Glosas del Tiempo – La Solicitada de los Bemberg

Glosas del Tiempo – La Solicitada de los Bemberg[1]

“Entendemos que la riqueza privada es la base de la riqueza pública, y no puede ser motivo de condena ni de críticas, y que el esfuerzo lícito y continuado de tres generaciones que no han ofendido a la moral ni a las buenas costumbres ni perjudicado derechos de terceros ni el interés general, no pueden constituir delito alguno ni siquiera simples infracciones” (De la solicitada de los Bemberg a La Nación, julio 11 de 1944).

Yo no sé lo que pasa que soy más pobre que una rata, y, sin embargo, siempre me anda sobrando plata. Eso sí, yo nunca pago mis deudas… –Debe ser a causa de que el amor vale más que el dinero; y yo tengo buenos amigos, aunque pocos… –Eso sí, yo nunca pago mis deudas, hasta que mis acreedores se hallan un poco asustados, a fin de que los ricos vivan en estado de alarma, que es el estado que les conviene para su salvación eterna. Cuando un rico duerme sobre sus riquezas como en un lecho de rosas, entonces es señal que su alma está dura como el fierro, y al contrario cuando el oro todavía le causa desazones. Y así nos parece que están mis hermanos los Bemberg, gracias a Dios y al Caballero de la Ardiente Espada[2], a juzgar por la poca gramática y menos filosofía que ponen en sus “solicitadas”.

No me toca a mí, sino al Poder Judicial argentino, dictaminar si los Bemberg han incurrido o no en el elegante delito moderno, cuyos mismos nombres –cuyos mismos nombres de trust, holding, dumping, prevarications, y otras variantes de la antigua estafa y la sempiterna avaricia– se me escapan por raros; pero al defender con razones “filosóficas” en sus “solicitadas” la santidad del comercio y el honor de la especulación, los hermanos O. E. y F. O[3]. caen de lleno bajo nuestra jurisdicción. La santidad del comercio no existe. La especulación es deshonrosa. La simple moralidad del mercader en cuanto mercader es problemática. Ésta es la vieja tradición católica y eclesiástica, y esto enseña la vieja filosofía.

“El que compra barato para vender caro, beneficia de un torpe lucro” –decía el famoso decreto de Graciano[4]. Platón no permite que sean ciudadanos los mercaderes… los mercaderes de aquel tiempo que eran muchas veces arrojados nautas y no simples cagatintas. Aristóteles en su Política admite como lícito y beneficioso al procomún el trueque de merces[5] contra merces; pero no el de merces por dinero y mucho menos el de dinero por más dinero; en lo cual consiste propiamente el “Gran Comercio” y la “Gran Industria” de hoy día. El llamado hoy día “Gran Comercio” es simplemente usura. Los hermanos Graffigna son viñateros. Pero los hermanos Bemberg no son cerveceros[6], sino simples prestamista. ¿Y éstos son los que después de esquivar sus impuestos, todavía andan con ganas de pedir una condecoración? Dios nos ampare.

Allí donde según nuestro Lugones[7] tuvo su raíz la caballería, la cuestión del comercio era una cuestión de nobleza: el mercader era “métoikos”[8]. En la Europa medioeval, flor de caballería, se volvió una cuestión de conciencia. Al final del siglo XIII la cuestión de la moralidad del comercio se plantea con urgencia al teólogo. Nacía la burguesía en el seno de la sociedad feudal y se levantaba el proletariado. Santo Tomás conoció al primer capitalista, aquel Sire Boinebroke[9] “que comenzó a manejar el dinero como capital”, que inauguró el ciclo Dinero-Mercancia-Dinero de K. Marx, que lanzó sus talegas a la circulación para hallar más dinero al término del proceso económico y recomenzar indefinidamente la misma operación; aquel, en suma, que se puso a proseguir el lucrum in infinitum, que es la esencia del Capitalismo Moderno (R. Gonnard, Histoire des Doctrines Économiques, de Platon a Quesnay). ¿Puede un cristiano hacer eso? Santo Tomás lo discute y soluciona en II-II, cuestión 22, artículo 4º; en la cuestión 77, en el Libro del Príncipe; y en el Comentario a la Política.

