Sobre las Constituciones y los Abusos a Quitar[1]
Hay que hablar sobre la reforma o restructuración política de la Argentina, sobre la cual Jaime María de Mahieu acaba de publicar un librito terso y terne como el acero (El Estado Comunitario, Edit. Arayú, Bs. Aires, 1962).
Hay que hablar sobre eso (aunque hablar sea quizás inútil) porque algunos dicen y redicen que los de 2ª República no saben en qué consiste la “Revolución Nacional Cristiana”, puesto que nunca lo dicen; o sea, no escriben “plataformas”. Pero una “plataforma” es la cosa más fácil; y también la más difícil del mundo. Es lo más fácil de proponer: eso es capaz de hacerlo hasta Ghioldi o Balbín; es lo más difícil de imponer o poner.
De aquí al miércoles que viene, yo mismo le puedo redactar cinco “plataformas”, a cual más esplendorosa. Y después ¿qué?
El chiste contra “2ª” dice así: “Éstos no saben lo que quieren. Hablan de la Revolución Nacional Cristiana (que uno de ellos llama el «nacionalcristianismo» o el «naciantiateísmo») y no explican en qué consiste. Lo que desean es que algún otro haga la Revolución Nacional Cristiana (algún militar) y entonces mirarla y decir: «Sí, esto era»; o bien decir como Ortega y Gasset, en las «Cortes» republicanas en 1937: «No ez ezto»; y seguir criticando al mundo entero.”
Ni siquiera tendría que redactar mis cinco “plataformas”. Bastaría copiar. Mahieu pone una al final de su libro: muy discreta y más bien general. Octavio Maestu proyectó hace tiempo una detallada Constitución Nacionalista que anda por ahí manuscrita. Aberg Cobo Martín hizo lo mismo con su proyecto de “voto por familias”. Podría (cuarto) copiarles de nuevo la Constitución Estadounidense, como nuestros Padres del Concilio del ‘53, pero traduciendo del inglés mejor que ellos; y añadiendo las 24 enmiendas, la última de las cuales (duración del presidente no más de 8 años, no tres reelecciones) va contra la idea de Mahieu; y finalmente, podría resumirles en un periquete la Constitución de Atenas de Aristóteles. Y después tendría que hacerme Dictador Vitalicio para que mi trabajo sirviera; y aun así, Dios solo sabe si podría introducir ninguna.
Inútil. Las verdaderas reformas políticas (buenas) las hace el Político (que llamaron los antiguos “Legislador”), y no inventando ni importando, sino calcándolas sobre los usos y las necesidades del país que quiere (y sabe) dirigir. Así se hizo la Constitución yanqui que es la única que ha dado resultado (relativo) en toda la historia. No aquí por cierto: allá. Y con 24 correcciones y no pocas desobediencias: la desobediencia de Jackson, la de Theodore Roosevelt, etc.
Pero, a otra mano, algún faro hay que tener si uno quiere navegar, a falta de carta náutica o detallado mapa; y más si uno quiere hacer caminar a todos detrás de él –o a muchos– o a una minoría factora (no digo “creadora”, palabra hoy manoseada, sobre todo por los poetas y “críticos” de Radio Nacional; allí hay más “creadores” que en la Santísima Trinidad).
¿Y si en vez de enumerar fútilmente qué reformas habría que hacer, encontramos unos cuantos “axiomas” que contengan en semilla todas las reformas necesarias; actuadas después por el Político, no por fuerza, ni por decreto, ni de golpe, sino coyunturalmente, en la línea de “lo ahora posible”, la línea por fuerza sinuosa, quebrada, y recontratomada; en un movimiento avante, no en una “Convención Nacional Constituyente”?
Primer Axioma: quitar absurdos. Cuando joven, ingenuo y optimista, escribí no sé cuántas Reformas de la Enseñanza que ninguna se actuó: y cuando quiso actuar una el finado Inspector General… (se me escapa ahora el nombre; un mulatón entrerriano plagiario), como no la entendía, hizo un desastre, que lo dejó con vergüenza e infamia; y después se murió, no sé si por eso. Pero en cambio tuve trato con un buen Subsecretario de Educación, al cual le pregunté al ser él nombrado: ¿“Qué vas a hacer?” y me respondió muy cuerdamente: “Por un año entero no otra cosa que observarlo todo, y quitar absurdos”. Anoté la frase por si me nombraban a mi Provincial de la Compañía de Jesús; que cualquier cosa puede suceder en este mundo. Con este lema quitar absurdos, el novel Secretario hizo muchos bienes, a pesar de que (naturalmente) duró muy poco.
