Capítulo I y II

PENSAR LA PATRIA

NUESTRA HISTORIA EN LA OBRA DEL P. CASTELLANI

PRÓLOGO

En 1989 dimos a los teólogos del Seminario de San Rafael poco más de veinte lecciones sobre la visión de la historia patria en la obra del P. Castellani, pero tuvimos que meter violín en bolsa y por ello no dimos forma definitiva a ese borrador.

Unos quince años después publicamos cinco artículos, con el título de “Pensar la Patria”, en la revista porteña Gladius, y también en esa oportunidad el trabajo quedó inconcluso por razones ajenas a nuestro deseo. Para mantener la curiosidad de los lectores cerrábamos el escrito con las palabras que Castellani aplica al estallido de la Revolución de 1943: “Empezó el baile”… y ahí se acabó la música.

Como no hay dos sin tres, volvemos a la carga, pero en vez de limitarnos a completar lo faltante, cambiamos la perspectiva. La obra que mejor expresa el alma nacional es el Martín Fierro, cuyo canto “viene de profundidades de los siglos, un viento a veces sutil y a veces tempestuoso que llega a la pampa pasando por España y allí se apampa y a veces se vuelve tormenta de tierra y polvadera[1]. Y también de allí nos viene “la ventolera de la ideología”[2]. Ya que la historia de nuestro país “no es una línea troncal, sino un ramal”[3], hemos creído oportuno considerar en un tomo la génesis y desarrollo de ambos espíritus, prestando atención especial a los sucesos de España, de la cual somos un brote directo[4]; y en otro la Conquista, la Colonia[5], la Independencia y los sucesos desde entonces hasta el presente.

Conservamos, pues, el título del libro, pero ampliamos el concepto de Patria, porque, así como los Padres de la Iglesia juzgaron que las verdades y valores de los paganos habían preparado la revelación cristiana, incluimos en nuestra ascendencia espiritual a cuantos aportaron lo suyo para que este acervo fuera asumido por los siglos de la Fe y de ese modo llegase a nosotros.

Pero hay otra razón por la cual nos extendemos mucho más que en los artículos publicados en Gladius sobre la civilización central de la humanidad, y es que en nuestro tiempo saltan a la vista dos hechos captados por la mirada penetrante de Chesterton y Dostoievski.

El primero refirió en La Esfera y la Cruz la historia del hombre que por odio al crucifijo se lanzó a destruir todas las cosas que tuvieran dos leños transversales: los cuadros, la empalizada, los muebles… A la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río.

La ofensiva externa es palpable en la denigración de la Iglesia, el falseamiento de su doctrina y el escarnio, que conducen, aunque lo silencie la prensa controlada, a la persecución sangrienta y la vandalización de templos, edificios y monumentos religiosos. Y el ataque a la fe lleva necesariamente a la cacería del hombre, ya que el demonio es “homicida desde el principio”[6]: los “laboratorios de ideas” traman y los Gobiernos ejecutan planes cuyo fin es cancelar la historia de los pueblos, suprimir la familia y la Patria y finalmente esclavizar o eliminar a gran parte de la población mundial.

Al ataque de afuera se suma el que viene de adentro, pues en el proyecto diabólico de imponer la adoración del Hombre como antesala del odio formal a Dios colaboran los secuaces del Modernismo, obstinado en corregir la doctrina del Único que tiene palabras de vida eterna (como intuyó el escritor ruso en la “Leyenda del Gran Inquisidor”[7]). La “sentina de todas las herejías” está hoy muy extendida en la Iglesia; mas no decimos triunfante, porque la promesa de Cristo no dejará de cumplirse.

El “agere contra” ignaciano al intento de suprimir el pasado exige tenerlo ante nuestros ojos, porque la Historia es un drama incomprensible si olvidamos lo acontecido; y esa inteligencia puede servirnos para reaccionar contra los idólatras del hoy o del mañana utópico “avivando brasas” hasta que el fuego, símbolo de la pervivencia del ayer en el presente, se encienda nuevamente en el hogar de la Patria.

Ahora que si ésta es “la hora de las naciones”, entonces la memoria de nuestros orígenes y del camino (tortuoso según la apreciación humana, maravillosamente simple en el designio divino) por el cual nos llega ese tesoro, visto desde la perspectiva del primer argentino que se abocó a la cuestión parusíaca, nos ayudará a sobreponernos a la fragilidad, levantar las cabezas y pedir con los fieles de todos los tiempos: “¡Ven, Señor Jesús!”[8].

Carlos Biestro

7-XI-2025

Santísima Virgen María

Medianera de Todas las Gracias.

*   *   *

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I – LA MANDA DE JOSÉ HERNÁNDEZ

Un Deber Sacro

En 1944, cuando el país estaba metido en grandes dificultades y los juicios sobre cómo salir del pantano eran discordantes, Castellani escribió:

“La inteligencia argentina tiene hoy una tarea y un deber sacro, que es «pensar la Patria». Fuera de eso, todo lo demás es pereza mental, falta de conciencia o esa sutil degeneración intelectual que se llama «diletantismo»”[9].

Desde su vuelta de Europa, una y otra vez afirmó que la única forma de terminar con “la mistificación y la novelería”[10], que hacían posibles la entronización de los espurios y el consiguiente descalabro, es “una mayor sujeción a la realidad nacional y a la Realidad a secas, una mayor sumisión a lo imperecedero y a lo absoluto, a lo eterno”[11].

Sin embargo, esta cuestión no preocupaba a la mayor parte de un pueblo que primero había aceptado muy ufano el dogma del Progreso Indefinido, y luego, al comprobar el carácter ilusorio de tales vaticinios, respondía con el pataleo:

“La gente no hace más que preguntar (y ¡Dios sabe lo pesado que se ponen a veces!): –«¿A dónde vamos a parar? ¿Qué va a salir de todo esto?»

