¿MARIOLATRÍA O MARIOMIOPÍA?

¿MARIOLATRÍA O MARIOMIOPÍA?[1]

I.  Las Exageraciones Piadosas[2]

En 1865 un amigo de Newman, Edward B. Pusey, publicó An Eirenicon[3], en el que criticaba la Mariología católica, sobre todo la de autores medievales y postridentinos, citados con aplauso por San Alfonso María de Ligorio en Las Glorias de María: la Santísima Virgen es la mediadora de todas las gracias, cuya intercesión resulta en cierto sentido necesaria para la salvación, su misericordia es contrapuesta a la justicia de Cristo, […] tiene autoridad sobre el Señor, lo engendra en las almas, etc.

En Carta a Pusey, 1866 Newman defiende el lenguaje que esta devoción ha utilizado de cuando en cuando: “La religión opera sobre los afectos; una vez que éstos se han despertado, ¿quién puede impedir que se tornen más fuertes y conduzcan a excesos?… De todas las pasiones, el amor es la más difícil de frenar; es más, yo no estimaría gran cosa un amor que jamás fuera extravagante… así acontece también con los sentimientos de devoción. Ideas y palabras ardientes sin duda dan asidero a la crítica; pero, por otra parte, también están por encima de ella. Lo que visto en abstracto pueda parecer exagerado, cabe que en hombres particulares sea conveniente y bello, y sólo merezca reprensión al ser imitado por otros. […]

“Hay una devoción saludable a María Santísima, y hay otra artificial; es posible amarla como Madre, honrarla como Virgen, acudir a ella como Protectora, y exaltarla como Reina, sin menoscabo alguno de la piedad sólida y el buen sentido cristiano”.

Newman reprobó severamente las “exageraciones que no se compaginaban con la Teología”:

“Yo me digo: ¿cómo podemos demostrar aun por la Escritura la divinidad del Señor, si los principales textos que le reconocen privilegios divinos no le dan más que lo que Él comparte con su madre?”

“Rechazo sin vacilar, como cosas en que mi corazón y mi razón no pueden tener parte alguna… frases y proposiciones como éstas: la misericordia de María es infinita. […] es más seguro buscarla a ella que a su Hijo […] el Señor está sometido a ella…  Dios ha puesto su omnipotencia en manos de ella. […] si el Espíritu Santo halla a María en un alma, corre hacia ella. Tales ideas, dice Newman, las abandono gustosamente a su crítica, yo las he conocido sólo por su libro… Se me presentan como una pesadilla. Jamás me hubiera imaginado que pudiera decirse nada semejante”.

¿Quién tiene razón?

   II. El Sentido Simbólico

Antes de responder es necesario precisar el método de interpretación que emplearemos, para lo cual es oportuno recordar que

Castellani: La mayor parte de la poesía de la Biblia es simbólica, como lo son todas esencialmente las lenguas primitivas[4].

Esto se debe a que

Maritain: “Todo el régimen mental del hombre primitivo está bajo el primado de la imaginación. La inteligencia en él está enteramente unida y subordinada a la imaginación y a su universo salvaje. […] Es un estado humano, pero de la infancia de la humanidad; un estado fecundo y por el cual era necesario pasar”[5].

Castellani: “Era otro modo de hablar, propio del primitivo, que habla por símbolos y no por abstracciones; y su relación con el estilo científico no es la del idiota a lo sabio sino la de lo general y primitivo a lo especializado. Véase sobre esto Maritain, «Signe et Symbole». Es el estado nocturno o lunar del intelecto, menos brillante pero más fecundo a veces que el estado solar; e igualmente necesario”[6].

Castellani observa que esta doctrina contradice la exégesis judía [y la de los primeros protestantes] “que quiere interpretar en sentido material el Antiguo Testamento. En general, demostrado que una expresión es metafórica, es contra las reglas de la sana crítica el interpretarla literalmente, sea en las Escrituras Santas, sea en un libro cualquiera”[7].

Mas lo dicho no resuelve todas las dificultades, porque, en el Nuevo Testamento ‒compuesto en un estadio cultural más avanzado‒ también encontramos el lenguaje simbólico: no sólo las parábolas, sino también los hechos de Cristo encierran una lección: las dos Pescas Milagrosas, por ejemplo, representan la actividad misionera de la Iglesia.

