La Misión Silva

La Misión Silva[1]

Me gusta más andar en barco que en avión, en tren que en barco, en taxi que en tren, en tranvía que en taxi y a pie que en tranvía: soy un hombre atrasado o bien un perfecto pobre. Me he perdido ya varias veces en estos intrincadísimos “viottoli”[2] de Génova. Pero el que nunca se pierde, nunca ve nada nuevo; y el que nunca ve nada nuevo, no puede ser periodista… Todo esto para decir que hoy he ido “pedibus andando” a la intersección de la Via Albaro con la Via Trento, a ver el hermoso caserón y la villa llamada “palacio de la Princesa Bombrini” que la Delegación Argentina para la Inmigración ha alquilado para instalar sus oficinas.

“Don Silva” (como llaman aquí al Embajador salesiano) pasó como un relámpago por Génova el Domingo 12 de enero, y en medio día vio una cantidad de personas y arregló una cantidad de cosas. Está dotado de una actividad excepcional; y en realidad (según creo), de todas las cualidades convenientes al delicado encargo que se le ha confiado: es hombre con el sentido de los negocios, práctico, de buen trato, firme, enteramente patriota y penetrado de su misión. Habla lentamente un italiano correcto y claro, con pronuncia muy argentina, que es un asombro cómo adquirió en tan poco tiempo. Es esperado para dentro de poco aquí, donde se habrá de instalar la principal oficina del control inmigratorio argentino.

Anteayer los diarios propalaron la noticia de que la Misión Argentina suspendía las negociaciones con el gobierno italiano y se trasladaba a España. Hoy un comunicado anuncia, con alegría de todos, que los dos plenipotenciarios han sido recibidos por De Gasperi[3]; y que se han allanado las dificultades existentes por la intervención directa del Ministro de R. E., Conde Sforza. Como estos dos cables han llegado a Buenos Aires, una explicación de ellos puede interesar al público argentino. Las dificultades provenían sobre todo de la Confederación General del Trabajo, varios de cuyos dirigentes integran la Comisión Especial nombrada para tratar con nuestros delegados. Como en todos los países, la C. G. se atribuye aquí la exclusividad de la protección al obrero. Hacían consistir esa protección en exigir un contrato previo de trabajo y el retorno a Italia de los inmigrantes obreros que fuesen a la Argentina; como se usa con los peones que van de aquí a trabajar en las minas de Francia y Bélgica, en condiciones de miseria. Como nuestra misión no podía acceder a estas condiciones (que la experiencia ha demostrado inconducentes), el camarada Di Vittorio, presidente de la C. G. se permitió tratarnos públicamente de “negreros” a los argentinos, en el diario comunista Unità. Pero el que considere razonablemente el asunto, verá que si hay negreros en este caso, no son ciertamente los argentinos, que solemos pecar más bien por el extremo contrario. La oposición en el fondo tiene un origen político. La lucha política es muy brava actualmente en Italia; y, como suele suceder, eclipsa a veces el interés nacional a los ojos apasionados.

La misión ofrecía condiciones más liberales, conformes al modo de ser nuestro: llevar a los inmigrantes en plena libertad de trabajo, unida a la certeza de que allá lo encontrarán; para lo cual se impone una selección de las solicitudes, de acuerdo al estado del mercado de trabajo en nuestro país. No puede renunciar por tanto al contralor de las personas solicitantes, a fin de que el éxito y la adaptación del inmigrante se garantice en lo posible, en bien del particular y a la vez de las dos naciones interesadas.

Creemos que esto representa un gran progreso social sobre las antiguas condiciones de la emigración “a la ventura” aunque naturalmente exige algunas molestias, restricciones y erogaciones. Siendo actualmente el emigrar un interés vivísimo de muchos italianos, han surgido comisionistas, agencias y empresas particulares que ofrecen su mediación a los interesados. Dejar el asunto a esas agencias, sin control gubernamental, sería un error. Es sabido cómo en otro tiempo diversos abusos hallaron puerta en el garabato de las agencias, incluso la explotación del necesitado y la trata de blancas.

