Libros de Historia[1]
Cambridge, Historia del Mundo en la Edad Moderna, Tomos V, VI. –Belloc, H., Luis XIV. –Sainte-Beuve, Port-Royal. –Voltaire, Le Siècle de Louis XIV; Dictionnaire Philosophique; Candide. –Pascal, Les Provinciales. –De Maistre, Considérations sur la France; De l´Église Gallicaine; –Linguet, Histoire Impartiale des Jésuites, T II. –E. Boman, Les Antiquités Andines de la République Argentine et la Vallée d´Humahuaca, T I. –Histoire du Paraguay; Cartas Annuas S.J., T I-II.
La relectura de los grandes clásicos paga más que la lectura trivial de las obrecillas modernas que se traducen hoy día a montones para pasto de las inteligencias gandulas. Es una ventaja del oficio de Profesor (es la única ventaja que tiene) el que obliga a releer los clásicos.
El asunto de la expulsión de los jesuitas y su posterior supresión en el siglo XVIII es una especie de enigma histórico; y es un suceso central de vastas repercusiones: un drama.
Se han escrito sobre él muchos libros que no dan en el clavo, sino simplemente en la herradura. Creemos que el clavo (es decir, la clave) está en la historia de Francia. En efecto, Francia fue la que obtuvo o produjo ese fenómeno histórico que hizo tanto ruido, con el poderío que le daba su “tunc”[2] hegemonía europea.
Desde los trece años estamos oyendo leer o leyendo libros sobre el asunto; y siempre con el resultado de una cierta oscuridad en el fondo. En efecto, los más son libros escritos desde España y con respecto a Carlos III… Carlos III acolitó en este asunto; quien ofició fue la poderosísima Corte de París. Con respecto a España, la expulsión fue una soberana injusticia y un acto de despotismo torpe, que dañó incluso políticamente al Imperio Español, supeditado en aquel entonces a la política borbónica y al “Pacto de Familia”. En eso no cabe duda. En España y sus colonias los jesuitas trabajaban bien.
Extender el juicio del sector español a toda la cuestión es anticientífico: el golpe vino de otro lado y allí hay que buscar las causas reales y no en el rebote.
La literatura pro-jesuita hace fuerza en el rebote. En consecuencia, los jesuitas aparecen como víctimas de su consagración a la fe católica y al bien de la Iglesia; y todos sus adversarios y perseguidores como masonazos de tomo y lomo y hombres de mala fe y pésima intención. No diremos que no sea así en el fondo y a bulto cerrado; pero con algún pero. Con un pero serio.
Pero la Santa Sede intervino decisivamente en este asunto, lo mismo que gran parte de la Jerarquía. ¿Es posible aceptar a toda la Iglesia Jerárquica como maleada, engañada y suicida, y a la Orden de San Ignacio (pero entonces ya era muerto San Ignacio) como cordero de Dios que quita los pecados del mundo? Así lo juzgó Lacunza, jesuita americano; pero no es nada fácil de tragar. He aquí la oscuridad.
Mirando las cosas en Francia y no en España ni en Roma, la cuestión presenta otro cariz. Fueron los jesuitas franceses y la Monarquía Galicana los contendientes reales, en el ambiente del “Siglo de las Luces” y en el proceso en pendiente del Iluminismo que llevaba a la catástrofe (no en el sentido griego de la palabra) de la Magna Revolución que desconcierta la antigua sociedad y abre la Edad Contemporánea.
En el mundo de los humanos, no acontece que toda la razón de un vasto desastre esté de una parte y de la otra ninguna razón; y los buenos historiadores no suelen blanquear hasta lo angelical a un sector de los hombres y ennegrecer a su opuesto hasta lo demoníaco. La santidad perfecta y el satanismo puro son raros, y se dan en individuos, no en grupos sociales enteros. Lo demás es hacer historia barata, apologética o novela.
Hay una distinción filosófica necesaria para discurrir sobre lo real, que es la de “simpliciter” y “secundum quid”. “Distingue frequenter”. Se puede tener razón simplemente y sinrazón según algo: se suele tener eso en lo humano. El que no sabe percibir esto, no solamente carece de filosofía, pero aun de buen sentido.
