LA SOMBRA SIN HOMBRE

LA SOMBRA SIN HOMBRE

CAUSAS Y CONSECUENCIAS DEL COMUNISMO[1]

NOTA PREVIA

Un amigo nos dijo a mediados del año pasado que había encontrado en la red una exposición nuestra sobre el Comunismo y nos invitó a publicarla. La realización de tal deseo tenía sus bemoles, porque habíamos perdido esos papeles; pero –con la paciencia todo se alcanza– el hombre hizo rostro y no paró hasta tener la copia escrita de la conferencia, cuyo texto con numerosos aditamentos y supresiones presentamos.

Es necesario puntualizar que el extravío del original nos impide dar las referencias de numerosos pasajes de obras (de Chesterton –en especial La Resurrección de Roma–, Castellani, Wurmbrand, Volkoff, Yannis Spiteris y sabe Dios cuántos otros) utilizadas en la composición del presente trabajo. Asimismo, la grabación no registró el exordio, pero la lectura del texto nos permitió recordarlo.

 

I – INTRODUCCIÓN

 

En el año 2000 fue estrenada una película que tuvo gran éxito de taquilla: El Hombre sin Sombra. Pertenece al género de la fantaciencia (falta ciencia, según Castellani) y narra el experimento de un grupo de investigadores que dan con la técnica para hacer invisibles a los animales. Uno de ellos, precisamente el jefe del equipo, decide aplicarse el procedimiento… No vale la pena contar el resto de la historia. Se preguntarán por qué, entonces, la sacamos a colación. Porque si invertimos los términos, designamos un proceso llevado a cabo con tenacidad diabólica que apunta a hacer de cada uno de nosotros el juguete de una voluntad ajena.

El hombre, en efecto, es sobre todo su espíritu, y quienes, superada la época en que debían ocultarse tras las marionetas políticas, hoy gobiernan abiertamente el mundo reclaman, además de los bienes materiales, la entrega del alma, y con ella la abdicación del albedrío para ser movidos como cosas.

El Comunismo ha sido una etapa de este curso, pero no ha desaparecido con la caída del Muro de Berlín; al contrario, está muy activo en el plano cultural promoviendo cuanto desarraiga a las personas y lleva a la pérdida de la cohesión social, y será impuesto a todos si los “oneworlders” (los que trabajan para imponer un gobierno mundial) logran su objetivo.

Con la excepción de quienes tienen fe, los hombres de nuestro tiempo están por debajo del nivel de los paganos. En la Pítica VIII, Píndaro llama al hombre “el sueño de una sombra” por el carácter efímero de su existencia; pero, aun así, lo considera capaz de obtener la gloria debida a su excelencia (areté). Esta grandeza fugitiva es negada por el actual transhumanismo, que en realidad es deshumanización, pues su meta es convertir al individuo en un cuerpo enchufado a una computadora o algún otro aparato: una sombra sin hombre.

 

II – UNA MIRADA DESDE LO ALTO

 

Para entender en profundidad esta aberración conviene examinarla desde el plano teológico, en el cual encontramos la razón última de cuanto sucede en el mundo: las raíces de lo temporal se encuentran en la eternidad.

Dios ha creado al hombre para que llegue a ser “consorte de la naturaleza divina” [II Pe. 1, 4], pero como es libre, dueño de sus actos, puede aceptar o rechazar esta vocación, según acepte el designio del Creador, o se encierre en la soberbia. San Agustín enseña que esta elección divide el campo de la Historia: cada uno de estos amores (el amor a Dios o el orgullo) tiende a organizar una ciudad espiritual, porque el vínculo que hace posible la concordia en una ciudad es el amor: el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo hace al hombre miembro de la Ciudad de Dios; el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios lo incorpora a la Ciudad del Hombre.

En una época en la que muchos viven de espaldas a Dios, no hay que decir que ha vencido el ateísmo, sino la idolatría, porque el sentimiento de lo sacro, la orientación de la vida humana hacia una realidad considerada como principio de todo y que da sentido a todo lo demás, es insuprimible; por ello un neuropatólogo suizo, Von Monakow, aunque sedicente ateo, concibió la religiosidad como un instinto. Los instintos propiamente pertenecen a la esfera animal, pero al constatar la persistencia de la religiosidad, la llamó instinto espiritual. Tiene, según Castellani, dos raíces: una intelectual: el testimonio de Dios que ofrece el universo [Rom. 1, 20]; y otra afectiva: la necesidad de protección que el hombre experimenta al comprobar su fragilidad.

En breve, tanto a la luz de la razón como a la luz de la revelación, la vida individual y la social tienen como clave de ángulo la religión. Ahora pasemos a la cuestión histórica.

 

III – LA NUEVA ROMA

 

El evangelio en principio fue enviado a todas las naciones, pero arraigó principalmente en el Imperio Grecorromano, que durante tres siglos persiguió al Cristianismo y después hizo las paces con él. Esto sucedió en tiempos de Constantino, quien, además de convertirse y recibir el bautismo al fin de su vida, hizo una cosa sorprendente, que tiene mucho que ver con el fenómeno del Comunismo. Decidió dividir el Imperio, darle una nueva Capital en el Oriente, Constantinopla (“la ciudad de Constantino”), antes llamada Bizancio y ahora Estambul.

¿Por qué eligió trasladar la sede del Imperio Romano a oriente? La razón primera es que allí las fronteras eran débiles y estaban expuestas a la amenaza del Imperio Persa. Mas no fue éste el único motivo: el Oriente tenía más prestigio; en Occidente, el Imperio decaía, mientras que en Oriente conservaba su esplendor. Los hombres de aquel tiempo se estaban volviendo más místicos, lo cual no significa necesariamente que se estaban volviendo mejores, pues la mística puede ser divina o diabólica; la mística tiene que ver con el misterio y no siempre los misterios son buenos. Por lo que hace a la que tendía a prevalecer en Oriente, tenía más de la astucia de la serpiente que de la simplicidad de la paloma. El Comunismo es una utopía que triunfó en Oriente, pero la vinculación de Oriente con las utopías es muy anterior al Comunismo.

Constantino trasplantó Roma, llevó incluso los restos mortales de su madre, Santa Elena, a la nueva capital, pero olvidó en Roma la única cosa que estaba llamada a durar: el Papa. Años atrás tuvimos la oportunidad de ver una película sobre la vida de Pío XII, quien llegó a encontrarse en una situación insólita: durante la segunda Guerra Mundial llegó un momento en que el gobierno italiano había caído, los alemanes ocupantes de Roma habían huido, las tropas aliadas que iban hacia Roma todavía no habían llegado. En consecuencia, Roma no tenía autoridad política alguna, la única autoridad que se mantuvo fue la del Papa. Cuando Constantino decidió llevar la ciudad hacia Oriente pasó algo semejante: Roma caía a ojos vistas y lo único que conservó su vigor fue el Papado.

