Prólogo a Nosotros los Inmortales

Prólogo a Nosotros los Inmortales[1]

 

He tenido el privilegio de corregir las galeradas deste libro. Se me pide diga algo dél.

Yo diría que Helvio Botana es un poeta que saca las primeras consecuencias de la Fe; que por ser las primeras están olvidadas por los fatigosamente embarcados en discutir las últimas –o simplemente olvidados de todas. La “fe no pensada” es una de las variedades de la “fe sin obras” del Apóstol Yago [1, 22-23; 2, 14]. La obra del entendimiento es en el hombre la primera obra.

Esta obra de pensar la fe ha faltado hasta ahora en la Argentina. En un cinetocincuentañario de “religión”, la Argentina no ha producido libros religiosos buenos; ni malos, si vamos a eso; y los devotos hacen un milagro cuando leen una traducción del Cardenal Spellman o Raoul Plus. Por eso son importantes los libros de Botana, todos ellos de tema religioso.

Son en nuestro medio una especie de milagrito. Muestran que el país no está tan degradado como parece.

En un viaje reciente a Rosario fui a visitar a un sacerdote muy enfermo conocido mío, el cual me preguntó con voz aterrada y moribunda: “¿La Iglesia no le ha prohibido todavía esos libros que Usted anda propalando subrepticiamente?”

Pobre Don Helvio: prologado por mí, es posible que su perfectamente ortodoxo meditatorio se convierta en herético y “subrepticio”.

El que los primeros libros religiosos que se publican en el país deban producir tal grotesca reacción, incluso en personas de las más alta Jerarquía[2], es cosa que ya no es de tolerar, pues son desdoro incluso de la inteligencia y adultez del país, no digamos al decoro de la Iglesia.

Y el hecho de que algunos miembros desa Jerarquía no sólo yerren teológicamente acerca desos libros, sino que anden difundiendo su error en forma oculta y tortuosa, “por los rincones”, como dijo Santo Tomás, es grave; pues es derechamente lo contrario de su oficio.

El Papa Benedicto XIV en su Bula Sollícita et Próvida del 9-VIII-1753, mandó que quien pillase una herejía en el libro de un católico, le avisara primero a él en caridad (cosa que por lo demás el Evangelio manda en Mat. 18, 15) y si el errante recalcitrare o se obstinare, solamente entonces lo denunciará con las debidas pruebas a la paterna autoridad competente –mandato que ha entrado en el reglamento de la Congregación del Índice. Mas ni la Bula Sollícita ni otra alguna manda o permite a los Pastores de la Iglesia que anden susurrando por los rincones delitos ajenos graves que no existen, difamando gravemente a sus súbditos, prohibiendo libros ya rectamente censurados y aprobados por medio de circulares secretas a curas o libreros, intentando (sin éxito por suerte) quitar a un escritor creyente su único medio de vida, etc. Eso es mugre. Eso sería simplemente, si fuera adelante, “la abominación de la desolación en el lugar donde no debe estar”.

Para mí la cosa sería cómica si no fuese tan dañina y desdorosa a la Iglesia. Un alto Prelado dijo en una reunión de Acción Católica a las indefensas muchachas (respondiendo a una dellas) que “Castellani es hereje pero tiene un talento tan sutil que no se sabe si es o no hereje”. Demasiada sutileza parece eso. Relata refero. Relato de testigos. Ojalá fuese falso. Pero solamente que la anécdota corra con datos concretos, nombre y fechas, ya sería bastantemente malo.

Bien, el libro de Helvio Botana no es herético ni “subrepticio”. Soy Doctor en Teología y por lo menos las obras de los otros tengo autoridad para juzgar… en primera instancia

 

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Cualquier cosa quiera decirse de los tres ensayos religiosos de Helvio Botana (El Pan y la Viña, Esta Difícil Libertad y Nosotros los Inmortales) lo que no cabe negar es que son católicos.

Lo segundo que no puede negarse es que son vividos. De repente una frase nos toca en forma que la creemos nuestra, que eso lo hubiéramos querido decir. De modo que el comentario no es: “¡Qué hermosa frase!”, sino: “¡Qué real!”

Véase, por ejemplo, el capítulo sobre el “Existencialismo” artístico o literario argentino: es patente el contacto o experiencia directa y no de oídas del autor con los medios sofisticados, snobs, o derechamente macaneadores que en la Gran Capital de Sud monopolizan en cierto modo la dirección de lo que se llama “Cultura”. En la Facultad de Ingeniería se enseña una “materia” con “trabajos prácticos” llamada “Historia de la Cultura”. ¿De cuál dellas?

“Hoy día corromper y ser corrompido llaman cultura”, dijo Tácito. “Corrumpere et corrumpi saeculum vocatur”. Mas los “artistas”, los “profesores” y los “filoletros” actuales (en general) peores que los de Roma pagana, no corrompen solamente las costumbres, éstos corrompen la cabeza. Són “álogos”.