Este pueblo (dividido hoy cruelmente en facciones enardecidas y confusas) es uno de los más decentes e inteligentes del mundo; y quizá por eso mismo, uno de los más probados. Es admirable cómo sobrelleva ahora el peso de la derrota, la humillación, las privaciones y la incertidumbre del porvenir. Esto último es lo que más trabaja la fantasía popular; y con razón, porque es en realidad el mal más grande: la incertidumbre paraliza, así como el temor y la fatiga. “No es por mí, Señor, es por mis criaturas”, oímos decir entre lágrimas a uno de los tantos hombres jóvenes que vienen a pedir como un privilegio ayuda para dejar su propia patria y esta nación hermosísima. Pero cuando no hay trabajo…

En muchos, sin embargo, es ilusión y no verdadera necesidad; y por eso, el control resulta necesario. Se hacen un paraíso seguro de lo que está lejos; como hacemos todos cuando estamos hartos de lo que tenemos cerca. La prensa moderna, tan intemperante y sin freno, contribuye a la forja de esta ilusión. Quejándose demasiado de los males materiales de Italia (sin ojo a la compensación de sus sólidas riquezas morales) y atizando la acritud de la lucha política, la parte extremista de la prensa canta en realidad al pueblo una permanente “invitación al viaje”, cuando no una peligrosa invitación a la revuelta.

La aproximación de la Argentina con Italia y España que el General Perón proclama es un gran pensamiento político[4]. Estos países tienen un acervo inmenso de cultura, sapiencia, ciencia, técnica y artesanía; pero en lo material, el estrecho predio solariego está exprimido al máximo por una población desbordante. La Argentina en cambio tiene inmensas riquezas materiales latentes y necesita de todo lo otro.

Una alianza se impone: porque hoy día los países que dominan, o por lo menos no son dominados, son aquéllos con grandes recursos naturales usufructuados con inteligencia.

Colaborador viajero

[1]  Tribuna, enero de 1947. El salesiano Silva fue enviado por el Gobierno argentino a Italia para acordar la venida de inmigrantes al país. El P. Silva consiguió a Castellani el pasaje que le permitió viajar a Europa.

[2]  Callejuela.

[3]  Primer Ministro de Italia.

[4]  Contra la recomendación de las Naciones Unidas, Perón no rompió las relaciones diplomáticas con España y, además, mantuvo la política iniciada por Ortiz de enviar gran cantidad de cereales y carnes, que los españoles pagarían cuando pudiesen y que les permitió ver satisfecha la demanda básica de alimentos durante varios años.

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Me gusta más andar en barco que en avión, en tren que en barco, en taxi que en tren, en tranvía que en taxi y a pie que en tranvía: soy un hombre atrasado o bien un perfecto pobre. Me he perdido ya varias veces en estos intrincadísimos “viottoli”[2] de Génova. Pero el que nunca se pierde, nunca ve nada nuevo; y el que nunca ve nada nuevo, no puede ser periodista… Todo esto para decir que hoy he ido “pedibus andando” a la intersección de la Via Albaro con la Via Trento, a ver el hermoso caserón y la villa llamada “palacio de la Princesa Bombrini” que la Delegación Argentina para la Inmigración ha alquilado para instalar sus oficinas.

“Don Silva” (como llaman aquí al Embajador salesiano) pasó como un relámpago por Génova el Domingo 12 de enero, y en medio día vio una cantidad de personas y arregló una cantidad de cosas. Está dotado de una actividad excepcional; y en realidad (según creo), de todas las cualidades convenientes al delicado encargo que se le ha confiado: es hombre con el sentido de los negocios, práctico, de buen trato, firme, enteramente patriota y penetrado de su misión. Habla lentamente un italiano correcto y claro, con pronuncia muy argentina, que es un asombro cómo adquirió en tan poco tiempo. Es esperado para dentro de poco aquí, donde se habrá de instalar la principal oficina del control inmigratorio argentino.

