Sobre… Palabras Prohibidas[1]
Se ha hecho en este dichoso país una ley que probablemente va a ser la más famosa de cuantas existen en el mundo: más notable que la ley de Hwong-Fu de la Vª Dinastía (1168 a.C.) que prohibía que las mesas tuvieran cuatro patas. Por esta ley se prohíbe “alabar a cualquier dictadura presente o pasada” y además pronunciar ciertos nombres y cantar cierto canto[2] que me guardaré muy bien de cantar. Cuando era casi obligatorio cantarlo, yo no lo cantaba; y ahora que está prohibido casi me dan ganas de cantarlo: he aquí lo que es la perversa natura humana.
Cumplidor de toda ley divina y humana, decidí quemar los libros que alabasen dictaduras pasadas o presentes si algunos tenía. Resulta que tenía demasiados. Todas las Historias donde se habla de Cincinato y de Fabius Cunctator, dos libros sobre Julio César, todos los manuales para chicos primarios, de uno de los cuales (Enciclopedia Escolar Estrada) soy autor, no digamos nada de las Historias de la Edad Media en que las dictaduras eran nada menos que vitalicias y hereditarias y algunos de los dictadores fueron santos canonizados; sin contar con todas las Biblias que tengo en siete idiomas distintos. Decidí esconder esos libros, lo mismo que al Coronel Guevara, hasta que vengan mejores tiempos y esa Ley pase a la Historia; aunque puede ser que ya pasada sea.
Resulta que como alabar las dictaduras “futuras” no está prohibido, el Coronel Guevara saltó a alabar en una carta ya famosa la dictadura que va a venir a la Argentina (si acaso Dios no la ha dejado de su mano) tan seguro como que mañana es sábado; o sea, la dictadura de un hombre inteligente y honesto que tenga la fuerza suficiente para encajar los huesos morales de este país actualmente desencajados: sea un militar sanmartiniano, sea un civil guevariano. Pero Guevara, que es un buen hombre en toda la extensión de la palabra (aunque esté mal el decirlo por ser amigo mío), en vez de ser recompensado por decir la verdad necesaria y saludable, fue de inmediato perseguido y arrestado en potencia, a pesar de que no estaba prohibido alabar dictaduras “futuras”: por suerte no saben dónde está, que de no, le costaba caro su patriotismo: que Dios le conserve su anubicato.
A costa suya el buen Tito Guevara (que así lo llaman) me ha sacado de encima un gran peso; pues hace tiempo me relampagueaba en las mientes esta proposición: “Este país actualmente sólo puede ser gobernado por una dictadura; Dios quiera y disponga la dictadura del sable y no la dictadura del puñal”; pero no me atrevía a decirlo, porque sabía que el decir eso es ser “nazi”, según las cintas de cine de guerra que la gente traga en enormes cantidades para educarse con ellas. Ahora ya lo puedo decir tranquilamente, pues ya lo dijo Tito Guevara, que entiende más que yo de la asignatura.
Esto de la dictadura del sable no es producto mío sino un mero plagio: es de un nazi que murió antes de que existiera el nazismo, llamado Juan María Donoso Cortés, Marqués de Baldegamas o Valdegamas –no sé: es lo mismo.
Vivió en España en un momento del siglo pasado, momento parecido al nuestro de ahora: o sea, el momento de la crisis del sistema liberal con acompañamiento de fraudes electorales, cuartelazos, “pronunciamientos”, gobiernos de facto, y lo que llaman ahora “planteos”; con añadidura de fiera guerra civil. Este Marqués que no era nada pavo, se había estudiado las dictaduras presentes y pasadas, y tenía una notable doblevista para ver el futuro; así que dijo una cosa que después se cumplió aunque no tan pronto como él pensaba; pero España tuvo la dictadura honesta después de haber probado brutalmente el sabor de la dictadura canalla; y un millón de muertos; que todo eso fue necesario. Y a lo mejor si le hacen caso al joven y ardoroso Marqués, se ahorran mucho trepe, y del millón la mayor parte vive. Pero se ve que tenían que morir.
¿Por qué pues prohíben aquí por ley incluso el hablar de la dictadura que total, buena o mala, se viene? (Porque a mí no me vengan a contar que los comunistas no son dictadura). ¿Por qué esa repugnancia a mirar las cosas como son, y a vivir en un océano de palabras y una inundación de mentiras?
He aquí una cosa que no está en mis libros y ante la cual pierdo mi latín. No quiero ni pensar que sea por la razón que da Hipócrates de que cuando un enfermo está muy enfermo aborrece el remedio. El país está enfermo, sí; pero no creemos que el cuerpo del país esté enfermo, sino solamente las extremidades. Si no, habría que dejarlo crepar en paz y no escribir más artículos. Yo creo que es más sarna que lepra. O espero eso por lo menos, espero contra mucha apariencia.
“No murió este país todavía” –éste es el comienzo del Himno Nacional polaco. El Himno Nacional argentino es una fanfarronada, como son todos los llamados “Himnos Nacionales” del mundo excepto el polaco, que es admirablemente modesto y veraz. En vez de decir: “Esta tierra jamás morirá” o algo por el estilo, que no sería sino la expresión de un deseo, se limitó a expresar un hecho seco: “No murió este país todavía”. Por lo cual nosotros, yo, Billy y Peco (el burrito adelanta para que no se espante) vamos a proponer al Parlamento antes de que lo disuelvan la siguiente modificación provisoria del Himno Nacional Argentino:
No murió este país todavía
Del abuso de la Libertad,
Ni lo van a romper las cadenas
Del bulín de la Santa Igualdad.