“A pocos se les ocurre preguntar (con Atilio García Mellid): –«¿De dónde venimos? ¿Cómo hemos venido a parar en esto?»

 

«El Soñador Impé – Rial – Meditabundo.

De lo primero sabe-menos que lo segundo» –dijo Rubén Darío.

“Lo que yo sé –dice el Señor (Eclesiastés. VII, 29)– es que:

 

«Dios creó al hombre derecho;

y después se introdujeron

un montón de complicaciones».

 

“Esta Nación fue creada derecha, es decir, moral.

“Esta Nación ahora está empiojada; más aún, a veces parece que está realmente encancerada. ¡Primero la salud, después veremos! –dice Maqueda. ¿Qué ha pasado?”[12].

La tarea del pensamiento nacional es, pues, doble: señalar las causas de la descomposición y proponer un orden acorde con lo que hemos sido y debemos ser:

“Para convertirnos del mito y la ficción a la razón, no es necesario inventar cosas nuevas y peregrinas ni forjar utopías, pues las cosas sanas y saludables están en nuestro Recuerdo Colectivo: no somos raza de ayer, ni siempre hemos versado en estado de cretinismo o encanallamiento. No somos descendientes de piratas o de fugitivos: estos pueblos han sido fundados en honor y en nobleza; y algo ha de quedar del antiguo sedimento. ¿Cómo funcionaban los Cabildos y los Concejos hispanos? ¿Cómo se elegía gobernador en mi provincia en tiempo de Estanislao López? ¿Cómo fue elegido Rosas para encargado de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina?

“«Seamos en nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco». Si la Argentina ha de ser una Nación (al menos en la medida restringida en que eso hoy es posible), es necesario un esfuerzo largo y continuado, pues dos grandes desastres en nuestra historia[13] han hecho de la Argentina un pueblo desdichado; –un esfuerzo cuyo comienzo y largada no puede ser otro que el «esclarecimiento»– el cual este periódico se ha aplicado a hacer; con cuántos sacrificios Dios lo sabe.

“Esta tarea comenzó hace 40 años con la voz afiebrada de Lugones, y fue continuada por los elegidos de la generación siguiente, que han hecho su tarea; de los cuales unos cayeron, otros callaron y algunos se mantienen en la brecha. A la joven generación que ya está presente corresponde proseguir el esclarecimiento (por supuesto, de eso nunca hay de sobra) y, sobre todo, traducirlo en actos”[14].

La Comprensión de la Historia

Castellani no fue historiador, y él mismo se admiraba de escribir sobre estas cuestiones:

“¡Que tenga que escribir esto yo, ciudadano «argentano» (argentino hijo de tano) que me destetaron con la Marcha de San Lorenzo y en la escuela saqué el primer premio de composición con una poesía a Mitre!”[15].

Sin embargo, en su extensa obra, encontramos multitud de reflexiones sobre el sentido de la Historia, la civilización central traída por España a estas tierras, las líneas de fuerza que han regido la vida nacional y el futuro probable, no solo del país, sino del acontecer universal. Esto se explica porque el conocimiento histórico no está reservado para los especialistas:

“Nosotros no somos historiadores de microscopio, ni siquiera historiadores a secas. Pero el nudo de esta cuestión no es impervio a la meditación de un crítico”[16].

“La inteligencia verdadera de la Historia sólo se da en aquellos que son capaces de vivir una situación pasada como propia, sea por conocerla por experiencia analógica, sea por tener capacidad potencial de vivirla: ella es un Erlebnis, un reflejo de vivencias, no un mosaico o un rompecabezas. Esta ley, formulada por Guillermo Dilthey, verdadero Solón de la ciencia histórica e historiador él mismo, es el primer canon de la historiografía, y sin ella no hay historiador. […]

“Es la intuición empática lo que hace al buen historiador, o bien la convivencia con lo historiado en una misma gran corriente espiritual. No es la simple compilación y ordenación de los hechos; y mucho menos de documentos, datos y fichas, como en tantos flamantes historiadores argentinos; la cual a veces puede hasta dañar por exceso o desenfoque, como Nietzsche notó tan certeramente.

“De por sí mismos, los hechos deponen en dos sentidos, y con ellos todo puede probarse queriendo, principalmente si se los sabe seleccionar y componer. Los «datos» no componen la historia: solo la intuición la adivina. […] Lo que da la clave de un enredo o un enigma histórico es la intuición simpática del alma de los agonistas primero, y después de su contorno de grupo, nación y época: intuición no muy dispar de la del poeta, que no tiene nada que ver con la escrutación pormenorizada y prolija del naturalista o paleontólogo.

“Por eso siempre han dado luz, y a veces solución definitiva, cuando han tocado la historia los poetas o novelistas: llamando poetas a los poetas, y no a los poetisos o poetastros: los hacedores, plasmadores o factores o como se quiera traducir el «poiéo» griego. Véase las grandes biografías de Don Manuel Gálvez (para no ir a buscar a Tucídides, Lamartine o Goethe). […] Shakespeare hubiera escrito la Historia de Inglaterra mejor que Macaulay; y desde luego, mejor que Green, así como Cervantes la de España. Mas tenían algo mejor que hacer. Aunque, a decir verdad, ¿por ventura embrionalmente no la escribieron?

“Las técnicas de la comprensión de la Historia no son diferentes de las técnicas de la creación poética, a no ser en el material solamente. De ahí la paradoja de Aristóteles: «La Poesía, que en un sentido filosófico, es más verdadera que la Historia»…”[17].

Para que se dé un conocimiento histórico “vivificado por dentro por esa operación introyectiva del poeta, a que el Estagirita asignaba mayor valor epistemológico que a la reconstrucción material del historiógrafo”[18], es necesario que quienes hacen buena historia, y desde luego, buena hagiografía, sean hombres éticamente desarrollados[19]:

“Sólo los éticamente desarrollados pueden percibir a la vez la regla y las excepciones, y distinguir entre la masa los casos excepcionales que son los que fermentan la masa: cosa necesaria para dar sentido, volumen o perspectiva al «modelado» del pasado. Sin eso pas de Historia real.