Según todas las apariencias Constantino tuvo éxito en esta empresa porque el Imperio de Oriente duró más de un milenio. Por un tiempo se mantuvo la ficción de que el Impero tenía dos capitales, Roma y Constantinopla; pero mientras Constantinopla crecía, Roma menguaba y por último fue ignorada o anexada por los Emperadores de Oriente.

El Papa no aceptó subordinarse al Emperador, mientras que el resto de los Patriarcas (los de Constantinopla, Jerusalén, Antioquía y Alejandría) estaban en la zona dominada políticamente por “Basileus”, y con frecuencia se mostraron dóciles a la voluntad del César. Hubo excepciones, como San Juan Crisóstomo, Obispo de Constantinopla, quien murió semimártir por haber denunciado a la Emperatriz Eudoxia, a la que llamó “nueva Herodías”, por el lujo irracional de la Corte, pagado con el despojo de los pobres. El Papa estaba en Occidente, pero Occidente había sufrido la invasión de los bárbaros, y los bárbaros estaban a medio civilizar, o casi no civilizados.

En una de las tantas controversias teológicas, un Patriarca se ofreció como Mediador, y en una de las cartas que dirigió al resto de los Patriarcas orientales escribió: “debemos tener paciencia cuando discutimos de teología con los romanos porque los romanos no son como nosotros, personas que han gozado de las ventajas de una alta civilización, sino que viven en medio de la barbarie”.

Pero mientras el Imperio Bizantino se jactaba de su cultura, comenzó a pasar algo extraño, padeció el contagio del espíritu asiático; que pronto se manifestó en el Islam, el cual hizo evidente una tendencia que había permanecido bajo la superficie en el Imperio Oriental y salió a la luz con la herejía iconoclasta, esto es, la prohibición de las imágenes.

Las imágenes habían sido vetadas en el Antiguo Testamento –aunque no absolutamente: recordemos los Querubines sobre el Arca de la Alianza [Éx. 25, 22] y la serpiente de bronce [Núm. 21, 4-9]– porque Dios aún no se había encarnado. Las imágenes fueron también prohibidas por el Islam, que apareció después de la Encarnación; pero sorprendentemente los cristianos orientales, que aceptaban la Encarnación, pasaron a considerar ultrajante al honor de Dios hacer imágenes y permitir la veneración de ellas, o mejor dicho, el culto a Dios y a los santos por medio de ellas.

Detrás de esto se escondía el rechazo del mundo material, como si fuera malo; es el resultado de pensar que Dios es un espíritu alejado de las cosas de este mundo, un error que se ha manifestado en muchas partes a lo largo del tiempo.

Cuando el Basileus León el Isáurico ordenó en 730 la destrucción de las imágenes religiosas, el Papa Gregorio III defendió el uso de ellas en el culto, ya que Dios puede santificar también la materia, y santificarnos a través de ella, como es patente en los sacramentos. La defensa de esta verdad llevó a la ruptura del Imperio con Papa.

Además, los Pontífices hicieron otra cosa que favoreció la separación entre ambas partes del Imperio: en lugar de apoyarse en el Basileus, Roma comenzó a buscar respaldo en los pueblos menos civilizados de Occidente. Esta elección irritó y también sorprendió a los orientales, pues no les entraba en la cabeza que hubieran sido desbancados por gente tan zafia.

Hubo un tercer factor que acreció la separación: el foso que dividía a Occidente de Oriente se hizo más profundo porque los musulmanes llegaron a dominar el Mediterráneo, lo que hizo difícil la comunicación entre Roma y Constantinopla; y ese apartamiento se acrecentó por la presencia de los eslavos, que introdujeron una cuña entre ambos partes del Imperio.

También influyó negativamente la diversidad de lenguas, que no había sido obstáculo en épocas anteriores, pero con el paso del tiempo el latín dejó de ser familiar para los bizantinos, y lo mismo sucedió con el griego para la mayor parte de los latinos.

La separación no se debió exclusivamente a la mala voluntad, sino que fue en gran parte resultado de una falta de inteligencia entre las partes en conflicto. La ruptura definitiva se produjo en el 1054 y su causa fue la intolerancia del Patriarca Miguel Cerulario y la ineptitud del representante del Papa León IX, Humberto Silva Cándida, cuyo proceder exasperó a los orientales; de ese modo ambas Iglesias terminaron excomulgándose. Lo más sorprendente es que el Patriarca y el Legado Pontificio querían casi exactamente lo mismo: deseaban promover una reforma, especialmente en el nivel episcopal, para remozar la Iglesia. Pero cada uno de ellos fue incapaz de separar la fe, que es universal, de las propias formas culturales, que son accidentales, y así se llegó a la separación.

 

IV – LA SANTA RUSIA

 

Los Santos Cirilo y Metodio evangelizaron a los eslavos en el siglo IX, y a finales del siglo siguiente tuvo lugar la conversión de Vladimir, Gran Príncipe de Russ de Kiev. Éste, en 988, decidió adoptar una religión monoteísta. Tenía ante sí el Cristianismo y el Islam, y la razón por la cual decidió hacerse cristiano y no musulmán, fue que el Cristianismo le exigía renunciar a la poligamia, hasta entonces frecuente entre los eslavos, pero el Islam le pedía renunciar al alcohol; y Vladimir prefirió la monogamia a la abstención, porque temió que el intento de regir un pueblo de abstemios forzosos le costaría la vida. Lo notable es que Vladimir se convirtió en serio, y es San Vladimir, y lo mismo sucedió con su pueblo. Cuando se produjo el Cisma, Roma y Constantinopla continuaron enviando misioneros a los eslavos, algunos de los cuales abrazaron el Catolicismo y otros la Ortodoxia; los rusos fueron evangelizados por los bizantinos y por tanto adhirieron a la Iglesia que tenía por cabeza a Constantinopla.

Ésta, que se había considerado la segunda Roma, cayó en poder de los musulmanes en 1453; entonces apareció la tercera Roma: Moscú, independiente de Constantinopla desde 1448 y cabeza de la ortodoxia a partir de 1589. Se hizo común entre los rusos decir que la primera y la segunda Roma habían caído, pero la tercera Roma jamás caería.

Así como toda la jerarquía eclesiástica representaba y desplegaba el misterio y la riqueza del Verbo Encarnado, el Zar fue visto como una especie de encarnación de Dios Padre. En su corte había una verdadera liturgia, como había habido una verdadera liturgia en la corte del Basileus, una sacralización del poder político que impedía distinguirlo claramente del orden religioso.