Billy quiere además que en la escarapela se ponga una cintita negra. Eso nosotros dos lo hemos rechazado. En cambio, estamos trabajando activamente en una mejora del: “Sean eternos los laureles”. De hecho, no han sido eternos.
Ese “gallego” que menté arriba, que realmente gallego no fue, sino andaluz, decía que dictadura significaba gobierno fuerte y gobierno fuerte significa simplemente gobierno. Decía que el gobierno se había inventado para que los buenos pudieran vivir en medio de los malos; vivir tan siquiera. No sé si ustedes me siguen, pero es establecido que los malos no pueden ser sujetados con las palabritas hermosas que usan los políticos a cual mejor, como un discurso que oí ayer por radio. Si a mí me contaran que había un gobierno dueño de los teléfonos, los ferrocarriles y los correos al cual sus empleados le saboteaban las comunicaciones telefónicas, le detenían cuatro y medio millones de cartas y le paraban los trenes al santísimo antojo, con grande perjuicio de la nación y gran regocijo de las naciones vecinas, por supuesto que si esto me lo contara el mismísimo César Cantu, yo le decía que se lo fuese a contar a mi señora abuela, porque eso no puede pasar ni siquiera en la Isla de la Gutapercha; porque ese gobierno sería tan gobierno como yo soy Miss Universo: lo cual viene a dar la razón al gallego, que un gobierno debe tener fuerza. Si no, figúrense ustedes la gracia que le haría a Mazar Barnett[3] si en la Argentina subiera a gobernar digamos… no digamos Salazar, Franco, ni menos Hitler, digamos simplemente De Gaulle. Con un De Gaulle, Mazar Barnett no estaría en Montevideo: estaría en otra parte. De donde no es extraño haya mandado un telegrama apenas tocó tierra en la gloriosa Banda Oriental, diciendo lacónicamente: “Hagan una ley prohibiendo las dictaduras, que para mí serían demasiado duras”.
Porque a mí nadie me quita que los que hicieron la tal ley son aquellos que necesitan imprescindiblemente gobiernos débiles, o sea, no-gobiernos; en otras palabras, aquellos que se pueden llamar “La Sarna”.
“Hay mucha fealdad en la humanidad”, dijo Billy antes que lo llevaran preso; y no sé por qué se me ocurre ahora este versito.
“Hay que aprender el arte de oír a la mujer, como quien oye llover”, es otro versito de Billy, y éste me viene porque están llamando al teléfono y yo sé quién es.
Y finalmente, ésta que voy a copiar es la carta que Billy escribió estando convaleciente de una quirúrgica al Director de un diario de la mañana que no la quiso publicar, por lo cual me la pasó a mí para que la colase de cualquier modo, aunque sea en un sermón. Dice así:
“Tengo varias dudas, Señor Director.
“El Empréstito Patriótico[4] es un artilugio simbiótico: eso todos saben. Usted y yo sabemos, señor Director (o mejor dicho, yo y usted), que el empréstito patriótico no es sino una nueva emisión de moneda, y por tanto un nuevo impuesto, y por tanto un nuevo Etcétera. Pero como el Etcétera es cosa ya antigua e impune en el país, resultaría que el Empréstito Patriótico es nuevo y viejo a la vez. Lo cual no puede ser. Y ésta es la primera duda.
“La segunda: nos persuaden a «suscribir» diciéndonos enfáticamente: «La Nación es usted». Si la Nación soy yo, mi mujer ¿qué es? ¿Es Argel por si acaso? ¿Mi suegra es el Congo Belga? Pero si mi mujer y mi suegra son también la Nación, entonces ¿los empleados postales, que no les pagan los sueldos? ¿Los villamiserios de aquí de Belgrano al Bajo? ¿Los peronistas proscritos? ¿También son la Nación? ¿Adónde vamos a parar por ese camino? Vamos a parar a que la Nación somos todos juntos colectivamente tomados, y sobre todo los ladrones, que son los que más toman colectivamente. ¿No es así o no es así? –como decía Pancho Beazley.
“La tercera duda es: si el Coronel Guevara mira televisión y uno de los gansos que «hacen» televisión le apunta el dedo diciéndole: «La Nación es usted», ¿el Coronel Guevara es la Nación? Pero entonces podría suceder que la otra nación, quiero decir, el otro Coronel o General arrestrara a la Nación, es decir a Guevara; o viceversa. ¿Cómo podría después la Nación desarrestrar a la Nación, o tendría que quedar la Nación perpetuamente arrestrada, como está ahora?
“Otra duda me queda en el tintero, pero se me está por descomponer la máquina. Las dos máquinas, la de pensar y la de escribir. Será castigo de Dios por hacer oposición al gobierno. Pero yo no quiero hacer oposición a ningún gobierno, solamente no desearía a los argentinos nos tomaran para el churrete y ando escamadísimo de si nos andan siempre tomando para el churrete y con una enorme duda de suscribir o no los mil quinientos millones de dólares de mi suegra y míos al Empréstito Patriótico. Salud y gracia. Suyo Etcétera”.
Y así concluye la carta de Billy, que en realidad nada concluye. Acaba, simplemente.