Nihil novum sub sole. En el siglo XIII existen, en pequeño pero netamente, todos esos fenómenos cuyos nombres ingleses puse arriba. El advenimiento del millonario (lombardo, flamenco o judío) en la sociedad guerrero-religiosa origina fuertes conmociones sociales. En las regiones más industriales y mercantiles de Europa, la conciencia de la fuerza de los trabajadores manuales toma caracteres revolucionarios. En 1233 el Burgomaestre y los prestamistas de Beauvais son asaltados y maltratados, el Rey encarcela 1.500 amotinados. En Lieja, Dinant, Rouen, Tournai, y toda la región brabanzona, hay insurrecciones de obreros, huelgas y violencias. Al final del siglo, Flandes es talado por una formidable ola revolucionaria. El agricultor y el obrero manual, que habían soportado al soldado perentorio, al clérigo campanudo y al Duque de guantes de fierro –y aun hecho migas con ellos–, no pueden tragar al nuevo amo, el millonario de palabras suaves y hopalandas de seda; esos nuevos ricos que prestan dinero a Obispos y Reyes; esos Buonsignori de Siena cuya quiebra fraudulenta arruina a Felipe el Hermoso y sangra a la Cámara Apostólica. La rebelión albigense, que estuvo a punto de torcer el rumbo de Europa, ha mostrado los peligros de la situación. No olvidemos que el albianismo, tanto o más que una herejía religiosa, era una revuelta social, que se da un aire inconfundible al “Comunismo” de nuestros días. Entonces es cuando el Teólogo de hábito blanco y negro y gran rosario al cinto se pregunta gravemente “utrum lucrum sit licitum”, es decir, hasta dónde el comercio es usura, hasta dónde es necesario y lícito, hasta dónde es noble. Ved aquí sus conclusiones:

1º– El negociante, como cualquier trabajador, merece remuneración por su trabajo; y eso se llama “salario”; pero lo que caracteriza al negociante como tal es el lucro, exceso de ganancia, que proviene a veces de causas fortuitas, como gran demanda de un artículo; a veces de causas maliciosas, como ocultación de stocks y trampas de todas clases para subir los precios. El lucro es ilícito en el segundo caso y es indiferente en el primero: para volverse bueno, debe ser ordenado a un fin superior.

2º– Siendo su fin la ganancia, que no es un fin moral sino en último caso indiferente, el comercio es una actividad peligrosa y sospechosa: debe ser regulada y vigilada por el Príncipe; de suyo tiende a la codicia, la cual nos vuelve esclavos de lo material; y la codicia tiene por hijos al fraude, la mentira, el perjurio, la traición, la inquietud, la violencia y la dureza de corazón.

3º– De ahí que una ciudad de comerciantes es innoble; la capital del Reino no debe estar en un puerto, porque se llena de mercaderías y de extranjeros, que con sus costumbres perturban la convivencia de los ciudadanos.

4º– Los mismos ciudadanos se entregan al comercio, el cual acaba por cubrir y ahogar las actividades más nobles y ser un obstáculo de más en más pesado para la contemplación de la Verdad.

5º– Desaparecida la buena fe, pulula la mentira; desdeñado el bien general, surge la discordia. Se pierde el gusto de la virtud, al verse otorgar a cualquiera el honor que es recompensa de los virtuosos. La vida social se corrompe y desordena.

6º– Pero no hay que desterrar al comerciante de la polis, porque el cambio de productos es necesario: no hay nación que pueda ser del todo autárquica. Por eso la ciudad perfecta deberá servirse de los mercaderes, siempre que pueda controlarlos y evitar se alcen contra la hegemonía.

La hegemonía del comerciante en una nación arruina el patriotismo, desanima a los virtuosos, corrompe a los tibios, anemia las artes y las ciencias, debilita la actividad intelectual, deseca toda nobleza y tienta a todos de la sacra sed del lucro[10] y aun del latrocinio –decía con nobleza Rivadeneyra, resumiendo al Angélico por los años de la fundación de Buenos Aires.

Los teólogos como se ve no son tiernos con los ricachones. Jesucristo tampoco. Jesucristo dijo: “¡Ay de vosotros los ricos!” Pero hoy en día algunos “teólogos” (diplomados como tales por el diario La Nación) creen que esta frase pertenece a la retórica de Jesucristo.

[1]  Cabildo, 15-I-1945. Los Bemberg fueron agentes de Morgan, Baring y Rothschild en el aciago 1890, y su desempeño resultó tan satisfactorio, que a fines de la Década Infame tenían más de 40 estancias. Para redondear el negocio habían omitido el pago de los impuestos subherenciales.

[2]  Parece referirse a José Luis Torres, pues fue este periodista de Cabildo y Tribuna quien “destapó” el caso Bemberg.

[3]  Otto Eduardo y Federico Otto.

[4]  Mercaderías.

[5]  Jean de Boinebroke, mercader de paños y figura conspicua de la plutocracia que emergía en el siglo XIII.

[6]  Los Bemberg era dueños de la Cervecería Quilmes.

[7]  En “La Vida Épica” (primer capítulo de El Payador), Lugones puso en Grecia el origen de la caballería, entendida como lucha por la libertad y la justicia. Retractó este juicio en sus últimos artículos publicados en La Nación, donde afirmó que la caballería había nacido del Evangelio, pues la milicia terrenal es reflejo de la espiritual. San Francisco, en efecto, se llamaba a sí mismo y sus frailes “los Caballeros de la Mesa Redonda”.

[8]  Meteco, forastero establecido en una ciudad mediante el pago de un tributo.

[9]  Jean de Boinebroke, mercader de paños y figura conspicua de la plutocracia que emergía en el siglo XIII.

[10]  “Auri sacra fames”: la sed execrable del oro. “Sacer, -ra, -um”: palabra latina que significa “sagrado” y también “maldito”.

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