Anteayer los diarios propalaron la noticia de que la Misión Argentina suspendía las negociaciones con el gobierno italiano y se trasladaba a España. Hoy un comunicado anuncia, con alegría de todos, que los dos plenipotenciarios han sido recibidos por De Gasperi[3]; y que se han allanado las dificultades existentes por la intervención directa del Ministro de R. E., Conde Sforza. Como estos dos cables han llegado a Buenos Aires, una explicación de ellos puede interesar al público argentino. Las dificultades provenían sobre todo de la Confederación General del Trabajo, varios de cuyos dirigentes integran la Comisión Especial nombrada para tratar con nuestros delegados. Como en todos los países, la C. G. se atribuye aquí la exclusividad de la protección al obrero. Hacían consistir esa protección en exigir un contrato previo de trabajo y el retorno a Italia de los inmigrantes obreros que fuesen a la Argentina; como se usa con los peones que van de aquí a trabajar en las minas de Francia y Bélgica, en condiciones de miseria. Como nuestra misión no podía acceder a estas condiciones (que la experiencia ha demostrado inconducentes), el camarada Di Vittorio, presidente de la C. G. se permitió tratarnos públicamente de “negreros” a los argentinos, en el diario comunista Unità. Pero el que considere razonablemente el asunto, verá que si hay negreros en este caso, no son ciertamente los argentinos, que solemos pecar más bien por el extremo contrario. La oposición en el fondo tiene un origen político. La lucha política es muy brava actualmente en Italia; y, como suele suceder, eclipsa a veces el interés nacional a los ojos apasionados.

La misión ofrecía condiciones más liberales, conformes al modo de ser nuestro: llevar a los inmigrantes en plena libertad de trabajo, unida a la certeza de que allá lo encontrarán; para lo cual se impone una selección de las solicitudes, de acuerdo al estado del mercado de trabajo en nuestro país. No puede renunciar por tanto al contralor de las personas solicitantes, a fin de que el éxito y la adaptación del inmigrante se garantice en lo posible, en bien del particular y a la vez de las dos naciones interesadas.

Creemos que esto representa un gran progreso social sobre las antiguas condiciones de la emigración “a la ventura” aunque naturalmente exige algunas molestias, restricciones y erogaciones. Siendo actualmente el emigrar un interés vivísimo de muchos italianos, han surgido comisionistas, agencias y empresas particulares que ofrecen su mediación a los interesados. Dejar el asunto a esas agencias, sin control gubernamental, sería un error. Es sabido cómo en otro tiempo diversos abusos hallaron puerta en el garabato de las agencias, incluso la explotación del necesitado y la trata de blancas.

Este pueblo (dividido hoy cruelmente en facciones enardecidas y confusas) es uno de los más decentes e inteligentes del mundo; y quizá por eso mismo, uno de los más probados. Es admirable cómo sobrelleva ahora el peso de la derrota, la humillación, las privaciones y la incertidumbre del porvenir. Esto último es lo que más trabaja la fantasía popular; y con razón, porque es en realidad el mal más grande: la incertidumbre paraliza, así como el temor y la fatiga. “No es por mí, Señor, es por mis criaturas”, oímos decir entre lágrimas a uno de los tantos hombres jóvenes que vienen a pedir como un privilegio ayuda para dejar su propia patria y esta nación hermosísima. Pero cuando no hay trabajo…

En muchos, sin embargo, es ilusión y no verdadera necesidad; y por eso, el control resulta necesario. Se hacen un paraíso seguro de lo que está lejos; como hacemos todos cuando estamos hartos de lo que tenemos cerca. La prensa moderna, tan intemperante y sin freno, contribuye a la forja de esta ilusión. Quejándose demasiado de los males materiales de Italia (sin ojo a la compensación de sus sólidas riquezas morales) y atizando la acritud de la lucha política, la parte extremista de la prensa canta en realidad al pueblo una permanente “invitación al viaje”, cuando no una peligrosa invitación a la revuelta.

La aproximación de la Argentina con Italia y España que el General Perón proclama es un gran pensamiento político[4]. Estos países tienen un acervo inmenso de cultura, sapiencia, ciencia, técnica y artesanía; pero en lo material, el estrecho predio solariego está exprimido al máximo por una población desbordante. La Argentina en cambio tiene inmensas riquezas materiales latentes y necesita de todo lo otro.

Una alianza se impone: porque hoy día los países que dominan, o por lo menos no son dominados, son aquéllos con grandes recursos naturales usufructuados con inteligencia.

Colaborador viajero

[1]  Tribuna, enero de 1947. El salesiano Silva fue enviado por el Gobierno argentino a Italia para acordar la venida de inmigrantes al país. El P. Silva consiguió a Castellani el pasaje que le permitió viajar a Europa.

[2]  Callejuela.

[3]  Primer Ministro de Italia.

[4]  Contra la recomendación de las Naciones Unidas, Perón no rompió las relaciones diplomáticas con España y, además, mantuvo la política iniciada por Ortiz de enviar gran cantidad de cereales y carnes, que los españoles pagarían cuando pudiesen y que les permitió ver satisfecha la demanda básica de alimentos durante varios años.