Sobre las Elecciones

Sobre las Elecciones[1]

Ya que quieren que opine y todos opinan, diré dos o tres pavadas, pero fundamentosamente importantes, como dice Don Royo.

Hemos elegido bien; pero esto no es más que el comienzo. Don Royo me dijo una vez: “La hazaña no está en confesarse, sino en haber hecho el pecao”. Nosotros al revés: nos hemos confesado bien; pero ahora nos toca hacer el pecado, es decir la hazaña, o sea el gobierno.

Hay que ayudar a Frondizi a gobernar con el país real, cosa que él quiere hacer, y lo ha dicho paladinamente no una vez sola; pero Frondizi puede equivocarse, hasta el Papa puede equivocarse. Frondizi, ya no es Frondizi, es nuestro Presidente. Ya no es un hombre con un apellido terminado en i, que es demasiado flaco para mi gusto, que ha sido abogado de esto o lo otro[2], que una vez hizo un chiste malo y otra vez un error de sintaxis; ahora es una cosa de la Nación; y todo el que quiera a la Nación tiene que ponerse en línea. “Es la cabeza de la Nación. O por lo menos es el timón”.

El pueblo argentino tiene un tremendo instinto de conservación, lo cual muestra que es sano. Ha votado tranquilamente, sin vacilación ni barullo, contra la división, contra la guerra civil, contra la enajenación nacional. Ha votado en masa contra el retroceso, y por lo tanto merece adelantar.

Aquí no hay partidos, como en otras partes, donde la discusión es acerca de los medios y no de los fines. Aquí hay el bando de los que quieren retroceder y el bando de los que no aceptan retroceder: ni a Caseros, ni a Pavón, ni a Cepeda, ni al 1853, ni al 1943, ni siquiera al año pasado. Aquí hay dos partidos que no discuten acerca de los medios de llegar a tal o cual progreso, sino acerca de la esencia de la Nación. Aquí no se encuestiona el petróleo, se encuestiona el patriotismo y la moral; no se encuestiona ni siquiera la moral, sino todavía algo superior, la ontología, el ser o no ser.

Por eso el pueblo ha votado con la seriedad del que está en peligro. No hay cosas como el peligro, pa’ refrescar a un mamao”. Pero cuando se da cuenta del peligro, nunca está tan mamao. Y está fuera –por ahora al menos– de peligro y de pelagra.

Un espíritu un poco sombrío me decía antes de la elección: “Que el solo hecho de que tal o cual fulano hubiese podido ser candidato a la presidencia, ya ensuciaba y ridiculizaba al país para siempre”. No hay tal. Es cosa de la democracia, la democracia permite el afloramiento de la mamarrachada. Ya Platón notó biliosamente en su República que en los regímenes democráticos aparece el mamarracho mamarracheando por la calle. Pero lo sustancial es que no triunfe, que no salga Presidente; y, además, queda como quien es. Justamente, la mamarrachada ha sido útil para orientar al pueblo; ha sido, diríamos, casi providencial; como fue casi providencial Spruille Braden en otra ocasión. Ha sido un anemómetro perfecto para ver de dónde soplaba el viento. Ha sido una máscara maravillosa para verle la cara al enemigo. No de balde cuando el diablo se aparece, Dios lo obliga a oler a azufre.

Si hemos de ser agradecidos a Dios, ahora tenemos que arrimar el hombro, cada uno en lo que queda: aunque sea solamente para rezar. Hemos de disponernos, no ya a ser favorecidos por Frondizi (que a eso todo el mundo ya está supradispuesto), sino simplemente a servir.

Si la democracia es el gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, conforme a una definición que por desgracia rara vez se cumple, entonces con esta elección no hemos todavía realizado la democracia; ahora comienza.

[1]  Poco después de las elecciones del 23-II-1958.

[2]  En su juventud Frondizi había sido abogado de la asociación comunista “Socorro Rojo Internacional”.