor reputación y el mayor poder de Europa, Talleyrand, cuyos últimos días añadieron una nueva página al Evangelio, pues entonces tuvo lugar la conversión del mal ladrón.
Tenía ya 84 años, tantos como Voltaire, y al advertir que se aproximaba la muerte, quiso negociar la salvación. Le exigían que se retractara, y el orgulloso Canciller discutía las condiciones. Por fin, el 18 de mayo de 1838 dio el último paso: “Confesó y cuando el sacerdote le quiso ungir las manos, el moribundo las dio vuelta y respondió: «No olvidéis, Señor Abate, que soy Obispo». Los Obispos, que en su consagración reciben la Unción sobre las palmas, en el curso de la Extremaunción reciben el Oleo Santo, no en la parte interior de las manos, como los otros fieles, sino en la exterior”[196]. Genio y figura, hasta la sepultura. Pero el Señor conquistó finalmente el corazón de Talleyrand, porque nada es imposible para Su Debilidad[197].
La Revelación nos enseña que algún día la cizaña parecerá haber obtenido su triunfo definitivo, que la Segunda Venida de Cristo transformará en ruina sin vuelta de hoja, pero ¿vivimos hoy los tiempos parusíacos? No sabemos; nos limitamos a señalar la semejanza de la situación presente con la del Imperio de Bonaparte cuando sus cimientos habían comenzado secretamente a resquebrajarse: también entonces el poder revolucionario se mostraba inconmovible y la prepotencia atea tenía frente a sí una Iglesia dividida y con gran confusión doctrinal, porque durante un siglo los Reyes habían hecho oídos sordos a la petición hecha por Cristo a Luis XIV por medio de Santa Margarita María.
Así como en aquella oportunidad, los extremos “locos” de Europa descalabraron la “cordura” revolucionaria, hoy España y Rusia vuelven a estar misteriosamente vinculadas al fracaso del intento prometeico, pues el mensaje que Nuestro Señor comenzó a dar en Fátima y completó en España[198], asigna a Rusia un papel de primera importancia para el triunfo del Inmaculado Corazón: “Por fin, mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, y será concedido al mundo un tiempo de paz”[199].
Para descifrar el enigma de esta debilidad contra la cual se estrellan los prepotentes, volvamos al principio y contemplemos al “Poverello” alejándose de la multitud que se había reunido para no perder detalle del insólito juicio de Pietro Bernardone contra su hijo.
Como todo Santo, Francisco fue (y continúa siendo) un incomprendido porque su testimonio rebota contra la cerrazón de nuestra mente. El joven no era un sensiblero, ni tampoco se había convertido en un adorador de la Naturaleza, pero la más grave distorsión de su fisonomía tiene lugar cuando hacemos de él un vagabundo, ya que, si alguna imagen es adecuada para representar la vida de Francisco, ella es la de una flecha que en su carrera impetuosa hacia el blanco corta el aire sin dejar huella. Y el objeto que lo atraía de modo irresistible era una Cruz de la que colgaba desnudo un hombre feliz[200]. Y así volvemos a topar con aquella síntesis desconcertante de extrema indigencia y dicha que hallamos en el comienzo de este trabajo.
Esa síntesis no era la única paradoja que la mirada del espíritu descubría en el crucificado; sin exageración podemos decir que en él se reunían los extremos inconciliables en cualquier otro, y lo más sorprendente es que tal visión no proclamaba el triunfo de la demencia, sino que ella reconducía el mundo a la cordura: la víctima era la razón de ser de su pueblo, y, sin embargo, los suyos lo rechazaban; aunque había transcurrido su vida haciendo el bien, era contado entre los malhechores; su alimento había sido la Voluntad del Padre, pero alrededor suyo rugía la tormenta de odio y furia que Israel desencadenaba ante los blasfemos; perfectamente inocente, era al mismo tiempo “pecado” y “maldición”; labia sido abandonado por todos, mas nos representaba a todos, porque al extender los brazos abarcaba todos los lugares y tiempos y atraía a todos hacia sí: “Ecce Homo”. En ese leño misterioso la Humanidad jugaba su destino, y también Dios jugaba su juego terrible y misericordioso, como Arquitecto que echa los cimientos de una nueva Creación. El enigma, indescifrable para la sola razón, se revelaba con claridad de mediodía al joven de Asís, pues la plenitud del Espíritu que ardía en su pecho le descubría que la raíz de todas las paradojas era el Amor.