En el Occidente católico esa confusión no existió: aun los Emperadores y Reyes que trataron de manejar los asuntos eclesiásticos, y los Papas y Obispos que se entrometieron en los asuntos políticos, sabían que dichos órdenes son diversos, como lo enseña el Evangelio. Esta falta de lucidez explica, por lo menos en parte, el aspecto mesiánico del Comunismo.

Dostoyevski, gran escritor ruso y cristiano de ley, ofrece un testimonio claro de esta confusión. En su Diario de junio de 1876 escribió que Rusia lleva en sí, desde la caída de Bizancio, el tesoro de la ortodoxia, y que cuando los pueblos orientales se enteraron de la toma de Constantinopla, espontáneamente se volvieron hacia Rusia, que pasó a ser la Santa Rusia, cuya misión no se limita a guardar la propia fe, sino la fe de todos los pueblos creyentes en Cristo y que debe, además, llevar la fe a aquéllos que todavía no lo reconocen como Dios y Salvador.

Afirmó que la primera Roma había caído porque había cedido a la tentación del Anticristo, se había entregado a la política olvidando la religión; el colapso de la segunda Roma se debió a que, para resistir el ataque musulmán, había buscado el apoyo de los latinos y aceptado un compromiso religioso con la Iglesia de Occidente. Pero la tercera Roma nunca cometería el error de Bizancio, porque siempre tendría en claro que la Roma de los Papas fornica con los Reyes de la tierra.

Más aún, algunos (por ejemplo, el importante filósofo Berdiaeff) esperaban una Tercera Revelación, superior a la de Dios Padre en el Antiguo Testamento, y a la de Cristo en el Evangelio, que sería confiada a Rusia. Y lo que les vino, en vez de la Revelación del Espíritu Santo, fue el Comunismo.

La falla religiosa que precipitó a Rusia en el abismo es tratada por una excelente escritora rusa, Tatiana Góricheva (1947-2025), autora de La Fuerza de la Locura Cristiana, Hablar de Dios Resulta Peligroso, etc. En Nadiezhda (que en español significa “Esperanza”), editado por Herder en los años 80, escribe:

“Lo que ahora está sucediendo en Rusia [todavía bajo el Comunismo] es asombroso e incomprensible para quienes viven del mundo”. Ellos sólo podían atribuir la caída de la Santa Rusia en el ateísmo al influjo nefasto fuerzas externas, que, como veremos, existieron. Pero Góricheva dice que tal hostilidad no fue la causa primera del triunfo de fuerzas anticrísticas, y lo prueba con el testimonio de quienes habían vivido al compás de Dios y habían sido, por tanto, capaces de predecir, a veces con siglos de anticipación, la caída en el ateísmo.

No fue en el exterior donde percibieron el peligro que amenazaba a la Iglesia Ortodoxa, porque su situación parecía óptima: recibía el apoyo de un Estado omnipotente, había gran cantidad de templos, monasterios, tenía extensas propiedades rurales. Pero al mismo tiempo la auténtica piedad disminuía, incluso en las casas religiosas.

Sólo un par de ejemplos: el Obispo Ignacio Grechaninov (1807-1867) dijo que el espíritu del Cristianismo se alejaba insensiblemente de las masas ajetreadas y mundanas, de modo bien manifiesto para el que oía la voz interior. El espíritu se alejaba del núcleo de la humanidad y la dejaba abandonada a su propia rutina. Quienes estaban en Judea debían huir a los montes.

Cuando el Comunismo ya se había adueñado de Rusia, otro (no recordamos su nombre) dijo que los talentos diplomáticos de los Obispos habían sido preferidos a la Palabra de Dios, en ellos habían puesto las esperanzas, y por medio de ellos habían buscado la solución a los males, con mentiras habían querido salvar el Reino de la Verdad. Sólo una sincera y profunda conversión habría podido evitar la catástrofe, pero nadie había visto Obispos y Sacerdotes llorar entre el atrio y el altar [Joel 2,17], nadie los había visto orar por su pueblo. La mayoría de los Jerarcas ortodoxa eran funcionarios del régimen.

La Góricheva confirma el diagnóstico del Padre Castellani en “La Revolución Rusa”[2] sobre la causa principal del triunfo comunista: el Bolcheviquismo no es [simplemente] una irrupción de bandidos. Fenómeno mucho más profundo y temible. Exteriorización de una grave enfermedad de los rusos, de su crisis religiosa y su fracaso moral.

Durante la Guerra Civil Española, en un artículo titulado “Sobre los Tres Modos Católicos de Entender la Guerra Civil Española”[3]. Castellani se pregunta: ¿cómo hizo Rusia, que era la Santa Rusia, la tierra de Dios, para llegar a ser la sede de los sin Dios? Es imposible imaginarse el fenómeno del odio colectivo a Dios y la aparición del primer Estado antiteo, no ateo, sino antiteo, que luchaba contra Dios, sin contar con el estado de la religión rusa, desvirtuada por diez siglos de cisma hundiéndose en un proceso degenerativo de superstición y de fariseísmo, tal como es testigo de ello el mismo Dostoyevski, quien, a pesar de haberse ilusionado con la misión universal de Rusia, captó, como gran artista que era, la realidad profunda y la expresó en obras que muestran la deficiencia de la espiritualidad rusa:

“Una plebe inculta y pasional de religiosidad profunda pero miope y turbulenta detrás de extraños monjes de turbia y vehemente vida mística como Zósima”[4]. “Ver por ejemplo […] la Comunión Pascual de los presos en Casa de Muertos, cap. X”[5]. En la novela Los Demonios Dostoyevski vislumbró que Rusia padecería una explosión de odio a la Fe.

La espiritualidad opaca condujo a una bestial superstición, como se ve en Rasputín, un monje que tuvo influjo decisivo en la familia del último Zar, Nicolás II, y especialmente sobre la Zarina, porque el Príncipe Heredero, Alekséi, padecía de hemofilia, y Rasputín tenía poderes mágicos, probablemente diabólicos, para cortarle las hemorragias e impedir que se desangrara. Esto le permitió tener gran ascendiente en la Corte a pesar de su vida escandalosa. Sin embargo, es necesario aclarar que sus amores con la Zarina y otros desórdenes atribuidos a ella fueron calumnias difundidas por quienes estaban interesados en provocar el estallido revolucionario.

Mientras el pueblo bajo tenía una religiosidad informe, en los altos niveles, los Popes de una Iglesia de Estado montaban su guardia de policía espiritual en torno a los intereses no espirituales de las Clases Pudientes. No hay corrupción más pésima que la de las cosas óptimas.