Si el Político comienza a quitar absurdos políticos de la Argentina, esta nación tan querida como ingrata comienza a transformarse miríficamente. Las “elecciones con fraude” (el mayor absurdo actual), el “gobierno representativo”, que no representa sino los manejos del Gran Dinero (si acaba); la “Capital Federal” portuaria y no federal; y tantas otras verdaderas contradicciones “in terminis”, vuelan. Nación que come absurdos, muere.
Segundo Axioma: en vez de andar mirando lo que se hace fuera y anda bien mirar lo que se hizo aquí y anduvo bien. Por ejemplo, aquí los Padres del Concilio del ‘53, lejos de traducir (es decir, adaptar) la Constitución Norteamericana, la plagiaron; predestinando así a Risieri Frondial para prócer de la Patria; y si hubiesen mirado adentro, se hubiesen topado allí mismo en Santa Fe, con la Constitución viviente de Estanislao López, mucho mejor para el país que la plagiada.
La Constitución yanqui cuando se escribió era viviente: ya estaba hecha; es el producto de una evolución de las instituciones de las Trece Colonias; está pues calcada sobre la realidad social y política y sobre los problemas de la (entonces) embrional Nación, no tocada por la ideología rusoniana sino eminentemente empírica y práctica.
¿Tiene tanta importancia una Constitución escrita? ¡No! El mundo ha vivido como 6.000 años sin Constituciones escritas ¿y no comieron, engendraron y medraron? El mundo actual que no respeta la Biblia ¿va a respetar como Sagrado un librito escrito por dos docenas de leguleyos o charlatanes? La Constitución más vieja que tiene el mundo, la única respetada (relativamente) y exitosa (relativamente) no tiene todavía 200 años de edad. Si quieren exactitud, tiene 175 años: una beba. Y el que los yanquis hayan “escrito” una especia de reglamento nacional (flexible, ambicioso y tejido de compromisos entre fuerzas reales) tiene también su razón histórica: el régimen de las muy diversificadas colonias inglesas se basaba en las “Cartas” otorgadas por el Rey a las “Compañías” comerciales y a los enjambres religiosos disidentes (que esos dos factores colonizaron Norteamérica, muy distinto de aquí) a las cuales Cartas los colonos se aferraban y estaban acostumbrados: nada más natural que hacer una Carta General cuando debieron unificarse. Eso hicieron.
Los historiadores dicen que cuando Rosseau escribió su Constitución del Reino de Polonia (nación en donde jamás había puesto los pies) estaba ya enteramente loco. Puede que no: puede que fuese solamente “locoide”, como fue toda la vida. Así le fue a la pobre Polonia[2].
Si oyen hablar de La Constitución Inglesa o La Constitución de Atenas no vayan a pensar que son libritos divididos en artículos numerados. Son otra cosa muy diferente, lo mismo que las leyes de Licurgo o de Solón; por más que en la Escuela Normal crean que es lo mismo. No. Aquellos eran Legisladores, no Diputados.
Tercer Axioma: restaurar las leyes. ¿Qué leyes? Las leyes natural y divina. ¿Dónde están escritas? En el corazón del hombre justo. Por ejemplo, en el corazón de casi todos los argentinos está escrito actualmente que los ladrones de la plata común deben ser castigados; y las mujeres dicen simplemente: “fusilados”; porque es sabido que la hembra de las especies es siempre más brava que el macho. Benito del Carril me dijo que la simpatía hacia Aramburu que hay en el barrio Norte viene de que es “capaz de fusilar”; pero habría que ver a quiénes: si nos fusila a nosotros, como es bastante posible, no tiene gracia –por lo menos para mí. La Escritura dice que no debe aceptar el ser Juez quien no es capaz de ser furioso; pero furioso “contra la iniquidad”. Jesucristo se contentó con decir: “hambre y sed de justicia”, y no “furia”, como el Antiguo Testamento. Pero equivale.
Contra la ley natural existe en la Argentina, por ejemplo: el Monopolio Estatal de la Enseñanza, no quebrado por el Pbro. Doctor Derisi; el Estado Comerciante; la artificial “División de Poderes”; siendo así que el verdadero poder, y el principal, es el Juez, cuando es verdadero Juez, como los Monarcas Antiguos: “el mejor Alcalde, el Rey” y Pedro Crespo[3]. Y dejando otros, la ficcional y fementida “Soberanía del pueblo”. El pueblo tiene derecho a elegir Soberano, si acaso; no puede ser Soberano. “El pueblo tiene derecho a obedecer” –dice brillantemente Mahieu–; profundo dicho, puesto que ahora ni obedecer recta y racionalmente nos dejan, obligándonos o al servilismo o a la rebeldía; como está allí explicado, en esa recta y lúcida “Teoría del Estado”, de ese eminente publicista. Léanlo dos veces.
Los axiomas 4º y 5º quedan para otro día. ¿Para qué quieren más? Prueben estos tres y verán el sol a medianoche.