A la cólera fría con que el hombre orgulloso defiende su egoísmo razonable, el Amor oponía la cólera ardiente de su misterio, y en la locura de aquella Cruz, el Fuego de Yahvé, fuerte como la muerte y duro como el abismo, deshacía la locura de nuestra rebelión. Dios y el Hombre volvían a combatir en lucha sagrada, corno en otro tiempo el Ángel había luchado con Jacob. El Crucificado parecía más un gusano que un hombre porque su debilidad soportaba el embate de la Fuerza irresistible que sostiene el universo, mas en tal abyección el Hombre volvía a triunfar, pues Dios nos otorgaba su gracia que nos abre las puertas del Cielo. Pues aquel leño, escándalo y locura para el mundo, tenía el poder de conducir a cuantos lo miraran con Fe hasta la altura inaccesible para quienes toman el Cielo por asalto. Una nueva paradoja del Amor, que parece contradictorio justamente porque no puede negarse, y cuyos caminos nos resultan tan extraños a causa de su excesiva simplicidad.
Muchos de cuantos se apretujaban alrededor de Pietro Bernardone y su hijo tuvieron a éste por loco; otros, por un momento vislumbraron el misterio; pronto, sin embargo, recuperaron su antigua sensatez, de modo que Francisco se alejaba completamente solo. Mas el “Poverello” no miraba hacia atrás, sino hacia adelante, hipnotizado por la visión. Y al marchar hacia aquel hombre desnudo, Dios era “la alegría de su gozo”[201] pues en su corazón estallaba la felicidad que sólo conocen quienes se han entregado por entero al Amor.
[1] Revista Gladius n° 18, agosto de 1990, pp 5-70. (Corregido y aumentado, 3-XI-2025).
[2] En el origen de los mitos se descubre el influjo de la Revelación Primordial, luego deformada por los paganos.
[3] Job 7, 1.
[4] 6, 26.
[5] Guénon, R, Autorité Spirituelle et Pouvoir Temporel, Les Éditions Vega, Paris, 1964, pp 43-44.
[6] Guénon, R, Saint Bernard, Les Éditions Traditionnelles, Paris, 1959, pássim.
[7] Gueydan de Roussel, G., “La Unidad Católica y los Orígenes de la Unidad Mundial”, Verbo, marzo de 1972, p 63.
[8] Menéndez Pidal, R., Idea Imperial de Carlos V, Espasa Calpe, Buenos Aires, 1953, p 13.
[9] Calderón Bouchet, R., La Decadencia de la Ciudad Cristiana, Cuadernos Universitarios de Cuyo, Mendoza, 1977, p 190.
[10] Castellani.
[11] “Víctimas que no hay que olvidar”, conoce.com/doc.
[12] Ibíd., p 36.
[13] Ibíd., p 39.
[14] Belloc, H., Oliverio Cromwell, Barcelona, Editorial Juventud, 1981, p 43.
[15] Belloc, Cromwell, Editorial Juventud, Barcelona, 1981, p 96.
[16] Belloc, Historia de Inglaterra, T II, p 59.
[17] Belloc, Historia de Inglaterra, Madrid, La Nave, p 412.
[18] Chesterton expuso el caso en “La Peluca Púrpura”, La Sabiduría del Padre Brown.
[19] Innocenti, Ennio, Statisti Cattolici Europei, Roma, Edizione dei Due Cuori, 1990, p 10.
[20] Belloc, Historia de Inglaterra, T II, pp 117-118. Hoy el Banco de Inglaterra es propiedad de Rothschild (Blondet, Maurizio, op. cit.)
[21] Castellani, L., Las Canciones de Militis, Dictio, Buenos Aires, 1973, p 146.
