Traducciones[1]
Todo aquél que traduce, desluce; pero traducir en verso a un poeta, es una especie de absurdo.
Cervantes dijo que las traducciones son tapices vueltos del revés; serán las traducciones en prosa; porque las en verso son simplemente otros tapices; siempre menores o peores que el primero: en arpillera.
Solamente hay excepción, y el segundo tapiz es tan bueno como el primero, cuando se trata de un poema extranjero que hemos leído hace varios años, y una mañana nos levantamos, y sin encomendarnos al diablo, lo traducimos de un tirón, y sin saberlo de memoria; y esto sólo en el caso de que el traductor sea mejor poeta que el traducido; y entonces es difícil que se dedique a hacer traducciones.
Porque si es menor o igual poeta, la traducción debe salir inferior por la razón obvia de que el traducido tuvo para hacer su hecho las patas libres, mientras el traductor, como en carrera de embolsados, tiene las suyas en la bolsa del pensamiento y el sentimiento ajeno; y estas cosas viven tan pegadas a la palabra en el hombre poeta, que trasplantadas a otras palabras se marchitan; ya que no hay correspondencia exacta entre dos lenguas, y sólo es posible la “trasposición”.
De modo que se ha dicho y se puede decir con verdad que el robo es lícito en literatura, solamente cuando es seguido de asesinato.
Este caso se ha dado en la historia de la poesía 3 o 4 veces: si digo 7, creo que me paso. Odas de Horacio traspuestas por Luis de León, las Églogas de Garcilaso de la Vega…
El tercer ejemplo no recuerdo cuál es, pero estoy seguro que no era Shakespeare traducido por De Vedia y Mitre, como me sugiere aquí un amigo. Será quizá Marlowe traducido por Goethe.
El otro ejemplo que recuerdo es aquel breve poema y precioso epigrama o epitafio que Leopardi tradujo de un desconocido poeta español con brevedad y sobriedad dignas de Anacreonte: “La Hoja Seca”.
Lungi dal proprio ramo,
Povera foglia frale,
Dove vai tu? – Dal faggio
Là dov’io nacqui, mi divise il vento.
Esso, tornando, a volo
Dal bosco alla campagna,
Dalla valle mi porta alla montagna.
Seco perpetuamente
Vo pellegrina, e tutto l’altro ignoro.
Vo dove ogni altra cosa,
Dove naturalmente
Va la foglia di rosa,
E la foglia d’alloro.
El soneto de donde procedió esta divina endecha, donde no sobra una palabra (es decir, sobran tres, pero no importa), dice así en español:
–Pobre hoja seca, ¿dónde vas en vuelo
De mariposa, enferma y desvaída,
Entre la niebla y luz descolorida
Del sol de otoño y desteñido cielo?
¿Dónde vas, hoja frágil, no nacida
Ni para el alto azul ni el bajo suelo,
Ni para demasiada dicha o duelo,
Hoja que va como se va mi vida?
–¿Yo qué sé? De la flor vuelo a la fosa,
Del suelo al astro, al lodo o al vergel,
presa de un aspirar que no reposa,
donde va toda cosa en confuso tropel…
Voy donde va la hoja de la rosa,
Voy donde va la hoja del laurel…[2]
Puédese quizá notar aquí, en estas dos piezas de idéntico contenido, la diferencia del gusto italiano y español; éste más amigo del énfasis, el color, el adorno; el italiano, puro.
Es superior a nuestro ver el español a quien copió… a no ser que hayan plagiado ambos a algún anónimo francés, como era de uso en el siglo XIX.
Así pues, no había de hacerse al gran Don Gilberto el denuesto de traducirlo en verso, sobre todo habiéndose de publicar la traducción con el texto inglés enfrente.
Tengo aquí los dos tomos de traducciones de la Biblioteca Clásica, CCXXXVII y CCXXXVIII: “Antología de Líricos Ingleses y Angloamericanos”… Todos se parecen… A pesar de que en inglés son tan diversos entre sí como una aldea de ángeles, en castellano los poemas suenan todos un poco a lo mismo, a la escuela académica española de antes de Rubén Darío, con sus selgadas, zorrilladas y quintanadas; y cuenta que hay entre los traductores poetas tan hábiles como Querol, De Vedia, José María Heredia (no el francés), Caro, Unamuno, Isaacs, Samaniego, Díez Canedo, Pombo y Llorente: este último traductor casi triunfal del Fausto y El Búcaro Roto de Sully-Prudhomme.
El feroz Corsario de Byron queda convertido en un “trovatore” en Llorente; el vikingo se vuelve valenciano. Las ideas se alargan, dulcifican y “estompan”.