“Si yo sé por la Historia que «César fue grande», por ejemplo, primero tengo que saber por mí mismo lo que es la «grandeza»; de otro modo no puedo saber que César fue grande, aunque me lo testifiquen diez mil testigos. Si yo sé que César fue grande solamente porque lo dice Ernesto Palacio, sin saber yo por mí mismo lo que es la grandeza, es como si me riera de un chiste alemán porque un alemán me dijo que era chistoso –sin verle yo el chiste por ningún lado–; y entonces sería yo lo chistoso y no el chiste, propiamente hablando. El alemán se reiría del chiste… y de mí. Mas conocer lo que es «la grandeza» es propio solamente de los éticamente desarrollados”[20].

Esta exigencia fue satisfecha por Castellani, a quien el P. Petit de Murat consideraba “el hombre más grande que ha dado la Argentina, el único hombre universal de la Argentina, quien más profundamente ha visto la Argentina, y el único argentino cuya obra perdurará”[21].

Una Conciencia Dolorosa de la Patria

Esa obra excelente no se explica sólo por la inteligencia, formación universitaria europea y talento artístico de nuestro autor, sino también por el apego al país y su gente, que le permitió sentir intensamente la Argentina con una conciencia dolorosa de la Patria[22]. El enfoque del problema nacional como materia de especulación, con seriedad y emoción[23], fue para él una forma de cumplir con su deber de estado:

“A mí en Roma me han dado un título de maestro. Yo no soy divulgador de fórmulas remanidas, yo soy un Doctor en Teología, o sea un hombre que debe ver la Teología en la realidad y no solo en los libros –si es que quiere salvar su alma”[24].

La salvación del alma no interesaba a los “oficialmente cultos”, mucho más preocupados por “salvarse” en el sentido argentino del término:

“Los llamados «intelectuales» han rehuido siempre al pueblo. […] La intelectualidad separada del fenómeno político ha servido para que el problema del hombre en la sociedad, ése que hoy llamamos problema de las masas –porque el Capitalismo y el Socialismo han matado al individuo y lo han hecho masa– no se haya resuelto nunca”[25].

Para él todo habría ido sobre rieles si no hubiera sacado los pies del plato. Podría haber predicado una fe descafeinada o, en último caso, haber optado por el método quienes manifiestan su vocación de cruzados en rincones donde no hay testigos comprometedores, y pueden así lanzar fuego y azufre a discreción para regresar luego a sus cuevas con la tranquilidad de conciencia de quienes “han cumplido”. Con un título de la Gregoriana, otro de la Sorbona y citado como autoridad por Maritain en la segunda edición de Arte y Escolástica, podría haberse hecho el francés o inglés en el exilio y vivir cómodamente con alto desprecio de la negrada local.

Pero, como decían los medievales, “ubi amor, ibi oculus”, y su corazón cristiano no pudo menos que descubrir a Cristo en los pobres cristos:

“Dios me ha hecho la terrible gracia de sentir en mi corazón igual que millares de proletarios argentinos a quienes las durezas de esta época han arrojado en la tentación mortífera del desaliento y la desesperanza. […] Yo no quiero dejar de estar medio loco, mientras el mundo esté como está. Tendría vergüenza de ser feliz («pues los que no son felices ‒ ¿cómo pueden ser discretos?»), me repugnaría tener un jardín con flores, una guitarra y un caballo –o un automóvil con muchos bonos[26]–, viendo al mismo tiempo la imagen que hace hoy la tierra, y la figura que hace nuestra tierra. Mientras el Universo esté como está, prefiero estar sin Dios en el corazón, porque es evidente que Dios no ha sido hecho para mí solo. Mientras yo sufra penurias, al menos estoy seguro de consonar con el conjunto y de no ser una nota falsa”[27].

“Saber lo qué es morir y lo qué sienten

El leproso, la coima y el forzado.

Quizá Dios quiera que mañana sirva

Mi experiencia del potro y del cadalso”[28].

Esta manera de “sentir la Argentina” tenía, sin embargo, el inconveniente de convertir a Castellani en una nota falsa para la Iglesia:

“Yo estoy hecho de tal manera que no puedo amar a Dios sino a través de las criaturas, es decir, de los prójimos, ¡y todos vosotros estáis hechos semejantemente, y todos los cristianos ‒menos Monseñor Panchampla‒! Me atrevo a decir que la raíz de los males de la Iglesia Argentina ha sido el olvido de este principio: se ha desencarnado, se especializó y eclesiasticó demasiado, olvidó en la práctica que la gracia supone la natura, y se ha vuelto una sociedad demasiado artificial”[29].

Castellani no quiso ser el sueño de una sombra. Rechazó la propuesta diabólica de exhibirse como mistagogo de un mundo conceptual divorciado de la realidad, pontífice de la razón desencarnada:

“Hay un solo pecado: pensar que el sol no existe;

Una sola blasfemia: que la Verdad es triste;

Y un peligro temible realmente:

Tener mancas las manos de la mente.

“Sacrilegio hay uno tan solo: hacerse grandes,

Matar igual que Herodes al niño-dios en mí

Ir en avión al cono de los Andes

Para vivir ángel frustrado allí.

“Solo hay un vicio: vivir de té beodo

Y no tocar el vino por no soltar verdades.

Sólo una cosa es necesaria: Todo.

El resto es vanidad de vanidades”[30].

Ya que la primera misión de la Iglesia es enseñar, Castellani decidió hablar, tocar la realidad de la Iglesia y el país desde el punto de vista de la fe, llamando las cosas por su nombre, lo que equivalía a decir verdades sumamente peligrosas; en el fondo, aceptar una misión suicida:

“Hay dos maneras de hablar: hablar solo y hablar con otros. Si se habla con otros, se puede hablar con personas que nos entiendan o con personas que no nos entiendan.