[22] Gallardo, G., Lutero y la Desintegración de Nuestra Cultura, Paraná, Ediciones Mikael, 1981, p 63.
[23] Gueydan de Roussel, El Verbo y el Anticristo, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, pp 19-32.
[24] Op. cit., p 23.
[25] Reale-Antiseri, Historia del Pensamiento Filosófico y Científico, T II, Barcelona, Herder, 1987, p 614.
[26] Ibíd., p 572.
[27] Cfr. Belloc, Luis XIV.
[28] Ecles. 3, 11.
[29] París, Garnier-Flammarion, 1964, pp 215-216.
[30] Díaz Araujo, E., “Prometeo Desencadenado o la Ideología Moderna”, en La Enciclopedia y el Enciclopedismo, Buenos Aires, Oikos, 1983, p 90.
[31] Reale-Antiseri, op. cit., Cap XIII.
[32] Díaz Araujo, op. cit., pp 77-80.
[33] Royo Marín, A., Teología de la Salvación, BAC, Madrid, 1965, p 264.
[34] https://infovaticana.com/blogs/specola, 25-XI-2024.
[35] “La disputa por el cuerpo de Voltaire”, perfil.com, 30-V-2024.
[36] El señor Cullen, que tenía buenas razones para ser antiperonista acérrimo, andaba contento como unas pascuas cuando se enteró de la muerte del “Líder”, pero su alegría no duró mucho tiempo, porque al rato alguien le aguó la fiesta con la noticia de que el Presidente había recibido los últimos sacramentos. Entonces se consoló diciendo: “Bueno, pero ¡qué Purgatorio tendrá que pasar!”
[37] Fraile, G., Historia de la Filosofía, T III, Madrid, BAC, 1978, p 934.
[38] Maritain, Tres Reformadores, apud Díaz Araujo, op. cit., p 106.
[39] Díaz Araujo, op. cit., pp 105-106.
[40] Lemaître, J., Juan Jacobo Rousseau, Buenos Aires, Huemul, 1967, p 292.
[41] Díaz Araujo, op. cit., p 106.
[42] Ibíd.
[43] Chevallier, op. cit., p. 11-12.
[44] Di Napoli, Giovanni, “La Filosofía del Humanismo y del Renacimiento”, Historia de la Filosofía, Edición al Cuidado de Cornelio Fabro, Rialp, Madrid-México, T I, p 509.
[45] Chevallier, Los Grandes Textos Políticos, p 11-17.
[46] Belloc.
[47] Castellani, Decíamos Ayer, Buenos Aires, Sudestada, 1968, p 292.
[48] Castellani, “Liberalismo Perimido”, De Este Tiempo, septiembre u octubre de 1966.
[49] Castellani, San Agustín y Nosotros, Cap X, Jauja, Mendoza, 2000, p 191.
[50] Chevallier, J. J., Los Grandes Textos Políticos, Madrid, Aguilar, 1954, p 132.
[51] Ibíd.
[52] “Liberalismo”, Las Canciones de Militis, Buenos Aires, Dictio, 1973, p 189.
[53] Chevallier, op. cit., p 133.
[54] Calderón Bouchet, op. cit., p 90.
[55] Widow, J, El Hombre, Animal Político, Santiago de Chile, Ed. Universitaria, 1988, pp 221-224.
[56] Chevallier, op. cit., p 156.
[57] Chevallier, op. cit., p 157.
[58] Juvenal, Sátiras, VI, 223.
[59] Castellani, “Directorial” de revista Jauja n° 6, junio de 1967; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 64.
[60] Castellani, Decíamos Ayer, Buenos Aires, Sudestada, 1968, pp 293, 291-292.
[61] Op. cit., pp. 313-315
[62] Calderón Bouchet; R.; “Diderot o el Burgués Vagabundo», en La Enciclopedia y el Enciclopedismo, p 53.
[63] Gaxotte, P., La Revolución Francesa, Madrid, 1934, pp 62-63.
[64] Calderón Bouchet, R., “Diderot…”’, p 60.
[65] Ibíd. pp 57-58.
[66] Gaxotte, P., op. cit., p 46.
