Mantenerse a Flote

Mantenerse a Flote[1]

La pregunta de “¿por qué andamos así?”, es general ahora, cualquiera sea la forma en que se formule. Por ejemplo, en el tren el otro día escuchaba hablar a uno de éstos que los porteños llaman “gatos”: “¿Por qué diablos no se dejan de fastidiar estos militares, y nos dejan vivir en paz?” (Cambio las palabras más pimientosas). La verdad verdadera es que para muchos de estos, “vivir en paz” significa una vida sórdida en persecución de placeres perrunos y del omnipotente “peso” –o dólar, en los más copetudos… No serían pues los militares, sino Dios mismo si acaso quien “no los deja vivir en paz” – se puede píamente pensar.

¿Por qué a la Argentina le tiene que pasar siempre esto? –me preguntaba una anciana de Callao al Norte. “Esto” quería decir: que del extranjero nos expolien de nuestros recursos, riquezas y “numerario” incluso continuamente desde hace mucho tiempo. La respuesta es sencilla, y ella misma se la dio enseguida: “Malos gobiernos”. Mas, ¿por qué a la Argentina le han de tocar tantos malos gobiernos? La respuesta chistosa es que, al formarse esta nación, Martín Fierro se presentó al trono de Dios Padre a rogarle que aquí hubiese siempre malos gobiernos, a fin de poder ser siempre opositor; y ésta es la respuesta que le di.

La respuesta trágica dice que no es cuestión que aquí los hombres de gobierno sean particularmente malos más que en otras partes, sino ¡el sistema! El sistema ha sido durante un siglo el Liberalismo singularmente simplificado y brutalizado al ser importado y luego impuesto prácticamente por la violencia. Nuestro Liberalismo ha sido mucho más torpe y dañino que el Liberalismo inglés, por ejemplos; sin decir con esto que el inglés sea inmaculado. El Liberalismo europeo (francés) introducido gruesamente y a carga cerrada en los países hispánicos (sin excluir la misma España) tuvo el efecto de una damajuana de caña en una jaula de monos, dijo Don Ramón Doll.

El “subdesarrollo” argentino, y sus dos raíces, la inestabilidad política y la falsificación cultural, tiene pues una causa política muy ostensible, siendo como es un efecto político; no hay para qué irse por los cerros de Úbeda a buscar causas transcendentales, siniestros y fatales como hacen algunos simplones: “la raza española inferior a la anglosajona, o a todas las otras razas” (Alberdi) o “la religión católica nos ha arruinado” (Agustín Álvarez, copiando a Guyau). Algo tiene que ver la raza y la religión, por supuesto; yo diría incluso que la religión nos ha atrasado, el Catolicismo; pero no ha sido el Catolicismo Romano, sino el Catolicismo Liberal; que es una religión falsa o herejía.

La causa política de nuestros males políticos ha sido el sacrosanto “sistema”; el cual procede justamente de una religión falsa o falseada. No es necesario extenderse acerca de eso, hay bastantes libros escritos, algunos del todo conclusivos. Lo serio es que ahora debemos librarnos del sistema, sustituyéndolo por algo mejor; y eso es muy difícil. El sistema patalea actualmente; pero no acaba de cantar para el carnero ni de ningún modo quiere hacerlo; se aferra como garrapata moribunda al animal que ha parasitado todo tiempo, cubriéndolo casi hasta los ojos. Vanamente nos consolamos con la frasecita: “El Liberalismo está en agonía”: una agonía puede durar muchísimo y recordemos esos enfermos caquéxicos que no acaban de morirse, cuya semivida se prolonga indefinidamente, y que en realidad no están ni vivos ni muertos. Esto puede darse aquí; y es lo peorcito que podría tocarnos. El Liberalismo tiene que irse y dejar una cosa mejor o una peor: eso es un axioma. Pero si tarda demasiado en irse… te la regalo.

