Sobre los Delitos y los Delincuentes Públicos

Sobre los Delitos y los Delincuentes Públicos[1]

Anoche soñé que me fusilaban por traidor a la patria, unos soldados raros vestidos de rojo con unos yelmos antiguos con dos cuernos; pero al momento de fusilarme me desperté; pucha digo, yo estaba curioso de ver lo que venía después.

En la Argentina no se sabe bien lo que es traición a la patria, y en cierto modo no deja de ser una suerte. Hay en efecto dos definiciones de “traición” en la Constitución argentina: una, si uno recibe “la suma del poder público” (como Rosas) o simplemente “poderes extraordinarios”, ese tal sería “traidor a la patria” y además “infame”; definición enteramente nueva y producto nacional; dos, si uno se pasa al enemigo en tiempo de guerra (como Urquiza), es traidor según todos los pueblos del mundo, y también según la Constitución argentina.

Por eso dije que es una suerte de suerte esta confusión bisulca; porque si hubiéramos de fusilar ahora a todos los traidores, me figuro sería mucho trabajo; y así no fusilaríamos a nadie excepto al General Valle y sus compañeros; los que no entraban empero en ninguna de las dos definiciones. Es más democrático y cómodo así; si yo me paso al enemigo en tiempo-guerra (Dios me libre) y me quieren fusilar, yo digo: “¡Ojo, es contra la Constitución, yo no he recibido la suma del poder público!” Si he recibido la suma del poder público (Dios me libre) entonces digo: “¡Ojo, yo no me he pasado al campo del enemigo armado de la Nación!” Listo. No hay fusilamiento. Y a lo mejor me hacen una estatua. Dios me libre. Decía mi difunto tío el cura que todos los que tienen estatua en la Argentina están en el infierno, menos Garay, Cristóbal Colón y el monumento de los españoles. El condenado canónigo no sabía nada, por supuesto; pero, por las dudas, yo no quiero que al morirme me hagan una estatua en Caseros 796… No hay mucho peligro que digamos. Más fácil es que pongan mi páncreas dentro de un frasco en un museo con la inscripción: Diabetes mellitus: 3,48 mm.

No fusilar a nadie, ni siquiera a Felipe Vallese[2]: me parece bien, oh Legalidad. Pero, eso sí, habría que desterrar a los “perdueles”, como hacían los antiguos Romanos. “Perdueles” es una palabra latina que José Torres se esforzó magnánimamente por aclimatar en castellano, sin conseguirlo. En italiano existe: “perduellione, traditore, delitto di maestà”, dice el Diccionario. Es una especie de subtraidor (o sustraedor); por ejemplo, el que coimea grande, corrompe funcionarios no corrompidos todavía, desvalija la Caja del Banco Nación; en suma, perjudica en forma considerable al Bien Común. La palabra está una vez en Cicerón, varias en Tácito, y sobre todo, en el Código de Justiniano. Los Romanos los desterraban; así hay que hacer aquí cuando llegue la Revolución del Coronel Competente, si acaso llegare: nada de fusilar, que es contrario al carácter dulce y blando del argentino. Se los manda a Suiza, que es donde tienen escondidos los caudales, y salimos ganando ellos y nosotros; pues en Suiza con dinero se puede vivir regiamente y ellos no van a tener nostalgia del país que no aman. En Suiza se puede tener una cuenta secreta en el Banco, sin nombre, designada con una cifra que solamente pueden descifrar el Gerente y el Cajero, de modo que, aunque sean bienes mal habidos (como suelen ser), nadie en el mundo los puede tocar fuera del dueño cifrado; es decir, el ladrón. El Gobierno suizo es virtuoso; así que ha jurado y perjurado que jamás se dejará arrebatar el secreto de un número desos, así vinieran a amenazarlo Kennedy y Juruteco[3] con dos bombas atómicas cada uno.

En el Uruguay han imitado el sistema, qué quieren, son naciones chicas que deben tener sus rebusques. Pero nada de mandar al Uruguay nuestros “perdueles” (delinquenti  di maestà, traditori); flaco servicio le haríamos al país vecino; y sobre todo, está demasiado vecino.

Aquí me quisiera elevar un poco a la filosofía (no tengo tiempo) y considerar profundamente cómo debería obrar en la bendita democracia con respecto al delito político. En resumen, ella lo ha emborronado de tal forma que ahora no sabemos cuál es delito y cuál no es delito, talmente que de ordinario quedan impunes; y es un gran negocio, o puede serlo, ser un gobernante democrático y tener la llavecita; quiero decir, desta democracia dolosa que por aquí usamos; y en otras partes. Eso Roberto Olejaveska lo sabe, y, lo que es más, lo dice; con una valentía que admiro. No sé lo que gana con eso. Pero él lo hace. No es cristiano de nación, aunque puede lo sea de corazón, como bien se puede conjeturar. La inmensa mayoría de los cristianos de nación no lo hace, aun los obligados a hacerlo; les importa un bledo el “perduelio”. Él lo hace. Dios se lo habrá de pagar. Realmente, lo servicios que se hacen hoy día a esta nación, sólo Dios los paga.

La Constitución argentina dice (prácticamente): No hay delitos políticos. Es falso. Hay delitos políticos y son más graves que los delitos comunes. Bueno, no hay más que un delito político, que es la traición a la patria con dos definiciones. Falso: hay muchos delitos políticos. Y entre ellos la “subtraición” o perduelio. Bueno quiero decir que no hay sanción para los delitos políticos.

Eso sí, bene dixisti[4]. Ni la hay ni la habrá nunca en tiempo de democracia dolosa, democracia con “proscriptos”; para ese fin justamente (entre otros) se inventó la democracia dolosa. Solamente habrá sanción para los peronistas. Ellos han pecado y tienen que ser sancionados. ¿Hasta cuándo? Hasta que nosotros queramos. ¿Y cuándo querrán? Cuando ellos bajen la cabeza y se hagan radicales; o socialistas; o al menos “integracionalistas”; o sea, democráticos de veras, de corazón y alma; democráticos sinceros y puros “con la pureza del penacho empupurado que yergue sobre todos los vientos” –que diría Balbín.

Me da un poco de vergüenza que la Argentina se haya convertido en el “Thieves’ Paradise”, en el Paraíso de los Públicos Impunes Petardistas Perdueles, como sin ambages ni reticencias la nombran en el extranjero. Pero yo no elegí nacer aquí –y cuando yo nací aún no era así. Y a lo mejor antes que muera deja de ser así. Total, si eso depende de Tito Guevara, Sueldo, Curutchet; de mí, de Olejaveska, de los peronistas, de Oliver, de Jacovella, de Lastra, de un grupo de oficiales, del clero, de la aeronáutica, de Omar Viñole, de Omar de Carlo, de Omar Khayam, Alicia Moreau de Justo, Roberto Giusti, el Vizconde de Lazcano Tegui, y de algunas buenas señoras y monjas de clausura santitas… por nosotros no va a quedar. Vamos a hacer todo lo que podamos para invernar en Suiza al Sr… (bueno, no tengo la lista; en cuanto la tenga la comunicaré a mis lectores; no hay apuro en hacerla por ahora).

 

[1]  1962.
[2]  Dirigente metalúrgico secuestrado por la Policía el 23 de agosto de 1962; su cadáver nunca apareció.
[3]  Nikita Krushchev o Jrushchov, Primer Ministro de la Unión Soviética desde 1958 hasta 1964.
[4]  Has hablado bien.