San Juan de la Cruz: “En las Escrituras Divinas, no pudiendo el Espíritu Santo dar a entender la abundancia de su sentido por términos vulgares y usados, habla misterios en extrañas figuras y semejanzas” [8].

Castellani: En la revelación, el Creador se acomoda a nuestro espíritu, que “conoce lo invisible en lo visible, lo universal y necesario en lo concreto, lo eterno en lo mudable y contingente”[9].

 

III. El Plan Redentor

 

San Pablo muestra el paralelismo entre la Caída y la Reparación cuando señala que “como por un hombre vino la muerte, así por un hombre, la resurrección de los muertos” (I Cor.15, 21).

Crisóstomo: “Cristo venció al Diablo con las mismas armas con que éste había vencido [en el Paraíso]” [10].

Fortunato: “El destino de nuestra salvación exigía este camino: burlar la astucia del traidor multiforme con la misma astucia, y por ello alcanzar el remedio donde el enemigo había causado la herida” [11].

En consecuencia, el designio redentor establece figuras enfrentadas: Cristo y Adán, Eva y María, que se relacionan entre sí como opuestas por el diámetro, polos unidos por un mismo eje; y, así como el Salvador es el Nuevo Adán, la Santísima Virgen es la Nueva Eva[12].

 

IV.  “No Es Bueno Que el Hombre Esté Solo”

Si “la crux especial del sistema romano” es el “gigantesco sistema referente a la Santa Virgen”[13], lo más problemático de la Mariología, escándalo para los protestantes y aun no pocos católicos, es el papel que Nuestra Señora juega en la Salvación. Para entenderlo, profundicemos en lo dicho sobre el plan redentor comenzando por Cristo.

San Pablo afirma que Jesús, “siendo de condición divina, […] se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Filip. 2, 6-8), en la que fue “pecado” (II Cor. 5, 21) y “maldición” (Gál. 3, 13).

El Señor se hizo “pecado”, mas no “pecador”, porque

San Pedro: “Cargado con nuestros pecados, subió al leño” (I Pe. 2, 21).

Como la obra de Cristo es absolutamente suficiente ‒“no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Act. 4, 12); “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres” (I Tim.2, 5) ‒, muchos piensan (lo acabamos de ver) que aceptar la mediación de la Santísima Virgen equivale a una idolatría.

Tal escándalo se disipa si advertimos que Nuestra Señora tiene una función universal en la constitución y desarrollo de la Iglesia[14]. La salvación, en efecto, debe ser aceptada en la fe y la entrega, y María responde al llamamiento divino con fe total (Lc. 1, 45).

Santo Tomás enseña que la fe de la Santísima Virgen es universal porque ella es quien acepta la plena revelación de Dios por sí misma y por todos: “ocupando el lugar de toda la naturaleza humana” [15].

Abad Godofredo: “María es el fundamento de nuestra fe” [16].

Castellani: Ella no es simple observadora, asistente, sino agonista[17].

Sin su consentimiento no tendríamos a Cristo, Dios hecho hombre, y no sólo interviene en la Encarnación, sino que está presente en el misterio de Jesús, y por lo tanto participa de modo decisivo y único, en la trama de la Redención.

Una doctrina de la Escritura nos ayuda a entender esto: “Fíjate, pues, en todas las obras del Altísimo, dos a dos, una frente a otra” (Sir. 33, 14-15; cfr. 42, 24).

Castellani: “Nada nace en este mundo sino del encuentro de dos principios en cierto modo opuesto, decía el viejo Heráclito: dos varones no tienen hijos” [18].

Castellani: Dios creó todas las cosas “«rimadas»: varón y mujer, cielo y tierra, natura y gracia” [19].

La complementación entre Cristo y la Virgen supera infinitamente las que se dan en el orden de las cosas creadas, porque, sin suprimir la distancia entre el estatuto divino del Salvador y el de criatura de la Virgen, cada uno de ellos se da totalmente al otro:

Grignion de Montfort: “Jesús está todo en María y María toda en Jesús; o, más bien, ya no es Ella sino sólo Jesús todo en Ella; y se separaría antes la luz del sol, que a María de Jesús. […] Gloria a Jesús en María, gloria a María en Jesús, gloria a Dios solo” [20].