No podemos reestructurar la nación de golpe ni podemos esperar lo más alto; debemos, sí, aspirar a lo más alto; pero sabiendo medirnos por lo posible y asequible ahora. “Mantener a la Argentina a flote”, he aquí lo que me susurra mi ánimo de pobre viejo cansado, pero no rendido. Es decir, no vamos a arreglar el mundo nosotros, rincón remoto del mundo católico latino; ni siquiera a Sudamérica, ni al Uruguay si me apuran, que está menos desarreglado que nosotros. Dependemos de los ingentes movimientos del mundo: “Apocalíptidos”, como dice Kotslosky. Siempre hemos dependido, incluso con exceso, de afuera; ahora es imposible sustraerse a lo que Barberá llama pedantemente “las oleadas ecuménicas”. Un gran movimiento hacia la unidad puede darse en Europa, y aun me parece percibir señales –punta de lanza, España– y hemos de mantenernos a flote para poder atraparlo a tiempo. Si estamos sumergidos, no nos va a sacar por fuerza a remolque. “A flote” significa por conservación de la soberanía, económica o no económica.

Leyendo los mensajes de los Presidentes de la “prosperidad”, ($), como Roca, Quintana, Figueroa Alcorta, uno se queda pasmado de la exclusividad económica de sus contenidos; o sea, brutalmente hablando, de la misma “angurria de plata” del gato que menté arriba; y ahora Dios nos ha castigado “por do más pecado habíamos”, entregándonos al diablo del dinero: el “capital financiero” (o sea, el usurero internacional, ayudado por los perdueles nacionales) se lleva el dinero y fomenta el desorden interno; y estamos en la ignominia, castigo de nuestra pueril vanidad; es decir, avergonzados de nosotros mismos y risibles a los ojos del universo.

Esos “hinchados” mensajes presidenciales que dije: todo son declamaciones de lo que prospera la nación, de los ferrocarriles, cosechas, importaciones, inmigración, préstamos ofertados u obtenidos… –y nada más: una “gran nación”.

En realidad de verdad, el país crecía entonces casi automáticamente, y ellos poco más trabajo tenían que las inauguraciones y piedras fundamentales –y eliminar a los indios del Sur, la gran hazaña de Roca, en vez de “convertirlos al Cristianismo”, que dijo la Constitución y desearon Mansilla y Rosas; y, sobre todo, la “política”. ¡Ah, sí, la política! Después de haber dejado el trabajo intelectual y el esfuerzo de gobernar en manos del inglés, que no lo hacía gratis, por cierto. Pero la misma “política”, la magra política de subir al mentido trono y allí mantenerse, tenía que caer oculta y gradualmente en manos del que detentaba el poder económico; hasta que la Cámara (inglesa) de Comercio nombrara al Presidente Ortiz.

Así cayó el país del Plata en el proceso de falsificación de valores, cuya culminación actual es objeto de mi asombrada contemplación. Todo falsificado: la “clase dirigente”, los mecanismos democráticos, la cultura, los honores, los méritos y capacidades… hasta el “folklore”, desplazado por en innoble tango; aunque éste ahora está siendo derrotado, me parece; y todo lo demás, denunciado. Si no falsifican las manzanas y la yerbamate es porque no se puede. Pero resulta que a fuerza de falsificaciones, han falsificado hasta el falsificar: ese barnicito de arriba, que ahora ya no sirve, y se cae. Como la mosca del cuento, que estaba tan amargada de que todo estuviera falsificado, el azúcar, la leche, el dulce membrillo, que se quiso suicidar, y se tiró a un papel matamoscas. Pero no murió porque el papel también estaba falsificado.

De esa falsificación general es de donde hemos de salir a flote. Y me parece estamos saliendo, Dios lo haga.

“La Argentina es un manicomio de lujo. Como uno de esos sanatorios de mentales para gente rica, un sanatorio que no sana”.

“Es una casa de luces que tiene la particularidad de ser más loca que todos los locos que contiene; quiero decir, que aquí los más locos son los doctores, los enfermeros, los guardianes y los sirvientes”.

¿Quién escribió esto? Estanislao Zeballos si no me equivoco, hace unos cincuenta años en Revista de Historia y Letras.

Sea quien fuera, el caso es que los no-locos y menos-locos que son los más, han reaccionado ahora contra los psiquiatras chiflados. O están reaccionando.

 

[1] Segunda República, nº 39, enero de 1963.