En la contienda ideológica (religioso-política) que comienza bajo Luis XIV contra protestantes, jansenistas y “libertinos” y termina bajo Luis XV con el Breve “Dominus ac Redemptor”[3], los jesuitas defendían la religión y la tradición simplemente hablando; pero incurrieron en cuanto al modo en faltas y abusos que les acarrearon odios acérrimos y al final el golpe de muerte. Los jesuitas franceses arrastraron en su pérdida al resto, incluso a los españoles, que no iban nada en el asunto gabacho; sobre todo los “americanos”, a los cuales el asunto les cayó como granizo en cielo sereno. El contraste con los “encomenderos”, bravo como fue, no hubiese bastado a perder a los jesuitas españoles, sino lo de Francia.
Los jesuitas españoles trabajaban en el Imperio Español como héroes. Eso es un punto innegable. Dejando aparte por brevedad la controvertida cuestión de las “misiones guaraníticas”, la tradición argentina dirime sin dificultad ese extremo. Esa tradición se conserva aun viva en el Paraguay y las Provincias norteñas y andinas, y cubre la memoria de los antiguos misioneros de una veneración infrangible –que quizá no merecemos o simplemente desmerecemos los actuales– que la usufructuamos. Una tradición tal es una prueba histórica infalible. Pueden mentir los documentos oficiales (ordinariamente mienten) y recortar la verdad los discursos, defensas y apologías: la tradición del pueblo, en las materias en que ella alcanza, no miente. Y ésta de que hablamos está corroborada al voleo por monumentos, ruinas y reliquias impresionantes y elocuentes.
Pero en Francia, donde el drama se juega, no es igual. La tradición, conservada en las obras literarias y en las memorias del tiempo, deponen otramente. Sentado que los jesuitas en el fondo estaban en la buena causa (desde el respecto católico), incurrieron en defectos graves en cuanto al modo, que se podrían concretar así:
1º. Tenían demasiadas riquezas: es conocido el episodio de la quiebra escandalosa del Padre Villeneuve, y sus aberrantes empresas mercantiles. También es terminante la conocida admonición del P. Nectoux al General de los jesuitas Clemente Ricci: “Abrigo la profunda convicción de que a nuestra Compañía no le conviene, mas le causa daño, tener escondidos y amontonados en las arcas tantos millones…” Eso se escribía en 1765, ocho años antes de la extinción.
2º. Se habían metido demasiado en política, con buena intención, a no dudar. El P. Lachaise, confesor de Luis XIV absolvía cada año al Rey de sus inveterados adulterios, el Rey cumplía con Pascua, y a los quince días volvía a Mademoiselle Lavallière, a la Montespan o a la Maintenant, o a la que estuviera en turno de sus innumerables mancebas. Este laxismo, aunque fue cortado, no fue cortado a tiempo, y escandalizó gravemente a los jansenistas y al pueblo. Voltaire había de tomar este escándalo y hacerlo mil veces mayor.
3º. Usaron sin moderación de su influencia política. El asunto de los protestantes y los jansenistas fue zanjado por Luis XIV en forma cruda, que hoy día (Belloc) se juzga innecesaria e improducente.
La violencia en materia de religión da triunfos pasajeros; por lo menos a la verdadera. Los herejes fueron aplastados sin dulzura; pero no se pudo eliminar a los libertinos. De muchísimos jansenistas y protestantes se hizo ocultos librepensadores en Francia; y enemigos rabiosos de la Monarquía refugiados en Holanda e Inglaterra. No hay enemigo pequeño.
4º. El laxismo de algunos jesuitas en teoría moral fue un hecho; testigo las proposiciones laxas condenadas más tarde por Benedicto XIV. El libro de Pascal golpeó en falso (“tout ce livre-là porte a faux”), como juzgó el mismo Voltaire, pues Pascal no era teólogo de profesión; pero no del todo en falso: había un punto de apoyo verdadero. Su libro es una obra maestra de las letras francesas, que infligió al costado de la Orden de Loyola una herida terrible. “Puso a los que ríen de su parte”: los que ríen son siempre muchos, sobre todo en Francia, país de la “plaisanterie”.