[67] Apud D’Angelo Rodríguez, A., “La Enciclopedia en la Historia”, en La Enciclopedia y el Enciclopedismo, p 21.
[68] Apud Calderón Bouchet, R., “Diderot…”, p 59.
[69] Reale-Antiseri, op. cit., T. II, p 587.
[70] I Cor. 3, 22-23.
[71] La Ciudad de Dios, L II, Cap 17.
[72] Garrigou-Lagrange, R., La Madre del Salvador y Nuestra Vida Interior, Buenos Aires, Desclée de Brower, 1947, p 308.
[73] Ecli. 7, 29-30.
[74] Belloc, H., Así ocurrió la Reforma, Buenos Aires, Editorial Thau, 1984, p 191.
[75] Ibíd., p 214.
[76] Belloc, H., Richelieu, Buenos Aires, Editorial Juventud Argentina, 1945, p 280.
[77] Ibíd., p 281.
[78] Pracilo, O., “El que inventó la moderna inflación”, La Prensa, 29-VI-81, p 9.
[79] Bainville, Jacques, Historia de Francia, Dictio, Buenos Aires, 1981, p 208.
[80] Gueydan de Roussel, G., “La Conquista de la Opinión Pública Francesa por Parte de Inglaterra en el Siglo XVIII”, El Verbo y el Anticristo, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, pp 19-34.
[81] Bainville, Jacques, op. cit., p 214.
[82] “San Ignacio”, homilía predicada el 31-VII-1966.
[83] “Libros de Historia”, Revista Humanidades, Salta, alrededor de 1950.
[84] Gueydan de Roussel, G., “¿Qué son los Estados Unidos?”, revista Gladius, n° 12, pp 97-98.
[85] Gaxotte, P., op. cit., p 54.
[86] Lemaître, op. cit., pp 158-159.
[87] Castellani, “Directorial” de revista Jauja n° 13-14-15, enero-marzo 1968 p 5; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 158.
[88] 16, 49.
[89] Psicología Humana, Capítulo III, Jauja, Mendoza, 1997, pp 71-97.
[90] Gaxotte, op, cit., pp. 139-140.
[91] Chaunu, P., “Conmemoración sobre 2.000.000 de muertos”, revista Esquiú, 4-VI-1989 p 32.
[92] Gaxotte, op. cit., p 73.
[93] Andina Allende, C. M., “Mirabeau”, La Prensa, 24-VII-89, p 7.
[94] Gaxotte, op. cit., p 73.
[95] Andina Allende, op. cit.
[96] Tulard, J., “Pourquoi?”, Le Spectacle du Monde, julio de 1989, pp 63-64.
[97] Gaxotte, P., Histoire de France, Paris, Hachette, 1960, p 129.
[98] Andina Allende, op. cit.
[99] Chaunu, op. cit., p 32.
[100] Gaxotte, La Revolución…, p 93.
[101] Op. cit., p 32.
[102] Destremau, N., “L´État de la France après La Bastille”, Monde et Vie, n° 483, p 10.
[103] Gaxotte, op. cit., pp 99-100.
[104] En los años ’70, cuando los Montoneros y Erpianos eran dueños de la Universidad, y la única ocupación de muchos estudiantes era planear la Revolución (lo que no impidió que tantos se recibieran en tres años o menos), apareció en la Facultad de Filosofía y Letras (U.B.A.) un hombre joven, se subió al escenario del salón donde tenía lugar la inevitable asamblea, reclamó silencio y comenzó a perorar. Todos lo escuchaban con atención reverente. El joven, sin embargo, no llegó a exponer sus conclusiones porque varios señores irrumpieron en el salón, subieron al escenario y se llevaron por la fuerza al orador: eran médicos y enfermeros del manicomio donde se alojaba el fugitivo Robespierre local. Aclarado el asunto, los presentes continuaron planeando la revolución.
[105] Destremau, N., op. cit., p 10.
[106] Chaunu, op. cit., p 32.
[107] Madelin, L., Talleyrand, Madrid, E.P.E.S.A., 1946, p 112.
