Las Cinco Llagas[1]
Delle Cinque Piaghe della Santa Chiesa es un libro escrito en 1832, publicado en 1846 y puesto en el Índice de Libros Prohibidos en 1848. Es un libro perfectamente ortodoxo: no hay en él en materia de dogma o de fe. Al contrario, es un acto de fe; de demasiada buena fe.
Es todo él como un himno a la libertad de la Iglesia y termina en una profecía optimista sobre la paz que sobrevendrá entre el poder temporal y el espiritual cuando la Iglesia sane sus llagas. La Profecía no se cumplió, y a él la Iglesia le quitó la libertad intelectual de investigar y de enseñar.
La Iglesia ha perdido en gran parte su libertad de enseñar –dice Rosmini– porque de hecho hoy no enseña el Evangelio. ¿Qué debe enseñar la Iglesia? La Revelación cristiana solamente; pero para enseñar la revelación cristiana necesita enseñar otras muchas cosas, incluso filosofía. “Uno de los fines de mi vida ha sido proporcionar a la teología una buena filosofía”[2].
Las cinco llagas de la Iglesia son las siguientes; primera, la llaga del brazo izquierdo, constituida por la separación del clero y del pueblo, que mana sangre en el cuerpo místico de Cristo.
“El culto sublime de la Iglesia de Dios está constituido por la conjunción del clero y del pueblo; para eso existe el clero”. ¿Y qué vemos? El clero hace el culto y el pueblo no participa activamente en el culto, guarda una actitud pasiva: está llevado en una lengua que el pueblo ya no entiende, sus símbolos grandiosos se le han vuelto incomprensibles, y algunas veces grotescos, el sacrificio no es una gran acción y emoción común sino un espectáculo frío y obligatorio, muchas veces aburrido. La gente va a Misa porque está mandado bajo pecado mortal; por las dudas, no sea que exista de veras el Infierno; total, cuesta poco y al salir siempre se encuentra un amigo. Es como pagar la póliza de un seguro; la participación en el sacrificio incruento y esa poderosa “identificación afectiva” con el sacerdote y con todos los hermanos por consecuencia, que es el fin de la comunión, –y fue el efecto de la “cena” de los primeros cristianos– ya no existe. Decid vosotros si es verdad o no. Se ha reducido a una media hora de aburrimiento (a no ser que se alivie con una buena charla, como hacen las mujeres) a no ser que haya en el medio un tremebundo sermón sociológico o político acerca del “divorcio”; que entonces es hora y media.
La parroquia ya no es una familia espiritual como lo fue antes (y como lo quería Péguy) sino una “clientela”. El cura no conoce a los feligreses ni los feligreses se conocen entre sí, a no ser un grupo de beatos y beatas que frecuenta al párroco, casi siempre con buenas intenciones. El que se aproxima a la barandilla recibe la comunión, así sea un criminal, un demente o un imbautizado. Yo mismo he dado la comunión a una vieja, irlandesa, demente, que comulgaba seis o siete veces por día en diversas iglesias. Los fieles, la mayoría, no ven al párroco sino para los bautismos, matrimonios y extremaunciones, que se vuelven así meras “ceremonias mágicas”, ceremonias mágicas pagas: así lo nota Rosmini (p 82), pues de algo tiene que vivir el cura y la Curia por descontado. El cura entrega los “sacramentos”, o “misterios” a ciegas y Dios te lo depare bueno: se supone que la gente tiene conciencia…; pero ¿cómo la va a tener si nadie le enseña a tenerla?
El clero se ha vuelto una casta; pero una casta que ya no tiene solidaridad. Si un sacerdote es perseguido, aplastado o reducido a las peores miserias espirituales o corporales, que se arregle; sus hermanos en el sacerdocio se quedan tan tranquilos[3]. Seguramente ha cometido algún delito o falta grave, puesto que Dios y las autoridades lo han castigado de ese modo. Sí, seguramente es un rebelde, un desobediente. No cabe duda.
Ésta es la llaga de la mano izquierda, que mana sangre en el cuerpo de Cristo, sangre negra y hedionda: la disgregación del clero y del pueblo y del clero entre sí. Un “hermano” en el sacerdocio es mucho menos efectivo que un hermano carnal o un amigo seglar. La sociedad eclesial es mucho más dura y mecánica con sus ministros que las mismas sociedades civiles. Un sacerdote hoy día no puede ser buen amigo de nadie: no puede cumplir (por una razón o por otra) las leyes de la amistad: “fraile nin judío, nunca buen amigo” –dicen en España. Pero Jesucristo fue buen amigo.