5º. Los jesuitas no estuvieron intelectualmente a la altura de sus peligrosos adversarios. Eso solo no quiere decir nada; Dios da los talentos como quiere. No se puede hacer un crimen a una Orden de no tener un Pascal o un Voltaire: tuvieron almenos un Bourdaloue[4]. Pero… lo malo es que algunos escritores o apologistas quisieron suplir su mediocridad literaria o científica con golpes bajos: echaron mano del vilipendio, la afrenta personal o el fanatismo, como suplemento de fuerza y eficacia. Hombres oscuros que no conociéramos hoy anoser por las obras de Pascal o Voltaire (Nonotte, Chaillet), insultaron y ofendieron en mala hora. Nunca lo hubieran hecho; no sabían dónde se metían: Voltaire, su antiguo defensor, devolvió el insulto a la Orden entera al mil por uno; la cubrió de dicterios y obscenidades con innegable habilidad polémica, y su verba filosa y endiablada: los cubrió completamente de barro. El caso de la polémica Franceschi-De La Torre[5].
La posición justa frente a los adversarios (que lo eran al mismo tiempo de la tradición) la dio un Superior sensato, que, si hubiese sido seguido, otro gallo nos cantara. El P. Latour (si no me equivoco) al aparecer las primeras Provinciales, las juzgó así ecuánimemente: “Es una obra maestra; lástima que sea tan inexacta”.
Hubo que haberse mantenido en este juicio modesto y objetivo, e insistir con él con pruebas declaratorias, y hacerlo valer con mansedumbre religiosa: respetar las dotes geniales del matemático y filósofo de Port Royal, y rectificar pacientemente sus demandas y errores, incluso quitando enérgicamente defectos propios; cuando los acuses no eran errores del todo. En suma, del enemigo el consejo. No pasó así por desgracia: se desataron los mediocres engreídos y los “Superiores briosos y sin letras” (como dice Mariana) y envenenaron la contienda con torpeza. Irritaron inútilmente al ciervo. Desde la 3ª a la 17ª carta, Pascal “affolé” (cosa que le pasa fácilmente al francés): se lanza de cabeza gacha contra un nuevo adversario y deriva la polémica teológica de suyo útil a polémica casi personal, llena de saña y enojo; que no le quitan empero su sindéresis clarividente y sus magníficas dotes literarias: su sorna, su patetismo, su elocuencia concisa y contundente de “honnête-home” genial.
Fue una desgracia, pero fue así… La insensatez es un lujo caro.
Como escribimos sin bastantes libros, puede que trabuquemos algún pormenor; pero el tronco del asunto parece éste.
Mas no es lo mismo saber que demostrar. Para demostrarlo, habría que escribir un volumen, tomando cada una de estas afirmaciones someras, matizándolas y justificándolas adecuadamente. Es un volumen que no comenzaremos: se lo regalamos si acaso a X o Z, que tienen comodidad y abundancia de medios a ver si acaban algo útil a la nación, a la religión o a la ciencia. Nosotros no somos historiadores de microscopio, ni siquiera historiadores a secas. Pero el nudo de esta cuestión no es impervio a la meditación de un crítico.
Si les fuere posible, claro está; porque eso de meterse a dar trabajo al prójimo, es fácil.
Yo, a mi todo esto no me toca sino por el lado y en la medida del Tema Nono (Ciclo Básico, Universidad de Tucumán, Segundo Año).
[1] Revista Humanidades, Salta, alrededor de 1950.
[2] En aquel tiempo.
[3] Promulgado por Clemente XIV el 21-VII-1773, decretó la supresión de la Compañía de Jesús.
[4] Predicador de gran fama.
[5] “Dos años antes de su suicidio [Lisandro de la Torre] empezó a producir a todo vapor argumentos contra la religión; y Monseñor Franceschi salió a disputar con él con otros argumentos y se equivocó; porque un necio puede preguntar en una hora más de lo que un sabio puede responder en un año. Franceschi publicaba un artículo por semana en su revista Criterio y De la Torre un artículo por día en el diario Crítica, y lo ahogó bajo montones de paja. Pero Carlitos Steffens Solen vio lo que había que hacer: escribió un solo artículo en La Fronda y lo clavó a De la Torre contra la pared. Franceschi andaba con su rifle tirándole a los globos que el otro lanzaba al aire; y lanzaba diez cada día. Pero Carlitos Steffens Soler tomó una escopeta, le apuntó a la barriga, tiró un solo tiro, y lo dejó seco. Probó sin meterse en intríngulis que De la Torre era un perfecto ignorante de la materia en que se había metido” (Castellani, Domingueras Prédicas, Domingo de Quincuagésima, Jauja, Mendoza, 1997, p 67).
