Rebelión en la Cárcel Devota

Rebelión en la Cárcel Devota[1]

El miércoles 19 del mes XII me visitaron dos hermanitas de una congregación religiosa francesa. Fue una agradable sorpresa, como Uds. verán luego; entre otras cosas, porque hacía como veinte años que no trataba con monjas; y porque venían a pedirme autorización de traducir y publicar en una revista de ellas en París (Les Annales de la Foi: Argentine) tres o cuatro fábulas de un viejo libro mío. Con un bolígrafo rojo y con correcto francés les firmé la autorización gratuita; y con mucho agrado (“trés volontiers”) por ser cosa que no suelen hacer los religiosos y sacerdotes (el pedir autorización para publicar algo mío) dado que “entre hermanos todo es común”, según el cristianismo –primitivo. Después una dellas, que llamaremos Madre Sulpicia, me contó la rebelión de Villa Devoto en la forma que diré:

–Peggro ¿Ud. no lee los diarios de la mañana? –me dijo la Madre asombrada.

–Ningún diario leo, excepto Tribuna de San Juan –le repliqué–. Mi Radio está descompuesta y mi teléfono también. Guardo mi celda como buen ermitaño urbano, y no veo a nadie: exceptuando muy placenteramente a Uds. ahora, que me hacen este honor. El que me visita me hace un honor, el que no me visita me hace un placer: dijo un francés famoso. Pero Uds. ahora a mí, las dos cosas…

–Voilà bien la galanterie espagnole! –dijo la francesa.

Y entonces, en un argentino correcto con fuertes nasales y erres francesas emprendió a contarme lo que había pasado “anoche”. Así más o menos resumiendo:

– “Se sublevaron los presos del cuadro 3º bajo el mando de cuatro pistoleros llamados Luján, Castrillón, Soto y Selfer. Tenían un revólver. Con él amenazaron y aprisionaron a unos guardianes, creo que unos siete. Después por teléfono comunicaron al Director de la Cárcel que, si no los ponían en libertad a los cuatro, mataban a todos los rehenes incluso a un cura, un tal Ganchegüi. El Director naturalmente les intimó al momento entregaran el arma y soltaran los rehenes; o bien, iban a probar el peso de su puño…

“Los argentinos son nobles y valientes –«parentizó» la monja–. Yo he nacido en Francia, pero soy argentina de corazón, pues hace 27 años que trabajo en la Argentina…

–No puede ser –interrumpí yo–, pues nadie puede trabajar antes de nacer; –y ella rio del complicado cumplido que no era del todo, pues no debía tener más de 20 años, apariencia, al menos.

– “Dejando los años a su juicio, continuó («Je reprends») –dijo–. Para probar que iba de veras, el pistolero Luján dio muerte a uno de los guardianes, colgándolo a la vista de una reja. Después exigió le mandasen un juez, y luego otro juez superior. Se los mandaron; y entonces exigió viniese allí el Ministro de Justicia, y el Presidente de la República; y dejasen allegarse a los periodistas para una «conferencia de prensa»…

–¿Y el Director? –dije yo.

–El Director –prosiguió ella– naturalmente se portó como un argentino: es un militar. Tomó el micrófono y dijo fríamente al asesino y a los sublevados: «En el término de 10 minutos y ni un segundo más, Uds. entregan el revólver al sacerdote y me sueltan a los siete rehenes. Después veremos: de mí no han de temer Uds. injusticia alguna. Si no lo hacen de aquí a nueve minutos, aténganse; porque vamos a galopar. No me asusta barrer el cuadro 3º con granadas, si es forzoso». Y en prueba dello hizo disparar por la ventana del recinto dos cápsulas lacrimógenas –una de las cuales dio en el cura.

“Naturalmente, se rindieron. El Director, pistola en mano, sujetó a los otros guardias (furiosos por la muerte atroz del compañero) con un solo grito; liberó a los rehenes y aprehendió a los sublevados. Después ordenó a cuatro milicos fusilaran manu militari al asesino Luján en el mismo patio a la vista de todos «bajo mi responsabilidad»; y como uno de los cuatro milicos vacilara, lo encañonó con su metra. Confesado, vendado los ojos y fusilado el reo, el Director elevó su renuncia, y se puso a disposición del Tribunal Militar. El Presidente Guido aceptó la renuncia, le impuso al pundonoroso militar 15 días de arresto, y lo condecoró con la Orden sanmartiniana, dándole otro cargo. Inmediatamente mandó se preparara un proyecto de ley restableciendo la pena de muerte por delitos atroces en la Argentina, único país del mundo que no la tiene– en el papel aunque sí en los hechos: solamente que la suelen aplicar aquí los ladrones a la gente honrada, y no los Jueces a los malhechores.

–¡Qué me dice! –salté yo– ¡Qué noticia! Se me vuelve el alma al cuerpo. No estamos tan mal como pensábamos…

– “Se me olvidaba un episodio –dijo la monjita, cambiando una mirada furtiva con su compañera–. En el parlamento telefónico que hubo entre el pobre Luján y el Director, el asesino dijo al militar: –¿Sabe Ud. que hace dos meses comemos comida cruda por estar rotas las cocinas? ¿Sabe Ud. que un guardián casado gana $7.000 mensuales, y para completar su sueldo se ve tentado al soborno, y nos proporciona armas, morfina y hasta muchachitos para nuestras veladas? ¿Sabe Ud. que con capacidad para 800 hay encerrados 2.100 presos en este infierno?

–Dijo: «Lo sé: y como puedo tener algo de culpa, me comprometo palabra de soldado a arreglar las cocinas de mi propio peculio antes de siete días; y a remediar lo demás en cuanto yo puedo; y a renunciar si no puedo.»

–Magnífico –dije yo–. Esto parece cosa del Apokalipsis. Éstos parecen esos argentinos viejos, de los cuales me contaba hazañas mi abuelo Don Leonardo. No estamos tan tan mal…

Estamos peor. (Se fueron las dos religiosas, después de otra intrigante miradita risueña.) Estamos mucho peor. Acabo de leer Tribuna del 21, y veo que la cándida ovejita Sulpice me metió la mula de la manera más graciosa del mundo: debe de ser sobrina de Anatole France. La rebelión fue un desastre: no murieron dos hombres sino dos docenas de la manera más salvaje; no se impuso el Director, mas transó con todo lo que le exigían: no imperaron la ley y los principios sino el crimen y la indisciplina –a causa de la blandenguería. Este hecho brutal es un esquemita figurativo del estado actual de la nación, una viñeta, un “transparente”, un vitral historiado. No me extrañan ahora las sonrisitas de la pícara francesa.

Todo lo que me contó, mardita sea mi arma, está en un libro traducido hace poco “al francés (ella es profesora de francés) The Ninth Hour del policía Ben Benson; pero pasó en los Estados Unidos, no aquí. Me andaba pareciendo no más que conocía yo esa historia: es la historia de la revuelta de presos encabezados por Steve Runstead, Dan Oakley, Peter Zerza y Joe Thale en la cárcel central del Estado de Massachusetts, en 1929. La monja acababa de leerlo, por más que lectura para monjas mucho a mí no me parece. Pero… monjas modernas; y por añadidura, francesas…

Bueno, estoy casi seguro de que leen hasta Anatole France. Ésta, por lo menos. Ésta, por desgracia, me dijo que se volvía pronto a Francia. Gran cosa una mujer así, sacrebleu!

 

[1] Tribuna, San Juan, enero de 1963.