“Hablar solo se llama monólogo, y es propio de los locos y de los genios. Solamente que cuando el genio monologa, no habla consigo mismo, sino con Dios. El loco habla estrictamente consigo mismo; de modo que enseñan los psicólogos que el lenguaje de los locos es subjetivo y asocial (es un lenguaje sin embargo, atención, se puede entender) es decir, es para ellos solos; ley de la Psiquiatría que recomiendo encarecidamente a varios poetas modernos de la Argentina.

“Hablar con otros que nos entienden pertenece a la sociología: es un acto social, un acto de sociabilidad, como jugar a la canasta uruguaya. Hoy día los hombres (y las mujeres no digamos nada) no teniendo ideas que cambiar entre sí, se pasan horas enteras cambiándose naipes franceses: pero al menos así se conserva mal que bien la convivencia.  Hablar con otros que nos entiendan, desde hablar con otra persona en una cama –«los que duermen en un colchón, son de la misma opinión», dicen en España– hasta hablar a una muchedumbre, es un acto de sociabilidad, es la flor de la convivencia. Eso requiere un mínimum de educación, de cultura y de salud mental: ya hemos dicho que con los locos no se puede hablar: así cuando los pueblos se vuelven locos, no se puede hablar con ellos, «tempus tacendi», es el tiempo de callarse; anoser el Profeta. El Profeta es el único que puede hablar a los pueblos enloquecidos: pero entonces los pueblos, guiados por los falsos profetas se levantan y los matan. A los pseudoprofetas, que predijo Cristo habría muchos, sobre todo en los últimos tiempos, a esos los colman de honores y de regalos”[31].

Castellani no figuró entre quienes percibieron regalitos de los Gobiernos masónicos. Hermanado con José Hernández por un mismo bautizo de sangre y tierra y agua y aire y sol, y habiendo comprendido a Martín Fierro, se atrevió a manosear la guitarra del poeta, de quien había recibido la “manda” de cantor. Igual que Hernández, apuró el cáliz de derrota y destierro, y dando sangre, edificó Patria[32].

CAPÍTULO II – LA HISTORIA

Maestra de la Vida

“Es propio del hombre el acordarse y sacar provecho del pasado –y es cosa necesaria a las naciones– pues los que viven en el puro presente y se rigen por impresiones e impulsos apenas sobrepasan a los animales”[33]. Por ello Salustio afirmó que “entre las actividades propias del ingenio, una de las que proporciona mayor utilidad es la memoria rerum gestarum[34], esto es, la Historia.

La raíz griega de “historia” es id, de la que proceden ideîn (ver), eîdos (forma, aspecto), idéa (imagen), oîda (saber)[35]; anistoréo significa “interrogar. Historia es, pues, una inquisición o el conocimiento así adquirido; y también una información o relato que deriva de las propias inquisiciones[36]. Entendida como disciplina, la Historia tiene por objeto los acontecimientos públicos o privados, acaecidos en tiempos pretéritos y que son dignos de memoria.

Aunque la Historia es verdadera ciencia y no mera arte como sostuvo el cartesiano Geulincx[37], sin embargo, ella es “auxiliar y subordinada a la Filosofía. Sus fallos son legítimos, pero subalternados a superior apelación”[38].

“La consideración histórica sólo puede dar una aproximación. Efectivamente, todo lo individual es «inefable», como dicen: es improporcionado al conocimiento humano (intelectual, digo, no sensible). Un «hecho» cualquiera tiene conexiones infinitas, que no se pueden agotar. […]

La Historia no da más que una aproximación: no significa negar toda certidumbre a la Historia, sino retirarle la certidumbre metafísica propia de la Filosofía; que algunos filósofos modernos (Hegel, Heidegger) han intentado atribuirle, incorporándola a la Metafísica, bajo la categoría engañosa de «temporalidad» o «historicidad». Al mezclar híbridamente Historia y Filosofía («Filosofía de la Historia») lejos de dar a la Historia la certeza metafísica han comprometido la certeza propia de la Filosofía, abriendo las puertas al «macaneo» trascendental de tantos pseudoprofetas de hoy. Como en todas las épocas de crisis, los «profetas» pululan ahora, que prometen a la humanidad un próximo futuro venturoso y el fin automático de sus dudas y dolores. El mundo los sigue y los paga. ¿Cómo no? Son vendedores de paz y de consuelo en forma de estupefacientes: curanderos de almas.

“La Historia puede darnos certidumbre perfecta (aunque moral, no metafísica) acerca de muchos hechos ‒eso no se niega. Sobre esos hechos ciertos, la Filosofía puede apoyarse, como se apoya sobre todos los hechos ciertos concretos: como sobre un trampolín. Nada puede concluir con certeza de ellos empero, sino en virtud de principios generales abstractos: «la conclusión sigue la peor parte». La Filosofía no puede pues profetizar; para esas grandes y consoladores «profecías históricas» que nos da la «Filosofía de la Historia» (un Spengler, por ejemplo) se requeriría el don profético estrictamente dicho”[39].

“El sentido total de la Historia es divino. […] La dirección de la Historia depende de una voluntad libre infinitamente trascendente a la razón humana; anoser que sea auxiliada por la Teología y por la Profecía, manifestaciones de la razón divina. Pero esas manifestaciones son oscuras, y la segunda escapa al ámbito de la ciencia”[40].

El testimonio de los Profetas, especialmente el del Sumo Profeta, nos enseña que el sentido de la Historia es la realización del Reino de Cristo:

“La tierra existe por causa de los justos. La verdadera historia es la historia de la Iglesia; o por mejor decir, la escondida y secreta historia del Israel de Dios, sólo asequible a la luz de la profecía”[41].