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La certera frase de Helvio Botana (otro ejemplo de lo dicho) acerca de los “galimatías intelectuales” del tan cacareado en esos medios tilingos filósofo Heidegger[3] (que si hay cuatro que lo han leído todo y tres que han entendido algo, es mucho) revela actualidad y muy buen sentido. En efecto, dejando aparte su talento para la abstracción (que es la condición del metafísico pero no es ni de lejos todo el metafísico), existen en Heidegger páginas enteras de malabarismo técnico, con palabras metafísicas forjadas por él con residuos de Aristóteles –en lo cual prolonga el profesor de Friburgo un juego poco noble que inventó Hegel. Ejemplo de la perspicacia de Helvio Botana, el cual posee claramente lo que llamó San Ignacio el “sentir con la Iglesia”.

Es ésta, pues, una apología del Cristianismo enteramente vivida; o sea, “subjetiva”, como las quería Kierkegaard. Responde a la pregunta: “¿Qué vio Usted en el Catolicismo para hacerse católico?” Exalta por encima de todo la Caridad y la Libertad del espíritu, que son los dos principales “frutos del Espíritu Santo”, que decían los antiguos catecismos españoles; no cualquiera libertad, sino Esta Difícil Libertad.

La faz tan importante de la penitencia, la cruz y la “tristeza cristiana” (Balmes) no está negada ni mucho menos, pero está puesta de fondo y como en sordina. También lo está en Chesterton. Quizás el singular estado de nuestra época desesperanzada lo pide. Los Padres de los primeros siglos no hacían más que predicar el cielo y el triunfo; es decir, la Parusía: la “inmortalidad”, lo mismo que Helvio Botana. Helvio Botana sabe que el Catolicismo es difícil, pero no se ocupa dese aspecto dél, que aquí y ahora no es el principal.

La “historicidad” es un factor absolutamente necesario al entendimiento de las doctrinas. El Comunismo es como un Albigenismo; pero es deste tiempo, y por tanto diferente de medio a medio. Estos días he estado considerando el singular viraje de los escritores eclesiásticos alrededor del siglo V: cómo difiere el enfoque (no la dogmática) de un Ireneo (siglo II) del de Agustín (siglo V): uno con la intensa preocupación de la Parusía, el otro con la no menos intensa de la construcción inmediata de la Cristiandad. Yerran los que afirman: “San Ireneo fue milenista, San Agustín fue antimilenista”… Las dos cosas a la vez fueron los dos; con el acento desplazado. Pero desto, otra vez.

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Helvio Botana dice cosas obvias que nadie dice, y por ende, pocos saben; pues la mayoría dice lo contrario: “¡Qué lindo el vestido del Rey!”

Así Helvio Botana dice, por ejemplo, que no estamos en la Era Cristiana, sino en la Era Descristianada.

Él abrió los ojos y lo vio. No llegó a ello por una larga ringla de silogismos o estadísticas.

Basta querer ponerse a vivir la fe para experimentar una correntada en contra que lo hace reír a uno del conocido axioma de Monseñor Franceschi: “Nunca la Iglesia ha estado tan bien como ahora…”

En un cierto sentido espiritual es verdad; más o menos en el sentido en que San Lorenzo puesto sobre las parrillas ruscientes decía que estaba fresco.

Helvio Botana es aquel niño que exclamó: “El Rey está desnudo”, mientras los cortesanos graznaban exclamaciones a su hermoso vestido, porque un brujo los había hecho encreyentes que no verían el vestido (inexistente) lo que fueran hijos de bastardía. Desos brujos y esos cortesanos anda lleno el mundo. Ahora se llaman “la opinión pública”.

El mundo de hoy está compuesto de dos especies: una minoría que sabe realmente la verdad de las cosas, en un sector del saber al menos; y una mayoría que sabe lo que dicen los diarios; y éstos son los que creen saber más que todos (como que son mayoría) y desprecian al pobre solitario en su cueva.

Repiten consignas y chiboletes sin saber que son consignas, y menos de dónde vienen, ¿y nosotros vamos a repetir o respetar tales consignas? Si uno dice otra cosa es “loco”, o por lo menos es “agresivo”. –“Oh, no: quién sabe lo que irá a decir Castellani”. –Imbéciles mamaos. Pierdan cuidado: no les voy a decir la verdad a los que no la desean ardientemente.

 

[1]  Farina Editores, Buenos Aires, 1961. Helvio Botana fue hijo de Natalio Botana, Director de Crítica.

[2]  Caggiano, Cardenal de Rosario, prohibió a los fieles la lectura de El Evangelio de Jesucristo… cuando la edición ya se había agotado.

[3]  Cfr. San Agustín y Nosotros, Jauja, Mendoza, 2000, p 81, nota 3, y p 223.