Sobre Esquiú Más y lo Mismo

Sobre Esquiú Más y lo Mismo[1] 

Temas Religiosos

 

Nuestro colaborador el Cura Niño, responde hoy a Fray Antonio de Santa Clara, Cuyo, edición de ayer.

Sr. D. J. M. F. U. –Estimado Director: –

La publicación del artículo (o lo que sea) titulado “¡Irresponsable!” y firmado con el nombre (que ojalá sea un seudónimo) de Fray Antonio de Santa Clara, Franciscano, Córdoba, es de lamentar; pero si en realidad se trata de una petición con carácter de exigencia, ¿qué le vamos a hacer? Penitencia. Pero nadie me hará creer a mí que sea un franciscano de verdad.

Me servirá para repetir lo dicho en mi ensayo del 8-X-46 en forma más clara, ya que por lo visto hay una persona por lo menos, a quien no me he dado bien a entender. Ando escaso de temas: me servirá esto de tema para otro artículo, cuyo estilo no será como “un armónico coro de exultantes voces”, ni tan esplendoroso como “el sol que arroja su refulgente lumbre desde el Oriente”, después de haber bañado un Continente, exclamando a su paso: ¡Libertad!; pero al menos será claro, exacto y tranquilo.

Lo dividiremos en tres partes como los sermones: primero, lo que yo no he dicho; segundo, lo que yo he dicho; tercero, lo que yo he querido decir. Omitiré por superfluo explicar lo que soy, porque eso lo hace con abundancia mi religioso contrincante, que solamente en la primera parte de su artículo (o lo que sea) me llama “irresponsbale, destemplado, infeliz, carcomido de envidia, escudado en el pseudónimo, impotente, enlodador, incapaz de imitar a Esquiú, el colmo de la audacia, de la inconsciencia y de la perversión…” Vean el número de ayer, a ver si no es cierto. Lo único que no me dice es asesino y ladrón; que es justamente lo que yo soy, aunque en sentido metafórico. Fray Mamerto Esquiú ¿estará gozoso en el cielo de que le haya salido un defensor tan fervoroso? Yo dudo mucho que el Pobrecito de Asís le celebre el vocabulario.

¡A la obra! 1º Lo que yo no he dicho. – He vuelto a leer mi ensayo. Hay muchas erratas de imprenta, pero ¡loado sea Dios! no está nada de lo que contra Esquiú su defensor ha leído, si es que realmente leyó el artículo, cosa que se puede poner en duda. ¿Dije yo que Esquiú no era virtuoso? Dije lo contrario. ¿Dije que no era santo? Dije lo contrario. ¿Dije que era liberal? Ni por sueños. Estoy sospechando que mi acusador no recibe Tribuna, sino que algún malintencionado le sopló una falsa información, y el tipo agarró y montó el picazo, el cual se le desbocó inmediatamente. Si es de veras un franciscano, el hombre le debe tener rabia a Esquiú y a su propia benemérita orden. Ningún franciscano de los que yo conozco (y amo) en la Argentina es capaz de escribir una cosa semejante; no digamos nada de mi maestro en Italia, Fray Agostino Gemelli. Hace poco he viajado a Córdoba junto con dos estudiantes franciscanos del convento de San Antonio y eran dos espléndidos mozos, llenos de discreción y de piedad religiosa. Siempre ha habido de todo en la viña del Señor; pero lo malo es cuando sube a la superficie y se produce en público, en predicador, escritor y superior, lo que no ha sido hecho para la vista del gran público. Cosa que por desgracia está pasando un poco por todo en la Santa Iglesia, en nuestros calamitosos tiempos; y hemos de rogar a Dios que se corrija. La “rebelión de las masas” que dice Ortega, no ha perdonado del todo al mecanismo corporal de la Iglesia, como no era posible que lo perdonase. Así que, por amor de Dios, no vayan a juzgar a todos los franciscanos, y mucho menos al santo catamarqueño, por este defensor e “imitador” que le ha salido.