Es verdad que hubo grandes santos y multitud de mártires en el Oriente, pero la Iglesia Bizantina no logró liberarse del vasallaje al poder temporal al mismo tiempo que acusaba a Roma de haber preferido la política al Evangelio:

“La Iglesia de Occidente nunca temió verse involucrada en los asuntos sucios de la historia del mundo, en lugar de retirarse completamente de su campo de batalla como lo hizo la Iglesia de Oriente. ¿Cuál de ellas procedió correctamente? Soloviev responde esta pregunta con una leyenda muy difundida en el pueblo ruso:

“Una vez San Nicolás y San Casiano fueron enviados del Paraíso a visitar la Tierra. Un día encontraron en su camino a un pobre campesino cuyo carruaje con mucha carga estaba empantanado. San Nicolás quiere ayudar inmediatamente al campesino. San Casiano, empero, no desea ensuciar su blanco manto. «Sigue tu camino» –dice San Nicolás– «sin mí». Y muy resuelto se mete chapoteando en el barro y ayuda con toda su fuerza a sacar el carro del encaje. Luego alcanza San Nicolás a su compañero y con él golpea las puertas del Paraíso. San Pedro lo mira con asombro: «¡Vaya! ¿Quién te ha dejado hecho una lástima?» Nicolás pasa a contarle su intervención. «Y tú» –dice Pedro a Casiano– «¿no estabas presente cuando esto sucedía?» «Sí, por supuesto, pero no acostumbro a meterme en cosas que no me atañen. ¿Cómo podría si no conservar la blancura inmaculada de mi manto?» Entonces dice Pedro: «Pues bien, querido Nicolás, porque no tuviste reparo en manchar tu manto mientras ayudabas a tu prójimo en dificultad, de ahora en adelante tu fiesta será celebrada dos veces al año, y todos los campesinos de la Santa Rusia te venerarán como el Santo más grande del Cielo después de mí. Pero tú, Casiano, conténtate con poseer un manto inmaculado: sólo tendrás una fiesta cada cuatro años, es decir, en los años bisiestos».

“Apreciamos mucho –dice Soloviev– la vestidura impoluta y radiante de San Casiano, pero como nuestro carro está muy encajado en el lodo de la calle, tenemos ante todo urgente necesidad de San Nicolás, este Santo intrépido, siempre dispuesto a ponerse manos a la obra para ayudarnos. ¿Es posible hablar todavía de los caminos «anticrísticos» por los que supuestamente han transitado Roma y el Occidente guiado por ella? Durante siglos la Iglesia Católica fue la única autoridad en el orden moral y en la cultura espiritual reconocida por los pueblos bárbaros de Europa… Aceptó el reto de conducir y elevar materialmente a estas tribus salvajes y también les proporcionó educación espiritual. Mientras el Papado, como el San Nicolás de la leyenda, se empeñaba en esta ardua labor, tuvo menos en cuenta su aparente pulcritud que las necesidades reales de los hombres… La Cristiandad Oriental identificó la religión con la piedad y consideró la oración como la única obra de la religión. La Iglesia de Occidente en absoluto ignoró la importancia de la espiritualidad individual, en la medida que ella constituye el germen de toda la religión, pero la Iglesia quiso que esta vida germinal se desarrollara, que diese frutos en una actividad que abarcara y transformase toda la vida de la sociedad humana para gloria de Dios y salvación del mundo.

“Cristo ha fundado su Iglesia visible no sólo para que mire al Cielo, sino también para que obre y se lance al combate contra las Puertas del Infierno. No ha enviado a sus Apóstoles al desierto y la soledad, sino al mundo para que lo conquisten y lo sometan al Reino que no es de este mundo, y ha preceptuado a los suyos no sólo el candor de la paloma, sino también la astucia de la serpiente. Tenemos en Oriente una Iglesia que reza, pero ¿dónde encontramos entre nosotros la Iglesia que manifiesta su esencia por medio de una actividad enérgica, que actúa como autoridad espiritual completamente autónoma de los poderes mundanos?… ¿Dónde está en Oriente la Iglesia del Dios vivo, la Iglesia que, en cada época histórica, da sus leyes a la Humanidad, define y desarrolla las fórmulas de la Verdad Eterna para oponerlas al rostro siempre variable de la falacia?”[6].

Una herramienta valiosa para la inteligencia de la Revelación es la buena filosofía. Autónoma en su ámbito propio, puede, además, ser elevada al nivel de instrumento de la sabiduría sobrenatural y permite responder a cualquiera pida razón de la esperanza cristiana [I Pe. 3, 15]. El prejuicio antirromano hizo que los ortodoxos impugnaran como racionalista las enseñanzas de Santo Tomás; pero, ya que una filosofía hay que tener, adoptaron, como veremos, el pensamiento antitradicional de Occidente.

La lucha contra las imágenes, había mostrado el peligro del extravío utópico, y éste se desencadenó con el Comunismo. Dios no prometió la salvación a ningún país; el único pueblo que tiene promesas divinas es el pueblo judío, que se convertirá, al menos una parte de Israel, al final de los tiempos. La ilusión de identificar el Imperio del Zar con el Reino de Cristo le salió cara a Rusia.

 

V – LOS PEONES DE LA SINARQUÍA

 

En lo material, Rusia prosperó y Occidente vio una amenaza en ese crecimiento que, según la proyección económica, le permitiría superar largamente a los Estados Unidos a mediados del siglo XX. Las finanzas apátridas, cuyo centro es la City de Londres, y desde hace cuatro siglos ha utilizado primero a Inglaterra y luego también a USA, no se quedaron de brazos cruzados, sino que emplearon dos fuerzas aparentemente contradictorias para que Rusia se hundiera en el caos: el racionalismo liberal y el socialismo.

Con respecto al primero, la contaminación fue el resultado del viaje de Pedro el Grande a Europa Occidental (Holanda e Inglaterra), donde permaneció dieciocho meses (1697-1698). Impresionado por el avance industrial de esos países, decidió modernizar su Imperio para convertirlo en una gran potencia, pero junto con las nuevas técnicas se introdujo la cosmovisión racionalista, adoptada por la intelligentsia, cuyos miembros estaban convencidos de que el país no progresaría mientras conservara su mentalidad tradicional.

Este proceso recibió un nuevo impulso por obra de Catalina la Grande (1729-1796), una alemana que derribó del trono a su esposo, Pedro III, y fomentó las ideas de la Ilustración. Cuando los revolucionarios franceses guillotinaron a Luis XVI, dio un giro de 180°; pero el virus de esa doctrina esencialmente revolucionaria estaba fuera de control. Un indicio de ello fue que la gente culta había comenzado a adoptar como idioma el francés y el alemán, y esto condujo a que las obras de Fichte, Schelling y Hegel tuvieran gran aceptación en Rusia. Así, Soloviev afirmó que ellas debían ser conservadas en el tesoro común de la Cristiandad unificada[7], cuando, en verdad, son el máximo ataque intelectual no sólo a la fe, sino también a la razón. Surgieron dos tendencias, una pro occidental y la otra defensora a ultranza de las ideas y costumbres del pasado; y las marchas y contramarchas del liberalismo racionalista al tradicionalismo se mantuvieron a lo largo del siglo XIX.

