Pensamientos Manresanos

Pensamientos Manresanos[1]

Las Máximas de Don Hugo[2]

El ochenta por ciento de lo que creemos nuestras realidades espirituales son puras palabras.

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El que se humilla, siempre gana; el que lo humilla, no siempre.

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Hay hombres para los cuales llegar a la vejez es una enorme desgracia; son los que toda la vida han sido una desgracia encubierta.

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El poeta tiene esto de temible: percibe una cosa y la expresa; y muchas veces en virtud de la expresión, la tal cosa adquiere nervio de eternidad: el soneto de Joaquín du Bellay[3] sobre la podredumbre de Roma continúa hoy todavía deponiendo a favor de Lutero.

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El mejor método de infundir en un hombre el gusto de jo…robar, es jorobarlo por puro gusto.

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Dite a ti mismo, poltrón, – Cuando el castigo te apura: – La lección es harto dura. – ¿Cuándo es blanda una lección?

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El hombre pundonoroso – No caerá en menosprecio – ­ Por satirizarlo un necio – O morderlo un envidioso.

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Las historias, de los santos – Nos recuerdan las hazañas, – Pero no las peloteras – Que dentro de puertas pasan.

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Juzgamos los hombres todos, – Juzgamos y aconsejamos. – Cuando no nos duele, duro; – Y cuando nos duele, blando.

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Para juzgar mi conciencia, – Sólo Dios tiene derecho. – Moralmente hablando, otorgo; – Políticamente, niego.

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El hecho de que Cervantes escribiera El Quijote en la prisión, no es mérito de los que lo metieron en la prisión.

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El hecho de que San Juan de la Cruz haya salido santo de la cárcel de Toledo, no autoriza a nadie a meter al prójimo en la cárcel con el fin de hacerlo santo.

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Aforismos

Jesucristo cumplió con la Ley mosaica sin tener necesidad ni obligación, por espíritu de obediencia y quizá también de cautela, para no dar asidero a sus enemigos: “¿Quién de entre vosotros me argüirá de infracción?” Y donde no la cumplió era una excrecencia farisaica, una superfetación exagerada de la letra sobre el espíritu, que si Cristo hubiese acogido, fuera “imponerse un yugo intolerable que los otros no tocaban ni con el dedo”. Pero dio siempre la razón del incumplimiento: “¿Vosotros no salváis un buey en día sábado?”

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A veces nos parece que no hay “ningún amor” allí donde no hay “bastante para nosotros”. Y la apariencia es realidad cuando allí donde no hay “bastante para nosotros”, necesitamos absolutamente que lo haya; como por ejemplo, en el caso de un niño pequeño y su madre: si no tiene el que el niño necesita, no le tiene ninguno. Afortunadamente en este caso la naturaleza favorece siempre o casi siempre.

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Los Aforismos de Don Hugo

Para ser un buen sacerdote, hay que ser primero hombre. Cuando se está reducido a estado de perro, no se puede vivir conforme al estado de hombre, ni siquiera apreciar los bienes que son del hombre –no digamos del ángel.

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Se puede matar a un hombre con un alfiler, y no solamente pinchando el corazón (como Pedro de Letonia) o bien con mil pinchazos, como mataron a San Casiano: basta pinchar siempre en el mismo lugar. Se encona la herida y hay un nervio que la espera más tenso cada vez. Una gran novelista inglesa (Evelyn Flynn), en la colección de cuentos Omnibus de Dorothy Sayers, desarrolla admirablemente este desconocido aforismo de la “intoxicación psíquica”, la muerte por pinchazo: una madre hace morir a su hija con la medida aparentemente inocente, justificada y aun cariñosa de obligarla a dormir consigo, en su propia alcoba; y la novelista, penetrando más, descubre por medio del viejo médico otro misterio más hondo: la existencia de falta de amor real y de un odio subconsciente bajo apariencia de cariño como causa de la tragedia: odio causado por rivalidad amorosa, tan poderosa y sutil entre las mujeres.

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El que odia a su hermano es homicida”, dijo San Juan; con razón, porque el efecto (consciente o no) propio del odio es la “destrucción” de lo odiado. También se puede decir, por la misma razón psicológica, que el que llama hermano a otro y no lo ama, ódialo; porque el matar y el engañar en cosa grave es dañar gravemente y odiar en el efecto.

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El mostrar a todos un cariño poco profundo y a veces poco verdadero es un “instrumento” de gobierno que puede ser manejado incluso por un hombre inhumano.

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¿Quién te ayudará en un apuro grande? Normalmente aquéllos que te necesitan o a quienes puedes servir: tal es la condición humana. Sólo el santo ama “maternalmente”, es decir, con desinterés total; y los santos son muy pocos.

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Dios me ha dado la esperanza de la vida eterna y el llevar durante mucho tiempo una vida más o menos inocente, pero fuera de eso se ha mostrado aparentemente muy duro conmigo. Eso desarma inmediatamente mi rencor ante las durezas de los hombres, como dice el soneto CXV: “Cómplice Dios lo permitió o lo quiso, – Y nadie te azotó como Él lo hizo”.

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“Es muy dado” –dice la gente. El poder de “darse”, es decir, transportarse sentimentalmente en otro es lo que llama Max Scheler “simpatía” (Einfühlung) haciéndolo con razón condición o base psicológica de todo amor verdadero: axioma psicológico que la Teología expresa, tratándose del amor divino, con el dogma de la “elevación” por la gracia y la “inhabitación” de la Trinidad en nosotros. La gracia es el fundamente sobrenatural por el cual Dios puede “darse”, es decir, trasponerse en nosotros.

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Poner a uno al margen de su propia sociedad (familia, Patria, vida civil o política, Orden Religiosa, Iglesia) es decir, hacerlo “paria”, es engendrar en él, por la ley psicológica del “resentimiento”, un odio vivísimo a esa sociedad, si es que antes la amaba. Ésa es la psicología del apóstata, notada por ejemplo en Miguel Mir y la Compañía de Jesús por la Pardo Bazán.

Yo he vivido durante siete días (Semana Santa de 1947, Roma) la mentalidad del apóstata, sin culpa mía. Es algo dantesco. Cada fraile o monja que veía (¡y si los hay en las calles de Roma!) me producía una moción de odio y repulsión literalmente “infinita”; cada iglesia me repelía como un matadero.

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“Ud. Tiene una sensibilidad demasiada” –me decía una vez alguien que la tenía nula–. “Yo no la compré en la tienda –le dije yo. Ni más ni menos la que Dios me dio”.

Tachar la sensibilidad de un artista es tachar lo que es su razón de ser como artista; y a eso no tiene derecho el que está aprovechándose de los frutos de ese hombre como artista. Comer los frutos de un árbol y maltratar del mismo árbol las hojas y el tronco, no es solamente inicuo, es idiota. Si alguien disfruta en provecho propio de la sensibilidad de un artista (como disfruta todo el mundo, desde luego, si es un verdadero artista), si alguna vez disfruta especialmente de esos frutos, como sería del dinero que dan sus obras, y después “ca… a patadas” (como dicen los paisanos), la sensibilidad de ese artista, como históricamente pasó en el caso de… (suprimido todo el resto por la censura: creo que Don Hugo aludía al caso del poeta catalán Mosén Cinto Verdaguer).

[1]  Entresacados de papeles de Castellani, fueron escritos a fines de 1947 y principios de 1948 durante el destierro en Manresa.

[2]  1-XI-1947.

[3]  Escritor francés que permaneció en Roma entre 1553 y 1557 como secretario de un Cardenal.