Muertos Que Vuelven

Muertos Que Vuelven[1]

Benedicto XV es un Papa bastante desconocido. Reinó durante el tronar de la Primera Guerra, y sólo los oídos muy atentos oyeron sus palabras de paz, que los vencedores desoyeron… y plagiaron. Estoy seguro que a la mayoría de los argentinos les pasa lo que a mí, que lo ignoraba casi enteramente hasta que lo he visto de golpe el Domingo en la Basílica “de las Viñas”, donde los genoveses conmemoraban con gran pompa el 25º retorno de la muerte del Papa genovés. El cual retorna vivo, no está muerto del todo.

Benedicto XV era enjuto, nervioso y tuerto; de una destas familias de armadores y traficantes que tienen la tradición y a veces el genio de la organización. Le tocó organizar durante la Primera Guerra Mundial la más audaz acción diplomática y la más vasta acción benéfica que han visto los siglos; porque históricamente, el Papa Santiago Della Chiesa fue aquél a quien tocó asistir al “estallido de la guerra como institución permanente y universal en el mundo” –como dijo ayer profundamente su sucesor y paisano el Arzobispo Siri. Se negó resueltamente a ser Juez, Juez Parcial a favor del más potente, y se puso con grandeza a ser Padre, que es el mejor modo de ser verdadero Juez. Es el liquidador desolado de la antigua “Cristiandad”, es decir, de la vieja Europa (“religio depopulata”, dice el lema de San Malaquías). Es el Papa que apoyado en Gasparri[2] y en Pacelli[3] hace frente a una nueva era, la nuestra, a la cual ese fenómeno de la continua “guerra y rumores de guerra” define y filosóficamente caracteriza. “Oiréis guerras y rumores de guerra –dice la más solemne profecía– y ésos son los principios del dolor; pero todavía enseguida no será el fin” [Mt. 24, 6].

Pero el gran canonista e internacionalista fue sobre todo el organizador de “la paz”… si le hubiesen hecho caso. Organizó teóricamente la paz cristiana y no fingida en su Nota a las Naciones del 10 de agosto 1917 que las Naciones despreciaron y que Tomás Woodrow Wilson[4] calcó en parte en sus famosos “14 puntos”. El Papa proponía audazmente la creación de un sucedáneo de la antigua Cristiandad, en forma de organización federal pacificante de las naciones europeas; al mismo tiempo que iniciaba gestiones concretas ante Guillermo II[5] (aparentemente vencedor entonces) para conseguir un fin pronto y parejo de aquel “inútil trago”. La paz del Papa estuvo a punto de triunfar, bien vista por Austria, los Aliados y aun el mismo Kaiser; pero fracasó por el Canciller Bethmann-Hollweg, y la ambición de los príncipes alemanes, que se habían tallado ya nuevos reinos para sus hijos segundones sobre el Rin y sobre el Danubio.

Pero mucho más fracasó la “Sociedad de las Naciones” masónica que se construyó “laicizando” y podando el proyecto del Pontífice. En tono de mansa y transcendente autoridad, que no se oía quizá desde los tiempos de Hildebrando[6], el Padre Común de los Fieles proponía audazmente: 1º) el desarme, la disminución simultánea y recíproca de todos los armamentos, con las necesarias cautelas y sanciones; 2º) el arbitraje con autoridad ejecutiva, 3º) la libertad de los mares y de todas las vías de comunicación internacionales; 4º) la condonación reciproca de todos los daños y deudas de guerra; 5º) la restauración inmediata de los territorios ocupados; y 6º) para las tierras “irredentas” el arreglo amistoso de acuerdo a la voluntad de los habitantes.