Esta compenetración del Redentor y su Madre refleja en el orden creado la compenetración entre las Personas Divinas: “Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí” [Jn. 14, 10]. Como lo afirma el Prólogo del Evangelio de San Juan, la Sabiduría Personal de Dios, que eternamente procede del seno del Padre, tiene una nueva generación, temporal, en el seno de Nuestra Señora tan pronto como ella manifiesta su consentimiento al Arcángel Gabriel (Jn. 1, 14). De modo que, cuando la Virgen consiente a la Encarnación, en un contrapunto del cielo y la tierra, el Verbo queda abarcado por dos senos: el de Dios (kólposJn. 1, 18) y el de la Virgen (koilíaLc. 1, 42). Observemos que, así como la Sabiduría es Hija del Padre:

“Yo salí de la boca del Altísimo” (Sir. 24, 5);

[la Sabiduría] “es […] una pura emanación, de la gloria de Dios omnipotente” (Sab. 7, 25);

y también su Esposa:

“Cuando [Yahvé] puso los cimientos de la tierra,

estaba yo con Él, como arquitecto,

y era yo todos los días su delicia” (Prov. 8, 29-30).

“Realza su nobleza la estrecha unión que tiene con Dios;

y además la ama el Señor de todas las cosas” (Sab.8, 3);

de modo análogo Jesús es Hijo y Esposo de Nuestra Señora, a quien en Caná y en el Calvario llama “Mujer”.

El seno físico de María retiene al Hijo durante nueve meses, pero la que engendra con el corazón antes que con el cuerpo lo envuelve con su fe, así como Él la inunda y rodea con su gracia (recordemos el icono de Guadalupe, códice teológico no sólo para los indios, sino también para nosotros).

De este modo en María se cumple el vaticinio del profeta Jeremías:

“Yahvé ha hecho una cosa nueva sobre la tierra:

la mujer rodeará al varón” (31, 22).

V. El Lugar Cerrado

Veamos cómo el simbolismo del Evangelio expresa la compenetración del Señor y su Madre.

Cristo nace en una cueva, y su cadáver es depositado en otra, el Santo Sepulcro, cavado en la roca y sellado (Mt. 27, 66); mas no son éstos los únicos acontecimientos relevantes de la obra redentora que suceden en claustros: Jesús lava los pies de sus discípulos e instituye la Eucaristía y el Sacerdocio de la  Nueva Alianza en el Cenáculo cerrado; y por ello, cuando sale Judas, San Juan nota el contraste entre el interior iluminado y las tinieblas exteriores (Jn. 13, 30); el Redentor se manifiesta dos veces a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, cuyas puertas y ventanas están atrancadas (Jn.20, 19.26); el día de Pentecostés el Espíritu Santo invade el interior de la casa donde están reunidos los Discípulos con la Madre del Señor (He. 2, 2).

El sentido de estos claustros se descubre a partir de uno de ellos, el Santo Sepulcro, que en los tres sinópticos es sugestivamente mostrado como objeto de contemplación, no sólo el Viernes Santo:

“Las mujeres venidas con Él de Galilea, acompañaron [a José de Arimatea] y observaron el sepulcro y la manera cómo fue sepultado Su cuerpo” (Lc. 23, 55; cfr. Mt. 27, 61; Mc. 15, 47),

sino también el domingo de resurrección:

“Después del sábado, cuando comenzaba ya el primer día de la semana, María la Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. Y he ahí que hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor bajó del cielo, y llegándose rodó la piedra, y se sentó encima de ella. […] Habló el ángel y dijo a las mujeres: «No temáis, porque sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí; porque resucitó, como lo había dicho. Venid y ved el lugar donde estaba»” (Mt. 28, 1-2.5-6).

.

Ahora bien, los Padres descubren en el Sepulcro un signo plástico de la Madre de Dios:

San Máximo de Turín: Aquella tumba es virgen –hasta entonces ningún cuerpo ha sido depositada en ella (Jn. 19,  41)[21]–, oculta una presencia que se manifestará como una Vida Nueva e Infinita y ella está puesta bajo la custodia de un José, el de Arimatea (Mt.27, 59-60)[22].

San Jerónimo reflexiona sobre las expresiones del Cantar: “Jardín [Huerto] cerrado, […] fuente sellada” (Ct. 4, 12): “Lo que es cerrado y sellado tiene similitud con la Madre del Señor, madre y virgen. Y por ello, ni antes ni después alguien fue puesto en el sepulcro nuevo del Salvador” [23].