Las genealogías del Señor que dan San Mateo[42] y San Lucas[43] muestran la conexión del Redentor con su pueblo y con la Historia general de la Humanidad[44]. San Juan, por su parte, pone el énfasis en la filiación divina de Jesús, por quien el hombre puede superar los límites de su finitud y llegar a la unión con Dios.  Este Reino ya se ha cumplido en el Señor, pero se extiende lenta y misteriosamente al resto de los hombres por medio de la Iglesia y solo alcanzará su plenitud al fin de los tiempos.

Los hechos que referimos apuntan a mostrar que “la lucha perenne entre el Bien y el Mal es el tema central de la historia del hombre: y los acontecimientos todos, como las Guerras Médicas y las Guerras Púnicas, la Monarquía Cristiana y la Revolución, la Civilización y la Barbarie, las Religiones, las grandes creaciones artísticas y las conquistas y descubrimientos, no adquieren sentido sino en referencia a esa lucha perenne”[45].

La Mentira Entronizada

Entender el sentido de la Historia es más urgente aun cuando “no solamente se desacuerda uno sino que, además, se malacuerda, falseándosele la memoria, o falseándose la memoria colectiva de un pueblo –la cual es la Historia y la Tradición”[46]. Así Chesterton observa que algunos de sus personajes “tenían todo el olvido de la Historia que acompaña en todas partes al aumento de la educación”[47].

El encendido debate que pocos años ha tuvo lugar en Europa sobre si el Cristianismo pertenece a la herencia del Viejo Continente, muestra que los enemigos de la Fe tienen muy en claro que “quien controla el pasado, controla el presente”[48], y “quien se equivoca en Historia, se equivoca en Política”[49].

Lo mismo “pasa en nuestro país, donde rige un gran intento y esfuerzo por hacer inmortales, por ejemplo, a hombres que ya estaban muertos cuando vivían; o sea, por galvanizar momias”[50]. Tal resurrección mafiosa es obra “de la cáfila maldita que entre nosotros ejerce el monopolio masónico de la (pseudo) celebridad”[51].

“Este país con razón ha sido llamado «el país que no tiene memoria». Y las generaciones que siguen, que se embromen; que se empachen de novelería extranjera mal traducida”[52].

Castellani trae a cuento una anécdota que simboliza la novelería “de la historia oficial subvencionada”[53]:

“Hemos estado hojeando un día de lluvia otoñal el tomo encuadernado de 1940 de una revista llamada Estudios[54]; y hemos encontrado una cantidad de cosas sorprendentes… para la historia; tanto que hemos estado tentados de transcribir aquí y ahora algunas notas cortas con nuestra firma y la fecha de hoy.

“Hay un gracioso artículo de Juan L. Tonelli sobre el «retrato auténtico de Dorrego» que salió tal en una biografía de Carlos Parson Horne, «premiada por el Poder Ejecutivo»; y que en realidad resulta un truco arreglado con una fotografía de cuerpo entero del actor Eduardo Zucchi, disfrazado de Dorrego para la misasén de un dramón llamado Federación o Muerte; y resultó tan feliz el truco que el mismo Dr. Cárcano, miembro del Jurado enrostró al historiador Horne que tenía «iconografía sin valor, porque… falta el mejor y menos conocido retrato de Dorrego… (sigue la descripción del retrato de Zucchi) que he visto yo mismo en casa de sus descendientes… Ese valioso documento…», etc. –después de lo cual el Jurado (Clemente Fragueiro, Benjamín Martínez, Antonio Dellepiane y Martiniano Leguizamón) juró enérgicamente que había que quitar la «iconografía» del autor y poner el retrato de Zucchi, «haciendo suyo el dictamen». Y así se hizo. Después de lo cual, el presidente del Jurado hizo un severo discurso sobre el caso, y los demás historiadores argentinos se dieron por notificados. Todo esto, los dictámenes, discurso y diez mil pesos de premio, iba encaminado a hacer una estatua de Dorrego (de Zucchi) que no se hizo. Menos mal.

“«Esto es un símbolo de la Historia Oficial Argentina», dice, no el autor del artículo, sino un lector maleducado de la Hemeroteca Municipal, con lápiz colorado al pie”[55].

La mentira (teológica, histórica, política) es la causa principal del desorden y “subdesarrollo” del país:

“Si la Argentina está atrasada, como lo está, no es por causa de la raza, la religión o el clima (como dicen), ni por falta de inteligencia en los argentinos, sino porque la Verdad está desplazada y acorralada; desde la Independencia, el país está tragando una enorme cantidad de mentiras; las cuales hoy parecen ocupar todas las posiciones”[56].

“Oh Señor Don Francisco de Quevedo,

Dichosos tiempos en que tú vivías

Cuando los luteranos que sufrías

A salvo estaban con rezar un Credo.

“Hoy sin vergüenza, sin honor, sin miedo

Los torpes luteranos destos días

Se desatan en nuevas herejías:

Dios, Patria, todo les importa un bledo.

“Antes negaban, vaya, el Sacramento;

Hoy niegan a su madre y a su tía.

Antes negaban la Virgen María;

Hoy nos niegan el aire y el aliento.

“Y si Dios no los ataja, un día

Van a negar a Urquiza y a Sarmiento”[57].

Hemos hablado del pago que los pueblos enloquecidos dan a quienes les hacen la caridad de la verdad. Veamos ahora qué sucede con la sociedad que traga la mentira como el agua:

“De suyo a la Verdad no le gusta estar en el desierto, pero la obligan a veces, la corren de la ciudad. ¿Quién la corre? La mentira entronizada. A la Verdad le gusta estar en las plazas y comunicarse con todos: «a mí me gusta andar entre los hijos de los hombres», dice la Sabiduría en el Libro de los Proverbios[58]. […] Cuando la Verdad está acorralada en el desierto, entonces se pone brava. No es su lugar, está desplazada; y los que desplazan a la Verdad son criminales. […] Son situaciones en el mundo en que cuando matan al que la dice, la Verdad explota como una tonelada de dinamita y la nación que arrojó de sí la Verdad se mata a sí misma”[59].