Los enemigos de Rusia no se limitaron a llevar adelante la guerra cultural, sino que indujeron a la nación a librar conflictos en los que no podía triunfar. En primer lugar, con Japón (1904-1905). Un Banco apoyaba al Imperio del Sol Naciente y otro Banco inglés apoyaba a Rusia; pero los ingleses suspendieron la ayuda, y, en consecuencia, Rusia fue derrotada.

La finanza internacional temía sobre todo el entendimiento de Rusia con Alemania, porque constituirían una potencia que la usura no podría controlar. Con una fina labor diplomática lograron que, antes de la Primera Guerra Mundial, el Imperio del Zar se aliara con sus enemigos, Inglaterra y Francia, instrumentos de la City. Antes del enfrentamiento Rusia contrató la adquisición de armas y municiones con la firma inglesa Vickers, y, cuando estalló el conflicto, la Vickers no cumplió lo pactado, por lo cual, sólo uno de cada seis soldados rusos tenía un fusil, y los demás iban armados con palos. El resultado fue que ejército del Zar perdiera tres millones y medio de hombres.

Una vez creadas las condiciones para la insurrección (naturalmente esos desastres causan un terremoto en la sociedad), llegaron las municiones y los armamentos; pero ya era tarde porque el clima revolucionario ya había sido creado en Rusia.

Estas fallas profundas y antiguas eclosionaron en febrero de 1917, cuando Nicolás II debió abdicar; en octubre siguiente los comunistas tomaron el poder, y el 17 de julio de 1918, el Zar, su esposa y sus cinco hijos fueron asesinados en Ekaterimburgo.

Los bolcheviques triunfaron con el dinero de Wall Street. Trotsky, el creador del Ejército Rojo, pudo armar esa enorme maquinaria con dinero que le dieron los banqueros judíos de Nueva York.

Además, había una intelectualidad que estaba preparada desde mucho tiempo antes para dar el golpe de estado comunista: células revolucionarias y una clase culta en gran parte judía que estaba perfectamente adoctrinada y adiestrada para la toma del poder. Por ejemplo, el cuñado de Trotski, Lev Borísovich Rosenfeld, quien adoptó el nombre de Kámenev, ocupó cargos muy importantes en el gobierno bolchevique.

Solzhenitsyn escribió en Doscientos Años Juntos: “yo no soy racista, la discriminación se la han hecho ellos mismos, la discriminación la hace la historia, yo no tengo la culpa de que haya habido tantos judíos en la financiación de la revolución comunista y en los puestos claves de los gobiernos comunistas. Cada pueblo tiene que hacerse cargo de los errores y de los crímenes que ha cometido y tiene que tratar de repararlos”.

 

VI – LOS REDENTORES DEL PROLETARIADO

 

Después de haber señalado las causas que permitieron el triunfo de los bolcheviques, pasemos a considerar algunos actores de esa tragedia.

El primero fue Marx, redactor, junto con Engels, del Manifiesto Comunista (1848), inspirador principal de la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional (1864-1876) y autor de la Biblia de socialistas y comunistas, El Capital, cuyo primer volumen vio la luz en 1867. Permaneció treinta y cuatro años en Inglaterra (1849-1883), y durante ese tiempo pudo hacer su obra gracias a la ayuda económica de Engels.

Sobre la doctrina marxista diremos en compendio que define al hombre como un ser natural (esto es, carente de espíritu) que trabaja, y a través de su actividad imprime la huella de su naturaleza animal en el mundo (especialmente en las obras de arte moderno) y se transforma a sí mismo; explica la sociedad, por la economía, de la cual son superestructuras la política, la cultura y religión de las diversas épocas; y pone como motor de la historia la lucha de clases entre opresores y oprimidos.

Aunque de ascendencia judía, Marx no era creyente; en su juventud había sido cristiano, al menos de nombre (su padre se había convertido al luteranismo para ejercer sin inconvenientes la profesión de abogado en Prusia), pero luego, no se sabe bien por qué, comenzó a profesar un ateísmo furibundo. Sin embargo, “no es necesario ser religioso para ser talmúdico. Bernard Lazare afirma que Marx era «un talmudista claro y lúcido» y, por tanto, «lleno de aquel antiguo materialismo hebreo que sueña siempre un paraíso en la tierra y refuta siempre la lejana y problemática esperanza de un jardín del Edén después de la muerte»”[8].

Asimismo, hay suficientes indicios de que hasta el fin de su vida rindió culto al Demonio. ¿Puede un materialista adorar al Diablo? Sí, porque, como dijimos, no hay ateos sino idólatras, y detrás del ídolo se oculta el espíritu perverso [I Cor. 10, 20]. Volveremos a encontrar esto en Lenin y Stalin. Varios autores se han ocupado del diabolismo de Marx; uno de ellos, Richard Wurmbrand, fue un judío que se hizo pastor luterano y estuvo preso en Siberia varios años. Escribió Marx y Satán, en el que ofrece numerosos testimonios sobre el satanismo del barbudo de Tréveris, dados por su padre, sus hijas – para hacerlas dormir les narraba cuentos macabros: por ejemplo, la historia de un hombre había vendido su alma al Diablo–, sus vecinos, y, además, analiza la conducta de Marx.

Con dieciocho años compuso el poema “Invocación de un Desesperado”, en el que hizo propias las palabras de la Sagrada Escritura que se atribuyen al Demonio cuando se rebeló contra Dios: “Construiré mi trono en las alturas, será su cumbre inmensa y fría” [Is. 14, 13; la cita es ad sensum]. Aproximadamente un año después escribió Oulanem (anagrama de Emanuel: Dios con nosotros), en cuyas primeras líneas manifestó que pronto se hallaría en la eternidad aullando descomunales maldiciones contra el género humano. En el prólogo de su tesis doctoral (1841), citó la frase de la tragedia Prometeo Encadenado: “Odio a todos los dioses”, y afirmó que su héroe, el Titán que había robado el fuego del Olimpo para dárselo a los hombres, era el santo y el mártir más grande del calendario filosófico.

Bakunin, un anarquista ruso que por un tiempo fue amigo íntimo de Marx escribió: “Uno tiene que adorar a Marx para ser amado por él, uno tiene que al menos temerle para ser tolerado por él, Marx es extremadamente orgulloso, hasta la vileza y la locura”.