Sabemos adonde fue a acabar en manos de Clemenceau[7], Briand[8] y Wilson este esquema de cristiana reconciliación y de organización justiciera del mundo. Los vencedores empezaron por excluir al inventor del proyecto (que se apropiaron) lejos de la mesa de Versalles, suprimiendo así al Padre Común, al Juez Imparcial y al Símbolo de la moral sobre la tierra. Es decir, los grandes de entonces empezaron a hacer lo que están haciendo los de ahora en mayor escala: “nosotros solos cortamos el bacalao porque para eso somos los más fuertes y hemos vencido”, como lo expresaría el “Hombre Cualquiera”. El resultado fue peor, una paz falsa, otra guerra peor, y los más formidables “rumores de guerra” que gravan como una pesadilla a la pobre e impenitente humanidad. Por eso vuelve ahora vivo Benedicto XV; y parecía de veras vivo en la persona que el Domingo hacía (y era) su retrato, el Arzobispo más joven de Italia, inteligentísimo, valiente, llano, equilibrado, hijo del pueblo, padre del pueblo, y de una vida austera y una laboriosidad increíble: formado por Boetto[9] y digno sucesor suyo.

Otro muerto que vuelve es Mussolini, o por mejor decir, Matteoti[10]: el tesoro de Mussolini, el archivo secreto de Mussolini, el proceso de Mussolini. Los italianos no pueden olvidar a este hombre, que ahora es solamente un nombre. Y hacen bien; porque al fin y al cabo Italia es la sala de estudio del mundo, su pueblo nunca ha codiciado la gloria de las armas como la de la Inteligencia y, aquí ha nacido, a la luz de esa inteligencia, la invención política más importante de este siglo. Spengler dijo en 1935 que él no tenía confianza en el Fascismo sino en Mussolini. Hoy día es lícito invertir la proposición. La obra de un gran hombre es siempre mayor que el hombre.

Pero la inteligencia necesita de la moral. Por desgracia (para los que lo hemos admirado) Mussolini hizo matar a Matteoti; –por desgracia para él también; y ahora es cierto que no solo es suya “la responsabilidad política”, de ese homicidio (como dijo él en la Cámara el 3 de enero de 1925), sino la responsabilidad a secas. Ésa fue la primera cosa que empezó a minarle el pedestal de granito. La moral es una de las cosas más fuertes que hay en el mundo. En realidad, la más fuerte de todas a la larga, si es verdad, como dice Tomás de Aquino, que el fondo más profundo de las cosas es de naturaleza moral. Y la cosa más necesaria que existe sobre la tierra es la acción moral. ¿Qué estoy haciendo yo fuera de mi patria en este invierno genovés? ¿Periodismo? ¿Vacaciones? No. Acción moral. Por eso estoy contento, a pesar de los pesares.

El otro muerto que ahora anda redivivo es el viejo Liberalismo, quién lo dijera. De Gasperi dimite y reasume, consultas con De Nicola, De Gasperi “ritorna vincitore”, nueva Constitución a falta de pan y luz eléctrica, debates elocuentes, división de partidos en repartidos, libertad para todos menos los contrarios, política de combinación y contrapeso, y para que el cuadro sea más verídico, hasta algunos nombres del tiempo prefascista, el diputado Matteoti (hijo), Nitti, Sforza. “Toda la situación italiana ha sido retrotraída a 1919” –me dijo uno que la estudia mucho.

No lo creo. No puede ser. “Quod est idem, si bis, non est idem” dicen los filósofos. Cuando una cosa se repite otra vez, no es nunca la misma. Los muertos no vuelven.

[1]  Tribuna, primer trimestre de 1947.

[2]  Hecho Cardenal por San Pío X, firmó en 1929 los Pactos de Letrán, por los que Italia reconoció la soberanía del Estado Pontificio.

[3]  Futuro Pío XII.

[4]  Presidente de los EE.UU.

[5]  Kaiser de Alemania.

[6]  San Gregorio VII, Pontífice de 1073 a 1085.

[7]  Primer Ministro francés, anticlerical furibundo.

[8]  Político francés de ideas socialistas.

[9]  Cardenal de Génova.

[10]  Político socialista.