Esto se debe a que “la mentira es el fondo de todos los pecados pues el Diablo es el padre de la mentira[60]; y como consiste en la prostitución del lenguaje y el lenguaje es en instrumento necesario de la convivencia, la mentira entronizada y no combatida lleva a la destrucción de la convivencia; o sea lleva a la Discordia, madre de la Guerra”[61].

También en este caso la etimología de “historia” corrobora la afirmación de Castellani, pues de la raíz “id” se origina “Hades” o “Haides”: el invisible, o mundo de los muertos, donde reina la oscuridad[62]. El verbo aistóo significa: “hacer invisible, aniquilar”.

“Mucho cretinismo y mucha mentira hay en el aire; pero también hay gente honrada, hay gente inteligente y hay Caballeros de la Verdad, que hacen a la Argentina capaz de ser amada:

«Mentira quiere la gente

Y el aire lleva mentira.

El que dice que no miente

Que diga que no respira»”[63].

Una variante de la Historia fraudulenta es la que se reduce una erudición inútil:

“Cuando se estudia demasiado la Historia, es que un pueblo no tiene un quehacer histórico por delante. […] La escuela de Levene[64] se ha multiplicado al infinito. […] Conocemos a un historiador argentino que ha escrito un tomo entero de 566 páginas acerca La Manzana de las Luces. ¡Ha escrito la historia completa, puerta por puerta y ventana por ventana, de la manzana donde está la iglesia de San Ignacio, entre Bolívar y Defensa! ¿Para qué?

“Cuando un noble se alaba demasiado de las hazañas de sus abuelos (que pelearon en Roncesvalles), es que no tiene hazañas propias. Cuando una Orden religiosa se dedica a escribir vidas de su fundador, es que se siente incapaz de fundar niente. Cuando una nación mira mucho hacia atrás, es que no puede ir adelante. Las naciones que van adelante resumen rápidamente su pasado como punto de apoyo en forma esquemática y mística: leyendas, canciones, poemas. Cuando se ponen a escribir voluminosos infolios acerca de los botones del pantalón de Bolívar o San Martín, están en un «impasse». No tienen pantalones. […]

“Mucho se podría decir acerca de la «hipertrofia de los estudios históricos como señal de decadencia nacional»; pero eso ya está escrito. Cuando Plutarco escribió las Vidas Paralelas, Grecia como nación era cero. Cuando aparecen los grandes historiadores romanos, Suetonio, Tácito y Tito Livio, el Imperio está entrando en crepúsculo”[65].

La Raíz Profunda de la Historia

Asimismo hay una Historia honrada pero insuficiente, porque considera lo exterior sin percibir que “los grandes fenómenos políticos tienen causalidad moral tan determinada como la causalidad física de un eclipse o un terremoto”[66], y en última instancia “las cuestiones políticas siempre son cuestiones religiosas”[67].

La razón de esto es que, de modo análogo a las personas, también las naciones viven de un espíritu:

“Una persona vista por fuera, es una sustancia viviente que solamente cambia en sus vestidos o en sus muecas o ademanes; pero vista por dentro es un alma, que conforme a la idea cristiana, puede «perderse». «Una nación histórica vive en continua posibilidad de perecer». Puede incluso desaparecer. ¿Cuántas naciones históricas no han desaparecido? ¿Es una «nación» la Grecia actual comparada a la Grecia de Pericles? ¿Qué se hicieron Cartago, Sidón y Tiro?

“Solamente los hombres tienen alma, propiamente hablando. El «alma» de una nación o una colectividad es una resultante de cierta mancomunidad de las almas individuales que la integran; y si desaparece esa mancomunidad, la nación «se convierte en un nombre vacío, en una palabra, y en una palabra mentirosa». «La música es un soplo; es un soplo en el aire» –dicen por Radio, uno de tantos papagayos que por LRA hacen hoy justamente eso: aire. Pero la música no es un soplo. Una nación tampoco. La música es una armonía y un espíritu, y una nación es una armonía y un espíritu; y los dos espíritus, obras del hombre; que pueden perecer por la falibilidad del hombre”[68].

Nuestros historiadores no han logrado captar el sentido de nuestra historia “no en lo exterior, como en la economía, la política o la guerra, sino en su raíz profunda: en el interior del alma”[69].

“La crisis de la autoridad real en la Argentina tiene raíces múltiples y hondas, que todavía no han sido puestas en limpio, ni empezando siquiera por nuestros historiadores; a esa crisis de la autoridad se debe el hecho flagrante de la carencia actual de poderes espirituales y de poderes temporales (reales)”[70].

Prueba de ello son “las «Historias Eclesiásticas» […], listas de nombres y fechas y sucesos externos, que no reflejan en modo alguno a la Iglesia. Actualmente se plantean en el país una serie de preguntas y problemas que solamente una buena historia eclesiástica podría responder. La Iglesia está casi ausente de la Historia Argentina de Ernesto Palacio”[71].

Lo mismo puede decirse de buenas crónicas de nuestro pasado, como las de Irazusta, Busaniche y –con algunos reparos serios– José María Rosa, y de obras dedicadas a personas o cuestiones que interesan a la comprensión del país, como las de Scalabrini Ortíz, Díaz Araujo, Jauretche, etc., pero ninguna de ellas saca a la luz el meollo de la cuestión, la naturaleza del cáncer que nos devora el seno, con palabras de Palacio.

Años después Castellani volvió sobre el tema en un “Directorial” de la revista Jauja:

“No hay ninguna Historia Eclesiástica que elucide este problema capital [el de la impotencia o esterilidad Iglesia Argentina]. En realidad, no hay ninguna Historia Eclesiástica buena; si no es quizás una manuscrita que (dicen) dejó Monseñor Ussher y está bajo siete llaves; y otra que ha comenzado a salir del padre salesiano C. Bruno.