[108] Crouzet., F., “Talleyrand au Service de la France”, Le Spectacle du Monde, n° 323, p 73.
[109] Madelin, op. cit., p 228.
[110] “M… en media de seda”.
[111] Crouzet, op. cit., p 73.
[112] Ibíd.
[113] Madelin, op. cit., p 139.
[114] Ibíd., p. 143.
[115] Ibíd., pp 214-215.
[116] Fraile, G., op. cit., p. 927.
[117] Símbolo del tormento eterno (Ap. 20, 10).
[118] Navascués, Javier, “Contradicción de católicos simpatizantes con la Revolución francesa”, elespañoldigital.com, 6-VIII-2018.
[119] Chaunu, op. cit., p 33.
[120] Calderón Bouchet, R, La Contrarrevolución en Francia, Huemul, Buenos Aires, p 76.
[121] Chaunu, op. cit., p 33.
[122] Calderón Bouchet, R., La Contrarrevolución…, p 98.
[123] Gaxotte, op. cit., p 255.
[124] Calderón Bouchet, op. cit., p 115.
[125] Gaxotte, op. cit., pp 256-257.
[126] Savine A., Les Geôles de Province sous la Terreur, Paris, Louis-Michaud, 1911, p 152.
[127] Calderón Bouchet, op. cit., p 113.
[128] Calderón Bouchet, op. cit., p 116.
[129] Chaunu, op. cit., p 33.
[130] Gaxotte, op. cit., pp 295-296.
[131] Ibíd., pp 303, 301.
[132] La Revolución Francesa, Huemul, Buenos Aires, 1962, pp 73-74.
[133] “Introducción” a Los Principios de la Filosofía.
[134] Gaxotte, op. cit., p 315.
[135] Ibíd. p 349.
[136] Ibíd. pp 350-351.
[137] Monde et Vie, n° 481, p 14.
[138] Apud Amerio, F., Iota Unum, Paris, NEL, 1987, p 423.
[139] Madelin, op. cit., p 116.
[140] Neuss, W., Historia de la Iglesia, Madrid, Rialp, 1962, p 433.
[141] Llorca-Villoslada, op. cit., p 396.
[142] Madelin, op. cit., pp 147-154.
[143] Neuss, op. cit., p 435.
[144] Llorca-Villoslada, op. cit., p 398.
[145] El Pequeño Cabo, sobrenombre de Napoleón.
[146] Madelin, op. cit., pp 218-225.
[147] Camino de Perfección [en este caso: de Perdición], 21, 2.
[148] Les Crimes de l’Angleterre, Paris, G. Cres, 1916, p 91.
[149] En la obra de Dostoievski, “idiota” significa ingenuo, sin doblez. Chesterton describió al Padre Brown como un hombre tan simple que cualquier idiota podía juzgarlo idiota.
[150] Madelin, op. cit., pp 306-307.
[151] Crouzet, op. cit., p 78.
[152] Creemos que lo tomó de Ramón Doll.
[153] I Pe. 5, 2-3.
[154] Belloc, H., Richelieu, p 281.
[155] Nogaret, Richelieu, Talleyrand, Caputo… Si te ofrecen la Cancillería, caro lector, no la aceptes.
[156] Chaunu, op. cit., p 32.
[157] Ibíd.
[158] Destremau, op. cit., p 10.
[159] Chaunu, op. cit., p 32. Sin embargo, aquí la restauración alfonsiniana de la democracia con la que “se come, se cura y se estudia” tuvo otras manifestaciones: el enrejamiento de las casas (¡hasta las naves de los templos!) y la huida de numerosos habitantes del Gran Buenos Aires a pueblos remotos del Interior donde no corren el peligro de sufrir un asalto mensual.
[160] Destremau, op. cit., p 11.
[161] Ibíd.
[162] Chaunu, op. cit., p 32.
[163] Ibíd.
[164] 1989.
[165] Op. cit., pp 136-137.
[166] Castellani, San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 122.
[167] Castellani escribió esto en la revista Jauja, pero no tenemos la referencia. El Profesor Alberto Falcionelli hizo esta misma afirmación en una conferencia que le escuchamos en el Seminario de Paraná en 1978.