Jesús y la Santísima Virgen se compenetran y Él despliega su obra salvífica en la fe de Nuestra Señora:

Autor Incierto de la Patrología Griega: La Santísima Virgen es el “taller de la economía divina” [24].

San Juan Damasceno la llama“taller de estos inmensos bienes que superan todo entendimiento y comprensión”[25].

En el lenguaje simbólico de la Biblia esto se manifiesta en el Arca de la Alianza, prefiguración de la Santísima Virgen, a quien la Iglesia llama “foederis Arca”: ese cofre sagrado contenía “el maná, y la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas de la Alianza” (Hebr. 9, 4). Las tablas anticipan la Encarnación, en la cual la Palabra de Dios se imprime en la materia; la vara de Aarón reflorecida es figura de la Cruz, leño seco que se convirtió en Árbol de Vida; y el maná, pan del cielo, vaticina la Eucaristía. En realidad, el vaso de oro con el maná y la vara de Aarón estaban junto al Arca, y con esto mostraban que los restantes misterios del Señor se ordenaban a la Encarnación, pues la plenitud de los tiempos es el momento en que la Virgen pronuncia el “Fiat”.

San Luis María enseña que “en este misterio Él ha obrado todos los misterios de su vida por la aceptación que de ellos hizo al ofrecerse como víctima expiatoria cuando entra en el mundo”[26].

  1. J. Nicolas, O. P.: Cuando el Redentor se encarna y se ofrece al Padre como víctima, “ese sacrificio aceptado y ofrecido por Jesús en el primer instante de su existencia en la carne debía desglosarse en el tiempo y a través de diversos actos hasta su consumación” [27].

Hemos dicho que Jesús y Adán, Eva y María se relacionan entre sí como polos unidos por un mismo eje; pues bien, para eliminar la culpa Dios hace que los inocentes se identifiquen con los transgresores en un intercambio de roles por el cual un polo ‒el superior‒ se iguala con el otro para que éste sea elevado a la dignidad del primero: ya que Adán y Eva se encaraman (“seréis como dioses”), Jesús y María se abajan en una sustitución redentora.

¿En qué consiste esta igualación? La Santísima Virgen encierra en su corazón a los desterrados hijos de Eva, la humanidad des-graciada y la pone ante su Hijo para que cancele nuestras culpas en la Cruz. Éste es el sentido de las palabras que dirige al Señor en Canás: “No tienen vino”. Según

Fulton Sheen: estas palabras expresan la intención de entregar a Jesús como Salvador a los pecadores[28] para que Él lave nuestras culpas con su sangre. Este mismo autor descubre en la respuesta de Jesús a su Madre un sentido coincidente con el de la oración del Señor en el Huerto de los Olivos: en ambas ocasiones la naturaleza humana del Redentor se estremece ante su Pasión, que sin embargo acepta por obediencia al Padre y a Nuestra Señora.

Como bien dice

Armando Bandera, O. P.: “En el sacrificio de Cristo alcanza su plenitud salvífica el con­sentimiento de María dado inicialmente en la Encarnación. Cristo mismo lo asume y lo fusiona en su propio sacrificio del que es ya inseparable y con el que constituye un único principio de salvación para los hombres de todos los tiempos” [29].

Para entender la misión que la Providencia asigna a la Madre de Dios para librarnos de la muerte y concedernos la filiación divina conviene atender al breve comentario de San Lucas a dos misterios que representan anticipadamente el sacrificio del Calvario: el Nacimiento ‒del que hablaremos más adelante‒ y la Pérdida y Hallazgo del Niño: “María meditaba estas cosas en su corazón” (2, 19.51).

Arquetipo de los creyentes, ella se encuentra inmersa en la Noche de la fee, pero sabe, como lo muestra en Caná, que Dios está por encima de nuestra comprensión y avanza confiada en lo que no se ve (Hebr. 11, 1).

Cuando llega la “hora” de Jesús, la Santísima Virgen comprende el designio del Padre y la función que le ha tocado en nuestro rescate, rol prefigurado por la Madre de los Jóvenes Macabeos:

“Hijo mío, ten piedad de mí, que te llevé nueve meses en mis entrañas, que te alimenté por espacio de tres años con la leche de mis pechos, y te he criado y conducido hasta la edad en que te hallas.

Te ruego, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y a todas las cosas que en ellos se contienen; y que entiendas bien que Dios las ha creado todas de la nada, como igualmente al linaje humano.