“Esta última comenzada es un trabajo monumental. Han salido a la luz dos grandes y lujosos tomos in 4º de cerca de 600 páginas; y faltan otros cinco o siete de que dicen están ya muy adelantados. Relatan éstos los sucesos iglesiales de la Colonia desde 1500 a 1632, en forma concreta y documentada. […] Mas esta poderosa Historia no resolverá el problema, porque no está en ese plano. Mucho será si suministra todos los datos necesarios para que trate la cuestión un historiador «crítico». Pero ni aun eso recabará si hace una Historia «Plutarquiana» (que dice Nietzsche en su justamente Unzeitgemaesse Betrachtungen[72]), o sea, ejemplarizadora o idealizante, como es lo sólito”[73].

Cuando apareció el Tomo III de la Historia de la Iglesia en la Argentina (1632-1686), Castellani escribió:

“Para una «Historia Crítica» (cuyo deseo muy improbable expresé otronde) esta Historia «Plutarquiana» es el presupuesto necesario. La otra «Historia de la Decadencia de la Iglesia Argentina» la escribirá (si acaso) un teólogo filósofo con la historia como instrumento. Si ella nunca se escribiere, porque se ataje o borre la decadencia, tanto mejor”[74].

Ahora bien, el proceso de decadencia no se ha detenido, así que el país necesita una “Historia Crítica”, cuyas claves pensamos se encuentran en los escritos de Castellani y aquí procuramos exponerlas.

Sin embargo, lo que sigue no es un hilvanado de citas suyas, porque haremos referencia a sucesos y períodos que nuestro autor consideró de modo sumario; además, tomaremos en cuenta a otros escritores, pero nuestro trabajo se funda sobre el conocimiento sólido y la potente intuición de Castellani.

La percepción de ese estrato más hondo permitirá entender el vínculo de nuestra historia “con la ecumenicidad de la Historia con mayúscula”[75], y “así nuestra historia se empuberece para la reflexión filosófica y aun teológica. […] Entre nosotros la historia es teología; queremos decir, que por medio de ella se debaten aquí los problemas superiores (incluso antes de resolver los inferiores, que son los estrictamente históricos), comenzando por los políticos y acabando por los teológicos, conforme a la idiosincrasia hispana, que es teológica”[76].

“Todo pensar que llegue a excelsa altura en lo alto (Claudel por ejemplo) o en lo bajo (Freud por ejemplo) se vuelve por el mismo caso filosofía (sondeo de causas últimas), por lo menos en estado bruto, aunque carezca de una sistemación metódica o un utilaje técnico; entanto que los poseyentes deste utilaje solo, sin una chispa de pensamiento espontáneo, por excelente que sea el sistema a que adhieren, no pasan de ser profesores de filosofía o de dómines memoristas, si es que no son simples simuladores”[77].

De este modo libros de historia, crítica, teología o literatura pueden ser medios para enseñar a pensar bien, es decir, a pensar con exactitud y profundidad, enseñar filosofía latente, que es la cosa más necesaria de enseñar que existe. La más necesaria, porque el saber pensar es mucho más necesario que el saber leer. ¿De qué le serviría a la Nación que todos supiesen leer si muy pocos supiesen pensar?[78]

[1]  “El Derrotado”, Nueva Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 562.

[2]  “El Veinticinco de Mayo”, discurso pronunciado en el “Teatro Cómico” el 25-V-1960.

[3]  “Politización y Amoralidad en la Argentina” (1957/1958).

[4]  La Muerte de Martín Fierro, Buenos Aires, CINTRA, 1953, p 15.

[5]  Aunque este término ha sido impuesto por el uso, en realidad las posesiones hispánicas en el Nuevo Mundo eran Reinos.

[6]  Jn. 8, 44.

[7]  Antanas Maceina y otros piensan que el relato de Iván Karamazov apunta a mostrar que la misma doctrina del Señor conduce a su negación. Cfr. Der Grossinquisitor, F. H. Kerle Verlag, Heidelberg, 1952. Por otra parte, Dostoievski pensaba que Roma había cedido a la tentación de renegar de Cristo varios siglos atrás.

[8]  En las notas a pie de página omitimos el nombre de Castellani cuando la cita está tomada de una obra suya.

[9] “Cómo Salir”, en Cabildo, 9-V-1944; Las Canciones de Militis, Dictio, Buenos Aires, 1973, p 158.

[10]  “La Enseñanza de la Filosofía”, 1939.

[11]  “La Enseñanza de la Filosofía” (alrededor de 1939).

[12]  “Miserere, con Nombres y Todo”, fines de 1957 o principios de 1958.

[13]  La expulsión de los jesuitas y la traición de Urquiza, comprado por el Brasil.

[14]  “Orientales, la Patria o la Tumba”, 1963.

[15] “El Vigor Que Nos Falta”, Dinámica Social, septiembre de 1958, p 16.

[16]  “Libros de Historia”, en revista Humanidades, Salta, 1950 o 1951.

[17]  El Ruiseñor Fusilado, Cap XXVII – Digresión sobre la Historia, Penca, Buenos Aires, 1952, pp 124-125. “Las ficciones o invenciones del poeta responden a una realidad interna, aunque sean mentiras respecto al mundo externo; y las visiones del místico responden a una realidad interna y externa, pero invisible e inexpresable. La idea del poeta responde a una realidad superior, que nosotros no podemos ver y que él no puede expresar en forma lógica, sino solamente por medio de invenciones, ficciones, versos, colores, ritmos o sonidos; en cuanto al místico, a una realidad que él posee y casi no se puede expresar de ninguna manera. Los dos persiguen la expresión de lo invisible; y el místico de lo invisible inexpre­sable. Pero ¡ojo! que esto no se interprete como una justificación de los poetas desvariados de hoy, que escriben poemas libres con sensaciones puras y metáforas descoyuntadas y palabras en liber­tad, porque estos no tienen lógica, como todos los poetas, pero tampoco tienen ideas en la cabeza, como los malos poetas, y a veces, ni siquiera cabeza, como los locos” (San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, pp 116-117).