El Subdirector del “Instituto Marx” de Moscú, reconoció en 1980 que en total hay unas cien obras de Marx, pero que sólo trece habían sido publicadas, y dio como excusa que la Segunda Guerra Mundial había impedido la edición de más libros, una excusa ridícula porque la Segunda Guerra Mundial había terminado en 1945, 35 años antes de esa declaración. En realidad, no se publicaron porque son impublicables, muestran la verdadera faz de Marx.

Marx tuvo una vida desolada: tres hijos murieron de desnutrición, su hija Laura casada con el socialista Lafargue también perdió a tres hijos, luego ella y su esposo decidieron quitarse la vida. Otra hija, Eleonor hizo un pacto suicida con su esposo; ella murió, pero él cambió de idea en el último momento…

El relativismo moral de Marx dio lugar a una broma célebre. En 1960 Nikita Khrushchev, entonces Primer Ministro de la Unión Soviética, visitó Austria; y Julius Raab, Primer Ministro austríaco, le regaló una carta original de Marx, que seguramente no hizo mucha gracia a Khrushchev, porque era la prueba de que el teórico de la Revolución vendía a los revolucionarios: Marx había sido informante de la Policía Secreta austríaca. Durante su exilio en Londres, le pagaban 25 libras por cada informe sobre los conspiradores izquierdistas de Londres, París y Suiza.

Cuando agonizaba un tío suyo, escribió a Engels: “si el perro muere se me acaban todos los problemas”; cuando Engels se enteró de la muerte del “perro”, le escribió felicitándolo. Marx escribió después: “muy feliz acontecimiento; ayer nos comunicaron de la muerte del tío de noventa años de mi esposa, ella recibirá unas cien libras esterlinas o más aún, si el viejo perro no ha dejado parte de su dinero a la mujer que administraba a su casa”.

No tenía sentimientos: ni siquiera se hablaba con su madre. En diciembre de 1863 le escribió a Engels: “hace dos horas llegó un telegrama anunciando que mi madre murió, el destino necesitaba llevarse un miembro de la familia, ya tenía un pie en la tumba, en las presentes circunstancias yo estaba más necesitado que la vieja, debería ocuparme de la herencia en Tréveris”.

Además, la relación de Marx con su esposa era evidentemente mala: ella lo abandonó dos veces, pero luego volvió; cuando murió, Marx no asistió a su funeral.

Aunque judío, no amaba a los judíos, y escribió La Cuestión Judía contra los de su raza. Tampoco amaba los alemanes ni a los eslavos, no se conoce que haya expresado aprecio por ningún pueblo. No sólo odiaba a los dioses, sino también a los hombres.

Lenin, el primer gobernante comunista de Rusia, a los dieciséis años decidió hacerse revolucionario porque su hermano había sido fusilado por conspirar contra el Zar; pero su rebelión no sería meramente política, sino sobre todo religiosa, y como signo de ello, se arrancó el crucifijo y lo pisoteó.

En los años 50 vivía en el Colegio de los Jesuitas de San Miguel un hermano ruso; si no nos equivocamos, se llamaba Máximo Korzum. Antes de su conversión y fuga medio o del todo milagrosa de Rusia, había sido funcionario soviético y conocido a Lenin. Aseguraba que éste tenía clara conciencia de luchar contra Dios: “nosotros no combatimos contra los capitalistas; nuestro enemigo es el Espíritu Santo”.

Autores serios le atribuyen estas palabras, dichas cuando se encontraba con un pie en la tumba o, para ser más exactos, a punto de ser embalsamado y expuesto en la Plaza Roja: “cometí un gran error, mi pesadilla es tener el sentimiento de que estoy perdido en un océano de sangre de innumerables víctimas; es demasiado tarde para volver atrás. Para salvar a nuestro país, Rusia, hubiéramos necesitado hombres como San Francisco de Asís, con diez hombres como él hubiéramos salvado a Rusia”.

El retiro de Lenin hizo que se desatara la lucha por el poder entre Trotsky –en cuyas Memorias ve Castellani un documento excepcional del odio al rojo blanco – y Stalin, quien resultó vencedor. El egoísmo ilimitado del exseminarista georgiano se refleja en las palabras que dijo cuando supo que su esposa se había suicidado: “¡mira lo que me ha hecho!” Pensó en sí, no en la pobre mujer.

En sus confidencias descubrimos el corazón del perverso: decía que el mayor goce es cultivar la amistad de una persona hasta que ésta se atreva a poner su cabeza confiadamente sobre el pecho de uno y luego plantarle una daga en la espalda; es un placer que no se puede superar. De hecho, Stalin hizo matar a casi todos sus compañeros de la revolución.

El cuñado de la que fue amante de Stalin y después su segunda esposa escribe: “empecé a entender cómo logró Stalin convertirse a sí mismo en dios: no tenía una sola característica humana, incluso cuando exhibía algunas emociones, todas parecían no pertenecerle, eran como algo exterior a él. Creo que Stalin secretamente se dedicó a la Astrología (los ateos se hacen idólatras), y había una característica que siempre me asombró, hablaba veladamente de Dios y de la religión, siempre era cuidadoso cuando surgía ese tema y nunca era posible descubrir exactamente cuál era su punto de vista. Su trato con Dios y la religión era siempre muy especial, por ejemplo, nunca dijo directamente que no había Dios”.

Mao Tse Tung, honrado como el padre de la nueva China, dijo que desde la edad de nueve años había odiado a Confucio, un filósofo cuya doctrina tuvo gran influjo en su país. En la aldea donde vivía la familia de Mao había un templo confuciano, y el futuro dictador deseaba con todo el corazón destruirlo hasta sus mismos cimientos. ¿Es normal que un niño de nueve años sólo deseara la destrucción de su propia religión? Tales pensamientos pertenecen a caracteres demoníacos. En el otro extremo tenemos a San Juan de la Cruz quien desde los ocho años todas las noches dedicaba tres horas a la oración.

 

VII – LOS NÚMEROS CANTAN

 

Aunque la aspiración racionalista de explicar todo por una sola ciencia de carácter matemático sea un dislate, es innegable que a veces las cifras pueden hacer manifiesta una realidad. Probemos este método con el Comunismo.

En 1997 un grupo de investigadores, en su mayoría izquierdistas, publicó El Libro Negro del Comunismo –un estudio detallado de los crímenes cometidos por los regímenes bolcheviques– para que esta cuestión no fuera abordada por la derecha. La cifra asciende a cien millones, pero un buen conocedor de esta materia nos dijo que el número real de víctimas casi duplica a las que admite la obra. Por ejemplo, según ésta, el gobierno marxista chino mató a sesenta millones de personas, pero sólo el llamado “Salto hacia adelante”, un plan cuyo objetivo era aumentar la producción agraria e industrializar al país, provocó una hambruna que costó entre 35 y 50 millones de vidas.

