Libertad y Libertades[1]
Nota de la Redacción: Con el propósito de satisfacer la inquietud de muchos de nuestros lectores, que nos manifiestan su desconcierto ante la palabra “Liberalismo”, que ellos identifican con la libertad, hemos solicitado a nuestro eminente colaborador, Rvdo. Padre Leonardo Castellani, el artículo que publicamos seguidamente.
La liberalidad no es lo mismo que el Liberalismo. Destos dos abstractos depende el adjetivo y sustantivo “liberal”, que tiene por tanto dos significados diferentes. Casi da vergüenza tener que explicarlos; pero sucede que hay todavía gente que los confunde.
La había que cuando era joven decía que yo era “un cura liberal”, lo cual me desazonaba. “Si quieren decir, a la antigua española, que soy generoso y desprendido cuanto al dinero; o sea, que tengo liberalidad, no puede ser, porque no tengo dinero. Entonces quieren decir que soy hereje”. En efecto, el Liberalismo es una herejía.
Ahora dicen más bien que soy “cura nazi”. Ésa es otra herejía, pero está en el extremo opuesto. A fuerza de oscilar entre los dos extremos, puede que algún día quede en el medio. Sí, pero ¿cuándo? Ya voy para viejo. Menos mal que mi abuela decía: “Los loros también hablan”… Sí, pero los loros con plumas no mienten; y los loros sin plumas saben mentir.
En todo caso, yo soy liberal como Sarmiento; el cual no fue liberal, según estimo.
El Liberalismo es una herejía condenada lo menos diez veces por los últimos Papas, empezando por Gregorio XVI y terminando por San Pío X; y muy de propósito por León XIII en su Encíclica Libertas. No tengo a mano los textos, pero pueden creerme.
Definir en abstracto la herejía que un Papa llamo “de las libertades de perdición”, sería pesado y largo; y está hecho ya tantas veces. Lo mejor es mirar en concreto a un “liberal” vivito y coleando (o sea, en la Argentina, a un masón o a un “laicista”) y mirar lo que piensa (si es que piensa), lo que dice y cómo se mueve. “Laicista” es aquí el que no quiere que a los chicos se les enseñe religión y quiere que a los grandes se les enseñe irreligión. Es pues el Liberalismo una cosa que, aunque revestida de ropaje político o económico, tiene raíz religiosa.
Es una cosa un poco informe, difícil de definir rápido; porque ha pasado por varias etapas, y tiene varios grados; desde el grado de allá, que es el ateísmo, hasta el grado de acá, que es el “Catolicismo liberal”, o sea, el Catolicismo adulterado; o simplemente el Catolicismo cobarde. “Catolicismo mistongo”, lo llaman en Buenos Aires.
Desconfiad de los candidatos que dicen ellos “son muy católicos”. Puede que sean simplemente políticos. Nadie hay que sea “muy católico”, anoser en la otra vida, después del Purgatorio. En esta vida andamos volviéndonos, mal que bien, católicos.
Es curioso que en Colombia los liberales forman el partido “Conservador”; y el partido Liberal es más bien católico rancio. Lo mismo en Inglaterra, donde los conservadores (o tories) son liberales, y el partido Liberal (o whigs), al cual pertenecieron Belloc y Chesterton, es de la mayoría de los católicos. Las estampillas importan poco. Los liberales, con tal de arrebañar votos, se llamarán “conservadores”, “cristianos”, “católicos”, “pontificios” y hasta “Partido de la Virgen de Luján y Monseñor Plaza”, si los apuran. Ahora se llaman “Frente Nacional y Popular”. Son tan populares como la gripe y tan nacionales como Mister Braden.
El origen del Liberalismo fue el Deísmo inglés, corrupción del Protestantismo; el cual sostenía no había de creerse sino lo que cabe dentro de la Razón humana; rechazando por tanto todo misterio, todo lo sobrenatural y toda religión revelada. En suma, lo único que admitían era la existencia de Dios (un Dios lejano, indiferente e incognoscible) y la inmortalidad del alma –y esto último, no todos. Si un católico les hacía el argumento de Lacordaire: “Si hay Dios, Cristo es Dios”, respondían: “Nada de Cristo Dios, nada de Cristo Dios”. Cristo para ellos fue solamente un gran moralista, aunque inferior a Franklin; y aun algunos, como Voltaire, decían que fue un loco.