[18]  “Introducción” a La Historia Falsificada, de Ernesto Palacio, Difusión, Buenos Aires, 1939, p 15.

[19]  “Siete Teoremas sobre la Historia”, en Dinámica Social, Nº 29, enero de 1953, p 6.

[20] Ibíd.

[21]  Testimonio oral recibido del Doctor Juan Carlos Toscano.

[22]  “Sentir la Argentina”, Lugones, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 117.

[23]  Ibíd.

[24] “Libros Políticos”, en Decíamos Ayer, Sudestada, Buenos Aires, 1968, p 45.

[25]  “Carta de un ingenuo ‒ «¡Alpargatas sí, libros no!»”, Tribuna, 6-XII-1945.

[26]  En los años de la Segunda Guerra Mundial, la nafta estaba racionada y solo quienes tenían influencia conseguían bonos para llenar el tanque de sus automóviles.

[27]  Elegía en un Desierto, en Cabildo, 27-X-44; Decíamos Ayer, p 221.

[28] El Libro de las Oraciones.

[29] Su Majestad Dulcinea, Primera Parte, Cap X, pp 93-94.

[30] “Eclesiastés”, traducción libre del poema de Chesterton, Crítica Literaria, Dictio, Buenos Aires, 1974, p 185.

[31] Filosofía Contemporánea, Introducción, (Este curso, que Castellani dictó en Buenos Aires en 1952, no ha sido publicado porque sólo terminó la redacción de algunos capítulos; de los restantes quedan apuntes y notas).

[32] Este párrafo resume el poema “Tata José Hernández: con Su Venia”, introductorio a La Muerte de Martín Fierro, pp 11-13. Según el manuscrito, Castellani había pensado titular la obra La Manda de Martín Fierro.

[33]  Lugones, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 24.

[34]  La Guerra de Yugurta, 4.

[35] Martin, E., Les Mots Grecs, Hachette, Paris, 1990, p 73.

[36] Diccionario Griego de Liddell-Scott.

[37]  “Introducción” a La Historia Falsificada, de Ernesto Palacio, Difusión, Buenos Aires, 1939, p 19.

[38]  Ibíd, p 17.

[39]  “Siete Teoremas sobre la Historia”, Dinámica Social n° 29, enero de 1953; La Otra Argentina, Ediciones Jauja-Editorial Vórtice, Buenos Aires, 2019, pp 43; 48-49.

[40]  Nota a Suma Teológica, I, Q. CIII, art. 1, Club de Lectores, Buenos Aires, 1988, T IV, pp 292-293.

[41]  Los Papeles de Benjamín Benavides, Dictio, Buenos Aires, 1978, Segunda Parte, Cap VIII, pp 169.

[42]  1, 1-17.

[43]  3, 23-38.

[44]  Cfr. Belloc, Hilaire, The Battle Ground, Cassell & Co., London, pass.

[45]  El Apokalypsis de San Juan, pp 190-191.

[46] Lugones, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 24.

[47]  El Hombre Que Sabía Demasiado, “El Agujero en el Muro”.

[48]  George Orwell.

[49]  Giovanni Cantón.

[50] Lugones, Dictio, Buenos Aires, 1976, p 24.

[51] Revista Jauja n° 7, Leído para Usted, reseña de “Historia Argentina” de José Luis Busaniche.

[52]  “El Libro”.

[53]  Busaniche.

[54]  Publicación de la S.J.

[55]  “Espigando Campo Ajeno”.

[56]   Domingueras Prédicas, Domingo Segundo de Adviento.

[57]  Castellani, manuscrito en la tapa del Cuaderno 13 de homilías.

[58]  8, 31.

[59]   Domingueras Prédicas, Domingo Segundo de Adviento, Jauja, Mendoza, 1997, pp 303-304.

[60]   Jn., 8, 44.

[61]  “El 25 de Mayo”, conferencia pronunciada el 30-V-1960 en el “Teatro Cómico”, Buenos Aires.

[62]  Fedón 80 d 5-6 y 81 c 11; Platón pone en relación etimológica “Hades” e “invisible”.

[63]  “El 25 de Mayo”.

[64]  Personaje estrechamente vinculado al poder político durante la Década Infame. Fue el miembro más importante de la Junta de Historia y Numismática Americana, transformada luego en Academia Nacional de la Historia (Cfr. Jauretche, Los Profetas del Odio, Tercera Parte, Cap III-Las Academias).

[65]  El Ruiseñor Fusilado, Penca, Buenos Aires, 1975, Cap XXVII-Digresión sobre la Historia, pp 122-123.

[66]  “La Argentina de 1943 y de Hoy”, en Seis Ensayos y Tres Cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p 169.

[67]  Chesterton, “On Queen Elizabeth”, en “The Illustrated London News”, 7-IV-1928, Collected Works, T XXXIV, Ignatius Press, San Francisco, 1991, p 502.

[68]  “Pesimismo y Realidad”.

[69]  “Klages”, en Filosofía Contemporánea.

[70]  “La Ausencia de Poder”, Dinámica Social n° 77, marzo de 1957; La Otra Argentina, Vórtice-Jauja, Buenos Aires-Mendoza, 2020, p 364.

[71]  El Evangelio de Jesucristo, Domingo vigésimo después de Pentecostés, Theoría, Buenos Aires, 1963, p 345.

[72]  Consideraciones Intempestivas.

[73]  Nº 13-14-15, enero-febrero-marzo 1968; Un País de Jauja, p 160.

[74]  Revista Jauja n° 23, noviembre de 1968, pp 40-41.

[75]  “Los Dos Mayos”, en Notas a Caballo de un País en Crisis, Dictio, Buenos Aires, 1974, pp 528, 530.

[76]  Ibíd., pp 528, 530.

[77]  Prólogo a La Historia Falsificada, de Ernesto Palacio, Difusión, 1939, pp 6-7.

[78] “La Enseñanza de la Filosofía”, 1939.