Pero esto no es más que el aperitivo, pues hoy los globalistas hacen explícitos sus planes con respecto a la población mundial: los hombres (entiéndase “los pobres”) son la principal causa de contaminación ambiental, y para colmo –razonó Jacques Attali–, cuando se ponen viejos, cuestan muy caro. Como dijo el Pastor Malthus citando no recordamos qué versículo del Evangelio: en el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto para el desheredado.

 

VIII – EL UNIVERSO SOY YO

 

¿Por qué la revolución desemboca en la masacre? Porque se convierte religión descentrada. Dijimos que el ímpetu reverencial del espíritu no puede anularse, pero es posible que se descarríe, como lo prueban que Marx haya tenido por mártir y santo a Prometeo, que Lenin deplorase la falta de revolucionarios con el espíritu de San Francisco, que la Unión Soviética fuese llamada “El Paraíso del Proletariado”. La revolución –observó agudamente André Malraux– ocupa hoy el lugar que la religión tenía en la antigüedad. Se ha encaramado, pues, al plano religioso, que de suyo culmina en la mística. Aunque la mayoría de quienes tenemos religión verdadera o falsa nos quedemos a mitad camino, siempre hay algunos que conservan el espíritu y mantienen vivo el fuego del ideal. Lenin y San Francisco pertenecieron a esa clase de hombres. Pero ahí terminan las coincidencias, porque la espiritualidad de uno era diametralmente opuesta a la del otro.

Chesterton compara la visión del mundo que tuvo el Santo de Asís, con el panorama contemplado por alguien que camina con las manos: la tierra deja de mostrársele como lo sólido y seguro y pasa a estar en vilo espeluznante sobre el abismo. Entonces, continúa Chesterton, el singular observador entiende que Dios “cuelga la Tierra sobre la nada” [Job 26, 7], y ve todas las cosas como creaturas.

El gnóstico, en cambio, no admite que reciba el ser de Dios. Vladimir Volkoff escribió La Trinidad del Mal, un estudio sobre Lenin, Trotsky y Stalin, y llama la atención sobre este hecho: los tres se autoimpusieron un nombre nuevo. El verdadero nombre de Lenin era Vladimir Ilich Uliánov, el de Trotski era Lev (León) Davídovich Bronstein y el de Stalin era Iósif (José) Vissariónovich Dzhugashvili. El nombre que llevamos es parte de lo que recibimos de nuestros padres, de la sociedad y sobre todo de Dios. En la decisión de darse un nombre nuevo Volkoff descubre la voluntad del hombre fáustico, del hombre que pretende ser creador de sí mismo (un signo del parentesco entre el Comunismo y el Capitalismo: el arquetipo de los yanquis es el “self-made man”, el hombre que se ha hecho a sí mismo).

Pero esta desmesura no termina aquí: se propone, como lo expresó Marx en Invocación de un Desesperado, subir al cielo, poner su trono en las alturas, y sustituir la creación por una estructura técnica en la que pueda ver reflejados su ingenio y poder, y en la que todo sea controlado por su voluntad: es la actitud de aquéllos a quienes los paganos llamaron Titanes, y la Escritura Gigantes, “autores de obras grandiosas y ruinosas”[9].

Para lograr tal fin esta rebelión metafísica se vale, junto con el dinero y la educación e información vueltas propaganda, de la ciencia moderna, ordenada no al conocimiento, sino al dominio. Es sintomático que uno de sus precursores, Leonardo da Vinci, haya concebido una cantidad de instrumentos bélicos que sólo han podido fabricarse en el siglo pasado o en el actual: el tanque, el buque blindado, la ametralladora, la pieza de artillería con triple cañón, el helicóptero, el paracaídas, un robot (caballero mecánico), etc. La revolución nace del odio al ser, y por tanto su principal objetivo es la destrucción o avasallamiento del hombre, imagen del universo (reúne en sí todos los niveles del ser creado), capaz de entender el ser y, elevado por la gracia, destinado a unirse a la Fuente del Ser.

El “Che” Guevara dio un testimonio estremecedor de esta disposición: “el odio es un elemento de la lucha, odio sin misericordia contra el enemigo, odio que hace revolucionarios superiores a las limitaciones del hombre, y los convierte en una eficiente, destructiva, imperturbable, calculadora y fría máquina de matar”.

Quienes sobrevivan tendrán que aguantar un yugo aún más insoportable que el padecido por las naciones esclavizadas por esa ideología; en Europa, desde 1917 hasta la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989), y al que continúan sometidos los pueblos de China, Corea del Norte y Cuba. Conocerán por experiencia lo vaticinado por Orwell en 1984: el Gran Hermano te quita cuanto tienes y, además, te vigila, y decide qué es verdadero o falso, a quién debes amar u odiar.

Para asegurar el dominio total de la vida ajena los Amos del Mundo reclutan una Nueva Clase: los burócratas. Milovan Djilas, quien fue el segundo del Gobierno comunista de Yugoslavia, se dio cuenta de esto, se apartó y sufrió cárcel, pero escribió un libro muy importante, muy valiente, La Nueva Clase, en el mostraba que el Comunismo había creado una nueva clase, la de los altos funcionarios del partido, que tenían los mismos privilegios que las clases adineradas de Occidente, pero que esto lo hacían en nombre de la justicia social, mientras que en Occidente se utilizaba el pretexto de la libertad.

 

IX – PERSPECTIVAS

 

¿En qué terminará todo esto? El padre Castellani en 1961 dio un vaticinio certero:

“El Comunismo puede avanzar y entonces se creará un Estado Totalitario que abarcará todo el mundo. O puede ser vencido militarmente, como la Iglesia detuvo al Islam con la batalla de Lepanto y al hacer fracasar el sitio de Viena, o como derrotó a la herejía cátara en la Edad Media”[10]. “O bien el Comunismo se funde, pacíficamente o no, con la Tercera Rana, que es la Última Herejía, y la más inteligente –satánicamente– de todas, y ahora ya existe [el Modernismo]. Esto lo visionaron Soloviev y Benson.

“Y entonces, agarráte Catalina que vamos a galopar”[11], porque “estará hecha la cuna para el Anticristo”[12].

Hay un poder que está detrás del Liberalismo que devasta económicamente al mundo, y de la Izquierda que lleva la revolución cultural a extremos antes inimaginables: es el poder de las finanzas, pero el mismo poder de las finanzas responde a otro aún más tenebroso: los satanistas. El Comunismo se termina de comprender viéndolo como un error religioso, que desemboca en la adoración del Hombre, preparatoria a su vez del culto al Demonio y el odio formal a Dios.

Una reflexión del P. Castellani nos ayudará a retemplar el ánimo:

“El Diablo da bien de almorzar, pero muy mal de cenar. Tiene en sus manos TODO; menos el coraje del hombre libre: es decir, hoy día, del hombre mártir, «testigo». Los paisanos dicen que puede hacer la olla pero no la tapa”[13].