El estandarte del Liberalismo fue la “Libertad” con mayúscula; o sea, la libertad en absoluto. Pero la libertad absoluta no existe anoser en Dios; y aun en Dios no existe libertad para hacer el mal –lo cual, digamos enseguida, no es verdadera libertad, sino debilidad. Lo que existe en el hombre, socialmente hablando, son “libertades” para hacer esto o para aquello. Yo tengo mucha más libertad que Cziuvek cuando estaba en la cárcel por ladrón. Y sería mejor que yo tuviera más libertades todavía; y Cziuvek menos; el cual en la cárcel tenía libertad de tener televisión, de comprar “dopes”[2], y de otras cosas que callo.
Por eso digo yo que soy liberal como Sarmiento; el cual fue autoritario (“totalitario”, como dicen hoy) y flojamente católico. ¿Flojamente? Fue católico de instinto y de sentimiento más que de entendimiento.
La palabra “Libertad” no significa nada si no se le añade para qué. Según para qué se tenga libertad, ella es una cosa mala o una cosa buena. La “libertad” no es un bien absoluto, que cuanto más se tenga es mejor; désos como la Belleza, la Verdad, la Gracia de Dios, la Santidad o la Virtud. En suma, no es un fin, sino simplemente un medio.
El Liberalismo considera o finge considerar la libertad como un fin absoluto, como el supremo bien del hombre. Con ese error el Liberalismo desató el libertinaje, el macaneo y la demagogia entre nosotros; y arruinó o atrasó a la Argentina, y en general a todas las naciones latinas, sobre todo las hispanoamericanas; porque en este continente el Liberalismo europeo llegó en estado crudo y desatado; y produjo, como dijo un pensador argentino, “el mismo efecto que un barril de brandy en una jaula de monos”.
Arruinó esto de aquí; por supuesto que arruinó a todos menos a los liberales. “Este negocio es mejor” –como dijo el Tratante de Blancas cuando lo eligieron Diputado; aunque bien mirado, a ellos los arruinó también y aun peor –como dijo Cziuvek cuando lo soltaron de la cárcel, y lo agarró su mujer.
Leo en una revista estadounidense (Life, 18 de marzo de 1963) que un Senador norteamericano dice que los yanquis nos van a hacer ir al Progreso (por medio de la “Alianza-para”) si nosotros aquí fabricamos “la estabilidad política y la responsabilidad de los gobernantes”. Eso es justamente lo que jamás conseguiremos con el Liberalismo encima.
No es para nuestra mentalidad, nuestras costumbres y nuestra tradición. Nos han dado otra educación; y ésa no es mala; al contrario, es la mejor que ha habido en el mundo. Brutalmente lo resumió Roosevelt el Primero (Theodore) cuando le dijo al Perito Francisco P. Moreno: “Estas naciones no serán jamás yanquis mientras no se conviertan al Protestantismo”. Aunque nos convirtiéramos, digo yo, no lo seríamos.
El Liberalismo es Protestantismo disfrazado o Catolicismo hipócrita. Es peor que el Protestantismo en cierto modo. Ahora tenemos que elegir, perentoriamente: porque el Liberalismo facilón de nuestros abuelos, después de un siglo de sujeción al Imperialismo extranjero, nos ha dejado atascados en el tremedal de la anarquía.
Pero no crean podemos elegir ahora entre el Catolicismo rancio y el Liberalismo alegre y confiado (ilusión de algunos que podríamos “volvernos como los yanquis”) porque aquí si elegimos el Liberalismo, elegimos el Comunismo, su hijo. Aquí el Liberalismo envejeció ya sin remedio. Se le cayó a la madre el nene; y el nene ¡qué nene! Tiene muchas más fuerzas que ella.
Como me dijo Fray Agustín de los Reyes: “Me parece que esta nación va a tener que ser o muy católica o muy comunista”. Después de lo cual se frotó las manos y se marchó a España, donde actualmente es prior del convento carmelita de Sevilla. Escribió aquí una versión remozada del libro de Sardá y Salvany El Liberalismo Es Pecado. Pero no lo pudo publicar en Buenos Aires.
Ahora aquí es pecado lo contrario. Si Sarmiento levantara la cabeza y volviera a la Argentina, se enferma de ictericia.