La llaga de la mano derecha es el mal estado de los estudios de los Seminarios: no habilitan a los jóvenes para la acción moral y religiosa, fin del sacerdocio. La ciencia sagrada es una ciencia de salvación, por tanto una ciencia “tradicional”; que por tanto, no se puede transmitir por libros; y menos por manuales secos, entecos y atrasados. Los Obispos de la primitiva Iglesia formaban a su clero, y sobre todo a su futuro sucesor a su lado, con la enseñanza viva, que es la enseñanza oral, llevada hasta la convivencia y trato familiar con el maestro; sólo así se transmite la tradición y así se transmitió la tradición apostólica: los mejores levitas vivían con el Obispo, eran “sus familiares”, aún se conserva el nombre. De él recibían el espíritu, la tradición, los carismas –todo lo cual no se puede recibir sino por la convivencia cordial con los grandes maestros del espíritu. “Sólo los grandes forman a los grandes”.
Rosmini se alza contra “los jóvenes profesores de los seminarios”: los Santos Padres han sido sustituidos por los teólogos, los teólogos por los profesores de teología, los profesores muchas veces por los improvisadores, macaneadores e irresponsables. La filosofía que se enseña en los seminarios no produce fruto; la teología es estéril, aburrida e ininteresante. “Las letras reflorecidas en el siglo XV y XVI atrajeron a ellas la atención de los hombres, los cuales, abandonada la especulación por el deleite de la imaginación y del sentimiento, dejaron caer el nervio de la filosofía cristiana, la cual pereció, como primero había perecido la grandeza y plenitud de la exposición de la Sagrada Escritura”[4] . La Iglesia debe ser restituida al esplendor de su actividad docente.
Esto se obtendrá si se cura la llaga del costado: constituida por la desunión de los Obispos. Los Obispos están desunidos por el ansia de intereses temporales, por envidias rencores y discordias y por la falta de comunicación entre sí. Ya no hay sínodos ni concilios, ni reuniones de teólogos y Prelados; ya no hay Patriarcas ni Primados prácticamente: el primado es el Nuncio. La administración de la Iglesia se ha hecho demasiado unitaria; en consecuencia, como el Vaticano no puede atender a todo, cada Obispo anda por su lado. Eso ya no es un cuerpo jerárquico: no es propiamente Jerarquía.
En la época feudal los Obispos eran señores feudales: eso era justo y conforme a la organización de la época; esa época ya pasó. De ella consérvase hoy día una tendencia mala de hacer del Obispo un magnate aislado y absoluto; en los mediocres un mero administrador; y casi siempre un mal administrador.
Eso se curará si se cura la llaga del pie derecho consistente en el abandono de la nominación de los Obispos al poder temporal. Rosmini hace la historia del proceso evolucionante del modo de nombrar Obispos, y de los esfuerzos de los hombres mejores para sustraer a la Iglesia a la dirección aniquilante del poder civil[5]. Antiguamente se nombraban los Obispos “proponente clero, approbante populo”; hoy día se nombran por conductos ocultos y oscuros, sin participación alguna del clero y menos de los fieles; en los cuales conductos ocultos acaba por predominar la voluntad del Rey o del Presidente. Aunque el Papa tuviera libertad total para elegir o no los nombres que le proponen, no pudiendo el Papa estar en todo ni conocer a todo el mundo, su elección humanamente hablando es a ciegas o poco menos: el Espíritu Santo no hace milagros inútiles. Pero esa libertad de hecho no la tiene: muchas veces debe simplemente conformarse con un nombre que le impone el mandatario de una nación.
Los males que resulten de ahí son enormes. De ahí que el clero se convierte de “carismático” en “funcional” cada vez más. El sacerdote deja de ser el “homo religiosus”; es decir, el hombre que tiene más intuición de los valores sacros y más pasión por la fe, para convertirse en un “profesional de la religión”, es decir, autómatas. Los que tienen más “espíritu” o tienen “carisma”, lo pagan caro.
La llaga del pie izquierdo es la servidumbre de los “bienes eclesiásticos”. No que la Iglesia no deba de tener bienes temporales, ni que el despojarla de ellos no sea un abuso latrocinal y sacrílego; pero los bienes de la Iglesia no deben esclavizar a la Iglesia: “I beni della Chiesa non sono il Ben della Chiesa”, decía el santo Pontífice Pío X.