En definitiva, la última palabra la tiene Cristo, el Sol que rescata de la sombra de muerte a cuantos lo reciben y los hace capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.

 

*   *   *

Preguntas de los Asistentes[14]

 

¿Cómo Cuba también siendo católica también cae en el comunismo?

Cuba fue llevado al Comunismo por la CIA Aparentemente es enemiga de los Estados Unidos, pero en realidad desde que fue independiente de España pasó a ser colonia de los Estados Unidos.

La guerra por la cual Cuba dejó de pertenecer a España fue provocada por Estados Unidos, y, cuando se fueron los españoles, Estados Unidos retuvo una porción de la isla, donde construyó una base naval (Guantánamo); además, grandes plantaciones de caña de azúcar e ingenios pasaron a ser propiedad norteamericana.

Los norteamericanos primero corrompieron a Cuba, la convirtieron en el cabaret de los Estados Unidos. Había un famoso actor, George Raft, que tenía vinculaciones con casas de juego en Cuba.

Pero luego Estados Unidos pensó en usarla como herramienta para desestabilizar al resto de América Latina. Fidel Castro, hasta entonces desconocido, se convirtió en un héroe gracias al reportaje que le hizo el periodista Herbert Matthews y fue publicado en la primera plana del New York Times el 24 de febrero de 1957. Si Estados Unidos hubiese querido, nunca habría permitido que a 90 km de Florida hubiera un gobierno Comunista. Lo impuso para que la Revolución se exportase a América Latina con vistas a desestabilizarla; alejarla de sus raíces, que son católicas. Su fin era inculcar a los pueblos hispanoamericanos que la liberación del Capitalismo sólo podía obtenerse por el Socialismo; no debía haber católicos que lucharan por la patria contra la Usura Internacional.

Ésa es la función que tienen. Fíjense en cualquiera de los grandes diarios del país y verán que defienden la economía liberal y la cultura de izquierda; así funciona el sistema que tiende a imponer una esclavitud universal.

Aunque en varias ocasiones el mundo estuvo al borde de un conflicto nuclear, la situación fue siempre controlada por los Grandes Titiriteros, cuyo dominio se hizo evidente en 1964, cuando Rockefeller decidió pasar unos días de vacaciones en las costas del Mar Negro y al poco tiempo, sin que nadie lo previera, el Primer Ministro soviético Khruschev fue “renunciado”.

Sobre el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Volkoff escribió: “Ese perro y ese gato se entienden de maravillas, compadre”.

 

¿Qué opina sobre la promesa de Fátima sobre Rusia?

Sobre el establecimiento del Comunismo en Rusia, su difusión a otros países y posible instauración mundial en el futuro ya hemos hablado. Con respecto el tercer secreto de Fátima, hay interpretaciones discordantes. Sea lo que fuere, la Santísima Virgen dijo que al final su Corazón Inmaculado triunfaría y al mundo sería concedido un tiempo de paz.

La pregunta nos da pie para señalar un punto significativo. En 1917 tuvieron lugar tres hechos relevantes y conectados entre sí: la aparición de Nuestra Señora en Fátima, la Revolución Rusa y un tercero, del que casi no se habla, pero cuyo alcance no escapó al P. Castellani. Se libraba la Primera Guerra Mundial; Inglaterra y Francia estaban en una situación crítica, y entonces se presentaron los sionistas (entre ellos Bernard Baruch, una especie de Kissinger de aquel tiempo, luego consejero de Franklin Roosevelt, Presidente de USA desde 1933 hasta 1945) y se comprometieron a hacer que Estados Unidos interviniera en la guerra si los ingleses permitían a los judíos instalarse en Palestina. Los ingleses, desesperados, aceptaron, y por el Acuerdo Balfour (carta del 2-XI-1917 dirigida a “Dear Lord Rothschild”) prometieron apoyar el “hogar nacional judío” en Palestina. Tenían tanto derecho a hacerlo como nosotros de donar el Mar de Bering al Vaticano para ver si de una buena vez nos hacen Obispo.

El General inglés Allenby vino de Egipto, ocupó Palestina en 1917, y la gran afluencia de judíos condujo a la creación del Estado de Israel (1948), con jurisdicción sobre una parte de Jerusalén. Desde la Guerra de los Seis Días (1967), toda Jerusalén y zonas de Jordania y Siria quedaron en manos de los sionistas.

Es un signo del fin de los tiempos porque en el Evangelio leemos: “Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” [Lc. 21, 24].

Desde que Cristo dijo estas palabras hasta 1967, Jerusalén siempre estuvo bajo poder extranjero: el Imperio Romano, luego el Imperio Bizantino, después Califatos Islámicos, los Cruzados, los Mamelucos (musulmanes de Egipto), el Imperio Otomano y desde 1917 hasta 1948, Inglaterra.

No sabemos, pues, cómo se concilian las palabras de la Santísima Virgen sobre el triunfo de su Inmaculado Corazón con la profecía del Señor, pero de esto Dios entiende más que nosotros.

 

P. Carlos Biestro

24-IV-2026

 

[1]  Conferencia dada el 21-IX-2008. Con el título “El Devastador Paso del Comunismo: la Revolución Soviética y Sus Consecuencias” se encuentra en el canal de Youtube de “Formación Católica”, https://www.youtube.com/watch?v=GenBHIkGNGM.

[2]  Decíamos Ayer, p 315.

[3]  Las Ideas de Mi Tío el Cura, Cap XVIII; Cristo y los Fariseos, Apéndice III.

[4]  Uno de los principales personajes de Los Hermanos Karamázov.

[5]  Las Ideas de…, p 161, nota 8.

[6]  Szylkarski, Wladimir, Messianismus und Apokalyptik bei Dostojewskij und Solowiew, F. H. Kehrle Verlag, Heidelberg, 1952, pp312-314.

[7]  Szylkarski, Wladimir, Messianismus und Apokalyptik …, pp314-315.

[8]  Jones, Michael, “Lo Spirito Rivoluzionario Ebraico e il Suo Impatto nella Storia del Mondo

”, apud maurizioblondet.it, 2-VI-2026.

[9]  Castellani, El Evangelio de Jesucristo.

[10]  Castellani, Las Parábolas de Cristo.

[11]  Castellani, “Prólogo al libro Nociones de Comunismo para católicos, de Enrique Elizalde”, Seis Ensayos y Tres Cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p 162.

[12]  Castellani, Las Parábolas de Cristo.

[13]  “Los Males Que Padecemos”, Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 347.

[14]  Aunque las preguntas fueron varias, sólo hemos conservado dos, en cuyas respuestas hemos introducido cambios.