“De este modo no temerás a este verdugo; antes bien, haciéndote digno de participar de la suerte de tus hermanos, abrazarás la muerte, para que así en el tiempo de la misericordia te recobre yo, junto con tus hermanos” (II Mac. 7, 27-29).

Monseñor Straubinger resume la exhortación de la Madre con estas palabras: “Ten piedad de mí… ¡y déjate martirizar! […] Ejemplo de un acto de fe perfecta según el Antiguo Testamento, que comporta la adoración del Creador y la esperanza en el Mesías”.

Consintiendo a la entrega del Redentor, ella recupera los otros seis hijos. En la Escritura seis es el número del hombre con prescindencia de su aceptación o rechazo de la gracia: Isabel se encuentra en su sexto mes cuando tiene lugar la Anunciación, las seis hidrias de Caná, los seis “maridos” de la Samaritana. Por otra parte, la cifra del Anticristo es 666.

Al pie de la Cruz Nuestra Señora hace propia, con el corazón traspasado por la espada de dolor, la voluntad del Padre: que su Hijo muera por nosotros; así que no se equivocaron quienes dijeron que Jesús está sometido a ella, pues acepta la Cruz no sólo por obediencia al Padre (Filip. 2, 8; Hebr. 5, 8), sino también por obediencia a María. Y como fruto de esa obediencia María recibe con vida a los que antes llevaba muertos en su corazón, representados por San Juan Evangelista (Jn. 19, 26-27).

Esto nos descubre el sentido simbólico de la primera resurrección obrada por Jesús en favor del hijo único de la viuda de Naím: “Y se lo devolvió a su madre” (Lc. 7, 15); prefigurada a su vez por sendos milagros de Elías y Eliseo:

“El hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?» Elías respondió: «Dame tu hijo». Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho; después clamó a Yahvé diciendo: «Yahvé, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?» Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahvé y dijo: «Yahvé, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él». Yahvé escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive». La mujer dijo a Elías: «Ahora sí que he conocido bien que eres un hombre de Dios, y que es verdad en tu boca la palabra de Yahvé»” (I [III] Re. 17, 17-24).

Las palabras de la viuda cuando encara al Profeta coinciden con las del Señor a su Madre en Caná, y además es notable que Elías le responda: “Dame tu hijo” y lo tome del regazo de la mujer. El Profeta implora a Yahvé que escuche el deseo de la mujer que le ha dado casa: por la Encarnación la Virgen es constituida morada del Altísimo.

Con respecto a Eliseo, encuentra a la mujer sunamita “en medio de su pueblo”; ella no tiene hijo y su marido es ya anciano. Al igual que Sara e Isabel, la sunamita recibe un hijo del milagro, mas un día el niño muere:

“Llegó Eliseo a la casa; el niño muerto estaba acostado en su lecho. Entró y cerró la puerta tras de ambos, y oró a Yahvé. Subió luego y se acostó sobre el niño, y puso su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos, sus manos sobre las manos, se recostó sobre él y la carne del niño entró en calor. Se puso a caminar por la casa de un lado para otro, volvió a subir y a recostarse sobre él hasta siete veces y el niño estornudó y abrió sus ojos. Llamó a Guejazí y le dijo: «Llama a la sunamita». La llamó y ella llegó donde él. Dijo él: «Toma tu hijo». Entró ella y, cayendo a sus pies, se postró en tierra y salió llevándose a su hijo” (II Re. 4, 32-37).

Ambos milagros suceden en un cenáculo (lugar cerrado). Además, es significativo que los taumaturgos toquen los cuerpos que han de revivir.

Monseñor Straubinger da la siguiente explicación del gesto: “Fue necesario que el Hijo de Dios se encarnase, reduciéndose a nuestra naturaleza humana como Eliseo se encogió sobre el cuerpo del niño”[30].

También Jesús toca el féretro en Naím (Lc. 7, 14) y San Pablo se echa sobre el cadáver de Eutico y lo abraza para resucitarlo (Act. 20, 10).

En la fe de María el Salvador toca al hombre caído; en consecuencia, podemos decir que, de modo análogo a su Hijo, ella fue hecha pecado, mas no pecadora.

 

          VI. La Visitación

Esto permite entender por qué el Evangelio, después de la Encarnación, relata que la Santísima Virgen se traslada a Ain Karem para ayudar a Isabel.

