Shakespeare y Calderón – El Arte y la Moral

Shakespeare y Calderón – El Arte y la Moral[1]

La discusión muchachil con Izurieta y Capriotti acerca del valor artístico de la Biblia… Y después.

Se admite comúnmente que Calderón (y Lope) es inferior a Shakespeare. Pero estas obras, sobre todo El Alcalde, son en un sentido superiores a Shakespeare. ¿En qué sentido?

Se puede decir que son más “civilizadas”. En Shakespeare, la barbarie del hombre natural produce una mayor riqueza del “espectáculo” (que es lo que interesa al dramaturgo) y una mayor profundidad psicológica, que es lo que interesa al puro contemplador. Pero aquí existe una estructura que interesa al constructor.

No se trata de que sean más morales, en el sentido vulgar. Cuando el arte se pone al servicio servil de la ética y la religión, decae como arte. Pero cuando se estructura en la moral y la religión sin abandonar sus fueros, asciende a un plano superior de valores –lo cual es posible sólo en muy grandes artistas. Entonces el artista deleita y enseña juntamente; y por allí se conecta a su modo con la misión más alta que existe: “Id y enseñad a todas las gentes” [Mt. 28, 19]. El artista (diríase) renuncia a su don para acatar el valor del Último Fin del hombre humano-pecador tal cual de hecho existe; y después recobra su don restañado y podado quizás, pero incorporado a un orden fácticamente superior, aunque teóricamente no lo sea, pues la contemplación pura es simpliciter el último fin del hombre.

Hamlet es pues más rico, más fuerte, más movido que El Alcalde como espectáculo; pero El Alcalde es más alto.

“El arte es el cómplice de la antigua serpiente”. La tentación de ver en el arte algo esencialmente torcido, peligroso o anticristiano, es muy grande: versa sobre las cosas sensibles; a las cuales hace estallar de luz; esas cosas sensibles que hay que renunciar y aventar todas, según los místicos.

Hay una tentación o propensión continua en el artista de representar las cosas (y el propio yo) como él los ve, indiferente al daño que puedan hacer, o a su choque con la moral común: hay la propensión a “endiosar”. Pero Santo Tomás considera esa propensión como lícita, o al menos inevitable (de hecho es natural) y encomienda al “Príncipe” el deber de retirar las obras artísticas (realmente artísticas, no las de designio pornográficas o subversivas) que puedan dañar al común.

El arte decae o falla cuando se pone al servicio servil de la moral; mucho más cuando se pone al servicio de Lo Inmoral, por supuesto. Pero hay una manera soberana (y difícil) de servir a la Verdad transcendente sin renunciar a la verdad artística.

En el gran artista cristiano (Fra Angélico) se produce lo que llama Hegel una “Aufhebung”, una “supraasumpción”: dos cosas opuestas se levantan a una síntesis superior sin eliminarse mutuamente; aunque no podrían hacerse una si cadaque no dejase caer algo. Un artista no será nunca mayor que un apóstol, aunque el apóstol sea tan rudo como San Judas; pero un predicador común no será tan grande (fácticamente, no teóricamente) como un gran artista.

Shakespeare es más grande que Calderón como puro artista; Calderón es más grande como hombre-artista, poniendo el acento en la palabra hombre. Musset dijo de Victor Hugo: “Gran hombre si se quiere, pero poeta no”. Y los victorhuguianos, de Musset: “Poeta si se quiere, pero gran hombre no”. Mas la conjunción de las dos cosas da un tipo absolutamente superior, que apareció dentro del Cristianismo: el poeta cristiano, que no es solamente poeta y cristiano, como fue Shakespeare, con el acento sobre poeta.

Ésta es la solución al decantado problema del “arte y la moral”. Son dos instancias distintas, cada una superior a la otra en diversos planos. Su unión o Aufhebung sólo se verifica en las cimas más altas de la Verdad; y es una unión dolorosa.

El gran arte cristiano es un arte vulnerado; y el arte no es un cómplice de la Antigua Serpiente; pero está mordido por la Serpiente, mordido en el talón.

San Juan de la Cruz hubiese dado todos sus poemas por un Padrenuestro. El hecho es que los hizo, y rezó también (y antes) el Padrenuestro (muchas veces); aunque hizo muchos menos, y menos lustrosos de lo que quisieran los que no quieren el Padrenuestro.

[1]  Manuscrito en La Vida es Sueño – El Alcalde de Zalamea, Editorial Tor, Buenos Aires, 1939. La nota fue redactada el 14-III-1959. Muchas frases reaparecen en Doce Parábolas Cimarronas, Apéndice – El Arte de las Parábolas, Itinerarium, Buenos Aires, 1960; Jauja, Mendoza, 2001.