2º Lo que yo he dicho – Si el autor del “armónico coro de exultantes voces” hubiese suprimido la mitad de sus adjetivos, hubiera tenido espacio para transcribir los textos donde yo habría dicho todas esas atrocidades del Santo catamarqueño, al cual he dedicado ya en 1941 un elogio mejor que el suyo –que está en la pág. 197 del libro Las Canciones de Militis[2]–, y una moción de que lo canonizarán. Y si hubiera suprimido la mitad de sus metáforas y un tercio de sus insultos, hubiera tenido tiempo el amigo de leer mi artículo y encontrarse con asombro que todo lo elogioso que él dice de Esquiú (“virtuoso, humilde, santo, prelado, patriota, espejo clarísimo rodeado de aureola más brillante que el sol, asceta de fe profunda, parecido a un santo”, etc., etc.), lo digo yo también en mi modesto ensayo, aunque, eso sí, sin metáforas. Lo único que él añade son las metáforas y dos o tres faltas de ortografía. Entonces ¿para qué tanto barullo?

No tema que peligre la canonización del “primer santo argentino” por artículo periodístico más o menos, si la Divina Providencia lo quiere y él hace tres milagros. Dios no precisa de nuestras mentiras. Si Esquiú no fue un genio intelectual, Dios tuvo la culpa. Si no estuvo al tanto de la polémica religiosa contemporánea, él no tuvo la culpa. Si se aprovecharon de eso los enemigos de la Iglesia, es más bien una señal de mérito que otra cosa.

3º Lo que quise decir – Una canonización es una cosa importante, donde no debe hallarse ni sombra de contaminación. Si Roma no tiene información completa, no puede hacer nada; o si hace algo, la emboca mal, y sufrimos todos. Lo que mi contrincante llama “salivazo” (él lo escribe con b larga) “inmundo”, está dirigido a favorecer ese merecido triunfo de los franciscanos.

He tenido ocasión de examinar el catálogo de la Biblioteca del convento de Catamarca en los tiempos de Esquiú. La gran mayoría de los libros eran Derecho Canónico y Liturgia. Las pocas obras de Teología no son contemporáneas: algunos antiguos tratados escolásticos, como Escoto, y algunos manuales comunes. Y es natural que así sea. Una colonia (una pequeña villa de una colonia) no tiene por qué hacer investigaciones científicas. La doctrina les viene hecha de la metrópoli y ellos deben cuidarse de las aplicaciones, para lo cual sirve el Derecho Canónico. Tampoco hoy día, con ser una nación libre, hay casi nada de investigación teológica en la Argentina. Justamente por el hecho de habernos vuelto semicoloniales, hay poca investigación original en todos los órdenes. Prueba de ello es la poca suerte del libro argentino y la balumba de traducciones de libros anglosajones mezcolados y en gran parte dañinos con que nos inundan actualmente las editoras, como Losada, Sudamericana, Lautaro, Esplendor, Prometeo, Claridad, etcétera.

Esquiú “profesó a los 16 años y a los 17 concluyó Teología” –dice él mismo en las notas autobiográficas que con el nombre de Historia de Mi Entendimiento escribió a los 27 años. Sus escritos solos, por lo demás, testimonian de la brevedad de su Teología, así como también, por otra parte, de su familiaridad con la Sagrada Escritura y la solidez dogmática elemental de su piedad. No pudo, pues, estar al día, hasta su vuelta de Europa, de la polémica religiosa de su tiempo, que es la piedra de toque del teólogo; porque se puede decir que todo el inmenso acervo doctrinal de la Iglesia está viviendo entero en cada momento de la historia en el punto preciso e indivisible donde ataca la Anti-Iglesia; así como el poderío de un ejército está resumido en la trinchera actualmente atacada. El “Doctor” en Teología es el que lucha con los herejes de su tiempo; y haciendo eso, es una especie de mártir, dice Santo Tomás de Aquino.

Sus adversarios porteños estaban al día por desgracia; estaban empapados de Michelet, Hugo, Mazzini, De Savigny, Saint-Simon, Fourier, etc. De su poca preparación, que él deplora, le vinieron sus grandes disgustos. Importante lección sobre la necesidad del estudio para todo el clero, empezando por mí y acabando por mi vehemente contrincante.

“Para terminar: sepa el autor del infame escrito (que sabemos perfectamente de dónde viene) que le negamos… que sea cura, porque ningún prelado habría cometido el desatino de confiarle un puesto de tanta responsabilidad…”

Para terminar: sepa el autor del fogoso escrito (y ya lo debe saber, si me conoce, como él dice) que el Prelado de los Prelados me ha confiado el título de Doctor en Filosofía y Sacra Teología por la Universidad Eclesiástica Primera del mundo, la Gregoriana de Roma, “cum licentia ubique docendi”[3], puesto de más responsabilidad que el de Cura Párroco, pues que Santo Tomás de Aquino lo compara al de Obispo. Y que si él, por el hecho de ser “esquiuista” (?) se considera autorizado a insultarme (cosa que desde ya olvido en lo posible), no tiene derecho a eliminar al Sumo Pontífice. Aprenda a respetar la Jerarquía Eclesiástica, en la cual el “Doctor” tiene un lugar, conforme está escrito en I Corintios 12.