  1. García Vieyra O. P.: “El objeto de su visita fue, según los Padres y la Tradición de la Iglesia, la santificación del futuro Precursor. Es la primera vez que el Verbo Encarnado expulsa el pecado con su presencia; es cronológicamente la primera vez también, que la Madre de Dios ejerce su función corredentora y de madre espiritual de los hombres” [31].

Orígenes: La Santísima Virgen se dirige al encuentro de Santa Isabel “llevando el rescate de la maldición heredada por los hijos de Eva” [32].

Severiano: Más aún: ella misma “es portadora de la persona de Eva” [33].

Cuando la Santísima Virgen encuentra a Isabel, tenemos a dos mujeres que han sido favorecidas con una maternidad milagrosa; mas el paralelismo entre ambas es antitético: Isabel es vieja, antes de la concepción ha sido estéril, y su hijo está manchado por el pecado.

El arte cristiano apoya nuestra interpretación: el Beato Angélico y muchos otros representan el encuentro como una fusión de Nuestra Señora con la madre del Bautista. La Virgen es el medio donde Juan es tomado por el Señor, para que su gracia llegue al Bautista, quien salta de gozo, colmado de la alegría mesiánica.

Concluimos que este misterio manifiesta a la Santísima Virgen como el lugar espiritual del admirable intercambio por el que Jesús toma el pecado de Juan para extinguirlo y Juan recibe la gracia del Salvador. Pero esa primera victoria del Señor sobre el pecado es el modelo de toda la obra redentora: el Corazón de Nuestra Señora es el ámbito en que damos a Jesús nuestras miserias para recibir de Él la vida.

De este modo, la caída del Paraíso, donde Eva incita a pecar, anuncia la retorsión, el contragolpe redentor por el que María asume a Eva, y así la Sabiduría de Dios “alcanza el remedio donde el enemigo había causado la herida”.

VII. Belén

Pasemos al anuncio del Ángel a los pastores:

“Esto os servirá de señal: hallaréis un niño envuelto en pañales, y acostado en un pesebre” (Lc. 2, 12).

  1. S.:“¿Por qué un pastor debería abandonar el rebaño que está cuidando, al frío, sino porque ya ha entendido que el infante es verdaderamente especial? Podía haber otros niños, envolverlos con pañales es común, pero acostarlo en un pesebre… ¿Acaso eran un poco excéntricos los padres? ¿O el signo propuesto a los pastores era más expresivo de lo que podríamos pensar? […]

“En la Biblia Belén es conocida también como Efrata. […] Se trata de un área que estaba particularmente dedicada a la ganadería ovina y en el territorio habían sido erigidas torres especiales de vigilancia utilizadas por los pastores que cuidaban los rebaños. Particularmente interesante [es] Migdal Eder, la torre del rebaño, […] mencionada en Miqueas 4.

“Según Mishnah Shekalim 7, 4 el área de Migdal Eder estaba dedicada a rebaños especiales, que proveían los corderos para los sacrificios sagrados en el Templo: incluso [había] pastores dedicados a la oportuna selección de estos corderos, sin defecto y sin mancha.[…]

“[Estos pastores cubrían con un paño a los corderos elegidos] para que no resultaran manchados y los colocaban en pesebres. […] Los pastores de Belén [entienden…] que el infante envuelto en pañales y acostado en un pesebre encierra una formidable referencia sacrificial evidente para ellos”[34].

La cobertura del cordero destinado a la muerte lo preserva inmaculado para que en el momento de su inmolación se revista con las faltas de aquéllos por los que es ofrecido; y María es quien envuelve al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Autor incierto de la Patrología Griega: “La Virgen, la cueva y el pesebre, encerrando el círculo del cielo, contenían al Dios inabarcable”[35].

Autor incierto de la Patrología Griega: “Si consideramos el poder del Señor que ha nacido, pobres, sumamente pobres, son las cosas que nos presenta el relato: los pañales, el pesebre, y el lugar incómodo. Mas, aunque exiguas, ellas nos proponen misterios: el útero inenarrable, el seno incomprensible” [36].

               VIII. El Simbolismo de la Medalla Milagrosa

 

Toda la teología mariana está expresada en la Medalla Milagrosa, que, en 1830, la Santísima Virgen mostró a Santa Catalina Labouré para que la hiciera acuñar y propagara su uso.