Los bienes de la Iglesia en otro tiempo estaban consagrados primero a la sustentación del cuerpo vivo eclesiástico, principalmente de los sacerdotes pobres, que suelen ser los mejores; después a la caridad con los hermanos; y por último al culto divino. Hoy día se ha olvidado eso, y los escasos bienes eclesiásticos son gastados muchas veces en cosas vanas y de pura apariencia, cuando no en cosas mundanas, como el fausto superfluo y hasta insolente de algunos malos curas y Prelados. No es extraño que muchos gobiernos se hayan apoderado (inicuamente por cierto) de los bienes eclesiásticos; y que el pueblo no haya reaccionado ni poco ni mucho.
Rosmini hace la historia de la lucha entre el Pontificado y el Imperio de la Edad Media: la define como una lucha acerca de los bienes eclesiásticos; entre el poder civil, apoyado por el clero depravado que quería usar libremente de sus abundantes bienes; y el Pontificado, que quería empretinarlos en este punto. Este gran “aperçu”[6] histórico no carece de grandeza ni de profundidad: la intuición filosófica del Roveretano[7] lo lleva a ver de una vez el núcleo vital de un complicadísimo proceso histórico.
Muchísimas más cosas podrían decirse de este libro desconocido de Rosmini, que no carece tampoco de algunas angelidades e ingenuidades. Es posible que Dios nos haya llevado en el invierno de 1947 a Roma para poder leer este libro, rarísimo hoy día (y sobre todo entenderlo) en la Biblioteca Nazionale, riserva, sez.6, nº.146, 3; I. Nos robusteció la fe.
Varios libros parecidos al de Rosmini, y escritos algunos con la misma sinceridad y desapasionamiento, aparecieron en este tiempo: como las Observaciones, del Cardenal Manning, las Notas sobre el Catolicismo en Inglaterra del Cardenal Newman, la exposición de los Obispos alemanes, encabezados por Schwarzenberg en el Concilio Vaticano, al cual se puede agregar el monólogo del Santo al Papa en la novela homónima de Fogazzaro[8], que está inspirado en ellos; pero ninguno tiene la importancia y la autoridad del de Rosmini.
El teólogo alemán Paulus Simon, en su libro Das Menschliche in der Kirche Christi[9] (Herder, Freiburg, 1949), recientemente traducido entre nosotros, expone las ideas de Rosmini, a las cuales llama “quejas” (y no lo son) y dice que Rosmini escribió para el “momento italiano” y no para la Iglesia universalizada en el tiempo y en el espacio. Agrega que las “quejas” de Rosmini hoy día no tienen valor, y algunas son hasta risibles.
Las quejas de Rosmini tienen más valor hoy día que nunca; y si son risibles o no, dependen del humor del que las lea. Aquí en la Argentina no hacen reír a ninguno.
Las cinco llagas de la Iglesia hoy día son verdaderos desastres. Serán desastres invisibles, sea. Pero todos los desastres visibles provienen siempre de algún desastre invisible; y a los que ven los desastres invisibles, hay que hacerles caso.
[1] Este artículo es un comentario a la obra De las Cinco Llagas de la Santa Iglesia. Pertenece al Cap. “Rosmini” de Filosofía Contemporánea, que Castellani dejó incompleto. Fue dado como ciclo de conferencias en Buenos Aires, en 1952.
[2] Introduzione alla Filosofía, L I, Cap. I, 5.
[3] “Tiempos de persecución, Padre mío. Los curas están muy contentos, y ven caer a su lado a sus compañeros sin afligirse mucho. No saben lo que les espera ‒y para muy pronto”. (Carta de Castellani al P. Emilio Ferrari, 11-V-1952). Tres años después varias iglesias porteñas y la curia fueron quemadas.
[4] Nº 38.
[5] Es notable la erudición, y más que nada la penetración histórica de que hace gala Rosmini en este “excursus” de 50 páginas (L.C.).
[6] Resumen, vista general.
[7] Rosmini nació en Rovereto (Tirol austríaco) y pertenecía a una familia de la nobleza.
[8] Autor modernista, su novela fue puesta en el Index en 1906.
[9] Lo Humano en la Iglesia de Cristo