P.D. –Yo soy asesino de necedades, ladrón al revés y loco, loco de atar… Yo ¿para qué nací? Para salvarme – Que tengo de morir es infalible. – Dejar de ver a Dios y condenarme, – Dura cosa será, pero posible. – ¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible? – ¿Qué hago, en qué me ocupo, en qué me encanto? – Loco soy en verdad, pues no soy santo.

Pero… me avisan de mi Curia que no use más el pseudónimo El Cura Loco (inocente sobrenombre impuesto por un politicastro al finado mi tío) pues dicen allí con mucha razón: “Un cura, si está loco, no debe escribir; debe irse al manicomio.” Así que gracias a mi caro hermano en Cristo, Fray Antonio O.F.M., ya que los locos y los niños son los que dicen las verdades, cambiaré de pseudónimo y firmaré en adelante:

El Cura Niño[4]

[1] Tribuna, 24-X-1946.
[2]  “Carta del Obispo de Córdoba, Mamerto Esquiú, al Presidente Ramón S. Castillo”, en Seis Ensayos y Tres Cartas, Dictio, Buenos Aires, 1973, pp 222-226. Cfr. también Lugones, Dictio, Buenos Aires, 1976, pp 120-121.
[3]  La tesis doctoral de Castellani no ha sido encontrada. ¿Usurpó el título de Doctor con la complicidad de la Compañía de Jesús? Años atrás pudimos leer en un cuaderno de Castellani: “Hizo bien el Padre Ledochowski [entonces General Jesuita] en cambiar mi trabajo de doctorado por la obtención de una licenciatura en una ciencia experimental otorgada por una gran Universidad europea”. Esto fue recomendado a Ledochowski y al mismo Castellani por el P. Joseph Maréchal: “un doctorado en «otra cosa» en una gran Universidad secular, para adquirir la experiencia del método científico y fecundar el espíritu en el choque de la contradicción ideológica. Porque nada nace en este mundo sino del encuentro de dos principios en cierto modo opuesto, decía el viejo Heráclito: dos varones no tienen hijos. Método bien lovainense por cierto, y no para mentes mediocres” (Prefacio de Castellani a La Crítica de Kant, Ediciones Penca, Buenos Aires, 1946, p 14).
[4]  Castellani atribuye el traspié de Esquiú al promover la aceptación de la Carta Magna yanqui-argentina de 1853 a la falta de perspicacia, de experiencia y a los someros estudios en sus años de formación. Esto disculpa los errores históricos de la homilía que pronunció el 9 de julio de ese año:  durante tres siglos España tiranizó a estos pueblos. Contra esto: “El famoso «despotismo español» contra el cual insurgieron los patriotas –y sobre todo los malos poetas– no consistió en que había exceso de mando, sino paradojalmente escasez de mando a causa de la distancia, de la mala información; y sobre todo a causa de que España estaba metida hasta el cogote en los tremendos enredos europeos; y dividida en sí misma a causa de la prédica de los iluministas o afrancesados” (“El 25 de Mayo”, en esta página. La presente y las demás citas en esta nota sin mención de autor son de Castellani). Juzga a los caudillos como bárbaros y no como jefes de pueblos que, con muchos defectos, defendieron la tradición. Pone como causa de la guerra civil al choque de ambiciones, sin ver que “aquí hay dos partidos que no discuten acerca de los medios de llegar a tal o cual progreso, sino acerca de la esencia de la Nación. Aquí no se encuestiona el petróleo, se encuestiona el patriotismo y la moral; no se encuestiona ni siquiera la moral, sino todavía algo superior, la ontología, el ser o no ser” (“Sobre las Elecciones”, en esta página). Ensalza al traidor por antonomasia de nuestra historia: “¡Gratitud eterna al amigo fiel de la patria! ¡Urquiza, ilustre ciudadano, tu nación te debe la vida!”
Un defensor del Obispo catamarqueño advirtió que, si se probara que Esquiú fue liberal, quedaría archivado su proceso de canonización. El nombre de Esquiú ha sido inscripto en el catálogo de los beatos, pero el punto de vista de los “esquiuistas” no es aceptable: si se hubiera probado que Esquiú había sido liberal, no tendría que haber sido beatificado.
Lo llama, además, el primer crítico de la Constitución, porque no daba a la Religión el lugar que merece; sin embargo, aconsejó aceptarla como el mal menor, que nos libraba de la guerra civil.