Hay sin embargo aquí un poeta que iguala a su original. Es D. Félix M. de Samaniego en sus fábulas “El Pastor y el Filósofo”, “El Lobo, el Tigre y el Caminante”, “El Águila y el Congreso de Animales”, “El Jabalí y el Carnero”, “El Filósofo y el Faisán”, “El Chivo Afeitado”, “La Mariposa y el Caracol”, “El Enfermo y la Visión”, “El Raposo Enfermo”, “El Hombre y la Fantasma”, “La Pava y la Hormiga”, “Los Dos Titiriteros”, “El Poeta y la Rosa”, “La Muerte”, “El Filósofo y la Pulga”, más “El Raposo y el Perro”.
Todas estas fábulas las dio como propias el fabulista español: son del poeta inglés John Gay (1688-1732). El Marqués de Melgar en su Poetas del siglo XVIII descubrió el inocente hurto; que se puede llamar inocente, pues la perfección castellana lo hace beneficiable del indulto arriba enunciado.
El gran traductor en verso que fue D. Carlos Obligado nos decía una vez que era posible traducir del inglés en el mismo metro y número de versos: pues la sinalefa del castellano se traga muchas sílabas y permite embutir muchas palabras en un endecasílabo. Lo contradijimos. Con perdón del dilecto y llorado amigo, no es posible[3]. El inglés es el idioma más breve, bárbaro y hermoso del universo. El español, al menos como lo hablamos nosotros y los catalanes, es una lengua obesa.
Por eso pues, después de haberse roto la testa para traducir en verso:
But I have learned what wiser kinghts
Follow the Grail and not the Gleam. [4]
Y otros lugares semejantes, la traductora optó cuerdamente por hacer una versión que sea por lo menos útil, y no incurra en la nota de irreverente y menos en un librito dedicado a María Santísima, The Queen of Seven Swords, “Nuestra Señora de las Siete Espadas”.
De éstas últimas ya hay bastantes en la Argentina
Leonardo Castellani
P.S. –Estimada hermana y señora: Ahí va el prólogo que le prometí para el público; permita ahora una postdata para Ud.
He revisado su versión y corregido las pocas palabras que Ud. verá. Francamente opino que no debían haberse traducido algunos poemas, que son simplemente intraducibles: como por ejemplo: “Pequeña Letanía”, “Imágenes” y “Los Dijes”.
Ud. sabe que los poetas juegan a veces con los sones y las imágenes y hacen especie de ninananas para los niños; al verterlas a otra lengua, cambian los sones y las imágenes aparecen estrafalarias: desapareció la poesía.
Corremos el peligro de que al autor y a Ud. los tengan por “irreverentes”; y aun conozco un magnate que sin duda lo hará. Eso a Chesterton no le importa; pero a Ud.…
Hay en estos versos una cantidad de sutiles alusiones, poco rastreables para el lector no inglés. ¿Quién gustará, por ejemplo, en el potente y patético poema “Las Torres del Tiempo” (que yo hubiera traducido “Los Poderes de este Mundo”) el resumen del derrumbe de Carlos I en la segunda estrofa? ¿Y quién intuirá en la tercera del poema “Santiago de España” la alusión conjunta a la España roja, la España de Franco y la España sarracena todo en uno?
En fin, allá Ud. y el editor. Yo he penosamente cumplido. También Ud., pues no se puede traducir mejor en este caso.
Suyo en Cristo Jesús
L.C.
[1] Prólogo a la traducción (con el pseudónimo de Clara Petty de Saravia) de la obra de Chesterton La Reina de las Siete Espadas, que consta de 24 poemas religiosos, el más importante de los cuales da el título al libro. Fue publicada por Editorial Plantín, Buenos Aires, 1951. En la revista Jauja nº 12 (diciembre de 1967, pp 16-22), publicó una segunda y mejor traducción de los 9 poemas que componen The Queen of Seven Swords.
[2] “Otoño”, El Libro de las Oraciones, Dictio, Buenos Aires, 1978, p 377.
[3] Castellani retracta este juicio en su nota final a la traducción de “La Reina de las Siete Espadas” en la revista Jauja. “Esta segunda traducción lograda tras el fracaso penoso del primer intento, nos mostró que todo se puede traducir al español, incluso el inglés heroico («la lengua más bárbara y bella que existe», según dicho del lingüista francés Tailliez) y el inglés concentrado y caprichoso de Ch.; discípulo en poesía del difícil Robert Browning”.
[4] Mas yo aprendí que cuerdos caballeros – Siguen el Graal y no el Relámpago” (“La Bruja Blanca”, p 13).
