La Orfandad Que Nos Dejaron[1]
No sé si fue el Absolutismo español, el Catolicismo, el Virrey Sobremonte o el clima húmedo el que ha producido en el argentino esta idiosincrasia: esperarlo todo de un gran hombre –o de algunos grandes hombres. Cuando aparece el Gran Hombre o la sombra del Gran Hombre, el argentino está dispuesto a tirar de la carroza presidencial[2] y a cantar “la vida por Perón”. Eso está visto. El argentino tiene la nostalgia del héroe –mejor dicho quizá, del ídolo– con la gandulería de esperarlo todo de él. Cuando lo han dejado usar del sufragio universal limpio, inmediatamente encumbró un ídolo y después lo dejó todo en sus manos; y el ídolo se vino abajo y nos llenó de escombros.
En estos tiempos de democrassia y liberrrrtad, el argentino persiste en su culto del manosanta y del poder absoluto. Sarmiento, que personalmente se creía más manosanta que Dios, estimó que era un resabio ruin de la barbarie española. Puede que sea un resabio noble de España o Roma.
Pero tiene su faceta mala. En lo intelectual, el argentino espera que trabajen para él gratuitamente. La ciencia de salvación la daba la Iglesia antes gratuitamente (ahora no la da ni pagando) y el argentino espera que lo salven gratis intelectualmente. A los que nos divierten les pagamos, a los que nos enseñan no les pagamos; sacando, naturalmente a los que enseñan mentiras, a los espurios, que el que enseña verdades, de repente no tiene que comer y no enseña más –ni los dientes. Quedan los que pseudo enseñan, impresionante manada, los cuales aprovechan para henchirse de cátedras, rentas, canonjías, premios “literarios”, “derechos de autor”, prebendas y “puestos” –poniéndose al servicio del Maldito.
A mí me causan gracia los que me paran en la calle y me dicen: “–¿Qué está escribiendo ahora? –¿Por qué he de estar escribiendo? –¡Hombre! ¿No es usted escritor? –Solamente soy escritor cuando escribo. –¿Y qué libro nos está preparando ahora? –¿Ha leído usted mi último libro? –No. –Entonces, cuando lo haya leído, le voy a decir”. Esta gente cree que el escritor produce libros como el peral peras. Y efectivamente así los produce; pero hay que darle tiempo… y riego. Primero una flor tiene que ser fecundada; y después de fecundada, todavía es menester no aparezca allí el gusano blanco de la pereza, o el gusano negro del desánimo –sin contar la “seca” de la ignominia y la ingratitud nacional– y encima los milicotes [falta una palabra], los catangones del manzano (esos cascarudos con largos cuernos que cuando niños llamábamos “diablos”), que protegen la literatura… antinacional.
El caso político argentino es muy simple. No se requiere aquí mucha filosofía política: aunque se requiere otra cosa más difícil.
Aquí no hay que estudiar mucho a Jefferson, Maurras o Pareto. No es necesario discutir profundamente si es mejor la Monarquía o la República: porque no tenemos ni Monarquía ni República. Practiquemos primero la República y luego veremos si es mala o buena para nosotros.
Se trata aquí de que haya un gobierno nacional de cualquier clase: es decir, que haya nación. No hay gobierno nacional sino una pantalla de intereses plutocráticos.
Es inútil discutir los bienes y males del sufragio universal: cuando no existe el sufragio universal –viciado aquí vuelta a vuelta por el “fraude”.
Antes de discutir con Monseñor De Andrea lo que entiende él por Libertad, quisiera yo verle la cara a la libertad; que jamás la he visto; y De Andrea menos.
Cuando Mussolini dijo: “Yo pisotearé los miembros podridos de la diosa Libertad”, se escandalizó el mundo entero, encabezado por Mons. De Andrea. Mussolini sabría o no sabría lo que estaba diciendo. Pero aquí en la Argentina, si algún “dictador sangriento” quisiera pisar los miembros podridos de la libertad, me parece que no pisaría gran cosa. No se pueden pisar palabras.
Si la libertad está realmente podrida, no es porque los nazis la hayan envenenado, es por falta de ejercicio físico.
El Fascismo puede ser atacado como filosofía política; pero los que no tienen derecho a atacarlo son los oligarcas argentinos: los cuales han hecho ocultamente e hipócritamente todo lo que los fascistas hacían abiertamente. Ellos suscitaron el Fascismo, después del Comunismo. Los odian a los dos como una mala mujer odia a sus engendros involuntarios.
No nos quejamos de la libertad ni de la democracia; se puede decir que no las conocemos. Nos quejamos de que los demócratas no son demócratas y los liberales no son liberales. O a lo más son liberales solamente consigo mismos.
El liberal argentino no odia al Fascismo porque fue liberticida; lo odia porque fue católico. Y la prueba es que el liberal argentino es mucho más liberticida. Cuando Chesterton estuvo en Roma en el otoño de 1930, aseguró en una conferencia (que yo escuché), que en Roma fascista había de hecho más libertad que en London liberal. Eso está también en su The Resurrection of Rome, Cap V. Dijo que por lo menos los italianos tenían libertad de decir una palabra que los ingleses no eran libres de decir: “¡Traición!”, aplicada a los Magnates del Capital y la Politiquería. La traición, que es la última flor de la corrupción, aquí la podemos nombrar por cierto; pero no eficazmente. Yo no puedo decir al pueblo de la República por medio de La Nación y La Prensa: Fulano es de hecho un vendido y un traidor. Aunque lo sepa y aunque convenga decirlo.
Hay en el mundo moderno solo dos criterios de legitimidad política: la Monarquía Hereditaria y el Sufragio Popular. Un Rey tiene un hijo y se sabe que ése es el Rey siguiente; un hombre es elegido por el pueblo (cualquiera sea el sistema eleccionario pues el nuestro no es el único ni tampoco el más perfecto), y se sabe que ése es el Presidente. Pero al lado de estos dos aparatos hay otro que se llama el Poder del Dinero. ¿Al lado? Encima muchas veces. Es la verdadera “legitimidad” moderna hipócritamente disfrazada con palabras rimbombantes. ¿Y las Fuerzas Armadas? ¡Pobres Fuerzas Armadas!
[1] 7-VI-1960.
[2] Manuel Gálvez señala que el 12 de octubre de 1916 el gentío desenganchó los caballos del carruaje de Yrigoyen y lo arrastró desde el Congreso hasta la Casa de Gobierno. Sin saberlo, aquella multitud repitió el gesto de quienes en diciembre de 1829 habían arrastrado el coche de Don Juan Manuel de Rosas cuando se dirigía al Fuerte para hacerse cargo del Gobierno de Buenos Aires.