A decir verdad, el Santo Obispo no fue el primer crítico de la Constitución: justamente exhortó al pueblo a aceptarla, porque muchos sacerdotes, laicos ilustrados y aun la gente sencilla sabían quiénes eran los “Doctores” que proponían “el cuadernito” y por tanto lo resistían, como ya lo habían hecho en 1819 y 1826.
Luego, en nuestra “Carta Magna”, la Religión no podía ser considerada con los respetos que se merece, porque había sido pensada para que la Argentina “dejara la huella” y, modificada nuestra sustancia moral y ontológica (“Civilización y Barbarie”, Notas a Caballo de un País en Crisis, Dictio, Buenos Aires, 1974, p 540), el país arrojara la idiosincrasia   hispano-católica y se convirtiese en un clon –en realidad clown– de los anglosajones protestantes.
Sobre todo, era imposible que Dios tuviese un lugar destacado en ese documento, pues Él es el autor de la realidad, mientras que la Receta Mágica es una entelequia, el equivalente jurídico del “Canal de Rivadavia”. “El país ha sido vaciado en un molde vicioso” (“Reportaje de Alfredo Bettanin al P. Castellani”, en esta página). Una Constitución Argentina que no toma en cuenta la constitución de la Argentina es sin duda posible el Manual de Zonceras Rioplatenses. Al menos en el título, Jauretche plagió a “Nos los representantes”.
Para ocultar su ateísmo, los “constituyentes constituyentíferos” invocaron a Dios en el Preámbulo, pero es “el dios de Juan Jaime Rousseau, que no es nuestro Dios, [sino] el dios de los deístas, el dios de los masones, el «Gran Arquitecto del Universo», un Dios que puede ser medido y comprendido por nuestra razón y nuestra justicia; pero nuestra razón es débil y toda nuestra justicia es como el paño de una menstruada, dice brutalmente el profeta Isaías [64, 6]. El dios de los deístas es un dios falsificado, es un ídolo” (Domingueras Prédicas, Domingo de Pentecostés, Jauja, Mendoza, 1997, p 155).
Esa “falsa religión –disfrazada de sistema político-económico-cultural, y otras yerbas–, […] destruyó aquí la moral católica, y no nos dio la moral protestante; y mucho menos la «moral sin dogma» que practican los hermanos Ghioldi” (“Miserere con Nombres y Todo”, en esta página). “La mentalidad e idiosincrasia del hombre argentino actual es fruto de la obra y el ejemplo de los «civilizadores» del 53” (“Recortes”, en esta página).
Se equivocan también quienes afirman que la aceptación del engendro era el mal menor, porque nos libraría de la guerra civil. Lejos de evitarla, condujo a un estado de cosas que permitió a los ejércitos de Mitre y Sarmiento masacrar a quienes defendían la Argentina real. El resultado de su aceptación fue que en lugar de cien pueblos enfrentados en guerra de todos contra todos –la obra de Rosas estuvo orientada a evitar ese enfrentamiento–, nos convirtiéramos en una colonia saqueada por los buitres internacionales con la complicidad de los “representantes” del “pueblo soberano”: como botón de muestra, la minería a cielo abierto en la Provincia del Santo Obispo.
Además, la guerra civil no es el máximo mal, porque “aun la más cruel de las luchas civiles es superior a la paz en el desorden, la cual es mera podredumbre, y tanto más peligrosa cuanto podredumbre lenta” (“Decadencia de las Sociedades”, Seis Ensayos y Tres Cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p 129). “Entre una nación podrida en mentiras y una nación en armas dentro de sí misma, las dos están unidas por un cordón umbilical. Ninguna es mejor, las dos son peores, porque son madre e hija; y la manta que las cobija” (cfr. “El 25 de Mayo”, en esta página).
En resumen: “El país ha sido vaciado en un molde vicioso” (“Reportaje de Alfredo Bettanin al Padre Castellani”, en esta página). “La Argentina vive la desintegración de su liberalismo (o sea, del sistema constitucional de 1853), y no sabe lo que va a salir de allí” (“Encrucijada”, en esta página).
La experiencia, y sobre todo las luces con que el Espíritu Santo esclareció al insigne catamarqueño lo llevaron a retractar su error.