En el anverso de la Medalla aparece María sobre el círculo del mundo, del que es Reina, y aplastando con los pies la cabeza de la serpiente. Esto la muestra como la Mujer prometida a nuestros Primeros Padre en el Protoevangelio (Gen. 3, 15), que tendría un papel singular en la victoria sobre el Diablo.

Los rayos luminosos que surgen de las manos de Nuestra Señora significan las gracias y bendiciones que concede a quienes la invocan como Madre.

La jaculatoria “Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos” afirma la Inmaculada Concepción, proclamada como dogma en 1854.

En el reverso, la cruz entrelazada con la M de María; y debajo los Sagrados Corazones: el de Jesús, rodeado de espinas; el de Nuestra Señora, traspasado por la espada de dolor que le había vaticinado el anciano Simeón. Estas figuras indican la unión indisociable de Cristo y su Madre y la participación de ella en la obra de nuestra salud.

Las doce estrellas que rodean los emblemas del reverso significan a la Iglesia, “la plenitud de Cristo recibida en María”[37]. Esto responde a la pregunta de Nicodemo “¿Cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?” (Jn. 3, 4). La respuesta es afirmativa, porque “si el Espíritu Santo halla a María en un alma, corre hacia ella”, y entonces el seno que da una nueva generación al Hijo en la plenitud de los tiempos, continúa engendrando hijos de Dios hasta el fin de los tiempos.

                 IX. LA CLAVE DE LA ESCRITURA

Los protestantes y modernistas opugnan el culto tributado por la Iglesia a la Santísima Virgen arguyendo que el Nuevo Testamento casi no habla de ella. Pero sucede todo lo contrario, porque mucho antes de que el apacible, soñador y humanitario Doctor Hirsch inventara la pólvora silenciosa[38], el Espíritu Santo había inspirado a los hagiógrafos algo infinitamente mejor.

  1. Castellani: “Explosiones de luz sin ruido”[39], que arrancan de la muerte a quienes abren el corazón a la Verdad.

Toda la Biblia alude calladamente a Nuestra Señora con imágenes que se articulan y entrelazan de modo coherente y apuntan, por tanto, a un centro de significación: Jesús en María y María en Jesús.

San Efrén: “En la explicación de María se alcanzan todos los arcanos ocultos en los Libros Proféticos”[40].

Pedro de Blois: Ella es “1) el fin de las figuras, 2) el cumplimiento de la Ley, 3) la declaración de los Profetas, 4) la manifestación de la verdad”[41].

San Andrés de Creta: “Salve, 1) mediadora de la Ley de la gracia, 2) sello del Antiguo y del Nuevo Testamento, 3) diáfana plenitud de toda la profecía, 4) acróstico de la verdad de las Escrituras divinamente inspiradas, 5) libro viviente y purísimo del Verbo de Dios, 6) en el cual sin voz ni letra, su Autor, el mismo Verbo de Dios, es leído cada día”[42].

Ruperto de Deutz: “Para decirlo todo brevemente, en ella y por ella toda la Escritura fue hecha”, y por esta razón es llamada con justicia “Sagrario de las Escrituras”[43].

               X. La Vida en María

Los mariólogos “desequilibrados” no enseñan que la Santísima Virgen sea más grande que Dios: al contrario, declaran que el Señor la elige para anonadarse porque, más que cualquier otra criatura, ella conoce su propia nada, y así se cumple el vaticinio del Salmo: “Un abismo llama a otro abismo” (41 [42], 8). El Todopoderoso es atraído por la pequeñez de Nuestra Señora, mas esta pequeñez no es pasividad e inercia, sino hambre y sed de Dios, confianza absoluta, caridad que ofrece su nada al Omnipotente para que obre en ella grandes cosas. Su fe, al mismo tiempo don del Cielo y meritoria en cuanto no pone impedimento al don de Dios, permite que el Redentor se anonade para obrar nuestra salvación.

Por tanto, yerran quienes piensan que ella hace sombra a Cristo; al contrario, consiente a que el Espíritu Santo la cubra con su sombra (Lc. 1, 35) para que también nosotros vivamos  “a la sombra del Altísimo” (Ps. 90, 1).

