Revolución[1]
Como soy periodista y vivo en Constitución, me piden haga un “relato de testigo presencial” de lo que pasó en Buenos Aires del viernes 21 al domingo 23. Buenos Aires es muy grande; y ni leyendo todos los diarios porteños y Tribuna de llapa, puede uno abarcar del todo a esta urbe dislocada y un poco monstruosa.
Siendo periodista, ciertamente podría producir una crónica como la del diario Clarín acerca de la batalla (?) de Etcheverry; es decir, una especie de canto épico a la valentía del Ejército Argentino, y sobre todo a la valentía del “repórter” de Clarín: el cual la adorna con frases de antología (la de una “antología de lo cursi”) como la siguiente: “En medio de la contienda, las tiernas vacas pastaban su inocencia”.
Pero, a decir verdad, no fui testigo presencial: pasé todo el tiempo de la “batalla” (?) de Buenos Aires” y el “triunfo de los azules” corrigiendo las pruebas de un libro religioso, que ni siquiera es mío. Movido por insistentes telefonazos de que desalojara mi casa conforme lo ordenaban los excitados “comunicados”, bajé al vestíbulo y encontré a mis convecinos discutiendo el desalojo o no desalojo del bloque. Los vecinos (más sensatos que los azules) decidieron la mayoría no obedecer; en efecto, no era más peligroso quedarse en casa que andar por la calle; y colectivos y ómnibus no había. Los pocos vecinos que, presa del pánico, lo hicieron… no les fue bien. Incluso fueron tiroteados en Plaza Constitución. No hubo muchas bajas, porque los reclutan estaban tan nerviosos como los fugitivos, y no afinaban la puntería.
De repente, cuando estaba acabando el índice de mi libro (o de mi amigo el P. Alcañiz S.J.)[2], estalló la paz. El comunicado nº Ciento y pico nos anotició que habíamos sido salvados (de qué, no constaba) y que “había triunfado la Verdad”. ¿Qué verdad? La pura verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como dice el juramento en Tribunales. Para el cieguito que mataron de un tiro en Constitución, realmente fue “la hora de la Verdad”.
Todos los muertos fueron accidentales; es decir, inocentes; supongo que también algunas de las “tiernas vacas”; incluso un recluta que llevó a su casa una granada de mano, y quiso desarmarla. La población no tenía nada que ver con las contiendas políticas de los militares, las cuales lisa y llanamente ignora; aunque en general estaba “de parte de los amigos”, Dios sabe por qué razón; y le tiraron flores al Coronel Aufranc cuando volvió de Avellaneda.
Un Coronel de Olavarría, Maqueda, dio la nota justa en esta confusión: declaró que no estaba con ningún bando: ni con Guido, que se había “dado vuelta”, ni con los antiguidianos; que su deber de conciencia era no sacrificar la vida de sus hombres por unas cosas que no conocía. Incluso escribió una carta a la Suprema Corte que configura (legalmente) un verdadero desacato al Presidente, pero que decía la verdad: por desgracia. Ésta es la hora en que no saben qué hacer con él; si acaso castigarlo, o bien darle una medalla y un ascenso.
Para cambiar un Ministro de Guerra y algunos Jefes, realmente el procedimiento es demasiado costoso. Ha sido una “revolución” en falso: ésta es la hora en que los “azules”, que nos han puesto azules a todos, tienen en las manos un instrumento peligroso (el poder político) y no saben qué hacer con él. Los partidarios de la “Revolución Nacional Cristiana” (la cual para mí actualmente no pasa de una utopía) dicen amargados que “de todo esto no ha salido nada”…
Yo opinaré en contra: algo tiene que salir. Por ejemplo:
1º que el despreocupado país (o la burguesía del país, pues los pobres saben a qué atenerse) se dé cuenta que el estado del país es grave; por lo menos el estado de la política falsificada; pues aparentemente, si no es a fuerza de golpes, no quieren estudiar la materia. La falta de adoctrinamiento político de la burguesía (incluso de muchos militares) es inconmensurable. Para llegar a la “restauración” o bien a la “instauración” del orden político, el conocimiento es indispensable, como dice Pirincho Quiroga; a causa del verso que dicen: “Quien no vive en la verdad – Hacia la ruina camina. – La primera medicina, – Es saber la enfermedad”.
2º parece ser que el sector más avieso del Ejército ha sido derrotado –políticamente– por ahora. Ese sector llaman “el gorilaje”, nombre que cubre a diversísimos oficiales, los cuales coinciden solamente en una nota, el antiperonismo, para ellos sinónimo de anticomunismo; divergiendo en todo lo demás, pues cada uno tiene en su cabeza un esquemita político diverso; y por lo general, simplista.
3º la política falsificada tiene que dar paso a la política real. En nuestro país muchas cosas están falsificadas; y la política falsificada es una de las más funestas. En 1851, después de la oleada de revoluciones liberales del ’48 (del ’53 entre nosotros), el filósofo danés Suren Kirkegor escribía en su Diario lo siguiente:
“La política se ha falsificado. La habilidad política en los Estados modernos no consiste ya en saber cómo conducirse en el ejercicio de las funciones de… Presidente; antes bien en saber cómo llegar a Presidente”. («Ministro» escribe el filósofo, súbdito de una Monarquía). No se sabe nada más; totalmente que uno agota el caletre en una especie de «ciencia de la introducción al arte de llegar a Presidente». Los Estados van así a su disolución; pues a la verdad, la autoridad no es ejercida…
Otros efectos que dicen los peritos tuvo esta conmoción castrense –que no podemos negar tuvo sus ribetes de grotesco, aunque los diarios aseguran que “en ambos bandos resplandeció la hidalguía”–, de esotros frutos meramente politiqueros más bien callaré, porque me son ocultos o bien oscuros –que es lo mismo para mí.
Un gran escritor porteño, Juan Pablo Oliver, ha dicho la palabra tajante acerca de esta “Revolución. ¿Para qué han peleado (?) los azules? Para que haya elecciones prontas, limpias, irreprochables; el “reencuentro” del pueblo argentino. “Camaradas de las Fuerzas Armadas: estamos luchando para que el pueblo pueda votar; ¿lucharás tú para que no vote?”
¿Qué puede salir deso? O bien elecciones fraudulentas, otro gigantesco “fraude patriótico” que dejaría al país en igual o peor estado que antes, con regocijo de ciertos tiburones de las finanzas extranjeros e indígenas; o bien elecciones prontas, limpias, irreprochables, leales, fidedignas, honradas y solemnes, que traerían la vuelta de Juan Domingo Perón; y quizá la guerra civil.
¿No hay pues remedio? Sí lo hay: el que dije arribe. Adoctrinamiento se llama; como dijo Monseñor Sansierra[3] –y José Assaf.
La primera medicina es saber la enfermedad.