[168] Cfr. Castellani, “Directorial” de la revista Jauja n° 34, octubre de 1963; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 381.
[169] Apud Ghio, M., “URSS-USA: Un Falso Antagonismo”, revista Cabildo, VI-1988, pp 16-17.
[170] Gueydan de Roussel, G., “Qué son.. .”, p 102.
[171] Apud Molnar, T., “George Bush…”, Monde et Vie n° 477, p 24.
[172] Ibíd.
[173] Burdeau, G., La Démocratie, Paris, Éditions du Séuil, 1966, p 121.
[174] Ibíd., p 134.
[175] Ibíd., pp 122; 132.
[176] Introducción a la Metafísica, Buenos Aires, Nova, 1972, p 75.
[177] Pero la unidad perfecta no es posible entre quienes se amotinan contra Dios; por ello hoy el Sionismo y Globalismo están enfrentados en la lucha por el poder mundial.
[178] Anzoátegui.
[179] Observemos que, mientras en la cumbre de la Revelación San Juana afirma: “En el principio era el Verbo”, Calvino sostiene que el fondo del Sumo Espíritu y de los creados a su imagen, es voluntad.
[180] Calvino, Instituciones, 3, C XXI, n° 6.
[181] Chesterton, “The Feast and the Ascetic”, The Thing, , C XVII.
[182] Les Juifs et la Vie Économique, Paris, Payot, 1923, p 320.
[183] Gonnard, René, Historia de las Doctrinas Económicas, Madrid, Aguilar, 1931, p 64.
[184] “Directorial” de revista Jauja n° 34, octubre de 1963; Un País de Jauja, Ediciones Jauja, Mendoza, 1999, p 381.
[185] El reloj de la torre noroeste del Palacio de Westminster, sede del Parlamento británico.
[186] Sabiendo que su vida en este mundo llegaba al fin.
[187] Revista Gladius n° 4, Navidad de 1985, p 139 (cita Ap. 2, 13).
[188] Blondet, Maurizio, https://www.maurizioblondet.it/la-londra-occulta-la-testa-del-serpente/.
[189] Folliet, J., Advenimiento de Prometeo, Buenos Aires, Criterio, 1954, p 220.
[190] Heidegger, op. cit., p 75.
[191] Le Spectacle du Monde, n° 314 (V-88), p 69.
[192] Parque de diversiones vienés.
[193] “Diccionario Radical”, La Semana, Buenos Aires, n° 361 (10-XI-83).
[194] P. R. Viveros (q.e.p.d.)
[195] Belloc, H., Napoleón, Buenos Aires, Sudamericana, 1961, p 351.
[196] Madelin, op. cit., p 450.
[197] Muchos dudan que el arrepentimiento de Talleyrand haya sido sincero. Nos parece que tal gesto indica al menos que el Obispo de Autun admitió el fracaso del hombre que se rebela contra Dios. También Richelieu se había apeado del burro antes de morir: al día siguiente de haber respondido a su confesor que no tenía más enemigos que los del Bien Común, volvió, a acercarse a él un sacerdote para invitarlo a la contrición. Incapaz de hablar, el Cardenal le apretó la mano para expresar su arrepentimiento. Como, en igual trance, Caputo podría responder que no ha tenido más enemigos que los amigos del Bien Común, confiemos que la Misericordia de Dios lo bajará del burro y también él terminará apretando la mano del Confesor.
[198] Las apariciones celestes se prolongaron durante la estancia de Lucia en España, donde la Santísima Virgen pidió, en 1929, que el Papa en unión con todos los Obispos del mundo consagraran Rusia a su Inmaculado Corazón. Cfr. Barthas, C., La Virgen de Fátima, Madrid, Patmos, 1963, pp 546-547.
[199] Barthas, p 551.
[200] Santo Tomás enseña que, durante la Pasión, el alma de Cristo era como una montaña sacudida en su base por un fortísimo terremoto, pero cuya cima resplandecía con la luz del sol.
[201] Así traduce Monseñor Straubinger una expresión bíblica.