La vida cristiana es una vida en María, porque lo que el Paráclito hizo en Nazareth lo continúa realizando a través de la predicación y sacramentos de la Iglesia. En María recibimos “la protección que Dios otorga a los que tienen puesta en Él su esperanza”, y, si perseveramos en la verdadera fe, podremos también nosotros, a pesar de nuestras miserias ‒o justamente por ellas, pues misericordia es poner el corazón en la miseria humana‒, exclamar que el Señor ha hecho y continuará haciendo maravillas por nosotros hasta que veamos la gloria del Hijo en el seno del Padre.

[1]  Este artículo es una versión abreviada y simplificada de “Cuando los Doctores Discrepan”, publicado en esta página el 3-VII-2025, al que, sin embargo, agregamos dos nuevas consideraciones. (24-XI-2025).

[2]  En este capítulo resumimos la exposición de María, Herder, Barcelona, 1967, pp 423-430, de Hilda Graef.

[3]  “Eirenicon” en griego significa “pacífico”. Con este título Pusey declaraba su intento de conciliar las doctrinas divergentes del Anglicanismo y el Catolicismo sobre la Santísima Virgen.

[4]  Nota a S.Th., I, Q I, art 10, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T I, p 28.

[5]  “Signo y Símbolo”, op. cit., pp 78-79.

[6]  Nota 2 a Suma Teológica, I, Q LXVIII, a 3, c, T III, p 235.

[7] Suma Teológica, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T. IV, p 285.

[8]  “Prólogo” al Cántico Espiritual.

[9]  “El Significado de la Bandera”, Castellani por Castellani, Jauja, Mendoza, 1999, p 228.

[10]  De Coemeterio et de Cruce, II, PG 49, 396.

[11]  “Pange Lingua”.

[12]  San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses, III, XXII, 4, SC 34, 378-382; PG 7, 958-960.

[13]  Maria, p 423 (Graef cita la correspondencia entre Pusey y John Keble).

[14]  No tenemos la referencia.

[15]  Suma Teológica, III, Q 30, art. 1, c.

[16]  CLXXIV, 1149.

[17]  Homilía inédita.

[18]  Prefacio a La Crítica de Kant, Ediciones Penca, Buenos Aires, 1946, p 14.

[19]  “Papé Satán, Papé Satán Aleppe”, Notas a Caballo de un País en Crisis, Dictio, Buenos Aires, 1974, p 515.

[20]  Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, nº 247, 265.

[21]  El Evangelio emplea tres términos para enfatizar el carácter virginal del sepulcro.

[22] Homilia LXXXIV, PL 57, 442-443. Enchiridion Marianum (abr. EM), p 552, 842

[23] Adversus Iovinianum, Lib. I, 31, PL 23, 254 (265), EM 536, 801.

[24]  In Annuntiationem Deiparae et contra Arium, PG 62, 766, EM 1857, 2046.

[25]  Homilia I in Dormitionem B. V. Mariae, PG 96, 705, EM 1652, 1946.

[26]  Tratado…, nº 248.

[27]  Theotókos, El Misterio de María, Herder, Barcelona, 1967, p 188.

[28]  Vida de Cristo, Herder, Barcelona, 1968, p 79.

[29]  “La Virgen María y la Eucaristía”, en Mikael 23, p. 29.

[30] Nota a II Re. 4, 31.

[31]  El Rosario y Sus Misterios, Santa Fe, 1977, p 37.

[32]  Fragmentum, PG 13, 1901, EM 98, 149.

[33]  De Mundi Creatione, Oratio VI, 10, PG 56, 498, EM 504, 770.

[34]  “Stella, Mangiatoia, Agnelli: i Segni che Pastori e Magi Interpretarono”, publicado por https://www.marcotosatti.com/2024/01/06.

[35]  Homilia in Laudem S. Mariae Deiparae, PG 43, 500.

[36]  Sermo de Descriptione Deiparae, 1, PG 28, 944-945.

[37]  Petit de Murat.

[38]  Chesterton, “El Duelo del Doctor Hirsch”, La Sabiduría del Padre Brown.

[39]  El Rosal de Nuestra Señora, Segundo Misterio de Gozo, Éfeta, Buenos Aires, 1979, p 15. Versalitas nuestras.

[40]  Hymni de Beata Maria, VI, 7, La II, 540, EM 250, 372.

[41]  Sermones, P.L. 207, 0676 D – 0677 A. En este y el siguiente párrafo, la enumeración de los títulos marianos es nuestra.

[42]  Oratio IV in Nativitatem B. V. Mariae, PG 97, 865, EM 1473, 1842.

[43]  CLXVIII, 899.