No Vencer, Pero, Sí, No Ser Vencidos

No Vencer, Pero, Sí, No Ser Vencidos[1]

Carta de Lectores

Estimado Director:

 

En su primer número pide Ud. (con discreción) plata. Hace bien. Los argentinos han tenido siempre la pretensión de ser salvados gratis: que cuando están con el fuego en las nalgas, salga algún gigante que se haga matar gratuitamente por ellos. Es necesario la dejen ya.

Pero haría mejor todavía si pidiera también oraciones: Rosarios y Misas. Su revista no puede triunfar sino con especial auxilio de Jesucristo. Yo he comenzado hoy: tres Misas, tres Rosarios.

“Triunfar” en este caso significa simplemente “existir”. Es necesario que La Mano Derecha exista al menos tres años con 20.000 copias semanales para poder tener algún efecto serio. Ya sé que los dos Jacovella están hechos a entrar en la jaula del oso blanco en ayunas. Pero ya a la edad que tienen no estaría bien se entretengan en cosas de niño.

Es menester que dure esta revista incluso para salvar el decoro intelectual de la Argentina. En Europa se ríen algo (y aun algos) de nosotros. Recuerdo un periodista español que me visitó hace un año. (Calvo, del diario Arriba): me hizo dos o tres chistes crueles (y merecidos) sobre la gran prensa argentina, y menos mal que no se metió con la “radio” y la tele. Es menester que dure, sobre todo, para recoger a la nobleza argentina que anda desparramada y poco eficaz por el país; sin una nobleza no hay nación grande; ni chica siquiera, si me apuran. A despecho del asfixiante plebeyismo patente y boyante, hay nobleza en la Argentina; pero desparramada, desunida y vencida.

Ud. habla de “una comunidad libre y grande”. Ninguna cosa llega a grande, si no comienza grande: una semilla de conejo jamás da un león. “Grande” en este caso no significa cantidad sino pureza –nobleza. Su primer número es, pues, grande. En el sentido de que está todo bien escrito, no hay nada en él que no valga la pena leer –a diferencia de otras cosas, que traen dos artículos buenos con tres o cuatro ladrillos de kilo y medio.

Se dice que viven de recuerdos los que no pueden ya vivir de ilusiones: yo no sé lo que me pasa, mirándome de afuera, estoy muy viejo, si no miente el espejo; pero por dentro ¡Santa Bárbara! Que a mi edad y mis desengaños, yo “ponga mi duro en la mesa” (como dice mi almacenero) a la carta que no puede ganar, La Mano Derecha… en vez de irlo a visitar a mi ex alumno Adolfito Mitre a La Nación, quiera Dios no sea síntoma de imbecilidad senil. No lo creo, dijo el reo, el que me “pongó” en el colectivo 39 una cartera vacía.

Así que pidamos, caro Director, oraciones a los que plata no pueden; e incluso a los que pueden, a ver si Dios les ablanda el duro corazón; o simplemente distraído.

Y después deso, Dios no nos pide que venzamos, sino que no seamos vencidos.

 

[1]  Revista La Mano Derecha, n° 2.